Sobre el asunto de Morentín, sí hablaron con amplitud, y discutiendo
el artificio más propio para evitar la constancia de sus visitas,
convinieron en valerse de Zárate. Rafael habría deseado que se le
echara sin miramiento alguno; pero á esto no se avino Cruz, por no
disgustar á la señora de Serrano Morentín, una de las amigas más
adictas y leales. Lo mejor era que Zárate le soltase esta _indirecta_:
«Mira, Pepe, sea por lo que fuese, Rafael te ha tomado antipatía, y
se excita siempre que te siente á su lado. Conviene que dejes de ir
una temporadita por allá. Las señoras no quieren decírtelo porque no
lo tomes á mal. Pero yo, amigo tuyo, amigo de ellas, te aconsejo,
_etc..._, _etc..._» Acordando este plan, á Cruz le faltó tiempo para
pedir al pedante su amistosa mediación; y el pedante despachó tan bien
su cometido, que el otro no parecía por la casa sino contadas veces, y
siempre de noche, á la tertulia grande. Los comentarios que hicieron el
sabio y el galán cuando aquél le transmitió los deseos de las señoras,
no constan en autos; pero es fácil colegir que uno y otro daban versión
muy distinta de la oficial á los móviles de aquella cortés despedida.
Y á Rafael se le quitó un peso de encima con la seguridad de que su
antiguo amigo no le visitaría con tanta frecuencia. Mas no disminuyeron
por ello sus tristezas, que Cruz, á fuerza de cavilar, se explicaba
porque el convencimiento de su error, en lo que de Fidela tan
malignamente supuso, le inquietaba la conciencia. En efecto, Rafael
parecía disuadido de los pensamientos maliciosos que le sugirió su
insana lógica de ciego pesimista y reconcentrado. Una noche se lo
confesó á Cruz, añadiendo que si rectificaba su infame juicio por lo
tocante á Fidela, lo mantenía por Morentín, pecador de intención; como
que cifraba su orgullo en ser adúltero sin drama y corruptor de las
familias con discreto escándalo.
—Y para que veas cómo mi lógica no me engaña siempre—añadió,—te diré
que lejos de cesar ahora la difamación de mi hermana, aumenta y toma
cuerpo, porque el mundo no recoge, no puede recoger la piedra que tira.
—Bueno—replicó la primogénita, queriendo cortar.—No te ocupes de eso, y
desprecia la maledicencia.
—Yo la desprecio; pero siempre existe.
—Basta ya.
—Basta, sí.
Al quedarse solo, inclinando la cabeza sobre el pecho, se sumergió
en cavilaciones obscuras, cavernosas: «¿Soy yo el equivocado? No,
porque pensé este desate de la opinión contra la honra de mi casa, y
acerté. Si mi hermana se ha mantenido en sus deberes, realizando el
mayor prodigio de los tiempos, esto sólo quiere decir que la raza es
de elección... sí señor... savia superior, incorrupta en medio de esta
sentina...»
Levantóse bruscamente, y como si aún creyera que allí permanecía su
hermana Cruz, dijo con énfasis:
—Pero ví yo el peligro, ¿sí ó no?
No tardó en caer en la silla. Su tristeza se resolvía en un vivo
desprecio de sí mismo; su amor propio, mucho más potente que el de
Morentín, y de mejor fuste, no se curaba con tanta facilidad de las
caídas, y él se sentía caído de lo más alto de su orgullo á lo más
profundo de su conciencia.
«Sí, sí—pensaba, los codos en las rodillas, las manos agarrando la
cabeza como si se la quisiera arrancar,—quiero engañarme con lisonjas,
con elogio de mí mismo; mas por encima de este humo sale mi razón
diciéndome que soy el más redomado tonto que ha echado Dios al mundo.
¡Equivocado en todo! Creí firmemente que mi hermana sería infeliz,
y es dichosa. Su alegría echa por tierra todas estas lógicas, que
como quincalla mohosa, almaceno en mi pobre cerebro desvencijado.
Creí firmemente que el matrimonio absurdo, anti-natural del ángel y
la bestia no tendría sucesión, y ha salido este muñeco híbrido, este
monstruo..., porque lo es, tiene que serlo, como dice Quevedito...
