Partieron, pues, aquella mañana, con asombro y extrañeza de toda la
colonia, en la cual no faltó algún desocupado caviloso que se diese á
buscar la razón de aquel súbito regreso, que más bien parecía fuga,
y _descubriera_ nada menos que una grave discordia matrimonial. Ello
es que iban todos contentos á Madrid, y Torquemada como unas páscuas.
¡Con qué alegría vió el semblante risueño de su cara Villa, sus calles
asoleadas, y sus paseos polvorosos, pues aún no había llovido gota!
¡Y qué hermosura de calor picante! Que no le dijeran á él que había
lugares en el mundo más higiénicos. Para miasmas, Hernani, que por ser
cargante en todo, hasta tenía nombre de música. ¡Cuándo se ha visto,
Señor, que los pueblos se llamen como las óperas!
Entró de lleno en la onda de sus negocios, como pato sediento que
vuelve á la charca; pero hallándose aún ausentes muchas personas
del elemento oficial y del _elemento particular_, no encontró la
ocupación plena que hubiera deseado. Con todo, su contento era
grande; y para completarlo, Cruz no le mortificaba con nuevos planes
de engrandecimiento. Otra novedad dichosa era que Rafael se había
suavizado en su trato con el tacaño, y hasta parecía desear tenerle
por amigo. Antes del viaje, apenas cambiaban más palabras que las
generales de la ley, el saludo por las mañanas, y por la noche cuatro
frases insubstanciales acerca del tiempo. Al regreso de Hernani, solían
acompañarse algunos ratos, y el ciego le mostraba consideración, algo
parecida al afecto, le oía con calma, y hasta le pedía su parecer
sobre asuntos corrientes de política, ó sobre cualquier suceso del
día. Pero lo más particular de todo esto era que la buena de Cruz,
que había bebido los vientos por las paces de los dos cuñados, y de
contínuo les incitaba á la concordia, en cuanto les veía charlando
sosegadamente, parecía sobresaltada, y no se apartaba de ellos, cual si
temiera que alguno de los dos se fuese del seguro. Debe advertirse que
por aquellos días (Septiembre y Octubre), la opinión de Cruz sobre el
estado cerebral de su desdichado hermano era más pesimista que nunca, á
pesar de que el pobrecito no desentonaba ya, ni reía sin motivo, ni se
irritaba.
—Si ahora le tenemos tranquilo, y no nos da ninguna guerra—le decía
Fidela,—¿por qué temes...?
—La calma bochornosa suele anunciar grandes tempestades. Prefiero verle
nerviosillo y un poco charlatán, á que se nos encierre en ese _spleen_
sombrío, con apariencias sospechosas de buen juicio en lo poco que
habla. En fin, Dios dirá.
En todo Septiembre tuvo D. Francisco el gusto de no ver á muchas
personas de las que ordinariamente iban á la casa, y que rodaban
todavía por playas y balnearios, algunos en París; y aumentó su gusto
la única excepción de aquella desbandada, Zárate, que por la escasez
que suele acompañar á la sabiduría, no veraneaba más que quince ó
veinte días en El Escorial ó Colmenar Viejo. Buenos ratos pasó el
tacaño con su amigo y consultor _científico_, casi solos todas las
noches, platicando sobre temas sabrosísimos, como la cuestión de
Oriente, los abonos químicos, la redondez de la tierra, el Papado en
sus relaciones con el Reino de Italia, las pesquerías del Banco de
Terranova... En aquella temporada de fecundos progresos, aprendió
D. Francisco dicciones muy chuscas, como _la tela de Penélope_,
enterándose del por qué tal cosa se decía, _la espada de Damocles_,
y _las kalendas griegas_. Además leyó por entero _El Quijote_, que á
trozos conocía desde su mocedad, y se apropió infinidad de ejemplos y
dichos, como _las monteras de Sancho_, _peor es meneallo_, _la razón de
la sinrazón_, y otros que el indino aplicaba muy bien, con castellana
socarronería, en la conversación.
Charla que te charla, hablaron de Rafael, haciendo notar Zárate que
sus apariencias de sosiego mental no inspiraban confianza á la hermana
mayor, á lo que contestó D. Francisco que su cuñado no regía bien del
cerebro, y que más tarde ó más temprano había de salir con alguna gran
_peripecia_.
—Pues yo tengo sobre esto una opinión—dijo Zárate,—que me aventuro á
consultar con usted á condición de absoluta reserva. Es una opinión
mía; quizás me equivoque; pero no renuncio á ella mientras los hechos
no me demuestren lo contrario. Yo creo... que _nuestro joven_ no está
loco, sino que lo finge, como lo fingía Hamlet, para despacharse á su
gusto en el proceso de un drama de familia.
—¡Drama de familia! Aquí no hay drama ni comedia de familia, amigo
Zárate—replicó don Francisco.—No hay más sino que el caballero
aristócrata y un servidor de usted hemos estado de puntas... Pero ya
parece que se da á partido y yo me dejo querer... Naturalmente, más
vale que haya paz en casa. Esta es la razón de la sinrazón, y no digo
nada de las inconveniencias y tonterías de mi hermano político. _Peor
es meneallo..._ Por lo demás, creo también que en algunos períodos,
su locura ha sido figurada, como la de ese señor que usted cita tan
oportunamente.
Y se quedó con la duda de quien sería aquel _Jamle_; pero no quiso
preguntarlo, prefiriendo dar á entender que lo sabía. Por el nombre y
lo de fingirse loco, se le antojaba que el tal debía de ser poeta.
