IV

Sobre el asunto de Morentín, sí hablaron con amplitud, y discutiendo

el artificio más propio para evitar la constancia de sus visitas,

convinieron en valerse de Zárate. Rafael habría deseado que se le

echara sin miramiento alguno; pero á esto no se avino Cruz, por no

disgustar á la señora de Serrano Morentín, una de las amigas más

adictas y leales. Lo mejor era que Zárate le soltase esta _indirecta_:

«Mira, Pepe, sea por lo que fuese, Rafael te ha tomado antipatía, y

se excita siempre que te siente á su lado. Conviene que dejes de ir

una temporadita por allá. Las señoras no quieren decírtelo porque no

lo tomes á mal. Pero yo, amigo tuyo, amigo de ellas, te aconsejo,

_etc..._, _etc..._» Acordando este plan, á Cruz le faltó tiempo para

pedir al pedante su amistosa mediación; y el pedante despachó tan bien

su cometido, que el otro no parecía por la casa sino contadas veces, y

siempre de noche, á la tertulia grande. Los comentarios que hicieron el

sabio y el galán cuando aquél le transmitió los deseos de las señoras,

no constan en autos; pero es fácil colegir que uno y otro daban versión

muy distinta de la oficial á los móviles de aquella cortés despedida.

Y á Rafael se le quitó un peso de encima con la seguridad de que su

antiguo amigo no le visitaría con tanta frecuencia. Mas no disminuyeron

por ello sus tristezas, que Cruz, á fuerza de cavilar, se explicaba

porque el convencimiento de su error, en lo que de Fidela tan

malignamente supuso, le inquietaba la conciencia. En efecto, Rafael

parecía disuadido de los pensamientos maliciosos que le sugirió su

insana lógica de ciego pesimista y reconcentrado. Una noche se lo

confesó á Cruz, añadiendo que si rectificaba su infame juicio por lo

tocante á Fidela, lo mantenía por Morentín, pecador de intención; como

que cifraba su orgullo en ser adúltero sin drama y corruptor de las

familias con discreto escándalo.

—Y para que veas cómo mi lógica no me engaña siempre—añadió,—te diré

que lejos de cesar ahora la difamación de mi hermana, aumenta y toma

cuerpo, porque el mundo no recoge, no puede recoger la piedra que tira.

—Bueno—replicó la primogénita, queriendo cortar.—No te ocupes de eso, y

desprecia la maledicencia.

—Yo la desprecio; pero siempre existe.

—Basta ya.

—Basta, sí.

Al quedarse solo, inclinando la cabeza sobre el pecho, se sumergió

en cavilaciones obscuras, cavernosas: «¿Soy yo el equivocado? No,

porque pensé este desate de la opinión contra la honra de mi casa, y

acerté. Si mi hermana se ha mantenido en sus deberes, realizando el

mayor prodigio de los tiempos, esto sólo quiere decir que la raza es

de elección... sí señor... savia superior, incorrupta en medio de esta

sentina...»

Levantóse bruscamente, y como si aún creyera que allí permanecía su

hermana Cruz, dijo con énfasis:

—Pero ví yo el peligro, ¿sí ó no?

No tardó en caer en la silla. Su tristeza se resolvía en un vivo

desprecio de sí mismo; su amor propio, mucho más potente que el de

Morentín, y de mejor fuste, no se curaba con tanta facilidad de las

caídas, y él se sentía caído de lo más alto de su orgullo á lo más

profundo de su conciencia.

«Sí, sí—pensaba, los codos en las rodillas, las manos agarrando la

cabeza como si se la quisiera arrancar,—quiero engañarme con lisonjas,

con elogio de mí mismo; mas por encima de este humo sale mi razón

diciéndome que soy el más redomado tonto que ha echado Dios al mundo.

¡Equivocado en todo! Creí firmemente que mi hermana sería infeliz,

y es dichosa. Su alegría echa por tierra todas estas lógicas, que

como quincalla mohosa, almaceno en mi pobre cerebro desvencijado.

Creí firmemente que el matrimonio absurdo, anti-natural del ángel y

la bestia no tendría sucesión, y ha salido este muñeco híbrido, este

monstruo..., porque lo es, tiene que serlo, como dice Quevedito...

