—Ten calma, y déjame expresar todo lo que discurro—agregó Rafael
tomando resuello, pues le faltaba el aliento, tanto como á su
hermana.—En conciencia te digo que el caso es perfectamente lógico.
Déjame hablar. El caso es un producto de la vida social, de la
corrupción de las costumbres, del trastorno de la idea moral. Cuando
nuestra hermana se casó, dije yo: «Esto tiene que ser...» y ha sido
tal como lo pensé. Desde este antro obscuro de mi ceguera lo veo todo,
porque pensar es ver, y nada se escapa á mi segura lógica, nada, nada.
Esa deshonra era un hecho forzoso. En casa teníamos todos los elementos
para que surgiera. Naturalmente... ha surgido, sin que nadie pueda
evitarlo... Ya, ya sé lo que vas á decirme.
—No lo sabes, no lo sabes—replicó la dama con acento firme y
altanero.—Lo que tengo que decirte es que nuestra hermana es más pura
que el sol. En ningún caso dudaría de su perfecta, de su absoluta
honradez; menos puedo dudar de ella, viviendo, como vivo, siempre
al lado suyo. Ninguno de sus actos, ni aun sus pensamientos más
recónditos, me son desconocidos. Sé lo que piensa y siente, como sé lo
que siento y pienso yo misma. Y nada, absolutamente nada existe que
pueda servir de fundamento á tan vil especie.
—Te concedo que en el terreno de los hechos no hay motivo para...
—Ni en ningún otro terreno.
—En el de la intención, en el de la voluntad...
—Ni en ese, ni en ningún otro existe la menor sombra de mancha. Fidela
es la pureza misma; quiere y estima á su marido, que en su tosquedad es
muy bueno para ella, y para toda la familia. Que no vuelva yo á oirte
semejante disparate, Rafael, ó no respondo de tratarte con la blandura
que acostumbro usar contigo.
—Bueno, bueno: no te incomodes. Admito que tengas razón en lo que á mi
hermana se refiere. ¿Y me respondes tú de las intenciones de Morentín?
—De eso, ¿cómo he de responder yo? Siempre me ha parecido decente y
delicado.
—Pues yo que le conozco, porque ambos hemos sido compañeros de
aventuras, en tiempos que no han de volver, y que ahora, en el
archivo de mis recuerdos, son una gran enseñanza, yo te aseguro que
la corrupción mansa, la que no se siente, la que devora sin ruido y á
veces sin el escándalo más ligero, anida en su alma. Sin que Morentín
me haya dicho nada, sé que pretende deshonrarnos, que cree segura la
victoria más temprano ó más tarde. Si no se jacta de haber triunfado
ya, tampoco negará honradamente, cuando le feliciten por una conquista
que algunos darán por hecha, todos, todos por probable. ¡Ay! horroriza
el considerar que aunque mi hermana fuese una santa, y Morentín
un modelo de virtudes, el mundo, atento á la composición de este
matrimonio y á la vida ostentosa que lleváis, tendrá siempre por hecho
inconcuso lo que Malibrán ha dicho. Y no puedes ya evitar que corra y
se propague el rumor infamante. Ni conseguirás rectificar lo que tú
crees error... y lo será por el momento.
—Por el momento no, por siempre. ¡También tú...! No parece sino que
tomas partido por los difamadores. Esto es intolerable, Rafael. Se
trata de una calumnia ¿sí ó no? Pues si es calumnia; si la inocencia
de nuestra hermana resplandece como el sol, y antes que dudar de ella
dudaría yo de que existe un Dios justiciero y misericordioso; si ella
es honrada, digo, y los que la calumnian dignos de las penas del
Infierno, la verdad ha de brillar tarde ó temprano, y el mundo ha de
reconocerla y acatarla.
—No la reconocerá. El mundo procede con una lógica que él mismo se
ha creado para juzgar cosas y personas. Te concedo que es una lógica
construída con artificios; pero es... y quítale de la cabeza á la
opinión su infame idea. No puedes, no puedes. Para evitar esto habría
convenido seguir viviendo en la obscuridad modesta, después de esa
malhadada boda. Pero en el torbellino de la sociedad, en medio de este
boato, cultivando las relaciones antiguas y buscando otras nuevas,
no hay medio de sustraerse á la atmósfera total, querida hermana.
La atmósfera total nos envuelve: en ella flotan los placeres, las
satisfacciones de la vanidad; flota también el veneno, el microscópico
bacillus que nos mata, en medio de tantas alegrías. Mujer joven y
guapa, sensible, rodeada de lisonjas, sin ocupaciones domésticas;
marido viejo y ridículo, brutalmente egoísta y en absoluto desprovisto
de todo atractivo personal... ya se sabe... saca la consecuencia.
Si no es, tiene que ser. El mundo lo sanciona antes que suceda, y
lo autoriza, y hasta parece que lo decreta, como si hubiera, en esa
constitución oculta de las conciencias del día, un artículo que
expresamente lo mandara. Esto lo he visto yo hace tiempo; éste fué
uno de los inconvenientes más graves que ví en la boda de mi hermana.
