SANTA

(EPISODIO DEL MAHABHARATA)

El rey de Anga, Lomapad glorioso,

A un brahmán ofendió, no dando en premio

De un sacrificio lo que dar debiera.

Irritados entonces los brahmanes,

Salieron todos de su reino: el humo

Del holocausto al cielo no subía;

Indra negaba la fecunda lluvia,

Y la miseria al pueblo devoraba.

Lomapad, consternado, saber quiso

El parecer de los varones doctos,

Y los llamó a consejo, y preguntoles

Qué medio hallaban de aplacar la ira

Del Dios que lanza el rayo y amontona

En el cielo del agua los raudales.

Mil sentencias se dieron; mas al cabo

El más prudente de los sabios dijo:

--Escucha ¡oh rey! mientras brahman no haya

Que sacrificio en este suelo ofrezca,

Indra no saciará la sed abriendo

El líquido tesoro de las nubes.

Los brahmanes, movidos del enojo,

Al sacrificio no se prestan. Oye

Para cumplir el venerando rito

Cómo hallar sólo sacerdote puedes.

En la fértil orilla del Kausiki,

En lo esquivo y recóndito del bosque,

Del trato humano lejos, su vivienda

Vinfandák tiene, el hijo de Kasyapa,

Brahman austero y penitente. Vive

En el yermo con él su único hijo,

El piadoso mancebo Risyaringa.

No vio a más hombre que a su padre nunca;

Sólo frutos silvestres, hierbas sólo

Y licor sólo que entre rocas mana,

Alimento le dieron y bebida.

Tan inocente y puro es el mancebo,

Que de lo qué es mujer no tiene idea.

Manda, pues, rey, que una doncella hermosa

Vaya al bosque, le hable, y con hechizos

De amor, cautivo a la ciudad le traiga.

No bien sus pies en tus sedientos campos

La huella estampen, no lo dudes, Indra

Dará propicio el suspirado riego.

Así habló el sabio, y su atinado aviso

Agradó mucho al rey. Dinero y honras

Prometió Lomapad a la doncella

Que hábil trajese al candoroso joven:

Pero todas miraban con espanto

De Vifandák la maldición horrible,

Y exclamaban:--¡Oh príncipe! perdona;

No llega a tal extremo nuestra audacia.

En tanto, iban mostrándose tan fieras

La sequía y el hambre, que perdieron

Toda esperanza el rey y sus vasallos,

Cuando Santa, del rey única hija,

Virgen por su beldad maravillosa,

Modestamente se acercó a su padre

Y así le habló:--Si quieres, padre mío,

Yo he de intentar que venga a nuestra tierra

El joven que no vio seres humanos.

Con gran contento el rey escuchó a Santa,

Y al instante dispuso que una nave

Se aprestara, de flores y verdura

Cubierta por doquier, como retiro

Feraz de bienhadados penitentes.

Peregrinando en ella con su hija,

Fue contra la corriente del Kausiki

Hasta llegar al prado y a la selva,

Mansión de Vifandák el solitario.

Con discretos consejos de su padre

Para tan ardua empresa apercibida,

Santa desembarcó, y entró en la choza

Do el mancebo por dicha estaba solo.

--Dime, _muni_, le dijo, si te place

La penitencia aquí. ¿Vives alegre

En esta soledad? ¿Tienes en ella

Abundancia de frutos y raíces?

--Tengo, contestó el joven; mas ¿quién eres

Que como llama refulgente luces?

Bebe del agua mía: te suplico

Que mis flores aceptes y mis frutos.

--Allá en mi soledad, replicó Santa,

Al otro lado de los altos montes,

Nacen flores más bellas y olorosas,

Son los frutos más dulces, y es más clara

Y más salubre el agua de las fuentes.

--¡Oh huésped celestial! dijo el mancebo;

Algún ser superior eres sin duda.

Yo me postro a tus plantas y te adoro

Como adorar debemos a los dioses.

--¡Ah, no! tú eres mejor, tú eres perfecto,

Y adorarme no debes: yo rechazo

La no fundada adoración: permite

Que te dé paz como se da en mi patria.

