Es el caso que aquella mañana, al entrar Cruz en el cuarto de su
hermano con el desayuno, no sólo le encontró despierto, sino sentado en
el lecho, pronto á vestirse solo, como hombre á quien llaman fuera de
casa negocios urgentes.
—Dame, dame pronto mi ropa—dijo á su hermana.—¿Te parece que es hora
esta de empezar el día, cuando lo menos hace seis horas que ha salido
el sol?
—¿Tú qué sabes cuándo sale y cuándo entra el sol?
—¿Pues no he de saberlo? Oigo cantar los gallos... Y que no faltan
gallos en esta vecindad. Yo mido el tiempo por esos relojes de la
Naturaleza, más seguros que los que hacen los hombres, y que siempre
van atrasados. Y para asegurarme más, pongo atención á los carros de
la mañana, á los pregones de verduleras y ropavejeros, al afilador, al
alcarreño de la miel, y por oirlo todo, oigo cuando echan el periódico
por debajo de la puerta.
—¿De modo que no has dormido la mañana?—preguntóle su hermana con
tierna solicitud, acariciándole.—Eso no me gusta, Rafael. Ya van muchos
días así... ¿Para qué espoleas tu imaginación en las horas que debes
dedicar al descanso? Tiempo tienes, de día, de hacer tus cálculos y
entretenerte con los acertijos que á tí mismo te propones.
—Cada uno vive á la hora que puede—replicó el ciego, volviendo
á echarse en la cama; pero sin intenciones de recobrar el sueño
perdido.—Yo vivo conmigo á solas, en el silencio de la mañana obscura,
mejor que con vosotras en el ruido de la tarde, entre visitas que me
aburren y algún relincho del búfalo salvaje que anda por ahí.
—Ea, ya empiezas—indicó la dama amostazándose.—Á desayunarse pronto.
La debilidad te desvanece un poquito la cabeza, y te la desmoraliza,
insubordinando los malos pensamientos y reprimiendo los buenos. ¿Qué
tal la figura? Tómate tu chocolatito, y verás cómo te vuelves humano,
indulgente, razonable... y desaparece de tu cabeza la cólera vil, la
injusticia y el odio á personas que no te han hecho ningún daño.
—Bueno, hija, bueno—dijo el ciego incorporándose de nuevo y empezando á
reir.—Venga ese chocolate que, según tú, restablecerá en mi cabeza la
disciplina militar, digo, intelectual. Es gracioso.
—¿Por qué te ríes?
—Toma, porque estoy contento.
—¿Contento tú?
—¿Ahora salimos con eso? ¡Pues, hija!... Cuatro meses hace que me
estáis sermoneando por mi tristeza, porque no hablo, porque no me
entran ganas de reir, porque no me divierto con las mil farsas que
inventáis para distraerme. Vamos que me tenéis loco... «Rafael, ríete;
Rafael, ponte de buen humor.» Y ahora que la alegría me retoza en el
alma y se me sale por ojos y boca, me riñes. ¿En qué quedamos?
—Yo no te riño. Me sorprendo de esa alegría desenfrenada, que no es
natural, Rafael; vamos, que no es verdadera alegría.
—Yo te juro que sí; que en este momento me siento feliz, que me
gustaría verte reir conmigo.
—Pues dime la causa de esa alegría. ¿Es alguna idea original, algo que
has pensado?... ¿Ó te ríes mecánicamente nada más?
—¡Mecánicamente! No, hija de mi alma. La alegría no es una cosa á la
cual se da cuerda, como á los relojes. La alegría nace en el alma, y
se nos manifiesta por esta vibración de los músculos del rostro, por
esta... no sé cómo decirlo... Vaya, me tomaré el chocolate, para que no
te enfades...
—Pero contén la risa un momentito, y no me tengas aquí con la bandeja
en una mano y la rebanada de pan en otra...
