II

Sin necesidad de que nos lo cuente el Licenciado Juan de Madrid, ni

otro ningún cronista de salones, sabemos que á los tres ó cuatro meses

de su alumbramiento, estaba la señora de Torquemada hermosísima, como

si una rápida crisis fisiológica hubiera dado á su marchita belleza

nueva y pujante savia, haciéndola florecer con todo el esplendor y

la frescura de Mayo. Mejoró de color, cambiando la transparencia

opalina en tono caliente de fruta velluda que empieza á madurar; sus

ojos adquirieron brillo, viveza su mirada, prontitud sus movimientos,

y en el orden moral, si menos visible, no era menos efectiva la

transmutación, trocándose lentamente en gravedad el mimo, y en juicio

sereno la imaginatividad traviesa. Vivía consagrada al heredero de

San Eloy, que si en los primeros días no era para su madre más que

una viva muñeca, á quien había que lavar, vestir y zarandear, andando

los meses vino á ser lo que ordena la Naturaleza, el dueño de todos

sus afectos, y el objeto sagrado en que se emplean las funciones más

serias y hermosas de la mujer. De cómo desempeñaba Fidela su misión

de madre no se puede tener idea sin haberlo visto. Ninguna existió

jamás que la superase en cuidado y solicitud, ni que con mayor sentido

se penetrara de su responsabilidad. De los cariños extremados, que al

principio producían en ella tensión convulsiva, pasó por gradación

suave al cariño verdaderamente protector, garantía de vida para los

seres débiles que amenazados de mil peligros entran en ella. De su

afición á las golosinas la curó el miedo de enfermar y morirse antes de

ver crecido á su hijo, y se fué acostumbrando á los alimentos sanos, y

á poner método en las comidas. Novelas, no volvió á leerlas, ni tiempo

tenía para ello, pues no había hora del día en que no encadenase su

atención alguna faena importante, ya el aseo del chico y del ama, ya la

ropa de ambos; y luego venía el dormirle, y el vigilar el sueño, y ver

si mamaba ó no, y si todas sus funcioncitas se hacían con regularidad.

Á ninguna parte iba, y rarísima vez se la vió en el palco de la

Comedia, durante una hora ó poco más, pues no tenía calma para estarse

allí tontamente, oyendo lo que nada le interesaba, y asaltada de mil

ideas terroríficas, por ejemplo: que el ama, al acostarle, no le había

puesto bien tapadito, ó que se pasaba la hora de la teta, porque la muy

gansa se había quedado dormida. Estaba en ascuas, impaciente porque

llegase Tor para llevarla á casa. De nadie se fiaba, ni de las criadas

más adictas y cuidadosas, ni de su hermana misma. Su tertulia servíale

tan sólo para hacer mil consultas sobre temas de maternidad con esta

y la otra señora: todo lo demás érale indiferente. Y no se crea que la

monotonía de su conversación resultaba antipática, pues sabía poner en

cuanto hablaba su originalidad ingénita y su gracejo. Era, en suma,

encanto y admiración de cuantos íntimamente trataban á la familia.

Sobre este particular dijo un día Donoso á su amigo Torquemada:

—En todo, absolutamente en todo, es usted el hombre de la suerte. ¿Qué

virtudes extraordinarias son la causa de que así le proteja y le mime

Dios Omnipotente? Tiene usted una mujer que si se buscara con candil

otra igual por toda la tierra, no se la había de encontrar. ¡Vaya una

mujer! Todo el dinero que usted posee no vale lo que el último cabello

de su cabeza...

—Buena es, sí, buenísima—replicó el tacaño,—y por ese lado no hay queja.

—Ni por otro alguno. Pues estaría bueno que usted se quejara,

cuando parece que el dinero no sabe ir á ninguna parte más que á su

bolsillo... Y á propósito, amigo mío: dícese que toman ustedes en firme

todas las acciones del ferrocarril leonés.

—Así lo hemos acordado.