—Celebro que estemos conformes en este punto Sr. D. Francisco—dijo
Zárate.—Hallo entre nuestro Rafael y el infortunado príncipe de
Dinamarca muchos puntos de contacto. Ayer, sin ir más lejos, hablaba
solo el pobre ciego, y dijo cosas que me recordaron el célebre monólogo
_to be or not to be_.
—Efectivamente, algo dijo de aquello. Yo lo noté, y no se me escaparon
los _puntos de contacto_. Porque yo observo y callo.
—Eso, eso justamente es lo que procede, observarle.
—El pobrecillo tira mucho á poeta, ¿verdad?
—Verdad.
—Y diciendo poesía, se dice poco juicio, el meollo revuelto.
—Exactamente.
—Y á propósito, amigo Zárate: me sorprende que á los poetas se les den
tantas denominaciones. Les dicen _vates_, les dicen también _bardos_.
Crea usted que me he desternillado de risa leyendo un artículo que le
_dedican_ á ese chiquillo á quien yo protejo, y el condenado crítico le
llama _bardo_ acá, _bardo_ allá, y le echa unos inciensos que apestan.
Á los versos que ese chico compone los llamaría yo _bardales_, porque
aquello no hay cristiano que lo entienda, y se pierde uno entre tanta
hojarasca. Todo se lo dice al revés. En fin, _peor es meneallo_.
Mucho celebró el pedante la ocurrencia, y pasaron á otro asunto, que
debía de ser algo de socialismo y colectivismo, porque al día siguiente
salió Torquemada por esas calles hecho un erudito en aquellas materias.
Hallaba _puntos de contacto_ entre ciertas doctrinas y el principio
evangélico, y envolvía sus disparates en frases cogidas al vuelo y
empleadas con dudosa oportunidad.
Don Juan Gualberto Serrano, que regresó á fines de Septiembre, trájole
muy buenas noticias de Londres. Las compras de _rama_ se harían por
personas idóneas para el caso, muy prácticas en aquel comercio, y que
sabrían ajustarse á los precios indicados, aunque tuvieran que apencar
con las barreduras de los almacenes. Por este lado no había que pensar
más que en atracarse de dinero. Propúsole además otro negocio, basado
en operaciones de banqueros ingleses sobre fondos de nuestro país,
y lo mismo fué anunciarlo, que Torquemada lo calificó de grandísimo
disparate. En principio, la combinación era buena, y pensando en ella
el tacaño por espacio de dos ó tres días, encontró un nuevo desarrollo
práctico del pensamiento, que propuso á su amigo, y éste lo tuvo por
tan excelente, que le abrazó entusiasmado.
—Es usted un genio, amigo mío. Ha visto el negocio bajo su único
aspecto positivo. El plan que yo traía era un caos, y de aquel caos
ha sacado usted un mundo, un verdadero mundo. Hoy mismo escribo á los
inventores de esta combinación, Proctor y Ruffer, y les diré _cómo vé_
usted la cosa. De seguro les parecerá de perlas, y al instante nos
pondremos á trabajar. Es cosa de liquidar medio millón de reales cada
año.
—No digo que no. Escriba usted á esos señores. Ya sabe usted _mi línea
de conducta_. En las condiciones que propongo, entro, vaya si entro.
Largo rato hablaron de este embrollado asunto, quedando de acuerdo en
todo y por todo, y cuando ya se despedía Serrano, pues almorzaba aquel
día con el Presidente del Consejo (como casi todos los de la semana),
le dijo con semblante gozoso:
—Aquéllo me parece que es cosa hecha.
—¿Y que es _aquéllo_?
—¿Pero no sabe usted...? ¿No le ha dicho Cruz...?
—Nada me ha dicho—replicó D. Francisco receloso, sospechando que
_aquéllo_ era un nuevo tiento que la gobernadora pensaba dar á su
bolsillo.
—¡Ah! pues téngalo por hecho.
—¿Pero qué...? ¡Biblias coronadas!
—¿Es de veras que no tiene noticia?
—Lo que tengo es el alma en un hilo, _¡ñales!_ ¿Apostamos á que ahora
viene la bomba que me tiene anunciada?... Vamos, que ya estoy echando
setenta llaves á la caja.
—No, no tendrá usted que gastar sino muy poco dinero... Un almuercito á
los compromisarios... una docena de telegramas...
—¿Pero qué, con cien mil pares de copones?
—Que le sacamos á usted senador.
—¡Á mí!... ¿Pero cómo, vitalicio, ó...?
—Electivo. Lo otro vendrá después. Primero se pensó en Teruel, donde
hay dos vacantes; luego en León. Vamos, representará usted á su tierra,
el Bierzo...
—Menuda plaga va á caer sobre mí. Dios me guarezca de pretendientes
bercianos, y de pedigüeños de toda la tierra leonesa.
—¿Pero no le agrada...?
—No... ¿Para qué quiero yo la senaduría? Nada me da.
—Hombre... sí... Esos cargos siempre dan. Por lo menos, nada se pierde,
y se puede ganar algo...
—¿_Y aun algos_?
—Sí, señor, y aun _muchísimos algos_.
—Pues acepto la ínsula. Iremos al Senado, _vulgo Cámara Alta_, y si
me pinchan, diré cuatro verdades al país. Mi _desideratum_ es la
reducción considerable de gastos. Economías arriba y abajo; economías
en todas las esferas sociales. Que se acabe esa _tela de Penélope_
de nuestra administración, y que se nivele ese presupuesto, sobre el
cual está suspendida, como _una espada de Damocles_, la bancarrota. Yo
me comprometía á arreglar la Hacienda en dos semanas; pero para ello
exigiría un plan radicalísimo de economías. Esta será la _condición
sine qua non_, la única, la principal de todas las _condiciones sine
qua nones_.