VII

—Ten calma, y déjame expresar todo lo que discurro—agregó Rafael

tomando resuello, pues le faltaba el aliento, tanto como á su

hermana.—En conciencia te digo que el caso es perfectamente lógico.

Déjame hablar. El caso es un producto de la vida social, de la

corrupción de las costumbres, del trastorno de la idea moral. Cuando

nuestra hermana se casó, dije yo: «Esto tiene que ser...» y ha sido

tal como lo pensé. Desde este antro obscuro de mi ceguera lo veo todo,

porque pensar es ver, y nada se escapa á mi segura lógica, nada, nada.

Esa deshonra era un hecho forzoso. En casa teníamos todos los elementos

para que surgiera. Naturalmente... ha surgido, sin que nadie pueda

evitarlo... Ya, ya sé lo que vas á decirme.

—No lo sabes, no lo sabes—replicó la dama con acento firme y

altanero.—Lo que tengo que decirte es que nuestra hermana es más pura

que el sol. En ningún caso dudaría de su perfecta, de su absoluta

honradez; menos puedo dudar de ella, viviendo, como vivo, siempre

al lado suyo. Ninguno de sus actos, ni aun sus pensamientos más

recónditos, me son desconocidos. Sé lo que piensa y siente, como sé lo

que siento y pienso yo misma. Y nada, absolutamente nada existe que

pueda servir de fundamento á tan vil especie.

—Te concedo que en el terreno de los hechos no hay motivo para...

—Ni en ningún otro terreno.

—En el de la intención, en el de la voluntad...

—Ni en ese, ni en ningún otro existe la menor sombra de mancha. Fidela

es la pureza misma; quiere y estima á su marido, que en su tosquedad es

muy bueno para ella, y para toda la familia. Que no vuelva yo á oirte

semejante disparate, Rafael, ó no respondo de tratarte con la blandura

que acostumbro usar contigo.

—Bueno, bueno: no te incomodes. Admito que tengas razón en lo que á mi

hermana se refiere. ¿Y me respondes tú de las intenciones de Morentín?

—De eso, ¿cómo he de responder yo? Siempre me ha parecido decente y

delicado.

—Pues yo que le conozco, porque ambos hemos sido compañeros de

aventuras, en tiempos que no han de volver, y que ahora, en el

archivo de mis recuerdos, son una gran enseñanza, yo te aseguro que

la corrupción mansa, la que no se siente, la que devora sin ruido y á

veces sin el escándalo más ligero, anida en su alma. Sin que Morentín

me haya dicho nada, sé que pretende deshonrarnos, que cree segura la

victoria más temprano ó más tarde. Si no se jacta de haber triunfado

ya, tampoco negará honradamente, cuando le feliciten por una conquista

que algunos darán por hecha, todos, todos por probable. ¡Ay! horroriza

el considerar que aunque mi hermana fuese una santa, y Morentín

un modelo de virtudes, el mundo, atento á la composición de este

matrimonio y á la vida ostentosa que lleváis, tendrá siempre por hecho

inconcuso lo que Malibrán ha dicho. Y no puedes ya evitar que corra y

se propague el rumor infamante. Ni conseguirás rectificar lo que tú

crees error... y lo será por el momento.

—Por el momento no, por siempre. ¡También tú...! No parece sino que

tomas partido por los difamadores. Esto es intolerable, Rafael. Se

trata de una calumnia ¿sí ó no? Pues si es calumnia; si la inocencia

de nuestra hermana resplandece como el sol, y antes que dudar de ella

dudaría yo de que existe un Dios justiciero y misericordioso; si ella

es honrada, digo, y los que la calumnian dignos de las penas del

Infierno, la verdad ha de brillar tarde ó temprano, y el mundo ha de

reconocerla y acatarla.

—No la reconocerá. El mundo procede con una lógica que él mismo se

ha creado para juzgar cosas y personas. Te concedo que es una lógica

construída con artificios; pero es... y quítale de la cabeza á la

opinión su infame idea. No puedes, no puedes. Para evitar esto habría

convenido seguir viviendo en la obscuridad modesta, después de esa

malhadada boda. Pero en el torbellino de la sociedad, en medio de este

boato, cultivando las relaciones antiguas y buscando otras nuevas,

no hay medio de sustraerse á la atmósfera total, querida hermana.

La atmósfera total nos envuelve: en ella flotan los placeres, las

satisfacciones de la vanidad; flota también el veneno, el microscópico

bacillus que nos mata, en medio de tantas alegrías. Mujer joven y

guapa, sensible, rodeada de lisonjas, sin ocupaciones domésticas;

marido viejo y ridículo, brutalmente egoísta y en absoluto desprovisto

de todo atractivo personal... ya se sabe... saca la consecuencia.

Si no es, tiene que ser. El mundo lo sanciona antes que suceda, y

lo autoriza, y hasta parece que lo decreta, como si hubiera, en esa

constitución oculta de las conciencias del día, un artículo que

expresamente lo mandara. Esto lo he visto yo hace tiempo; éste fué

uno de los inconvenientes más graves que ví en la boda de mi hermana.

