IV

Es el caso que aquella mañana, al entrar Cruz en el cuarto de su

hermano con el desayuno, no sólo le encontró despierto, sino sentado en

el lecho, pronto á vestirse solo, como hombre á quien llaman fuera de

casa negocios urgentes.

—Dame, dame pronto mi ropa—dijo á su hermana.—¿Te parece que es hora

esta de empezar el día, cuando lo menos hace seis horas que ha salido

el sol?

—¿Tú qué sabes cuándo sale y cuándo entra el sol?

—¿Pues no he de saberlo? Oigo cantar los gallos... Y que no faltan

gallos en esta vecindad. Yo mido el tiempo por esos relojes de la

Naturaleza, más seguros que los que hacen los hombres, y que siempre

van atrasados. Y para asegurarme más, pongo atención á los carros de

la mañana, á los pregones de verduleras y ropavejeros, al afilador, al

alcarreño de la miel, y por oirlo todo, oigo cuando echan el periódico

por debajo de la puerta.

—¿De modo que no has dormido la mañana?—preguntóle su hermana con

tierna solicitud, acariciándole.—Eso no me gusta, Rafael. Ya van muchos

días así... ¿Para qué espoleas tu imaginación en las horas que debes

dedicar al descanso? Tiempo tienes, de día, de hacer tus cálculos y

entretenerte con los acertijos que á tí mismo te propones.

—Cada uno vive á la hora que puede—replicó el ciego, volviendo

á echarse en la cama; pero sin intenciones de recobrar el sueño

perdido.—Yo vivo conmigo á solas, en el silencio de la mañana obscura,

mejor que con vosotras en el ruido de la tarde, entre visitas que me

aburren y algún relincho del búfalo salvaje que anda por ahí.

—Ea, ya empiezas—indicó la dama amostazándose.—Á desayunarse pronto.

La debilidad te desvanece un poquito la cabeza, y te la desmoraliza,

insubordinando los malos pensamientos y reprimiendo los buenos. ¿Qué

tal la figura? Tómate tu chocolatito, y verás cómo te vuelves humano,

indulgente, razonable... y desaparece de tu cabeza la cólera vil, la

injusticia y el odio á personas que no te han hecho ningún daño.

—Bueno, hija, bueno—dijo el ciego incorporándose de nuevo y empezando á

reir.—Venga ese chocolate que, según tú, restablecerá en mi cabeza la

disciplina militar, digo, intelectual. Es gracioso.

—¿Por qué te ríes?

—Toma, porque estoy contento.

—¿Contento tú?

—¿Ahora salimos con eso? ¡Pues, hija!... Cuatro meses hace que me

estáis sermoneando por mi tristeza, porque no hablo, porque no me

entran ganas de reir, porque no me divierto con las mil farsas que

inventáis para distraerme. Vamos que me tenéis loco... «Rafael, ríete;

Rafael, ponte de buen humor.» Y ahora que la alegría me retoza en el

alma y se me sale por ojos y boca, me riñes. ¿En qué quedamos?

—Yo no te riño. Me sorprendo de esa alegría desenfrenada, que no es

natural, Rafael; vamos, que no es verdadera alegría.

—Yo te juro que sí; que en este momento me siento feliz, que me

gustaría verte reir conmigo.

—Pues dime la causa de esa alegría. ¿Es alguna idea original, algo que

has pensado?... ¿Ó te ríes mecánicamente nada más?

—¡Mecánicamente! No, hija de mi alma. La alegría no es una cosa á la

cual se da cuerda, como á los relojes. La alegría nace en el alma, y

se nos manifiesta por esta vibración de los músculos del rostro, por

esta... no sé cómo decirlo... Vaya, me tomaré el chocolate, para que no

te enfades...

—Pero contén la risa un momentito, y no me tengas aquí con la bandeja

en una mano y la rebanada de pan en otra...

