Ni la Paz y Caridad le salvaba ya, porque la gobernadora, en sus altos
designios, había resuelto añadir al escudo de los Torquemadas los sapos
y culebras del marquesado de San Eloy, y antes cayeran las estrellas
del cielo que dejar de cumplirse aquella resolución. Precisamente, en
el _momento histórico_ de la referida conversación entre D. Francisco
y Fidela, se hallaban ya el dibujante heráldico y el investigador de
genealogías con las manos en la masa, esto es, fabricándole un escudo
al tacaño, lo que en verdad no era para ellos difícil, por ser el
apellido Torquemada de noble sonsonete, de composición castiza, y muy
propio para buscarle orígenes tan antiguos como los Jerusalem. Cruz no
se paraba en barras, y antes de hablar con su cuñado, lo dispuso todo
para la pronta ejecución de su arrogante idea, apretándole á ello el
ansia de cogerles la delantera á los indecentes Romeros. Encargó en
Gracia y Justicia que se activase el expediente, dispuso que con la
mayor brevedad posible se compusiesen todos los árboles genealógicos
y todas las ejecutorias que fueran menester, y no faltaba más que
imponer al bárbaro el _gravamen_, con firme voluntad, como la cosa más
conveniente para la familia y para él mismo.
Más reacio que nunca le encontró Cruz aquella vez, porque la cuantía
del espolio le requemaba la sangre, dándole ánimos para la defensa.
Tuvo que llevar la dama el refuerzo de Donoso, que le encareció las
ventajas de hacerse Marqués, y lo reproductivo de aquel gasto, pues su
representación social se acrecía con la corona, _traduciéndose_ tarde ó
temprano en beneficios _contantes_. No le convenció más que á medias,
y el hombre gemía, como si le estuvieran sacando todas las muelas á
la vez con los aparatos más primitivos. De resultas del sofoco estuvo
enfermo cinco días, cosa rara en su vigorosa naturaleza; se desmejoró
de carnes, y le salieron muchas canas. Cruz se desvivía por agradarle
y devolver á su alterado espíritu la serenidad; disimulaba su tiranía;
figuraba atender á sus menores deseos para satisfacerlos, y lo hacía
efectivamente en cosas menudas de la vida. Pero ni por esas: entregóse
el hombre pataleando, apencó con las medias annatas, rendido de luchar,
y sin aliento para oponer al despotismo una insurrección en toda regla.
Distrajéronle un poco de sus murrias la presentación en el Senado y los
conocimientos que allí hizo. El Presidente del Consejo, á quien hubo
de dar las gracias antes de la aprobación del acta, le dijo con muy
buena sombra que ya deseaba verle por allí; y que las personas como él
(como el señor de Torquemada) eran las que representaban dignamente
el país, lo que el tacaño creyó muy puesto en razón. Veíase tratado
con miramientos y cortesanías que le halagaban, ¿para qué negarlo? y
lo mismo el Presidente que todos los señores _de la Mesa_ le traían
en palmitas. Al volver á casa, después de su primer vuelo en espacios
nuevos para él, Cruz le observaba el rostro, queriendo descubrir los
efectos de aquel ambiente de vanidades, y notaba ciertos efluvios de
satisfacción que eran de muy buen augurio. Interrogábale acerca de sus
impresiones; se hacía narrar la sesión y sus incidentes, y veía con
gusto que el hombre en todo se fijaba y no perdía ripio. Que de esto se
congratuló la dama, no hay para qué decirlo. Brillaba en sus ojos la
alegría materna, ó más bien el orgullo de un tenaz maestro que reconoce
adelantos en el más rebelde de sus discípulos.
Para que se vea la suerte loca de Torquemada, y la razón que tenía Cruz
para empujarle, _velis nolis_, por aquella senda, bastará decir que á
poco de tomar asiento en el Senado, aprobada sin dificultad su acta,
limpia como el oro, votóse el proyecto de ferrocarril secundario de
_Villafranca del Bierzo á las minas de Berrocal_, empantanado desde
la anterior legislatura, proyecto por cuya realización bebían los
vientos los bercianos, creyéndolo fuente de riqueza inagotable. ¿Y qué
sucedió? que los de allá atribuyeron el rápido triunfo á influencias
del nuevo senador (á quien se suponía gran poder), y no fué alboroto
el que armaron, aclamando al _preclaro hijo del Bierzo_. Algo había
hecho don Francisco en pro del proyecto: acercarse á la comisión,
hablar al Ministro en unión de otro leonés ilustre; pero no se creía
por esto autor del milagro ni mucho menos, ni ocultaba su asombro de
verse objeto de tales ovaciones. Porque no hay idea de los telegramas
rimbombantes que le pusieron de allá, ni de los panegíricos que en
su honor entonaron el alcalde en el Ayuntamiento, el boticario en
su tertulia, el cacique en mitad de la calle, y hasta el cura en el
púlpito sagrado. Y trajo una carta _El Imparcial_, en que narraba
el efecto causado por la noticia en aquella sensata población,
describiendo cómo había perdido el sentido todo el sensatísimo
vecindario; cómo habían sacado en procesión por las calles, entre ramas
de laurel, un mal retrato de D. Francisco que se proporcionaron no se
sabe dónde; cómo dispararon cohetes, que atronaban los aires expresando
la gratitud con sus restallidos, y cómo, en fin, le aclamaron con
roncas voces, llamándole _padre de los pobres, la primera gloria del
Bierzo y el salvador de la patria leonesa_.
