Aunque se ame y se respete la virtud, no se debe creer que sea tan
vocinglera y tan espantadiza como la de ciertos censores del día. Si
hubiéramos de escribir a gusto de ellos, si hubiéramos de tomar su
rigidez por valedera y no fingida, y si hubiéramos de ajustar a ella
nuestros escritos, tal vez ni las _Agonías del tránsito de la muerte_,
de Venegas, ni los _Gritos del infierno_, del padre Boneta, serían
edificantes modelos que imitar.
Por desgracia, la rigidez es sólo aparente. La rigidez no tiene otro
resultado que el de exasperar los ánimos, haciéndoles dudar y burlarse,
aunque sólo sea en sueños, de la hipocresía farisaica que ahora se usa.
Véase, si no, el sueño que ha tenido un amigo nuestro, y que trasladamos
aquí íntegro, cuando no para recreo, para instrucción de los lectores.
Nuestro amigo soñó lo que sigue:
--Más de dos mil seiscientos años ha, era yo en Susa un sátrapa muy
querido del gran Rey Arteo, y el más rígido, grave y moral de todos los
sátrapas. El santo varón Parsondes había sido mi maestro, y me había
comunicado todo lo comunicable de la ciencia y de la virtud del primer
Zoroastro.
Siete años hacía ya que Parsondes, después de iluminar el mundo con su
doctrina, y de formar varios discípulos dignos de él, había
desaparecido, sin que le volviese a ver nadie, ni vivo ni muerto. Los
buenos creyentes daban, pues, por seguro que Parsondes había subido a la
región de la luz increada, cerca de Ahura-Mazda, donde brillaba casi
tanto como los Amschaspandes y los Izeds, y donde eclipsaba, a su propio
_feruer_ con beatíficos resplandores. Allí militaba aún en el ejército
de los espíritus luminosos contra el príncipe de las tinieblas
Ahrimanes, cuya soberbia había humillado en esta vida terrenal, y cuyo
imperio contribuía, poderosamente a destruir en la otra vida,
procurando, que se realizase la santa esperanza del triunfo definitivo
del bien sobre el mal. Los sectarios de la religión de Ahura-Mazda
creían, pues, a puño cerrado, que Parsondes debía contarse en el número
de los veinte o treinta grandes profetas, precursores y continuadores de
Zoroastro hasta la consumación de los siglos. Aunque en Susa y en todo
el imperio de los medos, con los reinos tributarios, había hombres de
otras varias religiones y creencias, todos respetaban y casi divinizaban
igualmente a Parsondes, si bien por diversos estilos. Unos decían que
había encontrado la flecha de Abaris y se había ido por el aire, montado
en ella; otros, que se había elevado al empíreo en el trono flotante de
Salomón o en un carro de fuego; otros, que el dragón Musaros, que en la
antigüedad más remota civilizó a los asirios, y que tenía cuerpo de pez,
cabeza de hombre y piernas de mujer, se le había llevado consigo a su
palacio submarino, en el fondo del golfo pérsico. En resolución, aunque
por distinta manera, todos convenían en que Parsondes, el virtuoso y el
sabio, estaba viviendo con los dioses. En las plazas públicas de Susa se
veneraba su imagen, coronada la cabeza de una mitra con quince cuernos,
en razón de las quince virtudes capitales que resplandecieron en él, y
vestido el cuerpo de un ropaje talar lleno de otros símbolos más
extraños aún en nuestros días, aunque entonces no lo fuesen.
Entre tanto, las malas costumbres, el lujo, la disipación, los galanteos
y las fiestas dispendiosas iban en aumento desde la muerte o
desaparición de Parsondes, el cual, mientras vivió entre nosotros, no
hizo más que condenar aquellos abusos.