—Por eso he visto locos de entusiasmo á dos ó tres individuos de la

colonia leonesa; y hablan de darle á usted un banquete y qué sé yo qué.

—¿Banquetearme, porque voy á mi negocio?... En fin, si ellos lo pagan...

—Naturalmente.

Morentín continuaba siendo el visitante pegajoso en la casa de San

Eloy, y con el pretexto de acompañar á su amigo Rafael, se pasaba allí

las horas muertas tarde y noche. Pero es el caso que el ciego abominaba

de él secretamente, y se ponía nerviosísimo cuando le sentía la voz.

Cruz, por su parte, no gustaba de tal asiduidad. Mas ninguno de los dos

encontró manera de echarle, ni aun de conseguir, por cualquier discreto

artificio, que redujera sus visitas á lo estrictamente indicado por

las prácticas sociales. Entró una tarde, por familiar costumbre, en

el gabinete de Fidela y en el cuarto de Valentinico, próximo á la

alcoba matrimonial, y allá se estuvo embelesado, viendo á la Marquesa

de San Eloy en todo el lleno de sus funciones maternales, abrumándola

de adulaciones hiperbólicas con las formas más extravagantes de la

galantería después de haber ensayado con deplorable éxito las más

comunes.

—Porque usted, Fidela, es uno de esos ejemplos raros en la Historia,

en la Historia sagrada y profana, no hay que reirse... sé lo que digo.

El hombre que á usted la posee debe de tener las mejores aldabas en

el tribunal divino, porque si no, ¿cómo le han dado el número uno, la

criatura selecta, el _non plus ultra_?

—Vamos, que no pico tan alto como usted cree. En cierta ocasión me dejé

decir que yo valía mucho. ¡Cuánto me he reído de aquella jactancia!

Pues ahora me parece que no valgo nada, y que no tengo ningún talento.

No crea usted que lo digo por modestia. La modestia sigue pareciéndome

una tontería. Ahora que tengo delante de mí algo muy grato, de

muchísima responsabilidad, entiendo que no puedo llegar á lo que deseo.

—No me diga usted que no es modesta. Harto conoce cada cual lo que

vale... Pero hay una cosa de que sin duda, por la abstracción en que la

tienen los trabajos maternales, no se ha enterado usted todavía.

—¿Qué?

—Que ahora está usted hermosísima, vamos, en un grado de hermosura

desesperante. Créame usted: cuando se la contempla, se padece

vértigo... y estoy por decir que oftalmía. Es como mirar al sol.

—Pues póngase usted vidrios ahumados—dijo Fidela echándose á

reir, y mostrando las dos carreras de perlas de su incomparable

dentadura.—¿Pero para qué, si tiene usted ahumado el entendimiento?

—Gracias.

—No... ahora me da por la sinceridad. Y haciendo gala de inmodestia,

diré á usted que si nada valgo en... ¿cómo se dice?... en el concepto

general, lo que es como belleza... ¿Verdad que estoy guapísima? No

crea usted que me voy á ruborizar por oirlo decir. Si estoy cansada de

saberlo.

—Su sinceridad es un nuevo atractivo en que no había reparado hasta

ahora.

—Es que usted en nada repara. No se fija más que en sí mismo, y como

se mira tan de cerca, no puede verse bien.

—Tan no me he mirado nunca, que no sé cómo soy.

—Eso lo creo, porque si usted lo supiera no sería como es. Le hago ese

favor.

—Pues bien: ¿cómo soy?

—¡Ah! yo no he de decirlo.

—Ya que usted tan sincera es en la crítica de sí propia, séalo juzgando

á los demás.

—No me gusta echar incienso, y como usted es de los que todavía

cultivan la modestia, si yo le colmo de elogios podría creer que le

adulo.

—No creeré tal cosa, sino que me hace justicia.

—No, no, de fijo que si yo le digo lo que pienso, se ruborizará usted

como los jóvenes tímidos, y no volverá más á mi casa, por temor á que

mis alabanzas le sonrojen.

