XII

De aquí tomó pie la viviente enciclopedia para lanzarse á una

disertación fastidiosísima sobre la introducción en Europa del cultivo

de la patata, lo que Torquemada oyó con verdadero embeleso; y como

el sabio, en su divagar sin freno, saltara á Luis XVI, se encontraron

ambos de patitas en la revolución francesa, cosa muy del gusto de D.

Francisco, que deseaba dominar materia tan traída y llevada en toda

conversación fina. Hablaron largo y tendido, y aun hubo un poquito

de controversia, pues Torquemada, sin _querer entrar en el fondo

de la cuestión_ (frase adquirida en aquellos días), abominó de los

revolucionarios y de la guillotina. Algo hubo de transigir el otro,

movido de la adulación, diciendo con criterio _modernista_:

—Por cierto que, como usted sabe muy bien, se va marchitando la leyenda

de la revolución francesa, y al desvanecerse el idealismo que rodeaba á

muchos personajes de aquel tiempo, vemos descarnada la ruindad de los

caracteres.

—Pues claro, hombre, claro. Lo que yo digo...

—Los estudios de Tocqueville...

—¿Pues qué duda tiene?... Y bien se ve ahora que muchos de aquellos

hombres, adorados después por las multitudes inconscientes, eran unos

pillos de marca mayor.

—D. Francisco, yo le recomiendo á usted que lea la obra de Taine...

—Si la he leído... No, miento: esa no; ha sido otra. Tengo muy mala

memoria para _el materialismo_ de cosas de lectura... Y mi cabeza,

_velis nolis_, se ha de aplicar á estudios de otra substancia ¿eh?

—Naturalmente.

—Pero yo digo siempre que tras de la acción viene necesariamente la

reacción... Si no, ahí tiene usted á Bonaparte, _vulgo_ Napoleón, el

que nos trajo á Pepe Botellas... el vencedor de Europa como quien dice,

hombre que empezó su carrera de simple artillerito, y después...

—Cosas de gran novedad para D. Francisco—dijo Zárate á propósito de

Napoleón, y el bárbaro las oía como la palabra divina, aventurando

al fin una idea, que expuso á la consideración de su oyente con toda

solemnidad, poniéndole ante los ojos una perfecta rosquilla, formada

con los dedos índice y pulgar de la mano derecha.

—Creo y sostengo... es una _tesis_ mía, señor de Zárate, creo y

sostengo que esos hombres extraordinarios, grandes, _considerablemente_

grandes en la fuerza y en el crimen, son locos...

Quedóse tan satisfecho, y el otro, que estaba al corriente de lo

moderno, espigando todo el saber en periódicos y revistas, sin

profundizar nada, desembuchó las opiniones de Lombroso, Garófalo,

_etcétera_, que Torquemada aprobó plenamente haciéndolas suyas. Zárate

fué á parar después al contrasentido que suele existir entre la moral y

el genio, y citó el caso del canciller Bacon (_Béicon_) á quien puso en

las nubes como inteligencia, y arrastró por el suelo como conciencia.

—Y yo supongo—añadió,—que usted habrá leído el _Novum organum_.

—Me parece que sí... Allá en mis tiempos de muchacho—replicó

Torquemada, pensando que aquellos _órganos_ debían de ser por el

estilo de los de Móstoles.

—Dígolo porque usted, en lo intelectual ¡cuidado! es un discípulo

aventajadísimo, del canciller... en lo moral, no, ¡cuidado!...

—¡Ah! le diré á usted... Mi maestro fué un tío cura, que metía las

ideas en la mollera á caponazo limpio, y yo tengo para mí que mi tío

había leído á ese otro sujeto, y se lo sabía de memoria.

El tiempo transcurría dulcemente en esta sabrosa charla, sin que ni

uno ni otro hablador se cansase; y sabe Dios hasta qué hora hubiera

durado la conferencia, si no distrajesen á D. Francisco asuntos más

graves que debía tratar sin pérdida de tiempo con otras personas, al

efecto citadas en su casa. Eran éstas D. Juan Gualberto Serrano, padre

de Morentín, y el marqués de Taramundi, que con Donoso y Torquemada,

formaron cónclave en el despacho.

Al quedarse solo, Zárate cayó como la langosta sobre otros grupos que

en la casa había, siendo de notar que si algunas personas, teniéndole

por oráculo, le soportaban y hasta con gusto le oían, otras huían de él

como de la peste. Cruz no le tragaba, procurando siempre poner entre su

persona y la sabiduría torrencial de aquel bendito la mayor distancia

posible. Fidela y la mamá de Morentín tuvieron que aguantar el

chubasco, que empezó con la música wagneriana, y acabó con el fonógrafo

de Edisson, pasando por las afinidades electivas de Goethe, la teoría

de los colores del mismo, las óperas de Bizet, los cuadros de Velázquez

y Goya, el decadentismo, la seismometría, la psiquiatría y la encíclica

del Papa. Fidela hablaba de todo con donosura, haciendo gracioso alarde

de su ignorancia, así como de sus atrevidísimas opiniones personales.

