SEGUNDA PARTE

I

Cumplióse estrictamente lo ideado y dispuesto por la que era

inteligencia y voluntad incontrastables en el gobierno interior de

la casa de Torquemada, sin que estorbarlo pudieran ni los refunfuños

del tacaño, impotente para luchar contra la fiera resolución de su

cuñada, ni los alardes de resistencia pasiva con que quiso detener,

ya que no impedir, la instalación del escritorio y oficinas en el

piso segundo privándose de una bonita renta de inquilinato. Pero Cruz

todo lo arrollaba cuando decía «allá voy,» y en cuatro días, haciendo

de sobrestante, y de aparejadora, y de arquitecto, quedó terminada

la reforma que el mismo D. Francisco, gruñendo y protestando en la

intimidad de la familia, diputaba por buena, delante de personas

extrañas.

—Es idea mía—solía decir, enseñando á los amigos el amplio

escritorio.—Siempre me ha gustado trabajar con despejo y que mis

dependientes estén cómodos. La higiene ha sido siempre uno de mis

_objetivos_. Vean ustedes que hermoso despacho el mío... Esta otra

habitación, para recibir á los que quieran hablarme reservadamente. Á

la otra parte... vengan por aquí... el cuarto del tenedor de libros y

del copiador... Los dos escribientes más allá. Luego el teléfono...,

yo siempre he sido partidario de los adelantos, y antes de que nos

trajeran esta invención tan chusca, ya pensaba yo que debía haber

algo para dar y recibir recados á grandes distancias... Vean ahora el

departamento de la caja. ¡Qué independencia... qué desahogo para las

operaciones!... Yo _profeso la teoría_ de que, por lo mismo que está

todo tan malo, y los negocios no son ya lo que eran, hay que trabajar

de firme, y abrir nuevas fuentes, y abarcar mucho... lo que no puede

hacerse sino estableciéndose conforme á las exigencias modernas. Á eso

_tiendo_ yo siempre, y como sé lo que reclaman las tales exigencias,

determino ensancharme por arriba y por abajo, porque la sociedad nos

pide comodidades para nosotros y para ella. Debemos sacrificarnos

por nuestros amigos, y aunque yo no he cogido en mi vida un taco, he

resuelto poner en mi casa una mesa de billar... cosa bonita. La mesa es

elegantísima, y me ha costado un ojo de la cara. Como yo soy quien todo

lo dispone en casa, desde lo más _considerable_ hasta lo más mínimo,

llevo unos días de trajín que ya ya...

La entrada de Crucita le cortó la palabra, quitándole aquel desparpajo

con que se expresaba lejos de su autoritaria y despótica persona.

Pero la dama, que con exquisito tacto sabía ocultar en público su

prepotencia, al quitarle la palabra de la boca al dueño de la casa, la

tomó en esta discreta forma:

—Con que ya ven ustedes la contradanza en que nos ha metido nuestro don

Francisco. Billar y salones abajo, las oficinas aquí. ¡Qué trastorno,

qué laberinto! Pero al fin, ya está hecho, y tan brevemente como es

posible. No crean; ha sido idea suya, y él ha dirigido las obras. Bien

ven ustedes que es hombre de iniciativa, y que gusta de sobresalir y

distinguirse noblemente. Lo que él dice: «No se puede operar en grande

y vivir en chico.» Es mucho D. Francisco este. Dios le dé salud para

que sus proyectos sean realidades... Nosotras le ayudamos, queremos

ayudarle... Pero ¡ay! valemos tan poco... Acostumbradas á la estrechez,

quisiéramos vivir y morirnos en un rincón. Á la fuerza nos lleva él á

la esfera altísima de sus vastas ideas... No, no diga usted que no,

amigo mío. Bien saben todos que es usted la _modestia personificada_...

Se hace el chiquito... Pero no le valen, no, sus trapacerías de

hombre extraordinario, cuyo orgullo se cifra en que le tomen por

un cualquiera... ¿Es verdad ó no la que digo? Los entendimientos

superiores tienen por gala la suma humildad.

