De aquí tomó pie la viviente enciclopedia para lanzarse á una
disertación fastidiosísima sobre la introducción en Europa del cultivo
de la patata, lo que Torquemada oyó con verdadero embeleso; y como
el sabio, en su divagar sin freno, saltara á Luis XVI, se encontraron
ambos de patitas en la revolución francesa, cosa muy del gusto de D.
Francisco, que deseaba dominar materia tan traída y llevada en toda
conversación fina. Hablaron largo y tendido, y aun hubo un poquito
de controversia, pues Torquemada, sin _querer entrar en el fondo
de la cuestión_ (frase adquirida en aquellos días), abominó de los
revolucionarios y de la guillotina. Algo hubo de transigir el otro,
movido de la adulación, diciendo con criterio _modernista_:
—Por cierto que, como usted sabe muy bien, se va marchitando la leyenda
de la revolución francesa, y al desvanecerse el idealismo que rodeaba á
muchos personajes de aquel tiempo, vemos descarnada la ruindad de los
caracteres.
—Pues claro, hombre, claro. Lo que yo digo...
—Los estudios de Tocqueville...
—¿Pues qué duda tiene?... Y bien se ve ahora que muchos de aquellos
hombres, adorados después por las multitudes inconscientes, eran unos
pillos de marca mayor.
—D. Francisco, yo le recomiendo á usted que lea la obra de Taine...
—Si la he leído... No, miento: esa no; ha sido otra. Tengo muy mala
memoria para _el materialismo_ de cosas de lectura... Y mi cabeza,
_velis nolis_, se ha de aplicar á estudios de otra substancia ¿eh?
—Naturalmente.
—Pero yo digo siempre que tras de la acción viene necesariamente la
reacción... Si no, ahí tiene usted á Bonaparte, _vulgo_ Napoleón, el
que nos trajo á Pepe Botellas... el vencedor de Europa como quien dice,
hombre que empezó su carrera de simple artillerito, y después...
—Cosas de gran novedad para D. Francisco—dijo Zárate á propósito de
Napoleón, y el bárbaro las oía como la palabra divina, aventurando
al fin una idea, que expuso á la consideración de su oyente con toda
solemnidad, poniéndole ante los ojos una perfecta rosquilla, formada
con los dedos índice y pulgar de la mano derecha.
—Creo y sostengo... es una _tesis_ mía, señor de Zárate, creo y
sostengo que esos hombres extraordinarios, grandes, _considerablemente_
grandes en la fuerza y en el crimen, son locos...
Quedóse tan satisfecho, y el otro, que estaba al corriente de lo
moderno, espigando todo el saber en periódicos y revistas, sin
profundizar nada, desembuchó las opiniones de Lombroso, Garófalo,
_etcétera_, que Torquemada aprobó plenamente haciéndolas suyas. Zárate
fué á parar después al contrasentido que suele existir entre la moral y
el genio, y citó el caso del canciller Bacon (_Béicon_) á quien puso en
las nubes como inteligencia, y arrastró por el suelo como conciencia.
—Y yo supongo—añadió,—que usted habrá leído el _Novum organum_.
—Me parece que sí... Allá en mis tiempos de muchacho—replicó
Torquemada, pensando que aquellos _órganos_ debían de ser por el
estilo de los de Móstoles.
—Dígolo porque usted, en lo intelectual ¡cuidado! es un discípulo
aventajadísimo, del canciller... en lo moral, no, ¡cuidado!...
—¡Ah! le diré á usted... Mi maestro fué un tío cura, que metía las
ideas en la mollera á caponazo limpio, y yo tengo para mí que mi tío
había leído á ese otro sujeto, y se lo sabía de memoria.
El tiempo transcurría dulcemente en esta sabrosa charla, sin que ni
uno ni otro hablador se cansase; y sabe Dios hasta qué hora hubiera
durado la conferencia, si no distrajesen á D. Francisco asuntos más
graves que debía tratar sin pérdida de tiempo con otras personas, al
efecto citadas en su casa. Eran éstas D. Juan Gualberto Serrano, padre
de Morentín, y el marqués de Taramundi, que con Donoso y Torquemada,
formaron cónclave en el despacho.
Al quedarse solo, Zárate cayó como la langosta sobre otros grupos que
en la casa había, siendo de notar que si algunas personas, teniéndole
por oráculo, le soportaban y hasta con gusto le oían, otras huían de él
como de la peste. Cruz no le tragaba, procurando siempre poner entre su
persona y la sabiduría torrencial de aquel bendito la mayor distancia
posible. Fidela y la mamá de Morentín tuvieron que aguantar el
chubasco, que empezó con la música wagneriana, y acabó con el fonógrafo
de Edisson, pasando por las afinidades electivas de Goethe, la teoría
de los colores del mismo, las óperas de Bizet, los cuadros de Velázquez
y Goya, el decadentismo, la seismometría, la psiquiatría y la encíclica
del Papa. Fidela hablaba de todo con donosura, haciendo gracioso alarde
de su ignorancia, así como de sus atrevidísimas opiniones personales.
