¿Cómo resistir aquí a la tentación de encarecer lo mucho que D. Juan
Fresco se ensoberbece y ufana, y lo orondo que se pone, y lo por bien
pagado que se da de haberse pelado las cejas descifrando y leyendo las
inscripciones y papiros manuscritos de donde está sacada esta historia?
Por ella consta que un bermejino, pues al cabo bermejino era Mutileder,
ya que Vesci era la Villabermeja de entonces, rivaliza con Salomón y
viene a hacer el brillante y extraordinario papel que verá el que
siguiere leyendo.
Mutileder no se amilanó al saber que Echeloría estaba en el harén
salomónico; antes dispuso quedarse en Jerusalén, espiar ocasión
oportuna, y, no bien se presentase, asirla por el copete, arrebatando a
la linda moza de entre las manos del Rey Sabio. No por eso pensó en
hacer el más leve daño a Salomón. Mutileder era muy monárquico, y el
Rey, por ser rey y por su ciencia infusa y demás virtudes, le infundía
respeto. Salomón, además, no tenía culpa ninguna ni había ofendido a
Mutileder. Había aceptado el presente que le habían traído, y había dado
prueba de buen gusto al aceptarle y guardarle.
A veces concebía Mutileder cierta halagüeña esperanza. Imaginaba que
Echeloría había de llorar por él y había de decir a Salomón, con todo
miramiento y finura, que no le amaba porque amaba a otro; y daba por
cierto que Salomón, que era benigno con las mujeres, y tan galante y
condescendiente que las consentía tener ídolos de la tierra de cada una
de ellas no debía de ser feroz con Echeloría, sino que, no bien supiese
que su ídolo era Mutileder, había de ceder en sus pretensiones.
Mutileder llegaba a columbrar como probable que el Rey le hiciera buscar
para entregarle a la muchacha, y hasta que quizá se allanase a ser
padrino de la boda.
La entereza, constancia y resistencia de Echeloría habían de mover a
todo esto, y a más, el ánimo generoso de Salomón. ¿Qué le importaba a
este gran Rey una mujer más o menos, cuando tenía en su harén
setecientas reinas, ochocientas concubinas e infinito número de
princesas? Así, pues, lo natural era que, viendo Salomón a Echeloría
enamorada de otro, afligida y llorosa, y rechazándole por estilo arisco
y montaraz, había de mostrarse desprendido.
Al hacer esta suposición, muy plausible, Mutileder se ponía colorado de
vergüenza. Se presentaba en su imaginación lo bien que se portaba
Echeloría, huraña como un gato y firme como una roca, veía el
desprendimiento regio y la nobilísima conducta de Salomón, y se
consideraba indigno, y quería, al recordar sus infidelidades con Chemed,
que se abriese la tierra y le tragase.
Estos remordimientos, esta compunción y este sonrojo por la culpa
tenían, sin embargo, bastante de sabroso y de dulce. ¡Ay, cuán pronto se
trocó todo ello en amargura cuando oyó Mutileder lo que en Jerusalén se
decía de público en calles y plazas!
Para saber lo que se decía conviene tomar las cosas de atrás y entrar en
algunas explicaciones.
El palacio de Salomón era inmenso, y la sociedad en él muy amena.
Multitud de poetas y de tocadores de arpas, tímpanos y salterios, le
regocijaban de continuo. Allí había diestras bailarinas, artistas
ingeniosos que hacían muebles elegantes y otras obras de extremado
primor, y los mejores cocineros que entonces se conocían. Aquello era,
en grado superlativo, en elevación a la quinta potencia, perpetua boda,
de Camacho. Salomón y sus mujeres y servidumbre devoraban cada día
treinta bueyes cebados, cien ovejas y multitud de ciervos, búfalos,
gacelas y aves. Y no se crea que porque comiesen poco pan. El consumo
diario de harina empleada en hacer pan, tortas, bollos y pasta _frolla o
flora_, era de noventa coros, o sea cuarenta y cinco cahíces, de doce
fanegas se entiende.
