Cuatro días después de la conferencia primera entre Chemed y Mutileder,
salían ambos de Málaga para Tiro en una magnífica nave. Mutileder iba en
calidad de secretario privado de la dama para llevarle la
correspondencia en lengua ibérica.
La amistad de ambos era íntima, y Mutileder, siempre que se veía en
presencia de Chemed, estaba contento y como orgulloso de tener tan
elegante y discreta amiga. Chemed tenía además mucho chiste y
felicísimas ocurrencias: decía mil graciosos disparates; y Mutileder se
regocijaba y reía sin poderlo remediar; pero, cuando estaba sólo, amarga
melancolía se apoderaba de su alma, pensamientos crueles le
atormentaban, y algo parecido a remordimientos le arañaba el corazón,
como si fueran las uñas de un gato, o digamos mejor, de un tigre.
Mutileder hablaba entre dientes, lanzaba desconsolados suspiros,
manoteaba y hasta se golpeaba y pellizcaba sin compasión, y solía
exclamar:
«¡Qué diablura! ¡Qué diablura!»
En presencia de Chemed o se olvidaba de su dolor o le refrenaba y
disimulaba. Ésta, a no dudarlo, era la diablura, a que su exclamación
aludía.
Mutileder había tenido ya tiempo para meditar, reflexionar y hacer
severo examen de conciencia, y no se absolvía, sino que se condenaba por
débil, perjuro y desleal, en grado superlativo.
A veces quería disculparse consigo mismo, y no lo lograba.
«Yo, decía, sigo amando a Echeloría, y Chemed no obsta para ello. Voy a
buscar a Echeloría, a libertarla y a vengarla, y Chemed me ayuda en mi
empresa. El cariño de Chemed tiene algo de maternal. ¡Es tan buena
conmigo!--¡Es tan alegre y chistosa! ¡Qué tonterías tan saladas se le
ocurren! ¿Cómo no he de reírme al oírlas? ¿He de estar siempre llorando?
No: no es menester llorar: no es menester negarse a todo consuelo, como
una bestia feroz, para demostrar que es uno fiel y consecuente. Ya
veremos cuando me encuentre con Adherbal si amo a Echeloría o si no la
amo.»
Estas y otras sutilezas y quintas esencias alambicaba, fraguaba y se
representaba Mutileder para justificarse; pero, como hemos dicho, no lo
lograba nunca.
De aquí su pena cuando estaba solo: y no sé de dónde, el olvido de su
pena cuando de Chemed estaba acompañado. ¡Contradicciones inexplicables,
raras antinomias de los corazones de los mortales!
De esta suerte, en soliloquios románticos, acerbos y dignos de Hamlet,
siempre que estaba sin Chemed; y en coloquios amenos, en pláticas
tiernas, y en juegos y risas, cuando Chemed aparecía, vivió Mutileder; y
así se pasó el tiempo, caminó la nave, se detuvo en varios puntos de
África y en algunas islas del archipiélago de Grecia, y llegó al fin a
Tiro, capital entonces de Fenicia desde la ruina de Sidon, cuando los
filisteos, rubios descendientes de Jafet, vinieron de Creta por mar,
mientras que del lado del desierto de Arabia entraban los israelitas en
la tierra de Canaan y lo llevaban todo a sangre y fuego. Tiro había
hecho después renacer el poder cananeo o fenicio y estaba en toda su
gloria y florecimiento. Sobre el trono de Tiro resplandecía el rey
Hiram, amigo de Salomón, hijo de David. Israelitas y fenicios eran
estrechos y felices aliados.
Muy largo sería describir aquí la grandeza de Tiro. Dejémoslo para mejor
ocasión. Lo que importa es decir que Mutileder buscó a Adherbal en
seguida y no le halló. Pronto supo con rabia que el infatigable marino,
sin reposar casi, se había encargado del mando de la flota, que Hiram y
Salomón expedían con frecuencia a la India, desde el puerto de
Aziongaber en el mar Rojo. Tres días antes de la llegada de Mutileder y
de Chemed, Adherbal se había puesto en marcha para tomar el mando
referido.
