IX

No se le cocía el pan á D. Francisco hasta no explicarse con su cuñada

sobre aquel asunto, y á la mañana siguiente, mientras se desayunaba, la

interrogó con timidez.

—Nada quería decir á usted hasta no tener el pastel cocido—contestóle

Cruz sonriendo.—Por cierto que no estoy contenta ni mucho menos de

nuestra gestión, y pienso que no servimos para el caso. Monte-Cármenes

y Severiano Rodríguez nos habían prometido que sería para usted una

de las vacantes de senador vitalicio, y á vueltas de muchos cabildeos

y conferencias salen con que el Presidente tiene compromisos y qué sé

yo qué. Á un hombre como usted no se le puede regatear la senaduría

vitalicia, ni se le contenta poniéndole en la mano la porquería de un

acta, ¡un acta! que está hoy al alcance de cualquier catedratiquillo,

de un triste prohombre de campanario, ó del primer intrigante que salte

por ahí. Y el Ministro de Hacienda no está menos indignado que yo. Tuvo

una trapatiesta con el Presidente... ¡Pues no se habla poco...!

—No lo sabía—dijo Torquemada estupefacto.—Han rifado por mi senaduría

vitalicia. ¡Vaya una simpleza! Ni qué falta me hace á mí ser senador,

y sentarme en aquellos bancos. Únicamente por tener el gusto de

decir cuatro verdades, pero verdades, ¿eh? _Por lo demás_, yo no

lo ambiciono, _ni de cerca ni de lejos_. _Mi línea de conducta_ es

trabajar en mi negocio, sin echar facha... Y si quieren darle ese

turrón á otro, que se lo den, y buen provecho le haga.

—Yo pensé no aceptarla; pero lo tomarían á desaire, y no conviene...

Seremos, digo, será usted senador electivo, y representará á su país

natal.

—Villafranca del Bierzo.

—La provincia de León.

—Ya estoy viendo la nube de parientes con hambre atrasada que van á

caer sobre mí como la langosta... Usted se encargará de recibirles, y

de irles despachando con un buen jabón; que para estos casos viene muy

bien su pico de oro.

—Pues sí, yo me encargo de _ese ramo_. ¿Qué no haré yo para tenerle á

usted contento, y rodeado de satisfacciones?

—Ay, Crucita de mi alma—dijo Torquemada palideciendo.—Ya estoy viendo

venir la puñalada.

—¿Por qué lo dice?

—Porque cuando usted me halaga y me sonríe, es que viene contra mí

navaja en mano, pidiendo la bolsa ó la vida.

—¡Ay, no lo crea usted! Estoy muy benigna de algún tiempo acá. No

me conozco. Ya ve que le dejo acumular tranquilamente sus fabulosas

ganancias.

—Cierto es que desde que volvimos de aquel condenado Hernani, no ha

salido usted con ninguna tecla de nuevos encumbramientos, y _por ende_,

de nuevos gastos. Pero yo tiemblo, porque tras de la calma vienen

truenos y rayos, y como usted me amenazó hace tiempo con una muy

gorda...

—¡Ah! es que esa, el trueno gordo, está pendiente de discusión aquí

(_apuntándose á la frente con su dedo índice_). Es cosa muy grave, y no

acabo de decidirme.

—Dios nos asista y la Virgen nos acompañe, con todas las Biblias

pasteleras en pasta y por empastar. ¿Y qué idea del demonio es esa que

usted _acaricia_?

—Á su tiempo lo sabrá—replicó la señora, retirándose por el foro del

comedor, y sonriendo graciosamente desde la puerta.

Y era verdad que la gobernadora, si no había renunciado á su magno

proyecto, teníala en la cartera de lo dudoso y circunstancial. Para

decirlo todo claro, desde el viaje á Hernani, se habían quebrantado

sus firmes propósitos de engrandecimiento. La atroz calumnia de que

se tiene noticia, y que lejos de desvanecerse en Madrid, corría y se

hinchaba ganando pérfidamente la opinión, fué lo que determinó en su

espíritu un salto atrás, y algo como remordimiento de haber sacado á

la familia de la obscuridad, después del matrimonio con el tacaño. ¿No

habrían sido más felices ellas, más feliz él, sin género de duda, en

una medianía sosegada, con el pan de cada día bien seguro, entre cuatro

paredes? Esta idea la atormentó algunos días, y aun semanas y meses, y

casi estuvo á punto de deshacer todo lo hecho, y proponer á su esclavo

que se fueran todos á vivir á un pueblo, donde no se viera más frac que

el del alcalde el día de la Santa Patrona, donde no hubiera jóvenes

elegantes y depravados, viejas envidiosas y parlanchinas, políticos en

quienes la vida parlamentaria corrompe todas las formas de la vida,

damas que gustan de que se hable de faltas ajenas para cohonestar mejor

las propias, ni tantas formas y estilos, en fin, de relajación moral.