Así es que en el palacio de Salomón hasta el último pinche se regalaba a
pedir de boca y estaba gordo y lucio.
Las mujeres, tanto por naturaleza cuanto por los afeites que usaban,
parecían celestiales y de variadísimo mérito. En aquella época no
llevaban nombres puestos a la ventura, sino nombres significativos de
sus más egregias cualidades, por donde sólo con mentarlas se puede
colegir, lo que valían. Entonces no se llamaba Doña Sol una fea, ni
Blanca una negra, ni Dolores una regocijada, ni Rosa la que olía mal o
era áspera como cardo ajonjero.
Las favoritas de Salomón lo habían sido y llevaban los nombres que
llevaban porque lo merecían. La hija del Faraón, que fue, a no dudarlo,
Meneftá II, se llamaba Uom-anhet, esto es, Destroza-corazones. Ella
inspiró a Salomón el primer amor, profundo y suave. Salomón era muy
muchacho cuando se casó con ella, y ella le trajo en dote a Gezer y doce
mil caballos para la remonta de su caballería. Después amó Salomón con
locura a Anahid, Lucero de la mañana, hija del Rey de Armenia. Se
refiere que, repudiada ésta, hubo de volver a su patria, donde tuvo un
hijo de Salomón, de quien procede el famoso Abagaro, a quien Cristo
escribió una carta y envió su efigie. Después amó Salomón con no menor
locura a Leliti, la Noche, princesa de Etiopía. Luego amó
apasionadamente a Vahar, a quien trajeron de la India las primeras naves
tirio-hebreas que fueron por allí. Esta Vahar, o dígase Primavera, era
de la familia de los Sakias, reyes de Kapilavastu, y por consiguiente,
parienta del ilustre Sakiamúni, que había de ser Buda, y fundar una
religión en que creyese cerca de la mitad del humano linaje.
Por último, pasión más durable que todas había concebido, alimentado y
guardado Salomón por la Sulamita, en cuya alabanza dejó compuestas las
poesías amatorias más bellas que habían sonado hasta entonces en lengua
humana.
Pero Salomón, en medio de tantos deleites y triunfos, estaba hastiado.
Nada le satisfacía. Todo era para él vanidad de vanidades y aflicción de
espíritu. Ni siquiera tenía el goce del amor propio y del orgullo,
porque sostenía que su grandeza se debía al acaso y no a su carácter ni
a su entendimiento y prudencia. Salomón había recapacitado y había visto
que, debajo del sol, ni la carrera era de los ligeros, ni la guerra era
de los fuertes, ni el bienestar de los listos, ni de los prudentes la
riqueza, ni de los elocuentes el favor, sino que todo era caprichoso
resultado de la ciega fortuna.
Y hallándose su alma en tan doloroso estado, fue cuando Adherbal le
presentó a Echeloría.
Y el pueblo de Jerusalén afirmaba que Salomón la había conocido y la
había amado. Y que la había hallado rosa de Saron y lirio de los valles.
Y que había comparado su cabeza rubia, por la majestad, con el Carmelo,
y el olor de sus vestidos al olor del almizcle y al de las silvestres
flores que crecen en el Líbano.
La ternura de Salomón por Echeloría se aseguraba que excedía a la de
Jacob por Raquel y a la de Isaac por Rebeca. Se daba por cierto que la
amaba mil veces más que había amado a las otras mujeres: que sentía por
ella todo género de afecto; que con el espíritu puro la estimaba y
quería como su padre David había estimado y querido a Jonatás, muerto en
las alturas de Gelboé por los filisteos; y que de un modo tempestuoso la
idolatraba como el príncipe de Siquen había idolatrado a Dina.
Todos estos rumores llegaban cada vez con más consistencia a los oídos
de Mutileder y le iban dando mucho que sentir y no poco que sospechar:
le iban dando, permítaseme lo vulgar de la frase en gracia de lo
gráfico, muy mala espina.
¿Cómo era posible que Echeloría resistiese a tantas seducciones? ¿Cómo
había de entenderse el amor de Salomón, si la muchacha, en vez de estar
amable, estuviese zahareña y cogotuda?
