VIII

—Sí, de un asunto delicadísimo... y muy grave—repitió el ciego.—Ante

todo, ¿mis hermanas no andan por aquí?

—No, hombre, estamos solos.

—Asómate á la puerta, á ver si en el pasillo...

—No hay nadie. Puedes hablar todo lo que quieras.

—Desde anoche pienso en ello... ¡Cuánto deseaba que vinieras!... Y esta

mañana, la rabia que sentía, el miedo y la tristeza, se me manifestaron

en una vida estúpida, que alarmó á mi hermana. No estaba loco, no, ni

lo estaré nunca. Es que me reía, como deben de reirse los condenados

por burlones de mala ley. Su suplicio ha de consistir en que los

diablos les hagan cosquillas con cepillos de alambres al rojo...

—¡Eh... qué tontería! ¿Ya empiezas?

—Bueno, bueno; no te enfades... Quiero preguntarte una cosa. Pero mira,

Pepe: has de prometerme ser conmigo de una sinceridad y una lealtad

á prueba de vergüenzas. Me has de prometer contestarme á lo que te

pregunte, como contestarías á tu confesor, si es que lo tienes, ó á

Dios mismo, si Dios quisiera explorar tu conciencia, fingiendo que la

desconoce.

—Patético estás. Habla de una vez, que en verdad me pones el alma en un

hilo. ¿Qué es ello?

—Apuesto á que te lo figuras.

—¿Yo? Ni remotamente.

—¿Y me prometes también no enfadarte, aunque te diga... cosas demasiado

fuertes, de esas que si espantan oídas por tí, más deben espantar

pronunciadas por esta boca mía?

—Vamos... que hoy estás de buen temple—replicó Morentín disimulando su

desasosiego—.Porque al fin, ya lo estoy viendo, vas á salir con alguna

humorada...

—Ya lo verás. La cuestión es tan grave, que no me lanzo á formularla

sin una miajita de preámbulo. Allá va: José Serrano Morentín,

representante del país, propietario, paseante en corte y _sportman_,

dime: en el momento presente, ¿cómo está la sociedad en punto á

moralidad y buenas costumbres?

Rompió á reir el buen amigo, seguro ya de que Rafael, como otras veces,

después de anunciar aparatosamente una cuestión peliaguda, salía con

cualquier cuchufleta.

—No te rías, no. Ya te irás convenciendo de que esto no es broma. Te

pregunto si en el tiempo en que yo he vivido apartado del mundo, dentro

de este calabozo de mi ceguera, á donde apenas llegan destellos de

la vida social, han variado las costumbres privadas, y las ideas de

hombres y mujeres sobre el honor, la fidelidad conyugal, _etcétera_.

Me figuro que no hay variación. ¿Acierto? Sí. Porque en mi tiempo,

que también es el tuyo, allá cuando tú y yo andábamos por el mundo,

divirtiéndonos todo lo que podíamos, las ideas sobre puntos graves de

moral eran bastante anárquicas. Ya recordarás que tú y yo, y todos

nuestros amigos, no pecábamos de escrupulosos, ni de rigoristas, y que

el matrimonio no nos imponía ningún respeto. Es esto verdad, ¿sí ó no?

—Es verdad—replicó Morentín, que había vuelto á escamarse.—¿Pero á

qué viene eso? El mundo siempre es el mismo. Antes que nosotros hubo

jóvenes de dudosa virtud, y en nuestro tiempo, no nos cuidamos de

mejorar las costumbres. La juventud es juventud, y, la moral sigue

siendo la moral, á pesar de las transgresiones que se cometen con la

intención ó con el hecho.

—Á eso voy. Pero nuestros tiempos creo que excedían en depravación á

los anteriores y á los que vinieron después. Yo recuerdo que creíamos

como artículo de fe, pues el pecado tiene también dogmas impuestos

por la frivolidad y el vicio... creíamos que era nuestra obligación

hacer el amor á toda mujer casada que por delante nos caía... creíamos

usar de un derecho inherente á nuestra juventud rozagante, y que el

matrimonio que perturbábamos... casi casi debía agradecérnoslo... no te

rías, Pepe; mira que esto es muy serio, pero muy serio.

—Como que va parando en sermón. Querido Rafael, yo te aseguro que si

estuviéramos en aquel momento histórico, como diría quien yo me sé,

tu santa palabra obraría prodigios sobre las conciencias de tanto

perdulario. Pero, chico, el mundo ha variado mucho, y ahora tenemos

tanta moralidad, que las picardías conyugales han venido á ser un mito.