—Sí; reconozco que es conveniente alimentarse; más que conveniente,

necesario. ¿Ves? Ya no me río... ¿Ves? Ya como. De veras que tengo

apetito... Pues... querida hermana, la alegría es una bendición de

Dios. Cuando nace de nosotros mismos, es que algún ángel se aposenta en

nuestro interior. Generalmente, después de una noche de insomnio, nos

levantamos con un humor del diablo. ¿Por qué me pasa á mí lo contrario

no habiendo pegado los ojos?... Tú no entiendes esto ni lo entenderás

si yo no te lo explico. Estoy alegre porque... Antes debo decirte

que paso mis madrugadas calculando las probabilidades del porvenir,

entretenimiento muy divertido... ¿Ves? Ya he concluído el chocolate.

Ahora venga el vaso de leche... Riquísima... Bueno, pues para calcular

el porvenir, cojo yo las figuras humanas, cojo los hechos pasados,

los coloco en el tablero, los hago avanzar conforme á las leyes de la

lógica...

—Hijo mío, ¿quieres hacerme el favor de no marearte con esas

simplezas?—dijo la dama, asustada de aquel desbarajuste cerebral.—Veo

que no se te debe dejar solo, ni aun de noche. Es preciso que te

acompañe siempre una persona, que en las horas de insomnio te hable, te

entretenga, te cuente cuentos...

—Tonta, más que tonta. Si nadie me entretiene como yo mismo, y no

hay, no puede haber cuentos más salados que los que yo me cuento á mí

propio. ¿Quieres oir uno? Verás. En un reino muy distante, éranse dos

pobres hormigas, hermanas... Vivían en un agujerito...

—Cállate: me incomodan tus cuentos... Será preciso que yo te acompañe

de noche, aunque no duerma.

—Me ayudarías á calcular el porvenir, y cuando llegáramos al

descubrimiento de verdades tan graciosas como las que yo he descubierto

esta noche, nos reiríamos juntos. No, no te enfades porque me ría. Me

sale de muy adentro este gozo para que pueda contenerlo. Cuando uno ríe

fuerte, se saltan las lágrimas, y como yo nunca lloro, tengo en mí una

cantidad de llanto que ya lo quisieran más de cuatro para un día de

duelo... Deja, deja que me ría mucho, porque si no reviento.

—Basta, Rafael—dijo la dama creyendo que debía mostrar

severidad.—Pareces un niño. ¿Acaso te burlas de mí?

—Debiera burlarme, pero no me burlo. Te quiero, te respeto, porque eres

mi hermana, y te interesas por mí; y aunque has hecho cosas que no son

de mi agrado, reconozco que no eres mala, y te compadezco... sí, no te

rías tú ahora... te compadezco porque sé que Dios te ha de castigar,

que has de padecer horriblemente.

—¿Yo? ¡Dios mío!—exclamó la noble dama con súbito espanto.

—Porque la lógica es lógica, y lo que tú has hecho tendrá su merecido,

no en la otra vida, sino en ésta, pues no siendo bastante mala para

irte al infierno, aquí, aquí has de purgar tus culpas.

—¡Ay! Tú no estás bueno. ¡Pobrecito mío!... ¡Yo culpas, yo castigada

por Dios!... Ya vuelves á tu tema. La mártir, la esclava del deber, la

que ha luchado como leona para defenderos de la miseria, castigada..

¿por qué? por una buena obra. ¿Ha dicho Dios que es malo hacer el bien,

y librar de la muerte á las criaturas?... ¡Bah!... Ya no te ríes...

¡Qué serio te has puesto!... Es que una razón mía basta para hacerte

recobrar la tuya.

—Me he puesto serio, porque pienso ahora una cosa muy triste. Pero

dejémosla... Volviendo á lo que hablábamos antes y al motivo de mi

risa, tengo que advertirte que ya no me oirás vituperar á tu ilustre

cuñado, no digo mío, porque mío no lo es. No pronunciaré contra él

palabra ninguna ofensiva, porque como su pan, comemos su pan, y

sería indigno que le insultáramos después que nos mantiene el pico.

Los infames somos nosotros, yo más que tú, porque me las echaba de

inflexible y de mantenedor caballeresco de la dignidad, pero al fin,

¡qué oprobio! disculpándome con mi ceguera, he concluído por aceptar

del marido de mi hermana la hospitalidad, y esta bazofia que me dáis,

y la llamo bazofia con perdón de la cocinera, porque sólo moralmente,

¿entiendes? moralmente, es la comida de esta casa como la sopa boba

que en un caldero, del tamaño de hoy y mañana, se da á los pobres

mendigos á la puerta de los conventos... Con que ya ves... No le

vitupero, y cuando me reía, no me reía de él ni de sus gansadas, que tú

vas corrigiendo para que no te ponga en ridículo... porque ese hombre

acabará por hablar como las personas; de tal modo se aplica y atiende

á tus enseñanzas; digo que no me río de él, ni tampoco de tí, sino

de mí, de mí mismo... Y ahora me entra la risa otra vez: sujétame...

