No por móviles de vanidad insubstancial apetecía Cruz del Águila las
grandezas de la vida aristocrática, sino por estímulos de ambición
noble, pues quería rodear de prestigio y honor al hombre obscuro que
sacado había de la miseria á las ilustres damas. Para sí misma en
realidad nada ambicionaba; pero la familia debía recobrar su rango, y
si era posible, aspirar á posición más alta que la de otros tiempos, á
fin de confundir á los envidiosos que comentaban con groseras burlas
aquella resurrección social. Procedía Cruz en esto con orgullo de
raza, como quien mira por la dignidad de los suyos, y también con un
sentimiento de alta venganza contra parientes aborrecidos, que después
de haberles negado auxilio en la época de penuria, trataban de arrojar
sobre ella y su hermana todo el ridículo del mundo por la boda con el
prestamista. Enalteciendo á éste, y haciéndole de hombre persona, y de
persona personaje, y de personaje eminencia, iban ganando la partida,
y los dardos de maledicencia se volvían contra los mismos que los
lanzaban.
Cuando se hizo público el casorio, naturalmente, hubo los comentarios
de rigor entre los que habían sido amigos de las Águilas, y entre su
parentela, residente en Madrid y en provincias. No faltó, quien pasada
la primera impresión, comentara el caso con benevolencia; no faltó
tampoco quien lo tomara en cómico, buscándole el lado sainetesco, y
los más implacables fueron la dichosa prima, Pilar de la Torre Auñón y
su marido Pepe Romero, con quienes de muy antiguo venían en relaciones
agrias Fidela y Cruz, por piques de familia, que tomaron carácter de
odio legendario, cuando el tal Romero se encargó de la administración
judicial de las dos fincas cordobesas, el Salto y la Alberquilla.
Pues digo, al saber que Torquemada rescataba las fincas, poniéndolas
en las condiciones más favorables para el caso probable de que el
Tribunal Contencioso las devolviese á sus dueños, los Romeros cogían el
cielo con las manos, y allí fué el vomitar cuchufletas de mal gusto
sobre las desgraciadas señoras. Debe añadirse que el marido de Pilar
de la Torre Auñón tenía dos hermanos, casado el uno con la sobrina
del marqués de Cícero, y el otro con una hermana de la marquesa de
San Salomó. Eran parientes, además, del conde de Monte-Cármenes, de
Severiano Rodríguez y de D. Carlos de Cisneros. Pepe Romero y Pilar de
la Torre vivían en Córdoba, pero pasaban en Madrid, en compañía de los
otros Romeros, los meses de otoño, y á veces parte del invierno. Ya se
comprende que de la casa en que toda esta casta de Romeros se juntaba,
salían los dardos envenenados contra las pobres Águilas, y contra el
ganso que las había librado de la miseria.
Como Madrid, aunque medianamente populoso, es pequeño para la
circulación de las especies infamantes, todo se sabía, y no faltaban
amigas oficiosas que le llevasen á Cruz, una por una, cuantas
maledicencias se forjaban en las tertulias romeriles. Y en éstas no
faltó quien conociese de vista ó de oídas á Torquemada _el Peor_,
célebre en ciertas zonas malsanas y sombrías de la sociedad. Villalonga
y Severiano Rodríguez, que tenían de él noticias por su desgraciado
amigo Federico Viera, pintáronle como un usurero de sainete, como
un sér grotesco y lúgubre, que bebía sangre y olía mal. Quién decía
que la altanera y egoísta Cruz había sacrificado á su pobre hermana,
vendiéndola por un plato de sopas de ajo; quién que las dos señoras,
asociadas con aquel siniestro tipo, pensaban establecer una casa de
préstamos en la calle de la Montera. Lo más singular fué que cuando
Torquemada, ya en los meses de Febrero y Marzo, pisó las tablas
del _mundo grande_, y le vieron y le trataron muchos que le habían
despellejado de lo lindo, no le encontraban ni tan grotesco ni tan
horrible como la leyenda le pintó, y esta opinión daba lugar á grandes
polémicas sobre la autenticidad del tipo. «No, no puede ser aquel
Torquemada de los barrios del Sur—decían algunos.—Es otro, ó hay que
creer en las reencarnaciones.»
Á medida que D. Francisco se iba haciendo hueco en la sociedad, las
murmuraciones perdían su acritud ó se acallaban mansamente, porque el
tacaño ganaba poco á poco partidarios y aun admiradores. Pero siempre
subsistía un foco de chismes de mala ley, el círculo íntimo de los
Romeros, que no perdonaban, ni perdonarían jamás, toda vez que la
orgullosa Cruz les tiraba al degüello siempre que les cogía en buena
disposición.
