Zárate... ¿Pero quién es este Zárate?
Reconozcamos que en nuestra época de uniformidades y de nivelación
física y moral se han desgastado los tipos genéricos, y que van
desapareciendo, en el lento ocaso del mundo antiguo, aquellos
caracteres que representaban porciones grandísimas de la familia
humana, clases, grupos, categorías morales. Los que han nacido antes
de los últimos veinte años, recuerdan perfectamente que antes existía,
por ejemplo, el genuino tipo militar, y todo campeón curtido de las
guerras civiles se acusaba por su marcial facha, aunque de paisano se
vistiese. Otros muchos tipos había, _clavados_, como vulgarmente se
dice, consagrados por especialísimas conformaciones del rostro humano,
y de los modales, y del vestir. El avaro, pongo por caso, ofrecía
rasgos y fisonomía como de casta, y no se le confundía con ninguna
otra especie de hombres, y lo mismo puede decirse del _Don Juan_, ya
fuese de los que pican alto, ya de los que se dedican á doncellas de
servir y amas de cría. Y el beato tenía su cara y andares y ropa á las
de ningún otro parecidas, y caracterización igual se observaba en los
encargados de chupar sangre humana, prestamistas, vampiros, etc. Todo
eso pasó, y apenas quedan ya tipos de clase, como no sean los toreros.
En el escenario del mundo se va acabando el amaneramiento, lo que no
deja de ser un bien para el arte, y ahora nadie sabe quien es nadie,
como no lo estudie bien, familia por familia, y persona por persona.
Esta tendencia á la uniformidad, que se relaciona en cierto modo con
lo mucho que la humanidad se va despabilando, con los progresos de la
industria, y hasta con la baja de los aranceles, que ha generalizado y
abaratado la buena ropa, nos ha traído una gran confusión en materia de
tipos. Vemos diariamente personalidades que por el aire arrogantísimo y
la cara bigotuda pertenecen al género militar, ¿y qué son? Pues jueces
de primera instancia, ó maestros de piano, ú oficiales de Hacienda.
Hombres hallamos bien vestidos, y hasta elegantes, de trato amenísimo y
un cierto ángel, que dan un chasco al lucero del alba, porque uno les
cree paseantes en corte y son usureros empedernidos. Es frecuente ver
un mocetón como un castillo, con aire de domador de potros, y resulta
farmacéutico, ó catedrático de derecho canónico. Uno que tiene todas
las trazas de andar comiéndose los santos y llevando cirios en las
procesiones, es pintor de marinas, ó concejal del Ayuntamiento.
Pero en nada se nota la transformación como en el tipo del pedante,
antaño de los más característicos, aun después de que Moratín pintara
toda la clase en su D. Hermógenes. Así como el poeta ha perdido su
tradicional estampa, pues ya no hay melenas, ni pálidos rostros,
ni actitudes lánguidas, y poetas se dan con todo el empaque de un
apreciable almacenista al por mayor, el pedante se ha perdido en las
mudanzas de trastos desde la casa vieja de las Musas á este nuevo
domicilio en que estamos, y que aún no sabemos si es Olimpo ó qué
demonios es. ¿Dónde está, á estas fechas, el graciosísimo jorobado de
la _Derrota de los Pedantes_? En el limbo de la historia estética. Lo
que más desorienta hoy es que los pedantes de ogaño no son graciosos
como aquéllos, y faltando el signo de la gracia, no hay manera de
conocerlos á primera vista. Ni existe ya el puro pedante literario, con
su hojarasca de griego y latín, y su viciosa garrulería. El moderno
pedante es seco, difuso, desabrido, tormentoso, incapaz de divertir
á nadie. Suele abarcar lo literario y lo político, la fisiología
y la química, lo musical y lo sociológico, por esta hermandad que
ahora priva entre todas las artes y ciencias, y por la novísima
compenetración y enlace de los conocimientos humanos. Dicho se está que
el moderno pedante afecta en su exterioridad ó catadura formas muy
variadas, y los hay que parecen revendedores de billetes, ó _sportmen_,
ó personas graves de la clase de patronos de cofradía.
Pues bien; sépase quién es Zárate. Un hombre de la edad que suelen
tener muchos, treinta y dos años, bien parecido, bien vestido,
servicial como nadie, entrometido como pocos, de rostro alegre y
mirada insinuante, con recursos de sigisbeo para las damas, y de
consultor fácil para los caballeros de pocas luces; periodista por
temporadas, opositor á diferentes cátedras, esperando pasar del cuerpo
de archiveros á la facultad de Letras; con toda la facha de un hijo
de familia distinguida, á quien sus padres dan veinte duros al mes
para el bolsillo, pagándole la ropa; concurrente en clase de _tifus_
á los teatros; sabedor á medias de dos ó tres lenguas, fácil de
palabra, flexible de pensamiento, y, en suma, el pedante más aflictivo,
tarabillesco y ciclónico que Dios ha echado al mundo.
