I
Cumplióse estrictamente lo ideado y dispuesto por la que era
inteligencia y voluntad incontrastables en el gobierno interior de
la casa de Torquemada, sin que estorbarlo pudieran ni los refunfuños
del tacaño, impotente para luchar contra la fiera resolución de su
cuñada, ni los alardes de resistencia pasiva con que quiso detener,
ya que no impedir, la instalación del escritorio y oficinas en el
piso segundo privándose de una bonita renta de inquilinato. Pero Cruz
todo lo arrollaba cuando decía «allá voy,» y en cuatro días, haciendo
de sobrestante, y de aparejadora, y de arquitecto, quedó terminada
la reforma que el mismo D. Francisco, gruñendo y protestando en la
intimidad de la familia, diputaba por buena, delante de personas
extrañas.
—Es idea mía—solía decir, enseñando á los amigos el amplio
escritorio.—Siempre me ha gustado trabajar con despejo y que mis
dependientes estén cómodos. La higiene ha sido siempre uno de mis
_objetivos_. Vean ustedes que hermoso despacho el mío... Esta otra
habitación, para recibir á los que quieran hablarme reservadamente. Á
la otra parte... vengan por aquí... el cuarto del tenedor de libros y
del copiador... Los dos escribientes más allá. Luego el teléfono...,
yo siempre he sido partidario de los adelantos, y antes de que nos
trajeran esta invención tan chusca, ya pensaba yo que debía haber
algo para dar y recibir recados á grandes distancias... Vean ahora el
departamento de la caja. ¡Qué independencia... qué desahogo para las
operaciones!... Yo _profeso la teoría_ de que, por lo mismo que está
todo tan malo, y los negocios no son ya lo que eran, hay que trabajar
de firme, y abrir nuevas fuentes, y abarcar mucho... lo que no puede
hacerse sino estableciéndose conforme á las exigencias modernas. Á eso
_tiendo_ yo siempre, y como sé lo que reclaman las tales exigencias,
determino ensancharme por arriba y por abajo, porque la sociedad nos
pide comodidades para nosotros y para ella. Debemos sacrificarnos
por nuestros amigos, y aunque yo no he cogido en mi vida un taco, he
resuelto poner en mi casa una mesa de billar... cosa bonita. La mesa es
elegantísima, y me ha costado un ojo de la cara. Como yo soy quien todo
lo dispone en casa, desde lo más _considerable_ hasta lo más mínimo,
llevo unos días de trajín que ya ya...
La entrada de Crucita le cortó la palabra, quitándole aquel desparpajo
con que se expresaba lejos de su autoritaria y despótica persona.
Pero la dama, que con exquisito tacto sabía ocultar en público su
prepotencia, al quitarle la palabra de la boca al dueño de la casa, la
tomó en esta discreta forma:
—Con que ya ven ustedes la contradanza en que nos ha metido nuestro don
Francisco. Billar y salones abajo, las oficinas aquí. ¡Qué trastorno,
qué laberinto! Pero al fin, ya está hecho, y tan brevemente como es
posible. No crean; ha sido idea suya, y él ha dirigido las obras. Bien
ven ustedes que es hombre de iniciativa, y que gusta de sobresalir y
distinguirse noblemente. Lo que él dice: «No se puede operar en grande
y vivir en chico.» Es mucho D. Francisco este. Dios le dé salud para
que sus proyectos sean realidades... Nosotras le ayudamos, queremos
ayudarle... Pero ¡ay! valemos tan poco... Acostumbradas á la estrechez,
quisiéramos vivir y morirnos en un rincón. Á la fuerza nos lleva él á
la esfera altísima de sus vastas ideas... No, no diga usted que no,
amigo mío. Bien saben todos que es usted la _modestia personificada_...
Se hace el chiquito... Pero no le valen, no, sus trapacerías de
hombre extraordinario, cuyo orgullo se cifra en que le tomen por
un cualquiera... ¿Es verdad ó no la que digo? Los entendimientos
superiores tienen por gala la suma humildad.
