Sigue la escena en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo.
Es de día. La misma cámara del tálamo.
GOPA y PRATYAPATI.
PRATYAPATI.--Quiero decírtelo, aunque sea dura contigo. No; tú no le
amas, ya que estaba en tu mano detenerle y le dejaste partir.
GOPA.--Él es mi señor; yo, su sierva. No estaba en mi mano detenerle. Su
voluntad es firme y superior a todos mis halagos; pero, aun pudiendo yo
detenerle, no le hubiera detenido.
PRATYAPATI.--¿Por qué? ¿Acaso crees en su doctrina?
GOPA.--Yo creo en el impulso magnánimo que le mueve, y esto me basta:
creo en su dulce compasión por todos los seres; en su amor a los
hombres, a quienes mira como a hermanos, sin distinción de castas; y en
su deseo vehemente de enseñarles el camino de la virtud y de la paz.
Sólo no creo en una cosa de las más esenciales que él afirma; y si de
esto dudo, o más bien, si esto niego, es por lo mucho que le amo. ¿Cómo
he de creer yo en nuestra incurable miseria, en nuestro inconsolable
dolor, y en que la actividad de la mente es don funesto, cuando, en el
colmo de mi amargura, abandonada por él para siempre, todavía vale más
el recuerdo de la dicha alcanzada y de la honra obtenida en ser suya que
todo el pesar del abandono en que me deja? ¿Cómo he de creer que la vida
es un mal, cuando veo y columbro la suya, que ha de ser fuente de tantos
bienes? ¿Cómo he de apreciar en poco la vida, cuando el precio infinito
de la vida de él bastará para el rescate del linaje humano? ¿Cómo he de
llamarme infeliz y no bienhadada, si el fruto de su amor vive en nuestro
hijo, si la gloria de su nombre me circundará de fulgores inmortales, y
si el recuerdo de que ha sido mío, de que le he tenido a mis plantas,
idolatrándome, embelesado en la contemplación de mi belleza, a par que
lisonjea mi orgullo, es inagotable manantial de consuelo para mi alma?
PRATYAPATY.--No es hondo el dolor que tan fácilmente halla consuelo. No:
tú no le amas.
GOPA.--Quien no ama ni entiende de amor eres tú, Pratyapati. Porque le
amo, en el mismo dolor hallo consuelo, y no sólo consuelo, sino deleite
y gloria. Y mientras el dolor es más intenso, es la dulzura más grata.
Padecer por él, llorar por él, verse condenada por él a soledad horrible
y a viudez prematura, es sacrificio santo que hago en aras de su amor y
que encierra una virtud beatificante. Tú estás más prendada de su
doctrina que de su persona. Yo adoro su persona, y en parte desecho su
doctrina. Por amor suyo la desecho. No es funesto don la luz de mi
inteligencia, ya que alumbra su imagen; no es funesto don mi memoria
inmortal, ya que su recuerdo vive en ella. Abomino del reposo, de la
extinción que él busca y desea, y prefiero un tormento sin fin, con tal
de que viva en mí el rastro del amor que me tuvo. Bajo la presión de mis
penas dará mi amor su más balsámico aroma, embriagándome el alma, como
huelen mejor las hierbas y las flores de la selva cuando el villano al
pasar las ofende y las pisa.
PRATYAPATY.--Perdóname, ¡oh enamorada mujer! Bien presumía yo que le
amabas; pero quería medir la energía de tu amor. La he negado, para
cerciorarme de ella, oyendo tus palabras. Todavía tienes que pasar por
un amargo trance, y ansiaba yo conocer el brío que hay en ti para
sufrirle.
GOPA.--Antes de su abandono, antes de que esta desgracia me hubiese
herido el alma, la imaginación medrosa me fingía mayor la pena que iba a
sobrevenir, y me menguaba los medios de consuelo. Ahora nada hay ya que
me aterre. El bien que he gozado y perdido mitiga y aun endulza con sus
dejos toda la amargura del mal presente. Mi corazón es cual vaso que ha
contenido un licor oloroso y de sabor gratísimo. El licor se ha
derramado, pero lo más sustancial y rico que en él había quedará para
siempre en el fondo del vaso e incrustado en sus paredes interiores, y
trocará en miel el acíbar que en él se ponga, y en bálsamo el veneno.
PRATYAPATY.--Me tranquilizo al notar que el amor que tienes a Sidarta te
da energía para sufrirlo todo. Sabe, pues, que fue en vano que el Rey
enviase en su persecución a sus más fieles servidores. No han podido dar
con él. Sidarta se ha perdido en el seno de impenetrable y sombría
floresta. Allí no es ya el príncipe Sidarta, sino el áspero penitente
Sakiamúni. Su elegante traje le trocó por el traje de un mendigo. La
negra y rizada cabellera que ceñía sus cándidas sienes, formando undosos
y perfumados bucles, se la cortó él mismo, y te la envía como último
presente. El escudero Chandac tiene el encargo de entregártela, y ya se
adelanta a cumplirle, si le dejas penetrar hasta aquí.
(Gopa hace seña de que entre, y entra Chandac, trayendo en un plato de
oro la cabellera de su tenor.)
GOPA (tomando en sus manos el plato de oro y colocándole sobre el
tálamo.)--¡Cuántas veces, amados cabellos, cuando estabais aún prendidos
en su cabeza, os besaron mis labios y os acariciaron mis manos! Ya
estáis muertos y separados de él. Estáis muertos porque no tenéis
memoria y no le recordáis. Yo también, separada de él como vosotros,
arrancada de él como la flor de su tallo, carecería de vida, si mi vida
no fuese su recuerdo.
PRATYAPATY.--¿Y por qué no también la esperanza de que volverás a verle?
GOPA.--Porque el recuerdo es verdadero y leal, y la esperanza falsa y
engañosa; porque el recuerdo evoca para mí a Sidarta, enamorado, tierno,
humano conmigo; todo él para mí, y toda yo para él; mientras que la
esperanza me niega para siempre a Sidarta, y sólo me ofrece ahora a
Sakiamúni, y más tarde, cuando Sakiamúni alcance su última victoria, a
un ser incomprensible, más luminoso que los astros, y mayor en poder que
los dioses, pero inferior a Sidarta, joven, hermoso y enamorado.
PRATYAPATI.--¡Pero Sidarta será el Buda libertador de los hombres!
GOPA.--Jamás el Buda valdrá para mí lo que Sidarta valía. Reniego de la
libertad que el Buda me dé, y la trueco mil veces por la esclavitud con
que Sidarta me esclavizaba. Doy la fría calma que la doctrina del Buda
me proporcione por la agitación y la guerra amorosa que, con las
caricias, los rendimientos, los celos, la ausencia y hasta los desdenes
de Sidarta, me han perturbado y atormentado.