Dicho se está que estas palabras fueron acogidas por un coro de

asentimiento, al que siguió otro coro de alabanzas del grande hombre,

y de sus múltiples aptitudes. Pero él, riendo de dientes afuera, y

poniendo la cara de paleto asombrado, que para tales casos tenía, en

su interior colmaba de maldiciones á su tirana, echándole encima,

con el peso de su cólera, el de las cuentas que tenía que pagar á

carpinteros, albañiles, mueblistas y demás _sanguijuelas del rico_,

con más la pérdida de la renta del segundo. Y cuando los amigos

hubieron visto toda la reforma, repitiendo abajo, ante Fidela y Cruz,

los encarecimientos que habían hecho arriba, el usurero se desahogó á

solas en su cuarto, con cuatro patadas y otros tantos ternos á media

voz: «¡Cómo me domina la muy fantasmona!... Y ello es que tiene una

labia que enamora y le vuelve á uno loco... Pues con ese jarabe de pico

me está sacando los tuétanos, y no me deja hacer mi santísimo gusto,

que es economizar... ¡Qué desgracia me ha caído encima! ¡Ganar tanto

_guano_, y no poder emplearlo todito en nuevos negocios, hasta ver

un montón tan grande, tan grande que...! Pero con esta casa, y estas

señoras mías, mis arcas son un cesto. Por un lado entra, por mil partes

sale... Todo por la suposición, por este hipo de que soy _potencia_...

¡Dale con la manía de la _potencia_! ¿Pues y la tabarra que me dieron

anoche ella y el amigo Donoso con que, _velis nolis_, me han de

sacar senador? ¡Senador yo, yo, Francisco Torquemada, y por contera,

Gran Cruz de la reverendísima no sé qué...! Vamos, vale más que me

ría, y que, defendiendo la bolsa les deje hacer todo lo que quieran,

_inclusive_ encumbrarme como á un monigote para pregonar ante el mundo

su vanidad...»

Llamado por Fidela, tuvo que arrancarse á sus meditaciones. Enseñáronle

muestras de telas para _portieres_, de hules y alfombras. Pero él no

quiso escoger nada, delegando en las dos señoras su criterio suntuario,

y no diciendo más si no que se prefiriese lo más arregladito. Salió al

fin de estampía con D. Juan Gualberto Serrano, para ir al Ministerio.

¡El Ministerio! ¡Qué bien recibido era allí, y con cuánto gusto iba!

Y no porque le halagara el servilismo de los porteros, que al verle

entrar con Donoso, se tiraban á las mamparas, como si quisieran

abrirlas con la cabeza; ni la afabilidad lisonjera de los empleados

subalternos, que ansiaban ocasión de servirle, atraídos por el olor de

hombre adinerado que echaba de su persona. No era él vanidoso, ni se

pagaba de fútiles exterioridades. En aquella colmena administrativa

le encantaba principalmente la reina de las abejas, _vulgo_ ministro,

hombre que por ser muy á la pata la llana, practicón, mediano retórico,

y muy seguro en el manejo del guarismo, concordaba en ideas y carácter

con nuestro tacaño, pues también era él tacaño de la Hacienda pública,

recaudador á raja tabla y verdugo del contribuyente, en quien veía

siempre al enemigo que hay que perseguir y reventar á todo trance. No

había hecho el tal su carrera política exclusivamente con la palabra;

era más bien hombre de acción, en el bien entendido de que sean acción

las formalidades burocráticas. Donoso y él se trataban con familiaridad

como antiguos colegas, y D. Juan Gualberto Serrano le tuteaba, señal

de viejo compañerismo, que databa de los primeros estudios. Supo

Torquemada vencer, á la tercera ó cuarta encerrona con sus compinches

y el Ministro, la cortedad que sintió los primeros días, y bien pronto

se encontraba en el despacho de su Excelencia como en su propia casa.

Ponía singular cuidado en todo lo que decía, por no soltar algún

barbarismo gramatical, y no tardó en observar que, gracias á su tino y

discreción, ninguno de los allí presentes, incluso el Ministro, hablaba

mejor que él. Esto en la conversación general, que cuando de negocios

se trataba, á todos se los llevaba de calle, presentando las cuestiones

con claridad y precisión, á guarismo seco, con una lógica que no tenía

escape, ni podía ser por nadie controvertida. Para conseguir esto, el

tacaño hablaba lo menos posible, esquivando dar su parecer en todo

asunto que no fuese _de su cometido_; pero si la conversación entraba

en el terreno de la tacañería, ya fuese del orden menudo, ya del grande

ó financiero, se explayaba el hombre, y allí era el oirle todos con la

boca abierta.

De todo lo cual resultaba que el Ministro veía en él singulares

condiciones para el manejo de intereses, y siendo hombre poco dado á

la adulación le colmaba de cumplidos y lisonjas, con la particularidad

de que solía emplear los mismos términos que usaba Cruz cuando hacer

quería mangas y capirotes del presupuesto de la casa. Creyérase que la

dama y el Ministro se habían puesto de acuerdo para bailarle el agua,

con la diferencia de que ella lo hacía con el avieso fin de gastar

sus _rendimientos_ en vanidades y perendengues, mientras que el otro

le proporcionaría todo el aumento de ganancias compatible con los

intereses del Estado.

