II

—¿Llamado á qué?—preguntó Torquemada, manteniendo ante su boca, sin

catarlo, el bizcocho mojado en chocolate, con lo cual dicho se está que

en aquel momento se desayunaba.—¿Llamado á qué?—volvió á decir, viendo

que Cruz, sonriente, esquivaba la respuesta.

—No digo nada, ni perderé el tiempo en demostrar lo que está bien á

la vista, la insuficiencia de esta habitación—manifestó la dama, que

al dar vueltas alrededor de la ovalada mesa, afectaba no hallar fácil

paso entre el aparador y la silla ocupada por D. Francisco.—Usted,

como dueño de la casa, hará lo que guste. El día en que tengamos un

convidado, que bien podríamos tenerlo para corresponder á las finezas

que otros gastan con nosotros, y quien dice un convidado, dice dos

ó cuatro..., pues ese día tendré yo que comer en la cocina... No, no

reirse. Ya sale usted con su tema de siempre: que yo exagero, que yo...

—Es usted la _exageración personificada_—replicó el avaro,

engulléndose otro bizcocho.—Y como yo _blasono_ de ser el justo medio

_personificado_, pongo todas las cosas en su lugar, y rebato sus

argumentos por lo que toca al actual momento histórico. Mañana no

digo...

—Lo que se ha de hacer mañana de prisa y corriendo, debe hacerse hoy,

despacio—dijo la dama apoyando las manos en la mesa, á punto que el

D. Francisco acababa de desayunarse. Ya sabía ella por dónde iba á

salir en la réplica, y le esperó tranquila, con semblante de risueña

confianza.

—Mire usted, Crucita... Desde que me casé, vengo _realizando_... sí,

esa es la palabra, realizando _una serie de transacciones_. Usted me

propuso reformas que se daban de cachetes con mis costumbres de toda

la vida, por ejemplo... ¿Pero á qué es poner ejemplos ni verbigracias?

Ello es que mi cuñada proponía y yo trinaba. Al fin he transigido,

porque como dice muy bien nuestro amigo Donoso, vivir es transigir.

He aceptado un poquito de lo que se me proponía, y usted cedía un

_ápice_, ó dos _ápices_ de sus pretensiones... El justo medio, _vulgo_

prudencia. No dirán las señoras del Águila que no he procurado hacerles

el gusto, desmintiéndome, como quien dice. Por tener contenta á mi

querida esposa y á usted, me privo de venir á comer en mangas de

camisa, lo que era muy de mi gusto en días de calor. Se empeñaron

después en traerme una cocinera de doce duros. ¡Qué barbaridad! ¡Ni

que fuéramos arzobispos! Pues transigí con admitir la que tenemos,

ocho durazos, que si es verdad nos hace primores, bien pagada estaría

con cien reales. Para que mi señora y la hermana de mi señora no me

alboroten, he dejado de comer salpicón á última hora de la noche, antes

de acostarme, porque, lo reconozco, no está bien que vaya delante de mí

el olor de cebolla, abriéndome camino como un batidor. Y _reasumiendo_:

he transigido también con el lacayito ese para recados y limpiarme la

ropa, aunque á decir verdad, días hay en que para evitarle reprimendas

al pobre chico, no sólo me limpio yo mi ropa, sino también la suya.

Pero en fin, pase el chaval de los botones, que si no me equivoco,

no presta servicios en consonancia con lo que consume. Yo lo observo

todo, señora mía; suelo darme una vuelta por la cocina cuando está

comiendo la servidumbre, _vulgo_ criados, y he visto que ese ángel de

Dios se traga la ración de siete; amén del mal tercio que hace á la

familia levantando de cascos á las criadas de casa, y á las de toda

la vecindad. En fin, ustedes lo quieren: sea. _Adopto esta actitud_

para que no digan que soy la _intransigencia personificada_, y para

cargarme de razón ahora, negándome, como me niego, al derribo de

tabiques, _etcétera_... que eso de estropear la finca va contra la

lógica, contra el sentido común, y contra la conveniencia de _propios_

y _extraños_.

Contestóle Cruz con gracejo, afectando sumisión á la primera autoridad

de la familia, y se dirigió á la alcoba de su hermana, que no dejaba

el lecho hasta más tarde. Ambas charlaron alegremente de la misma

materia, conviniendo en que aquello y aun más se conseguiría de don

Francisco, esperando la ocasión favorable, como habían podido observar

en el tiempo que llevaban de convivencia. Torquemada, después de darse

un buen atracón de _La Correspondencia_ de la mañana, se fué al lado de

su esposa, periódico en mano, pisando con suavidad por evitar el ruido,

y ladeándose la gorra de seda negra, para rascarse el cráneo. No tardó

Cruz en acudir á despertar al ciego y llevarle el desayuno, y quedó el

matrimonio solo, acostada ella, él paseándose en la alcoba.

—¿Y qué tal?—le preguntó D. Francisco con cariño no afectado.—¿Te

sientes hoy más fuerte?

—Me parece que sí.

—Probarás á dar un paseíto á pie... Yo, si te empeñas en darlo

en coche, no me opongo, ¡cuidado! Pero más te conviene salir de

_infantería_ con tu hermana.

—Á patita saldremos...—replicó la esposa.—Iremos á casa de las de

Taramundi, y para la vuelta, ellas nos traerán en su berlina. De este

modo te ahorras tú ese gasto.

Torquemada no chistó. Siempre que se entablaban discusiones sobre

reformas que desnivelaran el bien estudiado presupuesto de D.