¡Vaya una representación de la estirpe del Águila! ¡Vaya un Marqués de

San Eloy! Esto da asco. Si no viene pronto el cataclismo social, será

porque Dios quiere que la sociedad se pudra lentamente, y se pulverice

toda en basura para mayor fertilidad de la flora que vendrá después.

(_Dando un gran suspiro._) La verdad es que no sé qué sentir. Estoy

obligado á querer al pobre niño, y á ratos me parece que le quiero,

sí. ¿Qué culpa tiene él de haber venido á destruir todas mis lógicas?

Y si es híbrido y monstruoso, y crecerá marcado de cretinismo y de

caquexia, al menos ha servido para encender en su madre el fuego del

cariño maternal, que la purificará... Esto es un consuelo... El colmo

de mis equivocaciones sería que el chico creciera listo y fuerte... No

me faltaba más que eso para creer que el deforme y cacoquimio soy yo; y

en este caso...»

Un golpecito en la puerta cortó su divagación. Era Fidela con el nene

en brazos:

—Aquí hay una visita—dijo,—un caballero que pregunta si está visible el

Sr. D. Rafaelito... ¿Se puede pasar? Adelante, hijo. Dile que vienes

muy enfadado, pero muy enfadado, porque no ha ido á verte hoy.

—Ahora mismo pensaba ir—replicó el ciego, animándose.—Vamos. Dame la

mano.

Condújole Fidela á su cuarto, donde entablaron una larga conversación

que acaloraba ella con su vivaz ingenio, y él enfriaba con su tristeza

mortecina. Contendían en el terreno de la palabra, él arrojando plomo,

su hermana azogue. El diálogo tan pronto se arrastraba lánguido, como

corría presuroso, informando ideas diferentes. Más de una vez quiso

Fidela poner el chiquillo en brazos de su hermano; pero Rafael se opuso

temeroso, según dijo, de que se le cayera. Cuando Valentinico apenas

contaba un mes, gustaba su tío de hacer el niñero: le cogía en brazos,

le zarandeaba, decíale mil extravagancias, y no le soltaba hasta que

el nene, frotándose los ojos con sus puños cerrados, ó rompiendo en

chillidos, pedía pasar á otras manos. Mas transcurrido algún tiempo,

Rafael empezó á sentir hacia su sobrinito una brutal aversión, que

con ningún razonamiento podía dominar. El sentimiento de su impotencia

para vencer aquel insano impulso, era tan efectivo y claro en su alma

como el del espanto que le causaba. Por suerte, duraba poco; pero en

su brevedad inapreciable, era lo bastante intenso para ocasionarle un

padecer horrible, agravado por la lucha que había de sostener contra

sí mismo. Fué tan vivo una tarde el instintivo aborrecimiento á la

criatura, que por apartarla de sí con prontitud para evitar un acto de

barbarie, á punto estuvo de dejarla caer al suelo.

—Maximina, por Dios, venga usted...—gritó levantándose.—Coja usted el

niño. Pronto; me voy... Pesa mucho... me cansa... me ahogo...

Y soltando la cría en manos del ama, salió trémulo y jadeante,

palpando las paredes y tropezando en los muebles. Imposible apreciar

la duración de aquel salvaje arrechucho; pero no hay duda de que era

brevísima, y en cuanto pasaba, sentía ganas ardientes de llorar, se

metía en su cuarto y se arrojaba en el sillón, buscando la soledad.

