—Sí, de un asunto delicadísimo... y muy grave—repitió el ciego.—Ante
todo, ¿mis hermanas no andan por aquí?
—No, hombre, estamos solos.
—Asómate á la puerta, á ver si en el pasillo...
—No hay nadie. Puedes hablar todo lo que quieras.
—Desde anoche pienso en ello... ¡Cuánto deseaba que vinieras!... Y esta
mañana, la rabia que sentía, el miedo y la tristeza, se me manifestaron
en una vida estúpida, que alarmó á mi hermana. No estaba loco, no, ni
lo estaré nunca. Es que me reía, como deben de reirse los condenados
por burlones de mala ley. Su suplicio ha de consistir en que los
diablos les hagan cosquillas con cepillos de alambres al rojo...
—¡Eh... qué tontería! ¿Ya empiezas?
—Bueno, bueno; no te enfades... Quiero preguntarte una cosa. Pero mira,
Pepe: has de prometerme ser conmigo de una sinceridad y una lealtad
á prueba de vergüenzas. Me has de prometer contestarme á lo que te
pregunte, como contestarías á tu confesor, si es que lo tienes, ó á
Dios mismo, si Dios quisiera explorar tu conciencia, fingiendo que la
desconoce.
—Patético estás. Habla de una vez, que en verdad me pones el alma en un
hilo. ¿Qué es ello?
—Apuesto á que te lo figuras.
—¿Yo? Ni remotamente.
—¿Y me prometes también no enfadarte, aunque te diga... cosas demasiado
fuertes, de esas que si espantan oídas por tí, más deben espantar
pronunciadas por esta boca mía?
—Vamos... que hoy estás de buen temple—replicó Morentín disimulando su
desasosiego—.Porque al fin, ya lo estoy viendo, vas á salir con alguna
humorada...
—Ya lo verás. La cuestión es tan grave, que no me lanzo á formularla
sin una miajita de preámbulo. Allá va: José Serrano Morentín,
representante del país, propietario, paseante en corte y _sportman_,
dime: en el momento presente, ¿cómo está la sociedad en punto á
moralidad y buenas costumbres?
Rompió á reir el buen amigo, seguro ya de que Rafael, como otras veces,
después de anunciar aparatosamente una cuestión peliaguda, salía con
cualquier cuchufleta.
—No te rías, no. Ya te irás convenciendo de que esto no es broma. Te
pregunto si en el tiempo en que yo he vivido apartado del mundo, dentro
de este calabozo de mi ceguera, á donde apenas llegan destellos de
la vida social, han variado las costumbres privadas, y las ideas de
hombres y mujeres sobre el honor, la fidelidad conyugal, _etcétera_.
Me figuro que no hay variación. ¿Acierto? Sí. Porque en mi tiempo,
que también es el tuyo, allá cuando tú y yo andábamos por el mundo,
divirtiéndonos todo lo que podíamos, las ideas sobre puntos graves de
moral eran bastante anárquicas. Ya recordarás que tú y yo, y todos
nuestros amigos, no pecábamos de escrupulosos, ni de rigoristas, y que
el matrimonio no nos imponía ningún respeto. Es esto verdad, ¿sí ó no?
—Es verdad—replicó Morentín, que había vuelto á escamarse.—¿Pero á
qué viene eso? El mundo siempre es el mismo. Antes que nosotros hubo
jóvenes de dudosa virtud, y en nuestro tiempo, no nos cuidamos de
mejorar las costumbres. La juventud es juventud, y, la moral sigue
siendo la moral, á pesar de las transgresiones que se cometen con la
intención ó con el hecho.
—Á eso voy. Pero nuestros tiempos creo que excedían en depravación á
los anteriores y á los que vinieron después. Yo recuerdo que creíamos
como artículo de fe, pues el pecado tiene también dogmas impuestos
por la frivolidad y el vicio... creíamos que era nuestra obligación
hacer el amor á toda mujer casada que por delante nos caía... creíamos
usar de un derecho inherente á nuestra juventud rozagante, y que el
matrimonio que perturbábamos... casi casi debía agradecérnoslo... no te
rías, Pepe; mira que esto es muy serio, pero muy serio.
—Como que va parando en sermón. Querido Rafael, yo te aseguro que si
estuviéramos en aquel momento histórico, como diría quien yo me sé,
tu santa palabra obraría prodigios sobre las conciencias de tanto
perdulario. Pero, chico, el mundo ha variado mucho, y ahora tenemos
tanta moralidad, que las picardías conyugales han venido á ser un mito.