Bueno, pues me río á mis anchas, y riéndome te aseguro que he calado

el porvenir... y veo, claro como la luz del alma, única que á mí me

alumbra..., veo que transigiendo, transigiendo y abandonándome á los

hechos, sacerdote de la santa inercia, acabaré por conformarme con la

opulencia infamante de esta vida, por hacer mangas y capirotes de la

dignidad... Si esto no es cómico, altamente cómico, es que la gracia ha

huído de nuestro planeta. ¡Yo conforme con esta deshonra, yo viéndoos

en tanta vileza, y creyéndola no sólo irremediable, sino hasta natural

y necesaria! ¡Yo vencido al fin de la costumbre y hecho á la envenenada

atmósfera que respiráis vosotras! Confiésame, querida hermana, que ésto

es para morirse de risa, y si conmigo no te alegras ahora será porque

tu alma es insensible al humorismo, entendido en su verdadera acepción,

no en la que le dió tu cuñadito el otro día, cuando se quejaba del

mucho _humorismo de la chimenea_.»

Llegaron á su punto culminante las risotadas en esta parte de la

escena, y en tal momento fué cuando Torquemada oyó desde fuera el

alboroto.

V

—No se te puede tolerar que hables de esa manera—dijo la hermana mayor,

disimulando la zozobra que aquel descompuesto reir iba levantando en su

alma.—Nunca he visto en tí ese humor de chacota, ni esas payasadas de

mal gusto, Rafael. No te conozco.

—De algún modo se había de revelar en mí la metamorfosis de toda la

familia. Tú te has transformado por lo serio, yo por lo festivo. Al

fin seremos todos grotescos, más grotescos que él, pues tú conseguirás

retocarle y darle barniz... Pues sí, me levantaré: dame mi ropa... Digo

que la sociedad concluirá por ver en él un hombre de cierto mérito, un

tipo de esos que llaman _serios_, y en nosotros unos pobres cursis, que

por hambre hacen el mamarracho.

—No sé cómo te oigo... Debiera darte azotes como á un niño mañoso...

Toma, vístete; lávate con agua fría para que se te despeje la cabeza.

—Á eso voy—replicó el ciego, ya en pie y disponiéndose á refrescar su

cráneo en la jofaina.—Y puesto que no tiene ya remedio, hay que aceptar

los hechos consumados, y meternos hasta el cuello en la inmundicia que

tu... vamos, que la fatalidad nos ha traído á casa. Ya ves que no me

río, aunque ganas, no me faltan... Te hablaré seriamente, contra lo que

pide lo jocoso del asunto... Y de esto dan fe las inflexiones de sátira

que se notan... ¿no las has notado?... que se notan, digo, en el acento

de todas las personas que han vuelto á entablar amistad con nosotros,

después del paréntesis de desgracia.

—Yo no he notado eso—afirmó Cruz resueltamente;—y no hay tal sátira más

que en tu descarriada imaginación.

—Es que á tí te deslumbran los destellos de esta opulencia de similor,

y no ves la verdad de la opinión social. Yo, ciego, la veo mejor que

tú. En fin, déjame que me fregotee un poco la cara y la cabeza, y te

diré una cosa que ha de pasmarte.

—Lo mejor sería que te callaras, Rafael, y no me enloquecieras juzgando

de un modo tan absurdo los hechos más naturales de la vida... Toma la

toalla. Sécate bien... Ahora te sientas, y te peinaré.

—Pues quería decirte... Se me ha despejado la cabeza; pero es el caso

que ahora me retoza otra vez la risa, y necesito contenerme para no

estallar... Quería decirte que cuando se pierde la vergüenza, como la

hemos perdido nosotros...

—¡Rafael, por amor de Dios...!