¡Vaya una representación de la estirpe del Águila! ¡Vaya un Marqués de
San Eloy! Esto da asco. Si no viene pronto el cataclismo social, será
porque Dios quiere que la sociedad se pudra lentamente, y se pulverice
toda en basura para mayor fertilidad de la flora que vendrá después.
(_Dando un gran suspiro._) La verdad es que no sé qué sentir. Estoy
obligado á querer al pobre niño, y á ratos me parece que le quiero,
sí. ¿Qué culpa tiene él de haber venido á destruir todas mis lógicas?
Y si es híbrido y monstruoso, y crecerá marcado de cretinismo y de
caquexia, al menos ha servido para encender en su madre el fuego del
cariño maternal, que la purificará... Esto es un consuelo... El colmo
de mis equivocaciones sería que el chico creciera listo y fuerte... No
me faltaba más que eso para creer que el deforme y cacoquimio soy yo; y
en este caso...»
Un golpecito en la puerta cortó su divagación. Era Fidela con el nene
en brazos:
—Aquí hay una visita—dijo,—un caballero que pregunta si está visible el
Sr. D. Rafaelito... ¿Se puede pasar? Adelante, hijo. Dile que vienes
muy enfadado, pero muy enfadado, porque no ha ido á verte hoy.
—Ahora mismo pensaba ir—replicó el ciego, animándose.—Vamos. Dame la
mano.
Condújole Fidela á su cuarto, donde entablaron una larga conversación
que acaloraba ella con su vivaz ingenio, y él enfriaba con su tristeza
mortecina. Contendían en el terreno de la palabra, él arrojando plomo,
su hermana azogue. El diálogo tan pronto se arrastraba lánguido, como
corría presuroso, informando ideas diferentes. Más de una vez quiso
Fidela poner el chiquillo en brazos de su hermano; pero Rafael se opuso
temeroso, según dijo, de que se le cayera. Cuando Valentinico apenas
contaba un mes, gustaba su tío de hacer el niñero: le cogía en brazos,
le zarandeaba, decíale mil extravagancias, y no le soltaba hasta que
el nene, frotándose los ojos con sus puños cerrados, ó rompiendo en
chillidos, pedía pasar á otras manos. Mas transcurrido algún tiempo,
Rafael empezó á sentir hacia su sobrinito una brutal aversión, que
con ningún razonamiento podía dominar. El sentimiento de su impotencia
para vencer aquel insano impulso, era tan efectivo y claro en su alma
como el del espanto que le causaba. Por suerte, duraba poco; pero en
su brevedad inapreciable, era lo bastante intenso para ocasionarle un
padecer horrible, agravado por la lucha que había de sostener contra
sí mismo. Fué tan vivo una tarde el instintivo aborrecimiento á la
criatura, que por apartarla de sí con prontitud para evitar un acto de
barbarie, á punto estuvo de dejarla caer al suelo.
—Maximina, por Dios, venga usted...—gritó levantándose.—Coja usted el
niño. Pronto; me voy... Pesa mucho... me cansa... me ahogo...
Y soltando la cría en manos del ama, salió trémulo y jadeante,
palpando las paredes y tropezando en los muebles. Imposible apreciar
la duración de aquel salvaje arrechucho; pero no hay duda de que era
brevísima, y en cuanto pasaba, sentía ganas ardientes de llorar, se
metía en su cuarto y se arrojaba en el sillón, buscando la soledad.
En ella no podía hacer otra cosa que analizar minuciosamente aquél
fenómeno extraño, indagar su origen, y determinar las formas en que se
manifestaba. Y mejor lo conocía por la observación retrospectiva de
su alma, que en el momento de sufrir el ataque relámpago de confusión
y azoramiento, en que el tremendo impulso destructor se confundía con
el pánico de la conciencia, aterrada del crimen. «La causa de esto—se
decía, con sinceridad de filósofo solitario,—no puede ser otra que
un terrible acceso de envidia... Sí, esto es; me ha nacido en el
alma como un tumor. ¡Envidia del pequeñuelo, porque mis hermanas le
quieren más que á mí! Puedo decirlo claro, en las soledades íntimas
de la conciencia. Naturalmente, el niño es la esperanza de la casa,
las grandezas posibles del mañana, y yo soy un pasado caduco, inútil,
muerto... ¿Pero cómo ha nacido en mi alma sentimiento tan vil..., y
tan nuevo en mí, Señor, porque jamás sentí envidia de nadie? ¿Y en qué
consiste que la envidia _se me quita_ de repente, y vuelvo á querer al
chiquillo...? No, no, no se me quita, no. Cuando me pasa el arrechucho,
siempre me queda una cierta hostilidad contra el muñeco ese, y si es
verdad que me inspira lástima, también lo es que deseo que se muera.
