PRATYAPATI.--Los más vigilantes siervos del rey Sudonán rondan en torno
de este palacio. Las puertas de la ciudad están defendidas. No se irá.
Es menester que no se vaya. Sin él ¿qué será de nosotras? Con igual
vehemencia le amamos, aunque de manera distinta. Yo le amo como si fuera
mi hijo. Cuando, a poco de darle vida, murió BU madre Maya Devi, por
encargo suyo quedó Sidarta a mi cuidado. No quisieron los dioses que
ella viviese, para que no padeciera lo que nosotras padecemos hoy.
GOPA.--Inmenso dolor nos agobia. ¿Por qué anubla su hermosa frente
irremediable tristeza? ¿Por qué desea abandonarnos? ¿Qué falta, qué
mengua encuentra en mí? Yo le hubiera preferido a los dioses, como
Damayanti prefirió a Nal. Mi ventura se cifra en obedecerle con humildad
y en ser toda suya. ¡Ingrato! Su corazón insaciable no logra aquietarse
en mi amor. Su noble cabeza jamás reposa tranquila sobre mi seno. Ya no
me ama. Me juzga indigna de su cariño.
PRATYAPATI.--No te atormentes, ¡oh Gopa! Sidarta te ama. Para él eres tú
el ser predilecto entre todos los seres. Pero de amor nace su pena. Amor
es su martirio. Amor le devora, creando en su alma una piedad infinita,
que no consiente ni deleite, ni goce, ni paz tan sólo. Todos los males
de la vida pesan sobre su corazón, que abarca en su afecto la vida de
los tres mundos. Amor, primogénito de la naturaleza, por una fatal
expansión de su esencia divina, dio ser a cuanto vive; y con la vida
nacieron el dolor, la pobreza, la enfermedad y la muerte. Se diría que
Sidarta es la encarnación, el avatar de Amor, que llora y lamenta haber
creado la vida; que padece en sí cuanto todo ser que tiene vida padece,
y que anhela retrotraer la vida a la nada para que el padecimiento
acabe.
GOPA.--Efímera es la vida: el padecimiento que de ella nace debe de
serlo también.
PRATYAPATI.--No, Gopa; la vida no tiene término. La muerte es cambio, no
fin. Arrastrados en la perpetua corriente, mudamos de forma, pero no de
esencia, la cual renace o reaparece siempre para el dolor. En este
sentido, los dioses, los asuras y los hombres son igualmente inmortales.
GOPA.--¿Y no hay ningún dichoso?
PRATYAPATI.--Ninguno. La infelicidad es la primera condición de la vida.
GOPA.--¿Y por qué Amor creó la vida, y la infelicidad con ella?
PRATYAPATI.--Porque Amor no fue libre. Como del sol brotan los rayos,
como el agua mana de la fuente, así de Amor brotó y manó la vida. Sólo
movido de compasión sublime, en virtud de un esfuerzo superior a lo
humano y a lo divino, recogiéndose en sí con abstracción portentosa,
logrará Amor recoger también en sí la vida y darle quietud eterna.
GOPA.--Veo que piensas como Sidarta. Aplaudes, sin duda, su propósito,
que yo no comprendo.
PRATYAPATI.--Hasta cierto punto pienso como él; pero su propósito es
audaz, me parece irrealizable, y por audaz e irrealizable no le aplaudo.
Si él estuviese llamado, como cree, a ser el libertador de los hombres,
yo vería y haría con gusto cuantos sacrificios hay que hacer para
lograrlo.
GOPA.--¡Oh Pratyapati! ¡Cuán encontrados sentimientos son los nuestros!
Si tú le amas como madre, yo, como esposa, como mujer enamorada le amo.
Este modo de amar es menos fuerte, por lo común, que el amor de madre.
En el amor de madre hay mucho que nace de las entrañas y que allí se
arraiga. Por eso, no ya las mujeres, sino las mismas fieras aman a sus
hijuelos. La mujer enamorada de un hombre, cuando sólo le ama con el
amor de las entrañas, no le ama más que le ama su madre; pero cuando le
ama también con el amor del espíritu, le ama mil y mil veces más que la
madre más amorosa; le idolatra; le mira como a un dios; tiene fe en él;
le cree capaz de todo lo grande y de todo lo bueno; piensa que de la
voluntad de él, que es ley para ella, han de nacer el milagro, el bien y
la bienaventuranza para todos. No sé, no comprendo el propósito de
Sidarta; pero sé y comprendo que será bueno su propósito, y que le
logrará, si quiere. Si para que le logre he de hacer yo el mayor
sacrificio, pronta estoy a hacerle.