—Digo que lo mejor es perderla toda de una vez, arrancarse del alma ese

estorbo, y afrontar á cara descubierta el hecho infamante... Cuando

más, debe usarse en la cara el colorete de las buenas formas, una vez

perdido el santo rubor que distingue las personas dignas de las que no

lo son... (_Conteniendo la risa_) Tú, autora de todo esto, debes ir ya

hasta el fin. No te detengas á medio éxito. Fuera escrúpulos, fuera

delicadezas que ya resultarían afectadas. ¿No has conseguido aún que el

amo os dé coche para salir publicando por calles y paseos la venta que

habéis hecho de...? ¡Oh! no me tires del pelo. Me haces daño.

—Es que me pones nerviosa... ¡Pobre sér delicado y enfermo, á quien no

se puede aplicar el correctivo de una azotaina!

—Decía que la venta... Bueno: retiro la palabra. ¡Ay!... Ello es que

harás muy bien en sonsacarle el gasto del coche. El otro, mascando las

palabras finas con las ordinarias, tascará el freno que tú le pones

con tu talento y tu autoridad. Á cambio de la representación social

con que alimentas su orgullo de pavo..., no digo de pavo real, sino de

pavo común, de ese que por Navidad se engorda con nueces enteras...,

á cambio de la representación social, él te dará cuanto le pidas,

renegando, eso sí, porque tiene la avaricia metida en los huesos y

en el alma; pero cederá, como tú sepas trastearlo, y ¡vaya si sabes!

Y conseguirás el abono en el Real y en la Comedia, y las reuniones

y comidas en determinados días de la semana. Hartaos de riqueza, de

lujo, de vanidad, de toda esa bazofia que ha venido á sustituir el

regalo fino de los sentimientos puros y nobles. ¡Que os pague en lo

que valéis, que no descanse en sus arcas una sola peseta de las que

continuamente trae á ellas el negocio, sucio como alma de condenado!

Apenas entre la santa peseta, escamoteadla vosotras, para gastarla

en trapos, comistrajes, diversiones públicas y privadas, objetos

artísticos, muebles de lujo. Duro en él, á ver si revienta y os quedáis

dueñas de todo, que esa sería vuestra jugada.

—Rafael, ya no más—dijo la dama vibrando de cólera.—He oído tus

disparates con mi santa paciencia; pero ésta se agota ya. Tú la crees

inagotable; por eso abusas... Pero no lo es, no lo es. Ya no puedo

acompañarte más. Pinto acabará de vestirte... (_Llamando._) Pinto...

chiquillo... ¿Qué haces?

Acudió al instante el lacayito, cargado de ropa que el sastre acababa

de traer.

—Estaba recogiendo el traje nuevo del señorito Rafael. El sastre dice

que quiere vérselo puesto.

—Pues que pase. (_Á Rafael._) Ya tienes entretenimiento para un rato.

Volveré á verte vestido, y como alguna prenda no esté bien, se le

devuelve para que la reforme. (_Al sastre._) Pase usted, Balboa... Hay

que probar todo. Ya sabe usted que este caballero es muy escrupuloso y

exigente para la ropa. Conserva el sentido del buen corte y del ajuste,

como si pudiera apreciarlos por la vista. (_Á Pinto._) Anda, ¿qué

haces? Quítale el pantalón.

—Sí, Sr. Vasco Núñez de Balboa—dijo Rafael tocado otra vez de su

jocosidad nerviosa.—Me basta ponerme una prenda, para conocer por el

tacto, por el roce de la tela, hasta las menores imperfecciones de la

hechura. Con que... á mí no me traiga usted chapucerías fiándose de mi

ceguera. Venga el pantalón... Y á propósito, amigo Balboa: mi hermana y

yo hablábamos ahora... ¿Se ha ido mi hermana?

—Aquí estoy, hombre... Ese pantalón me parece que va muy bien.

—No está mal. Pues decía que necesito más trapo, Sr. Balboa. Otro

terno de entretiempo, un gabán como el que lleva Morentín, ¿sabe usted?

y tres ó cuatro pantalones de verano, ligeros. ¿Qué dice mi señora

hermana?

—¿Yo? nada.

