Al anochecer, encendidas las luces, Serrano Morentín buscaba junto
á Fidela, en el gabinete de ésta, la compensación de la horrorosa
tarde que su amigo le había dado. Bien se merecía, después de aquel
martirio, el goce de un ratito de conversación con la señora de
Torquemada, afable con él como con todo el mundo, mujer que poseía,
entre otros encantos, el de un cierto mimo infantil ó candoroso
abandono de la voluntad, que armonizaba muy bien con su delicada
figura, con su rostro de porcelana descolorida y transparente.
—¿Qué me ha mandado usted aquí?—dijo desenvolviendo un paquete de
libros que había recibido por la mañana.
—Pues véalo usted. Es lo único que hay por ahora. Novelas francesas y
españolas. Lee usted muy á prisa, y para tenerla bien surtida, será
preciso triplicar la producción del género en España y en Francia.
En efecto, su ingénita afición á las golosinas tomaba en el orden
espiritual la forma de gusto de las novelas. Después de casada, sin
tener ninguna ocupación en el hogar doméstico, pues su hermana y esposo
la querían absolutamente holgazana, se redobló su antigua querencia
de la lectura narrativa. Leía todo, lo bueno y lo malo, sin hacer
distinciones muy radicales, devorando lo mismo las obras de enredo que
las analíticas, pasionales ó de caracteres. Leía velozmente, á veces
interpretando con fugaz mirada páginas y más páginas, sin que dejara de
recoger toda la substancia de lo que contenían. Comúnmente se enteraba
del desenlace antes de llegar al fin, y si este no le ofrecía en su
tramitación alguna novedad, no terminaba el libro. Lo más extraño
de su ardiente afición era que dividía en dos campos absolutamente
distintos la vida real y la novela; es decir, que las novelas,
aun las de estructura naturalista, constituían un mundo figurado,
convencional, obra de los forjadores de cosas supuestas, mentirosas y
fantásticas, sin que por eso dejaran de ser bonitas alguna vez, y de
parecerse remotamente á la verdad. Entre las novelas que más tiraban á
lo verdadero, y la verdad de la vida, veía siempre Fidela un abismo.
Hablando de esto un día con Morentín, el cual, por su cultura en cierto
modo profesional, oficiaba de oráculo allí donde no había quien le
superase, sostuvo la dama una tesis que el oráculo celebró como idea
crítica de primer orden.
—Así como en pintura—había dicho ella,—no debe haber más que retratos,
y todo lo que no sea retratos es pintura secundaria, en literatura
no debe haber más que Memorias, es decir, relaciones de lo que le ha
pasado al que escribe. De mí sé decir que cuando veo un buen retrato de
mano de maestro, me quedo extática, y cuando leo Memorias, aunque sean
tan pesadas y tan llenas de fatuidad como las _de Ultratumba_, no sé
dejar el libro de las manos.
—Muy bien. Pero dígame usted, Fidela. En música, ¿qué encuentra usted
que pueda ser equivalente á los retratos y á las Memorias?
—¿En música... qué sé yo? No haga usted caso de mí, que soy una
ignorante... Pues, en música..., la de los pájaros.
Aquella tarde, mejor será decir aquella noche, después que se enteró de
los títulos de las novelas, y cuando Morentín le encarecía, siguiendo
la moda á la sazón dominante, la obra última de un autor ruso, Fidela
cortó bruscamente la perorata del joven ilustrado, interrogándole de
este modo:
—Dígame, Morentín... ¿qué le parece á usted de nuestro pobre Rafael?
—Pienso, amiga mía, que sus nervios no son un modelo de subordinación,
que mientras viva en esta casa, viendo, digo mal, sintiendo junto á sí
á personas que...
—Basta... Es mucha manía la de mi hermano. Mi marido le trata con las
mayores deferencias. No merece, no, esa antipatía, que ya toca en
aborrecimiento.
—No toca, excede al mayor aborrecimiento: digamos las cosas claras.
—Pero usted, hombre de Dios, usted, que es su amigo, y tiene sobre él
un cierto ascendiente, debe inculcarle...
