Aproximábase el verano, y no hubo más remedio que pensar en trasladarse
á algún sitio fresco, por lo menos durante la canícula. Nueva
batalla dada por Cruz, en la cual halló al enemigo más resistente y
envalentonado que de costumbre.
—El verano—decía D. Francisco,—es la estación _por escelencia_
en Madrid. Yo lo he pasado aquí toda mi vida, y me ha _pintado_
perfectamente. Nunca se encuentra uno más á gusto que en Julio y
Agosto, libre de catarros, comiendo bien, durmiendo mejor...
—De usted nada digo—objetó la dama,—porque entre los muchos dones con
que le agració la divina Providencia, tiene también el de una salud á
prueba de temperaturas extremadas. Tampoco lo digo por mí, que á todo
me avengo. Pero Fidela no puede pasar aquí los meses de verano, y es
usted un bárbaro si lo consiente.
—También á mi pobre Silvia, que de Dios goce, la molestaba el
_calórico_, sobre todo cuando se hallaba en meses mayores, y aquí nos
aguantábamos. Con el botijo siempre fresco, los balcones cerrados
durante el día, y un corto paseíto á las diez de la noche, lo pasábamos
tan ricamente... No hay que pensar en veraneo, señora. Con todo
transijo menos con esa _inveterada_ pamplina de los baños de mar ó de
río, que son el _gravamen_ de tantas familias. En Madrid todo el mundo,
que en Madrid tengo yo que estarme hecho un caballero, para organizar
esta tracamundana del tabaco, que, entre paréntesis, me parece no es
negocio tan claro como al principio me lo pintaron sus amigos de usted.
Y no se hable más del asunto. Ahora sí que no cedo. Con que... tilín...
se levanta la sesión.
Resuelta á que el viaje se realizara, Cruz no insistió aquel día; pero
al siguiente, bien aleccionada Fidela, el baluarte de la avaricia de
don Francisco fué atacado con fuerzas tan descomunales, que al fin no
tuvo más remedio que rendirse.
—Muy á disgusto—dijo el tacaño mordiéndose los pelos del bigote,
y echándoselas de víctima,—cedo, porque Fidela esté contenta. Pero
tengamos juicio. No saldremos más que veinte ó treinta días, ¡cuidado!
Y todo ello, señora mía, ha de hacerse con el menor dispendio posible.
No estamos para echarlas de príncipes. Viajaremos en segunda...
—¡Pero D. Francisco...!
—En segunda, con billete de ida y vuelta.
—Eso no puede ser. Vaya, tendré que coger el bastón de mando...
¡En segunda! No se puede tolerar que así olvide usted el decoro de
su nombre. Déjeme á mí todo lo concerniente al viaje. No iremos á
San Sebastián, ni á Biarritz, lugares de ostentación y farsa; nos
instalaremos modestamente en una casita de Hernani... Ya la tengo
apalabrada.
—¡Ah! ¿usted, por sí y ante sí, había dispuesto...?
—Por mí y ante mí. Y todo eso, y aún mucho más, que callo ahora, tiene
usted que agradecerme. Con que chitón...
—Es que...
—Digo que no se hable más del asunto, y que yo me encargo de todo...
Ya... por usted iríamos en la perrera. Bonita manera de corresponder á
la opinión, que ve en usted...
—¿Qué ve, qué puede ver en mí, ¡_ñales_ en polvo!, más que un
desgraciado, un mártir de las ideas altanerísimas de usted, un hombre
que está aquí prisionero, con grillos y esposas, y que no puede vivir
en su elemento, ó sea el ahorro... la _mera_ economía del ochavo, que
se gana con el santo sudor?...
—¡Hipócrita... comediante! Si no gasta ni el décimo de lo que
gana—contestó la autócrata con brío.—Si ha de gastar más, muchísimo
más. Váyase preparando, pues he de ser implacable.
—Máteme usted de una vez... pues soy tan bobo, que no sé resistirle, y
me dejo desnudar, y dar azotes, y desollar vivo.
—Si ahora empezamos. Y le participo que sus hijos saldrán á mí, quiero
decir, que saldrán á su madre. Serán Águilas, y tendrán todo mi sér, y
mis pensamientos...
—¡Mi hijo ser Águila...!—exclamó Torquemada fuera de sí.—¡Mi hijo
pensar como usted... mi hijo desbalijándome!... ¡Oh! señora, déjeme en
paz, y no pronuncie talas herejías, porque no sé... soy capaz de... Que
me deje le digo... Esto es demasiado... Me ciego, se me sube la sangre
á la cabeza.