Adherbal debía pasar por Jerusalén. Mutileder no pensó más que en
perseguirle y alcanzarle, antes de que se embarcara para tan larga
navegación, de la que sabe Dios cuándo volvería.
Temiendo que le faltasen las fuerzas y el valor para despedirse de
Chemed, Mutileder preparó su viaje con el mayor sigilo, aprovechando la
salida de una caravana; y, montado en un ligero dromedario, salió para
Jerusalén, cuando Chemed menos lo sospechaba.
Chemed lo supo y lo lloró al leer una carta que él escribió antes de
partir y que entregó a Chemed una persona de toda confianza. La carta
decía como sigue:
«Mi querida Chemed: Yo soy el más débil y el más malvado de los hombres.
Debí huir de ti desde el primer momento y no entregarte nunca un corazón
que no te pertenecía, que era de otra mujer y que jamás podía ser tuyo.
Todo el afecto, toda la ternura que te he dado, ha sido falsía, perjurio
e infamia. Y no porque yo fingiese esa ternura y ese afecto, que al
contrario brotaban a borbotones, con toda sinceridad y con vehemente
efusión, del fondo de mi pecho, sino porque, al consagrártelos, faltaba
a la fe jurada, rompía el sello de la fidelidad que había puesto
Echeloría sobre mi alma, y me rebajaba hasta la vileza. De aquí mi lucha
interior; de aquí mis contradicciones y extravagancias. A veces reía yo,
jugaba y me deleitaba contigo; pero, cuando más contento estaba, surgía
como espectro, como aterrador fantasma, de las profundidades de mi ser,
el mismo amor ultrajado, el cual me azotaba rudamente con el azote de
los remordimientos. Otros amantes, mientras más aman, se hacen más
dignos del amor, porque el amor hermosea y sublima los espíritus; pero
yo, amándote, me degradaba en vez de elevarme, porque pisoteaba
juramentos y promesas, y no amándote, me degradaba también, porque
recibía de ti inmensos e inestimables tesoros de cariño que no acertaba
a pagar. Si olvidaba a Echeloría para amarte era yo un perjuro, y si no
te amaba, para seguir amando a Echeloría, un falso, un estafador y un
ingrato. Situación tan horrible y poco digna no podía durar. El cielo ha
estado benigno conmigo, aunque no lo merezco, proporcionándome ocasión
de dejarte con razonable motivo, sin que puedas tú tildarme de galán sin
entrañas. Adherbal no está en Tiro. Mi deber es perseguirle. La ofensa
que me ha hecho no puede quedar impune. Tú misma me tendrías por vil y
cobarde si yo no me vengara. No extrañes, pues, que te deje para cumplir
con esta obligación.--Adiós; adiós para siempre, ¡oh generosa y dulce
amiga!»
Tal era la carta que escribió Mutileder, en buen fenicio, sin ninguna
falta de gramática ni de ortografía. Chemed la leyó con lágrimas en los
ojos y haciendo otros mil extremos de amoroso sentimiento.
Mutileder, entre tanto, caballero en su dromedario y lleno de
impaciencia, iba trotando y galopando hacia Jerusalén. Harto de la pausa
con que la caravana marchaba, tomó un guía, poseedor de otro dromedario
tan ligero como el suyo, y se adelantó al resto de sus compañeros de
viaje. Así llegó en pocas jornadas a la ciudad que casi había creado
David, y que Salomón acababa de fortificar y hermosear con admirables
monumentos. La había ceñido de altas torres almenadas y de fuertes y
gruesos muros; había edificado, sobre gigantescos sillares, en la cumbre
del monte Moria, donde fue el sacrificio de Abraham, el maravilloso y
único templo del Dios único, y había coronado las alturas de Sion con
inexpugnable ciudadela y con alcázar suntuoso.
