—¿Llamado á qué?—preguntó Torquemada, manteniendo ante su boca, sin
catarlo, el bizcocho mojado en chocolate, con lo cual dicho se está que
en aquel momento se desayunaba.—¿Llamado á qué?—volvió á decir, viendo
que Cruz, sonriente, esquivaba la respuesta.
—No digo nada, ni perderé el tiempo en demostrar lo que está bien á
la vista, la insuficiencia de esta habitación—manifestó la dama, que
al dar vueltas alrededor de la ovalada mesa, afectaba no hallar fácil
paso entre el aparador y la silla ocupada por D. Francisco.—Usted,
como dueño de la casa, hará lo que guste. El día en que tengamos un
convidado, que bien podríamos tenerlo para corresponder á las finezas
que otros gastan con nosotros, y quien dice un convidado, dice dos
ó cuatro..., pues ese día tendré yo que comer en la cocina... No, no
reirse. Ya sale usted con su tema de siempre: que yo exagero, que yo...
—Es usted la _exageración personificada_—replicó el avaro,
engulléndose otro bizcocho.—Y como yo _blasono_ de ser el justo medio
_personificado_, pongo todas las cosas en su lugar, y rebato sus
argumentos por lo que toca al actual momento histórico. Mañana no
digo...
—Lo que se ha de hacer mañana de prisa y corriendo, debe hacerse hoy,
despacio—dijo la dama apoyando las manos en la mesa, á punto que el
D. Francisco acababa de desayunarse. Ya sabía ella por dónde iba á
salir en la réplica, y le esperó tranquila, con semblante de risueña
confianza.
—Mire usted, Crucita... Desde que me casé, vengo _realizando_... sí,
esa es la palabra, realizando _una serie de transacciones_. Usted me
propuso reformas que se daban de cachetes con mis costumbres de toda
la vida, por ejemplo... ¿Pero á qué es poner ejemplos ni verbigracias?
Ello es que mi cuñada proponía y yo trinaba. Al fin he transigido,
porque como dice muy bien nuestro amigo Donoso, vivir es transigir.
He aceptado un poquito de lo que se me proponía, y usted cedía un
_ápice_, ó dos _ápices_ de sus pretensiones... El justo medio, _vulgo_
prudencia. No dirán las señoras del Águila que no he procurado hacerles
el gusto, desmintiéndome, como quien dice. Por tener contenta á mi
querida esposa y á usted, me privo de venir á comer en mangas de
camisa, lo que era muy de mi gusto en días de calor. Se empeñaron
después en traerme una cocinera de doce duros. ¡Qué barbaridad! ¡Ni
que fuéramos arzobispos! Pues transigí con admitir la que tenemos,
ocho durazos, que si es verdad nos hace primores, bien pagada estaría
con cien reales. Para que mi señora y la hermana de mi señora no me
alboroten, he dejado de comer salpicón á última hora de la noche, antes
de acostarme, porque, lo reconozco, no está bien que vaya delante de mí
el olor de cebolla, abriéndome camino como un batidor. Y _reasumiendo_:
he transigido también con el lacayito ese para recados y limpiarme la
ropa, aunque á decir verdad, días hay en que para evitarle reprimendas
al pobre chico, no sólo me limpio yo mi ropa, sino también la suya.
Pero en fin, pase el chaval de los botones, que si no me equivoco,
no presta servicios en consonancia con lo que consume. Yo lo observo
todo, señora mía; suelo darme una vuelta por la cocina cuando está
comiendo la servidumbre, _vulgo_ criados, y he visto que ese ángel de
Dios se traga la ración de siete; amén del mal tercio que hace á la
familia levantando de cascos á las criadas de casa, y á las de toda
la vecindad. En fin, ustedes lo quieren: sea. _Adopto esta actitud_
para que no digan que soy la _intransigencia personificada_, y para
cargarme de razón ahora, negándome, como me niego, al derribo de
tabiques, _etcétera_... que eso de estropear la finca va contra la
lógica, contra el sentido común, y contra la conveniencia de _propios_
y _extraños_.
Contestóle Cruz con gracejo, afectando sumisión á la primera autoridad
de la familia, y se dirigió á la alcoba de su hermana, que no dejaba
el lecho hasta más tarde. Ambas charlaron alegremente de la misma
materia, conviniendo en que aquello y aun más se conseguiría de don
Francisco, esperando la ocasión favorable, como habían podido observar
en el tiempo que llevaban de convivencia. Torquemada, después de darse
un buen atracón de _La Correspondencia_ de la mañana, se fué al lado de
su esposa, periódico en mano, pisando con suavidad por evitar el ruido,
y ladeándose la gorra de seda negra, para rascarse el cráneo. No tardó
Cruz en acudir á despertar al ciego y llevarle el desayuno, y quedó el
matrimonio solo, acostada ella, él paseándose en la alcoba.
—¿Y qué tal?—le preguntó D. Francisco con cariño no afectado.—¿Te
sientes hoy más fuerte?
—Me parece que sí.
—Probarás á dar un paseíto á pie... Yo, si te empeñas en darlo
en coche, no me opongo, ¡cuidado! Pero más te conviene salir de
_infantería_ con tu hermana.
—Á patita saldremos...—replicó la esposa.—Iremos á casa de las de
Taramundi, y para la vuelta, ellas nos traerán en su berlina. De este
modo te ahorras tú ese gasto.
Torquemada no chistó. Siempre que se entablaban discusiones sobre
reformas que desnivelaran el bien estudiado presupuesto de D.