—No es verdad eso. Ahora, como antes, los hombres, sobre todo si están
entre la juventud y la madurez, profesan los principios más contrarios
á la buena organización de la familia. Hoy, por ejemplo, ha de correr
muy válido entre los perdidos como tú, el principio..., lo llamo
principio para expresar mejor la fuerza que tiene... el principio de
que la mujer unida por vínculo indisoluble á un hombre viejo, feo,
antipático, grosero, avaro y brutal, está autorizada para consolarse de
su desgracia... con un amante.
—Hombre, ni antes ni ahora se ha creído eso.
—Autorizada, sí, por esa moral de circunstancias, que profesáis los
hombres de mundo, ley que os permite dar bulas para deshonrar, para
robar y cometer mil infamias. No me lo niegues. Hay indulgencias,
revestidas de lástima piadosa, para la mujer que se halla en la
situación que he dicho, quizás sacrificada á intereses de familia...
—¿Pero á qué viene todo eso, Rafael?—dijo Morentín, ya receloso y
sobresaltado, deseando cortar á todo trance una cuestión que le iba
resultando muy desagradable.—Hablemos de cosas más amenas, más
oportunas, no traídas por los cabellos, ni...
—¡Oh! ninguna más oportuna que ésta—gritó Rafael, que si hasta entonces
había hablado con serenidad, ya comenzaba á encalabrinarse, inquieto de
manos y pies, balbuciente de palabra, como que iba llegando al punto
que quemaba.—No necesito buscar ejemplos, ni teorizar tontamente,
porque la triste realidad me da la razón. Voy á tratar de un hecho,
Pepe, y ahora necesito de toda tu sinceridad, y de todo tu valor.
—Hombre, ¿quieres irte á donde fué el padre Padilla?—dijo Morentín
sulfurado, como queriendo ahogar la cuestión.—He venido aquí á pasar un
rato agradable contigo, no á discurrir sobre abstracciones quiméricas.
—¿Qué... te vas? (_Levantándose._)
—No, estoy aquí. (_Deteniéndole._)
—Un momento más, un momento, y luego te dejo en paz. Me sentaré otra
vez. Hazme el favor de ver si andan por ahí mis hermanas.
—Que no... Pero podrían venir...
—Pues antes de que vengan, te digo que una lógica inflexible, la lógica
de la vida real, que hace derivar un hecho, de otro hecho, como el hijo
se deriva de la madre, y el fruto de la flor, y ésta del árbol, y el
árbol de la simiente..., esa lógica, digo, contra la cual nada puede
nuestra imaginación, me ha revelado que mi infeliz hermana... ¡Triste
cosa es descubrir estas realidades vergonzosas dentro de nuestra propia
familia; pero es más triste desconocerlas estúpidamente!... Soy ciego
de vista, pero no de entendimiento. Con los ojos de la lógica veo más
que nadie, y les añado el lente de la experiencia para ver más... Pues
he visto, ¿cómo lo diré? he visto que á mi pobre hermana la coge de
medio á medio aquel principio, llamémoslo así, y que alentada por la
indulgencia social, se permite...
—¡Calla! ¡Esto no se puede tolerar!—exclamó Morentín furioso, ó
hablando como si lo estuviera.—¡Injurias infamemente á tu hermana!...
¿Pero has perdido el juicio?
—No lo he perdido. Aquí lo tengo, y bien seguro... Dime la verdad...
Confiésalo... Ten grandeza de alma.
—¿Qué he de confesarte yo, desdichado, ni qué sé yo de tus locuras?...
Déjame, déjame. No puedo estar contigo, ni acompañarte, ni oirte.
—Ven acá, ven acá...—dijo el ciego, asiéndole el brazo, y apretando con
tan nerviosa fuerza que sus dedos parecían tenazas.
—Basta de tonterías, Rafael... ¿Qué delirio es éste? (_Forcejeando._)
Te digo que me sueltes.
—No te suelto, no. (_Apretando más._) Ven acá... Pues me levanto yo
también, y me llevarás pegado á tí como tu remordimiento... ¡Farsante,
libertino, oye, quiero decírtelo en tu cara, pues no tienes tú valor
para confesarlo!...
