No se le cocía el pan á D. Francisco hasta no explicarse con su cuñada
sobre aquel asunto, y á la mañana siguiente, mientras se desayunaba, la
interrogó con timidez.
—Nada quería decir á usted hasta no tener el pastel cocido—contestóle
Cruz sonriendo.—Por cierto que no estoy contenta ni mucho menos de
nuestra gestión, y pienso que no servimos para el caso. Monte-Cármenes
y Severiano Rodríguez nos habían prometido que sería para usted una
de las vacantes de senador vitalicio, y á vueltas de muchos cabildeos
y conferencias salen con que el Presidente tiene compromisos y qué sé
yo qué. Á un hombre como usted no se le puede regatear la senaduría
vitalicia, ni se le contenta poniéndole en la mano la porquería de un
acta, ¡un acta! que está hoy al alcance de cualquier catedratiquillo,
de un triste prohombre de campanario, ó del primer intrigante que salte
por ahí. Y el Ministro de Hacienda no está menos indignado que yo. Tuvo
una trapatiesta con el Presidente... ¡Pues no se habla poco...!
—No lo sabía—dijo Torquemada estupefacto.—Han rifado por mi senaduría
vitalicia. ¡Vaya una simpleza! Ni qué falta me hace á mí ser senador,
y sentarme en aquellos bancos. Únicamente por tener el gusto de
decir cuatro verdades, pero verdades, ¿eh? _Por lo demás_, yo no
lo ambiciono, _ni de cerca ni de lejos_. _Mi línea de conducta_ es
trabajar en mi negocio, sin echar facha... Y si quieren darle ese
turrón á otro, que se lo den, y buen provecho le haga.
—Yo pensé no aceptarla; pero lo tomarían á desaire, y no conviene...
Seremos, digo, será usted senador electivo, y representará á su país
natal.
—Villafranca del Bierzo.
—La provincia de León.
—Ya estoy viendo la nube de parientes con hambre atrasada que van á
caer sobre mí como la langosta... Usted se encargará de recibirles, y
de irles despachando con un buen jabón; que para estos casos viene muy
bien su pico de oro.
—Pues sí, yo me encargo de _ese ramo_. ¿Qué no haré yo para tenerle á
usted contento, y rodeado de satisfacciones?
—Ay, Crucita de mi alma—dijo Torquemada palideciendo.—Ya estoy viendo
venir la puñalada.
—¿Por qué lo dice?
—Porque cuando usted me halaga y me sonríe, es que viene contra mí
navaja en mano, pidiendo la bolsa ó la vida.
—¡Ay, no lo crea usted! Estoy muy benigna de algún tiempo acá. No
me conozco. Ya ve que le dejo acumular tranquilamente sus fabulosas
ganancias.
—Cierto es que desde que volvimos de aquel condenado Hernani, no ha
salido usted con ninguna tecla de nuevos encumbramientos, y _por ende_,
de nuevos gastos. Pero yo tiemblo, porque tras de la calma vienen
truenos y rayos, y como usted me amenazó hace tiempo con una muy
gorda...
—¡Ah! es que esa, el trueno gordo, está pendiente de discusión aquí
(_apuntándose á la frente con su dedo índice_). Es cosa muy grave, y no
acabo de decidirme.
—Dios nos asista y la Virgen nos acompañe, con todas las Biblias
pasteleras en pasta y por empastar. ¿Y qué idea del demonio es esa que
usted _acaricia_?
—Á su tiempo lo sabrá—replicó la señora, retirándose por el foro del
comedor, y sonriendo graciosamente desde la puerta.
Y era verdad que la gobernadora, si no había renunciado á su magno
proyecto, teníala en la cartera de lo dudoso y circunstancial. Para
decirlo todo claro, desde el viaje á Hernani, se habían quebrantado
sus firmes propósitos de engrandecimiento. La atroz calumnia de que
se tiene noticia, y que lejos de desvanecerse en Madrid, corría y se
hinchaba ganando pérfidamente la opinión, fué lo que determinó en su
espíritu un salto atrás, y algo como remordimiento de haber sacado á
la familia de la obscuridad, después del matrimonio con el tacaño. ¿No
habrían sido más felices ellas, más feliz él, sin género de duda, en
una medianía sosegada, con el pan de cada día bien seguro, entre cuatro
paredes? Esta idea la atormentó algunos días, y aun semanas y meses, y
casi estuvo á punto de deshacer todo lo hecho, y proponer á su esclavo
que se fueran todos á vivir á un pueblo, donde no se viera más frac que
el del alcalde el día de la Santa Patrona, donde no hubiera jóvenes
elegantes y depravados, viejas envidiosas y parlanchinas, políticos en
quienes la vida parlamentaria corrompe todas las formas de la vida,
damas que gustan de que se hable de faltas ajenas para cohonestar mejor
las propias, ni tantas formas y estilos, en fin, de relajación moral.
