¡Qué cosas hace Dios! En todo tenía una suerte loca aquel indino
de Torquemada, y no ponía mano en ningún negocio que no le saliese
como una seda, con limpias y seguras ganancias, como si se hubiese
pasado la vida sembrando beneficios, y quisiera la Divina Providencia
recompensarle con largueza. ¿Por qué le favorecía la fortuna, habiendo
sido tan viles sus medios de enriquecerse? ¿Y qué Providencia es ésta,
que así entiende _la lógica del fenómeno_, como por cosa muy distinta
decía el avaro? Cualquiera desentraña la relación misteriosa de la
vida moral con la financiera ó de los negocios, y esto de que las
corrientes vayan á fecundar los suelos áridos en que no crece ni puede
crecer la flor del bien. De aquí que la muchedumbre honrada y pobre
crea que el dinero es loco; de aquí que la santa religión, confundida
ante la monstruosa inequidad con que se distribuye y encasilla el metal
acuñado, y no sabiendo cómo consolarnos, nos consuela con el desprecio
de las riquezas, que es para muchos consuelo de tontos. En fin, sépase
que la previsora amistad del buen Donoso, había rodeado á D. Francisco
de personas honradísimas que le ayudaran en el aumento de sus caudales.
El agente de Bolsa, de quien era comitente para la compra y venta de
títulos, reunía á su pasmosa diligencia la probidad más acrisolada.
Otros correveidiles que le proporcionaban descuentos de pagarés,
pignoraciones de valores y negocios mil, sobre cuya limpieza nadie se
habría atrevido á poner la mano en el fuego, eran de lo mejorcito de la
clase. Verdad que ellos, con su buen olfato mercantil, comprendieron
desde el primer día que á Torquemada no se le engañaba fácilmente, y
en esto tal vez se afirmaba el cimiento de su moralidad; al paso que
D. Francisco, hombre de grandísima perspicacia para aquellos tratos,
les calaba los pensamientos antes que los revelara la palabra. De este
conocimiento recíproco, de esta compenetración de las voluntades,
resultaba el acuerdo perfecto entre compinches, y el pingüe fruto
de las operaciones. Y aquí nos encontramos con un hecho que viene á
dar explicación á las monstruosas dádivas de la suerte loca, y al
contrasentido de que se enriquezcan los pillos. No hay que hablar tanto
de la ciega fortuna, ni creer la pamplina de que ésta va y viene con
los ojos vendados... ¡invención del simbolismo cursi! No es eso, no.
Ni se debe admitir que la Providencia protegiera á Torquemada para
hacer rabiar á tanto honrado sentimental y pobretón. Era... las cosas
claras, era que D. Francisco poseía un talento de primer orden para
los negocios, aptitud incubada en treinta años de aprendizaje usurario
á la menuda, y desarrollada después en más amplio terreno y en esfera
vastísima. La educación de aquel talento había sido dura, en medio de
privaciones y luchas horrendas con la humanidad precaria, de donde sacó
el conocimiento profundísimo de las personas bajo el aspecto exclusivo
de tener ó no tener, la paciencia, la apreciación clara del tanto por
ciento, la limadura tenaz, y el cálculo exquisito de la oportunidad.
Estas cualidades, aplicadas luego á operaciones de mucha cuenta, se
sutilizaron y adquirieron desarrollo formidable, como observaban Donoso
y los demás amigos pudientes que se fueron agregando á la tertulia.
Reconocíanle todos por un hombre sin cultura, ordinario y á veces
brutalmente egoísta; pero al propio tiempo veían en él un magistral
golpe de vista para los negocios, un tino segurísimo que le daba
incontestable autoridad de suerte que, teniéndose todos por gente de
más valía en la vida general, en aquella rama especialísima del _toma y
daca_ bajaban la cabeza ante el bárbaro, y le oían como á un padre de
la Iglesia... crematística. Ruiz Ochoa, los sobrinos de Arnáiz y otros
que por Donoso se fueron introduciendo en la casa de la calle de Silva,
platicaban con el prestamista aparentando superioridad, pero realmente
espiaban sus pensamientos para apropiárselos. Eran ellos los pastores,
y Torquemada el cerdo que olfateando la tierra descubría las escondidas
trufas, y allí donde le veían hociquear, negocio seguro.