Cediendo en parte entonces al consejo

Discreto de su padre, y al impulso

Del corazón también, Santa la bella

Al cuello del garzon echó los brazos,

Y le dio un beso, y llena de sonrojo

Huyó a la nave do su padre estaba.

Volvió del bosque Vifandák en esto,

Grave, terrible, penitente, todo

Desde los pies a la cabeza hirsuto.

--¡Hijo! exclamó, ¿por qué has holgado, hijo?

Ni partiste la leña, ni atizaste

El fuego, ni lavaste la vajilla,

Ni la vaca cuidaste ni el becerro.

Mudado me pareces. ¿En qué sueñas?

¿Qué cavilas? ¿Sabré lo que ha pasado?

--Un peregrino, respondió el mancebo,

Estuvo por aquí, de negros ojos

Y sonrosada y blanca faz; en trenzas

Los cabellos caían por su espalda;

En sus labios brillaba la sonrisa;

Gentil, gracioso, esbelto era su talle,

Y en suave curva levantado el pecho.

Como canta el _kokila_ en la alborada,

Así su voz sonaba en mis oídos,

Y a su andar un aroma yo sentía

Como el del aura en grata primavera.

No quiso de mis frutos, y no quiso

Agua tampoco de mis fuentes: frutos

Más sazonados me ofreció y bebida

De más rico sabor, cuya promesa

Bastó a embriagarme un tanto. Ciñó luego

Con sus brazos mi cuello el peregrino,

Inclinó hacia la suya mi cabeza,

Tocó en mi boca con su amable boca,

Hizo un susurro pequeñito y blando,

Y por todo mi ser discurrió al punto

Un estremecimiento delicioso.

Por este peregrino en vivas ansias

Me consumo; do vive vivir quiero;

De que se ha ido el corazón me duele;

Y a hacer la misma penitencia aspiro

Que me enseñó, para endiosar el alma

Más eficaz ¡oh padre! que las tuyas.

Vifandák contestó:--No te confíes,

Hijo, en belleza material; a veces

Van los gigantes por el bosque errando,

Y toman bellas formas, con intento

De seducir a los varones píos

Y perturbar su penitente vida.

Para buscar a Santa salió entonces

Vifandák, ciego de furor; y apenas

Hubo salido, penetró de nuevo

La linda moza con furtivos pasos.

La vio el mancebo, trémulo de gozo;

Corrió a ella y le dijo:--No te pares;

Huyamos sin tardanza do tú vives;

No nos halle mi padre cuando vuelva.

Así Santa logró que Risyaringa

La siguiese a la nave. Dio a los vientos

La vela entonces Lomapad, y raudo

Bajó por la corriente del Kausiki.

No bien puso la planta el virtuoso

Mancebo en tierra, cuando abierto el cielo

Vertió torrentes de fecunda lluvia.

El rey, viendo sus votos ya cumplidos,

A Risyaringa desposó con Santa.

Volvió, entre tanto, Vifandák del bosque

A la choza, y al hijo fugitivo

Buscó en balde doquier. Con saña cruda

De Anga a la capital marchó en seguida

Para lanzar su maldición tremenda.

Con la fatiga a reposar parose

En medio del camino, y miró en torno,

Y vio praderas de abundantes pastos,

Y ovejas mil y lucios corderillos

Y pastores alegres.--¿Quién os hace

Tan dichosos? les dijo, y respondieron:

--El piadoso mancebo Risyaringa.

Siguió su marcha Vifandák, y hallaba

Paz, opulencia, dicha en todas partes,

Y cada vez que de alguien inquiría

De tanto bien la causa, mil encomios

Escuchaba de nuevo de su hijo.

Aduló con son grato las orejas

Del austero varón tanta alabanza,

Y se entibió su cólera fogosa.

Llegó, por fin, a la ciudad, en donde

Le colmó el rey de honores y mercedes;

Vio feliz como un Dios al hijo amado;

Vio tan gozosa a la gallarda nuera,

Que como luz de amor resplandecía;

Y en torno vio rebaños florecientes,

Y amenos, verdes sotos, y el hartura

Y el deleite por huertos y jardines.

No pudo entonces maldecir: las manos

Elevó hacia los cielos y bendijo.

Cuentos y diálogos · 第 55 / 55 题