III

Ya venía de atrás aquel desaliento del gallardo joven, que mal

acostumbrado á fáciles triunfos, se figuraba que Dios había hecho el

mundo para recreo de los Don Juanes de cartulina Bristol, y que las

pasiones humanas eran un juego, ó _sport_ destinado al solaz de los

jóvenes que, además del título de doctores en Derecho, poseían un

acta de representante del país, renta para bien vivir, caballo, buena

ropa, etc... Sus esperanzas, que al principio estuvieron muy verdes,

nutridas tan sólo de la vanidad de él, y sin que ella en ninguna forma

las alentara, habíanse marchitado antes del coloquio que acaba de

referirse. Siempre que tenía ocasión de hablar á solas con su amiga, se

arrancaba el hombre, no sin cautela; mas ella le paraba al instante,

refregándole el rostro con irónicas é intencionadas réplicas, no más

suaves que ortigas. Lo que más desconcertaba al buen Morentín era _el

compromiso_ en que, ante la opinión pública, le ponía la resistencia de

la señora de Torquemada, pues siendo como artículo de fe que ella le

había elegido para desquitarse de las tristezas de su matrimonio con

un _hombre imposible_, ¿con qué cara le decía él ahora á la pública

opinión: «Señores, ni conmigo ni con nadie se desquita, porque no hay

tal adulterio ni cosa que lo valga, ni en el hecho ni en la intención.

Desistan ustedes de esa idea calumniosa, si no quieren que se les tenga

por tan imbéciles como malvados»...?

Y seguramente añadiría: «Yo hago cuanto puedo. Pero no hay caso. Por

mí, bien saben cuantos me conocen que no quedaría. Pero una de dos: ó

no le gusto, lo cual extraordinariamente me mortifica, ó se encastilla

en la virtud. Me inclino á creer esto último, como menos vejatorio

para mí, y no tendría inconveniente en afirmar que, no gustándole yo,

es cosa probada que otro ninguno le gustará, aunque se lo traigan del

Cielo. Nada, señores, que por esta vez me ha fallado la puntería. Creo,

como Zárate, que tiene atrofiado el lóbulo cerebral de las pasiones.

¡Ah, las pasiones! Lo que pierde á las criaturas; pero también lo que

las ennoblece y ensalza. Mujer sin pasiones puede ser una hermosa

muñeca, ó una gallina utilísima, si es madre... Confieso que ninguna

batalla me pareció más fácil de ganar hace un año, cuando Fidela

reapareció ante el mundo casada con ese pavo de corral. Esta es la

primera vez que, creyendo abrazar una mujer, me estrello contra una

estatua... Paciencia, y á otra. ¡Cuando uno piensa que ha despreciado

proporciones bonitísimas, por seguir este rastro engañoso! Renuncio,

pues, y me consuelo con que si el dios de las batallas... amorosas no

me ha dado esta vez la victoria, será por apartarme de un gran peligro.

En la casa de San Eloy siento la incubación del drama, y del drama huye

el hijo de mi madre como del cólera. Esto declara y mantiene Serrano

Morentín, _adúltero profesional_.»

Debe añadirse que si el unigénito de don Juan Gualberto era incapaz de

virtud en grado superior, era también inepto para el mal, realizado

categóricamente. Por tener algo de todo, también tenía su poquito de

conciencia, y después de poner á las heridas de su amor propio la venda

de aquel optimismo reparador, dió en pensar cuán inícuos eran los

errores de la opinión acerca de Fidela. Pero cualquiera destruía la

dura concreción formada con los malos pensamientos y la falsa lógica

del público. Como ciertas conglomeraciones calcáreas, la calumniosa

especie endurecía con el tiempo, y al fin no había cristiano que la

rompiera con todos los martillos de la verdad. Hallábase él dispuesto

á salir por ahí diciendo á todo el que quisiera oirle: «Señores, que

no es cierto... que hay virtud, virtud verdadera, no de farsa.» ¡Pero

nadie lo había de creer! Bueno está el tiempo para dar crédito á voces

que tratan de reivindicar las reputaciones, no de destruirlas. Aquel

poquito de conciencia de que el gallardo caballero disponía para

los casos muy apurados de moral, le argüía su culpabilidad, porque

cuando las voces empezaron, la seguridad del triunfo fué parte á que

no las desmintiera con la energía y la indignación que la justicia

demandaba. Dejó correr la especie, siendo falsa, porque creía, como

en el Evangelio, que los hechos la harían verdadera. Equivocáronse

los hechos: luego, éstos eran los que tenían la culpa, él no. Como

quiera que fuese, Morentín, saliendo aquel día de la casa de San Eloy

con los espíritus enormemente abatidos, pensó que, _en conciencia_, y

procediendo con hidalga caballerosidad (de la cual tenía también su

poquitín), debía hacer un supremo esfuerzo para ahogar aquella opinión

y arrancarla de cuajo.

No hacía diez minutos que Morentín había salido del gabinete de Fidela,

cuando entró Rafael conducido por Pinto.

—Ya sé que se ha ido ese danzante. Esperaba que saliera para entrar

yo—dijo á su hermana, que volvió al gabinete con el chico en brazos.