Analicemos bien. ¿Alguna vez he deseado que viva? (_Pausa._) Qué sé
yo. Pocas habrán sido, y mis recuerdos de éste y el otro momento me
dicen que por lo común pienso que ese desdichado engendro estaría mejor
en la Gloria, ó en el Limbo... sí señor, en el Limbo. Y otro síntoma
que veo en mí es el absoluto convencimiento de que Dios ha hecho muy
mal en mandarle acá, como no haya venido para castigo del bárbaro,
y para amargar los últimos años de su vida. Sea lo que quiera, el
tal Valentinico..., me lo diré claro, como debo decirme las cosas á
mí mismo, en el confesonario de la conciencia, que es como ponerse
de rodillas ante Dios y descubrirle toda nuestra alma..., el tal
Valentinico me carga... Reconozco que allá nos vamos él y yo en candor
infantil. Yo discurro, él no; pero ambos somos igualmente niños. Si
yo, siendo como soy, estuviese ahora mamando, y tuviera mi nodriza
correspondiente, no sería más hombre que él, aunque pegado á la teta
revolviera en mi cabeza todas las filosofías del mundo. (_Pausa._) ¿Por
qué me causa profunda irritación el ver que mis hermanas no viven más
que para él, y se preocupan de la ropita, de la teta, de si duerme ó
no, como si de ello dependiera la suerte de toda la humanidad? ¿Por
qué, cuando oigo que le miman y le cantan y le saltan en brazos, rabio
interiormente porque no me hagan á mí lo mismo? Esto es infantil,
Señor; pero es como me lo digo, y no puedo remediarlo. Me confieso toda
la verdad, sin omitir nada, y al hacerlo así, siento alivio, el único
alivio posible...» (_Pausa larguísima. Abstracción._)
«Porque yo no sé lo que me pasa, ni cómo empieza el endiablado ataque.
Estalla de súbito como un explosivo. Me invade todo el sistema nervioso
en menos tiempo del que empleo en decirlo. Si el ataque me coge con
mi sobrinito en brazos, necesito echarme con la voluntad cinturones
de bronce para no dejarme caer sobre el pobre niño y ahogarle bajo
mi cuerpo. Ó bien me da la idea de lanzarle contra la pared con la
fuerza terrible que en mí se desarrolla. Una tarde llegué á ponerle
mi mano en el cuello; lo abarqué fácilmente, porque no está gordo que
digamos el príncipe de Asturias; apreté un poquitín, nada más que
un poquitín. Le salvaron los gemidos que dió, y aquella ilusión que
tuve... alucinación de oirle decir: “Tío, no me...” Fué un segundo
espantoso. Mi conciencia venció... por nada, por la milésima parte del
grueso de un pelo, que era la distancia que me separaba del crimen. Me
temo que otra vez mi voluntad no llegue al punto crítico, y venza el
impulso, y resulte que cuando me entero del acto de barbarie, ya está
consumado y no lo puedo remediar. Yo lo siento, lo sentiré mucho; me
moriré de vergüenza, de terror... Y cuando nos encontremos él y yo en
el Limbo, víctima y verdugo, nos reiremos de nuestras discordias de
por acá... ¡Cuánta miseria, cuánta pequeñez, qué estúpido combatir por
quién es más! “Valentín—le diré,—¿te acuerdas de cuando te maté porque
no me hacía gracia que fueras más que yo? ¿Verdad que tú, allá en los
albores de tu voluntad, querías anonadarme á mí, y me tirabas de los
pelos con intención de hacerme daño? No me lo niegues. Tú eras muy
malo; la sangre villana de tu padre no podía desmentirse. Si hubieras
vivido, habrías sido el vengador de los Águilas deshonrados, y habrías
dado tortura á tu madre, que hizo mal, muy mal en ser madre tuya.