—Sí; reconozco que es conveniente alimentarse; más que conveniente,
necesario. ¿Ves? Ya no me río... ¿Ves? Ya como. De veras que tengo
apetito... Pues... querida hermana, la alegría es una bendición de
Dios. Cuando nace de nosotros mismos, es que algún ángel se aposenta en
nuestro interior. Generalmente, después de una noche de insomnio, nos
levantamos con un humor del diablo. ¿Por qué me pasa á mí lo contrario
no habiendo pegado los ojos?... Tú no entiendes esto ni lo entenderás
si yo no te lo explico. Estoy alegre porque... Antes debo decirte
que paso mis madrugadas calculando las probabilidades del porvenir,
entretenimiento muy divertido... ¿Ves? Ya he concluído el chocolate.
Ahora venga el vaso de leche... Riquísima... Bueno, pues para calcular
el porvenir, cojo yo las figuras humanas, cojo los hechos pasados,
los coloco en el tablero, los hago avanzar conforme á las leyes de la
lógica...
—Hijo mío, ¿quieres hacerme el favor de no marearte con esas
simplezas?—dijo la dama, asustada de aquel desbarajuste cerebral.—Veo
que no se te debe dejar solo, ni aun de noche. Es preciso que te
acompañe siempre una persona, que en las horas de insomnio te hable, te
entretenga, te cuente cuentos...
—Tonta, más que tonta. Si nadie me entretiene como yo mismo, y no
hay, no puede haber cuentos más salados que los que yo me cuento á mí
propio. ¿Quieres oir uno? Verás. En un reino muy distante, éranse dos
pobres hormigas, hermanas... Vivían en un agujerito...
—Cállate: me incomodan tus cuentos... Será preciso que yo te acompañe
de noche, aunque no duerma.
—Me ayudarías á calcular el porvenir, y cuando llegáramos al
descubrimiento de verdades tan graciosas como las que yo he descubierto
esta noche, nos reiríamos juntos. No, no te enfades porque me ría. Me
sale de muy adentro este gozo para que pueda contenerlo. Cuando uno ríe
fuerte, se saltan las lágrimas, y como yo nunca lloro, tengo en mí una
cantidad de llanto que ya lo quisieran más de cuatro para un día de
duelo... Deja, deja que me ría mucho, porque si no reviento.
—Basta, Rafael—dijo la dama creyendo que debía mostrar
severidad.—Pareces un niño. ¿Acaso te burlas de mí?
—Debiera burlarme, pero no me burlo. Te quiero, te respeto, porque eres
mi hermana, y te interesas por mí; y aunque has hecho cosas que no son
de mi agrado, reconozco que no eres mala, y te compadezco... sí, no te
rías tú ahora... te compadezco porque sé que Dios te ha de castigar,
que has de padecer horriblemente.
—¿Yo? ¡Dios mío!—exclamó la noble dama con súbito espanto.
—Porque la lógica es lógica, y lo que tú has hecho tendrá su merecido,
no en la otra vida, sino en ésta, pues no siendo bastante mala para
irte al infierno, aquí, aquí has de purgar tus culpas.
—¡Ay! Tú no estás bueno. ¡Pobrecito mío!... ¡Yo culpas, yo castigada
por Dios!... Ya vuelves á tu tema. La mártir, la esclava del deber, la
que ha luchado como leona para defenderos de la miseria, castigada..
¿por qué? por una buena obra. ¿Ha dicho Dios que es malo hacer el bien,
y librar de la muerte á las criaturas?... ¡Bah!... Ya no te ríes...
¡Qué serio te has puesto!... Es que una razón mía basta para hacerte
recobrar la tuya.
—Me he puesto serio, porque pienso ahora una cosa muy triste. Pero
dejémosla... Volviendo á lo que hablábamos antes y al motivo de mi
risa, tengo que advertirte que ya no me oirás vituperar á tu ilustre
cuñado, no digo mío, porque mío no lo es. No pronunciaré contra él
palabra ninguna ofensiva, porque como su pan, comemos su pan, y
sería indigno que le insultáramos después que nos mantiene el pico.