PRATYAPATI.--¡Oh desventurada y débil mujer! ¿Qué mísera resignación es
la tuya? Tú sola puedes detener al Príncipe con la deleitosa cadena de
tu afecto; mas la veneración que el Príncipe te inspira te excita hasta
a romper esa cadena. La violencia no bastará a retenerle; pero si tus
blancos y suaves brazos le cautivan, ¿cómo te apartará de sí para ir a
donde sueña que su vocación le está llamando? El Rey pone en ti su
esperanza. No la defraudes. Reten a Sidarta con el hechizo de tu amor y
de tu hermosura. No le dejes partir.... Siento pasos. Sidarta viene. No
quiero que me halle aquí. Animo, ¡oh Gopa!
(Se va Pratyapati.)
GOPA.--Animo.... para detenerle no me falta; no le necesito. Para
dejarle partir he menester de todo mi valor.
(Entra el Príncipe.)
SIDARTA (abrazando a Gopa)--¡Esposa mía!
GOPA.--Dime la verdad. ¿Me amas aún?
SIDARTA.--Te amo más que nunca.
GOPA.--¿Por qué, entonces, estás inquieto, triste y como desesperado?
¿Por qué no se aquieta en mí tu voluntad?
SIDARTA.--Si no te amase, mi voluntad no se aquietaría en ti, porque
buscaría más alto objeto de su amor. Amándote, no se aquieta tampoco,
porque teme perderte. En breve plazo nos separará el destino, y
renaceremos bajo nuevas formas para no volver acaso a encontrarnos
jamás. Y no nos separaremos en la plenitud de la hermosura y de la
fuerza, jóvenes y robustos aún, sino tal vez marchitos por la vejez y
sobrecargados de disgustos y enfermedades. Esto hará que el afecto que
hoy nos tenemos se trueque en desvío y en horror, o dé origen a una
piedad dolorosa. Pero aunque tú y yo ¡oh hija de Dandapani! lográsemos
revestirnos de juventud perpetua y disfrutar perenne salud, viviendo
unidos y enamorados siempre, nunca seríamos felices, como no fuésemos
egoístas. El dolor de cuanto respira, el padecer de cuanto alienta, la
muerte de cuanto vive y el espantoso espectáculo de la miseria humana
acibararían nuestra ventura, o nos harían indignos de gozarla por la
dureza de nuestros pechos sin compasión y por la sequedad de nuestros
ojos sin lágrimas.
GOPA.--Tus razones son tan poderosas para mí, que no sé cómo responder
a ellas. Si algún engaño contienen, no seré yo quien te saque del
engaño; caeré en él contigo. Es cierto: lo sé por experiencia propia: no
hay dicha cumplida. Ni cuando tú, violentando la dulce modestia de tu
condición y prestándote al capricho de mi padre, te presentaste a
competir con mis pretendientes, y en la lucha, en la carrera, en
disparar flechas y en esgrimir las demás armas, los venciste; ni cuando
me revelaste que me amabas; ni cuando toda yo fui tuya; ni cuando sentí
en mi seno agitarse viva tu imagen; ni cuando alimenté a nuestro hijo
con la leche de mis pechos; ni cuando, sentado en mi regazo, aquel claro
descendiente de Gotama respondió por vez primera a mi sonrisa con su
sonrisa y atinó a pronunciar tu nombre y el mío; nunca dejaron de
acibarar mi contento el temor de perder el bien que le causaba y la
consideración de que nuestro contento y nuestro bien eran privilegio
odioso, eran contravención de la ley que condenó a los hombres a general
infortunio. Pero dime; si me amas, ¿nuestro infortunio no será mayor
separándonos? ¿Por qué, pues, me huyes? Afirman que nos quieres
abandonar a todos. ¿Qué propósito llevas? Porque el dolor sea general y
necesario, ¿hemos de acrecentarle por nuestra voluntad, como lo
acrecentarás si nos abandonas?
