La única persona que en la casa tenía noticia de lo que trataban
aquellos días con gravedad y misterio los Torquemadas, Serranos
y Taramundis, era Cruz, porque su amigo Donoso, que con ella no
tenía secretos, la puso al tanto de los planes que debían aumentar
fabulosamente, en tiempo breve, los ya crecidos capitales del hombre
cuyos destinos se habían enlazado con el destino de las señoras de
Águila. Y estas noticias, tan oportunamente adquiridas por la dama,
diéronle extraordinaria fortaleza de ánimo para seguir abriendo brecha
en la tacañería de D. Francisco, y recabar de él la realización de sus
proyectos de reforma, atenta siempre al engrandecimiento de toda la
familia, y en particular del jefe de ella.
Robustecida su natural bravura con aquellas ideas, y con otra, no
sugerida ciertamente por Donoso, embistió á Torquemada, cogiéndole una
mañana en su despacho, cuando más metido estaba en el laberinto de
guarismos que en diferentes papelotes ante sí tenía.
—¿Qué bueno por aquí, Crucita?—dijo el tacaño en tono de alarma.
—Pues vengo á decir á usted que ya no podemos seguir viviendo en esta
estrechez—replicó ella, derecha al bulto, queriendo amedrentarle por la
rapidez y energía del ataque.—Necesito esta habitación, que es una de
las mejores de la casa.
—¡El despacho...! Pero señora... ¡Cristo! ¿me voy á trabajar á la
cocina?
—No señor. No se irá usted á la cocina. En el segundo piso, tiene usted
desalquilado el cuarto de la derecha.
—Que renta diez y seis mil reales.
—Pero en lo sucesivo no le rentará á usted nada, porque lo va usted á
destinar á las oficinas...
Ante embestida tan arrogante, D. Francisco se quedó aturdido,
balbuciente, como torero que sufre un revolcón, y no acierta á
levantarse del suelo.
—Pero, hija mía... ¿y qué oficinas son esas?... ¿Esto es acaso el
Ministerio de Estado, ó como dicen en Francia, de los Negocios
Extranjeros?
—Pero es el de los grandes negocios de usted, señor mío. ¡Ah! estoy
bien enterada, y me alegro, me alegro mucho de verle por ese camino.
Ganará usted dinerales. Yo me comprometo á empleárselos bien, y á
presentarle á usted ante el mundo con la dignidad que le corresponde...
No, no hay que poner esa cara de paleto candoroso, que le sirve
para fingirse ignorante de lo que sabe muy bien... (_Sentándose
familiarmente._) Si no hay misterios conmigo. Sé que se quedan ustedes
con la contrata de tabaco _Virginia_ y _Kentucky_, y también con la del
_Boliche_. Me parece muy bien... Es usted un hombre, un gran hombre, y
no se lo digo por adularle, ni porque me agradezca el interés que me
he tomado por usted, sacándole de la vida mezquina y cominera, para
traerle á esta vida grande, apropiada á su inmenso talento mercantil.
(_Torquemada la oye estupefacto._) En fin, que usted necesita una
oficina de mucha capacidad. Vamos á ver: ¿dónde colocará los dos
escribientes y el tenedor de libros que piensa traer? ¿En mi cuarto?
¿en el que tenemos para la ropa?
—Pero...
—No hay peros ni manzanas. Empiece por instalar en el segundo su
oficina, con su despacho particular, pues no tiene gracia que reciba
usted delante de los dependientes, á las personas que vienen á hablarle
de algún asunto reservado. El tenedor de libros estará solo. ¿Y la
caja, señor mío, la caja, no necesita otra habitación? ¿Y el teléfono,
y el archivo, y los copiadores y el cuarto del ordenanza?... ¿Ve usted
como necesita espacio? Operar en grande y vivir en chico no puede ser.
¿Es decoroso que tenga usted sus dependientes en los pasillos, muertos
de frío, como ese banquero de cuyo nombre no me acuerdo ahora?... ¡Ah!
si yo no existiera, á cada momento se pondría el señor de Torquemada
en ridículo. Pero no lo consiento, no señor. Usted es mi hechura
(_con gracejo_), mi obra maestra, y á veces tengo que tratarle como
á un chiquillo, y darle azotes, y enseñarle los buenos modos, y no
permitirle mañas...»
Volado estaba D. Francisco; pero Cruz se le imponía por su arrogancia,
por su brutal lógica, y el tacaño no acertaba á defenderse de su
autoridad, que tantas veces había reconocido.