—No es verdad eso. Ahora, como antes, los hombres, sobre todo si están

entre la juventud y la madurez, profesan los principios más contrarios

á la buena organización de la familia. Hoy, por ejemplo, ha de correr

muy válido entre los perdidos como tú, el principio..., lo llamo

principio para expresar mejor la fuerza que tiene... el principio de

que la mujer unida por vínculo indisoluble á un hombre viejo, feo,

antipático, grosero, avaro y brutal, está autorizada para consolarse de

su desgracia... con un amante.

—Hombre, ni antes ni ahora se ha creído eso.

—Autorizada, sí, por esa moral de circunstancias, que profesáis los

hombres de mundo, ley que os permite dar bulas para deshonrar, para

robar y cometer mil infamias. No me lo niegues. Hay indulgencias,

revestidas de lástima piadosa, para la mujer que se halla en la

situación que he dicho, quizás sacrificada á intereses de familia...

—¿Pero á qué viene todo eso, Rafael?—dijo Morentín, ya receloso y

sobresaltado, deseando cortar á todo trance una cuestión que le iba

resultando muy desagradable.—Hablemos de cosas más amenas, más

oportunas, no traídas por los cabellos, ni...

—¡Oh! ninguna más oportuna que ésta—gritó Rafael, que si hasta entonces

había hablado con serenidad, ya comenzaba á encalabrinarse, inquieto de

manos y pies, balbuciente de palabra, como que iba llegando al punto

que quemaba.—No necesito buscar ejemplos, ni teorizar tontamente,

porque la triste realidad me da la razón. Voy á tratar de un hecho,

Pepe, y ahora necesito de toda tu sinceridad, y de todo tu valor.

—Hombre, ¿quieres irte á donde fué el padre Padilla?—dijo Morentín

sulfurado, como queriendo ahogar la cuestión.—He venido aquí á pasar un

rato agradable contigo, no á discurrir sobre abstracciones quiméricas.

—¿Qué... te vas? (_Levantándose._)

—No, estoy aquí. (_Deteniéndole._)

—Un momento más, un momento, y luego te dejo en paz. Me sentaré otra

vez. Hazme el favor de ver si andan por ahí mis hermanas.

—Que no... Pero podrían venir...

—Pues antes de que vengan, te digo que una lógica inflexible, la lógica

de la vida real, que hace derivar un hecho, de otro hecho, como el hijo

se deriva de la madre, y el fruto de la flor, y ésta del árbol, y el

árbol de la simiente..., esa lógica, digo, contra la cual nada puede

nuestra imaginación, me ha revelado que mi infeliz hermana... ¡Triste

cosa es descubrir estas realidades vergonzosas dentro de nuestra propia

familia; pero es más triste desconocerlas estúpidamente!... Soy ciego

de vista, pero no de entendimiento. Con los ojos de la lógica veo más

que nadie, y les añado el lente de la experiencia para ver más... Pues

he visto, ¿cómo lo diré? he visto que á mi pobre hermana la coge de

medio á medio aquel principio, llamémoslo así, y que alentada por la

indulgencia social, se permite...

—¡Calla! ¡Esto no se puede tolerar!—exclamó Morentín furioso, ó

hablando como si lo estuviera.—¡Injurias infamemente á tu hermana!...

¿Pero has perdido el juicio?

—No lo he perdido. Aquí lo tengo, y bien seguro... Dime la verdad...

Confiésalo... Ten grandeza de alma.

—¿Qué he de confesarte yo, desdichado, ni qué sé yo de tus locuras?...

Déjame, déjame. No puedo estar contigo, ni acompañarte, ni oirte.

—Ven acá, ven acá...—dijo el ciego, asiéndole el brazo, y apretando con

tan nerviosa fuerza que sus dedos parecían tenazas.

—Basta de tonterías, Rafael... ¿Qué delirio es éste? (_Forcejeando._)

Te digo que me sueltes.

—No te suelto, no. (_Apretando más._) Ven acá... Pues me levanto yo

también, y me llevarás pegado á tí como tu remordimiento... ¡Farsante,

libertino, oye, quiero decírtelo en tu cara, pues no tienes tú valor

para confesarlo!...

—¡Majadero, lunático...! ¿Yo...? ¿qué dices?