Vaciló algún tiempo, pasándose las noches en cavilaciones penosas; y

al fin su espíritu hubo de decidirse por seguir adelante en el camino

trazado. La violencia del impulso adquirido imposibilitaba la detención

súbita, equivalente á un choque de graves consecuencias. Lo menos malo

era ya continuar hacia arriba, siempre en busca de mayores alturas,

con majestuoso vuelo de águilas, despreciando las miserias de abajo,

y esperando perderlas de vista por causa de la distancia. Su mente se

excitaba con estas ideas, y le hervían en ella ambiciones desmedidas,

cuya realización, además de engrandecer á los suyos, servíale para

hacer polvo á los indignos Romeros y á toda la ruin caterva de

envidiosos.

Fidela, en tanto, desconocía en absoluto estas internas luchas de

su hermana y el hecho desagradable que las motivó. Había llegado

á ser, por su interesante situación física, un objeto precioso de

extraordinaria delicadeza y fragilidad, que todos resguardaban

hasta del aire. Faltaba poco para que la pusieran bajo un fanal. Su

apetito de las golosinas llegó á tomar las formas de capricho más

extravagantes. Se le antojaban guisantes en confitura para postre;

á veces apetecía las cosas más ordinarias, como castañas pilongas,

y aceitunas de zapatero; cenaba comúnmente pájaros fritos, que le

habían de servir con gorros colorados hechos de rabanitos; se hartaba

de berros aliñados con manteca de vaca. Pedía barquillo á todas horas

del día, piñones tostados para después del chocolate, y á las once

gelatinas y algún bartolillo de añadidura.

Transcurrían los meses sin que se enterara de los rumores infames

que algunos amigos, ó enemigos, habían hecho correr acerca de ella,

suponiéndola infiel; y tan ignorante se hallaba de las calumnias, como

inocente del feo pecado que le imputaron, atenuándolo con disculpas

no menos odiosas que el pecado mismo. Su pureza y la limpidez de su

alma eran verdaderamente angelicales, pues ni se le ocurría que tales

absurdos pudieran decirse, ni soñó jamás con el peligro de opinión que

tan de cerca la rondaba. Creyérase que no había en ella más prurito

que vivir bien en el orden vegetativo, á cien mil leguas de todos los

problemas psicológicos. Juzgándola con la ligereza propia de un sabio

superficial, de éstos que engullen revistas y periódicos, pero que no

observan la vida ni ven la médula de las cosas, el tonto de Zárate

decía:

—Es una estúpida, un ser enteramente atrofiado en todo lo que no sea la

vida orgánica. Desconoce el _elemento_ afectivo. Las pasiones son letra

muerta para esta hermosa pava real, ó gatita de Angora.

Y Morentín desmentía tan cerrada opinión, prometiéndoselas muy felices

para después que _aquéllo_ pasase. Pero Zárate, que era de los pocos

que desmentían las voces calumniosas, quitábale al otro las esperanzas,

asegurando que la maternidad despertaría en ella instintos contrarios

á toda distracción, haciéndola estúpidamente honrada, é incapaz de

ningún sentimiento extraño al cuidado de la cría. Disputaban sin tregua

los dos amigos sobre aquel tema, y acababan por reñir, echándose en

cara recíprocamente, el uno su fatuidad, el otro su pedantería.

Cuidaba D. Francisco á su mujer como á las niñas de sus ojos, viendo

en ella un vaso de materia fragilísima, dentro del cual se elaboraban

todas las combinaciones matemáticas que habían de transformar el mundo.

Era la encarnación de un Dios, de un Altísimo nuevo, el Mesías de la

ciencia de los números, que había de traernos el dogma cerrado de la

cantidad, para renovar con él estas sociedades medio podridas ya con

la hojarasca que de tantos siglos de poesía se ha ido desprendiendo.

No lo expresaba él así; pero tales eran, _mutatis mutandis_, sus

pensamientos. Y á los cuidados dengosos del tacaño, correspondía Fidela

con un cariño frío, dulzón y desleído, sin intensidad, única forma de

afecto que en ella cabía, y á la cual daba estilos muy singulares, á

veces como el que se usa para querer á los animales domésticos, á veces

semejante al afecto filial.

Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en

aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si

comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados

de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y

éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad

con la señora de Torquemada. Habíase iniciado entre uno y otro

cierto despego, que sólo se manifestaba en imperceptibles accidentes

de la acción y la palabra, tan sólo notados por la agudísima, por la

adivinadora Cruz.

Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante,

encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido

á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á

su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de

ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño.

—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis

pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella

tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no

han querido darme la vitalicia? (_Denegación de Fidela._) Bien decía yo

que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo,

aunque la verdad, esto de la senaduría no _viene á llenarme ningún

vacío_... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo

cosas malas, _Biblias y Cristos_, y todo el palabreo que uso cuando me

da la corajina.

—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á reir.

—¡Bah! ya te ríes, _de lo cual se desprende_ que no es nada.

—Algo hay; cosas de familia...

—¿Pero qué, por vida de la...?

—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar.

—¿Rafaelito, qué?

—Que mi hermano no me quiere ya.

—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya

vuelve el _punto_ ese con sus necedades?

—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no están

bien en su boca.

—¿Qué te ha dicho?

—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas

muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que

habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y

que yo no te merezco.

—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces.

—Que eres digno de lástima.

—¡Hola, hola! Lo dirá por los saqueos de tu hermana, y por lo

esquilmado que me tiene.

—No es por eso.

—¿Pues por qué, _ñales_?

—Si dices indecencias me callo.

—No, no las digo, _¡ñales, re-ñales!_ Tu hermanito me está cargando

otra vez; repito que me está cargando, y al fin será preciso que

evitemos _todo punto de contacto_ entre él y yo.

X

—Pues de repente se puso á decirme cosas—añadió Fidela,—con entonación

trágica, frases muy parecidas á las que le decía Hamlet á su madre

cuando descubre...

—¿Qué?... ¿Y quién es ese _Jamle_, ¡Cristo!, quién es ese _punto_

que ya me va cargando á mí también, pues Zárate me lo saca también á

relucir á cada triquitraque? ¡_Jamle_, dale con _Jamle_!

—Era un Príncipe de Dinamarca.

—Sí; que andaba averiguando aquello de _ser ó no ser_. ¡Valiente

bobería! Ya lo sé... ¿Y qué tiene que ver ese mequetrefe con nosotros?

—Nada. Pero mi hermano no está bien de la cabeza, y me ha dicho lo que

Hamlet á su madre...

—Que también debía de ser una buena ficha.

—No era de lo mejor... Verás: esto pasa en una de las más hermosas

tragedias de Shakespeare.

—¿De quién?... ¡Ah! el que escribió el _Sí de las niñas_.

—No, hombre... ¡Qué bruto eres!

—Ya; el autor de... de la... En fin, sea quien fuere, poco me importa,

y en sabiendo que ese _Jamle_ es todo invención de poetas, no me

interesa nada. Que lo parta un rayo. Pasemos á otra cosa, niña. No

hagas caso de tu hermano, y lo que él te diga, óyelo como si oyeras

llover... ¿Y tu hermana?

—Ha ido á compras.

—¡Ay, Dios mío, qué dolor siento aquí!

—¿Dónde?

—En el santo bolsillo. ¡Á compras! Adiós mi _líquido_. Tu hermana y yo

vamos á acabar mal. ¿Qué proyectos _abrigará_; qué nuevos _gravámenes_

me esperan?... Estoy temblando, porque hace tiempo, desde antes del

verano, me tiene anunciado el trueno gordo, y yo me devano los sesos

pensando qué será, qué no será.

Fidela se sonreía picarescamente.

—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo á

tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí y

á todo el globo terráqueo.

—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde

decírtelo. Ella te lo dirá.

—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay

para mí _momento histórico_ que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no

respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos?

—Hombre, no tanto.

—¿Se trata de _gravamen_, y de que yo no pueda economizar?... ¡Demonio,

así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí, y aquí

estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son muchos,

¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos de un

hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora mi

cuñadita barre para afuera.

—No exageres, Tor...

—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es?

—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la

sorpresa que quiere darte.

—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso natural.

—Además, si te lo digo, invado un terreno que no es el mío, y

atribuciones que...

—Música, música... Te mando que me lo digas, ó habrá un _jollín_ en

casa.

—No seas bárbaro... Ven acá; siéntate á mi lado. No manotees, ni te

pongas ordinario, Tor. Mira que así no te quiero. Ven acá... dame la

pata (_tomándole una mano_). Aquí quietecito y hablando á lo caballero,

sin decir gansadas ni porquerías. Así, así.

—Pues sácame de dudas.

—¿Me prometes guardar el secreto y hacerte el sorprendido cuando mi

hermana te...?

—Prometido.

—Pues verás. Una tía nuestra, que ya murió la probrecita...