Los infames somos nosotros, yo más que tú, porque me las echaba de
inflexible y de mantenedor caballeresco de la dignidad, pero al fin,
¡qué oprobio! disculpándome con mi ceguera, he concluído por aceptar
del marido de mi hermana la hospitalidad, y esta bazofia que me dáis,
y la llamo bazofia con perdón de la cocinera, porque sólo moralmente,
¿entiendes? moralmente, es la comida de esta casa como la sopa boba
que en un caldero, del tamaño de hoy y mañana, se da á los pobres
mendigos á la puerta de los conventos... Con que ya ves... No le
vitupero, y cuando me reía, no me reía de él ni de sus gansadas, que tú
vas corrigiendo para que no te ponga en ridículo... porque ese hombre
acabará por hablar como las personas; de tal modo se aplica y atiende
á tus enseñanzas; digo que no me río de él, ni tampoco de tí, sino
de mí, de mí mismo... Y ahora me entra la risa otra vez: sujétame...
Bueno, pues me río á mis anchas, y riéndome te aseguro que he calado
el porvenir... y veo, claro como la luz del alma, única que á mí me
alumbra..., veo que transigiendo, transigiendo y abandonándome á los
hechos, sacerdote de la santa inercia, acabaré por conformarme con la
opulencia infamante de esta vida, por hacer mangas y capirotes de la
dignidad... Si esto no es cómico, altamente cómico, es que la gracia ha
huído de nuestro planeta. ¡Yo conforme con esta deshonra, yo viéndoos
en tanta vileza, y creyéndola no sólo irremediable, sino hasta natural
y necesaria! ¡Yo vencido al fin de la costumbre y hecho á la envenenada
atmósfera que respiráis vosotras! Confiésame, querida hermana, que ésto
es para morirse de risa, y si conmigo no te alegras ahora será porque
tu alma es insensible al humorismo, entendido en su verdadera acepción,
no en la que le dió tu cuñadito el otro día, cuando se quejaba del
mucho _humorismo de la chimenea_.»
Llegaron á su punto culminante las risotadas en esta parte de la
escena, y en tal momento fué cuando Torquemada oyó desde fuera el
alboroto.
V
—No se te puede tolerar que hables de esa manera—dijo la hermana mayor,
disimulando la zozobra que aquel descompuesto reir iba levantando en su
alma.—Nunca he visto en tí ese humor de chacota, ni esas payasadas de
mal gusto, Rafael. No te conozco.
—De algún modo se había de revelar en mí la metamorfosis de toda la
familia. Tú te has transformado por lo serio, yo por lo festivo. Al
fin seremos todos grotescos, más grotescos que él, pues tú conseguirás
retocarle y darle barniz... Pues sí, me levantaré: dame mi ropa... Digo
que la sociedad concluirá por ver en él un hombre de cierto mérito, un
tipo de esos que llaman _serios_, y en nosotros unos pobres cursis, que
por hambre hacen el mamarracho.
—No sé cómo te oigo... Debiera darte azotes como á un niño mañoso...
Toma, vístete; lávate con agua fría para que se te despeje la cabeza.
—Á eso voy—replicó el ciego, ya en pie y disponiéndose á refrescar su
cráneo en la jofaina.—Y puesto que no tiene ya remedio, hay que aceptar
los hechos consumados, y meternos hasta el cuello en la inmundicia que
tu... vamos, que la fatalidad nos ha traído á casa. Ya ves que no me
río, aunque ganas, no me faltan... Te hablaré seriamente, contra lo que
pide lo jocoso del asunto... Y de esto dan fe las inflexiones de sátira
que se notan... ¿no las has notado?... que se notan, digo, en el acento
de todas las personas que han vuelto á entablar amistad con nosotros,
después del paréntesis de desgracia.
—Yo no he notado eso—afirmó Cruz resueltamente;—y no hay tal sátira más
que en tu descarriada imaginación.
—Es que á tí te deslumbran los destellos de esta opulencia de similor,
y no ves la verdad de la opinión social. Yo, ciego, la veo mejor que
tú. En fin, déjame que me fregotee un poco la cara y la cabeza, y te
diré una cosa que ha de pasmarte.
—Lo mejor sería que te callaras, Rafael, y no me enloquecieras juzgando
de un modo tan absurdo los hechos más naturales de la vida... Toma la
toalla. Sécate bien... Ahora te sientas, y te peinaré.
—Pues quería decirte... Se me ha despejado la cabeza; pero es el caso
que ahora me retoza otra vez la risa, y necesito contenerme para no
estallar... Quería decirte que cuando se pierde la vergüenza, como la
hemos perdido nosotros...
—¡Rafael, por amor de Dios...!