Vaciló algún tiempo, pasándose las noches en cavilaciones penosas; y
al fin su espíritu hubo de decidirse por seguir adelante en el camino
trazado. La violencia del impulso adquirido imposibilitaba la detención
súbita, equivalente á un choque de graves consecuencias. Lo menos malo
era ya continuar hacia arriba, siempre en busca de mayores alturas,
con majestuoso vuelo de águilas, despreciando las miserias de abajo,
y esperando perderlas de vista por causa de la distancia. Su mente se
excitaba con estas ideas, y le hervían en ella ambiciones desmedidas,
cuya realización, además de engrandecer á los suyos, servíale para
hacer polvo á los indignos Romeros y á toda la ruin caterva de
envidiosos.
Fidela, en tanto, desconocía en absoluto estas internas luchas de
su hermana y el hecho desagradable que las motivó. Había llegado
á ser, por su interesante situación física, un objeto precioso de
extraordinaria delicadeza y fragilidad, que todos resguardaban
hasta del aire. Faltaba poco para que la pusieran bajo un fanal. Su
apetito de las golosinas llegó á tomar las formas de capricho más
extravagantes. Se le antojaban guisantes en confitura para postre;
á veces apetecía las cosas más ordinarias, como castañas pilongas,
y aceitunas de zapatero; cenaba comúnmente pájaros fritos, que le
habían de servir con gorros colorados hechos de rabanitos; se hartaba
de berros aliñados con manteca de vaca. Pedía barquillo á todas horas
del día, piñones tostados para después del chocolate, y á las once
gelatinas y algún bartolillo de añadidura.
Transcurrían los meses sin que se enterara de los rumores infames
que algunos amigos, ó enemigos, habían hecho correr acerca de ella,
suponiéndola infiel; y tan ignorante se hallaba de las calumnias, como
inocente del feo pecado que le imputaron, atenuándolo con disculpas
no menos odiosas que el pecado mismo. Su pureza y la limpidez de su
alma eran verdaderamente angelicales, pues ni se le ocurría que tales
absurdos pudieran decirse, ni soñó jamás con el peligro de opinión que
tan de cerca la rondaba. Creyérase que no había en ella más prurito
que vivir bien en el orden vegetativo, á cien mil leguas de todos los
problemas psicológicos. Juzgándola con la ligereza propia de un sabio
superficial, de éstos que engullen revistas y periódicos, pero que no
observan la vida ni ven la médula de las cosas, el tonto de Zárate
decía:
—Es una estúpida, un ser enteramente atrofiado en todo lo que no sea la
vida orgánica. Desconoce el _elemento_ afectivo. Las pasiones son letra
muerta para esta hermosa pava real, ó gatita de Angora.
Y Morentín desmentía tan cerrada opinión, prometiéndoselas muy felices
para después que _aquéllo_ pasase. Pero Zárate, que era de los pocos
que desmentían las voces calumniosas, quitábale al otro las esperanzas,
asegurando que la maternidad despertaría en ella instintos contrarios
á toda distracción, haciéndola estúpidamente honrada, é incapaz de
ningún sentimiento extraño al cuidado de la cría. Disputaban sin tregua
los dos amigos sobre aquel tema, y acababan por reñir, echándose en
cara recíprocamente, el uno su fatuidad, el otro su pedantería.
Cuidaba D. Francisco á su mujer como á las niñas de sus ojos, viendo
en ella un vaso de materia fragilísima, dentro del cual se elaboraban
todas las combinaciones matemáticas que habían de transformar el mundo.
Era la encarnación de un Dios, de un Altísimo nuevo, el Mesías de la
ciencia de los números, que había de traernos el dogma cerrado de la
cantidad, para renovar con él estas sociedades medio podridas ya con
la hojarasca que de tantos siglos de poesía se ha ido desprendiendo.
No lo expresaba él así; pero tales eran, _mutatis mutandis_, sus
pensamientos. Y á los cuidados dengosos del tacaño, correspondía Fidela
con un cariño frío, dulzón y desleído, sin intensidad, única forma de
afecto que en ella cabía, y á la cual daba estilos muy singulares, á
veces como el que se usa para querer á los animales domésticos, á veces
semejante al afecto filial.
Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en
aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si
comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados
de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y
éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad
con la señora de Torquemada. Habíase iniciado entre uno y otro
cierto despego, que sólo se manifestaba en imperceptibles accidentes
de la acción y la palabra, tan sólo notados por la agudísima, por la
adivinadora Cruz.
Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante,
encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido
á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á
su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de
ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño.
—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis
pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella
tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no
han querido darme la vitalicia? (_Denegación de Fidela._) Bien decía yo
que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo,
aunque la verdad, esto de la senaduría no _viene á llenarme ningún
vacío_... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo
cosas malas, _Biblias y Cristos_, y todo el palabreo que uso cuando me
da la corajina.
—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á reir.
—¡Bah! ya te ríes, _de lo cual se desprende_ que no es nada.
—Algo hay; cosas de familia...
—¿Pero qué, por vida de la...?
—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar.
—¿Rafaelito, qué?
—Que mi hermano no me quiere ya.
—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya
vuelve el _punto_ ese con sus necedades?
—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no están
bien en su boca.
—¿Qué te ha dicho?
—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas
muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que
habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y
que yo no te merezco.
—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces.
—Que eres digno de lástima.
—¡Hola, hola! Lo dirá por los saqueos de tu hermana, y por lo
esquilmado que me tiene.
—No es por eso.
—¿Pues por qué, _ñales_?
—Si dices indecencias me callo.
—No, no las digo, _¡ñales, re-ñales!_ Tu hermanito me está cargando
otra vez; repito que me está cargando, y al fin será preciso que
evitemos _todo punto de contacto_ entre él y yo.
X
—Pues de repente se puso á decirme cosas—añadió Fidela,—con entonación
trágica, frases muy parecidas á las que le decía Hamlet á su madre
cuando descubre...
—¿Qué?... ¿Y quién es ese _Jamle_, ¡Cristo!, quién es ese _punto_
que ya me va cargando á mí también, pues Zárate me lo saca también á
relucir á cada triquitraque? ¡_Jamle_, dale con _Jamle_!
—Era un Príncipe de Dinamarca.
—Sí; que andaba averiguando aquello de _ser ó no ser_. ¡Valiente
bobería! Ya lo sé... ¿Y qué tiene que ver ese mequetrefe con nosotros?
—Nada. Pero mi hermano no está bien de la cabeza, y me ha dicho lo que
Hamlet á su madre...
—Que también debía de ser una buena ficha.
—No era de lo mejor... Verás: esto pasa en una de las más hermosas
tragedias de Shakespeare.
—¿De quién?... ¡Ah! el que escribió el _Sí de las niñas_.
—No, hombre... ¡Qué bruto eres!
—Ya; el autor de... de la... En fin, sea quien fuere, poco me importa,
y en sabiendo que ese _Jamle_ es todo invención de poetas, no me
interesa nada. Que lo parta un rayo. Pasemos á otra cosa, niña. No
hagas caso de tu hermano, y lo que él te diga, óyelo como si oyeras
llover... ¿Y tu hermana?
—Ha ido á compras.
—¡Ay, Dios mío, qué dolor siento aquí!
—¿Dónde?
—En el santo bolsillo. ¡Á compras! Adiós mi _líquido_. Tu hermana y yo
vamos á acabar mal. ¿Qué proyectos _abrigará_; qué nuevos _gravámenes_
me esperan?... Estoy temblando, porque hace tiempo, desde antes del
verano, me tiene anunciado el trueno gordo, y yo me devano los sesos
pensando qué será, qué no será.
Fidela se sonreía picarescamente.
—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo á
tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí y
á todo el globo terráqueo.
—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde
decírtelo. Ella te lo dirá.
—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay
para mí _momento histórico_ que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no
respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos?
—Hombre, no tanto.
—¿Se trata de _gravamen_, y de que yo no pueda economizar?... ¡Demonio,
así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí, y aquí
estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son muchos,
¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos de un
hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora mi
cuñadita barre para afuera.
—No exageres, Tor...
—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es?
—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la
sorpresa que quiere darte.
—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso natural.
—Además, si te lo digo, invado un terreno que no es el mío, y
atribuciones que...
—Música, música... Te mando que me lo digas, ó habrá un _jollín_ en
casa.
—No seas bárbaro... Ven acá; siéntate á mi lado. No manotees, ni te
pongas ordinario, Tor. Mira que así no te quiero. Ven acá... dame la
pata (_tomándole una mano_). Aquí quietecito y hablando á lo caballero,
sin decir gansadas ni porquerías. Así, así.
—Pues sácame de dudas.
—¿Me prometes guardar el secreto y hacerte el sorprendido cuando mi
hermana te...?
—Prometido.
—Pues verás. Una tía nuestra, que ya murió la probrecita...