—Dios la tenga en su santa gloria. Adelante.

—Mi tía, doña Loreto de la Torre Auñón...

—Muy señora mía.

—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy.

—Ya me entero, sí.

—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á mamá

le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra

desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San

Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que

por transmisión de títulos del Reino...

—Demonio, _¡ñales!_ ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu

hermana...

—Es sacar ese título, para lo cual hay que instruir un expediente, y

pagar lo que se llama medias annatas...

—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la

Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo

que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono.

—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el

título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden.

¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida.

Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto...

—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose el

sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso?

—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia

del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del

emperador Carlos V.

—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos...

Costará... ¿quinientos reales?

—Hombre, no; ¡un título de Marqués por quinientos reales!

—¿Costará dos mil?

—Más, muchísimo más. Al Marqués de Fonfría, le cobró el Estado por su

título, según nos dijo anoche Ramoncita... me parece que diez y ocho

mil duros.

—¡Brrrr...!—vociferó Torquemada, lanzándose á un frenético paseo de

fiera por la habitación...—Pues desde ahora te digo que allá se podrá

estar el título hasta las _kalendas griegas_ por la tarde, si esperan

que yo lo saque... El hígado me van á sacar ustedes á mí. ¡Diez y ocho

mil duros! ¡Y por un rótulo, por una vanidad, por un engaña bobos! Mira

lo que le valió á tu tía, la vieja esa doña Loreto, el ser Marquesa.

Se murió sin un real... No, no, Francisco Torquemada ha llegado ya al

límite, al pastelero límite de la paciencia, y de la condescendencia,

y de la prudencia. No más Purgatorio, no más penar por faltas que no

he cometido; no más tirar por la ventana el santísimo rendimiento

de mi trabajo. Dile á tu hermana que se limpie, que si quiere ser

Marquesa, que le encargue la ejecutoria á un memorialista de portal,

que todo viene á ser lo mismo, ¿pues qué es el Estado más que un gran

memorialista con casa abierta?

—Pero si mi hermana no es la que ha de ser Marquesa. La Marquesa seré

yo, y por consiguiente tú Marqués.

—¡Yo, yo Marqués!—exclamó el tacaño con explosión de risa.—¡Mira tú que

yo Marqués!

—¿Y por qué no? ¿No lo son otros?...

—¿Otros? ¿Y esos otros tuvieron por abuelo á uno que vivía de la noble

industria de hacer á los señores cerdos una operación que les ponía la

voz atiplada? ¡Já, já, me muero de risa!

—Eso no importa. En seguidita, cualquiera de esos que manejan el

_Becerro_, te hace un árbol genealógico, por el cual desciendes en

línea recta del rey D. Mauregato.

—Ó del rey D. Maureperro. Já, já... Pero dime con franqueza... fuera

bromas. (_Parándose ante ella, en jarras._) ¿Tienes tú el capricho de

ser Marquesa? ¿Te gustaría la coronita? _En una palabra_: ¿es para tí

cuestión de _ser ó no ser_, como dijo el otro?

—No lo creas: no tengo esa vanidad.

—¿De modo que te da lo mismo ser Marquesa ó _Juana Particular_?

—Lo mismo.

—Pues si tú no _acaricias esa idea_ de ponerte corona, ni yo tampoco,

¿á qué ese gasto estúpido de...? ¿Cómo se llama eso?

—_Lanzas y medias annatas._

—Jamás oí tal terminacho.

—Y que te ha de subir un pico, porque ahora resulta, según le dijo á

Cruz la persona encargada de gestionar el asunto en el Ministerio de

Estado, el Marqués de Saldeoro, ¿sabes? que la tía Loreto usó el título

sin pagar los derechos, y éstos se hallan pendientes desde el tiempo de

Carlos IV.

—¡Atiza!... Vamos, yo me vuelvo loco...—exclamó D. Francisco, dándose

palmetazos en el cráneo.—¡Y quieren que yo... saque...! Como no saque

yo las uñas... _En una palabra_, ¡no, no, y mil veces no! Me rebelo...

Lanzas y medias annatas... (_Con desvarío._) Digo que no... Lanzas...

San Eloy... Carlos IV... No, y no... Estoy bufando, ¿no lo ves?...

Medias annatas... digo que no... Medias coloradas... (_Alzándola voz._)

Fidela, yo no puedo vivir así. Cuando tu hermana me ataque con esta

socaliña, voy y... _en una palabra_, me suicido.

—Tor, no lo tomes así. Si eso es para tí una bicoca.

