VII.

La __Princesa Venturosa__ había ido con sus dos amigas a pié, y en

romería, a visitar a un santo ermitaño que vivía en las soledades y

asperezas de unas montañas altísimas que a corta distancia de la capital

se parecían.

Aunque la Princesa y sus amigas hubiesen querido ir caballeras hasta la

ermita, no hubiera sido posible. El camino era más propio de cabras que

de camellos, elefantes, caballos, mulos y asnos, que, con perdón sea

dicho, eran los cuadrúpedos en que se solía cabalgar en aquel reino. Por

esto y por devoción fue la Princesa a pió y sin otra comitiva que sus

dos confidentas.

El ermitaño que iban a visitar era un varón muy penitente y estaba en

olor de santidad. El vulgo pretendía también que el ermitaño era

inmortal, y no dejaba de tener razonables fundamentos para esta

pretensión. En toda la comarca no había memoria de cuándo fue el

ermitaño a establecerse en lo recóndito de aquella sierra, en la cual

raras veces se dejaba ver de ojos humanos.

La Princesa y sus amigas, atraídas por la fama de su virtud y de su

ciencia anduvieron buscándole siete días por aquellos vericuetos y

andurriales. Durante el día caminaban en su busca entre breñas y

malezas. Por la noche se guarecían en las concavidades de los peñascos.

Nadie había que las guiase, así por lo fragoso del sitio, ni de los

cabrerizos frecuentado, como por el temor que inspiraba la maldición del

ermitaño, pronto a echarla a quien invadía su dominio temporal, o a

quien le perturbaba en sus oraciones. Ya se entiende que este ermitaño,

tan maldiciente, era pagano. A pesar de la natural bondad de su alma, su

religión sombría y terrible le obligaba a maldecir y a lanzar anatemas.

Pero las tres amigas, imaginando, como por inspiración, que sólo el

ermitaño podía descifrarles la carta, se decidieron a arrostrar sus

maldiciones y le buscaron, según queda dicho, por espacio de siete

días.

En la noche del séptimo iban ya las tres peregrinas a guarecerse en una

caverna para reposar, cuando descubrieron al ermitaño mismo, orando en

el fondo. Una lámpara iluminaba con luz incierta y melancólica aquel

misterioso retiro.

Las tres temblaron de ser maldecidas, y casi se arrepintieron de haber

ido hasta allí. Pero el ermitaño, cuya barba era más blanca que la

nieve, cuya piel estaba más arrugada que una pasa, y cuyo cuerpo se

asemejaba a un consunto esqueleto, echó sobre ellas una mirada

penetrante con unos ojos, aunque hundidos, relucientes como dos acuas, y

dijo con voz entera, alegre y suave:

--Gracias al cielo que al fin estáis aquí. Cien años ha que os espero.

Deseaba la muerte, y no podía morir hasta cumplir con vosotras un deber

que me ha impuesto el rey de los genios. Yo soy el único sabio que habla

aún y entiende la lengua riquísima que se hablaba en Babel antes de la

confusión. Cada palabra de esta lengua es un conjuro eficaz que fuerza y

mueve a las potestades infernales a servir a quien le pronuncia. Las

palabras de esta lengua tienen la virtud de atar y desatar todos los

lazos y leyes que unen y gobiernan las cosas naturales. La cabala no es

sino un remedo groserísimo de esta lengua incomunicable y fecunda.

Dialectos pobrísimos e imperfectísimos de ella son los más hermosos y

completos idiomas del día. La ciencia de ahora, mentira y charlatanería,

en comparación de la ciencia que aquella lengua llevaba en sí misma.

Cada nombre de esta lengua contiene en sus letras la esencia de la cosa

nombrada y sus ocultas calidades. Las cosas todas, al oírse llamar por

su verdadero nombre, obedecen a quien las llama. Era tal el poder del

linaje humano cuando poseía esta lengua, que pretendió escalar el cielo,

y lo hubiera indudablemente conseguido, si el cielo no hubiese dispuesto

que la lengua primitiva se olvidase.

