Ya venía de atrás aquel desaliento del gallardo joven, que mal
acostumbrado á fáciles triunfos, se figuraba que Dios había hecho el
mundo para recreo de los Don Juanes de cartulina Bristol, y que las
pasiones humanas eran un juego, ó _sport_ destinado al solaz de los
jóvenes que, además del título de doctores en Derecho, poseían un
acta de representante del país, renta para bien vivir, caballo, buena
ropa, etc... Sus esperanzas, que al principio estuvieron muy verdes,
nutridas tan sólo de la vanidad de él, y sin que ella en ninguna forma
las alentara, habíanse marchitado antes del coloquio que acaba de
referirse. Siempre que tenía ocasión de hablar á solas con su amiga, se
arrancaba el hombre, no sin cautela; mas ella le paraba al instante,
refregándole el rostro con irónicas é intencionadas réplicas, no más
suaves que ortigas. Lo que más desconcertaba al buen Morentín era _el
compromiso_ en que, ante la opinión pública, le ponía la resistencia de
la señora de Torquemada, pues siendo como artículo de fe que ella le
había elegido para desquitarse de las tristezas de su matrimonio con
un _hombre imposible_, ¿con qué cara le decía él ahora á la pública
opinión: «Señores, ni conmigo ni con nadie se desquita, porque no hay
tal adulterio ni cosa que lo valga, ni en el hecho ni en la intención.
Desistan ustedes de esa idea calumniosa, si no quieren que se les tenga
por tan imbéciles como malvados»...?
Y seguramente añadiría: «Yo hago cuanto puedo. Pero no hay caso. Por
mí, bien saben cuantos me conocen que no quedaría. Pero una de dos: ó
no le gusto, lo cual extraordinariamente me mortifica, ó se encastilla
en la virtud. Me inclino á creer esto último, como menos vejatorio
para mí, y no tendría inconveniente en afirmar que, no gustándole yo,
es cosa probada que otro ninguno le gustará, aunque se lo traigan del
Cielo. Nada, señores, que por esta vez me ha fallado la puntería. Creo,
como Zárate, que tiene atrofiado el lóbulo cerebral de las pasiones.
¡Ah, las pasiones! Lo que pierde á las criaturas; pero también lo que
las ennoblece y ensalza. Mujer sin pasiones puede ser una hermosa
muñeca, ó una gallina utilísima, si es madre... Confieso que ninguna
batalla me pareció más fácil de ganar hace un año, cuando Fidela
reapareció ante el mundo casada con ese pavo de corral. Esta es la
primera vez que, creyendo abrazar una mujer, me estrello contra una
estatua... Paciencia, y á otra. ¡Cuando uno piensa que ha despreciado
proporciones bonitísimas, por seguir este rastro engañoso! Renuncio,
pues, y me consuelo con que si el dios de las batallas... amorosas no
me ha dado esta vez la victoria, será por apartarme de un gran peligro.
En la casa de San Eloy siento la incubación del drama, y del drama huye
el hijo de mi madre como del cólera. Esto declara y mantiene Serrano
Morentín, _adúltero profesional_.»
Debe añadirse que si el unigénito de don Juan Gualberto era incapaz de
virtud en grado superior, era también inepto para el mal, realizado
categóricamente. Por tener algo de todo, también tenía su poquito de
conciencia, y después de poner á las heridas de su amor propio la venda
de aquel optimismo reparador, dió en pensar cuán inícuos eran los
errores de la opinión acerca de Fidela. Pero cualquiera destruía la
dura concreción formada con los malos pensamientos y la falsa lógica
del público. Como ciertas conglomeraciones calcáreas, la calumniosa
especie endurecía con el tiempo, y al fin no había cristiano que la
rompiera con todos los martillos de la verdad. Hallábase él dispuesto
á salir por ahí diciendo á todo el que quisiera oirle: «Señores, que
no es cierto... que hay virtud, virtud verdadera, no de farsa.» ¡Pero
nadie lo había de creer! Bueno está el tiempo para dar crédito á voces
que tratan de reivindicar las reputaciones, no de destruirlas. Aquel
poquito de conciencia de que el gallardo caballero disponía para
los casos muy apurados de moral, le argüía su culpabilidad, porque
cuando las voces empezaron, la seguridad del triunfo fué parte á que
no las desmintiera con la energía y la indignación que la justicia
demandaba. Dejó correr la especie, siendo falsa, porque creía, como
en el Evangelio, que los hechos la harían verdadera. Equivocáronse
los hechos: luego, éstos eran los que tenían la culpa, él no. Como
quiera que fuese, Morentín, saliendo aquel día de la casa de San Eloy
con los espíritus enormemente abatidos, pensó que, _en conciencia_, y
procediendo con hidalga caballerosidad (de la cual tenía también su
poquitín), debía hacer un supremo esfuerzo para ahogar aquella opinión
y arrancarla de cuajo.
No hacía diez minutos que Morentín había salido del gabinete de Fidela,
cuando entró Rafael conducido por Pinto.
—Ya sé que se ha ido ese danzante. Esperaba que saliera para entrar
yo—dijo á su hermana, que volvió al gabinete con el chico en brazos.