—¡Bicoca!... ¡Oh! ¡qué mujeres éstas! ¡Cómo me atormentan, cómo me

fríen la sangre!... Medias annatas... lanzas... (_Repitiéndolo como

para fijarlo en la memoria._) San Eloy... Carlos IV... Oye, Fidela, si

quieres que yo te quiera, tenemos que rebelarnos contra ese basilisco

de tu hermana. Si tú te pones á mi lado, me planto..., pero es preciso

que estés á mi lado, en mi partido. Yo solo no puedo, sé que ha de

faltarme valor... Lo tengo cuando estoy solo; pero en cuanto ella se

me pone delante con su labio temblón, me descompongo todo... Lanzas...

medias... Carlos IV... las annatas de la Biblia en verso... Fidela, nos

rebelamos, ¿sí ó no?

Algo alarmada de la excitación que notaba en su esposo, Fidela acudió á

él, y acariciándole le trajo al sofá.

—Pero Tor, ¿por qué te da tan fuerte?

—Digo que nos rebelemos, porque ya ves, ni á tí ni á mí nos hace

maldita falta el marquesado ese de las medias de San Eloy... annatas...

digo que pues á nosotros nos importa un rábano todo eso, que compre

ella el marquesado, y puede empingorotarse con él todo lo que quiera.

—Tontín, el marquesado es para que tú lo luzcas. Eres riquísimo; lo

serás más aún. Rico, senador, persona de alto concepto en la sociedad,

te vendrá el título como anillo al dedo...

—Si no costara dinero, no te digo que no.

—Hijo, las cosas cuestan según valen. Ponte en lo justo... Y hay otra

razón que mi hermana ha tenido en cuenta. Si á tí no te deslumbra el

brillo de una corona, ¿no te gustaría verla en la cabecita de tu hijo?

De tal modo se desconcertó al oir esto el fiero prestamista, que por

un buen rato estuvo sin poder articular palabra. Y viendo la esposa el

buen efecto que causaba su razonamiento, lo reforzó todo lo que pudo,

dentro de la escasez de sus medios retóricos.

—Bueno; concedo que no le caerá mal á mi hijo la corona de Marqués.

¡Un chico de tanto mérito! Pero la verdad, yo nunca he visto que

sean marqueses los matemáticos, y si lo son, deben inventarse para

ellos títulos que tengan algún _punto de contacto_ con la ciencia,

verbigracia: no estaría mal que nuestro Valentín se titulara Marqués de

_la cuadratura del círculo_, ó cosa así. Pero esto no suena, ¿verdad?

Tienes razón. No te rías... Estoy como trastornado con la idea de ese

gasto tan bestial que se llevará de calle los líquidos de medio año...

Annatas medias... Carlos... lanzas... lanceros... La cabeza me da

vueltas... Nada; sublevación... Si no fuera por tí, me escaparía de la

casa, antes que Crucita se me pusiese delante con esa matraca... Cierto

que por la gloria de mi hijo, haré yo cualquier cosa... Pues oye lo que

se me ocurre... Transacción. Convence á tu hermana de que aplace el

asunto del marquesado hasta que el hijo nazca; no, no, hasta que le

tengamos crecidito.

—No puede ser, Tor de mi vida—replicó Fidela con dulzura,—porque

los Romeros gestionan también la concesión del título, y sería una

vergüenza para nosotros que nos lo birlaran. Debemos anticiparnos á sus

intrigas.

—Pues que me anticipen á mí la muerte, ¡Cristo! que con tanto jicarazo

me parece que no está lejos. Fidela, tu hermana me abrirá la sepultura

en el _momento histórico_ menos pensado. Todo se remediaría poniéndote

tú de mi parte, y ayudándome en la defensa de mi _interés_; porque al

paso que vamos, créeme á mí, seremos muy pronto los Marqueses de la

_Perra Chica_...

No pudo decir más porque entró su hija Rufina, y lo mismo fué verla

que descargar sobre ella su cólera, reprendiéndola por su tardanza.

Aquí que no peco. La pobre muchacha pagaba los vidrios rotos, y el que

todo era cobardía y turbación ante la formidable autoridad de Cruz,

ante un sér débil y ligado á él por ley de obediencia, se desfogaba

en groseros furores. Por suerte de la señora de Quevedo, entró de la

calle la tirana, y bastó el rumor de sus pasos en la antesala para que

se produjese un silencio absoluto en el gabinete. Retiróse al despacho

alto don Francisco, rezongando en voz muy queda, y hasta la hora de

comer no cesó de barajar su cerebro las ideas que le atormentaban.

Medias lanzas... annatas... San Carlos... San Eloy... Valentín...

marqueses científicos... ruina... muerte... rebelión... medias annatas.

Torquemada en el purgatorio · 第 23 / 39 题