En ella no podía hacer otra cosa que analizar minuciosamente aquél

fenómeno extraño, indagar su origen, y determinar las formas en que se

manifestaba. Y mejor lo conocía por la observación retrospectiva de

su alma, que en el momento de sufrir el ataque relámpago de confusión

y azoramiento, en que el tremendo impulso destructor se confundía con

el pánico de la conciencia, aterrada del crimen. «La causa de esto—se

decía, con sinceridad de filósofo solitario,—no puede ser otra que

un terrible acceso de envidia... Sí, esto es; me ha nacido en el

alma como un tumor. ¡Envidia del pequeñuelo, porque mis hermanas le

quieren más que á mí! Puedo decirlo claro, en las soledades íntimas

de la conciencia. Naturalmente, el niño es la esperanza de la casa,

las grandezas posibles del mañana, y yo soy un pasado caduco, inútil,

muerto... ¿Pero cómo ha nacido en mi alma sentimiento tan vil..., y

tan nuevo en mí, Señor, porque jamás sentí envidia de nadie? ¿Y en qué

consiste que la envidia _se me quita_ de repente, y vuelvo á querer al

chiquillo...? No, no, no se me quita, no. Cuando me pasa el arrechucho,

siempre me queda una cierta hostilidad contra el muñeco ese, y si es

verdad que me inspira lástima, también lo es que deseo que se muera.

Analicemos bien. ¿Alguna vez he deseado que viva? (_Pausa._) Qué sé

yo. Pocas habrán sido, y mis recuerdos de éste y el otro momento me

dicen que por lo común pienso que ese desdichado engendro estaría mejor

en la Gloria, ó en el Limbo... sí señor, en el Limbo. Y otro síntoma

que veo en mí es el absoluto convencimiento de que Dios ha hecho muy

mal en mandarle acá, como no haya venido para castigo del bárbaro,

y para amargar los últimos años de su vida. Sea lo que quiera, el

tal Valentinico..., me lo diré claro, como debo decirme las cosas á

mí mismo, en el confesonario de la conciencia, que es como ponerse

de rodillas ante Dios y descubrirle toda nuestra alma..., el tal

Valentinico me carga... Reconozco que allá nos vamos él y yo en candor

infantil. Yo discurro, él no; pero ambos somos igualmente niños. Si

yo, siendo como soy, estuviese ahora mamando, y tuviera mi nodriza

correspondiente, no sería más hombre que él, aunque pegado á la teta

revolviera en mi cabeza todas las filosofías del mundo. (_Pausa._) ¿Por

qué me causa profunda irritación el ver que mis hermanas no viven más

que para él, y se preocupan de la ropita, de la teta, de si duerme ó

no, como si de ello dependiera la suerte de toda la humanidad? ¿Por

qué, cuando oigo que le miman y le cantan y le saltan en brazos, rabio

interiormente porque no me hagan á mí lo mismo? Esto es infantil,

Señor; pero es como me lo digo, y no puedo remediarlo. Me confieso toda

la verdad, sin omitir nada, y al hacerlo así, siento alivio, el único

alivio posible...» (_Pausa larguísima. Abstracción._)

«Porque yo no sé lo que me pasa, ni cómo empieza el endiablado ataque.

Estalla de súbito como un explosivo. Me invade todo el sistema nervioso

en menos tiempo del que empleo en decirlo. Si el ataque me coge con

mi sobrinito en brazos, necesito echarme con la voluntad cinturones

de bronce para no dejarme caer sobre el pobre niño y ahogarle bajo

mi cuerpo. Ó bien me da la idea de lanzarle contra la pared con la

fuerza terrible que en mí se desarrolla. Una tarde llegué á ponerle

mi mano en el cuello; lo abarqué fácilmente, porque no está gordo que

digamos el príncipe de Asturias; apreté un poquitín, nada más que

un poquitín. Le salvaron los gemidos que dió, y aquella ilusión que

tuve... alucinación de oirle decir: “Tío, no me...” Fué un segundo

espantoso. Mi conciencia venció... por nada, por la milésima parte del

grueso de un pelo, que era la distancia que me separaba del crimen. Me

temo que otra vez mi voluntad no llegue al punto crítico, y venza el

impulso, y resulte que cuando me entero del acto de barbarie, ya está

consumado y no lo puedo remediar. Yo lo siento, lo sentiré mucho; me

moriré de vergüenza, de terror... Y cuando nos encontremos él y yo en

el Limbo, víctima y verdugo, nos reiremos de nuestras discordias de

por acá... ¡Cuánta miseria, cuánta pequeñez, qué estúpido combatir por

quién es más! “Valentín—le diré,—¿te acuerdas de cuando te maté porque

no me hacía gracia que fueras más que yo? ¿Verdad que tú, allá en los

albores de tu voluntad, querías anonadarme á mí, y me tirabas de los

pelos con intención de hacerme daño? No me lo niegues. Tú eras muy

malo; la sangre villana de tu padre no podía desmentirse. Si hubieras

vivido, habrías sido el vengador de los Águilas deshonrados, y habrías

dado tortura á tu madre, que hizo mal, muy mal en ser madre tuya.