—¡Qué tonto!... ¿Pues qué más puede desear?—dijo la dama, mirándole
risueña y maleante desde la puerta.—Águila será... Águila neto. Lo
hemos de ver... lo hemos de ver.
Por todo pasaba D. Francisco menos porque se creyera que su hijo
presunto había de ser otro que el mismo Valentín, reencarnado, y
vuelto al mundo en su prístina forma y carácter, tan juicioso, tan
modosito, con todo el talento del mundo para las matemáticas. Y tan
á pechos lo tomaba el muy simple, que si Cruz hubiera insistido en
aquella broma, de fijo se habría desvanecido el sortilegio que
subordinaba una voluntad á otra, y recobrada la libertad, el tacaño
habría puesto su mano vengativa en la tirana que le atormentaba.
Volvíase tarumba con semejante idea. ¡Su hijo, su Valentín ser Águila,
en vez del Torquemadita fino que andaba por los ámbitos de la Gloria,
esperando su nueva salida al mundo de los vivos! No, hasta ahí podían
llegar las bromas. Pasóse toda aquella tarde sumergido en tristes
meditaciones sobre aquel caso, y por la noche, después de trabajar á
solas en su despacho del segundo, se metió en el gabinete reservado
del mismo piso, donde conservaba el bargueño de marras, y sobre él
la imagen fotográfica del chico, aunque ya despojado totalmente de
las apariencias de altarucho. Paseándose de un ángulo á otro de la
estancia, dió el usurero todas las vueltas y contorsiones imaginables á
la idea en mal hora expresada por su hermana política.
—¡Vaya, que decir que tú serás Águila! ¿Has visto que insolencia?
Miró al retrato fijamente, y el retrato callaba, es decir, su carita
compungida no expresaba más que una preocupación muda y discreta. Desde
que se acentuó el engrandecimiento social y financiero de su papá,
Valentinico hablaba poco, y por lo común no respondía más que sí y no
á las preguntas de D. Francisco. Verdad que éste no pasaba las noches
en aquella estancia luchando con el insomnio rebelde, ó con la fiebre
numérica.
—¿No oyes lo que te digo? Que serás Águila. ¿Verdad que no? (_Creyendo
ver en el retrato una ligera indicación negativa._) Claro: lo que yo
decía. Es un desatino lo que piensa esa buena señora.
Volvió á su despacho, y estuvo haciendo cuentas más de media hora,
recalentándose el cerebro. De pronto, los números que ante sí tenía
empezaron á voltear en espantoso vórtice, que los hacía ilegibles, y de
en medio de aquel polvo que giraba como á impulso de un huracán, saltó
Valentinito dando zapatetas, y encarándose con el autor de sus días
(todo esto en el centro del papel), le dijo: «Papá, yo quiero _dir_ en
ferrocarril...»
Luchó el buen señor un instante con aquella juguetona imagen, y la
desvaneció al fin pasándose la mano por los ojos y echando hacia
atrás su pesada cabeza. El ordenanza se le acercó para decirle que
las señoras, sentadas ya en la mesa, le aguardaban para comer. Gruñó
Torquemada al oir afirmar al sirviente que ya le había llamado tres
veces, y al fin desperezóse, y con paso y actitudes de embriaguez
bajó al principal por la escalera de servicio que al objeto se había
construído. Por el camino iba diciendo: «Que quiere correrla en
ferrocarril... ¡Bah! gaterías de su madre... Todavía no ha nacido, y ya
me lo están echando á perder.»
V
Todo Mayo y parte de Junio dedicólos don Francisco con alma y vida á la
Sociedad formada para la explotación del negocio de la contrata, y con
ayuda de Donoso, emulando los dos en actividad é inteligencia, armaron
toda la maquinaria administrativa, la cual, si respondía en los hechos
á su perfecto organismo, había de marchar como una seda. Á Torquemada
correspondía la alta gerencia del negocio, como principal capitalista.
Donoso se encargaba de las relaciones de la Sociedad con el Estado,
y de toda gestión oficinesca. Taramundi corría con las compras del
artículo en Puerto Rico, y Serrano en los Estados Unidos, donde tenía
un primo establecido, con casa de comisión, en Brooklyn.