—Si le inculco todo lo inculcable, y le sermoneo, y le regaño... y como
si nada... Su marido de usted es un hombre bueno... en el fondo. ¿No es
eso? Pues yo se lo digo en todos los tonos. ¡Vamos, que si D. Francisco
oyera los panegíricos que yo le hago, y tuviera que pagármelos en
alguna forma...! No, lo que es en moneda no pretendería yo que me los
pagase...
—Ni usted lo necesita. Es usted más rico que nosotros.
—¿Más rico yo?... Aunque usted me lo jure, yo no he de creerlo... Mi
riqueza consiste en la conformidad con lo que tengo, en la falta de
ambición, en las poquitas ideas que he podido juntar, leyendo algo y
viviendo algos... en fin, que espiritualmente, mis capitales no son de
despreciar, amiga mía.
—¿Acaso los he despreciado yo?
—Usted, sí. ¿No me decía el sábado que vivo apegado á las cosas
materiales...?
—No dije eso. Tiene usted mala memoria.
—¿Pero lo que usted dice, aunque lo diga en broma, se puede olvidar?
—¡No tergiversarme las cuestiones, ea! Dije que usted desconoce la
escuela del sufrimiento, y que cuando no se ha seguido esa carrera,
amigo mío, que es dura, penosísima, y en ella se ganan los grados con
sangre y lágrimas, no se adquiere la ciencia del espíritu.
—Justo; y añadió usted que yo, mimado de la fortuna, y sin conocer el
dolor más que de oídas, soy un magnífico animal...
—¡Jesús!
—No, no se vuelva usted atrás...
—Sí, dije animal; pero en el sentido de...
—No hay sentido que valga. Usted dijo que soy un animal.
—Quise decir... (_Riendo._) ¡Pero qué hombre éste! Animal es lo que no
tiene alma.
—Precisamente es lo contrario... _a... ni... mal_, con ánima, con alma.
—¿Eso quiere decir? Pues ¡ay! me vuelvo atrás, me retracto, retiro
la palabra. ¡Pero qué desatinos digo, Morentín! Usted no me hace caso
¿verdad?
—Si no me pico, si por el contrario, me agrada que usted me llene de
injurias... Y volviendo á la orden del día, ¿de dónde saca usted que yo
no conozco el dolor?
—No me he referido al de muelas.
—El dolor moral, del alma...
—¿Usted?... ¡Infeliz, y cómo desvanece la ignorancia! ¿Qué sabe usted
lo que es eso? ¿Que calamidades ha sufrido usted, qué pérdida de seres
queridos, qué humillaciones, qué vergüenzas? ¿Qué sacrificios ha hecho,
ni qué cálices amargos ha tenido que echarse al coleto?
—Todo es relativo, amiga mía. Cierto que si me comparo con usted,
no hay caso. Por eso es usted una criatura excelsa, superior, y yo
un triste principiante. Bien sé que todavía, por lo poquito que voy
aprendiendo en esa escuela, no soy, como la persona que me escucha,
digno de admiración, de veneración...
—Sí, sí, écheme usted bastante incienso, que bien me lo merezco.
—Quien ha pasado por pruebas tan horrorosas, quien ha sabido acrisolar
su voluntad en el martirio primero, en el sacrificio después, bien
merece reinar en el corazón de todos los que aman lo bueno.
—Más, más humo. Me gusta la lisonja, mejor dicho, el homenaje razonado
y justo.
—Y tan justo como es en el caso presente.
—Y otra cosa le voy á decir á usted, porque yo soy muy clara, y digo
todo lo que pienso. ¿No le parece á usted que la modestia es una
grandísima tontería?
—¡La modestia!... (_Desconcertado._) ¿Por qué lo dice usted?
—Porque yo arrojo esa careta estúpida de la modestia para poder
decir... vamos, ¿lo digo?... para poder afirmar que soy una mujer de
muchísimo mérito... ¡Ay, cómo se reirá usted de mí, Morentín!... No me
haga usted caso.
—¡Reirme!... Usted, como sér superior, está, en efecto, relevada
de tener modestia, esa gala de las medianías, que viene á ser como
un uniforme de colegio... Sí, sea usted inmodesta, y proclame su
extraordinario mérito, que aquí estamos los fieles para decir á todo
_amén_, como lo digo yo, y para salir por esos mundos declarando á voz
en grito que debemos adorarla á usted por su perfección espiritual, por
su maestría en el sufrimiento, y por su belleza incomparable.