Dicho se está que estas palabras fueron acogidas por un coro de
asentimiento, al que siguió otro coro de alabanzas del grande hombre,
y de sus múltiples aptitudes. Pero él, riendo de dientes afuera, y
poniendo la cara de paleto asombrado, que para tales casos tenía, en
su interior colmaba de maldiciones á su tirana, echándole encima,
con el peso de su cólera, el de las cuentas que tenía que pagar á
carpinteros, albañiles, mueblistas y demás _sanguijuelas del rico_,
con más la pérdida de la renta del segundo. Y cuando los amigos
hubieron visto toda la reforma, repitiendo abajo, ante Fidela y Cruz,
los encarecimientos que habían hecho arriba, el usurero se desahogó á
solas en su cuarto, con cuatro patadas y otros tantos ternos á media
voz: «¡Cómo me domina la muy fantasmona!... Y ello es que tiene una
labia que enamora y le vuelve á uno loco... Pues con ese jarabe de pico
me está sacando los tuétanos, y no me deja hacer mi santísimo gusto,
que es economizar... ¡Qué desgracia me ha caído encima! ¡Ganar tanto
_guano_, y no poder emplearlo todito en nuevos negocios, hasta ver
un montón tan grande, tan grande que...! Pero con esta casa, y estas
señoras mías, mis arcas son un cesto. Por un lado entra, por mil partes
sale... Todo por la suposición, por este hipo de que soy _potencia_...
¡Dale con la manía de la _potencia_! ¿Pues y la tabarra que me dieron
anoche ella y el amigo Donoso con que, _velis nolis_, me han de
sacar senador? ¡Senador yo, yo, Francisco Torquemada, y por contera,
Gran Cruz de la reverendísima no sé qué...! Vamos, vale más que me
ría, y que, defendiendo la bolsa les deje hacer todo lo que quieran,
_inclusive_ encumbrarme como á un monigote para pregonar ante el mundo
su vanidad...»
Llamado por Fidela, tuvo que arrancarse á sus meditaciones. Enseñáronle
muestras de telas para _portieres_, de hules y alfombras. Pero él no
quiso escoger nada, delegando en las dos señoras su criterio suntuario,
y no diciendo más si no que se prefiriese lo más arregladito. Salió al
fin de estampía con D. Juan Gualberto Serrano, para ir al Ministerio.
¡El Ministerio! ¡Qué bien recibido era allí, y con cuánto gusto iba!
Y no porque le halagara el servilismo de los porteros, que al verle
entrar con Donoso, se tiraban á las mamparas, como si quisieran
abrirlas con la cabeza; ni la afabilidad lisonjera de los empleados
subalternos, que ansiaban ocasión de servirle, atraídos por el olor de
hombre adinerado que echaba de su persona. No era él vanidoso, ni se
pagaba de fútiles exterioridades. En aquella colmena administrativa
le encantaba principalmente la reina de las abejas, _vulgo_ ministro,
hombre que por ser muy á la pata la llana, practicón, mediano retórico,
y muy seguro en el manejo del guarismo, concordaba en ideas y carácter
con nuestro tacaño, pues también era él tacaño de la Hacienda pública,
recaudador á raja tabla y verdugo del contribuyente, en quien veía
siempre al enemigo que hay que perseguir y reventar á todo trance. No
había hecho el tal su carrera política exclusivamente con la palabra;
era más bien hombre de acción, en el bien entendido de que sean acción
las formalidades burocráticas. Donoso y él se trataban con familiaridad
como antiguos colegas, y D. Juan Gualberto Serrano le tuteaba, señal
de viejo compañerismo, que databa de los primeros estudios. Supo
Torquemada vencer, á la tercera ó cuarta encerrona con sus compinches
y el Ministro, la cortedad que sintió los primeros días, y bien pronto
se encontraba en el despacho de su Excelencia como en su propia casa.
Ponía singular cuidado en todo lo que decía, por no soltar algún
barbarismo gramatical, y no tardó en observar que, gracias á su tino y
discreción, ninguno de los allí presentes, incluso el Ministro, hablaba
mejor que él. Esto en la conversación general, que cuando de negocios
se trataba, á todos se los llevaba de calle, presentando las cuestiones
con claridad y precisión, á guarismo seco, con una lógica que no tenía
escape, ni podía ser por nadie controvertida. Para conseguir esto, el
tacaño hablaba lo menos posible, esquivando dar su parecer en todo
asunto que no fuese _de su cometido_; pero si la conversación entraba
en el terreno de la tacañería, ya fuese del orden menudo, ya del grande
ó financiero, se explayaba el hombre, y allí era el oirle todos con la
boca abierta.
De todo lo cual resultaba que el Ministro veía en él singulares
condiciones para el manejo de intereses, y siendo hombre poco dado á
la adulación le colmaba de cumplidos y lisonjas, con la particularidad
de que solía emplear los mismos términos que usaba Cruz cuando hacer
quería mangas y capirotes del presupuesto de la casa. Creyérase que la
dama y el Ministro se habían puesto de acuerdo para bailarle el agua,
con la diferencia de que ella lo hacía con el avieso fin de gastar
sus _rendimientos_ en vanidades y perendengues, mientras que el otro
le proporcionaría todo el aumento de ganancias compatible con los
intereses del Estado.
