VII

Casi todo el día lo pasaron las dos hermanas procurando normalizar

el destemplado meollo de Rafael, para lo cual corregían la palabra

descompuesta con la palabra juiciosa, y la incongruente risa con la

seriedad razonable y amena. Fidela pudo más que Cruz, por disponer

de más paciencia y dulzura, y tener sobre su hermano cierto poder

sugestivo, cuyo origen ignoraba, conociendo muy bien sus efectos. Á

la caída de la tarde, hallándose las dos cansadas de la lucha, aunque

satisfechas del buen resultado, pues Rafael hablaba ya con más sentido,

les llegó un refuerzo que ambas agradecieron mucho, y gozosas salieron

á saludarle:

—Hola, Morentín, gracias á Dios...

—¡Pero qué caro se vende usted!

—Adelante. No sé las veces que éste ha preguntado hoy por usted.

Érase un galancete como de treinta y tres años, guapo, de hermosura

un tanto empalagosa, barba rubia, ojos rasgados, cabellera escasa

anunciando ya precoz calvicie, regular estatura, y vestir atildado y

correctísimo. Después de saludar á las dos damas con el desembarazo

de un trato frecuente, fué á sentarse junto al ciego, y dándole un

palmetazo en la rodilla, le dijo:

—Hola, perdido, ¿qué tal?

—Hoy comerá usted con nosotros... No, si no se admiten escusas. No

venga usted ya con sus trapacerías de siempre.

—Me esperan en casa de la tía Clarita.

—Pues la tía Clarita que se fastidie. ¡Qué egoísmo el suyo! No, no le

soltamos á usted. Proteste todo lo que quiera, y vaya haciendo acopio

de resignación.

—Mandaremos un recado á Clarita—indicó Fidela conciliando las

opiniones;—se le dirá que le hemos secuestrado.

—Bueno. Y añadan, en el recadito, que ustedes toman sobre sí la

responsabilidad de mi falta. Y si hay chillería...

—Nosotras contestaremos con otra chillería mayor.

—Convenido.

Pepe Serrano Morentín había sido, en otros tiempos, el inseparable

amigo de Rafael y su compañero de estudios desde las primeras letras

hasta el grado en la Universidad; y si en la época terrible, aquella

amistad pareció extinguida, y apenas, de higos á brevas, se veían

los dos muchachos y refrescaban con cariñosa efusión los recuerdos

estudiantiles, fué porque las Águilas esquivaban toda visita,

ocultándose en su triste y solitario albergue, como si creyeran rendir

tributo, con la ausencia de todo testigo, á la dignidad de su miseria.

El cambio material de existencia abrió las puertas del escondrijo;

y de cuantas amistades lentamente se restablecieran entonces por

mediación de Donoso, de Ruiz Ochoa ó de Taramundi, ninguna era tan

grata al pobre ciego como la de su caro Morentín, que sabía llevarle el

genio mejor que nadie, y despertar en él simpatía muy honda en medio de

la indiferencia ó desdén que hacia todo el género humano sentía.

Conocedoras Fidela y Cruz de esta preferencia, ó más bien absoluto

imperio de Morentín en la voluntad del pobre ciego, vieron aquel día

en su visita una providencial aparición. Y como sabían que Rafael

gustaba de platicar holgadamente con su amigo, referirle sus tristezas,

provocarle á discusiones en que el humorismo se enredaba con la

psicología más sutil, corriéndose á veces á terreno un tanto escabroso,

determinaron, después de los cumplidos de rúbrica, dejarles solos, que

así descansaban ellas de la guardia, y el ciego estaría más á gusto.

—Querido Pepe—le dijo Rafael haciéndole sentar á su lado.—No sabes con

cuanta oportunidad vienes. Deseo consultarte una cosa... una idea,

que ayer apuntó en mí, y hoy, en el momento que entraste, cuando oí

tu voz, ¡ay! me hirió la mente, así como si entrara de golpe, dándose

de cabezadas con todas las demás ideas que hay en el cerebro, y

espantándolas y dispersándolas... no te lo puedo explicar.

—Comprendido.

—¿Á tí te acomete alguna idea en esta forma y con esta insolencia...?

—Ya lo creo.

—No; en tí entran con el capuchón de la hipocresía. No sabes que están

dentro hasta que se descubren la cara y alzan la voz. Morentín, hoy voy

á hablarte de un asunto muy delicado.

—¿Muy delicado?