Ahora, sufrir y callar.
—No, yo no sufro ni callo—replicó Cruz sobreponiéndose á la turbación
que aquel asunto le causaba.—Yo desprecio la calumnia. Dios quiera que
á los oídos de Fidela no llegue jamás; pero si llegara, la despreciará
como yo, y como tú... Te prohibo hablar de esto; es más, te prohibo
pensar...
—¡Pensar! ¡Prohibirme pensar! Eso sí que no puede ser. No pienso en
otra cosa. Es lo único en que puedo ocuparme, y si no fuera por el
trabajar de la mente, ¿con qué mataría yo, pobre ciego, el fastidio de
la obscuridad? Te prometo revelarte todo lo que vaya descubriendo.
—No, no descubrirás, no podrás descubrir nada—dijo la dama nerviosa y
con ganas de reñir.—Y cuanto discurras será obra exclusivamente tuya,
de tu pobrecita mente aburrida, holgazana, traviesa. Te lo prohibo,
Rafael; sí, te prohibo pensar en eso.»
Sonreía el ciego sin articular sílaba, y su hermana suspiraba,
masticando las frases dichas anteriormente, y otras que intentó decir,
quedándose con la primera palabra en la boca. Así transcurrió un
mediano rato, y ya iban á romper los dos con nuevos argumentos, cuando
oyeron ruido en las habitaciones altas, donde el matrimonio dormía, y á
poco sintieron el paso grave de D. Francisco bajando la escalera. Salió
Cruz á su encuentro, temerosa de que ocurriese alguna novedad, pero él
la tranquilizó diciéndole:
—No es nada. Fidela duerme como una bendita, pero yo con _la_ calor
y un infame mosquito que me ha estado dando murga toda la noche, no
he podido pegar los ojos, hasta que al fin, cansado del ardor de las
sábanas, me bajo á tomar el fresco en el jardín.
—La noche está pesada y bochornosa; cosa muy rara en este país—observó
Cruz.—Mañana habrá tormenta y refrescará el tiempo.
—¡Vaya una noche!—murmuró el tacaño.—¡Y para esto abandona uno aquel
Madrid tan cómodo...!
Salió al jardín en mangas de camisa, con un chaquetón sobre los
hombros, la gorra de seda en la coronilla. Desde la ventana en que
los dos hermanos se hallaban silenciosos, respirando el aire tibio,
aromatizado por las madreselvas, veían pasar el sombrajo negro de
D. Francisco que se paseaba lentamente, y oían su tosesilla, y el
rechinar del menudo guijo bajo su planta procerosa.
La noche era toda calma, tibieza y solemne poesía. El aire inmóvil y
como embriagado con la fragancia campesina, dormitaba entre las hojas
de los árboles, moviéndolas apenas con su tenue respiración. El cielo
profundo, sin luna y sin nubes, se alumbraba con el fulgor plateado
de las estrellas. En la obscura frondosidad de la tierra, arboledas,
prados, huertas y jardines, los grillos rasgaban el apacible silencio
con el chirrido metálico de sus alas, y el sapo dejaba oir, con ritmo
melancólico, el son aflautado que parece marcar la cadencia grave del
péndulo de la eternidad. Ninguna otra voz, fuera de éstas, sonaba en
cielo y tierra.
Largo tiempo estuvieron Cruz y Rafael contemplando las sombras del
jardín, y la figura de D. Francisco que iba y venía, también con
mesurado ritmo, de un extremo á otro, pasando y repasando como ánima
de pecador insepulto que viene á pedir que le entierren. Movida de
un estado particularísimo de su ánimo, y por efecto también quizás
de la serenidad poética de la noche, Cruz sintió pena intensísima
ante aquel hombre, abrumado por la nostalgia. Consideró que si por
él había salido de la espantosa miseria la noble familia del Águila,
ésta debía corresponderle dándole la felicidad que merecía. Y en vez
de procurarlo así, la directora del cotarro le contrariaba llevándole
á grandezas sociales que repugnaban á sus hábitos y á su carácter.
¿No era más humano y generoso dejarle cultivar su tacañería, y que en
ella se gozara, como el reptil en la humedad fangosa? Porque, á mayor
abundamiento, el pobre hombre, sacado de su natural esfera, sufría
los mordiscos de la calumnia, y si dejaba de ser ridículo en una
forma, lo era en otra. ¿No tenía ella la culpa de todo, por meterse á
encumbradora de gente baja, y por querer hacer de un zafio un caballero
y un prohombre? Este remusguillo de su conciencia, y la compasión
vivísima que hacia su hermano político sintió en aquella hora solemne
de la noche de verano, moviéronla á dirigirle palabras afectuosas.
Echando su cuerpo fuera de la ventana, le dijo:
—¿No teme usted, D. Francisco, que el sereno le haga daño? No hay que
fiarse mucho de los calores de esta tierra.