Reconócelo: mi hermana no debió casarse con el bruto de tu papá, ni yo

debí ser tu tío. Y admitido que el casamiento tenía que efectuarse,

no debiste nacer tú, no señor. Fuiste un absurdo, un error de la

Naturaleza... (_Pausa._) Y también te digo que la noche que naciste,

tuve yo unos celos terribles, y cuando tu padre se acercó á mí para

decirme que te había dado la gana de nacer, poco me faltó para llenarle

de injurias... Con que ya ves... Y ahora estamos iguales tú y yo.

Ninguno de los dos es más que el otro, y ambos nos pasamos la eternidad

en esta forma impalpable, divagando por espacios grises sin término,

sin más distracción que describir curvas, ni más juguete que nosotros

mismos rasgando en medio del caos las masas de luz espesa...”»

V

Su hermana Cruz solía sacarle de estos éxtasis dolorosos con el golpe

seco de su razonamiento positivo. Poniendo en su lenguaje una de

cariño y otra de severidad, le calmaba. Una tarde, hallándose Rafael

con Zárate en el gabinete, fué bruscamente atacado de su arrechucho.

Había puesto el ama en sus brazos á Valentín dormido, para ir en busca

de unas piezas de ropa al aposento contiguo, y lo mismo fué sentir el

peso del tierno infante, que se le descompuso la fisonomía, temblaron

sus labios, como atacado de mortal frío, encendióse su rostro, se le

contrajeron los brazos.

—Zárate, demonio de Zárate, ¿dónde estás?... Por amor de

Dios...—clamaba con voz ronca.—Toma el niño, cógele, hombre, cógele

pronto... que si no, le estrello contra el suelo... ¿Qué haces? No

puedo más... Zárate, cógele... ¡Dios mío!

Acudió al instante el sabio, cogió casi en el aire al niño; despertóse

éste dando berridos, y cuando apareció la madre presurosa, vió á

su hermano que caía en el sofá con epilépticas convulsiones. Pero

rápidamente se rehizo, y con nerviosa hilaridad, procurando estirar los

músculos y serenar su alterado rostro, decía:

—No es nada... nada... Esto que me da... una tontería... Parece que me

crecen las fuerzas..., que soy un Hércules ó que me vuelvo de trapo

y no sé tenerme... no sé... ¡Cosa más rara!... Ya pasó, ya estoy

bien... Quiero estar solo... Que me lleven, que me saquen de aquí... Y

el niño... ¿le ha pasado algo? ¡Pobrecito... estas criaturas son tan

débiles! De ciento, los noventa y ocho perecen...

Acudió también la hermana mayor, que con ayuda del pedante le llevó á

su cuarto, donde un rato después hablaba tranquilamente con su amigo,

recordando episodios de la época estudiantil. Ya cerca de la noche,

pidió que se le llevara otra vez al gabinete de Fidela, y allí se

entabló conversación amena, porque entró Cruz diciendo:

—Parece cosa acordada que á tu marido le obsequiarán con un banquete

monumental los leoneses, por su iniciativa en lo del ferrocarril.

Y Zárate, que era de los que mangoneaban en aquel asunto, confirmó la

noticia, agregando que ya se habían inscrito unos ochenta, y que la

_junta organizadora_ había tomado el acuerdo de no limitar la fiesta

al _elemento leonés_, sino que podía inscribirse y asistir todo el

que quisiera, pues así se daba á la manifestación carácter nacional,

público y solemne homenaje al hombre extraordinario que ponía sus

capitales y su inteligencia al servicio de los intereses públicos.

Cuando esto decía, y antes de que Fidela y Cruz añadieran ningún

comentario, entraron Torquemada y Donoso.

—¿Conque, Tor, te van á dar un _comebú_ muy grande?—le dijo su

esposa.—Me alegro; que estas solemnidades no han de ser solo para los

literatos y poetas.