—¡Majadero, lunático...! ¿Yo...? ¿qué dices?
—Que mi hermana... no lo repito; no...
—Un amante... ¡qué sandez!
—Sí, sí, y ese amante eres tú. No me lo niegues. Si te conozco. Si sé
tus mañas, tu relajación, tu hipocresía. Amores ilícitos, siempre que
no se llegue al escándalo...
—Rafael, no me irrites... No quiero ser severo contigo. Merecías...
—Confiésamelo, ten grandeza de alma.
—No puedo confesarte lo que es invención de tu mente enferma... Vamos,
Rafael, suéltame...
—Pues confiésamelo.
Enlazados brazo con brazo, jadeantes y enardecidos los dos,
Rafael queriendo atenazar á su amigo con nerviosa fuerza, el otro
defendiéndose sin gran vigor por no provocar una escena ruidosa, por
fin pudo más Morentín, obligando al ciego á caer rendido en el sillón,
y sujetándole para que no braceara.
—Eres un malvado y no tienes el valor de tu crimen—dijo Rafael con voz
ahogada, sin poder respirar.—Confiesa, por Dios...
—Yo te juro, te juro, Rafael—replicó el otro, suavizando la voz cuanto
podía,—que has pensado, y dicho una tremenda impostura...
—Es verdad, por lo menos en la intención...
—Ni en la intención ni en nada... Cálmate. Me parece que vienen tus
hermanas.
—¡Dios mío, lo veo tan claro, tan claro...!
Por grande que fué la cautela de Morentín, no pudo impedir que algún
eco de la reyerta llegase al oído vigilante de Cruz, la cual acudió
presurosa, y al entrar hubo de comprender, por la palidez de los
rostros, y el habla balbuciente, que entre los dos cariñosos amigos
había surgido alguna desavenencia, y el motivo era sin duda de
verdadera gravedad, pues uno y otro, cuando disputaban de filosofía, ó
de música, ó de cría caballar, no perdían su serenidad ni el acento de
broma mesurada y de buen tono.
—Nada, no es nada—dijo Morentín, respondiendo al asombro y á las
preguntas de la dama.—Es que éste tiene unas cosas...
—¡Es más terco este Pepito!...—murmuró Rafael en tono de niño
mimoso.—¡No querer confesarme...!
—¿Qué?
—Por Dios, Cruz, no haga usted caso—replicó el amigo recobrándose en
un momento, y componiendo voz, modales y rostro.—Si es una tontería...
¿Pero usted creyó que nos habíamos incomodado?
Miraba Cruz á uno y otro, sin poder adivinar con todo su talento el
carácter de la disputa.
—Como si lo viera. Tanto furor por la música de Wagner, ó por las
novelas de Zola.
—No era eso.
—¿Pues qué? Necesito saberlo. (_Á Rafael, pasándole la mano por la
cabeza y sentándole el pelo._) Si tú no me lo dices, me lo dirá Pepe.
—No, lo que es ese no ha de decírtelo...
—Figúrese usted, Cruz, que me ha llamado hipócrita, libertino, y qué sé
yo qué. Pero no le guardo rencor. Me enfadé un poquito por... vamos,
por nada. No se hable más del asunto.
—Yo sostengo todo lo que dije—afirmó Rafael.
—Y yo te juro, y vuelvo á jurarte una y cien veces, que no soy culpable.
—¿De qué?
—Del delito de lesa nación—repuso desahogadamente Morentín, armando la
mentira con gentil travesura.—Se empeña ese en que yo soy cómplice...
fíjese usted, Cruz, cómplice, nada menos, de los que han dado la razón
al Quirinal contra el Vaticano, en la cuestión de competencia entre
las dos embajadas. Que traigan el _Diario de Las Sesiones_... ¡Ah! que
vaya Pinto á buscarlo á casa. Allí se verá que he suscrito el voto
particular. El jefe dejó libre la cuestión, y yo, naturalmente...
—Podías haber empezado por ahí—contestó el ciego aceptando la fórmula
de engaño.
—Siempre he pensado lo mismo. _Vaticano for ever._
No muy satisfecha de la explicación, y el ánimo agobiado de recelos y
aprensiones, retiróse la dama, y fué tras ella Morentín, confirmando lo
dicho. Pero ni aun con esto se tranquilizó, y no cesaba de presagiar
nuevas complicaciones y desastres.