—Digo que lo mejor es perderla toda de una vez, arrancarse del alma ese
estorbo, y afrontar á cara descubierta el hecho infamante... Cuando
más, debe usarse en la cara el colorete de las buenas formas, una vez
perdido el santo rubor que distingue las personas dignas de las que no
lo son... (_Conteniendo la risa_) Tú, autora de todo esto, debes ir ya
hasta el fin. No te detengas á medio éxito. Fuera escrúpulos, fuera
delicadezas que ya resultarían afectadas. ¿No has conseguido aún que el
amo os dé coche para salir publicando por calles y paseos la venta que
habéis hecho de...? ¡Oh! no me tires del pelo. Me haces daño.
—Es que me pones nerviosa... ¡Pobre sér delicado y enfermo, á quien no
se puede aplicar el correctivo de una azotaina!
—Decía que la venta... Bueno: retiro la palabra. ¡Ay!... Ello es que
harás muy bien en sonsacarle el gasto del coche. El otro, mascando las
palabras finas con las ordinarias, tascará el freno que tú le pones
con tu talento y tu autoridad. Á cambio de la representación social
con que alimentas su orgullo de pavo..., no digo de pavo real, sino de
pavo común, de ese que por Navidad se engorda con nueces enteras...,
á cambio de la representación social, él te dará cuanto le pidas,
renegando, eso sí, porque tiene la avaricia metida en los huesos y
en el alma; pero cederá, como tú sepas trastearlo, y ¡vaya si sabes!
Y conseguirás el abono en el Real y en la Comedia, y las reuniones
y comidas en determinados días de la semana. Hartaos de riqueza, de
lujo, de vanidad, de toda esa bazofia que ha venido á sustituir el
regalo fino de los sentimientos puros y nobles. ¡Que os pague en lo
que valéis, que no descanse en sus arcas una sola peseta de las que
continuamente trae á ellas el negocio, sucio como alma de condenado!
Apenas entre la santa peseta, escamoteadla vosotras, para gastarla
en trapos, comistrajes, diversiones públicas y privadas, objetos
artísticos, muebles de lujo. Duro en él, á ver si revienta y os quedáis
dueñas de todo, que esa sería vuestra jugada.
—Rafael, ya no más—dijo la dama vibrando de cólera.—He oído tus
disparates con mi santa paciencia; pero ésta se agota ya. Tú la crees
inagotable; por eso abusas... Pero no lo es, no lo es. Ya no puedo
acompañarte más. Pinto acabará de vestirte... (_Llamando._) Pinto...
chiquillo... ¿Qué haces?
Acudió al instante el lacayito, cargado de ropa que el sastre acababa
de traer.
—Estaba recogiendo el traje nuevo del señorito Rafael. El sastre dice
que quiere vérselo puesto.
—Pues que pase. (_Á Rafael._) Ya tienes entretenimiento para un rato.
Volveré á verte vestido, y como alguna prenda no esté bien, se le
devuelve para que la reforme. (_Al sastre._) Pase usted, Balboa... Hay
que probar todo. Ya sabe usted que este caballero es muy escrupuloso y
exigente para la ropa. Conserva el sentido del buen corte y del ajuste,
como si pudiera apreciarlos por la vista. (_Á Pinto._) Anda, ¿qué
haces? Quítale el pantalón.
—Sí, Sr. Vasco Núñez de Balboa—dijo Rafael tocado otra vez de su
jocosidad nerviosa.—Me basta ponerme una prenda, para conocer por el
tacto, por el roce de la tela, hasta las menores imperfecciones de la
hechura. Con que... á mí no me traiga usted chapucerías fiándose de mi
ceguera. Venga el pantalón... Y á propósito, amigo Balboa: mi hermana y
yo hablábamos ahora... ¿Se ha ido mi hermana?
—Aquí estoy, hombre... Ese pantalón me parece que va muy bien.
—No está mal. Pues decía que necesito más trapo, Sr. Balboa. Otro
terno de entretiempo, un gabán como el que lleva Morentín, ¿sabe usted?
y tres ó cuatro pantalones de verano, ligeros. ¿Qué dice mi señora
hermana?
—¿Yo? nada.