En vista de estas y de otras reflexiones, y de no pocos indicios y
pruebas que vinieron después, el pobre Mutileder tuvo al fin que abrir
los ojos, y que reconocer que Echeloría se había dejado querer, y hasta
que pagaba a Salomón su cariño, queriéndole y siendo infiel y perjura a
su Mutileder y a los juramentos hechos en Aratispi y en Churriana.
Por falta de elocuencia dejo de pintar aquí el furor de Mutileder cuando
de esto se hubo cerciorado. Ni Otelo ni el Tetrarca estuvieron después
más celosos y furiosos.
Pero nuestro bermejino no se limitaba a lamentos estériles. Siempre
tomaba resoluciones y procuraba darles cima. La que ahora tomó fue la de
matar a puñaladas a Echeloría y matarse él a renglón seguido con el
propio puñal. Lo difícil era ver a Echeloría para matarla.
Chemed, ocupada en Tiro con sus asuntos, se había consolado de la
ausencia de Mutileder, pero le conservaba buena amistad, y le había
enviado cartas de recomendación para Adoniram, que era el mayordomo de
Salomón, y para otros personajes de la Córte. Con estas cartas y con su
hermoso rostro, gentil presencia y gallardo cuerpo, que más que nada le
recomendaban, Mutileder pretendió y consiguió sin dificultad entrar en
la guardia personal del rey.
Componíase dicha guardia de sugetos de no poco fuste; de señores y hasta
de príncipes de las dinastías destronadas, cuyos reinos se habían
anexionado Salomón y su padre, y de cuyos bienes habían ido
incautándose. Allí había heteos, amorreos y jebuseos; caballeros de la
casa de Abinadab, rey de Kiriath-Yarin; dos sobrinitos de Og, rey de
Basan, a quienes apenas apuntaba el bozo y tenían ocho codos de
estatura; varios nietos de Hamnon, rey de los Amonitas; y _para
complemento de hermosura_, como dice Ezequiel, hablando de los pigmeos
de Tiro, una pequeña tropa de idénticos pigmeos, que no se levantaban un
codo de la tierra, pero que eran certeros y terribles disparando
ponzoñosos dardos.
Encubriendo siempre en los abismos oscuros del alma su terrible
propósito de matar a Echeloría y de matarse él, Mutileder se ingenió de
suerte que se ganó la voluntad de sus jefes inmediatos y hasta del
General Benaya, tan ágil para cortar cabezas, según lo demostró a
principios de aquel reinado, enviando al otro mundo, a fin de cimentar
bien el trono, a Adonia, hermano mayor del rey, y a otros personajes.
Con este favor, pronto subió Mutileder a capitán de una compañía de
filisteos, rubios casi tanto como él, y que formaban parte de la guardia
real.
Lo que no pudo conseguir fue ver a Echeloría. Lo que no pudo inspirar
fue la absoluta e indispensable confianza para llegar a ser uno de
aquellos sesenta valientes, los más probados y selectos, que rodeaban el
tálamo de Salomón por la noche (algo parecido a nuestros Monteros de
Espinosa), y que andaban siempre con la espada sobre el muslo, por temor
de los duendes y vestiglos, que eran traviesos, traían revuelto el
alcázar, y no hubieran dejado, sin la citada precaución, un instante de
sosiego a las reinas y demás señoras.
¿Quién sabe si la misma gentileza de Mutileder sería óbice para que
entrase él en el número de los sesenta, no hiciera el diablo que
inquietase a las damas en vez de aquietarlas? Lo cierto es que su
gentileza ya mencionada, su discreción, despejo y buen trato, se
hicieron notorios en Jerusalén, y que las damas le ponían en las nubes.
Hasta un no sé qué de torvo, de melancólico y de trágicamente distraído,
que había en su lindo semblante, le hacía más grato a las damas.
Así las cosas, cuando ocurrió una novedad grandísima, que contribuyó a
glorificar el reinado de Salomón más todavía.