La __Princesa Venturosa__ había ido con sus dos amigas a pié, y en
romería, a visitar a un santo ermitaño que vivía en las soledades y
asperezas de unas montañas altísimas que a corta distancia de la capital
se parecían.
Aunque la Princesa y sus amigas hubiesen querido ir caballeras hasta la
ermita, no hubiera sido posible. El camino era más propio de cabras que
de camellos, elefantes, caballos, mulos y asnos, que, con perdón sea
dicho, eran los cuadrúpedos en que se solía cabalgar en aquel reino. Por
esto y por devoción fue la Princesa a pió y sin otra comitiva que sus
dos confidentas.
El ermitaño que iban a visitar era un varón muy penitente y estaba en
olor de santidad. El vulgo pretendía también que el ermitaño era
inmortal, y no dejaba de tener razonables fundamentos para esta
pretensión. En toda la comarca no había memoria de cuándo fue el
ermitaño a establecerse en lo recóndito de aquella sierra, en la cual
raras veces se dejaba ver de ojos humanos.
La Princesa y sus amigas, atraídas por la fama de su virtud y de su
ciencia anduvieron buscándole siete días por aquellos vericuetos y
andurriales. Durante el día caminaban en su busca entre breñas y
malezas. Por la noche se guarecían en las concavidades de los peñascos.
Nadie había que las guiase, así por lo fragoso del sitio, ni de los
cabrerizos frecuentado, como por el temor que inspiraba la maldición del
ermitaño, pronto a echarla a quien invadía su dominio temporal, o a
quien le perturbaba en sus oraciones. Ya se entiende que este ermitaño,
tan maldiciente, era pagano. A pesar de la natural bondad de su alma, su
religión sombría y terrible le obligaba a maldecir y a lanzar anatemas.
Pero las tres amigas, imaginando, como por inspiración, que sólo el
ermitaño podía descifrarles la carta, se decidieron a arrostrar sus
maldiciones y le buscaron, según queda dicho, por espacio de siete
días.
En la noche del séptimo iban ya las tres peregrinas a guarecerse en una
caverna para reposar, cuando descubrieron al ermitaño mismo, orando en
el fondo. Una lámpara iluminaba con luz incierta y melancólica aquel
misterioso retiro.
Las tres temblaron de ser maldecidas, y casi se arrepintieron de haber
ido hasta allí. Pero el ermitaño, cuya barba era más blanca que la
nieve, cuya piel estaba más arrugada que una pasa, y cuyo cuerpo se
asemejaba a un consunto esqueleto, echó sobre ellas una mirada
penetrante con unos ojos, aunque hundidos, relucientes como dos acuas, y
dijo con voz entera, alegre y suave:
--Gracias al cielo que al fin estáis aquí. Cien años ha que os espero.
Deseaba la muerte, y no podía morir hasta cumplir con vosotras un deber
que me ha impuesto el rey de los genios. Yo soy el único sabio que habla
aún y entiende la lengua riquísima que se hablaba en Babel antes de la
confusión. Cada palabra de esta lengua es un conjuro eficaz que fuerza y
mueve a las potestades infernales a servir a quien le pronuncia. Las
palabras de esta lengua tienen la virtud de atar y desatar todos los
lazos y leyes que unen y gobiernan las cosas naturales. La cabala no es
sino un remedo groserísimo de esta lengua incomunicable y fecunda.
Dialectos pobrísimos e imperfectísimos de ella son los más hermosos y
completos idiomas del día. La ciencia de ahora, mentira y charlatanería,
en comparación de la ciencia que aquella lengua llevaba en sí misma.
Cada nombre de esta lengua contiene en sus letras la esencia de la cosa
nombrada y sus ocultas calidades. Las cosas todas, al oírse llamar por
su verdadero nombre, obedecen a quien las llama. Era tal el poder del
linaje humano cuando poseía esta lengua, que pretendió escalar el cielo,
y lo hubiera indudablemente conseguido, si el cielo no hubiese dispuesto
que la lengua primitiva se olvidase.