—Me pareció que protestabas de esta pasión mía de la ropa buena y

abundante... Pues te digo que algo me ha de tocar á mí del cambio de

fortuna... Y te digo más: quiero un frac... ¿Que para qué lo necesito?

Yo me entiendo. Necesito un frac.

—¡Jesús!

—Ya lo sabe usted, Vasco Núñez... ¿Se ha ido mi hermana?

—Aquí estoy... y está conmigo toda mi paciencia.

—Me alegro mucho. La mía se ha evaporado, llevándose otra cosa que

no quiero nombrar. Y en el hueco que dejó, se ha metido un ardiente

apetito de los bienes materiales... No tengo la culpa de ello, ni soy

yo quien ha traído á casa esta desmoralización mansa. Maestro, el frac

prontito... Y tú, hermana querida... ¿Pero se ha ido...?

—Ahora sí... Se fué la señora—indicó tímidamente el sastre,—y me parece

que un poquitín incomodada con usted.

Y era verdad que salió del cuarto la dama, no sólo por librarse de

aquel suplicio, sino porque suponía, con algún fundamento, que su

presencia era lo que excitaba más al desdichado joven. Allá le dejó con

Pinto y el sastre todo el tiempo que duraron las probaturas y el quita

y pon de ropa. Á la hora de almorzar, volvió D. Francisco de la calle,

y sorprendió á su cuñada con los ojos encendidos, suspirona y triste.

—¿Qué hay, qué ocurre?—le preguntó alarmadísimo.

—Esto nos faltaba... Le aseguro á usted, amigo mío, que Dios quiere

someterme á pruebas demasiado duras... Rafael está enfermo, muy enfermo.

—Pues si esta mañana se reía como un descosido.

—Precisamente... ese es el síntoma.

—¡Reirse... síntoma de enfermedad! Vaya, que cada día descubre uno

cosas raras en este _nuevo régimen_ á que ustedes me han traído.

Siempre he visto que el enfermo lloraba, bien porque le dolía algo,

bien por falta de respiración, ó por no poder romper por alguna

parte... Pero que los enfermos se desternillen de risa, es lo único que

me quedaba que ver.

—Lo mejor—indicó Fidela ocupando su asiento en la mesa, y mirando

con sereno y apacible rostro á su marido,—será llamar á un médico

especialista en enfermedades nerviosas... Y cuanto más pronto mejor...

—¡Especialista!—exclamó Torquemada, perdiendo repentinamente el

apetito.—Es decir, un medicazo de mucha fanfarria, que después de dejar

á tu hermano peor que estaba, ponga unos _emolumentos_ que nos partan

por el eje.

—No podemos consentir que tome cuerpo esa neurosis—dijo Cruz ocupando

su sitio.

—¿Esa qué?... ¡Ah! ya, neurosis, _paparruchosis_... Mire usted, Cruz,

lo que no haga mi yerno, no lo hará ningún facultativo de esos que se

dan importancia desbalijando al género humano, después de llenar de

cadáveres nuestros _clásicos_ cementerios.

—No te pongas cargante, querido Tor—arguyó Fidela con dulzura.—Hay que

llamar un especialista, dos especialistas, aunque sean tres.

—Con uno basta—manifestó Cruz.

—No, mejor será traer acá un rebaño de doctores—agregó D. Francisco,

recobrando el apetito.—Y luego que acaben de recetar, nos iremos todos

á los Asilos del Pardo.

—Es usted la misma exageración, señor mío—díjole Cruz festivamente.

—Y usted el maquiavelismo en persona, ó personificado... Y entre

paréntesis, señoras mías, esa cocinera de ocho duros será la octava

maravilla; pero á mí no me la da. Estos riñones me saben á quemado.

—Si están riquísimos.

—Mejor los ponía Romualda, á quién despidieron ustedes porque se

peinaba en la cocina... En fin, me resigno á este orden de cosas, y

transigiremos...

—Transacción—dijo Fidela, pasando la mano por el hombro de su

marido.—En vez de llamar los tres especialistas...

—¿Tres nada menos? Dí más bien las tres plagas de Faraón, y la

langosta médico-farmacéutica.

—Pues en vez de llamar al especialista, llevamos á Rafael á París para

que le vea Charcot.

Torquemada en el purgatorio · 第 8 / 39 题