Francisco, Fidela se ponía de parte de él, bien porque anhelara cumplir
fielmente la ley de armonía matrimonial, bien porque con femenil
instinto, y casi sin saber lo que hacía, cultivara la fuerza en el
campo de su propia debilidad, cediendo para triunfar, y retirándose
para vencer. Esto es lo más probable, y casi por seguro lo da el
historiador, añadiendo que no había sombra de malicia premeditada
en aquella estrategia, obra pura de la naturaleza femenina, y de
la situación en que la joven del Águila se encontraba. Á los tres
meses de matrimonio, no se había disipado en ella la impresión de
los primeros días, esto es, que su nuevo estado era una liberación,
un feliz término de la opresora miseria y humillante obscuridad de
aquellos años maldecidos. Casada, podía vestirse con decencia y asearse
conforme á su educación, comer cuantas golosinas se le antojaran,
salir de paseo, ver alguna función de teatro, tener amigas y disfrutar
aquellos bienes de la vida que menos afectan al orden espiritual.
Porque lo primero, después de tan larga pobreza y ahogos, era respirar,
nutrirse, restablecer las funciones animales y vegetativas. El contento
del cambio de medio, favorable para la vida orgánica y un poco para
la social, no le permitía ver los vacíos que aquel matrimonio pudiera
determinar en su alma, vacíos que incipientes existían ya, como las
cavernas pulmonares del tuberculoso, que apenas hacen padecer cuando
empiezan á formarse. Debe añadirse que Fidela, con el largo padecer
en los mejores años de su vida, todo lo que había ganado en sutilezas
de imaginación, habíalo perdido en delicadeza y sensibilidad, y no se
hallaba en disposición de apreciar exactamente la barbarie y prosaísmo
de su cónyuge. Su linfatismo le permitía soportar lo que para otro
temperamento habría sido insoportable, y su epidermis, en apariencia
finísima, no era _por dentro_ completamente sensible á la ruda costra
del que, por compañero de vida, casa y lecho, le había dado la sociedad
de acuerdo con la Santa Iglesia. Cierto que á ratos creía enterarse
vagamente de aquellos vacíos ó cavernas que dentro se le criaban; pero
no hacía caso, ó movida de un instinto reparador (y va de instintos)
defendíase de aquella molestia premonitoria, ¿con qué creeréis? con
el mimo. Haciéndose más mimosa de lo que realmente era, fomentando en
sí hábitos y remilgos infantiles, en lo cual no hacía más que aceptar
los procedimientos de su hermana y de su marido, se curaba en salud
de todo aquel mal probable ó posible de los vacíos. Era, pues, de
casada, más golosa y caprichuda que de soltera; hacía muecas de niño
llorón; enredaba, variando de sitio las cosas fáciles de transportar;
entretenía las horas con afectaciones de pereza que agrandaban su
ingénita debilidad; afectaba también un cierto desdén de todo lo
práctico, y horror á los trajines duros de la casa; extremaba el aseo
hasta lo increíble, eternizándose en su tocador; ansiaba los perfumes,
que eran una nueva golosina, no menos apetecida que los bombones con
agridulce; gustaba de que su marido la tratase con extremados cariños,
y ella le llamaba á él _su borriquito_, pasándole la mano por el lomo
como á un perrazo doméstico y diciéndole: «_Tor_, _Tor_... aquí...
fuera... ven... la pata... ¡dame la pata!»
Y D. Francisco, por llevarle el genio, le daba la mano, que para
aquellos casos (y para otros muchos) era pata, recibiendo el hombre
muchísimo gusto de tan caprichoso estilo de afecto matrimonial. Aquella
mañana no ocurrió nada de esto; charlaron un rato, encareciendo ambos
las delicias del pasear á pie, y por fin Fidela le dijo:
—Por mí no necesitas poner coche. No faltaba más. ¡Ese gasto por
evitarme un poquito de cansancio...! No, no, no lo pienses. Ahora, por
tí, ya es otra cosa. No está bien que vayas á la Bolsa en clase de
peatón. Desmereces, cree que desmereces entre los hombres de negocios.
Y no lo digo yo, lo dice mi hermana, que sabe más que tú... lo dice
también Donoso. No me gusta que piensen de tí cosas malas, ni que
te llamen cominero. Yo me paso muy bien sin ese lujo: tú no puedes
pasarte, porque en realidad no es lujo, sino necesidad. Hay cosas que
son como el pan...
Don Francisco no pudo contestarle porque le avisaron que le esperaba en
su despacho el agente de Bolsa, y allá se fué presuroso, revolviendo
en su caletre estas ó parecidas ideas: «¡El condenado cochecito! Al fin
habrá que _echarlo_... _velis nolis_. No es idea, no, de esa pastaflora
de mi mujer, que jamás discurre nada tocante al aumento de gastos. La
otra, la _dominanta_, es la que quiere andar sobre ruedas. Ni qué falta
me hace á mí ese armatoste, que... ahora que me acuerdo... se llama
también _vehículo_. ¡Ah, si yo pudiera gastarlo, sin que esa despótica
de Cruz lo catara!... Pero no, _¡ñales!_ tiene que ser para todos, y mi
mujer la primera, sobre cojines muy blandos para que no se me estropee,
_maxime_ si hay sucesión... Porque, aunque nada han dicho, yo, _atento
á la lógica del fenómeno_, me digo: sucesión tenemos.»