Al anochecer, se presentó el caso como de los más apurados y difíciles.
Celebraron las tres eminencias solemne consulta, y en un tris estuvo
que fuese avisada una cuarta celebridad. Por fin, se acordó esperar,
y Torquemada que no cabía ya en su pellejo de puro afanado, rindióse
al temor del peligro, y se manifestó conforme con que se trajera más
_personal facultativo_, si era menester. Calmóse la parturienta á
prima noche, sin que desapareciese la gravedad; presentáronse síntomas
favorables, y aun se aventuraron los comadrones á reanimar con risueñas
esperanzas á la atribulada familia. La cara de don Francisco era
de color de cera: creeríase que el bigote no estaba en su sitio, ó
que se le había torcido la boca. Á ratos le sudaba la frente gotas
gordísimas, y á cada instante se echaba mano á la cintura para levantar
el pantalón, que se le caía. Entraron algunas personas, en expectativa
del suceso, y se metieron en la sala, dispuestas á dar rienda suelta
á las demostraciones de júbilo ó de duelo, según el giro que tomase
la función. Huía de la sala el tacaño, horrorizado de tener que hacer
cumplidos, y en una de las vueltas que daba por la casa, fué á parar al
cuarto de Rafael, á quien halló tranquilamente sentado en su sillón,
hablando con Morentín de cosas literarias.
—¡Ah, Morentín!—dijo D. Francisco saludándole fríamente.—No sabía que
estaba usted aquí.
—Decíamos que no hay aún motivo de alarma. Pronto se le podrá dar á
usted la enhorabuena. Y yo se la daré dos veces: primero, por lo que
usted espera...
—¿Y segundo?
—Por el Marquesado de San Eloy... Yo quería reservarme, para dar juntas
las dos enhorabuenas.
—Ni falta que me hace—replicó D. Francisco con aspereza...—San Eloy...
medias annatas... Cosas de la hermana de éste, que siempre está
inventando pamplinas para sacarnos del _statu quo_, y meterme á mí, tan
humilde, en las altas esferas... ¡Mire usted que yo Marqués! ¿Y á santo
de qué viene ese título?
—Ninguno más ilustre que el de San Eloy—dijo Rafael algo picado.—Data
del tiempo del Emperador Carlos V, y han llevado esa corona personas
de gran valía, como D. Beltrán de la Torre Auñón, gran maestre de
Santiago, y capitán general de las galeras de Su Majestad.
—¡Y ahora me quieren meter á mí en las galeras! San Eloy... ¡oh,
qué marqueses somos!... De mucho nos valdría si no tuviéramos con
qué poner un puchero, como _ciertos y determinados_ títulos que
viven de trampas... Mi _bello ideal_ no es la nobleza: tengo yo una
manera _sui generis_ de ver las cosas. Rafael, no te enfades, si me
despotrico contra la aristocracia tronada, y contra la que no tiene
más _desideratum_ que humillar á los infelices plebeyos. Yo soy un
pobre que ha logrado asegurarse la _clásica_ rosca, y nada más. Es
cosa triste que lo ganado tan á pulso se emplee en marquesados. Ni
qué tengo yo que ver con ese hijo de tal que mandó en las galeras del
Rey... No lo tomes á mal, Rafaelito. Ya sabes que no es por ofender á
tus antepasados... muy señores míos... Sin duda fueron unos _puntos_
muy decentes. Pero es que yo doy ahora mismo el marquesado por lo que
me cuesta y un diez por ciento de prima, si hay quien lo quiera... Ea,
Morentín, vendo la corona. ¿La quiere usted?
Reíanse los dos amigos, Rafael de dientes afuera, el otro con toda
su alma, porque cuantas muestras de su barbarie daba D. Francisco le
colmaban de júbilo.
—Pero todo ello—dijo después Torquemada,—no tiene importancia, _en
parangón_ del grave conflicto en que estamos... Salga en bien Fidela, y
apechugo con todo, incluso con las medias annatas.
—Yo preveo los acontecimientos—afirmó Rafael con serena convicción,—y
le profetizo á usted que Fidela saldrá perfectamente de su cuidado.
—Dios te oiga... Yo creo lo mismo.
—No le vendrá á usted la desgracia por este lado, ni en el día de hoy,
sino por otro lado, y en días que aún están lejanos.
—Bah... ya estás oficiando de profeta—dijo Morentín, queriendo
desvirtuar con sus risas la seriedad que el ciego daba á sus palabras.
—Por de pronto—añadió Torquemada,—cúmplase la profecía de hoy; yo
me congratulo de que Rafael acierte. ¡Pero cuánto tarda, Virgen de
la Santísima Paloma! ¡Y para esto traiga usted tres facultativos
de cartel!... ¿Qué hacen esos caballeros que no...? Porque yo soy
el primero en _rendir parias_ á la ciencia... Pero que veamos sus
resultados prácticos... ¿Pues qué, todo ha de ser teoría, Sr. de
Morentín?
—Lo mismo digo yo.
—Mucha teoría, mucho término griego, y éste manda una cosa, el otro lo
contrario; y los tratamientos son como _el tejido de Penélope_, que
hoy te hago y mañana te deshago. Si el enfermo se muere, no por eso se
dejan de pagar las cuentas de los _señores Galenos_... ¡quiá!... Y yo
_profeso la teoría_ de que esas cuentas debieran pagarlas los gusanos.