Al decir esto, el amigo de la casa sintió un súbito golpetazo hacia

la región cardíaca, como de aviso, como de alarma, como de lo que en

lenguaje truhanesco se designa con el feo vocablo de _escama_. Conviene

ahora más que nunca dar alguna noticia de este Morentín y registrarle y

filiarle con la mayor exactitud posible.

Era el tal soltero, plebeyo por parte de padre, aristócrata por la

materna, socialmente mestizo, como casi toda la generación que corre;

bien educado, bien avenido con el estado presente de la sociedad, que

su proporcionada riqueza le hacía ver como el mejor de los mundos

posibles, satisfecho de haber nacido guapo y de poseer algunas

cualidades de las que generalmente no excitan envidia; sin bastante

inteligencia para sentir las atracciones dolorosas de un ideal, sin

bastante rudeza de espíritu para desconocer los placeres intelectuales;

privado de las grandes satisfacciones del orgullo triunfante, pero

también de las tristezas del ambicioso que no llega nunca; hombre que

no poseía en alto grado ni virtudes ni vicios, pues no era un santo,

ni tampoco un perdido, y se conceptuaba dichoso viviendo cómodamente

de sus rentas, representando un distrito rural de los más dóciles,

disfrutando de preciosa libertad y de un buen caballo inglés para

pasearse. Bien quisto de todo el mundo, pero sin despertar en nadie

un cariño muy vivo, veíase libre de toda pasión ardiente, pues ni

siquiera la pasión política sintió nunca, y aunque afiliado en el

partido canovista, reconocía que lo mismo lo estaría en el sagastino,

si á él le hubiera llevado el acaso; ni conocía tampoco la pasión

viva por ningún arte, ni por el _sport_, pues aunque cabalgaba dos

ó tres horas cada día, jamás le inflamó el entusiasmo hípico, ni el

delirio del juego, ni el de las mujeres, fuera de un cierto grado que

no llega al drama, ni traspasa los límites de un discreto desvarío,

elegante y urbano. Era hombre, en fin, muy de su época, ó de sus días,

informado espiritualmente en una vulgaridad sobredorada, con docena y

media de ideas corrientes, de esas que parecen venir de la fábrica, en

paquetitos clasificados, sujetos con un elástico.

Fama de juicioso gozaba Morentín, como que no desentonó jamás en lo

que podríamos llamar la social orquesta, ni contrajo deudas, ni dió

escándalos, salvo algún duelo de los de ritual, con arañazo, acta y

almuerzo, ni sintió nunca alegrías hondas, ni decaimientos aplanantes,

tomando de todas las cosas lo que fácilmente podía extraer de ellas

para su particular provecho, sin arriesgar la tranquilidad de su

existencia. Respetaba la fe religiosa sin tenerla, y no poseyendo

á fondo ninguna rama del saber, sobre todas sabía dar una opinión

aceptable, siempre dentro del criterio circunstancial ó de moda. Y en

cuanto á moral, si Morentín defendía en público y en privado las buenas

costumbres, no por eso se hallaba libre de la relajación mansa que

apenas sienten los mismos que en ella viven.

Era uno de esos casos, no muy raros por cierto, del contento del

vivir, pues poseía moderada riqueza, pasaba justamente por ilustrado,

y su trato era muy agradable á todo el mundo, particularmente á las

señoras. Colmaba su ambición el ser diputado, simplemente por lucir la

investidura, sin pretensiones de carrera política, ni de fama oratoria.

Si se ofrecía hablar como individuo de cualquier comisión, hablaba, y

bien, sin arrebatar, pero cumpliendo discretamente. Bastábanle á su

orgullo los oropeles del cargo. Por último, su ambición en el terreno

afectivo se cifraba en que le quisiera una mujer casada; si esta mujer

era dama, miel sobre hojuelas. Pero sus aspiraciones se detenían en la

línea del escándalo, pues esto si que no le hacía maldita gracia, y

todo iba bien, y él muy á gusto en el machito, hasta que apuntaba el

drama. Dramas, ni por pienso, los aborrecía en la vida real lo mismo

que en el teatro, y cuando desde su butaca veía que lloraban, ó que

blandían puñales, ya estaba el hombre nervioso, con ganas de salir y

pedirle al revendedor que le devolviera el dinero. Pues para que nada

le faltase, hasta aquella vanidad de adúltero templado y sin catástrofe

se le había satisfecho al pícaro, y nada tenía que ambicionar ya ni

qué pedir á Dios... ó á quien se pidan estas cosas.

Torquemada en el purgatorio · 第 10 / 39 题