III

No por móviles de vanidad insubstancial apetecía Cruz del Águila las

grandezas de la vida aristocrática, sino por estímulos de ambición

noble, pues quería rodear de prestigio y honor al hombre obscuro que

sacado había de la miseria á las ilustres damas. Para sí misma en

realidad nada ambicionaba; pero la familia debía recobrar su rango, y

si era posible, aspirar á posición más alta que la de otros tiempos, á

fin de confundir á los envidiosos que comentaban con groseras burlas

aquella resurrección social. Procedía Cruz en esto con orgullo de

raza, como quien mira por la dignidad de los suyos, y también con un

sentimiento de alta venganza contra parientes aborrecidos, que después

de haberles negado auxilio en la época de penuria, trataban de arrojar

sobre ella y su hermana todo el ridículo del mundo por la boda con el

prestamista. Enalteciendo á éste, y haciéndole de hombre persona, y de

persona personaje, y de personaje eminencia, iban ganando la partida,

y los dardos de maledicencia se volvían contra los mismos que los

lanzaban.

Cuando se hizo público el casorio, naturalmente, hubo los comentarios

de rigor entre los que habían sido amigos de las Águilas, y entre su

parentela, residente en Madrid y en provincias. No faltó, quien pasada

la primera impresión, comentara el caso con benevolencia; no faltó

tampoco quien lo tomara en cómico, buscándole el lado sainetesco, y

los más implacables fueron la dichosa prima, Pilar de la Torre Auñón y

su marido Pepe Romero, con quienes de muy antiguo venían en relaciones

agrias Fidela y Cruz, por piques de familia, que tomaron carácter de

odio legendario, cuando el tal Romero se encargó de la administración

judicial de las dos fincas cordobesas, el Salto y la Alberquilla.

Pues digo, al saber que Torquemada rescataba las fincas, poniéndolas

en las condiciones más favorables para el caso probable de que el

Tribunal Contencioso las devolviese á sus dueños, los Romeros cogían el

cielo con las manos, y allí fué el vomitar cuchufletas de mal gusto

sobre las desgraciadas señoras. Debe añadirse que el marido de Pilar

de la Torre Auñón tenía dos hermanos, casado el uno con la sobrina

del marqués de Cícero, y el otro con una hermana de la marquesa de

San Salomó. Eran parientes, además, del conde de Monte-Cármenes, de

Severiano Rodríguez y de D. Carlos de Cisneros. Pepe Romero y Pilar de

la Torre vivían en Córdoba, pero pasaban en Madrid, en compañía de los

otros Romeros, los meses de otoño, y á veces parte del invierno. Ya se

comprende que de la casa en que toda esta casta de Romeros se juntaba,

salían los dardos envenenados contra las pobres Águilas, y contra el

ganso que las había librado de la miseria.

Como Madrid, aunque medianamente populoso, es pequeño para la

circulación de las especies infamantes, todo se sabía, y no faltaban

amigas oficiosas que le llevasen á Cruz, una por una, cuantas

maledicencias se forjaban en las tertulias romeriles. Y en éstas no

faltó quien conociese de vista ó de oídas á Torquemada _el Peor_,

célebre en ciertas zonas malsanas y sombrías de la sociedad. Villalonga

y Severiano Rodríguez, que tenían de él noticias por su desgraciado

amigo Federico Viera, pintáronle como un usurero de sainete, como

un sér grotesco y lúgubre, que bebía sangre y olía mal. Quién decía

que la altanera y egoísta Cruz había sacrificado á su pobre hermana,

vendiéndola por un plato de sopas de ajo; quién que las dos señoras,

asociadas con aquel siniestro tipo, pensaban establecer una casa de

préstamos en la calle de la Montera. Lo más singular fué que cuando

Torquemada, ya en los meses de Febrero y Marzo, pisó las tablas

del _mundo grande_, y le vieron y le trataron muchos que le habían

despellejado de lo lindo, no le encontraban ni tan grotesco ni tan

horrible como la leyenda le pintó, y esta opinión daba lugar á grandes

polémicas sobre la autenticidad del tipo. «No, no puede ser aquel

Torquemada de los barrios del Sur—decían algunos.—Es otro, ó hay que

creer en las reencarnaciones.»

Á medida que D. Francisco se iba haciendo hueco en la sociedad, las

murmuraciones perdían su acritud ó se acallaban mansamente, porque el

tacaño ganaba poco á poco partidarios y aun admiradores. Pero siempre

subsistía un foco de chismes de mala ley, el círculo íntimo de los

Romeros, que no perdonaban, ni perdonarían jamás, toda vez que la

orgullosa Cruz les tiraba al degüello siempre que les cogía en buena

disposición.