—Mire usted—dijo Fidela echándose á reir con gracejo,—no me ofendo
porque me llamen hermosa. Más claro, ninguna se ofende, pero otras
disimulan su gozo con dengues y monerías, que impone esa pícara
modestia. Yo no: sé que soy bonita... ¡Ah! no me haga usted caso. Bien
dice mi hermana que soy una chicuela... Pues sí soy bonita, no un
prodigio de hermosura, eso no...
—Eso sí. Hermosa sobre todo encarecimiento, de un tipo tan
distinguido, y tan aristocrático...
—¿Verdad que sí?
—Como que no lo hay semejante ni aun parecido en Madrid.
—¿Verdad que no?... ¡Pero qué cosas digo! No me haga usted caso.
—Por todas esas prendas del alma y del cuerpo, y por otras muchas
que usted no manifiesta, con exquisito pudor de la voluntad, merece
usted, Fidela, ser la persona más feliz del mundo. ¿Para quién es la
felicidad, si no es para usted?
—¿Y quien le dice al Sr. Morentín, que no ha de ser para mí? ¿Cree que
no me la he ganado bien?
—La tiene usted merecida, y ganada... en principio; pero aún no la
posee.
—¿Y quien se lo ha dicho á usted?
—Me lo digo yo, que lo sé.
—Usted no sabe nada... Bah, perdida ya la vergüenza, le voy á decir
otra cosa, Morentín.
—¿Qué?
—Que yo tengo mucho talento.
—Noticia fresca.
—Más talento que usted, pero mucho más.
—Infinitamente más. ¡Vaya por Dios!... Como que es usted capaz, con
tantas perfecciones, de volver loco á todo el género humano, y á mí
para estrenarse.
—Pues siguiendo usted cuerdo un poco tiempo más, podrá reconocer que no
sabe en qué consiste la felicidad.
—Enséñemelo usted, pues por maestra la proclamo. Bien sé yo en qué
puede consistir la felicidad para mí. ¿Se lo digo?
—No, porque podría usted decir algo contrario á lo que constituye la
felicidad para mí.
—¿Usted qué sabe, si no lo he dicho todavía? Y sobre todo, ¿á usted qué
le importa que mis ideas sobre la felicidad sean un disparate? Figúrese
usted que...
Cortó bruscamente la cláusula el ruido de un pisar lento y pesadote, de
calzado chillón sobre las alfombras. Y hé aquí que entra Torquemada en
el gabinete, diciendo:
—Hola, Morentinito... Bien ¿y en casa?... Me alegro de verle.
X
—No tanto como yo de verle á usted. Ya le echábamos de menos, y yo le
decía á su esposa que los negocios le han entretenido á usted hoy fuera
de casa más que de costumbre.
—En seguida comemos... ¿Y tú qué tal? Has hecho bien en no salir á
paseo. Un día infernal. Me he constipado. Antes, andaba todo el día
de ceca en meca aguantando fríos y calores _considerables_, y no me
acatarraba nunca. Ahora, en esta vida de estufas y gabanes, con el
chanclo y el paraguas, siempre está uno con el moco colgando... Pues
estuve en casa de usted, Morentín. Tenía que ver á D. Juan.
—Creo que papá vendrá esta noche.
—Me alegro. Tenemos que _evacuar_ un asuntillo... No hay más remedio
que buscar con candil los buenos negocios, porque las necesidades
crecen como la espuma, y en esta vida... _¡de marqueses!_ cada
satisfacción cuesta un ojo de la cara...
—Pues á ganar mucho dinero, Tor, pero mucho—dijo Fidela con alegre
semblante.—Me declaro apasionada del vil metal, y lo defiendo contra
los sentimentales, como este Morentín, que está por lo espiritual y
etéreo... ¡Los intereses materiales... qué asco!... Pues yo me paso al
campo del sórdido positivismo, sí señor, y me vuelvo muy judía, muy
tacaña, muy apegada al ochavo, y más al centén, y sobre todo al billete
de mil pesetas, que es mi delicia.
—¡Graciosísima!—decía Morentín, contemplando la cara extática de D.
Francisco.