—Pero... _admitiendo la tesis_ de que nos quedemos con los tabacos...
No hay más si no que yo _acaricio esa idea_ hace tiempo, y bien podría
ser que cuajara. Bueno; pues _partiendo del principio_ de que convenga
ensanchar el despacho, ¿no sería mejor agregarme la habitación próxima?
—No señor. Usted se va arriba con sus trastos de fabricar millones—dijo
la dama en tono autoritario, que casi casi rayaba en insolencia,—porque
esta pieza y la próxima, las pienso yo unir, derribando el tabique.
—¿Para qué, re-Cristo?
—Para hacer un billar.
Tan tremenda impresión hizo en el bárbaro el osado y dispendioso
proyecto de su hermana política que en un tris estuvo que el hombre
no pudiera contenerse y le diese una bofetada. Breve rato le tuvo
congestionado y mudo la indignación. Buscó un término que fuese duro y
al mismo tiempo cortés, y no encontrándolo, se rascaba la cabeza y se
daba palmetazos en la rodilla.
—Vamos—gruñó al fin, levantándose,—no me queda duda de que usted se ha
vuelto loca... loca de remate, _por decirlo así_. ¡Un billar, para que
cuatro zánganos me conviertan la casa en café! Bien conoce usted que no
sé ningún juego... no sé _meramente_ más que trabajar.
—Pero sus amigos de usted, que también trabajan, juegan al billar,
pasatiempo grato, honestísimo, y muy higiénico.
Don Francisco, que en aquellos días, espigando en todas las esferas de
ilustración, se encariñaba con la higiene, y hablaba de ella sin ton ni
son, soltó la risa.
—¡Higiénico el billar! ¡vaya una tontería!... ¿Y qué tiene que ver el
billar con los miasmas?
—Tenga ó no que ver, el billar se pondrá, porque es indispensable en
la casa de un hombre como usted, llamado á ser _potencia financiera_
de primer orden, de un hombre que ha de ver su casa invadida por
banqueros, senadores, ministros...
—Cállese usted, cállese usted... Ni qué falta me hacen á mí esas
_potencias_... Si soy un pobre busca-vidas... Ea, _seamos justos_,
Crucita, y no perdamos de vista el verdadero _objetivo_. Cierto que
debo ponerme en buen pie, y ya lo he hecho; pero nada de lujo, nada de
ostentación, nada de bambolla. Mire usted que nos vamos á quedar por
puertas. Pues digo, ¿y también quiere ensancharme la sala y el comedor?
—También.
—Pues negado, re-Cristo, negado, y _aquí termina la presente historia_.
No quito un ladrillo, aunque usted se me ponga en jarras. Ea, me atufé.
Soy el amo de mi casa, y aquí no manda nadie más que... un servidor
de usted... No hay derribo, _vulgo_ ensanche. Recojamos velas y habrá
paz. Yo reconozco en usted un talento _sui generis_; pero no me doy
á partido..., y mantengo _enhiesta_ la bandera de la economía. Punto
final.
—Si creerá que me convence con ese desplante de autoridad—dijo la dama
imperturbable, envalentonándose gradualmente.—Si lo que ahora niega lo
ha de conceder, es más, lo está deseando.
—¿Yo? Apañada está usted.
—¿No me ha dicho que transige según las circunstancias?
—Sí; pero no transigiré con quedarme sin camisa. Lo más, lo más...
Vamos, yo digo que cuando tengamos aumento de familia, consentiré en
modificar el domicilio, no _al tenor_ que usted pide, sino á otro
_tenor_ más conforme con mis cortos posibles. Y hemos acabado.
—Si ahora empezamos, mi Sr. D. Francisco—replicó Cruz riendo,—porque si
para que yo pueda coger _la piqueta demoledora_, es preciso que haya
esperanzas de sucesión, hoy mismo mando venir los albañiles.
—¡Con que ya...!—exclamó Torquemada abriendo mucho los ojos.
—Ya.
—¿Me lo dice oficialmente?
—Oficialmente.
—Bueno. Pues la realización de ese _desideratum_, que yo veía seguro,
porque la lógica es lógica, y un hecho trae otro hecho, no es bastante
motivo para que yo autorice á nadie á coger la piqueta.