Sólo tres sabios bien intencionados, de los cuales han muerto ya dos,

guardaron en la memoria aquel idioma. Le guardaron asimismo, por

especial privilegio de los diablos, Nembrot y sus descendientes. El

último, de éstos murió, una semana ha, por disposición tuya, ¡oh

__Princesa Venturosa__! y ya no queda en el mundo sino una sola persona

que pueda descifrarte la carta del Kan de Tartaria. Esa persona soy yo;

y para hacerte ese servicio, el rey de los genios ha conservado siglos

mi vida.

--Pues aquí tienes la carta, ¡oh venerable y profundo sabio! dijo la

Princesa, poniendo en manos del ermitaño el misterioso escrito.

--Al punto voy a descifrártela, contestó el ermitaño, y se caló los

espejuelos, y se acercó a la lámpara para leer. Has de dos horas estuvo

leyendo en alta voz en la lengua en que la carta estaba escrita. A cada

palabra que pronunciaba, el universo se conmovía, las estrellas se

cubrían de mortal palidez, la luna temblaba en el cielo, como tiembla su

imagen entre las olas del Océano, y la Princesa y sus amigas tenían que

cerrar los ojos y que taparse los oídos para no ver los espectros que se

mostraban, y para no oír las voces portentosas, terribles o dolientes,

que partían de las entrañas mismas de la conturbada naturaleza.

Acabada la lectura, se quitó el ermitaño los espejuelos, y dijo con voz

reposada:

--No es justo, ni conveniente, ni posible ¡oh _Princesa Venturosa_! que

sepas todo lo que en esta abominable carta se encierra. No es justo ni

conveniente, porque hay en ella tremebundos y endemoniados misterios. No

es posible, porque en cuantas lenguas humanas se hablan en el día son

estos misterios inefables, inenarrables y hasta inexplicables. El linaje

humano por medio de su incompleta y enfermiza razón llegará a conocer,

cuando pasen millares de años, algunos accidentes de las cosas; pero

siempre ignorará la sustancia que yo conozco, que conoce el Kan de

Tartaria y que han conocido los sabios primitivos que se valieron, para

sus _elocubraciones_, de esta lengua perfectísima e intransmisible ya por

nuestros pecados.

--Pues estamos frescas, dijo la lavanderilla; si después de lo que hemos

pasado para encontraros, y siendo vos el único que podéis traducir esa

enmarañada carta, salís ahora con que no queréis traducirla.

--Ni quiero ni debo, replicó el vetusto y secular ermitaño; pero sí os

diré lo que la carta contiene de interesante para vosotras, y os lo diré

en brevísimas palabras, sin pararme en dibujos, porque los momentos de

mi vida están contados y mi muerte se acerca.

El Príncipe de la China es por sus virtudes, talento y hermosura, el

favorito del rey de los genios, el cual le ha salvado mil veces de las

asechanzas que el Kan de Tartaria ponía contra su vida. Viendo el Kan

que le era imposible matarle, determinó valerse de un encanto para

tenerle lejos de sus súbditos y reinar en lugar suyo en el celeste

imperio. Bien hubiera querido el Kan que este encanto fuera

indestructible y eterno, mas no pudo lograrlo a pesar de sus

maravillosos conocimientos en la magia. El rey de los genios se opuso a

su mal deseo, y si bien no pudo hacer completamente ineficaces sus

encantamentos y conjuros, supo despojarlos de gran parte de su malicia.

Al Príncipe, aunque convertido en pájaro, se le dio facultad para

recobrar por la noche su verdadera figura. Tuvo también el Príncipe un

palacio, donde vivir y ser tratado con todo el miramiento, honores y

regalo debidos a su augusta categoría. Se acordó, por último, su

desencanto, si se cumplían las siguientes condiciones, que el Kan, así

por la mala opinión que tienen de las mujeres, como por lo pervertida y

viciosa qué está la raza humana en general, juzgó imposibles de cumplir.