Véase por qué la altiva señora trataba, por todos los medios, de

ennoblecer al que era su hechura y su obra maestra, al rústico

urbanizado, al salvaje convertido en persona, al vampiro de los pobres

hecho financiero de tomo y lomo, tan decentón y aparatoso como otro

cualquiera de los que chupan la sangre incolora del Estado y la azul de

los ricos.

¡Y qué cosas decían de él y de ellas los Romeros, aun después de que

D. Francisco se hubo conquistado el aprecio superficial de mucha

gente, que no ve más que lo externo! Que todo el dinero que tenía era

producto de la rapiña más infame, y de la usura cruel... Que había

llenado de suicidas los cementerios de Madrid... Que cuantos se tiraban

por el Viaducto pronunciaban su execrable nombre en el momento de dar

la voltereta... Que Cruz del Águila se dedicaba también al préstamo

sobre ropas en buen uso, y que tenía toda la casa llena de capas...

Que el hombre no había renunciado á sus hábitos de miseria, y que á

las dos pobres Águilas las mantenía con lentejas y sangre frita...

Que todas las alhajas que Fidela lucía eran empeñadas... Que Cruz le

hacía las levitas á D. Francisco, aprovechando ropas de muertos, que

volvía del revés... Que en casi todos los puestos del Rastro tenía Cruz

participación, y comerciaba en calzado viejo y muebles desvencijados...

Que Fidela, cuya inocencia rayaba en la imbecilidad, desconocía los

antecedentes de aquel gaznápiro que por marido le habían dado... Que

simple y todo como era, se permitía el lujo de tres ó cuatro amantes,

á ciencia y paciencia de su hermana, los cuales eran Morentín, Donoso

(con sus sesenta años), Manolo Infante, y un tal Argüelles Mora,

grotesco tipo de caballero de Felipe IV, y tenedor de libros en el

escritorio de Torquemada. Zárate y el lacayito Pinto se entendían con

la hermana mayor... Que ésta le cortaba las uñas á D. Francisco, le

lavaba la cara, le arreglaba el cuello de la camisa antes de echarle

á la calle, para que sacase un buen ver, y le enseñaba la manera de

saludar, instruyéndole en todo lo que había que decir, según los

casos... Que á la chita callando, entre Cruz y el usurero habían

desbalijado á varias familias nobles, un poco apuradas, prestándoles

dinero á doscientos cuarenta por ciento... Que Cruz recogía las

colillas de los que fumaban en su casa, para mandarlas al Rastro en

un costal muy grande, así como juntaba también los mendrugos de pan,

para venderlos á unos que hacían chocolate de dos reales y medio...

Que Fidela vestía muñecas por encargo de las tiendas de juguetes, y

que al pobre Rafael no le daban de alimento más que puches, y un plato

de menestra por las noches... Que el ciego había puesto debajo de la

cama del matrimonio un cartucho de dinamita, ó de pólvora, el cual fué

descubierto con la mecha ya encendida... Que la primogénita del Águila,

entre otros negocios sucios, tenía parte en un corral de basuras de

Cuatro Caminos, y _llevaba_ la mitad en los cerdos y gallinas... Que

Torquemada compraba abonarés de Cuba á tres y medio por ciento de su

valor, y que era el socio capitalista de una compañía de estafadores,

disfrazada con la razón social de _Redención de quintos, y Sustitutos

de Ultramar_.

Todo esto iba llegando á los oídos de Cruz, que si se indignaba al

principio, pasando malísimos ratos y derramando algunas lágrimas, por

fin llegó á tomarlo con calma filosófica; y cuando D. Francisco salió

á la esfera del mundo con su levita inglesa, sus modales algo sueltos,

su habla corriente y su personalidad rodeada de ciertos respetos,

codeándose al fin con ministros y señorones, concluyó la dama por tomar

á risa los desahogos de sus parientes. Pero mientras mayor desprecio

le inspiraba maldad tan estúpida, más gana sentía de hacerles polvo, y

de pasarles por los hocicos la opulencia verídica de las resucitadas

Águilas, y el prestigio claro del _opulento capitalista_; que así le

nombraba ya la lisonja. Ellos á morder y ella siempre á levantarse,

mejor dicho, á levantar el figurón que les daba sombra, hasta erigir

con él inmensa torre, desde la cual pudieran las Águilas mirar á los

Romeros como miserables gusanillos arrastrando sus babas por el suelo.

Torquemada en el purgatorio · 第 18 / 39 题