CUADRO III.

La escena es en la ciudad de Francfort sobre el Mein, 1866 años después

de Cristo, y 2488 después de Buda.

Habitación del doctor Seelenführer. Es de noche. Una lámpara de petróleo

ilumina la estancia, donde hay mucho librote.

El doctor SEELENFÜHRER y el AUTOR.

AUTOR.--Aseguro a V., mi querido doctor Seelenführer, que cada día estoy

más encantado de haber contraído con usted estas relaciones amistosas.

Oyendo a V. comprendo el movimiento intelectual de Alemania, en lo que

tiene de más hondo, y por consiguiente el de toda Europa, porque (¿cómo

no confesarlo?) Alemania es nuestro norte en ciencias y en filosofía,

casi desde Leibnitz, y sobre todo desde Kant. Usted es un resumen vivo

de cuanto ahora se sabe o se supone que se sabe: usted es un sabio a la

última moda. Todo esto me divierte mucho, porque no puede V. figurarse

lo aficionado que soy a la filosofía; pero confieso que hay dos cosillas

que me afligen.

SEELENFÜHRER.--Dichoso V., a quien sólo afligen dos cosillas. ¡A mí me

afligen y me desesperan todas!

AUTOR.--Pues justamente es ésa una de las cosillas que me afligen: el

que a V. le aflijan todas y le desesperen. De lo que antes yo gustaba

más, en la filosofía alemana, era del optimismo. Desde el doctor

Pangloss hasta hace poco (al menos yo así lo entendía) han venido siendo

optimistas los grandes filósofos. El ser llorones se dejaba a los poetas

exóticos, como Byron y Leopardi. En Alemania, ni los poetas siquiera

eran quejumbrosos y desesperados. En el más grande de todos, en Goethe,

celebro yo con singular contentamiento cierta alegría reposada y

majestuosa y cierta olímpica serenidad. Pero ¡amigo mío! ¡cómo ha

cambiado todo! Lo que ahora priva es la filosofía de la desesperación.

La poesía la precedió en este camino, el cual, seguido poéticamente,

confieso que me encantaba. Cuando yo era mozo y estudiante, ¿quién no

hacía versos desesperados? Los versos desesperados eran como blasfemias

y reniegos de las personas atildadas y cultas. Había uno perdido al

juego la mesadita de 30 ó 40 duros que le enviaba su papá; había

estudiado tan poco, que había salido suspenso y le habían dejado para el

cursillo; la hija de la pupilera, o la pupilera misma, le había plantado

y preferido a otro huésped; en cualquiera de estos casos, o de otros por

el estilo, leer o hacer versos desesperados a lo Byron, a lo Leopardi o

a lo Espronceda, era un desahogo, con el cual se quedaba sereno el vate

o genio en agraz, y comía luego con más apetito que nunca. El asunto es

mil veces más serio en el día. La desesperación no se muestra en

jaculatorias y raptos líricos, más o menos elegantes y poco metódicos,

sino que se deduce de todo un sistema dialéctica y sabiamente

construido. Confiese V. que esto es lastimoso. Si el término del

progreso no es la desesperación momentánea, poética y romántica de un

poeta impresionable, sino la desesperación reducida a reglas y

demostrada como una serie de teoremas de Geometría, convenga V. en que

debemos maldecir el progreso. Aquí tiene V., pues, las dos cosillas que

me afligen. Los dos artículos principales de mi fe filosófica quedan

destruidos con la filosofía a la moda: la fe en el optimismo y la fe en

el progreso. ¿No sería puerilidad ridícula alegar, como prueba del

progreso, el que vamos ahora en ferro-carril o en tranvía, en vez de ir

a pié o a caballo; el que los retratos en fotografía salen baratos; el

que se teje con prontitud y primorosamente por medio de máquinas de

vapor, y el que envíamos a decir a escape lo que se nos antoja por medio

del telégrafo, si en lo esencial estamos, de un modo sistemático,

pertinaz y dialéctico, desesperados y dados a todos los demonios?

SEELENFÜHRER.--¿Y por qué ha de ser puerilidad ridícula? ¿Quién, que

penetre en lo esencial, cree que el progreso pasa de los accidentes a la

esencia? El telégrafo, el vapor, la fotografía, los cañones rayados son,

pues, el progreso.