—Que mi hermana... no lo repito; no...

—Un amante... ¡qué sandez!

—Sí, sí, y ese amante eres tú. No me lo niegues. Si te conozco. Si sé

tus mañas, tu relajación, tu hipocresía. Amores ilícitos, siempre que

no se llegue al escándalo...

—Rafael, no me irrites... No quiero ser severo contigo. Merecías...

—Confiésamelo, ten grandeza de alma.

—No puedo confesarte lo que es invención de tu mente enferma... Vamos,

Rafael, suéltame...

—Pues confiésamelo.

Enlazados brazo con brazo, jadeantes y enardecidos los dos,

Rafael queriendo atenazar á su amigo con nerviosa fuerza, el otro

defendiéndose sin gran vigor por no provocar una escena ruidosa, por

fin pudo más Morentín, obligando al ciego á caer rendido en el sillón,

y sujetándole para que no braceara.

—Eres un malvado y no tienes el valor de tu crimen—dijo Rafael con voz

ahogada, sin poder respirar.—Confiesa, por Dios...

—Yo te juro, te juro, Rafael—replicó el otro, suavizando la voz cuanto

podía,—que has pensado, y dicho una tremenda impostura...

—Es verdad, por lo menos en la intención...

—Ni en la intención ni en nada... Cálmate. Me parece que vienen tus

hermanas.

—¡Dios mío, lo veo tan claro, tan claro...!

Por grande que fué la cautela de Morentín, no pudo impedir que algún

eco de la reyerta llegase al oído vigilante de Cruz, la cual acudió

presurosa, y al entrar hubo de comprender, por la palidez de los

rostros, y el habla balbuciente, que entre los dos cariñosos amigos

había surgido alguna desavenencia, y el motivo era sin duda de

verdadera gravedad, pues uno y otro, cuando disputaban de filosofía, ó

de música, ó de cría caballar, no perdían su serenidad ni el acento de

broma mesurada y de buen tono.

—Nada, no es nada—dijo Morentín, respondiendo al asombro y á las

preguntas de la dama.—Es que éste tiene unas cosas...

—¡Es más terco este Pepito!...—murmuró Rafael en tono de niño

mimoso.—¡No querer confesarme...!

—¿Qué?

—Por Dios, Cruz, no haga usted caso—replicó el amigo recobrándose en

un momento, y componiendo voz, modales y rostro.—Si es una tontería...

¿Pero usted creyó que nos habíamos incomodado?

Miraba Cruz á uno y otro, sin poder adivinar con todo su talento el

carácter de la disputa.

—Como si lo viera. Tanto furor por la música de Wagner, ó por las

novelas de Zola.

—No era eso.

—¿Pues qué? Necesito saberlo. (_Á Rafael, pasándole la mano por la

cabeza y sentándole el pelo._) Si tú no me lo dices, me lo dirá Pepe.

—No, lo que es ese no ha de decírtelo...

—Figúrese usted, Cruz, que me ha llamado hipócrita, libertino, y qué sé

yo qué. Pero no le guardo rencor. Me enfadé un poquito por... vamos,

por nada. No se hable más del asunto.

—Yo sostengo todo lo que dije—afirmó Rafael.

—Y yo te juro, y vuelvo á jurarte una y cien veces, que no soy culpable.

—¿De qué?

—Del delito de lesa nación—repuso desahogadamente Morentín, armando la

mentira con gentil travesura.—Se empeña ese en que yo soy cómplice...

fíjese usted, Cruz, cómplice, nada menos, de los que han dado la razón

al Quirinal contra el Vaticano, en la cuestión de competencia entre

las dos embajadas. Que traigan el _Diario de Las Sesiones_... ¡Ah! que

vaya Pinto á buscarlo á casa. Allí se verá que he suscrito el voto

particular. El jefe dejó libre la cuestión, y yo, naturalmente...

—Podías haber empezado por ahí—contestó el ciego aceptando la fórmula

de engaño.

—Siempre he pensado lo mismo. _Vaticano for ever._

No muy satisfecha de la explicación, y el ánimo agobiado de recelos y

aprensiones, retiróse la dama, y fué tras ella Morentín, confirmando lo

dicho. Pero ni aun con esto se tranquilizó, y no cesaba de presagiar

nuevas complicaciones y desastres.

Torquemada en el purgatorio · 第 11 / 39 题