XII

Ya se iba cargando el hombre de aquel aluvión, y cuando se encaraba con

algún paisano, se le atiesaban los pelos del bigote, tomando su cara un

aspecto de ferocidad que suspendía el ánimo de los visitantes. Por fin,

le dijo á Cruz que cerrara la puerta á semejantes posmas, ó que tan

sólo diese entrada, después de un detenido reconocimiento, á los que

traían algo, ya fuese chorizos, ó chocolate... ó aunque fueran castañas

y bellotas, que á él le gustaban mucho.

En tanto, iba acomodándose á la vida parlamentaria, y elegido para ésta

y la comisión, se aventuraba á _ilustrar á sus compañeros_ con alguna

idea muy del caso, siempre que se tratara ¡cuidado! de cuestiones de

Hacienda. La verdad, estaría muy contento, si desde que se sentó en

los rojos escaños, no hubieran llovido sobre él los sablazos en una ú

otra forma. Esto le sacaba de quicio. Es mucho cuento ¡Señor! que no se

pueda figurar conforme al propio mérito, sin dar sangrías á cada rato

al flaco bolsillo. Ya era la suscripcioncita para imprimir el discurso

de cualquiera de aquellos _puntos_, ya otra colecta para erigir un

monumento á Juan, Pedro y Diego de la antigüedad, cuando no lo hacían

por un personaje moderno, de éstos que se hacen célebres charlando

por los codos ó revolviendo á Roma con Santiago. ¡Y á cada instante

_víctimas_ por acá y por allá; socorros para inundados, náufragos, y

viudas y huérfanos del _Sursum Corda_! Era un gotear frecuente, que al

cabo del mes representaba un terrible pasivo. Vaya, que á tal precio

no quería las satisfacciones de padre ó abuelo de la patria. ¡Cómo

se cobraba, la muy bribona, de los honores que á sus hijos ilustres

confería! Tan cargado estaba ya de ser _hijo ilustre_, que una noche,

al regresar á su casa de malísimo humor, porque el Marqués de Cícero

le había afanado cuarenta duros para la restauración de una catedral

de _ñales_, díjole á Cruz que ya no aguantaba más, y que el mejor

día tiraba el acta en medio del redondel, _vulgo hemiciclo_, y otro

que tallara. Para colmar su desesperación, aquella misma noche hubo

de participarle la tirana su propósito de dar una comida de diez y

ocho cubiertos, á la que seguirían otras semanalmente, con objeto de

convidar á diferentes personas de alta categoría. Inútiles fueron

todas las protestas del empedernido tacaño. No había más remedio que

banquetear, y se banquetearía. El decoro del nuevo prócer así lo

reclamaba, y en vez de ponerse como un león, debía agradacerlo, y

alegrarse de tener á su lado personas que tan religiosamente cuidaran

de su dignidad.

Pues señor, por aquel camino pronto llegaría _la de vámonos_. ¡Comidas

de catorce cubiertos, y de diez y ocho y veinte! Ya desde Octubre

venía en aumento la cifra del presupuesto de bucólica. Era un diario

abrumador, que causaba espanto á D. Francisco, acostumbrado á la

sordidez de los doce ó trece reales de gasto en tiempo de doña Silvia.

Pues con el _nuevo régimen_ de convites, crecería la suma, hasta llegar

á una cifra capaz de quitar el sueño á los siete durmientes, y aun

á los siete sabios de Grecia, que dormían el sueño eterno. El mejor

día le daba al hombre un ataque cerebral del berrinche que cogía; las

murrias le iban devorando, y las satisfacciones de hombre público y

de gran financiero se le amargaban con aquel desagüe sin término de

sus líquidos. ¡Cuánto mejor reunirlo todo, para emplearlo en nuevos

arbitrios, viviendo con un modestísimo pasar, sin comilonas, que

siempre perjudicaban á la salud, y vestido con sencilla decencia, por

un sastre habilidoso, de esos que vuelven la ropa del revés! Esto era

lo lógico, y lo procedente, y lo que _se caía de su peso_. ¿Á qué tanto

lujo? ¿De dónde sacaba Cruz que para negociar en grande era preciso

convidar á comer á tanto gandul? ¿Y á qué iban allí los diplomáticos,

chapurrando el español y hablando sin cesar de carreras de caballos, de

la ópera y otras majaderías? ¿Qué beneficio líquido le aportaba aquella

gente, y los hermanos del ministro, y el general Morla, y otros tantos

que no hacían más que murmurar del gobierno y encontrarlo todo muy

malo? Verdad que él también lo encontraba todo pésimo, pues política

que no fuese de economías á raja tabla, _caiga el que caiga_, era una

política de muñecas, y así lo manifestaba delante de catorce ó veinte

comensales, que concluían por darle la razón.

Hacia fin del año, el negocio de la hoja iba como una seda, pues el

pariente de Serrano que hacía las compras en los Estados Unidos,

era hombre que lo entendía, ciñéndose á las instrucciones dadas

por el gerente. Total, que las primeras remesas fueron admitidas

sin dificultad en los depósitos, y cuando alguno promovía dudas ó

resistencias, por aquello de que el tabaco parecía propiamente basura

barrida de las calles, de Madrid daban orden de que se admitiese,

gracias á las gestiones de D. Juan Gualberto, que para estas cosas

era un águila. Donoso no intervenía en nada referente á las entregas.