SIDARTA.--Bien sabes, hermosa nieta de Iksvacú, que por mi voluntad no
se ha derramado jamás una sola lágrima. ¿Cómo había yo de darte
voluntariamente el pesar más pequeño? Jamás me apartaría yo de tu lado,
si esto me fuera lícito; pero no debo ocultártelo por más tiempo: un
deber imperioso me impulsa a ir lejos de ti.
GOPA.--¿No te alucina, no te extravía ese deber?
SIDARTA.--No es posible que me alucine. Mi resolución no ha sido súbita,
sino nacida de largas y profundas meditaciones. Yo quiero y puedo
libertar a los hombres de la miseria, del dolor y de todos los males:
mostrarles el camino de la redención, redimiéndome yo mismo. Mi
inteligencia, abstrayéndose de todo, desdeñando los deleites ilusorios
con que nos brinda el Universo, en la contemplación de sí propia, en el
éxtasis, irá poco a poco alcanzando la suprema sabiduría, elevándose por
cima de los dioses y de los asuras, adquiriendo un poder mágico que
rompa la ley fatal del encadenamiento de las causas; y, por último,
llegada al colmo de su brío, realizada toda la virtud de su esencia, se
extinguirá para siempre, como se extingue la llama cuando da al mundo
toda la luz y todo el calor que están en ella latentes. Mi vida será así
ejemplo y dechado para los que aspiren, como yo, a salir de la esfera
tempestuosa de la vida y de las mudanzas sin fin, y busquen la paz
eterna. Obra fatal de Amor, efusión de su esencia divina fue este
Universo tan lleno de dolor. Sean obra reflexiva de Amor el
aniquilamiento, el silencio y el reposo que nos salven del tumulto y de
la guerra. Limitación y mengua son el fundamento de nuestra vida como
individuos. Rompamos el límite, completemos el ser para que no tenga
mengua alguna, y entonces nuestra existencia sin límites, y entera, sin
mengua ni falta, será como si no fuese.
GOPA.--El fin a que caminamos es para los ojos de mi mente tenebroso
como el abismo. Como en el abismo, hay en él algo que me seduce y que me
atrae. No penetro, sin embargo, lo que puede ser este fin; pero los
móviles que a él te llevan son generosos, admirables, dignos de tu alma.
Sidarta mío, aun cuando fuese errada la dirección que llevas, es tan
noble el impulso que por ella te ha lanzado, que, lo presiento con
orgullo, las generaciones futuras por siglos y siglos habrán de
bendecirte y ensalzarte como al más glorioso de los hombres. Mil tribus,
naciones y pueblos seguirán tus huellas y aprenderán tu doctrina. Por mi
amor de esposa, por el amor que tengo a nuestro hijo, quisiera oponerme
a tu empresa y retenerte a mi lado; pero el amor de tu gloria, que
reflejará en mí y en tu hijo, me mueve a no impedir tu partida, aunque
el impedirla estuviera a mi alcance. Ve, pero llévame contigo. Déjame
primero compartir tus trabajos y después tu triunfo.
SIDARTA.--No puede ser. Debo partir solo.
GOPA.--Mi corazón se deshace de dolor; pero me resigno devotamente. ¿Y
cuándo, bien mío, ha de ser tu partida?
SIDARTA.--En el instante, ¡oh hermosa nieta de Iksvacú! Estamos en la
mitad de la noche. Mira al claro cielo. ¿Ves aquella luz que brilla en
Oriente? Es mi estrella, que se levanta para iluminarme y guiarme.
Chandac, mi escudero, tiene enjaezados los caballos. Los que guardan la
puerta oriental de Capilavastu, por donde ya asoma mi estrella, están
ganados y me dejarán partir. Queda en paz, ¡oh Gopa!
GOPA.--¡Oh señor del alma mía! Tu esclava gemirá abandonada por ti
mientras viviere. Si no lo repugnas, ya que no a la mujer querida,
concede el último favor a la madre de tu hijo. Sella mi rostro con tus
labios.
(Sidarta besa a Gopa en silencio. Gopa le estrecha en sus brazos y le
besa también. Sidarta se desprende de ella con suavidad y huye. No bien
Sidarta desaparece, Gopa cae desmayada.)