Pues, como digo, fué D. Francisco á su despacho, donde estuvo como un
cuarto de hora dando instrucciones al agente de Bolsa, y volvió luego
á engolfarse en los periódicos de la mañana, lectura que le interesaba
en aquella época, ofreciéndole verdaderas revelaciones en el orden
intelectual, y abriendo horizontes inmensos ante su vista, hasta
entonces fija en objetos situados no más allá de sus narices. Leía con
mediano interés todo lo de política, viendo en ella, como es común
en hombres aferrados á los negocios no más que una comedia inútil,
sin más objeto que proporcionar medro y satisfacciones de vanidad á
unos cuantos centenares de personas; leía con profunda atención los
telegramas, porque todas aquellas cosas que en el extranjero pasaban
parecíanle de más fuste que las de por acá, y porque los nombres de
Gladstone, Goschen, Salisbury, Crispi, Caprivi, Bismarck, le sonaban á
grande, revelando una raza de personajes de más circunstancias que los
nuestros; se detenía con delectación en el relato de sucesos del día,
crímenes, palos, escenas de amor y venganza, fugas de presos, escalos,
entierros y funerales de personas de viso, estafas, descarrilamientos,
inundaciones, etcétera. Así se enteraba de todo, y de paso aprendía
_cláusulas_ nuevas y elegantes para irlas soltando en la conversación.
Por lo que pasaba como gato sobre ascuas era por los artículos
pertinentes á cosa de literatura y arte, porque allí sí que le
estorbaba lo negro, es decir, que no entendía palotada, ni le entraba
en la cabeza la razón de que tales monsergas se escribieran. Pero
como veía que todo el mundo, en la conversación corriente, daba
efectiva importancia á tales asuntos, él no decía jamás cosa alguna
en descrédito de las artes liberales. Eso sí, á discreto no le ganaba
nadie, en _el nuevo orden de cosas_, y tenía el don inapreciable del
silencio siempre que se tratara de algún asunto en que se sentía
lego. Tan sólo daba su asentimiento con monosílabos dejando adivinar
una inteligencia reconcentrada, que no quiere prodigarse. Para él
hasta entonces, _artistas_ eran los barberos, albañiles, cajistas de
imprenta, y maestros de obra prima; y cuando vió que entre gente culta
sólo eran verdaderos artistas los músicos y danzantes, y algo también
los que hacen versos y pintan monigotes, hizo mental propósito de
enterarse detenidamente de todo aquel _fregado_, para poder decir algo
que le permitiera pasar por hombre de luces. Porque su amor propio se
fortalecía de hora en hora, y le sublevaba la idea de que le tuvieran
por un ganso; de donde resultó que últimamente dió en aplicarse á
la lectura de los artículos de crítica que traían los periódicos,
procurando sacar jugo de ellos, y sin duda habría pescado algo, si no
tropezara á cada instante con multitud de términos cuyo sentido se le
indigestaba. «_¡Ñales!_—decía en cierta ocasión,—¿qué querrá decir esto
de _clásico_? ¡Vaya unos términos que se traen estos señores! Porque yo
he oído decir el _clásico_ puchero, la _clásica_ mantilla; pero no se
me alcanza que lo clásico, hablando de versos ó de comedias, tenga nada
que ver con los garbanzos, ni con los encajes de Almagro. Es que estos
tíos que nos sueltan aquí tales _infundios_ sobre el más ó el menos de
las cosas de literatura, hablan siempre en figurado, y el demonio que
les entienda... ¿Pues y esto del _romanticismo_, qué será? ¿Con qué se
come esto? También quisiera yo que me explicaran la _emoción estética_,
aunque me figuro que es como darle á uno un soponcio. ¿Y qué significa
_realismo_, que aquí no es cosa del Rey, ni Cristo que lo fundó?»
Por nada de este mundo se aventuraba á exponer sus dudas ante la
autoridad de su esposa ó cuñada, pues temía que se le rieran en sus
barbas, como una vez que le tentó el demonio, hallándose en una gran
confusión, y fué y les dijo: «¿Qué significa _secreciones_?» ¡Dios, qué
risas, qué chacota, y qué sofoco le hicieron pasar con sus _ínsulas_
de personas ilustradas!
Interrumpió la lectura para ir al cuarto de su mujer, resuelto á
ponerla en planta, pues Quevedito recomendaba que se combatiese en
ella la pereza, favorecedora de su linfatismo; y cuando iba por el
pasillo, oyó voces un poco alteradas que de la estancia próxima al
salón venían. Era aquélla la habitación que ocupaba el ciego; y como
á éste, comúnmente, no se le oía en la casa una palabra más alta que
otra, siendo tal su laconismo que parecía haber perdido, con el de
la vista, el uso de la palabra, alarmóse un tanto D. Francisco, y
aplicó su oído á la puerta. Mayor que su alarma fué su asombro al
sentir al ciego riendo con gran efusión, y ello debía ser por motivo
impertinente, pues su hermana le reprendía con severidad, elevando el
tono de su indignación tanto como él el de sus risotadas. No pudo el
tacaño comprender de qué demonios provenía júbilo tan estrepitoso,
porque el tal Rafaelito, desde la boda no se reía ni por muestra, y su
cara era un puro responso, siempre mirando para su interior y oyéndose
de orejas adentro. Torquemada se retiró de la puerta, diciendo para sí:
«Con buen humor amanece hoy el caballero de la Chancla y gran Duque de
la Birria... Más vale así. Téngale Dios contento, y habrá paz.»