Sólo tres sabios bien intencionados, de los cuales han muerto ya dos,
guardaron en la memoria aquel idioma. Le guardaron asimismo, por
especial privilegio de los diablos, Nembrot y sus descendientes. El
último, de éstos murió, una semana ha, por disposición tuya, ¡oh
__Princesa Venturosa__! y ya no queda en el mundo sino una sola persona
que pueda descifrarte la carta del Kan de Tartaria. Esa persona soy yo;
y para hacerte ese servicio, el rey de los genios ha conservado siglos
mi vida.
--Pues aquí tienes la carta, ¡oh venerable y profundo sabio! dijo la
Princesa, poniendo en manos del ermitaño el misterioso escrito.
--Al punto voy a descifrártela, contestó el ermitaño, y se caló los
espejuelos, y se acercó a la lámpara para leer. Has de dos horas estuvo
leyendo en alta voz en la lengua en que la carta estaba escrita. A cada
palabra que pronunciaba, el universo se conmovía, las estrellas se
cubrían de mortal palidez, la luna temblaba en el cielo, como tiembla su
imagen entre las olas del Océano, y la Princesa y sus amigas tenían que
cerrar los ojos y que taparse los oídos para no ver los espectros que se
mostraban, y para no oír las voces portentosas, terribles o dolientes,
que partían de las entrañas mismas de la conturbada naturaleza.
Acabada la lectura, se quitó el ermitaño los espejuelos, y dijo con voz
reposada:
--No es justo, ni conveniente, ni posible ¡oh _Princesa Venturosa_! que
sepas todo lo que en esta abominable carta se encierra. No es justo ni
conveniente, porque hay en ella tremebundos y endemoniados misterios. No
es posible, porque en cuantas lenguas humanas se hablan en el día son
estos misterios inefables, inenarrables y hasta inexplicables. El linaje
humano por medio de su incompleta y enfermiza razón llegará a conocer,
cuando pasen millares de años, algunos accidentes de las cosas; pero
siempre ignorará la sustancia que yo conozco, que conoce el Kan de
Tartaria y que han conocido los sabios primitivos que se valieron, para
sus _elocubraciones_, de esta lengua perfectísima e intransmisible ya por
nuestros pecados.
--Pues estamos frescas, dijo la lavanderilla; si después de lo que hemos
pasado para encontraros, y siendo vos el único que podéis traducir esa
enmarañada carta, salís ahora con que no queréis traducirla.
--Ni quiero ni debo, replicó el vetusto y secular ermitaño; pero sí os
diré lo que la carta contiene de interesante para vosotras, y os lo diré
en brevísimas palabras, sin pararme en dibujos, porque los momentos de
mi vida están contados y mi muerte se acerca.
El Príncipe de la China es por sus virtudes, talento y hermosura, el
favorito del rey de los genios, el cual le ha salvado mil veces de las
asechanzas que el Kan de Tartaria ponía contra su vida. Viendo el Kan
que le era imposible matarle, determinó valerse de un encanto para
tenerle lejos de sus súbditos y reinar en lugar suyo en el celeste
imperio. Bien hubiera querido el Kan que este encanto fuera
indestructible y eterno, mas no pudo lograrlo a pesar de sus
maravillosos conocimientos en la magia. El rey de los genios se opuso a
su mal deseo, y si bien no pudo hacer completamente ineficaces sus
encantamentos y conjuros, supo despojarlos de gran parte de su malicia.
Al Príncipe, aunque convertido en pájaro, se le dio facultad para
recobrar por la noche su verdadera figura. Tuvo también el Príncipe un
palacio, donde vivir y ser tratado con todo el miramiento, honores y
regalo debidos a su augusta categoría. Se acordó, por último, su
desencanto, si se cumplían las siguientes condiciones, que el Kan, así
por la mala opinión que tienen de las mujeres, como por lo pervertida y
viciosa qué está la raza humana en general, juzgó imposibles de cumplir.