Véase por qué la altiva señora trataba, por todos los medios, de
ennoblecer al que era su hechura y su obra maestra, al rústico
urbanizado, al salvaje convertido en persona, al vampiro de los pobres
hecho financiero de tomo y lomo, tan decentón y aparatoso como otro
cualquiera de los que chupan la sangre incolora del Estado y la azul de
los ricos.
¡Y qué cosas decían de él y de ellas los Romeros, aun después de que
D. Francisco se hubo conquistado el aprecio superficial de mucha
gente, que no ve más que lo externo! Que todo el dinero que tenía era
producto de la rapiña más infame, y de la usura cruel... Que había
llenado de suicidas los cementerios de Madrid... Que cuantos se tiraban
por el Viaducto pronunciaban su execrable nombre en el momento de dar
la voltereta... Que Cruz del Águila se dedicaba también al préstamo
sobre ropas en buen uso, y que tenía toda la casa llena de capas...
Que el hombre no había renunciado á sus hábitos de miseria, y que á
las dos pobres Águilas las mantenía con lentejas y sangre frita...
Que todas las alhajas que Fidela lucía eran empeñadas... Que Cruz le
hacía las levitas á D. Francisco, aprovechando ropas de muertos, que
volvía del revés... Que en casi todos los puestos del Rastro tenía Cruz
participación, y comerciaba en calzado viejo y muebles desvencijados...
Que Fidela, cuya inocencia rayaba en la imbecilidad, desconocía los
antecedentes de aquel gaznápiro que por marido le habían dado... Que
simple y todo como era, se permitía el lujo de tres ó cuatro amantes,
á ciencia y paciencia de su hermana, los cuales eran Morentín, Donoso
(con sus sesenta años), Manolo Infante, y un tal Argüelles Mora,
grotesco tipo de caballero de Felipe IV, y tenedor de libros en el
escritorio de Torquemada. Zárate y el lacayito Pinto se entendían con
la hermana mayor... Que ésta le cortaba las uñas á D. Francisco, le
lavaba la cara, le arreglaba el cuello de la camisa antes de echarle
á la calle, para que sacase un buen ver, y le enseñaba la manera de
saludar, instruyéndole en todo lo que había que decir, según los
casos... Que á la chita callando, entre Cruz y el usurero habían
desbalijado á varias familias nobles, un poco apuradas, prestándoles
dinero á doscientos cuarenta por ciento... Que Cruz recogía las
colillas de los que fumaban en su casa, para mandarlas al Rastro en
un costal muy grande, así como juntaba también los mendrugos de pan,
para venderlos á unos que hacían chocolate de dos reales y medio...
Que Fidela vestía muñecas por encargo de las tiendas de juguetes, y
que al pobre Rafael no le daban de alimento más que puches, y un plato
de menestra por las noches... Que el ciego había puesto debajo de la
cama del matrimonio un cartucho de dinamita, ó de pólvora, el cual fué
descubierto con la mecha ya encendida... Que la primogénita del Águila,
entre otros negocios sucios, tenía parte en un corral de basuras de
Cuatro Caminos, y _llevaba_ la mitad en los cerdos y gallinas... Que
Torquemada compraba abonarés de Cuba á tres y medio por ciento de su
valor, y que era el socio capitalista de una compañía de estafadores,
disfrazada con la razón social de _Redención de quintos, y Sustitutos
de Ultramar_.
Todo esto iba llegando á los oídos de Cruz, que si se indignaba al
principio, pasando malísimos ratos y derramando algunas lágrimas, por
fin llegó á tomarlo con calma filosófica; y cuando D. Francisco salió
á la esfera del mundo con su levita inglesa, sus modales algo sueltos,
su habla corriente y su personalidad rodeada de ciertos respetos,
codeándose al fin con ministros y señorones, concluyó la dama por tomar
á risa los desahogos de sus parientes. Pero mientras mayor desprecio
le inspiraba maldad tan estúpida, más gana sentía de hacerles polvo, y
de pasarles por los hocicos la opulencia verídica de las resucitadas
Águilas, y el prestigio claro del _opulento capitalista_; que así le
nombraba ya la lisonja. Ellos á morder y ella siempre á levantarse,
mejor dicho, á levantar el figurón que les daba sombra, hasta erigir
con él inmensa torre, desde la cual pudieran las Águilas mirar á los
Romeros como miserables gusanillos arrastrando sus babas por el suelo.