Ahora, sufrir y callar.

—No, yo no sufro ni callo—replicó Cruz sobreponiéndose á la turbación

que aquel asunto le causaba.—Yo desprecio la calumnia. Dios quiera que

á los oídos de Fidela no llegue jamás; pero si llegara, la despreciará

como yo, y como tú... Te prohibo hablar de esto; es más, te prohibo

pensar...

—¡Pensar! ¡Prohibirme pensar! Eso sí que no puede ser. No pienso en

otra cosa. Es lo único en que puedo ocuparme, y si no fuera por el

trabajar de la mente, ¿con qué mataría yo, pobre ciego, el fastidio de

la obscuridad? Te prometo revelarte todo lo que vaya descubriendo.

—No, no descubrirás, no podrás descubrir nada—dijo la dama nerviosa y

con ganas de reñir.—Y cuanto discurras será obra exclusivamente tuya,

de tu pobrecita mente aburrida, holgazana, traviesa. Te lo prohibo,

Rafael; sí, te prohibo pensar en eso.»

Sonreía el ciego sin articular sílaba, y su hermana suspiraba,

masticando las frases dichas anteriormente, y otras que intentó decir,

quedándose con la primera palabra en la boca. Así transcurrió un

mediano rato, y ya iban á romper los dos con nuevos argumentos, cuando

oyeron ruido en las habitaciones altas, donde el matrimonio dormía, y á

poco sintieron el paso grave de D. Francisco bajando la escalera. Salió

Cruz á su encuentro, temerosa de que ocurriese alguna novedad, pero él

la tranquilizó diciéndole:

—No es nada. Fidela duerme como una bendita, pero yo con _la_ calor

y un infame mosquito que me ha estado dando murga toda la noche, no

he podido pegar los ojos, hasta que al fin, cansado del ardor de las

sábanas, me bajo á tomar el fresco en el jardín.

—La noche está pesada y bochornosa; cosa muy rara en este país—observó

Cruz.—Mañana habrá tormenta y refrescará el tiempo.

—¡Vaya una noche!—murmuró el tacaño.—¡Y para esto abandona uno aquel

Madrid tan cómodo...!

Salió al jardín en mangas de camisa, con un chaquetón sobre los

hombros, la gorra de seda en la coronilla. Desde la ventana en que

los dos hermanos se hallaban silenciosos, respirando el aire tibio,

aromatizado por las madreselvas, veían pasar el sombrajo negro de

D. Francisco que se paseaba lentamente, y oían su tosesilla, y el

rechinar del menudo guijo bajo su planta procerosa.

La noche era toda calma, tibieza y solemne poesía. El aire inmóvil y

como embriagado con la fragancia campesina, dormitaba entre las hojas

de los árboles, moviéndolas apenas con su tenue respiración. El cielo

profundo, sin luna y sin nubes, se alumbraba con el fulgor plateado

de las estrellas. En la obscura frondosidad de la tierra, arboledas,

prados, huertas y jardines, los grillos rasgaban el apacible silencio

con el chirrido metálico de sus alas, y el sapo dejaba oir, con ritmo

melancólico, el son aflautado que parece marcar la cadencia grave del

péndulo de la eternidad. Ninguna otra voz, fuera de éstas, sonaba en

cielo y tierra.

Largo tiempo estuvieron Cruz y Rafael contemplando las sombras del

jardín, y la figura de D. Francisco que iba y venía, también con

mesurado ritmo, de un extremo á otro, pasando y repasando como ánima

de pecador insepulto que viene á pedir que le entierren. Movida de

un estado particularísimo de su ánimo, y por efecto también quizás

de la serenidad poética de la noche, Cruz sintió pena intensísima

ante aquel hombre, abrumado por la nostalgia. Consideró que si por

él había salido de la espantosa miseria la noble familia del Águila,

ésta debía corresponderle dándole la felicidad que merecía. Y en vez

de procurarlo así, la directora del cotarro le contrariaba llevándole

á grandezas sociales que repugnaban á sus hábitos y á su carácter.

¿No era más humano y generoso dejarle cultivar su tacañería, y que en

ella se gozara, como el reptil en la humedad fangosa? Porque, á mayor

abundamiento, el pobre hombre, sacado de su natural esfera, sufría

los mordiscos de la calumnia, y si dejaba de ser ridículo en una

forma, lo era en otra. ¿No tenía ella la culpa de todo, por meterse á

encumbradora de gente baja, y por querer hacer de un zafio un caballero

y un prohombre? Este remusguillo de su conciencia, y la compasión

vivísima que hacia su hermano político sintió en aquella hora solemne

de la noche de verano, moviéronla á dirigirle palabras afectuosas.

Echando su cuerpo fuera de la ventana, le dijo:

—¿No teme usted, D. Francisco, que el sereno le haga daño? No hay que

fiarse mucho de los calores de esta tierra.