Convinieron en que todo funcionaría ordenadamente antes de partir para
el veraneo, pues en Diciembre debía hacerse la primera entrega de
_boliche_ y en Febrero la de _Virginia_. El suministro de ambas _hojas_
les fué adjudicado, por formal contrata, en Mayo, no sin protesta
de otros tales, que hicieron ó creían haber hecho á la Hacienda
proposición más ventajosa; pero como eran gentes desacreditadas y de
antecedentes deplorables en aquel _fregado_, á nadie sorprendió que el
ministro les postergara, agarrándose á no sé qué triquiñuelas de la
ley. Puestas de acuerdo en todo las cuatro principales fichas de aquel
juego, pues aunque había otros partícipes, no tocaban un pito en la
gestión, por ser de poca monta el capital impuesto, ya no había más que
trabajar como fieras, á fin de que el negocio saliese redondo y limpio.
En los días que precedieron á la expedición veraniega, Torquemada y
D. Juan Gualberto Serrano se entendieron á solas en algunos puntos
referentes á las compras de rama en los Estados Unidos, y ello quedó
entre los dos, sin dar conocimiento á Donoso ni á Taramundi. Era que
don Francisco, con su instintivo conocimiento de la humanidad, _bajo
el aspecto del toma y daca_, vió desde el primer instante en qué
consistía el resorte maestro de aquel arbitrio, comprendiendo que de
proceder de esta ó de la otra manera, dependía que el _líquido_ fuese
simplemente bueno, ó que resultase tal que podrían meter el brazo hasta
más arriba del codo. Apenas hubo el tacaño propulsado la voluntad de D.
Juan Gualberto, éste respondió con cuatro palabras, que querían decir:
«aquí está el hombre que se necesita.» Y con estas impresiones, Serrano
se fué á Londres, donde debía avistarse con su primo, y Torquemada
partió para Hernani con la familia. La de Taramundi se instaló en San
Sebastián. Donoso no salía de Madrid, porque su señora, en quien se
había complicado enormemente la caterva de males, no podía moverse, ni
había para qué, pues en ninguna parte había de encontrar alivio.
¡Ay, Dios mío, qué aburrimiento el de Torquemada en las Provincias,
y qué destemplado humor gastaba, siempre disputando con _ellas_ por
quítame allá esas pajas, renegando de todo, encontrando malas las
aguas, desabridos los alimentos, cargantes las personas, horrible el
cielo, dañino el aire! Su centro era Madrid: fuera de aquel Madrid en
que había vivido los mejores años de su vida y ganado tanto dinero, no
se encontraba el hombre. Echaba de menos su Puerta del Sol, sus calles
del Carmen, de Tudescos, y Callejón del Perro; su agua del Lozoya,
su clima variable, días de fuego y noches de hielo. La nostalgia le
consumía, y el verse imposibilitado de correr tras el fugaz ochavo,
de dar órdenes á éste y al otro agente. Aborrecía el descanso; su
naturaleza exigía la preocupación contínua del negocio, y los infinitos
trajines que trae consigo, la misma ansiedad azarosa, la rabia de
perder, la tristeza de ganar poco, el delirio de la ganancia pingüe.
Contaba los días que iban pasando de aquel suplicio á que le habían
traído sus malditas consortes; abominaba de la sociedad ociosa que le
rodeaba, tanto vago insubstancial, tanta gente que no piensa más que
en arruinarse. Para él, el colmo del despilfarro era dar dinero á los
fondistas y posaderos, ó á los grandes gandules que agarran en el baño
á las señoras para que no se ahoguen. San Sebastián le causaba horror:
todo era un saqueo contínuo, y mil tramoyas para desbalijar á los
madrileños que iban á gastar en dos meses las rentas de un año. Tres
días le tuvieron allí Fidela y Cruz, y poco le faltó para caer enfermo
de tristeza y repugnancia.
En Hernani se paseaba solo, armando en su magín todo el tinglado de
números que constituía el negocio tabaquil, y otros en embrión, como
el del arreglo de la arruinada casa de Gravelinas con sus acreedores.
Fidela, que conocía lo mal que pintaba á su esposo la _villeggiatura_,
quiso abreviar ésta; pero se opuso Cruz, porque á Rafael le probaba
muy bien el clima del Norte, y desde que vivía en Hernani no se habían
repetido los trastornos cerebrales de marras. Dividíase la familia
en dos parejas: Cruz paseaba con el ciego, Fidela con su esposo, y
procuraba distraerle haciéndole fijar la atención en las bellezas del
campo y del paisaje. No era insensible el bárbaro á la bondad ni á los
mimos de su esposa, y algunos ratos pasaba placenteros charlando con
ella á lo largo de praderas y bosques. Pero en aquel divagar indolente,
Torquemada, como el desterrado que sólo piensa en la patria, no hablaba
de cosa alguna sin que salieran á relucir Madrid y los malditos
negocios. Alegrábase Fidela de verle en tal terreno, y con infantil
travesura repetía:
—Sí, Tor, tienes que ganar muchísimo dinero, pero muchísimo, y yo te lo
guardaré.