Fue la primera condición, ya cumplida, que una mujer de veinte años,
discreta, briosa y apasionada y de la más baja clase del pueblo, viese a
los tres mancebos encantados, que son los más hermosos que hay en el
mundo, salir desnudos del baño, y que la limpieza y castidad de su alma
fuesen tales que no se turbasen ni empañasen con el más ligero estímulo
de liviandad. Esta prueba había de hacerse en el equinoccio de
primavera, cuando la naturaleza toda excita al amor. La mujer debía
sentirle por la hermosura y admirarla vivamente; pero de un modo
espiritual y santísimo.
Fue la segunda condición, ya cumplida también, que el Príncipe sin poder
mostrarse sino tres instantes, y esto bajo la forma de pájaro verde,
inspirase un amor tan vehemente y casto, cuanto invencible, a una
Princesa de su clase.
La tercera condición, que ahora se está acabando de cumplir, fue que la
Princesa se apoderase de esta carta, y que yo la interpretara.
La cuarta y última condición, en cuyo cumplimiento habéis de intervenir
las tres doncellas que me estáis oyendo, es como sigue. Sólo me quedan
dos minutos de vida, mas antes de morir os pondré en el palacio del
Príncipe al lado de la taza de topacio. Allí irán los pájaros y se
zambullirán y se transformarán en hermosísimos mancebos. Vosotras tres
los veréis; mas habéis de conservar, viéndolos, toda la castidad de
vuestros pensamientos, y toda la virginidad de vuestras almas, amando,
empero, cada una a uno de los tres, con un amor santo e inocente. La
Princesa ama ya al Príncipe de la China y la lavanderilla al escudero, y
ambas han mostrado la inocencia de su amor: ahora falta que la doncella
favorita de la Princesa se enamore del secretario por idéntico estilo.
Cuando los tres mancebos encantados vayan al comedor, los seguiréis sin
ser vistas, y allí permaneceréis hasta que el Príncipe pida la cajita de
sus entretenimientos y diga, besando el cordoncito:
¡Ay, cordoncito de mi señora!
¡Quién la viera ahora!
La Princesa, entonces, y vosotras con la Princesa, os mostrareis al
punto, y cada una dará un tierno beso en la mejilla izquierda al objeto
de su amor. El encanto quedará deshecho en el acto, el Kan de Tartaria
morirá de repente, y el Príncipe de la China, no sólo poseerá el celeste
imperio, sino que heredará asimismo todos los kanatos, reinos y
provincias, que por derecho propio posee aquel encantador endiablado.
Apenas el ermitaño acabó de decir estas palabras, hizo una mueca muy
rara, entreabrió la boca, estiró las piernas y se quedó muerto.
La Princesa y sus amigas se encontraron de súbito detrás de una masa de
verdura, al lado de la taza de topacio.
Todo se cumplió como el ermitaño había dicho.
Las tres estaban enamoradas; las tres eran castísimas o inocentes. Ni
siquiera en el punto comprometido de dar el regalado y apretado beso
sintieron más que una profunda conmoción toda mística y pura.
Así es que inmediatamente quedaron desencantados los tres mancebos. La
China y la Tartaria fueron dichosas bajo el cetro del Príncipe. La
Princesa y sus amigas lo fueron más aún casadas con aquellos hombres tan
lindos. El _Rey Venturoso_ abdicó, y se fue a vivir a la corte de su
yerno, que estaba en Pekín. El general que mató al Príncipe Tártaro
obtuvo todas las condecoraciones de China, el título de primer mandarín
y una pensión de miles de miles para él y sus herederos.
Se cuenta, por último, que la __Princesa Venturosa__ y el ya Emperador de
China vivieron largos y felices años, y tuvieron media docena de
chiquillos a cual más hermosos. La lavanderilla y la doncella, con sus
respectivos maridos, siguieron siempre gozando del favor de Sus
Majestades, y siendo los señores más principales de toda aquella
tierra.