Para decirlo pronto y claro, sépase que el Ministro, cuyo nombre no

hace al caso, era honradísimo y que sus defectos (que como hombre

alguna tacha había de tener), no eran la codicia ni el afán de

medro personal. Nadie pudo acusarle nunca de explotar su posición

para enriquecerse. Á su lado no se hicieron chanchullos con su

consentimiento: los que medraron más de lo justo, allá se las

arreglaban como podían en esfera inferior á la del despacho y tertulia

del consejero de Su Majestad. Y en cuanto á Donoso, bien sabemos que

era de intachable integridad, formulista, eso sí, y sectario rabioso

de la ortodoxia administrativa, hasta el punto de que su honradez y

escrupulosidad habían hecho no pocas víctimas. Él no se lucraba; pero

por salvar los dineros del Fisco, habría pegado fuego á media España.

No podía decirse lo mismo de don Juan Gualberto, varón de conciencia

tan elástica, que de él se contaban cosas muy chuscas, algunas de

las cuales hay que poner en cuarentena, porque su propia enormidad

las hace inverosímiles. Jamás miró por el Estado, á quien tenía por

un grandísimo _hijo de tal_, miraba siempre por el particular, bien

fuese en el concepto esencial del _yo_, bien bajo la forma altruista y

humanitaria, como amparar á un amigo, defender á una sociedad, empresa,

ó entidad cualquiera. Ello es que en los cinco años famosos de la Unión

Liberal se enriqueció bastante, y luego, la pícara revolución y la

guerra carlista acabaron de cubrirle el riñón por completo. Á creer lo

que la maledicencia decía verbalmente y en letras de molde, Serrano

se había tragado pinares enteros, muchísimas leguas de pinos, todo de

una sentada, con fabuloso estómago. Y para quitar el empacho se había

entretenido (por aquello de «cuando el diablo no tiene que hacer...»)

en calzar á los soldados con zapatos de suela de cartón ó en darles

de comer alubias picadas y bacalao podrido; travesuras que lo más, lo

más, motivaban un poco de ruido en algunos periódicos, y como daba la

pícara casualidad de que éstos no gozaban del mejor crédito, por haber

dicho infinidad de mentiras á propósito de aquella campaña, nadie

pensó en llevar el asunto á formal información de la justicia, ni ésta

le imponía ningún miedo á D. Juan Gualberto, que era primo hermano

de directores generales, cuñado de jueces, sobrino de magistrados,

pariente más ó menos próximo de infinidad de generales, senadores,

consejeros y archipámpanos.

Pues bien; en las reuniones de que se viene tratando, el único que

hablaba de moralidad era Serrano. Mientras los otros no se acordaban

para nada de tal palabreja, D. Juan Gualberto no la soltaba de sus

labios, y solía decir: «Porque nosotros, entiéndase bien, representamos

y queremos representar un gran principio, un principio nuevo. Venimos

á cumplir una misión, y á llenar un vacío, la misión y el vacío de

_introducir_ la moralidad en las contratas de tabacos. _Tirios y

troyanos_ saben que hasta hoy... (aquí una pintura terrorífica de

las tales contratas _en el pasado momento histórico_.) Pues bien,

desde ahora, si nuestros planes merecen la aprobación del Gobierno

de Su Majestad, teniendo en cuenta la seriedad y la respetabilidad

de las personas que ponen su inteligencia y su capital al servicio

de la patria, ese servicio, esa renta, se afirmará sobre bases...

sobre bases...» Aquí se embarulló el orador, y tuvo D. Francisco que

acabarle la frase en esta forma: «_Bajo_ la base del negocio limpio

y á cara descubierta, como quien dice, pues nosotros _tendemos_

á beneficiarnos todo lo que podamos, dentro de la ley, ¡cuidado!

beneficiando al Gobierno más que lo han hecho _tirios_ y _troyanos_,

llámense Juan, Pedro y Diego; _sin maquiavelismos_ por nuestra parte,

sin consentir tampoco _maquiavelismos_ del Gobierno, tirando de aquí,

aflojando de allá, con el _objetivo_ de ir _orillando_ las dificultades

y _evacuando_ nuestro negocio, dentro del más estricto interés, y de

la más estricta moralidad... todo muy _estricto_, por decirlo así...

porqué yo sostengo la tesis de que el _punto de vista_ de la moralidad

no es incompatible con el _punto de vista_ del negocio.»

Torquemada en el purgatorio · 第 16 / 39 题