—Me pareció que protestabas de esta pasión mía de la ropa buena y
abundante... Pues te digo que algo me ha de tocar á mí del cambio de
fortuna... Y te digo más: quiero un frac... ¿Que para qué lo necesito?
Yo me entiendo. Necesito un frac.
—¡Jesús!
—Ya lo sabe usted, Vasco Núñez... ¿Se ha ido mi hermana?
—Aquí estoy... y está conmigo toda mi paciencia.
—Me alegro mucho. La mía se ha evaporado, llevándose otra cosa que
no quiero nombrar. Y en el hueco que dejó, se ha metido un ardiente
apetito de los bienes materiales... No tengo la culpa de ello, ni soy
yo quien ha traído á casa esta desmoralización mansa. Maestro, el frac
prontito... Y tú, hermana querida... ¿Pero se ha ido...?
—Ahora sí... Se fué la señora—indicó tímidamente el sastre,—y me parece
que un poquitín incomodada con usted.
Y era verdad que salió del cuarto la dama, no sólo por librarse de
aquel suplicio, sino porque suponía, con algún fundamento, que su
presencia era lo que excitaba más al desdichado joven. Allá le dejó con
Pinto y el sastre todo el tiempo que duraron las probaturas y el quita
y pon de ropa. Á la hora de almorzar, volvió D. Francisco de la calle,
y sorprendió á su cuñada con los ojos encendidos, suspirona y triste.
—¿Qué hay, qué ocurre?—le preguntó alarmadísimo.
—Esto nos faltaba... Le aseguro á usted, amigo mío, que Dios quiere
someterme á pruebas demasiado duras... Rafael está enfermo, muy enfermo.
—Pues si esta mañana se reía como un descosido.
—Precisamente... ese es el síntoma.
—¡Reirse... síntoma de enfermedad! Vaya, que cada día descubre uno
cosas raras en este _nuevo régimen_ á que ustedes me han traído.
Siempre he visto que el enfermo lloraba, bien porque le dolía algo,
bien por falta de respiración, ó por no poder romper por alguna
parte... Pero que los enfermos se desternillen de risa, es lo único que
me quedaba que ver.
—Lo mejor—indicó Fidela ocupando su asiento en la mesa, y mirando
con sereno y apacible rostro á su marido,—será llamar á un médico
especialista en enfermedades nerviosas... Y cuanto más pronto mejor...
—¡Especialista!—exclamó Torquemada, perdiendo repentinamente el
apetito.—Es decir, un medicazo de mucha fanfarria, que después de dejar
á tu hermano peor que estaba, ponga unos _emolumentos_ que nos partan
por el eje.
—No podemos consentir que tome cuerpo esa neurosis—dijo Cruz ocupando
su sitio.
—¿Esa qué?... ¡Ah! ya, neurosis, _paparruchosis_... Mire usted, Cruz,
lo que no haga mi yerno, no lo hará ningún facultativo de esos que se
dan importancia desbalijando al género humano, después de llenar de
cadáveres nuestros _clásicos_ cementerios.
—No te pongas cargante, querido Tor—arguyó Fidela con dulzura.—Hay que
llamar un especialista, dos especialistas, aunque sean tres.
—Con uno basta—manifestó Cruz.
—No, mejor será traer acá un rebaño de doctores—agregó D. Francisco,
recobrando el apetito.—Y luego que acaben de recetar, nos iremos todos
á los Asilos del Pardo.
—Es usted la misma exageración, señor mío—díjole Cruz festivamente.
—Y usted el maquiavelismo en persona, ó personificado... Y entre
paréntesis, señoras mías, esa cocinera de ocho duros será la octava
maravilla; pero á mí no me la da. Estos riñones me saben á quemado.
—Si están riquísimos.
—Mejor los ponía Romualda, á quién despidieron ustedes porque se
peinaba en la cocina... En fin, me resigno á este orden de cosas, y
transigiremos...
—Transacción—dijo Fidela, pasando la mano por el hombro de su
marido.—En vez de llamar los tres especialistas...
—¿Tres nada menos? Dí más bien las tres plagas de Faraón, y la
langosta médico-farmacéutica.
—Pues en vez de llamar al especialista, llevamos á Rafael á París para
que le vea Charcot.