En cambio la señora de Serrano (de la familia de los Pipaones, injerta

con la rama segunda de los Trujillos), andaba tan corta de vocabulario,

que no sabía decir más que: _enteramente_. Era en ella una muletilla

para expresar la admiración, la aquiescencia, el hastío, y hasta el

deseo de tomar una taza de té.

Á Rafael consiguió su hermana Cruz traerle al gabinete, y allí el ánimo

del pobre ciego pareció que entraba en caja después de los desórdenes

neuróticos de aquel día. Entretenido y hasta gozoso pasó la velada,

sin que asomara en él síntoma alguno de sus raras manías, lo que

tranquilizó grandemente al amigo Morentín, pues la matraca de aquella

tarde habíale llenado de zozobra.

Cerca ya de las once, Fidela, fatigada, mostró deseos de retirarse.

Como eran todos de confianza, con perfecta unanimidad, según frase de

Zárate, declararon abolida toda etiqueta que ocasionase molestias á los

dueños de la casa.

—Enteramente—dijo con profunda convicción la mamá de Morentín.

Y éste, dadas las buenas noches á Fidela, que se fué á su alcoba

cayéndose de sueño, propuso una partida de _bezigue_ á la marquesa de

Taramundi. Eran las doce y media, y no había terminado la conferencia

que los padres graves sostenían en el despacho. ¿Qué tratarían? Nada

supieron los tertulios, ni en verdad les importaba averiguarlo, aunque

sospechaban fuese cosa de negocios en grande escala. Al salir del

despacho, los conferenciantes hablaron de volver á reunirse en casa

de Taramundi al siguiente día, y tocaron todos á retirada. Morentín

y Zárate se marcharon, como de costumbre, al Suizo, y por el camino

dijéronse algo que no debe quedar en secreto.

—Ya te he visto, ya te he visto—indicó Zárate,—haciendo el Lovelace. Lo

que es ésta no se te escapa, Pepito.

—Quítate... ¡Me ha dado Rafael un sofoco...! Figúrate... (_Refiérele la

escena en breves palabras._) Yo había tenido, en casos como este, algún

vigilante de mucho ojo; pero un Argos ciego no me había salido nunca.

¡Y que ve largo el muy tuno...! Pero con Argos y sin él, yo seguiré en

mis trece, mientras no me vea en peligro de escándalo... No por nada...

por mamá, que es tan amiga...

—Enteramente—replicó Zárate, en cuyo cerebro había quedado el sonsonete

de aquel socorrido adverbio.

—Dime, ¿qué piensas tú de los caracteres complejos?

—¿Lo dices por Fidela? No la tengo yo por más compleja que otras. Todos

los caracteres son complejos ó _polimorfos_. Sólo en los idiotas se ve

el _monomorfismo_, ó sea _caracteres de una pieza_, como suelen usarse

en el arte dramático, casi siempre convencional. Te recomiendo que leas

los artículos que he dado á la _Revista Enciclopédica_.

—¿Cómo se titulan?

—_De la Dinamometría de las Pasiones._

—Te doy mi palabra de no leerlos. Lecturas tan sabias no son para mí.

—Abordo el problema electro-biológico.

—¡Y pensar que vivimos, y vivimos perfectamente, ignorando todas esas

papas!

—Por ignorante, andas tan á ciegas en el asunto que podríamos llamar

_psico-fidelesco_.

—¿Qué quieres decir?

—Ven acá, ganso. (_Parándose ambos en mitad de la acera, con los

cuellos de los gabanes levantados, y las manos en los bolsillos._) ¿Has

leído á Braid?

—¿Y quién es Braid?

—El autor de la _Neurypnología_. Si no te enteras de nada. Pues te

aseguro que veo en Fidela un caso de _auto-sugestionismo_. ¿Te ríes?

Vamos; apuesto á que tampoco has leído á Liébault.

—Tampoco, hombre, tampoco.

—De modo que no tienes idea de los _fenómenos de inhibición_, ni de los

que llamamos _dinamogenia_.

—¿Y qué tiene que ver esa monserga con...?

—Tiene que ver que Fidela... ¿No advertiste cómo se dormía esta noche?

Pues se hallaba en _estado de hipotaxia_, que algunos llaman _encanto_,

y otros _éxtasis_.

—Sólo he visto que tenía sueño la pobre...

—¿Y no se te ocurre, pedazo de bruto, que tú, sin saberlo ejerces sobre

ella la influencia _psíquico-mesmérica_?

—Mira, Zárate (_quemado_), vete al cuerno con tus terminachos, que

tú mismo no entiendes. Ojalá reventaras de un atracón de ciencia mal

digerida.

—¡Acéfalo!

—¡Pedantón!

—¡Romancista!

La última nota de la disputa la dió la puerta vidriera del café,

cerrándose tras ellos con rechinante estrépito...

Torquemada en el purgatorio · 第 14 / 39 题