Además de los libros que conocemos, Salomón escribió otros muchos que se
han perdido. Compuso tres mil parábolas y mil y cinco cantares, y
disertó sobre árboles y plantas, desde el cedro hasta el hisopo que nace
en la pared, y sobre aves, cuadrúpedos, reptiles y peces. Quieren decir
que supo muchas cosas que después se olvidaron; unas han vuelto a
descubrirse; otras quizá no se descubran nunca de nuevo. Así, por
ejemplo, parece que atraía por medio de pinchos de metal los rayos y las
centellas; que entendía la lengua de los pájaros; que conocía la fuerza
oculta de la palabra humana y obraba por ella mil prodigios; que los
genios le obedecían; y que era sabedor de todas las doctrinas mágicas de
Enoch y de las que Abraham había aprendido en su patria, Ur de los
caldeos, y de las que estudió Moises en los colegios sacerdotales de las
orillas del Nilo.
Sea de esto lo que se quiera, no puede negarse que su fama de sabio se
extendió por todas partes.
La reina de Sabá, cuyo nombre, según hemos llegado a averiguar, era
Guadé, que en el idioma hymiárico, hablado entonces en su reino,
equivale a _Amor_ o _Amistad_, oyó hablar de Salomón y quiso probarle
con preguntas y acertijos.
Embarcóse, pues, esta augusta señora en Aden, que era el mejor puerto de
sus Estados, y con próspero viento, navegando por el mar Bermejo, aportó
a Aziongaber, y desde allí, por Sela, Beersebá y otras poblaciones,
llegó hasta Hebron, donde el Rey Sabio salió a recibirla con mucha
cortesía y aparato.
No entro aquí en descripciones del viaje de esta reina, de la pompa con
que venía, de su entrada en Jerusalén, acompañada ya de Salomón, que la
hospedó en su palacio, y de las fiestas que hubo con este motivo. Sería
muy largo contar todo esto. Contentémonos con decir que los regalos que
dio la reina a Salomón fueron magníficos, y no inferiores los que de
Salomón recibió ella; que ella se quedó pasmada del lujo que gastaba
Salomón; y que, como Salomón le adivinó de tenazón todos sus más
enmarañados acertijos, ella se quedó doblemente pasmada de su sabiduría.
Salomón, que era fino y discreto, creyó que el mayor obsequio que podía
hacer a Guadé, mientras morase en su alcázar, y siendo ella de un moreno
muy subido de punto, era darle para guardia de su persona a los
filisteos que mandaba Mutileder, todos rubios, blancos y sonrosados. En
efecto, los filisteos la impresionaron agradablemente; pero Mutileder,
su capitán, le pareció una divinidad y no un hombre cualquiera.
Era Guadé tan hermosa como las noches serenas del estío; sus ojos
brillaban como carbunclos, y en oposición a su rostro, algo tostado,
relucían como perlas sus dientes blanquísimos. Sabía mucho. Era un
Salomón con faldas. Pronto con sus miradas fulmíneas derritió la triple
placa de bronce que el empeño de ser consecuente había puesto en torno
del corazón de Mutileder. Y Mutileder y Guadé se amaron, a pesar de
Chemed y de Echeloría.
Guadé, a quien importaba desengañar por completo a Mutileder, el cual le
había contado toda su historia, menos su plan de tragedia; Guadé, que
hablaba en toda confianza con Salomón y sabía los secretos del harem,
reveló y probó a su joven amigo que Echeloría amaba a Salomón con
delirio.
Esto indujo más a Mutileder a amar con delirio también a Guadé, no sólo
porque ella se lo merecía, sino para no ser menos y tomar represalias y
desquite.
Y sin embargo, y aquí entra lo más patético de mi cuento, si bien era
cierto que Echeloría y Mutileder estaban enamorados el uno de su reina y
de su rey la otra, ambos sentían, en medio de la embriaguez del nuevo
amor, pesar tremendo, torcedor horrible en la conciencia, y pasión de
ánimo, que amenazaban matarlos.
Las mismas imaginaciones, las mismas ideas acudían al alma de los dos,
aunque no se veían ni se hablaban. Se sentían rebajados y humillados.
Eran juguetes de la casualidad. La voluntad de ellos carecía de firmeza.
¿Había sido ensueño infantil el amor que se tuvieron? ¿Había sido burla
ridícula el juramento que se hicieron repetidas veces? O no había sido
santa y hermosa aquella primera pasión, y entonces lo más poético de la
vida de ambos se desvanecía; o si la pasión había sido santa y hermosa,
ellos habían sido sacrílegos e infames, profanándola y hollándola.
Mutileder desistió ya de matar a Echeloría y de matarse; pero aquel
dolor oculto iba a matar a los dos. Y mientras más notaban ambos que el
amor que tenían a Salomón y a Guadé era su encanto y su delicia, más
culpados y viles se juzgaban y más ganas tenían de morirse, porque el
sonrojo y la humillación destrozaban sus pechos, no bien dejaban de
embargarlos y cautivarlos el frenesí y el vivo deleite que nacen de los
coloquios y caricias en el amor bien correspondido.
Salomón advirtió el mal de Echeloría, y Guadé advirtió el mal de
Mutileder. Conferenciaron sobre ello. Se lo contaron todo. Buscaron
remedio y no pudieron hallarle. ¿Qué hierba, qué elixir, qué talismán
sería poderoso contra tan rara dolencia, que designaron con el nombre de
_dolencia de los dos amores_?
Presintieron los reyes que iban a perecer sus dulces amigos y se
desconsolaron. Todo era cavilar en balde qué habían de hacer para
salvarlos. Llegaron hasta a ser tan generosos que proyectaron ceder él a
Echeloría y ella a Mutileder para que se casasen. Pero luego
consideraron que esto sería peor. Al verse, se avergonzarían de verse;
no dejarían de amar de otro modo a Salomón y a Guadé; no podrían amarse
entre sí del mismo amor que los amaban, y morirían más pronto y más
desesperadamente.
El lance no tenía otra solución que la más lúgubre, a no ocurrir algo
con visos de milagro, como ocurrió en efecto.