¿No es usted de mi opinión? Justo; los gusanos, que son los que van
ganando... Aquí estamos _en actitud espectante_, diciendo «qué será,
qué no será,» y esos señores médicos tan tranquilos... Y _les soy á
ustedes franco_: me pongo tan nervioso, que... vean... me tiemblan las
manos, y hasta se me traba la lengua... Mi yerno Quevedo se bastaba y
se sobraba; tal es mi humilde _punto de vista_.»
Salió del cuarto sin oir lo que Rafael y Morentín expresaron sobre sus
respectivos puntos de vista, y en el pasillo se encontró con Pinto, á
quien atizó varios pescozones, sin que ni el agresor ni la víctima
se hicieran cargo claramente del motivo de ellos. Siempre que don
Francisco se ponía muy destemplado y nervioso, desfogaba los efluvios
de su insensata cólera sobre los cachetes y el cráneo inocente del
lacayo, que era un bendito, y llevaba con paciencia los duelos con
pan. El buen trato de las señoras, y el comer todo lo que le pedía el
cuerpo, le indemnizaban de las brutalidades del amo, el cual, cuando
estaba de buenas, solía entenderse con él para ciertas funciones de
espionaje, verbigracia: «Pinto, ven acá. ¿Está la señorita Cruz en
el gabinete? ¿Quién ha entrado, el Sr. Donoso ó el señor Marqués de
Taramundi?... Chiquillo, avísame arriba cuando salga Donoso, sin que se
entere nadie, ¿sabes?... Oye, Pinto: la señorita Cruz te preguntará si
estoy arriba, y tú le dices que tengo gente.»
Aquel día fué tal la dureza de sus nudillos, que el muchacho se echó á
llorar.
—No llores, hijo—díjole el tacaño ablandándose súbitamente.—Ha sido
sin querer, por la pícara costumbre. Estoy de mal temple. ¿Qué hay?
¿Ha salido de la alcoba alguno de esos tres doctores de pateta?...
No llores te digo. Si la señora sale en bien, cuenta con una muda de
ropa... Vete á ver quién está en la sala. Paréceme que ha entrado la
mamá de Morentín, _enteramente_... ¿Y el señor de Zárate ha venido?...
¿No? Pues lo siento... Entérate con cuidado, con discreción, de donde
está la señorita Cruz, si en la alcoba, ó en la sala, ó en su cuarto,
y corre á decírmelo. Te espero aquí... Entras haciéndote el tonto,
creyendo que te han llamado... Esto no es vivir. Tú también deseas que
salgamos bien, y que sea varón, ¿verdad?
Limpiándose las lágrimas, respondió que sí el bueno de Pinto, y se fué
á desempeñar las comisiones que le encargó su amo. El cual continuó
divagando por los pasillos, á ratos despacio, fija la vista en el
suelo, como si buscase una moneda que se le había perdido, á ratos de
prisa, vuelta la cara hacia el techo, cual si esperara ver caer de él
lluvia de oro. Cuando llamaban á la puerta, se escondía en el aposento
que le cogía más á mano, recatándose de las visitas, que le azoraban ó
le ponían furioso.
Pero una persona entró que le fué muy grata, y á ella se abalanzó con
júbilo, dejándose abrazar y recibiendo varios estrujones.
—Tenía ganas de verle, amigo Zárate. Estoy, estamos angustiadísimos.
—¿Pero qué?—dijo el sabio, fingiendo consternación.—¿Todavía no se le
puede dar á usted la enhorabuena?
—Todavía no. Y he mandado venir tres facultativos de punta, eminencias
los tres, y alguno de ellos lo primero del globo terráqueo en clase de
comadrones.
—¡Oh! pues no habrá nada que temer. Esperemos tranquilos el resultado
de la ciencia.
—¿Lo cree usted?—dijo Torquemada, ya exánime, apoyándose, como un
borracho á quien falta el suelo, en las paredes del pasillo.
—Confío en la ciencia. ¿Pero acaso el lance se presenta dificultoso?
Será que la familia se asusta sin motivo. ¿Está la paciente en el
primer período? ¿Y el vástago se presenta por el vértice ó por la
pelvis?
—¿Qué dice usted?
—¿Y no han pensado en traer un aparato muy usado en Alemania, la _sella
obstetricalis_?
—Cállese usted, hombre... ¿_Á qué obedecen_ esos aparatos? Dios quiera
que todo sea por lo natural, como en las mujeres pobres, que se
despachan sin ayuda de facultativos.
—Pero rara vez, Sr. D. Francisco, se verifica una buena parturición
sin auxilio de mujeres prácticas, vulgo comadronas, que en Grecia se
llamaban _omfalotomis_, fíjese usted, y en Roma _obstetrices_.
No había concluído de soltar estos terminachos, cuando sintieron
tumulto en el interior de la casa, pasos precipitados, voces. Algo
estupendo sucedía; más no era fácil colegir de pronto si era bueno ó
malo. D. Francisco se quedó como un difunto, sin atreverse á indagar
por sí mismo. Zárate dió algunos pasos hacia la sala; pero aún no había
llegado á ella, cuando oyeron claramente decir: «Ya, ya...»