—Dios la tenga en su santa gloria. Adelante.
—Mi tía, doña Loreto de la Torre Auñón...
—Muy señora mía.
—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy.
—Ya me entero, sí.
—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á mamá
le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra
desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San
Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que
por transmisión de títulos del Reino...
—Demonio, _¡ñales!_ ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu
hermana...
—Es sacar ese título, para lo cual hay que instruir un expediente, y
pagar lo que se llama medias annatas...
—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la
Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo
que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono.
—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el
título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden.
¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida.
Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto...
—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose el
sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso?
—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia
del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del
emperador Carlos V.
—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos...
Costará... ¿quinientos reales?
—Hombre, no; ¡un título de Marqués por quinientos reales!
—¿Costará dos mil?
—Más, muchísimo más. Al Marqués de Fonfría, le cobró el Estado por su
título, según nos dijo anoche Ramoncita... me parece que diez y ocho
mil duros.
—¡Brrrr...!—vociferó Torquemada, lanzándose á un frenético paseo de
fiera por la habitación...—Pues desde ahora te digo que allá se podrá
estar el título hasta las _kalendas griegas_ por la tarde, si esperan
que yo lo saque... El hígado me van á sacar ustedes á mí. ¡Diez y ocho
mil duros! ¡Y por un rótulo, por una vanidad, por un engaña bobos! Mira
lo que le valió á tu tía, la vieja esa doña Loreto, el ser Marquesa.
Se murió sin un real... No, no, Francisco Torquemada ha llegado ya al
límite, al pastelero límite de la paciencia, y de la condescendencia,
y de la prudencia. No más Purgatorio, no más penar por faltas que no
he cometido; no más tirar por la ventana el santísimo rendimiento
de mi trabajo. Dile á tu hermana que se limpie, que si quiere ser
Marquesa, que le encargue la ejecutoria á un memorialista de portal,
que todo viene á ser lo mismo, ¿pues qué es el Estado más que un gran
memorialista con casa abierta?
—Pero si mi hermana no es la que ha de ser Marquesa. La Marquesa seré
yo, y por consiguiente tú Marqués.
—¡Yo, yo Marqués!—exclamó el tacaño con explosión de risa.—¡Mira tú que
yo Marqués!
—¿Y por qué no? ¿No lo son otros?...
—¿Otros? ¿Y esos otros tuvieron por abuelo á uno que vivía de la noble
industria de hacer á los señores cerdos una operación que les ponía la
voz atiplada? ¡Já, já, me muero de risa!
—Eso no importa. En seguidita, cualquiera de esos que manejan el
_Becerro_, te hace un árbol genealógico, por el cual desciendes en
línea recta del rey D. Mauregato.
—Ó del rey D. Maureperro. Já, já... Pero dime con franqueza... fuera
bromas. (_Parándose ante ella, en jarras._) ¿Tienes tú el capricho de
ser Marquesa? ¿Te gustaría la coronita? _En una palabra_: ¿es para tí
cuestión de _ser ó no ser_, como dijo el otro?
—No lo creas: no tengo esa vanidad.
—¿De modo que te da lo mismo ser Marquesa ó _Juana Particular_?
—Lo mismo.
—Pues si tú no _acaricias esa idea_ de ponerte corona, ni yo tampoco,
¿á qué ese gasto estúpido de...? ¿Cómo se llama eso?
—_Lanzas y medias annatas._
—Jamás oí tal terminacho.
—Y que te ha de subir un pico, porque ahora resulta, según le dijo á
Cruz la persona encargada de gestionar el asunto en el Ministerio de
Estado, el Marqués de Saldeoro, ¿sabes? que la tía Loreto usó el título
sin pagar los derechos, y éstos se hallan pendientes desde el tiempo de
Carlos IV.
—¡Atiza!... Vamos, yo me vuelvo loco...—exclamó D. Francisco, dándose
palmetazos en el cráneo.—¡Y quieren que yo... saque...! Como no saque
yo las uñas... _En una palabra_, ¡no, no, y mil veces no! Me rebelo...
Lanzas y medias annatas... (_Con desvarío._) Digo que no... Lanzas...
San Eloy... Carlos IV... No, y no... Estoy bufando, ¿no lo ves?...
Medias annatas... digo que no... Medias coloradas... (_Alzándola voz._)
Fidela, yo no puedo vivir así. Cuando tu hermana me ataque con esta
socaliña, voy y... _en una palabra_, me suicido.
—Tor, no lo tomes así. Si eso es para tí una bicoca.