—Con que ya lo sabes, Tor—prosiguió la dama.—Tráeme á casa mucha
platita, orito en abundancia, y resmas de billetes, no para gastarlos
en vanidades, sino para guardar... ¡Qué gusto! Morentín, no se ría
usted; digo lo que siento. Anoche soñé que jugaba con mis muñecas, y
que les ponía una casa de cambio... Entraban las muñecas á cambiar
billetes, y la muñeca que dice _papa_ y _mama_, cambiaba, descontando
el veintisiete por ciento en la plata, y el ochenta y dos en el oro.
—¡Así, así!—exclamó Torquemada, partiéndose de risa.—Eso es limar para
dentro, á lo platero, _considerablemente_, y barrer para casa.
Durante la comida, á la que concurrió también Donoso, estuvo D.
Francisco de buen temple, decidor y festivo.
—Como Donoso y Morentín son de confianza—dijo al segundo ó tercer
plato,—puedo _manifestar_ que este principio ó lo que sea... Cruz,
¿cómo se llama esto?
—_Relevé_ de cordero á la... romana.
—Pues por ser á la romana, yo se lo mandaría al Nuncio, y á esa
cocinera de mil demonios, la pondría yo en la calle. Si esto no es más
que huesos.
—Tonto, se chupan—dijo Fidela,—y están riquísimos.
—El chupar digo yo que no es _meramente_ para principio, ea... En fin,
tengamos paciencia... Pues señor, como iba diciendo...
—Á ver, á ver: cuéntanos el sablazo que te han dado hoy.
—¿Hoy también sablazo?—dijo Donoso.—Ya se sabe: es el mal de la época.
Vivimos en plena mendicidad.
—El sablazo es la forma incipiente del colectivismo—opinó
Morentín.—Estamos ahora en la época del martirio, de las catacumbas.
Vendrá luego el reconocimiento del derecho á pedir, de la obligación de
dar, la ley protegerá el pordioseo, y triunfará el principio del _todo
para todos_.
—Ese principio ya está _sobre el tapete_—dijo Torquemada,—y á este
paso, pronto no habrá otra manera de vivir que el sablazo bendito.
Yo me pinto solo para pararlos: como que casi nunca me cogen; pero
el de hoy, por tratarse de un chico huérfano, hijo de una señora muy
respetable, que pagaba sus deudas con una puntualidad... vamos, que era
la puntualidad personificada... pues por ser el chico muy modosito y
muy aplicadito, me dejé caer, y le dí tres duros. Me había pedido ¿para
qué creerán ustedes? Para publicar un tomo de poesías.
—¡Poeta!
—De estos que hacen versos.
—¡Pero hombre—observó Fidela,—tres duros para imprimir un libro...! La
verdad, no te has corrido mucho.
—Pues muy agradecido debió de quedar ese ángel de Dios, porque me ha
escrito una carta, dándome las gracias, y en ella, después de echarme
mucho incienso, me llama... vamos, usa un término que no entiendo.
—Á ver, ¿qué es?
—Perdonen ustedes mi ignorancia. Ya saben que no he tenido principios,
y aquí para _inter nos_ confieso mi desconocimiento de muchos
vocablos, que jamás se usaron en los barrios y entre las gentes que
yo trataba antes. Díganme ustedes qué significa lo que me ha llamado
el boquirrubio ese, queriendo sin duda echarme una flor... Pues me ha
dicho que soy su... Mecenas. (_Risas._) Sáquenme, pues, de esta duda
que ha venido atormentándome toda la tarde. ¿Qué demonios quiere decir
eso, y por qué soy yo Mecenas de nadie...?
—Hijo de mi alma—dijo Fidela gozosa, poniéndole la mano en el
hombro.—Mecenas quiere decir: protector de las letras.
—Atiza. ¡Y yo, sin saberlo, he protegido las letras! Como no sean
las de cambio. Bien decía yo, debe de ser cosa de soltar cuartos...
Jamás oí tal término, ni Cristo que lo fundó. Me... cenas. Es decir,
convidarles á cenar á esos badulaques de poetas... Pues señor, bien...
¿Y qué va uno ganando con ser Mecenas?
—La gloria...
—Como quien dice, el beneplácito...
—¿Qué beneplácito, ni qué niño muerto? La gloria, hombre.