—Sí, ya partió para la Palestina el bravo Malek-Adel... Siéntate. Es
lástima que no puedas ver esta preciosidad. Hoy está tan contento,
que no hace más que reir y tirarme de las orejas. ¿Por qué está tan
guasoncito el trasto de Dios?
—Déjame que le coja la cara. Acércate.
Fidela acercó el nene á su hermano, que le besó y acarició en las
mejillas. Valentinito hizo pucheros.
—¿Qué es eso, ángel? No se llora.
—Se asusta de verme.
—¡Quiá! De nada se asusta este sinvergüenza. Ahora te está mirando
fijo, fijo, con los ojos muy espantados, como diciendo: «¡qué serio
está hoy mi tío!...» ¿Verdad que tú quieres mucho al tiíto, Rey, Sumo
Pontífice, gatito de la Virgen? Dice que sí, que te quiere muchísimo,
y te estima y es tu _seguro servidor que besa tu mano_, Valentín
Torquemada y del Águila.
Viendo que Rafael callaba melancólico, creyó que refiriéndole las
gracias que con inaudita precocidad hacía ya el pequeñuelo, se animaría
un poco.
—No sabes lo tunante que es. Desde que ve una mujer, se le tira á los
brazos. Éste va á ser aficionadillo al bello sexo, sí señor, y muy
enamorado. Mujer que vea, la querrá para sí. Y desde ahora... (_dándole
suaves golpes en semejante parte_) le iré yo enseñando á que no se
entusiasme tanto con las señoras. ¿Verdad, rico mío, que á tí te gustan
las niñas guapas?... Á los hombres no les puede ver. El único con quien
hace buenas migas es su padre. Cuando le sienta sobre sus rodillas para
hacerle el caballito, suelta unas risas... ¿Y sabes lo que hace el muy
tuno? Le quita el reloj. Es una afición loca á robar relojes... También
ha sacado la maña de meterle mano al bolsillo de su padre, y... No
creas, empieza á sacar duros y pesetas y á tirarlos al suelo, riéndose
de verlos rodar...
—Simbolismo—dijo Rafael saliendo de su taciturnidad.—¡Ángel de Dios! Si
persiste en esa maña dentro de veinte años, ayúdame á sentir.
Siempre que acompaña á su hermana, en el gabinete ó en el cuarto del
chiquitín, las sensaciones, y aun los sentimientos del pobre ciego
sufrían alteraciones bruscas, pasando del contento expansivo al desmayo
hondísimo y aplanante. Era un variar contínuo, como los movimientos
de la veleta en día de turbión. Horas tenía Rafael, en las cuales
gozaba extraordinariamente oyendo á su hermana en los trajines de la
maternidad, horas en que aquel mismo cuadro de doméstica dicha (para
él, más bien sonata) le llenaba el corazón de serpientes. Razones de
esto: que antes del nacimiento de Valentinico, era Rafael el niño de la
familia, y en la época de miseria, un niño mimado hasta la exageración.
Claro que sus hermanas le querían siempre; pero la nueva vida las
distraía en mil cosas, y en los afanes que ocasiona una casa grande. Le
atendían, le cuidaban; pero sin que fuera él, como en otros tiempos,
la persona principal, el centro, el eje de toda la vida. Vino al mundo
con repique gordo de campanas el heredero de San Eloy, y aunque las dos
hermanas tenían siempre para Rafael cariño y atenciones, nunca eran
éstas como las que al chiquitín consagraban; cosa muy natural, pues
si débiles los dos, Rafael estaba formado, y no había que pensar ni
en librarle de su incurable mal, ni en darle mayor robustez, mientras
que Valentinico era un principio de hombre, una esperanza, que había
que proteger contra los mil peligros que á la infancia rodean. ¡Eterna
subordinación de los amores del pasado, ante los amores y los intereses
del presente y el porvenir!
Así lo pensaba Rafael en sus murrias llenas de amargura negra: «Soy el
pasado, un pasado que gravita sobre ellas, que nada les da, que nada
les ofrece; y el niño es el presente risueño, y un porvenir... que
interesa como incógnita.»
Su imaginación siempre en ejercicio le representaba los hechos usuales
informados por su idea. Creía notar que su hermana Cruz, al ocuparse
de él, lo hacía más por obligación que por cariño; que algunos días le
servían la comida de prisa y corriendo, mientras que se entretenían
horas y más horas dándole papillas al mocoso. Figurábasele también
que su ropa no se cuidaba con tanto esmero. Á lo mejor, le faltaban
botones, ó aparecían descosidos que le molestaban. Y en cambio, las
dos señoras y el ama consagraban días enteros á los trapitos del
crío. Sobre esto, claro está, guardaba un silencio absoluto, y antes
muriera que proferir una queja. Su hermana Cruz había notado en él una
tristeza fúnebre, un laconismo sombrío y un suspirar de ese que saca la
mitad del alma en un aliento. Pero no le interrogaba, por temor á que
saliese con alguna tecla de las de marras. «Peor es meneallo», se decía
hablando como Cervantes y como D. Francisco.