Sin necesidad de que nos lo cuente el Licenciado Juan de Madrid, ni
otro ningún cronista de salones, sabemos que á los tres ó cuatro meses
de su alumbramiento, estaba la señora de Torquemada hermosísima, como
si una rápida crisis fisiológica hubiera dado á su marchita belleza
nueva y pujante savia, haciéndola florecer con todo el esplendor y
la frescura de Mayo. Mejoró de color, cambiando la transparencia
opalina en tono caliente de fruta velluda que empieza á madurar; sus
ojos adquirieron brillo, viveza su mirada, prontitud sus movimientos,
y en el orden moral, si menos visible, no era menos efectiva la
transmutación, trocándose lentamente en gravedad el mimo, y en juicio
sereno la imaginatividad traviesa. Vivía consagrada al heredero de
San Eloy, que si en los primeros días no era para su madre más que
una viva muñeca, á quien había que lavar, vestir y zarandear, andando
los meses vino á ser lo que ordena la Naturaleza, el dueño de todos
sus afectos, y el objeto sagrado en que se emplean las funciones más
serias y hermosas de la mujer. De cómo desempeñaba Fidela su misión
de madre no se puede tener idea sin haberlo visto. Ninguna existió
jamás que la superase en cuidado y solicitud, ni que con mayor sentido
se penetrara de su responsabilidad. De los cariños extremados, que al
principio producían en ella tensión convulsiva, pasó por gradación
suave al cariño verdaderamente protector, garantía de vida para los
seres débiles que amenazados de mil peligros entran en ella. De su
afición á las golosinas la curó el miedo de enfermar y morirse antes de
ver crecido á su hijo, y se fué acostumbrando á los alimentos sanos, y
á poner método en las comidas. Novelas, no volvió á leerlas, ni tiempo
tenía para ello, pues no había hora del día en que no encadenase su
atención alguna faena importante, ya el aseo del chico y del ama, ya la
ropa de ambos; y luego venía el dormirle, y el vigilar el sueño, y ver
si mamaba ó no, y si todas sus funcioncitas se hacían con regularidad.
Á ninguna parte iba, y rarísima vez se la vió en el palco de la
Comedia, durante una hora ó poco más, pues no tenía calma para estarse
allí tontamente, oyendo lo que nada le interesaba, y asaltada de mil
ideas terroríficas, por ejemplo: que el ama, al acostarle, no le había
puesto bien tapadito, ó que se pasaba la hora de la teta, porque la muy
gansa se había quedado dormida. Estaba en ascuas, impaciente porque
llegase Tor para llevarla á casa. De nadie se fiaba, ni de las criadas
más adictas y cuidadosas, ni de su hermana misma. Su tertulia servíale
tan sólo para hacer mil consultas sobre temas de maternidad con esta
y la otra señora: todo lo demás érale indiferente. Y no se crea que la
monotonía de su conversación resultaba antipática, pues sabía poner en
cuanto hablaba su originalidad ingénita y su gracejo. Era, en suma,
encanto y admiración de cuantos íntimamente trataban á la familia.
Sobre este particular dijo un día Donoso á su amigo Torquemada:
—En todo, absolutamente en todo, es usted el hombre de la suerte. ¿Qué
virtudes extraordinarias son la causa de que así le proteja y le mime
Dios Omnipotente? Tiene usted una mujer que si se buscara con candil
otra igual por toda la tierra, no se la había de encontrar. ¡Vaya una
mujer! Todo el dinero que usted posee no vale lo que el último cabello
de su cabeza...
—Buena es, sí, buenísima—replicó el tacaño,—y por ese lado no hay queja.
—Ni por otro alguno. Pues estaría bueno que usted se quejara,
cuando parece que el dinero no sabe ir á ninguna parte más que á su
bolsillo... Y á propósito, amigo mío: dícese que toman ustedes en firme
todas las acciones del ferrocarril leonés.