—Estoy bien—replicó el tacaño, aproximándose á la ventana.

—Me parece que ha salido usted con poco abrigo. Por Dios, no nos coja

usted un reuma, ó un catarro fuerte.

—Pierda cuidado. Tendría que ver que por huir de aquel calorcito de

Madrid, tan agradable, y, por más que digan, higiénico, viniese uno á

enfermar en los calores húmedos de esta tierra, tan sumamente acuática.

—Vale más que entre usted aquí, y nos acompañaremos los tres hasta que

tengamos sueño.

Rafael se aproximó también á la ventana. En aquel instante, como si

los sentimientos de Cruz se le comunicaran por misterio magnético,

sintió asimismo lástima del hombre que odiaba.

—Entre, D. Francisco—le dijo, pensando que la ilustre familia

hambrienta había engañado á su favorecedor, utilizándole para

redimirse, y que después de sacarle de su elemento para hacerle

infeliz, le cubría de una ridiculez más grave que la que él había

echado sobre ella. Entráronle deseos de reconciliarse con el bárbaro,

guardando siempre la distancia, y de devolverle en forma de amistad

compasiva la protección material que de él recibía.

Como ambos hermanos insistieran en llevarle á su lado, no pudo ser

insensible el tacaño á estas demostraciones de afecto, y entró, echando

peste contra el clima del país vasco, contra los alimentos, y sobre

todo contra las pícaras aguas, que eran, sin género de duda, las peores

del mundo.

—Está usted aquí fuera de su centro—díjole Rafael, que por primera vez

en su vida le hablaba con afabilidad.—No puede usted vivir alejado de

sus queridos negocios.

Oyendo esto, Cruz tuvo una inspiración, y al instante saltó de la

voluntad á la palabra.

—Don Francisco, ¿quiere que nos vayamos mañana?

Tanta sorpresa causó al aburrido negociante la proposición, que no

creyó que su cuñada le hablaba formalmente.

—Usted me busca el genio, Crucita.

—Y la verdad—indicó Rafael;—para lo que hacemos aquí... Fresco no lo

hay; en cambio abundan los mosquitos, y otra casta de alimañas peores,

los amigos importunos y mortificantes.

—Eso es hablar como la Biblia.

—Propongo que salgamos mañana—dijo la hermana mayor con resolución.—Ea,

si don Francisco quiere...

—¡Que si quiero!... Re-Cristo, ¿pues acaso estoy por mi gusto en esta

tierra maldecida... ó por contentamiento de ustedes, y obediencia al

fuero de la puerquísima moda?

—Mañana, sí—repitió el ciego batiendo palmas.

—¿Pero lo dicen de verdad, ó es ganas de marear más?

—De verdad, de verdad.

Y convencido de que no era broma, púsose el tacaño tan gozoso, que sus

ojos relumbraban como las estrellas del cielo.

—¡Conque mañana! No podía usted determinar, Crucita de mi alma, cosa

más de mi agrado, ya estaba yo aquí como _el alma de Garibaldi_,

suspenso y aburrido, mirando al cielo y á la tierra, y acordándome de

mis cosas de Madrid, como se acordaría de la gloria divina, el que,

después de gozarla, se ve enchiquerado en los profundos abismos del

infierno... ¿Con que mañana, Rafaelito? ¡qué gusto! Dispénseme: soy

como un chiquillo á quien dan punto para las vacaciones. Mis vacaciones

son el santo trabajo. No me divierte esta vida boba del campo, ni le

encuentro chiste á la mar salada de San Sebastián; ni estas pamemas del

baño y el paseíto se han hecho para mí. El verde para quien lo coma;

y el campo _natural_ es meramente una tontería. Yo digo que no debe

haber campiñas, sino todo ciudades, todo calles y gente... El mar sea

para las ballenas. ¡Mi Madrid de mi alma!... ¿Con que es de veras que

mañana? Para otro año viene la familia sola, si quiere fresco caro.

Yo á mi calor barato me atengo. Digan lo que quieran, pasado el 15 de

Agosto, se templa Madrid, _maxime_ de noche, y da gusto salir á tomar

la fresca por aquellos altos de Chamberí. Pues digo, ahora que empiezan

los melones y el riquísimo albillo... ¡Cristo! por no hacer ruido y

dejar á Fidela que duerma, no me pongo á hacer el equipaje ahora mismo.

¿Á qué hora pasa el tren de San Sebastián? Á las diez. Pues en cuanto

amanezca pedimos el coche y salimos pitando... No hay que volverse

atrás, Crucita. Usted es la que manda; pero no nos engañe con dedadas

de miel, _vulgo_ promesas, que bien me merezco la realidad de esta

vuelta á Madrid, por la paciencia con que he venido á estas tierras

chirles, sin más _objetivo_ que zarandear á la familia, y darnos tono

¡con cien mil Biblias! tono... Siempre el dichoso _buen tono_, que á mí

me parece un tono muy mal entonado.

Torquemada en el purgatorio · 第 21 / 39 题