—¡Bicoca!... ¡Oh! ¡qué mujeres éstas! ¡Cómo me atormentan, cómo me
fríen la sangre!... Medias annatas... lanzas... (_Repitiéndolo como
para fijarlo en la memoria._) San Eloy... Carlos IV... Oye, Fidela, si
quieres que yo te quiera, tenemos que rebelarnos contra ese basilisco
de tu hermana. Si tú te pones á mi lado, me planto..., pero es preciso
que estés á mi lado, en mi partido. Yo solo no puedo, sé que ha de
faltarme valor... Lo tengo cuando estoy solo; pero en cuanto ella se
me pone delante con su labio temblón, me descompongo todo... Lanzas...
medias... Carlos IV... las annatas de la Biblia en verso... Fidela, nos
rebelamos, ¿sí ó no?
Algo alarmada de la excitación que notaba en su esposo, Fidela acudió á
él, y acariciándole le trajo al sofá.
—Pero Tor, ¿por qué te da tan fuerte?
—Digo que nos rebelemos, porque ya ves, ni á tí ni á mí nos hace
maldita falta el marquesado ese de las medias de San Eloy... annatas...
digo que pues á nosotros nos importa un rábano todo eso, que compre
ella el marquesado, y puede empingorotarse con él todo lo que quiera.
—Tontín, el marquesado es para que tú lo luzcas. Eres riquísimo; lo
serás más aún. Rico, senador, persona de alto concepto en la sociedad,
te vendrá el título como anillo al dedo...
—Si no costara dinero, no te digo que no.
—Hijo, las cosas cuestan según valen. Ponte en lo justo... Y hay otra
razón que mi hermana ha tenido en cuenta. Si á tí no te deslumbra el
brillo de una corona, ¿no te gustaría verla en la cabecita de tu hijo?
De tal modo se desconcertó al oir esto el fiero prestamista, que por
un buen rato estuvo sin poder articular palabra. Y viendo la esposa el
buen efecto que causaba su razonamiento, lo reforzó todo lo que pudo,
dentro de la escasez de sus medios retóricos.
—Bueno; concedo que no le caerá mal á mi hijo la corona de Marqués.
¡Un chico de tanto mérito! Pero la verdad, yo nunca he visto que
sean marqueses los matemáticos, y si lo son, deben inventarse para
ellos títulos que tengan algún _punto de contacto_ con la ciencia,
verbigracia: no estaría mal que nuestro Valentín se titulara Marqués de
_la cuadratura del círculo_, ó cosa así. Pero esto no suena, ¿verdad?
Tienes razón. No te rías... Estoy como trastornado con la idea de ese
gasto tan bestial que se llevará de calle los líquidos de medio año...
Annatas medias... Carlos... lanzas... lanceros... La cabeza me da
vueltas... Nada; sublevación... Si no fuera por tí, me escaparía de la
casa, antes que Crucita se me pusiese delante con esa matraca... Cierto
que por la gloria de mi hijo, haré yo cualquier cosa... Pues oye lo que
se me ocurre... Transacción. Convence á tu hermana de que aplace el
asunto del marquesado hasta que el hijo nazca; no, no, hasta que le
tengamos crecidito.
—No puede ser, Tor de mi vida—replicó Fidela con dulzura,—porque
los Romeros gestionan también la concesión del título, y sería una
vergüenza para nosotros que nos lo birlaran. Debemos anticiparnos á sus
intrigas.
—Pues que me anticipen á mí la muerte, ¡Cristo! que con tanto jicarazo
me parece que no está lejos. Fidela, tu hermana me abrirá la sepultura
en el _momento histórico_ menos pensado. Todo se remediaría poniéndote
tú de mi parte, y ayudándome en la defensa de mi _interés_; porque al
paso que vamos, créeme á mí, seremos muy pronto los Marqueses de la
_Perra Chica_...
No pudo decir más porque entró su hija Rufina, y lo mismo fué verla
que descargar sobre ella su cólera, reprendiéndola por su tardanza.
Aquí que no peco. La pobre muchacha pagaba los vidrios rotos, y el que
todo era cobardía y turbación ante la formidable autoridad de Cruz,
ante un sér débil y ligado á él por ley de obediencia, se desfogaba
en groseros furores. Por suerte de la señora de Quevedo, entró de la
calle la tirana, y bastó el rumor de sus pasos en la antesala para que
se produjese un silencio absoluto en el gabinete. Retiróse al despacho
alto don Francisco, rezongando en voz muy queda, y hasta la hora de
comer no cesó de barajar su cerebro las ideas que le atormentaban.
Medias lanzas... annatas... San Carlos... San Eloy... Valentín...
marqueses científicos... ruina... muerte... rebelión... medias annatas.