—Pero yo no olvido que tengo la responsabilidad del decoro de
usted—manifestó la dama resueltamente,—y he de ser más papista que el
Papa, y miraré por la dignidad de su casa, señor mío. Suceda lo que
quiera, yo he de conseguir que D. Francisco Torquemada tenga ante la
sociedad la representación que le corresponde. Y para decirlo de una
vez, por indicación mía le ha metido á usted Donoso en la contrata
de tabacos; y por mí, sépalo, sépalo usted, exclusivamente por mí,
por esta genialidad mía de estar en todo, será senador el señor de
Torquemada, ¡senador! y figurará en la esfera propia de su gran
talento, y de su saneado capital.
Ni aún con esta rociada se ablandó el hombre, que continuó protestando
y gruñendo. Pero su hermana política tenía sobre él, sin duda por la
fineza del ingenio ó la costumbre del gobernar, un poder sugestivo que
al bárbaro tacaño le domaba la voluntad, sin someter su inteligencia.
No se daba él por vencido; pero al querer rechazar de hecho las
determinaciones de su cuñada, sentíase interiormente ligado por una
coacción inexplicable. Aquella mujer de mirada penetrante, labio
temblón y palabra elegantísima, ante la cual no había réplica posible,
se había constituído con singular audacia en dictador de toda la
familia; era el genio del mando, la autoridad _per se_, y frente á ella
sucumbía la torpe bestia, sin que nada valiera la superioridad de la
fuerza bruta contra los fueros augustos del entendimiento.
Cruz mandaba, y mandaría siempre, cualquiera que fuese el rebaño que
le tocase apacentar; mandaba porque desde el nacer le dió el Cielo
energías poderosas, y porque luchando con el destino en largos años
de miseria, aquellas energías se habían templado y vigorizado hasta
ser colosales, irresistibles. Era el gobierno, la diplomacia, la
administración, el dogma, la fuerza armada y la fuerza moral, y contra
esta suma de autoridades ó principios nada podían los infelices que
caían bajo su férula.
Retiróse, al cabo, la señora, del despacho de don Francisco, con aire
dictatorial, y el otro se quedó allí ejerciendo, con grave detrimento
de las alfombras, el derecho del pataleo, y desahogando su coraje con
erupción de terminachos.
«¡Maldita por jamás amén sea tu alma de _ñales_!... Re-Cristo, á este
paso, pronto me dejarán en cueros vivos. ¡Biblia, para qué me habré yo
dejado traer á este _elemento_, y por qué no rompería yo el ronzal,
cuando ví que tiraban para traerme!... ¡Y no dirán ¡cuidado! que yo
me porto mal, ni que las dejo pasar hambres!... Eso no, ¡cuidado!...
Hambres nunca. Economías siempre... Pero esta señora, más soberbia que
Napoleón, ¿por qué no me dejará que yo gobierne mi casa como me dé la
gana, y según mi lógica pastelera? ¡Maldita, y cómo impera, y cómo me
mete en un puño, y me deja sin voluntad, _meramente_ embrujado!... Yo
no sé que tiene esa figurona, que me corta el resuello; deseo respirar
por la defensa de mi interés, y no puedo, y hace de mí un chiquillo...
¡Y ahora quiere engatusarme con la peripecia de que habrá sucesión!
¡Qué gracia! ¡Pues si eso lo contaba yo como seguro, con cien mil pares
de _ñales_! ¡Si es el hijo mío que vuelve, por voluntad mía y decreto
del santo Altísimo, del _Bajísimo_, ó de quien sea!... Despótica,
mandona, _gran visira_ y capitana generala de toda la gobernación del
mundo, el mejor día recobro yo el sentido, me desembrujo, y cojo una
estaca... (_Tirándose de los pelos._) ¡Pero qué estaca he de coger
yo, triste de mí, si le tengo miedo, y cuando veo que le tiembla el
labio, ya estoy metiéndome debajo de la mesa! La estaca que yo coja
será la vara de San José, porque soy un bendito, y no sirvo más que
para combinar el guarismo y sacar dinero de debajo de las piedras...
Ese talento no me lo quita nadie... Pero ella me gana en el mando, y
en inventar razones que le dejan á uno sin sentido... Como despejo
de hembra, yo no he visto otro caso, ni creo que lo haya bajo el
sol... ¿Pero con quién me he casado yo, con Fidela ó con Cruz, ó con
las dos á un tiempo?... porque si la una es propiamente mi mujer...
con respeto... la otra es mi tirana... y de la tiranía y del mujerío,
todo junto, se compone esta endiablada máquina del matrimonio... En
fin, adelante con la procesión, y vivamos para ganar el santísimo
ochavo, que yo lo guardaré donde no puedan olerlo mis ilustres, mis
respetables, mis aristocráticas... consortes.»