Reconócelo: mi hermana no debió casarse con el bruto de tu papá, ni yo
debí ser tu tío. Y admitido que el casamiento tenía que efectuarse,
no debiste nacer tú, no señor. Fuiste un absurdo, un error de la
Naturaleza... (_Pausa._) Y también te digo que la noche que naciste,
tuve yo unos celos terribles, y cuando tu padre se acercó á mí para
decirme que te había dado la gana de nacer, poco me faltó para llenarle
de injurias... Con que ya ves... Y ahora estamos iguales tú y yo.
Ninguno de los dos es más que el otro, y ambos nos pasamos la eternidad
en esta forma impalpable, divagando por espacios grises sin término,
sin más distracción que describir curvas, ni más juguete que nosotros
mismos rasgando en medio del caos las masas de luz espesa...”»
V
Su hermana Cruz solía sacarle de estos éxtasis dolorosos con el golpe
seco de su razonamiento positivo. Poniendo en su lenguaje una de
cariño y otra de severidad, le calmaba. Una tarde, hallándose Rafael
con Zárate en el gabinete, fué bruscamente atacado de su arrechucho.
Había puesto el ama en sus brazos á Valentín dormido, para ir en busca
de unas piezas de ropa al aposento contiguo, y lo mismo fué sentir el
peso del tierno infante, que se le descompuso la fisonomía, temblaron
sus labios, como atacado de mortal frío, encendióse su rostro, se le
contrajeron los brazos.
—Zárate, demonio de Zárate, ¿dónde estás?... Por amor de
Dios...—clamaba con voz ronca.—Toma el niño, cógele, hombre, cógele
pronto... que si no, le estrello contra el suelo... ¿Qué haces? No
puedo más... Zárate, cógele... ¡Dios mío!
Acudió al instante el sabio, cogió casi en el aire al niño; despertóse
éste dando berridos, y cuando apareció la madre presurosa, vió á
su hermano que caía en el sofá con epilépticas convulsiones. Pero
rápidamente se rehizo, y con nerviosa hilaridad, procurando estirar los
músculos y serenar su alterado rostro, decía:
—No es nada... nada... Esto que me da... una tontería... Parece que me
crecen las fuerzas..., que soy un Hércules ó que me vuelvo de trapo
y no sé tenerme... no sé... ¡Cosa más rara!... Ya pasó, ya estoy
bien... Quiero estar solo... Que me lleven, que me saquen de aquí... Y
el niño... ¿le ha pasado algo? ¡Pobrecito... estas criaturas son tan
débiles! De ciento, los noventa y ocho perecen...
Acudió también la hermana mayor, que con ayuda del pedante le llevó á
su cuarto, donde un rato después hablaba tranquilamente con su amigo,
recordando episodios de la época estudiantil. Ya cerca de la noche,
pidió que se le llevara otra vez al gabinete de Fidela, y allí se
entabló conversación amena, porque entró Cruz diciendo:
—Parece cosa acordada que á tu marido le obsequiarán con un banquete
monumental los leoneses, por su iniciativa en lo del ferrocarril.
Y Zárate, que era de los que mangoneaban en aquel asunto, confirmó la
noticia, agregando que ya se habían inscrito unos ochenta, y que la
_junta organizadora_ había tomado el acuerdo de no limitar la fiesta
al _elemento leonés_, sino que podía inscribirse y asistir todo el
que quisiera, pues así se daba á la manifestación carácter nacional,
público y solemne homenaje al hombre extraordinario que ponía sus
capitales y su inteligencia al servicio de los intereses públicos.
Cuando esto decía, y antes de que Fidela y Cruz añadieran ningún
comentario, entraron Torquemada y Donoso.
—¿Conque, Tor, te van á dar un _comebú_ muy grande?—le dijo su
esposa.—Me alegro; que estas solemnidades no han de ser solo para los
literatos y poetas.