—Yo le juro á usted que no dejaré de volver, aunque usted me compare

con los ángeles del Cielo.

—Pues con ellos pensaba compararle... Mire usted cómo va acertando.

—¿Por la pureza?

—Y por la inocencia. Desde el tiempo en que era usted estudiante, y

galanteaba á las patronas de las casas de huéspedes donde vivían los

compañeros con quienes repasaba la lección, no ha adelantado usted un

solo paso en el arte del mundo, ni en el conocimiento de las personas

con quienes trata. Ya ve usted si se halla en estado de inocencia, y

si merece elogios. Ha conseguido aprender muchas cosas, no todas de

gran provecho, la verdad; pero el tacto fino para conocer el grado y la

clase de afecto á que debe aspirar en sus relaciones de amistad no lo

tiene todavía Pepito Morentín. Es usted muy niño, y si no se da prisa á

aprender esto, creo que mi Valentín le va á tomar á usted la delantera.

Desconcertado, el Tenorio sin drama afectaba no comprender, y se

defendía con exclamaciones festivas; pero por dentro le atormentaban

las retorceduras de su amor propio vapulado por la altiva dama. Hablaba

ésta en pie, con su chiquillo en brazos, marcando el paso de niñera, y

dándole golpecitos en la espalda.

—Gasta usted unas ironías que me anonadan—dijo al fin Morentín, que ya

no podía contraer su rostro para fingir la hilaridad, y bruscamente se

puso serio.

—¿Ironía yo...? ¡Bah! No me haga usted caso. No hay más sino que

le miro á usted como á un chiquillo, y no ciertamente de los mejor

educados. La juventud del día, y llamo juventud á los hombres de

treinta á cuarenta años, necesita una disciplina de colegio muy dura

para poder andar suelta en sociedad. No conoce la verdadera finura, ni

la delicadeza, y es... ¿lo digo? una generación de majaderos muy bien

vestidos y que saben algo de francés. No recuerdo quién decía la otra

noche aquí que ya no hay señoras.

—La marquesa de San Salomó.

—Justo. Puede que tenga razón. Es dudoso por lo menos. Lo indudable

es que ya no hay caballeros, como no sea algún viejo de la generación

pasada.

—¿Lo cree usted así? ¡Oh, qué daría yo por pertenecer á la generación

pasada, aunque tuviera mi cabeza llena de canas, y viviera plagado de

reuma! Si así fuera, ¿sería usted más benévola conmigo?

—¿Soy yo acaso malévola? Esto no es malevolencia, Morentín, es vejez.

No se ría. Yo soy muy vieja, más vieja de lo que se cree usted, si no

por los años, por lo que me ha enseñado el sufrimiento.

De improviso, cambió de tono Fidela, dejando al otro cortado y con la

palabra en la boca. Besuqueando locamente al nene, rompió en estos

chillidos:

—¿Pero ha visto usted, Morentín, una cara más repreciosa que la de este

mico de Dios, rey de los pillos y alguacil de los ángeles? ¿Conoce

usted belleza igual, ni monada igual, ni desvergüenza como la suya?

Esto vale más que el mundo entero. ¿Ve usted este pelito qué se me

ha quedado entre los labios, besándole? Pues vale este pelito más

que usted en cuerpo y alma, vale más, como unos diez mil millones de

veces... elevadas á la raíz cúbica... Yo también soy matemática... Y

vale más que toda la humanidad pasada, presente y futura... Conque...

abur. Dile adiós, hombre. (_Cogiéndole la manecita y haciendole

saludar._) Dile: adiós, adiós, tonto...

Se fué al otro cuarto, y Morentín á la calle, amargado y aburrido. Su

amor propio era en aquel momento como un vistoso y florido arbusto, que

un pie salvaje hubiera pisoteado bárbaramente.

Torquemada en el purgatorio · 第 29 / 39 题