Francisco, Fidela se ponía de parte de él, bien porque anhelara cumplir

fielmente la ley de armonía matrimonial, bien porque con femenil

instinto, y casi sin saber lo que hacía, cultivara la fuerza en el

campo de su propia debilidad, cediendo para triunfar, y retirándose

para vencer. Esto es lo más probable, y casi por seguro lo da el

historiador, añadiendo que no había sombra de malicia premeditada

en aquella estrategia, obra pura de la naturaleza femenina, y de

la situación en que la joven del Águila se encontraba. Á los tres

meses de matrimonio, no se había disipado en ella la impresión de

los primeros días, esto es, que su nuevo estado era una liberación,

un feliz término de la opresora miseria y humillante obscuridad de

aquellos años maldecidos. Casada, podía vestirse con decencia y asearse

conforme á su educación, comer cuantas golosinas se le antojaran,

salir de paseo, ver alguna función de teatro, tener amigas y disfrutar

aquellos bienes de la vida que menos afectan al orden espiritual.

Porque lo primero, después de tan larga pobreza y ahogos, era respirar,

nutrirse, restablecer las funciones animales y vegetativas. El contento

del cambio de medio, favorable para la vida orgánica y un poco para

la social, no le permitía ver los vacíos que aquel matrimonio pudiera

determinar en su alma, vacíos que incipientes existían ya, como las

cavernas pulmonares del tuberculoso, que apenas hacen padecer cuando

empiezan á formarse. Debe añadirse que Fidela, con el largo padecer

en los mejores años de su vida, todo lo que había ganado en sutilezas

de imaginación, habíalo perdido en delicadeza y sensibilidad, y no se

hallaba en disposición de apreciar exactamente la barbarie y prosaísmo

de su cónyuge. Su linfatismo le permitía soportar lo que para otro

temperamento habría sido insoportable, y su epidermis, en apariencia

finísima, no era _por dentro_ completamente sensible á la ruda costra

del que, por compañero de vida, casa y lecho, le había dado la sociedad

de acuerdo con la Santa Iglesia. Cierto que á ratos creía enterarse

vagamente de aquellos vacíos ó cavernas que dentro se le criaban; pero

no hacía caso, ó movida de un instinto reparador (y va de instintos)

defendíase de aquella molestia premonitoria, ¿con qué creeréis? con

el mimo. Haciéndose más mimosa de lo que realmente era, fomentando en

sí hábitos y remilgos infantiles, en lo cual no hacía más que aceptar

los procedimientos de su hermana y de su marido, se curaba en salud

de todo aquel mal probable ó posible de los vacíos. Era, pues, de

casada, más golosa y caprichuda que de soltera; hacía muecas de niño

llorón; enredaba, variando de sitio las cosas fáciles de transportar;

entretenía las horas con afectaciones de pereza que agrandaban su

ingénita debilidad; afectaba también un cierto desdén de todo lo

práctico, y horror á los trajines duros de la casa; extremaba el aseo

hasta lo increíble, eternizándose en su tocador; ansiaba los perfumes,

que eran una nueva golosina, no menos apetecida que los bombones con

agridulce; gustaba de que su marido la tratase con extremados cariños,

y ella le llamaba á él _su borriquito_, pasándole la mano por el lomo

como á un perrazo doméstico y diciéndole: «_Tor_, _Tor_... aquí...

fuera... ven... la pata... ¡dame la pata!»

Y D. Francisco, por llevarle el genio, le daba la mano, que para

aquellos casos (y para otros muchos) era pata, recibiendo el hombre

muchísimo gusto de tan caprichoso estilo de afecto matrimonial. Aquella

mañana no ocurrió nada de esto; charlaron un rato, encareciendo ambos

las delicias del pasear á pie, y por fin Fidela le dijo:

—Por mí no necesitas poner coche. No faltaba más. ¡Ese gasto por

evitarme un poquito de cansancio...! No, no, no lo pienses. Ahora, por

tí, ya es otra cosa. No está bien que vayas á la Bolsa en clase de

peatón. Desmereces, cree que desmereces entre los hombres de negocios.

Y no lo digo yo, lo dice mi hermana, que sabe más que tú... lo dice

también Donoso. No me gusta que piensen de tí cosas malas, ni que

te llamen cominero. Yo me paso muy bien sin ese lujo: tú no puedes

pasarte, porque en realidad no es lujo, sino necesidad. Hay cosas que

son como el pan...

Don Francisco no pudo contestarle porque le avisaron que le esperaba en

su despacho el agente de Bolsa, y allá se fué presuroso, revolviendo

en su caletre estas ó parecidas ideas: «¡El condenado cochecito! Al fin

habrá que _echarlo_... _velis nolis_. No es idea, no, de esa pastaflora

de mi mujer, que jamás discurre nada tocante al aumento de gastos. La

otra, la _dominanta_, es la que quiere andar sobre ruedas. Ni qué falta

me hace á mí ese armatoste, que... ahora que me acuerdo... se llama

también _vehículo_. ¡Ah, si yo pudiera gastarlo, sin que esa despótica

de Cruz lo catara!... Pero no, _¡ñales!_ tiene que ser para todos, y mi

mujer la primera, sobre cojines muy blandos para que no se me estropee,

_maxime_ si hay sucesión... Porque, aunque nada han dicho, yo, _atento

á la lógica del fenómeno_, me digo: sucesión tenemos.»

Torquemada en el purgatorio · 第 6 / 39 题