—No sé á qué vienen esas comilonas... Pero se empeñan en ello, ¿y qué

he de hacer yo? _Mi línea de conducta_ será comer y callar.

—Eso no—dijo Cruz.—Pues flojito discurso tendrá usted que pronunciar.

—¡Yo...!

—Tú, sí. Querido Tor, la salsa de esos banquetes está en los brindis.

—Brindarán ellos. Pero yo... ¡hablar ante tanta gente ilustrada!

—No lo es usted menos—observó Cruz.—Y bien podrá decirles cosas

muy saladas, si quiere, cosas de sentido práctico, y de verdadera

elocuencia á estilo inglés.

—En ningún estilo abro yo la boca delante de tanto prohombre y de tanta

eminencia.

—No habrá más remedio, querido D. Francisco—indicó Donoso,—que decir

cuatro palabras. Por más que se acuerde _que no haya brindis_, alguien

ha de hablar, al menos para exponer el objeto de la solemnidad; y

naturalmente, usted tiene que dar las gracias... una manifestación

sencilla, sin pretensiones de elocuencia, frases salidas del corazón...

El chiquillo soltó la risa, y todos, Torquemada el primero,

considerando que se reía del discurso de su papá, corearon su infantil

alegría.

—Mico de Dios, ríete, sí, del discursito que va á pronunciar Tor.

¿Verdad que tú sabes hablar mejor que él?... Déjate, que ya iremos los

dos á silbarle.

—No tiene usted más remedio—dijo Zárate dejándose ir á la

adulación,—que decirnos su pensamiento sobre ciertas y determinadas

materias _que agitan la opinión_. Es más, lo esperamos ansiosos, y

privarnos de oir su palabra sería defraudar las esperanzas de todos los

que allí hemos de reunirnos.

—Pues _yo parto del principio_ de que al buen callar llaman Sancho.

Despotriquen ellos todo lo que quieran, y si veo que viene mucho

incienso, les diré lacónicamente que yo no me pago de lisonjas, que soy

muy práctico, y que me dejen en paz, ¡ea!

—Usted, prepárese—le dijo Cruz, que en aquella ocasión, como en todas,

era maestra, sin alardear de ello.—Penétrese bien del motivo por que le

dan el banquete. Fíjese en este punto y en el otro; haga su composición

de lugar; escoja las frases que le parezcan más oportunas, elija las

palabras, y pongo mi cabeza á que hace usted un discurso que llame la

atención, y deje tamañitos á los demás oradores que salgan por allí.

—Dudo mucho, Crucita—afirmó Torquemada sentándose en el sofá junto al

ciego,—que de esta boca, que es muy torpe _de suyo_, salgan buenas

oratorias, como las que oimos en las _Cámaras_. Pero, en caso de que no

tenga más remedio que romper, yo haré por dejar bien puesto el pabellón

de la familia.

—También á mí—dijo el ciego, que hasta entonces había permanecido

silencioso,—me da el corazón, como á mi hermana Cruz, que va usted á

revelársenos orador de primer orden. Ya puesto á crecer, señor mío,

crecerá usted en todas las esferas. Y si habla esa noche medianamente,

el vulgo que le oiga saldrá diciendo que allá se va usted con

Demóstenes, y así lo creerá, y así se forma la opinión. Cuanto haga

y diga el señor Marqués de San Eloy, será hoy tomado por lindezas,

porque está en la atmósfera del éxito. ¡Ah! si usted siguiera mis

indicaciones, yo me levantaría, después que hubieran hablado todos, y

les diría: «Señores...»

Quiso interrumpirle Cruz, temiendo alguna salida impertinente; pero él

no hizo caso, y alentado por el propio D. Francisco, que le incitaba á

exponer con entera ingenuidad su pensamiento, prosiguió así:

—«Señores, valgo más, infinitamente más que vosotros, aunque muchos de

los que me escuchan se decoren con títulos académicos y con etiquetas

oficiales que á mí me faltan. Puesto que vosotros arrojáis á un lado la

dignidad, yo arrojo la modestia, y os digo que me tengo bien merecido

el culto de adulación que me tributáis, á mí, reluciente becerro de

oro. Vuestra idolatría me revolvería el estómago, si no lo tuviera bien

fortalecido contra todos los ascos posibles. ¿Qué celebráis en mí? ¿Las

virtudes, el talento? No; las riquezas, que son, es esta edad triste,

la suprema virtud, y la sabiduría por excelencia. Celebráis mi dinero,

porque yo he sabido ganarlo y vosotros no. Vivís llenos de trampas,

unos en la mendicidad de la vida política y burocrática, otros en la

religión del sablazo. Me envidiáis, veis en mí un sér superior. Pues

bien, lo soy, y vosotros unos peleles que no servís para nada, muñecos

de barro, cincelados con cierta gracia: yo soy de estilo de Alcorcón;

pero no de barro, sino de oro puro. Peso más que todos vosotros juntos,

y si queréis probarlo, tomadme el tiento, arrimad el hombro á mi peana

y llevadme en procesión, que no está de más paseéis por las calles á

vuestro ídolo. Y mientras vosotros me aclamáis con delirio, yo mugiré,

repito que soy becerro, y después de felicitarme de vuestro servilismo,

viéndoos agrupados debajo de mí, me abriré de las cuatro patas, y os

agraciaré con una evacuación copiosa, en el bien entendido de que mi

estiércol es efectivo metálico. Yo _depongo_ monedas de cinco duros

y aun billetes de Banco, cuando con esfuerzos de mi vientre quiero

obsequiar á mis admiradores. Y vosotros os atropelláis para cogerlo;

vosotros recogéis este maná precioso; vosotros...»

Tan excitado se puso, gesticulando y alzando la voz, que Cruz hubo de

cortarle el discurso, suplicándole que callara. Los que le oían, tan

pronto lo tomaban á broma, tan pronto se ponían serios, como queriendo

apuntar la censura, y Donoso, principalmente, todo corrección y

formulismo, se alegró mucho de que la primogénita tapase la boca á su

hermano. En cambio, Torquemada celebró la perorata, y dando al orador

palmetazos en la rodilla, le decía:

—Bien, muy bien, Rafaelito. _La síntesis_ del discurso me parece

excelentísima, y por mi gusto, yo _pronunciaría_ eso, si encontrara un

vocabulario de mucha trastienda para poder soltar tales perrerías con

lenguaje de doble fondo, de ese que dice lo que no dice. Pero verás

como el pobre becerro no pronuncia más que un _mu_ como una casa.

La aprobación de su cuñado le excitó más, y hubiera seguido en

aquella locuacidad delirante, si Cruz no llevara con gran esfuerzo

la conversación á otro asunto. Zárate hizo el gasto, charlando de

mil cosas que trajo por los cabellos, y Rafael metía baza en todas,

expresando opiniones graciosísimas, ya sobre las nuevas teorías de

la degeneración, ya sobre la quiebra del Panamá, los anarquistas,

ó los diamantes del _Shah_ de Persia. Á la hora de comer, trataron

Rafael y Cruz del deseo que éste había manifestado diferentes veces

de trasladarse al piso segundo, porque su habitación del principal

era muy calurosa y estrecha, y en el segundo había dos hermosas piezas

interiores, que no se utilizaban, y en las cuales el ciego podía vivir

con más independencia. No había querido la hermana mayor consentir en

la traslación, porque abajo le tenía más cerca para vigilarle y cuidar

de su persona; pero tanto insistió Rafael, que al fin, previa consulta

con D. Francisco, fué autorizada la mudanza, disponiéndose que Pinto

durmiese en la habitación próxima para estar al cuidado del señorito.

Contentísimo parecía éste de su cambio de aposento, porque arriba

disponía de dos piezas muy capaces, en las cuales podía pasearse con

holgura; no le molestaría el ruido de la calle, y estaba más lejos del

bullicio de la casa, que en noches de recepción ó de gran comida era

insoportable. Bromeando con Torquemada, le dijo:

—Me voy con usted. ¡Qué apostasía! ¡Instalarme tan cerquita del becerro

de oro!... Vueltas del mundo. Yo, que fuí el mayor enemigo del becerro,

ahora le pido hospitalidad en su sacristía...

Torquemada en el purgatorio · 第 31 / 39 题