—Sí, ya partió para la Palestina el bravo Malek-Adel... Siéntate. Es

lástima que no puedas ver esta preciosidad. Hoy está tan contento,

que no hace más que reir y tirarme de las orejas. ¿Por qué está tan

guasoncito el trasto de Dios?

—Déjame que le coja la cara. Acércate.

Fidela acercó el nene á su hermano, que le besó y acarició en las

mejillas. Valentinito hizo pucheros.

—¿Qué es eso, ángel? No se llora.

—Se asusta de verme.

—¡Quiá! De nada se asusta este sinvergüenza. Ahora te está mirando

fijo, fijo, con los ojos muy espantados, como diciendo: «¡qué serio

está hoy mi tío!...» ¿Verdad que tú quieres mucho al tiíto, Rey, Sumo

Pontífice, gatito de la Virgen? Dice que sí, que te quiere muchísimo,

y te estima y es tu _seguro servidor que besa tu mano_, Valentín

Torquemada y del Águila.

Viendo que Rafael callaba melancólico, creyó que refiriéndole las

gracias que con inaudita precocidad hacía ya el pequeñuelo, se animaría

un poco.

—No sabes lo tunante que es. Desde que ve una mujer, se le tira á los

brazos. Éste va á ser aficionadillo al bello sexo, sí señor, y muy

enamorado. Mujer que vea, la querrá para sí. Y desde ahora... (_dándole

suaves golpes en semejante parte_) le iré yo enseñando á que no se

entusiasme tanto con las señoras. ¿Verdad, rico mío, que á tí te gustan

las niñas guapas?... Á los hombres no les puede ver. El único con quien

hace buenas migas es su padre. Cuando le sienta sobre sus rodillas para

hacerle el caballito, suelta unas risas... ¿Y sabes lo que hace el muy

tuno? Le quita el reloj. Es una afición loca á robar relojes... También

ha sacado la maña de meterle mano al bolsillo de su padre, y... No

creas, empieza á sacar duros y pesetas y á tirarlos al suelo, riéndose

de verlos rodar...

—Simbolismo—dijo Rafael saliendo de su taciturnidad.—¡Ángel de Dios! Si

persiste en esa maña dentro de veinte años, ayúdame á sentir.

Siempre que acompaña á su hermana, en el gabinete ó en el cuarto del

chiquitín, las sensaciones, y aun los sentimientos del pobre ciego

sufrían alteraciones bruscas, pasando del contento expansivo al desmayo

hondísimo y aplanante. Era un variar contínuo, como los movimientos

de la veleta en día de turbión. Horas tenía Rafael, en las cuales

gozaba extraordinariamente oyendo á su hermana en los trajines de la

maternidad, horas en que aquel mismo cuadro de doméstica dicha (para

él, más bien sonata) le llenaba el corazón de serpientes. Razones de

esto: que antes del nacimiento de Valentinico, era Rafael el niño de la

familia, y en la época de miseria, un niño mimado hasta la exageración.

Claro que sus hermanas le querían siempre; pero la nueva vida las

distraía en mil cosas, y en los afanes que ocasiona una casa grande. Le

atendían, le cuidaban; pero sin que fuera él, como en otros tiempos,

la persona principal, el centro, el eje de toda la vida. Vino al mundo

con repique gordo de campanas el heredero de San Eloy, y aunque las dos

hermanas tenían siempre para Rafael cariño y atenciones, nunca eran

éstas como las que al chiquitín consagraban; cosa muy natural, pues

si débiles los dos, Rafael estaba formado, y no había que pensar ni

en librarle de su incurable mal, ni en darle mayor robustez, mientras

que Valentinico era un principio de hombre, una esperanza, que había

que proteger contra los mil peligros que á la infancia rodean. ¡Eterna

subordinación de los amores del pasado, ante los amores y los intereses

del presente y el porvenir!

Así lo pensaba Rafael en sus murrias llenas de amargura negra: «Soy el

pasado, un pasado que gravita sobre ellas, que nada les da, que nada

les ofrece; y el niño es el presente risueño, y un porvenir... que

interesa como incógnita.»

Su imaginación siempre en ejercicio le representaba los hechos usuales

informados por su idea. Creía notar que su hermana Cruz, al ocuparse

de él, lo hacía más por obligación que por cariño; que algunos días le

servían la comida de prisa y corriendo, mientras que se entretenían

horas y más horas dándole papillas al mocoso. Figurábasele también

que su ropa no se cuidaba con tanto esmero. Á lo mejor, le faltaban

botones, ó aparecían descosidos que le molestaban. Y en cambio, las

dos señoras y el ama consagraban días enteros á los trapitos del

crío. Sobre esto, claro está, guardaba un silencio absoluto, y antes

muriera que proferir una queja. Su hermana Cruz había notado en él una

tristeza fúnebre, un laconismo sombrío y un suspirar de ese que saca la

mitad del alma en un aliento. Pero no le interrogaba, por temor á que

saliese con alguna tecla de las de marras. «Peor es meneallo», se decía

hablando como Cervantes y como D. Francisco.

Torquemada en el purgatorio · 第 30 / 39 题