—Estoy bien—replicó el tacaño, aproximándose á la ventana.
—Me parece que ha salido usted con poco abrigo. Por Dios, no nos coja
usted un reuma, ó un catarro fuerte.
—Pierda cuidado. Tendría que ver que por huir de aquel calorcito de
Madrid, tan agradable, y, por más que digan, higiénico, viniese uno á
enfermar en los calores húmedos de esta tierra, tan sumamente acuática.
—Vale más que entre usted aquí, y nos acompañaremos los tres hasta que
tengamos sueño.
Rafael se aproximó también á la ventana. En aquel instante, como si
los sentimientos de Cruz se le comunicaran por misterio magnético,
sintió asimismo lástima del hombre que odiaba.
—Entre, D. Francisco—le dijo, pensando que la ilustre familia
hambrienta había engañado á su favorecedor, utilizándole para
redimirse, y que después de sacarle de su elemento para hacerle
infeliz, le cubría de una ridiculez más grave que la que él había
echado sobre ella. Entráronle deseos de reconciliarse con el bárbaro,
guardando siempre la distancia, y de devolverle en forma de amistad
compasiva la protección material que de él recibía.
Como ambos hermanos insistieran en llevarle á su lado, no pudo ser
insensible el tacaño á estas demostraciones de afecto, y entró, echando
peste contra el clima del país vasco, contra los alimentos, y sobre
todo contra las pícaras aguas, que eran, sin género de duda, las peores
del mundo.
—Está usted aquí fuera de su centro—díjole Rafael, que por primera vez
en su vida le hablaba con afabilidad.—No puede usted vivir alejado de
sus queridos negocios.
Oyendo esto, Cruz tuvo una inspiración, y al instante saltó de la
voluntad á la palabra.
—Don Francisco, ¿quiere que nos vayamos mañana?
Tanta sorpresa causó al aburrido negociante la proposición, que no
creyó que su cuñada le hablaba formalmente.
—Usted me busca el genio, Crucita.
—Y la verdad—indicó Rafael;—para lo que hacemos aquí... Fresco no lo
hay; en cambio abundan los mosquitos, y otra casta de alimañas peores,
los amigos importunos y mortificantes.
—Eso es hablar como la Biblia.
—Propongo que salgamos mañana—dijo la hermana mayor con resolución.—Ea,
si don Francisco quiere...
—¡Que si quiero!... Re-Cristo, ¿pues acaso estoy por mi gusto en esta
tierra maldecida... ó por contentamiento de ustedes, y obediencia al
fuero de la puerquísima moda?
—Mañana, sí—repitió el ciego batiendo palmas.
—¿Pero lo dicen de verdad, ó es ganas de marear más?
—De verdad, de verdad.
Y convencido de que no era broma, púsose el tacaño tan gozoso, que sus
ojos relumbraban como las estrellas del cielo.
—¡Conque mañana! No podía usted determinar, Crucita de mi alma, cosa
más de mi agrado, ya estaba yo aquí como _el alma de Garibaldi_,
suspenso y aburrido, mirando al cielo y á la tierra, y acordándome de
mis cosas de Madrid, como se acordaría de la gloria divina, el que,
después de gozarla, se ve enchiquerado en los profundos abismos del
infierno... ¿Con que mañana, Rafaelito? ¡qué gusto! Dispénseme: soy
como un chiquillo á quien dan punto para las vacaciones. Mis vacaciones
son el santo trabajo. No me divierte esta vida boba del campo, ni le
encuentro chiste á la mar salada de San Sebastián; ni estas pamemas del
baño y el paseíto se han hecho para mí. El verde para quien lo coma;
y el campo _natural_ es meramente una tontería. Yo digo que no debe
haber campiñas, sino todo ciudades, todo calles y gente... El mar sea
para las ballenas. ¡Mi Madrid de mi alma!... ¿Con que es de veras que
mañana? Para otro año viene la familia sola, si quiere fresco caro.
Yo á mi calor barato me atengo. Digan lo que quieran, pasado el 15 de
Agosto, se templa Madrid, _maxime_ de noche, y da gusto salir á tomar
la fresca por aquellos altos de Chamberí. Pues digo, ahora que empiezan
los melones y el riquísimo albillo... ¡Cristo! por no hacer ruido y
dejar á Fidela que duerma, no me pongo á hacer el equipaje ahora mismo.
¿Á qué hora pasa el tren de San Sebastián? Á las diez. Pues en cuanto
amanezca pedimos el coche y salimos pitando... No hay que volverse
atrás, Crucita. Usted es la que manda; pero no nos engañe con dedadas
de miel, _vulgo_ promesas, que bien me merezco la realidad de esta
vuelta á Madrid, por la paciencia con que he venido á estas tierras
chirles, sin más _objetivo_ que zarandear á la familia, y darnos tono
¡con cien mil Biblias! tono... Siempre el dichoso _buen tono_, que á mí
me parece un tono muy mal entonado.