AUTOR.--Yo entendía, sin embargo, que el objeto y fin de la filosofía

era la bienaventuranza, y el término del progreso la perfección del

hombre hasta llegar a la bienaventaranza deseada: a su ideal, en el

sentido más lato. Así, pues, no puedo convencerme de que caminamos hacia

la bienaventuranza, cuando veo que, no sólo estamos desesperados, sino

que es tonto probadísimo, hombre ajeno a la filosofía, acéfalo o

microcéfalo insipiente, el que no se desespera.

SEELENFÜHRER.--Esa desesperación, hoy más vivamente sentida que en otras

edades, es la prueba más clara del progreso. Cuando el viandante va

acercándose al fin de su jornada pica y da de espuelas a su caballo para

acabarla pronto y descansar. Así el progreso, que va caballero en la

humanidad, la pica y la espolea para que llegue y se repose cuanto

antes.

AUTOR.--¿Y cuál es la posada a donde el progreso nos lleva?

SEELENFÜHRER.--Nos lleva a la nada; al fin del Universo y de toda la

vida; a la extinción del egoísmo y al triunfo del amor, que es la

muerte. No le quepa a V. la menor duda: la ciencia llegará a poder

destruir toda esta pesadilla horrible del Universo, que es lo que nos

conviene. En el no ser nos aquietaremos todos y cesará esta lucha

incesante por la vida que traemos ahora, ya valiéndonos de la fuerza, ya

de la astucia. ¡Cesará el dolor y se extinguirá el deseo! ¡Qué paz tan

hermosa!

AUTOR.--Guárdesela V. para sí; que yo no la quiero.

SEELENFÜHRER.--Pues no hay otro remedio. Para todos vendrá. Es el único

fin de nuestros males. La _idea_ de Hegel, después de llegar a su total

desenvolvimiento, por medio de mil y mil evoluciones y determinaciones,

se replegará sobre sí misma con toda la plenitud del ser, sin algo que

la límite y determine, y será el no ser. La esencia de los krausistas se

realizará toda, y la realización de la esencia será la nada. La

_voluntad_ de Schopenhauer, este prurito, este amor primogenio, que lo

ha sacado todo de sí, como representación y fantasmagoría, dará fin a la

representación trágica de la vida, y lo volverá a encerrar todo en sí.

Mientras llega este día dichoso, en que ha de acabar la vida, crea usted

que los adelantamientos científicos sirven de mucho para hacerla menos

intolerable.

AUTOR.--Póngame V. algún caso.

SEELENFÜHRER.--Pondré uno o dos de los más capitales, pero será menester

cierta explicación previa.

AUTOR.--Pues dé V. la explicación.

SEELENFÜHRER.--Ya V. sabe que pasó la edad de la fe.

AUTOR.--Sea, pues V. lo asegura.

SEELENFÜHRER.--Los hombres, en esta edad de la razón, no pueden dejarse

llevar para sus actos del temor ni de la esperanza de premios o de

castigos ultramundanos. Los hombres son autonómicos. Ellos mismos se

imponen las leyes que quieren, las derogan cuando gustan, y se absuelven

cuando las infringen. No hay ser superior al hombre, que legisle y

juzgue, salvo un fantasma que tal vez crea la conciencia y proyecta

fuera de sí, agrandándole, como la figurilla pintada en el vidrio de una

linterna mágica se agranda al proyectarse en la pared, a causa de la

oscuridad. Traiga V. una luz clara, y la figura grande que había en la

pared desaparece, y sólo queda la figura pequeña dentro de la linterna.

Así la proyección del fantasma que había en nuestra mente, y que nos

fingíamos en lo exterior, inmenso, infinito, se borra, se desvanece del

todo, ante las claras luces del siglo en que vivimos.

AUTOR.--Enhorabuena. ¿Y qué?