—No sé á qué vienen esas comilonas... Pero se empeñan en ello, ¿y qué
he de hacer yo? _Mi línea de conducta_ será comer y callar.
—Eso no—dijo Cruz.—Pues flojito discurso tendrá usted que pronunciar.
—¡Yo...!
—Tú, sí. Querido Tor, la salsa de esos banquetes está en los brindis.
—Brindarán ellos. Pero yo... ¡hablar ante tanta gente ilustrada!
—No lo es usted menos—observó Cruz.—Y bien podrá decirles cosas
muy saladas, si quiere, cosas de sentido práctico, y de verdadera
elocuencia á estilo inglés.
—En ningún estilo abro yo la boca delante de tanto prohombre y de tanta
eminencia.
—No habrá más remedio, querido D. Francisco—indicó Donoso,—que decir
cuatro palabras. Por más que se acuerde _que no haya brindis_, alguien
ha de hablar, al menos para exponer el objeto de la solemnidad; y
naturalmente, usted tiene que dar las gracias... una manifestación
sencilla, sin pretensiones de elocuencia, frases salidas del corazón...
El chiquillo soltó la risa, y todos, Torquemada el primero,
considerando que se reía del discurso de su papá, corearon su infantil
alegría.
—Mico de Dios, ríete, sí, del discursito que va á pronunciar Tor.
¿Verdad que tú sabes hablar mejor que él?... Déjate, que ya iremos los
dos á silbarle.
—No tiene usted más remedio—dijo Zárate dejándose ir á la
adulación,—que decirnos su pensamiento sobre ciertas y determinadas
materias _que agitan la opinión_. Es más, lo esperamos ansiosos, y
privarnos de oir su palabra sería defraudar las esperanzas de todos los
que allí hemos de reunirnos.
—Pues _yo parto del principio_ de que al buen callar llaman Sancho.
Despotriquen ellos todo lo que quieran, y si veo que viene mucho
incienso, les diré lacónicamente que yo no me pago de lisonjas, que soy
muy práctico, y que me dejen en paz, ¡ea!
—Usted, prepárese—le dijo Cruz, que en aquella ocasión, como en todas,
era maestra, sin alardear de ello.—Penétrese bien del motivo por que le
dan el banquete. Fíjese en este punto y en el otro; haga su composición
de lugar; escoja las frases que le parezcan más oportunas, elija las
palabras, y pongo mi cabeza á que hace usted un discurso que llame la
atención, y deje tamañitos á los demás oradores que salgan por allí.
—Dudo mucho, Crucita—afirmó Torquemada sentándose en el sofá junto al
ciego,—que de esta boca, que es muy torpe _de suyo_, salgan buenas
oratorias, como las que oimos en las _Cámaras_. Pero, en caso de que no
tenga más remedio que romper, yo haré por dejar bien puesto el pabellón
de la familia.
—También á mí—dijo el ciego, que hasta entonces había permanecido
silencioso,—me da el corazón, como á mi hermana Cruz, que va usted á
revelársenos orador de primer orden. Ya puesto á crecer, señor mío,
crecerá usted en todas las esferas. Y si habla esa noche medianamente,
el vulgo que le oiga saldrá diciendo que allá se va usted con
Demóstenes, y así lo creerá, y así se forma la opinión. Cuanto haga
y diga el señor Marqués de San Eloy, será hoy tomado por lindezas,
porque está en la atmósfera del éxito. ¡Ah! si usted siguiera mis
indicaciones, yo me levantaría, después que hubieran hablado todos, y
les diría: «Señores...»