Enterarse Cruz de estas cosas y volverse loca de alegría fué todo uno.
—¿Lo ve usted, señor mío? Si no fuera por mí, ¿tendría usted esas
satisfacciones? ¡Qué hombre! Apenas da los primeros pasos, ya le salen
los éxitos de debajo de las piedras.
Oyendo estas lisonjas, y todo el coro de plácemes que entonaron sus
tertulios, D. Francisco con media boca se reía y con otra media
lloraba, fluctuando entre el remusguillo del amor propio satisfecho,
y el temor de que todas aquellas misas vendrían á parar en nuevos
_gravámenes_.
Aunque en pequeña escala todavía, no tardaron en cumplirse los
vaticinios del suspicaz tacaño, porque al siguiente día se descolgaron
cuatro murgas atronando la escalera, y tuvo que echarlas el portero
á escobazos, repartiéndoles propina á razón de un duro por orquesta,
según acuerdo de Cruz, y á los pocos días ¡ay! apareció la nube...
Como empezara por poco, al principio parecía cosa de juego; pero iba
engrosando, engrosando, y pronto causaba terror verla. Llegaron primero
dos matrimonios, de paño pardo y refajos verdes, pidiendo el uno que le
libraran de quintas al hijo, el otro que le devolvieran la cartería que
por intrigas del gobierno le habían quitado. Llovieron también gentes
de Astorga con gregüescos, trayendo mantecadas y pidiendo la _Biblia en
pasta_, un destinito, condonación de las contribuciones, permiso para
carbonear, despacho de un expediente, algunos limosna en crudo, otros
aderezada con mil graciosos artificios. Siguieron otros que, aunque
aldeanos en esencia, traían presencia de señores, pretendiendo mil
chinchorrerías, éste que se destituyera al Ayuntamiento de tal parte,
aquél una plaza en las oficinas de Hacienda de la provincia, el de más
allá que se variara el trazado de la carretera.
Tras una sección de pedigüeños venía otra y otra, con encomiendas
muy extrañas. Cayó asimismo sobre la casa un buen golpe de leoneses
residentes en Madrid, maragatos, y paveros, y demonios coronados, que
pedían protección contra la justicia, ó gollerías atroces, dando á
sus postulaciones los giros más originales. Baste el ejemplo de un
individuo que mandó á D. Francisco un proyectillo, muy bien dibujado
por cierto, _del monumento que se elevaría en Villafranca de Bierzo
para perpetuar la gloria del hijo preclaro, etc..._ Y otros enviaban
versos, odas de sablazo y pentacrósticos mendicantes, ó le proponían
comprar un viejo cuadro de Ánimas, que parecía una pepitoria.
Torquemada se los sacudía con cierto desgarro, echando el muerto á
su cuñada, quien con cristiana mansedumbre aguantaba el chaparrón y
les obsequiaba y les sonreía, dándoles una dedada de miel para que se
fueran pronto. Los del pueblo traían de don Francisco idea tan alta,
que palidecían al verle, y se quedaban lelos, como en presencia de
un Emperador ó del Papa. Todos se las prometían muy felices de la
visita, y venían como á tiro hecho, porque allá se dijo que cosa por
D. Francisco solicitada era cosa hecha en todas las esferas de la
Gobernación del Reino. Como que la misma Reina no tomaba determinación
alguna sin consultarle, y cada lunes y cada martes le sentaba á comer
en su mesa. Pues de la riqueza de Torquemada traían una idea tan
hiperbólica, que algunos se maravillaron de no ver las carretadas de
dinero entrar por el portalón de la casa. Entre los de paño pardo y
refajo verde, vinieron dos ó tres que habían conocido á D. Francisco
cuando era un chaval que andaba descalzo por los lodazales de
Paradaseca; y no faltó una tarasca que echándole los brazos al pescuezo
le saludara con expresiones semejantes á las de la paleta del sainete
_La Presumida burlada_: «_¡So burro, hijo mío!_»