SEELENFÜHRER.--Los hombres, pues, no tienen para sus actos sino dos

móviles, o, mejor dicho, uno solo, que se bifurca: lo que los

positivistas ramplones llaman la utilidad. La bifurcación consiste en

que unos buscan la utilidad exclusiva de ellos, y otros, los menos, la

utilidad de todos. Esto no implica mérito ni demérito en el hombre: todo

está predeterminado: todo es fatal: todo es obra de esa voluntad

inconsciente, de ese prurito que creó el mundo, y que se agita en

nosotros y nos impulsa: a unos a la devoción, al sacrificio, negando al

individuo por amor al todo; a otros al egoísmo, procurando la

conservación, el deleite y el bienestar del individuo, a despecho y tal

vez en perjuicio de la totalidad. Nace de aquí que no poca gente de la

más ruda, menesterosa y fiera, alentada y capitaneada por espíritus

inquietos, trate de subvertirlo todo por envidia o por codicia, en

virtud de teorías que se llaman, por ejemplo, socialismo, comunismo y

nihilismo. ¿Cuál es el mejor modo de evitar esto? Aquí de la sabiduría,

ha dicho mi docto amigo Ernesto Renan; y ha discurrido un medio, que

pronto ofrecerá a los sabios en un libro precioso. Consiste su medio en

que los sabios se reúnan en corporación o cofradía; se comuniquen sus

inventos sin que el público los trasluzca, volviendo a la época de las

ciencias ocultas y de la magia; y, no bien chiste la plebe, se alborote

o no los deje en paz, reciba su merecido, produciendo los sabios contra

ella, ya un buen terremoto, ya una inundación o un diluvio, ya una

epidemia, ya un par de volcanes en actividad, ya otra plaga por el

estilo. Así llegará al cabo el gobierno de los sabios: todos los que no

lo sean nos obedecerán y temblarán, y el mundo estará lo menos mal

posible. Seguirá entre tanto progresando la ciencia, y no bien logremos

poseerla del todo, acabaremos este drama del Universo y de la historia

con un suicidio colosal, o mejor expresado, con un _totalicidio_ y

aniquilamiento de cuanto existe. El otro caso de ventajas que ha de

traernos la ciencia es el de dar una nueva religión a la plebe

ignorante. La ciencia y la filosofía niegan a Dios; pero los que no son

científicos ni filósofos es menester que le tengan. Esto nos conviene.

La religión será, pues, nuestra misma filosofía, expuesta, no ya en

términos dialécticos y con método, sino en imágenes, símbolos, alegorías

y otras figuras retóricas, cada una de las cuales tomará consistencia en

la fantasía del vulgo y será una persona divina, un ente mitológico,

Dios en suma. Ya varios amigos míos andan por esta manera confeccionando

la religión del porvenir. Difícil es la empresa; pero ¿qué no puede la

ciencia novísima? Yo creo que acabará por salirse con la suya.

AUTOR.--Y dígame V.: ¿se va ya entreviendo a cuál de las religiones

positivas, existentes hasta hoy, se parecerá más la religión del

porvenir?

SEELENFÜHRER.--Vaya si se entreve. Se parecerá, al budismo.

AUTOR.--Hombre, me alegro. Buen lazo de fraternidad, así que seamos

budistas, vamos a tener con más de doscientos millones de ellos que hay

en Asia y en Oceanía. Pero me alegro también por otra razón.

SEELENFÜHRER.--¿Por cuál?

AUTOR.--Porque estoy escribiendo un diálogo, donde Gopa, la mujer de

Buda, es la heroína, y no sé cómo terminarle. Usted, que ya es casi

budista, debe de tener vara alta con Gopa. ¿Podrá V. evocarla y hacer

que yo hable con ella?

SEELENFÜHRER.--No hay nada más llano. Antes de todo, quiero que sepa V.

que yo no soy un espiritista adocenado, sino el más ilustre de los

espiritistas. Yo he hecho dar un paso gigantesco al espiritismo. En

primer lugar, le he conciliado con mis ideas a lo Schopenhauer. Mi

escepticismo, a fuerza de negarlo todo, nada niega. La misma duda cabe

en que V. sea ilusión o realidad, que en que Gopa, aparecida ahora ante

nosotros después de cerca de veinticinco siglos de muerta, sea realidad

o ilusión. Los puros materialistas son necios. Por medio de

combinaciones y operaciones físicas y químicas de lo que llaman materia,

y donde sólo ven o pretenden ver la realidad, se jactan de explicar el

espíritu, la voluntad, la inteligencia y el deseo, que ellos creen

cualidades o resultados; y la verdad es que el resultado, tal vez

aparente, es la materia, y que de la voluntad y del entendimiento, única

cosa real, si hay algo real, es de donde procede todo. Así, pues, no hay

fundamento alguno para negar que existan aún la mente y la voluntad

individuales de Gopa, aunque los órganos que esta voluntad y esta mente

se proporcionaron o se crearon para su uso, en cierta época dada, hayan

desaparecido.