—Así lo hemos acordado.
—Por eso he visto locos de entusiasmo á dos ó tres individuos de la
colonia leonesa; y hablan de darle á usted un banquete y qué sé yo qué.
—¿Banquetearme, porque voy á mi negocio?... En fin, si ellos lo pagan...
—Naturalmente.
Morentín continuaba siendo el visitante pegajoso en la casa de San
Eloy, y con el pretexto de acompañar á su amigo Rafael, se pasaba allí
las horas muertas tarde y noche. Pero es el caso que el ciego abominaba
de él secretamente, y se ponía nerviosísimo cuando le sentía la voz.
Cruz, por su parte, no gustaba de tal asiduidad. Mas ninguno de los dos
encontró manera de echarle, ni aun de conseguir, por cualquier discreto
artificio, que redujera sus visitas á lo estrictamente indicado por
las prácticas sociales. Entró una tarde, por familiar costumbre, en
el gabinete de Fidela y en el cuarto de Valentinico, próximo á la
alcoba matrimonial, y allá se estuvo embelesado, viendo á la Marquesa
de San Eloy en todo el lleno de sus funciones maternales, abrumándola
de adulaciones hiperbólicas con las formas más extravagantes de la
galantería después de haber ensayado con deplorable éxito las más
comunes.
—Porque usted, Fidela, es uno de esos ejemplos raros en la Historia,
en la Historia sagrada y profana, no hay que reirse... sé lo que digo.
El hombre que á usted la posee debe de tener las mejores aldabas en
el tribunal divino, porque si no, ¿cómo le han dado el número uno, la
criatura selecta, el _non plus ultra_?
—Vamos, que no pico tan alto como usted cree. En cierta ocasión me dejé
decir que yo valía mucho. ¡Cuánto me he reído de aquella jactancia!
Pues ahora me parece que no valgo nada, y que no tengo ningún talento.
No crea usted que lo digo por modestia. La modestia sigue pareciéndome
una tontería. Ahora que tengo delante de mí algo muy grato, de
muchísima responsabilidad, entiendo que no puedo llegar á lo que deseo.
—No me diga usted que no es modesta. Harto conoce cada cual lo que
vale... Pero hay una cosa de que sin duda, por la abstracción en que la
tienen los trabajos maternales, no se ha enterado usted todavía.
—¿Qué?
—Que ahora está usted hermosísima, vamos, en un grado de hermosura
desesperante. Créame usted: cuando se la contempla, se padece
vértigo... y estoy por decir que oftalmía. Es como mirar al sol.
—Pues póngase usted vidrios ahumados—dijo Fidela echándose á
reir, y mostrando las dos carreras de perlas de su incomparable
dentadura.—¿Pero para qué, si tiene usted ahumado el entendimiento?
—Gracias.
—No... ahora me da por la sinceridad. Y haciendo gala de inmodestia,
diré á usted que si nada valgo en... ¿cómo se dice?... en el concepto
general, lo que es como belleza... ¿Verdad que estoy guapísima? No
crea usted que me voy á ruborizar por oirlo decir. Si estoy cansada de
saberlo.
—Su sinceridad es un nuevo atractivo en que no había reparado hasta
ahora.
—Es que usted en nada repara. No se fija más que en sí mismo, y como
se mira tan de cerca, no puede verse bien.
—Tan no me he mirado nunca, que no sé cómo soy.
—Eso lo creo, porque si usted lo supiera no sería como es. Le hago ese
favor.
—Pues bien: ¿cómo soy?
—¡Ah! yo no he de decirlo.
—Ya que usted tan sincera es en la crítica de sí propia, séalo juzgando
á los demás.
—No me gusta echar incienso, y como usted es de los que todavía
cultivan la modestia, si yo le colmo de elogios podría creer que le
adulo.
—No creeré tal cosa, sino que me hace justicia.