En cambio la señora de Serrano (de la familia de los Pipaones, injerta
con la rama segunda de los Trujillos), andaba tan corta de vocabulario,
que no sabía decir más que: _enteramente_. Era en ella una muletilla
para expresar la admiración, la aquiescencia, el hastío, y hasta el
deseo de tomar una taza de té.
Á Rafael consiguió su hermana Cruz traerle al gabinete, y allí el ánimo
del pobre ciego pareció que entraba en caja después de los desórdenes
neuróticos de aquel día. Entretenido y hasta gozoso pasó la velada,
sin que asomara en él síntoma alguno de sus raras manías, lo que
tranquilizó grandemente al amigo Morentín, pues la matraca de aquella
tarde habíale llenado de zozobra.
Cerca ya de las once, Fidela, fatigada, mostró deseos de retirarse.
Como eran todos de confianza, con perfecta unanimidad, según frase de
Zárate, declararon abolida toda etiqueta que ocasionase molestias á los
dueños de la casa.
—Enteramente—dijo con profunda convicción la mamá de Morentín.
Y éste, dadas las buenas noches á Fidela, que se fué á su alcoba
cayéndose de sueño, propuso una partida de _bezigue_ á la marquesa de
Taramundi. Eran las doce y media, y no había terminado la conferencia
que los padres graves sostenían en el despacho. ¿Qué tratarían? Nada
supieron los tertulios, ni en verdad les importaba averiguarlo, aunque
sospechaban fuese cosa de negocios en grande escala. Al salir del
despacho, los conferenciantes hablaron de volver á reunirse en casa
de Taramundi al siguiente día, y tocaron todos á retirada. Morentín
y Zárate se marcharon, como de costumbre, al Suizo, y por el camino
dijéronse algo que no debe quedar en secreto.
—Ya te he visto, ya te he visto—indicó Zárate,—haciendo el Lovelace. Lo
que es ésta no se te escapa, Pepito.
—Quítate... ¡Me ha dado Rafael un sofoco...! Figúrate... (_Refiérele la
escena en breves palabras._) Yo había tenido, en casos como este, algún
vigilante de mucho ojo; pero un Argos ciego no me había salido nunca.
¡Y que ve largo el muy tuno...! Pero con Argos y sin él, yo seguiré en
mis trece, mientras no me vea en peligro de escándalo... No por nada...
por mamá, que es tan amiga...
—Enteramente—replicó Zárate, en cuyo cerebro había quedado el sonsonete
de aquel socorrido adverbio.
—Dime, ¿qué piensas tú de los caracteres complejos?
—¿Lo dices por Fidela? No la tengo yo por más compleja que otras. Todos
los caracteres son complejos ó _polimorfos_. Sólo en los idiotas se ve
el _monomorfismo_, ó sea _caracteres de una pieza_, como suelen usarse
en el arte dramático, casi siempre convencional. Te recomiendo que leas
los artículos que he dado á la _Revista Enciclopédica_.
—¿Cómo se titulan?
—_De la Dinamometría de las Pasiones._
—Te doy mi palabra de no leerlos. Lecturas tan sabias no son para mí.
—Abordo el problema electro-biológico.
—¡Y pensar que vivimos, y vivimos perfectamente, ignorando todas esas
papas!
—Por ignorante, andas tan á ciegas en el asunto que podríamos llamar
_psico-fidelesco_.
—¿Qué quieres decir?
—Ven acá, ganso. (_Parándose ambos en mitad de la acera, con los
cuellos de los gabanes levantados, y las manos en los bolsillos._) ¿Has
leído á Braid?
—¿Y quién es Braid?
—El autor de la _Neurypnología_. Si no te enteras de nada. Pues te
aseguro que veo en Fidela un caso de _auto-sugestionismo_. ¿Te ríes?
Vamos; apuesto á que tampoco has leído á Liébault.
—Tampoco, hombre, tampoco.
—De modo que no tienes idea de los _fenómenos de inhibición_, ni de los
que llamamos _dinamogenia_.
—¿Y qué tiene que ver esa monserga con...?
—Tiene que ver que Fidela... ¿No advertiste cómo se dormía esta noche?
Pues se hallaba en _estado de hipotaxia_, que algunos llaman _encanto_,
y otros _éxtasis_.
—Sólo he visto que tenía sueño la pobre...
—¿Y no se te ocurre, pedazo de bruto, que tú, sin saberlo ejerces sobre
ella la influencia _psíquico-mesmérica_?
—Mira, Zárate (_quemado_), vete al cuerno con tus terminachos, que
tú mismo no entiendes. Ojalá reventaras de un atracón de ciencia mal
digerida.
—¡Acéfalo!
—¡Pedantón!
—¡Romancista!
La última nota de la disputa la dió la puerta vidriera del café,
cerrándose tras ellos con rechinante estrépito...