Tanto machacó en esta idea, que D. Francisco hubo de espontanearse
con su mujer, cual nunca lo había hecho, declarándole cuanto sentía y
pensaba, y las causas de sus goces como de sus pesadumbres. Empezó por
manifestarse satisfecho del trato de la suerte, porque sus ganancias
crecían como la espuma. ¿Pero de qué le valía esto, si la familia
se había puesto en un pie de boato que imposibilitaba el ahorro?
Cada lunes y cada martes se traía Cruz alguna nueva tarantaina para
derrochar el dinero. ¿Á qué detallar _aquella serie no interrumpida_
de locuras, si ya Fidela las conocía? Él no servía para vivir
entre magnificencias, aunque al fin á ellas por la fuerza de las
circunstancias se amoldaba. Su _bello ideal_ era emplear de nuevo sus
considerables ganancias, reservando sólo una parte mínima para el gasto
diario. Ver entrar el dinero á carretadas, y verle salir á espuertas le
taladraba el corazón, y le llenaba la cabeza de pensamientos sombríos
y pesimistas. Entre él y Cruz se había entablado una lucha á muerte;
reconocíase muy inferior á ella por los recursos de la inteligencia
y por la palabra, pero se creía, en aquel caso, cargado de razón. Lo
peor de todo era que Crucita le dominaba y sabía imponerle su criterio
económico, metiéndole en un puño cada vez que _ponía sobre el tapete_
la cuestión de un nuevo dispendio. Él se retorcía de rabia, como
el demonio que pintan á los pies de San Miguel, y la muy indina le
aplastaba la cabeza, y hacía su santísima voluntad con el dinero de él.
En suma, que se tenía por muy desgraciado, y con aquellas amarguras,
hasta para alegrarse de ser padre _en su día_, le faltaban ánimos.
Mostróse Fidela reservada en la contestación, asegurando que por su
parte no le importaba vivir en la mayor modestia y obscuridad; pero
puesto que Cruz disponía las cosas de otro modo, sus razones tendría
para ello.
—Sabe más que nosotros, querido Tor, y lo mejor es dejarla hacer lo que
quiera. Para tus mismos negocios te conviene respirar una atmósfera
de esplendidez. Con franqueza, Tor: ¿habrías ganado lo que has ganado
viviendo como un miserable en la calle de San Blas? ¡Si cada duro que
te gasta mi hermana es para traerte luego veinte! Y, sobre todo, esa
que llamas tirana, sabe más que Merlín, y á su despotismo debemos,
primero, haber salido con vida de aquella pobreza ignominiosa; después,
el hallarnos en plena abundancia, y tú hecho un hombre de peso. No seas
tontín, cierra los ojos, y sométete á cuanto te diga y proponga mi
hermana.
En todo esto y en algo más que dijo, se revelaba el respeto casi
supersticioso á la autoridad de Cruz, y la imposibilidad de rebelarse
contra cualquiera cosa grande ó pequeña que dispusiera el autócrata
de la familia. Suspiró Torquemada oyéndola, y pensaba con hondo
desaliento que su mujer no le ayudaría en ningún caso á sacudir el
yugo. Una ligera indicación de esto bastó para que Fidela expresara
la negativa con infantil temor. ¡Oponerse ella á los juicios y á las
determinaciones de su hermana! Antes saldría el sol por Occidente:
—No, no, Tor, quien manda manda. Vuelvo á decirte que todo eso que te
contraría es lo que te conviene, y nos conviene á todos.
De queja en queja, el usurero fué á parar á otra idea que también le
atormentaba. Antes de expresarla, vaciló un rato, temeroso de que su
mujer la acogiera con risas. Pero al fin, se lanzó á la espontaneidad
más delicada:
—Mira, Fidela, cada uno tiene su aquel y su _ideasingracia_, como
dice el amigo Zárate, y yo te aseguro que no quiero que mi hijo salga
Águila. Bien sé que Cruz beberá los vientos porque el niño sea como
vosotras, como ella, gastadorcillo, pinturero, y con muchos humos de
aristocracia pródiga. Pero más quiero que no nazca si ha de nacer así.
Por supuesto, yo tengo para mí que os engañáis las dos si esperáis que
el nuevo Valentín saque uñas y pico de vuestra raza, pues me da el
corazón que será Torquemada de lo fino, es decir, el auténtico Valentín
de antes en cuerpo y alma, con el propio despejo y la pinta mismísima
de la otra vez.