AUTOR.--De eso no tiene V. que convencerme. Yo creo en la inmortalidad

de las almas. Lo que se me hace duro de creer es que ni V. ni nadie las

evoque.

SEELENFÜHRER.--Yo no trataba de convencer a V. Quería sólo justificarme

de haber incurrido en contradicción. Por lo demás, V. se convencerá de

mi poder nigromántico. Gopa aparecerá y hablará con V. ahora mismo. No

en vano me apellidan Seelenführer, que equivale en griego a Psicopompo o

conductor de almas, epíteto dado a Hermes, tres veces grande, y a otros

hábiles taumaturgos de la antigüedad.

AUTOR.--Y dígame V., ¿por qué _medio_ se comunicará Gopa conmigo?

SEELENFÜHRER.--Por la perla de los _medios_. Mi _medio_ es una paisanita

de V., una lozana andaluza, cuyo nombre es Carmela, a quien hallé, cinco

años ha, extraviada en Homburgo, haciendo sortilegios, que no le salían

bien, al rededor de una mesa de treinta y cuarenta. Desde entonces está

conmigo y se ha _mediatizado_, ejerciendo la _mediania_ de un modo que

no tiene nada de _mediano_, y sí mucho de nuevo. Yo embargo

magnéticamente su espíritu, y queda su cuerpo como casa deshabitada,

donde el espíritu evocado penetra, se infunde, y, valiéndose de los

órganos de ella, emite la voz con sus pulmones y garganta, y articula

palabras con su boca.

AUTOR.--Amigo mío, estoy encantado de oírle. Linda invención la de V.

Eso sí que me gusta, y no aquella pesadez de los golpecitos en las mesas

y de la escritura después. Vea yo cuanto antes a Carmela.

SEELENFÜHRER.--Aguarde V. un momento. (Hace ciertos ademanes y pases con

las manos, como quien vierte por ellas diez chorros de fluido

magnético.) Ya está Carmela dormida. Ahora evoquemos el espíritu de Gopa

para que se infunda en el lindo cuerpo de Carmela. ¡Gopa! ¡Gopa!

(Se abre la puerta que debe de haber en el fondo, y Gopa aparece, toda

vestida de blanco, muy guapa moza, aunque algo morena, y con los

hermosos, largos y negros cabellos, sueltos por la espalda.)

GOPA.--¿Qué me quieres?

SEELENFÜHRER.--Que respondas a lo que este caballero te pregunte.

GOPA.--¿Qué he de responder? No: yo no quiero responder a nadie. Acabas

de herirme, de emponzoñarme el corazón. Hace veinticinco siglos que

gozaba yo con el recuerdo de Sidarta, noble, generoso y enamorado. Su

último casto beso, el de la noche en que se despidió de mí, estaba en lo

íntimo de mi ser como luz celestial que le iluminaba. Todo mi encanto se

destruye ahora. Yo no he vuelto a ver a Sidarta. No he vuelto a saber de

Sidarta en todo este tiempo. ¿Conseguiría su propósito? me he preguntado

a veces. ¿Lograría escaparse de la esfera de la vida y hundirse en el

_nirvana_? En el mundo de los espíritus me he encontrado con muchos

espíritus, y nunca con el de Sidarta. He aprendido mil verdades. He

conocido el error de Sidarta, pero mi afecto tenía razones para

disculparle. En Capilavastu, allá en el centro de la India, seis siglos

antes de que viniese al mundo Nuestro Señor Jesucristo, nada sabíamos de

Dios; no alcanzábamos que hubiese un Ser omnipotente, bueno,

infinitamente sabio, principio y fin de todas las cosas. Nuestros dioses

eran los astros, los elementos, las fuerzas naturales personificadas;

dioses ciegos, sin amor y sin inteligencia; sin libertad; esclavos del

destino; inferiores a la naturaleza; muy inferiores a toda alma humana.