Quiso interrumpirle Cruz, temiendo alguna salida impertinente; pero él
no hizo caso, y alentado por el propio D. Francisco, que le incitaba á
exponer con entera ingenuidad su pensamiento, prosiguió así:
—«Señores, valgo más, infinitamente más que vosotros, aunque muchos de
los que me escuchan se decoren con títulos académicos y con etiquetas
oficiales que á mí me faltan. Puesto que vosotros arrojáis á un lado la
dignidad, yo arrojo la modestia, y os digo que me tengo bien merecido
el culto de adulación que me tributáis, á mí, reluciente becerro de
oro. Vuestra idolatría me revolvería el estómago, si no lo tuviera bien
fortalecido contra todos los ascos posibles. ¿Qué celebráis en mí? ¿Las
virtudes, el talento? No; las riquezas, que son, es esta edad triste,
la suprema virtud, y la sabiduría por excelencia. Celebráis mi dinero,
porque yo he sabido ganarlo y vosotros no. Vivís llenos de trampas,
unos en la mendicidad de la vida política y burocrática, otros en la
religión del sablazo. Me envidiáis, veis en mí un sér superior. Pues
bien, lo soy, y vosotros unos peleles que no servís para nada, muñecos
de barro, cincelados con cierta gracia: yo soy de estilo de Alcorcón;
pero no de barro, sino de oro puro. Peso más que todos vosotros juntos,
y si queréis probarlo, tomadme el tiento, arrimad el hombro á mi peana
y llevadme en procesión, que no está de más paseéis por las calles á
vuestro ídolo. Y mientras vosotros me aclamáis con delirio, yo mugiré,
repito que soy becerro, y después de felicitarme de vuestro servilismo,
viéndoos agrupados debajo de mí, me abriré de las cuatro patas, y os
agraciaré con una evacuación copiosa, en el bien entendido de que mi
estiércol es efectivo metálico. Yo _depongo_ monedas de cinco duros
y aun billetes de Banco, cuando con esfuerzos de mi vientre quiero
obsequiar á mis admiradores. Y vosotros os atropelláis para cogerlo;
vosotros recogéis este maná precioso; vosotros...»
Tan excitado se puso, gesticulando y alzando la voz, que Cruz hubo de
cortarle el discurso, suplicándole que callara. Los que le oían, tan
pronto lo tomaban á broma, tan pronto se ponían serios, como queriendo
apuntar la censura, y Donoso, principalmente, todo corrección y
formulismo, se alegró mucho de que la primogénita tapase la boca á su
hermano. En cambio, Torquemada celebró la perorata, y dando al orador
palmetazos en la rodilla, le decía:
—Bien, muy bien, Rafaelito. _La síntesis_ del discurso me parece
excelentísima, y por mi gusto, yo _pronunciaría_ eso, si encontrara un
vocabulario de mucha trastienda para poder soltar tales perrerías con
lenguaje de doble fondo, de ese que dice lo que no dice. Pero verás
como el pobre becerro no pronuncia más que un _mu_ como una casa.
La aprobación de su cuñado le excitó más, y hubiera seguido en
aquella locuacidad delirante, si Cruz no llevara con gran esfuerzo
la conversación á otro asunto. Zárate hizo el gasto, charlando de
mil cosas que trajo por los cabellos, y Rafael metía baza en todas,
expresando opiniones graciosísimas, ya sobre las nuevas teorías de
la degeneración, ya sobre la quiebra del Panamá, los anarquistas,
ó los diamantes del _Shah_ de Persia. Á la hora de comer, trataron
Rafael y Cruz del deseo que éste había manifestado diferentes veces
de trasladarse al piso segundo, porque su habitación del principal
era muy calurosa y estrecha, y en el segundo había dos hermosas piezas
interiores, que no se utilizaban, y en las cuales el ciego podía vivir
con más independencia. No había querido la hermana mayor consentir en
la traslación, porque abajo le tenía más cerca para vigilarle y cuidar
de su persona; pero tanto insistió Rafael, que al fin, previa consulta
con D. Francisco, fué autorizada la mudanza, disponiéndose que Pinto
durmiese en la habitación próxima para estar al cuidado del señorito.
Contentísimo parecía éste de su cambio de aposento, porque arriba
disponía de dos piezas muy capaces, en las cuales podía pasearse con
holgura; no le molestaría el ruido de la calle, y estaba más lejos del
bullicio de la casa, que en noches de recepción ó de gran comida era
insoportable. Bromeando con Torquemada, le dijo:
—Me voy con usted. ¡Qué apostasía! ¡Instalarme tan cerquita del becerro
de oro!... Vueltas del mundo. Yo, que fuí el mayor enemigo del becerro,
ahora le pido hospitalidad en su sacristía...