Fue la primera condición, ya cumplida, que una mujer de veinte años,

discreta, briosa y apasionada y de la más baja clase del pueblo, viese a

los tres mancebos encantados, que son los más hermosos que hay en el

mundo, salir desnudos del baño, y que la limpieza y castidad de su alma

fuesen tales que no se turbasen ni empañasen con el más ligero estímulo

de liviandad. Esta prueba había de hacerse en el equinoccio de

primavera, cuando la naturaleza toda excita al amor. La mujer debía

sentirle por la hermosura y admirarla vivamente; pero de un modo

espiritual y santísimo.

Fue la segunda condición, ya cumplida también, que el Príncipe sin poder

mostrarse sino tres instantes, y esto bajo la forma de pájaro verde,

inspirase un amor tan vehemente y casto, cuanto invencible, a una

Princesa de su clase.

La tercera condición, que ahora se está acabando de cumplir, fue que la

Princesa se apoderase de esta carta, y que yo la interpretara.

La cuarta y última condición, en cuyo cumplimiento habéis de intervenir

las tres doncellas que me estáis oyendo, es como sigue. Sólo me quedan

dos minutos de vida, mas antes de morir os pondré en el palacio del

Príncipe al lado de la taza de topacio. Allí irán los pájaros y se

zambullirán y se transformarán en hermosísimos mancebos. Vosotras tres

los veréis; mas habéis de conservar, viéndolos, toda la castidad de

vuestros pensamientos, y toda la virginidad de vuestras almas, amando,

empero, cada una a uno de los tres, con un amor santo e inocente. La

Princesa ama ya al Príncipe de la China y la lavanderilla al escudero, y

ambas han mostrado la inocencia de su amor: ahora falta que la doncella

favorita de la Princesa se enamore del secretario por idéntico estilo.

Cuando los tres mancebos encantados vayan al comedor, los seguiréis sin

ser vistas, y allí permaneceréis hasta que el Príncipe pida la cajita de

sus entretenimientos y diga, besando el cordoncito:

¡Ay, cordoncito de mi señora!

¡Quién la viera ahora!

La Princesa, entonces, y vosotras con la Princesa, os mostrareis al

punto, y cada una dará un tierno beso en la mejilla izquierda al objeto

de su amor. El encanto quedará deshecho en el acto, el Kan de Tartaria

morirá de repente, y el Príncipe de la China, no sólo poseerá el celeste

imperio, sino que heredará asimismo todos los kanatos, reinos y

provincias, que por derecho propio posee aquel encantador endiablado.

Apenas el ermitaño acabó de decir estas palabras, hizo una mueca muy

rara, entreabrió la boca, estiró las piernas y se quedó muerto.

La Princesa y sus amigas se encontraron de súbito detrás de una masa de

verdura, al lado de la taza de topacio.

Todo se cumplió como el ermitaño había dicho.

Las tres estaban enamoradas; las tres eran castísimas o inocentes. Ni

siquiera en el punto comprometido de dar el regalado y apretado beso

sintieron más que una profunda conmoción toda mística y pura.

Así es que inmediatamente quedaron desencantados los tres mancebos. La

China y la Tartaria fueron dichosas bajo el cetro del Príncipe. La

Princesa y sus amigas lo fueron más aún casadas con aquellos hombres tan

lindos. El _Rey Venturoso_ abdicó, y se fue a vivir a la corte de su

yerno, que estaba en Pekín. El general que mató al Príncipe Tártaro

obtuvo todas las condecoraciones de China, el título de primer mandarín

y una pensión de miles de miles para él y sus herederos.

Se cuenta, por último, que la __Princesa Venturosa__ y el ya Emperador de

China vivieron largos y felices años, y tuvieron media docena de

chiquillos a cual más hermosos. La lavanderilla y la doncella, con sus

respectivos maridos, siguieron siempre gozando del favor de Sus

Majestades, y siendo los señores más principales de toda aquella

tierra.

Cuentos y diálogos · 第 13 / 55 题