Para decirlo pronto y claro, sépase que el Ministro, cuyo nombre no
hace al caso, era honradísimo y que sus defectos (que como hombre
alguna tacha había de tener), no eran la codicia ni el afán de
medro personal. Nadie pudo acusarle nunca de explotar su posición
para enriquecerse. Á su lado no se hicieron chanchullos con su
consentimiento: los que medraron más de lo justo, allá se las
arreglaban como podían en esfera inferior á la del despacho y tertulia
del consejero de Su Majestad. Y en cuanto á Donoso, bien sabemos que
era de intachable integridad, formulista, eso sí, y sectario rabioso
de la ortodoxia administrativa, hasta el punto de que su honradez y
escrupulosidad habían hecho no pocas víctimas. Él no se lucraba; pero
por salvar los dineros del Fisco, habría pegado fuego á media España.
No podía decirse lo mismo de don Juan Gualberto, varón de conciencia
tan elástica, que de él se contaban cosas muy chuscas, algunas de
las cuales hay que poner en cuarentena, porque su propia enormidad
las hace inverosímiles. Jamás miró por el Estado, á quien tenía por
un grandísimo _hijo de tal_, miraba siempre por el particular, bien
fuese en el concepto esencial del _yo_, bien bajo la forma altruista y
humanitaria, como amparar á un amigo, defender á una sociedad, empresa,
ó entidad cualquiera. Ello es que en los cinco años famosos de la Unión
Liberal se enriqueció bastante, y luego, la pícara revolución y la
guerra carlista acabaron de cubrirle el riñón por completo. Á creer lo
que la maledicencia decía verbalmente y en letras de molde, Serrano
se había tragado pinares enteros, muchísimas leguas de pinos, todo de
una sentada, con fabuloso estómago. Y para quitar el empacho se había
entretenido (por aquello de «cuando el diablo no tiene que hacer...»)
en calzar á los soldados con zapatos de suela de cartón ó en darles
de comer alubias picadas y bacalao podrido; travesuras que lo más, lo
más, motivaban un poco de ruido en algunos periódicos, y como daba la
pícara casualidad de que éstos no gozaban del mejor crédito, por haber
dicho infinidad de mentiras á propósito de aquella campaña, nadie
pensó en llevar el asunto á formal información de la justicia, ni ésta
le imponía ningún miedo á D. Juan Gualberto, que era primo hermano
de directores generales, cuñado de jueces, sobrino de magistrados,
pariente más ó menos próximo de infinidad de generales, senadores,
consejeros y archipámpanos.
Pues bien; en las reuniones de que se viene tratando, el único que
hablaba de moralidad era Serrano. Mientras los otros no se acordaban
para nada de tal palabreja, D. Juan Gualberto no la soltaba de sus
labios, y solía decir: «Porque nosotros, entiéndase bien, representamos
y queremos representar un gran principio, un principio nuevo. Venimos
á cumplir una misión, y á llenar un vacío, la misión y el vacío de
_introducir_ la moralidad en las contratas de tabacos. _Tirios y
troyanos_ saben que hasta hoy... (aquí una pintura terrorífica de
las tales contratas _en el pasado momento histórico_.) Pues bien,
desde ahora, si nuestros planes merecen la aprobación del Gobierno
de Su Majestad, teniendo en cuenta la seriedad y la respetabilidad
de las personas que ponen su inteligencia y su capital al servicio
de la patria, ese servicio, esa renta, se afirmará sobre bases...
sobre bases...» Aquí se embarulló el orador, y tuvo D. Francisco que
acabarle la frase en esta forma: «_Bajo_ la base del negocio limpio
y á cara descubierta, como quien dice, pues nosotros _tendemos_
á beneficiarnos todo lo que podamos, dentro de la ley, ¡cuidado!
beneficiando al Gobierno más que lo han hecho _tirios_ y _troyanos_,
llámense Juan, Pedro y Diego; _sin maquiavelismos_ por nuestra parte,
sin consentir tampoco _maquiavelismos_ del Gobierno, tirando de aquí,
aflojando de allá, con el _objetivo_ de ir _orillando_ las dificultades
y _evacuando_ nuestro negocio, dentro del más estricto interés, y de
la más estricta moralidad... todo muy _estricto_, por decirlo así...
porqué yo sostengo la tesis de que el _punto de vista_ de la moralidad
no es incompatible con el _punto de vista_ del negocio.»