La ganancia según los cálculos de Torquemada, sería fenomenal en el

primer año. No tardó Serrano en proponerle otro negocio: tomar en

firme todas las acciones del ferrocarril de _Villafranca_ á _Minas de

Berrocal_, con lo cual se mataban de un tiro muchos pájaros, pues los

bercianos verían en ello un nuevo triunfo de su ídolo, y éste y sus

compinches harían una buena jugada _largando_ las acciones después de

hacerlas subir, por las artes que á tales combinaciones se aplican,

hasta las nubes. Esto, y el arreglo con la casa de Gravelinas, á

la cual se asignó una pensión por la vida del Duque actual y diez

años más, quedándose Torquemada y compañeros negociantes con todos

los bienes raíces (que se venderían poco á poco, recibiendo en pago

las obligaciones emitidas por la casa ducal), la fortuna del tacaño

iba creciendo como la espuma, en progresión descomunal, amén de sus

innumerables negocios de otra índole, compra y venta de títulos, con

tal tino realizadas, que jamás se equivocó en los cálculos de alza y

baja, y sus órdenes en Bolsa eran la clave de casi todas las jugadas de

importancia que allí se hacían.

Y entre tantas dichas, se aproximaba el gran acontecimiento, que

esperaba el tacaño con ansia, creyendo ver en él la compensación

de sus martirios, por los despilfarros ociosos con que Cruz quería

dorarle las rejas de su jaula. Muy pronto ya, las alegrías de padre

endulzarían las amarguras del usurero burlado constantemente en sus

tentativas de acumular riquezas. Deseaba el hombre, además, salir de

aquella cruel duda: ¿Su hijo sería Torquemada, _como tenía derecho

á esperar_, si el Supremo Hacedor se portaba como un caballero?

«_Me inclino á creer_ que sí—decía para su capote, con verdadero

derroche de lenguaje fino.—Aunque bien pudiera ser que la entrometida

Naturaleza _tergiversase la cuestión_, y la criatura me saliese con

instintos de Águila, en cuyo caso yo le diría al Señor Dios que me

devolviese el dinero... quiero decir, el dinero no..., el, la... No hay

expresión para esta idea. Pronto hemos de salir del _dilema_. Y bien

podría resultar hembra, y ser como yo, arrimada á la economía. Allá

lo veremos. _Me inclino á creer_ que será varón, _y por ende_, otro

Valentín; _en una palabra_, el mismo Valentín _bajo su propio aspecto_.

Pero ellas no lo creen así sin duda, y de aquí la expectación que

_reina_ en todos, como cuando se aguarda la extracción de la Lotería.»

Ya Fidela no salía de casa, ni podía moverse. Se contaban los días,

anhelando y temiendo el que había de traer el gran suceso. Hubo

equivocaciones en el cálculo. Se esperaba para la primera quincena

de Diciembre, y nada. Pasó el 20: confusión y temores. Por fin, el

24 se anunció, desde el amanecer, la solución del tremendo enigma,

con horribles molestias é inquietudes de la señora. No conceptuándose

Quevedito bastante autorizado para traer al mundo al heredero de

Torquemada, se había llamado con tiempo á una de las eminencias de la

obstetricia; pero debió presentarse el caso un poco difícil, porque

la eminencia propuso el auxilio de otra eminencia. Reunidos ambos

doctores, declararon que el parto era de mucho compromiso, y pidieron

la colaboración de una tercera eminencia.

Mordíase el bigote y refregábase las manos una con otra el amo de la

casa, ya poseído de pánico, ya de risueñas esperanzas, y no hacía más

que ir y venir de un lado para otro, y subir y bajar del escritorio

al gabinete, sin acertar á disponer, en tan crítico día, cosa alguna

referente á sus vastos negocios. Los amigos más íntimos fueron á

enterarse y hacerle compañía, y para todos tuvo palabras ásperas. No le

había hecho maldita gracia la irrupción de médicos, y cogiendo á solas

á Quevedito, que oficiaba como ayudante, le dijo:

—Esto de traerme acá tantos doctores no es más que una oficiosidad de

Cruz, que siempre _tiende_ á hacerlo todo en grande, aunque no sea

menester. Si la gravedad del caso lo exigiese, yo no repararía en

gastos. Pero verás como no necesitamos de tanta gente. Tú te bastarías

y te sobrarías para sacarla de su cuidado... Pero, hijo, quien manda,

manda. _Es refractaria_ á la modestia y á la moderación, y con ella no

valen las buenas teorías... lanzas y medias annatas... No sé lo que

digo... Concluirá por arruinarme con tanta bambolla... San Eloy... ¿Y

tú que crees? ¿Saldremos en bien de este mal paso?... San Eloy... Yo

confío que esta noche tendremos á Valentín en casa... Y si me salgo con

la mía, se dará la coincidencia de que sea en la misma noche... medias

annatas... en que vino al mundo nuestro Redentor, _vulgo_ Jesucristo, ó

en otros términos, el Mesías prometido... Vete, vete á la alcoba, no te

separes de su lado... Yo estoy como loco... ¡Vaya, que traer acá esos

tres _puntos_ de médicos, que pondrán cada cuenta...! En fin, sea lo

que Dios quiera. No vivo hasta no ver...

Torquemada en el purgatorio · 第 25 / 39 题