—Pues el beneplácito, el qué dirán, si lo que se dice es en alabanza
mía... _Cúmpleme_ declarar con toda sinceridad, _á fuer_ de hombre
verídico, que no quiero la gloria de ensalzar poetas. No es que yo los
desprecie, ¡cuidado! Pero hay aquí dentro de mí más compatibilidad con
la prosa que con el verso... Los hombres que á mí me gustan, mejorando
lo presente, son los hombres científicos, como nuestro amigo Zárate.
Y al nombrarle, levantóse en la mesa un tumulto de alabanzas.
—¡Zárate, oh, sí!... ¡qué chico de tanto mérito!
—¡Qué saber para tan corta edad!
—No tan corta, amiga mía. Es de nuestro tiempo. Rafael y yo le tuvimos
de compañero en el Noviciado. Después él entró en la Facultad de
Ciencias, y nosotros en la de Derecho.
—¡Sabe; vaya si sabe! ¡oh!—exclamó Torquemada, demostrando una
admiración que no solía conceder sino á muy contadas personas.
Cruz, que se había levantado de la mesa poco antes, _para dar una
vuelta_ á su hermano, volvió diciendo:
—Pues ahí tienen ustedes al prodigio de Zárate... Ha entrado ahora, y
está conversando con Rafael.
Celebraron todos la aparición del sabio, particularmente D. Francisco,
que le mandó recado con Pinto para que fuese á tomar una taza de café,
ó una copita; pero Cruz dispuso que el café se le mandase al cuarto
del ciego, á fin de no privar á éste de aquel ratito de distracción.
Ofrecióse Morentín á _relevar la guardia_, para que Zárate pudiera
pasar al comedor, y allá se fué. En un momento que juntos estuvieron
los tres amigos, Morentín dijo al sabio:
—Chico, que vayas, que vayas á tomar café. Tu amigo te llama.
—¿Quién?
—Torquemada, hombre. Quiere que le expliques lo que significa
_Mecenas_. Yo creí morir de risa.
—Pues acaba de contarme Zárate—dijo Rafael, ya completamente repuesto
del arrechucho de la tarde,—que ayer se le encontró en la calle y...
Que te lo cuente él.
—Pues me paró, nos saludamos, y después de preguntarme no sé qué de la
atmósfera, y de responderle yo lo que me pareció, se descuelga con esta
consulta: «Dígame, Zárate, usted que todo lo sabe. ¿Cuando nacen los
hijos, mejor dicho, cuando los hijos están para nacer, ó verbigracia,
cuando...?»
Pinto abrió la puerta, diciendo con mucha prisa:
—Que vaya usted, señor de Zárate.
—Voy.
—Anda, anda; luego lo contarás.
Y cuando se quedó solo con Morentín, prosiguió Rafael el cuento:
—Ello es la extravagancia más donosa de nuestro jabalí, que cegado
por la vanidad, y desvanecido por su barbarie, que se desarrolla en
la opulencia como un cardo borriquero en terreno cargado de basura,
pretende que la Naturaleza sea tan imbécil como él. Escucha, y
asegúrate primero de que nadie nos oye. Él divide á los seres humanos
en dos grandes castas ó familias: poetas y científicos. (_Estrepitosa
risa de Morentín._) Y quería que Zárate le diese su opinión sobre una
idea que él tiene. Verás qué idea, y cáete de espaldas, hombre.
—Cállate, cállate; de tanto reirme, me va á dar la gastralgia. He
comido muy bien... Á ver, sigue: esto es divino...
—Verás qué idea. Pretende que puede y debe haber ciertas... no recuerdo
el término que usó..., reglas, procedimientos, algo así... para que
los hijos que tenga un hombre, _salgan_ científicos, y en ningún caso
poetas.
—Cállate...—gritaba Morentín en las convulsiones de una risa
desenfrenada.—Que me da, que me da la gastralgia.
—¿Pero están locos aquí?—dijo Cruz asomando á la puerta del cuarto su
rostro, en que se pintaba un vivo sobresalto.
Desde que la insana hilaridad del ciego, á primera hora de aquel
día, llenó su alma de recelo y turbación, no podía oir risas sin
estremecerse. ¡Cosa más rara! Y por la noche, el que reía era Morentín,
contagiado sin duda del pobre amigo enfermo, que entonces al parecer
disfrutaba de una alegría dulce y sedante.