—No, no, de fijo que si yo le digo lo que pienso, se ruborizará usted
como los jóvenes tímidos, y no volverá más á mi casa, por temor á que
mis alabanzas le sonrojen.
—Yo le juro á usted que no dejaré de volver, aunque usted me compare
con los ángeles del Cielo.
—Pues con ellos pensaba compararle... Mire usted cómo va acertando.
—¿Por la pureza?
—Y por la inocencia. Desde el tiempo en que era usted estudiante, y
galanteaba á las patronas de las casas de huéspedes donde vivían los
compañeros con quienes repasaba la lección, no ha adelantado usted un
solo paso en el arte del mundo, ni en el conocimiento de las personas
con quienes trata. Ya ve usted si se halla en estado de inocencia, y
si merece elogios. Ha conseguido aprender muchas cosas, no todas de
gran provecho, la verdad; pero el tacto fino para conocer el grado y la
clase de afecto á que debe aspirar en sus relaciones de amistad no lo
tiene todavía Pepito Morentín. Es usted muy niño, y si no se da prisa á
aprender esto, creo que mi Valentín le va á tomar á usted la delantera.
Desconcertado, el Tenorio sin drama afectaba no comprender, y se
defendía con exclamaciones festivas; pero por dentro le atormentaban
las retorceduras de su amor propio vapulado por la altiva dama. Hablaba
ésta en pie, con su chiquillo en brazos, marcando el paso de niñera, y
dándole golpecitos en la espalda.
—Gasta usted unas ironías que me anonadan—dijo al fin Morentín, que ya
no podía contraer su rostro para fingir la hilaridad, y bruscamente se
puso serio.
—¿Ironía yo...? ¡Bah! No me haga usted caso. No hay más sino que
le miro á usted como á un chiquillo, y no ciertamente de los mejor
educados. La juventud del día, y llamo juventud á los hombres de
treinta á cuarenta años, necesita una disciplina de colegio muy dura
para poder andar suelta en sociedad. No conoce la verdadera finura, ni
la delicadeza, y es... ¿lo digo? una generación de majaderos muy bien
vestidos y que saben algo de francés. No recuerdo quién decía la otra
noche aquí que ya no hay señoras.
—La marquesa de San Salomó.
—Justo. Puede que tenga razón. Es dudoso por lo menos. Lo indudable
es que ya no hay caballeros, como no sea algún viejo de la generación
pasada.
—¿Lo cree usted así? ¡Oh, qué daría yo por pertenecer á la generación
pasada, aunque tuviera mi cabeza llena de canas, y viviera plagado de
reuma! Si así fuera, ¿sería usted más benévola conmigo?
—¿Soy yo acaso malévola? Esto no es malevolencia, Morentín, es vejez.
No se ría. Yo soy muy vieja, más vieja de lo que se cree usted, si no
por los años, por lo que me ha enseñado el sufrimiento.
De improviso, cambió de tono Fidela, dejando al otro cortado y con la
palabra en la boca. Besuqueando locamente al nene, rompió en estos
chillidos:
—¿Pero ha visto usted, Morentín, una cara más repreciosa que la de este
mico de Dios, rey de los pillos y alguacil de los ángeles? ¿Conoce
usted belleza igual, ni monada igual, ni desvergüenza como la suya?
Esto vale más que el mundo entero. ¿Ve usted este pelito qué se me
ha quedado entre los labios, besándole? Pues vale este pelito más
que usted en cuerpo y alma, vale más, como unos diez mil millones de
veces... elevadas á la raíz cúbica... Yo también soy matemática... Y
vale más que toda la humanidad pasada, presente y futura... Conque...
abur. Dile adiós, hombre. (_Cogiéndole la manecita y haciendole
saludar._) Dile: adiós, adiós, tonto...
Se fué al otro cuarto, y Morentín á la calle, amargado y aburrido. Su
amor propio era en aquel momento como un vistoso y florido arbusto, que
un pie salvaje hubiera pisoteado bárbaramente.