¿Qué mucho que con este ateismo por deficiencia, con este

desconocimiento infantil del Ser supremo, y movido Sidarta de caridad

sublime, imaginase su absurda aunque benévola doctrina? Pero en la culta

Europa, en el siglo XIX, sabiendo ya cuanto los profetas de Israel han

revelado, cuanto han especulado racionalmente los filósofos de Grecia

sobre Dios personal, y cuanto nos han enseñado el Evangelio y la ciencia

moderna, que de él dimana, es una mala vergüenza hacerse ateos, caer en

la desesperación y retroceder al budismo. Imagina, pues, cuán hondo será

mi dolor cuando en ti, que te llamas ahora el doctor Seelenführer,

acabo de reconocer a mi Sidarta, a mi Sakiamúni y a mi Bagavat, porque

todos estos nombres te dábamos. Tú no caes en ello; pero no lo dudes: tú

fuiste el Buda y quieres volver a serlo. Entonces, como era en sazón

oportuna, fuiste un grande hombre; hoy me pareces un charlatán o un

mentecato, y o te desprecio, o te abomino. Adiós para siempre. Para

siempre acabaron ya nuestros amores.

(El espíritu de Gopa abandona, a lo que puede inferirse, el cuerpo de

Carmela, que cae por tierra como exánime.)

AUTOR.--¿Qué es esto, amigo Seelenführer? ¿Es verdad o mentira? Si es

burla de Carmela, es burla harto pesada, y si son veras, las veras son

más pesadas aún.

SEELENFÜHRER (atolondrado).--¿Si habré sido yo el Buda? ¿Si estaré loco?

¿Si se burlará de mí esta muchacha? (Se acerca a Carmela para levantarla

del suelo.) Está fría como el mármol. ¡Qué desmayo tan horrible! ¿Si

estará muerta? Carmela, Carmela, vuelve en ti.

CARMELA (volviendo de su desmayo y levantándose.)

¡Ay, Jesús mío!

SEELENFÜHRER.--Muchacha, respóndeme con franqueza. ¿Te has estado

burlando de mí? ¿Qué diabluras son las tuyas?

CARMELA.--¿Qué diabluras han de ser sino las que V. hace conmigo y que

al fin han de costarme caras? He tenido una pesadilla feroz; me he caído

redonda en el suelo, y estoy segura de que tengo el cuerpo lleno de

cardenales.

SEELENFÜHRER.--¿Y no recuerdas nada de lo que has dicho?

CARMELA.--Nada recuerdo. Déjeme V. ahora. Tengo necesidad de descanso.

(Carmela se va.)

AUTOR.--Mi querido Doctor: yo no sé qué pensar de lo que acabo de ver y

oír; pero, francamente, todos estos pesimismos, ateismos y espiritismos

me parecen malsanos y disparatados.

SEELENFÜHRER.--Ya sabía yo que V. pensaba así V. es un metafísico

superficial, burlón y escéptico, que no sabe lo que se pesca.--Usted es

un descreído, anticuado en más de cien años; un discípulo de Voltaire.

AUTOR.--Seré lo que a V. se le antoje. Aunque no he tomado a Voltaire

por maestro, Voltaire me divierte, y los pesimistas alemanes me aburren.

Voltaire, a pesar del _Cándido_, no era un pesimista radical. Voltaire,

en el fondo, era tan optimista como Leibnitz, de quien quiso burlarse.

Fácil me sería demostrarlo, si no estuviese de priesa. Y en cuanto al

descreimiento, digo que Voltaire jamás negó con seriedad las más altas

y consoladoras verdades, de que son fundamento la existencia de Dios, su

justicia, su providencia, y la libertad y responsabilidad del hombre. Me

atrevo, por último, a dar por evidente que, si Voltaire hubiera previsto

los abominables y desesperados sistemas de estos últimos tiempos, en vez

de hacer la guerra al cristianismo, se hubiera hecho amigo de los Padres

Jesuitas, hubiera oído una misa diaria, hubiera ayunado una vez por

semana, y se hubiera confesado cada mes un par de veces.

Cuentos y diálogos · 第 54 / 55 题