De cuantas personas iban á la casa, la más grata á D. Francisco
era Zárate, porque éste había sabido captarse la benevolencia del
tacaño, adulándole á incensario suelto las más de las veces, oyéndole
pacientemente en todo caso, y prestándose á satisfacer cuantas dudas
se le ofrecían al buen señor, de cualquier orden que fuesen. Para un
hombre en estado de metamorfosis, que, encontrándose á los cincuenta
años largos en un mundo desconocido, se veía obligado á instruirse de
prisa y corriendo, á fin de poder encajar en su nueva esfera, el tal
Zárate no tenía precio, por ser una enciclopedia viva, que ilustraba
con prontitud por cualquier página que se la abriese. Lo de menos era
el vocabulario, que á fuerza de atención y estudio iba adquiriendo
el hombre; ya poseía un capital de locuciones muy saneadito. Pero
le faltaba esa multitud de conocimientos elementales que posee toda
persona que anda por el mundo con levita y sombrero, algo de historia,
una idea no más, para no confundir á Ataúlfo con Fernando VII, algo de
física, por lo menos lo bastante para poder decir _la gravedad de los
cuerpos_ cuando se cae una silla, ó _la evaporación de los líquidos_,
cuando se seca el suelo.
Era, pues, Zárate, para el bueno de D. Francisco, una mina de
conocimientos fáciles, circunstanciales y baratos, porque así no tenía
que comprar ni siquiera un manual de conocimientos útiles, ni tomarse
el trabajo de leerlo. Pero no se entregaba fácilmente en manos del
sabio, que por tal le tenía: siempre que consultaba sus dudas sobre
puntos obscuros de historia ó de meteorología, se guardaba muy bien de
dejar en descubierto su crasa ignorancia, y ¿qué hacía el pícaro? pues
pincharle discretamente para que el otro hablase, sacando de su magín
enciclopédico á sus labios locuaces la miel de la ciencia, y entonces
el ávido ignorante se la comía, sin dar su brazo á torcer.
Correspondiendo á este juego astuto de su amigo, el pillo de Zárate,
que en medio de la hojarasca de su gárrulo saber tenía algunos
granos de agudeza, le trataba con extremada consideración, asintiendo
á cuantas gansadas decía afectando tenerle por un portento en el
discurrir, aunque limpio de ciertas erudiciones, que adquiriría
cuando se le antojase. Quedáronse aquella noche solos de sobremesa,
porque Donoso se fué al gabinete de Fidela, donde ya estaban la mamá
de Morentín y el marqués de Taramundi, y Zárate no tardó en echarle
al bruto de Torquemada todo el humo de su adulación, con lo cual
previamente le adormecía para ganarle luego la voluntad.
—Ya se habrá enterado usted de eso del _home rule_—le dijo. Soltó D.
Francisco dos ó tres gruñidos para salir del paso, pues no caía en lo
que aquello era, y fué preciso que Zárate se despotricara después y
nombrase á Irlanda y los irlandeses, para que el otro se encontrara en
terreno firme.
—¿Cree usted—prosiguió el pedante,—que Gladstone se saldrá al fin con
la suya? La cuestión es grave, gravísima, como que en aquel país la
tradición tiene una fuerza increíble.
—Inmensísima.
—¿Y usted cree posible...? Usted, permítame que se lo diga... yo digo
todo lo que siento..., posee el juicio más claro que conozco, y un
golpe de vista certero en todo asunto en que se ponen en juego grandes
intereses... Ya sabe usted que Gladstone...
Teniendo aquel clavo ardiente á que agarrarse, pues por la mañana
había aprendido en _El Imparcial_ cosas muy chuscas, D. Francisco le
quitó la palabra de la boca á su consultor, y relumbrando de erudición,
la cabeza echada atrás, el tono enfático y presumido, se dejó decir:
—Ese Gladstone... ¡qué hombre! Todas las mañanas, después del
chocolate, coge un hacha, corta un arbolito de su jardín y lo parte
para leña. Verdaderamente, un hombre que hace leña es _una entidad_ de
mucho empuje.
—¿Y no cree usted que hallará grandes dificultades en la Cámara de los
_Lores_?
—¡Oh! sí, señor. ¿Qué duda tiene? _Los lores_, _vulgo los doce pares_,
entiendo yo que son allá lo que aquí es el Senado, y el Senado, _velis
nolis_, siempre tira para atrás... Y á propósito: he leído que Irlanda
es país de excelentes patatas, que constituyen, _por decirlo así_, la
principal alimentación de las clases irlandesas, _vulgo_ populares. Y
esa bebida que llaman _whisky_, tengo entendido que la sacan del maíz,
del cual grano hacen gran consumo para la crianza de los de la vista
baja, y también para la alimentación de criaturas y personas mayores.