Dilatando Salomón sus conquistas al Sur del mar Muerto, domeñando a los
hijos de Edom, de Amalec y de Madian, y enseñoreándose de Elath y de
Aziongaber, abrió puertos para comerciar con el Hadramauth y el Yemen,
con el alto Egipto, con la Nubia y con las Indias orientales. Cortando
luego las corpulentas hayas y los pinos y cedros seculares del Líbano,
haciéndolos llevar en hombros de los más robustos varones de las
naciones vencidas, como de los _refaim_, por ejemplo, raza descomedida
de gigantes, que casi ladraban en vez de hablar; y trabando entre sí los
leños con arte y maestría, hizo formar Salomón flotantes castillos que
resistiesen el ímpetu de los huracanes y el furor de las olas. En medio
del desierto, Salomón había fundado a Tadmor, célebre después con el
nombre de Palmira, en un oasis lleno de palmas, a fin de que fuese
emporio riquísimo y lugar de reposo de las caravanas que iban desde las
orillas del Jordan a las del Eufrates y del Tígris; a Damasco, a Nínive
y a Babilonia. Estaba, por último, interesado Salomón en el comercio de
los fenicios con Társis o Iberia, patria de Mutileder, y aun de más
allá, hacia el Occidente y Norte del mundo; bastante más allá, porque
las naves tirias llegaban hasta el Báltico. Por todo lo cual refluía
sobre Jerusalén cuanto Dios crió de bienes temporales. La plata era tan
común, que se miraba con desprecio. Todo se fabricaba de oro purísimo,
hasta los trastos de cocina. De Arabia venían perfumes; de Egipto, telas
de lino, caballos y carros; esclavos negros y marfil, de Nubia; y
especierías y madera de sándalo, y perlas, y diamantes, y papagayos y
jimios y pavos reales, y telas de algodón y de seda, de allá de la
desembocadura del Indo. Oro venía de todas partes, ya de Tíbar, ya de
Ofir; ámbar y estaño, del Norte de Europa; cobre y hierro, de España. De
esta suerte abundaba todo en Jerusalén. La fama del rey volaba por el
mundo, porque el rey excedió a los demás reyes, habidos y por haber, en
ciencia y en riqueza; y no había persona de buen gusto que no desease
ver su cara, y sobre todo, los hijos de Israel, a quienes las naciones
extranjeras respetaban y temían, por donde vivieron ellos tranquilos y
venturosos, a la sombra de sus parras y de sus higueras, desde Dan hasta
Beersebá, durante todos los días de aquel reinado.
Pues, como íbamos diciendo, a esta espléndida ciudad de Jerusalén llegó
nuestro bermejino prehistórico, acompañado de su guía, pero más confiado
en su fiero garrote y en la primorosa honda que le había regalado
Echeloría, y con la cual, según suele decirse, no se le cocía el pan
hasta que vengase a su primer amor, descalabrando al raptor injusto de
una violenta y certera pedrada.
Preocupado con estos pensamientos de venganza, y como hombre que va a su
negocio y que no viaja a lo _touriste_, Mutileder no quiso visitar las
curiosidades de Jerusalén ni enterarse de nada de lo que allí sucedía, a
no ser del paradero de Adherbal.
Imagine el pío lector qué desesperación no sería la de Mutileder cuando
en seguida supo de buena tinta que Adherbal, viendo que urgía darse a
la vela, y llegar pronto al Océano, para no desperdiciar la monzón,
favorable entonces a los que iban a la India, había salido en posta, con
dromedarios que de trecho en trecho estaban ya preparados y escalonados
en el camino, a fin de verse cuanto antes en el puerto de Aziongaber,
orillas del mar Bermejo.
Imposible de toda imposibilidad era ya que Mutileder llegase a donde
estaba el marino fenicio, quien se sustraía así a su venganza. Tiempo
había de pasar, pampanitos había de haber, antes de que dicho marino se
pusiese a tiro de su honda o al alcance de su garrote.
Creyó entonces Mutileder que Adherbal se había llevado consigo a
Echeloría para que fuese ornamento principal de la nave capitana, desde
donde había de mandar la flota; y su rabia rayó en tal extremo, que
pateó, juró, bufó, blasfemó, y hasta hubo de arrancarse a tirones
algunos de los rizos hermosos y rubios que coronaban su cabeza.
En medio de todo, fue grande su consolación cuando logró saber que el
pícaro y cortesano marino, rastrero adulador de príncipes, había hecho
presente a Salomón de la preciosa Echeloría.