El Rey de Babilonia, Nanar, tributario de mi augusto amo Arteo, Rey de
Media, había roto todo freno y corría desbocado por el camino de los
deleites. Nosotros acusábamos a Nanar, como Parsondes le había acusado
antes; pero nuestra voz, menos autorizada que la suya, no tocaba el
corazón de Arteo, ni le decidía a destronar a Nanar, y a poner otro Rey
más morigerado en Babilonia. Nanar era más descreído y libertino que
Sardanápalo, y en Babilonia no se adoraba ya a otro dios que al interés
y a Milita, o como si dijéramos, a Venus. En vano mis camaradas y yo
predicábamos contra la corrupción. El vulgo y la nobleza se nos reían en
las narices. Nosotros nos vengábamos con hablar de la santa vida de
Parsondes y con ponerla en contraposición de la vida que ellos llevaban.
Así iban las cosas, cuando una mañanita Arteo me hizo llamar muy
temprano a su presencia.
--Hay esperanzas, me dijo, de que Parsondes viva aún; pero, si ha
muerto, es menester vengarle y castigar a su matador, que no puede ser
otro que el rey Nanar.
--Tu sabiduría, señor, le contesté, es como la luz, que lo penetra y
descubre todo. Vences al cocodrilo en prudencia y al lince en
perspicacia; pero, ¿cómo has sabido que Parsondes puede vivir aún, y
que, si ha muerto, Nanar ha sido su asesino? ¿No han asegurado los magos
que Parsondes está en el cielo? ¿No han descubierto los astrólogos en la
bóveda azul una estrella, antes nunca vista, y no han reconocido en esa
estrella el alma de Parsondes?
--Así es la verdad, replicó el Rey, pero yo he llegado a averiguar, por
revelación de algunos caballeros babilonios descontentos de Nanar, que
éste, furioso de lo que Parsondes clamaba contra él, envió siete años ha
emisarios por todas partes para que ocultamente le prendiesen y llevasen
a su alcázar; y allí debe de estar Parsondes, o muerto, o padeciendo
tormentos horribles.
--¡Ah, señor! exclamé yo al punto, postrándome a los pies del Rey, justo
es vengar una maldad tan espantosa. Permite que yo sea el instrumento
de tu venganza, y que salve a mi querido maestro del cautiverio en que,
si no ha muerto, se halla.
El Rey me dijo que con ese fin me había llamado, y que al instante me
preparase a partir con el acompañamiento debido, y órdenes terminantes
suyas para que Nanar me respondiese con su vida de la del santo varón, o
le pusiese en libertad.
Aquel mismo día, que era uno de los más calurosos del estío, salí de
Susa en un magnífico carro tirado por cuatro caballos árabes. Un hábil
cochero iba dirigiéndole, y dos esclavos etíopes me acompañaban también
en el carro, haciendo aire el uno con un abanico de plumas de avestruz,
y sosteniendo el otro, sobre rico varal de marfil, prolijamente labrado,
el ancho parasol de seda. Cuatrocientos jinetes, todos con aljabas,
arcos y flechas, vestidos de malla y cubierta la cabeza con sendos
capacetes de bronce, nielado de refulgentes colores, me seguían y me
daban mayor autoridad y decoro. Seis batidores, montados en rayadas y
velocísimas cebras, iban delante de mí, a fin de anunciarme en las
diversas poblaciones. Las vituallas y refrescos que traíamos para suplir
las faltas del camino, venían sobre los lomos de veinte poderosos
elefantes.
Por no pecar de prolijo, no refiero aquí menudamente los sucesos de mi
viaje. Baste saber que el décimo día descubrimos a lo lejos los muros
ingentes de Babilonia, obra de Nabucodonosor y de Nitócris. Tenían
treinta varas de espesor, circundaban la ciudad, formando una zona de
veintidós leguas de bojeo, y se elevaban, por la parte más baja, ciento
veinte varas sobre la tierra; tanto como los campanarios de las
catedrales de ahora. Un copete de verdura coronaba los muros. Eran los
jardines pensiles. Sobre los muros y sobre los jardines descollaban
algunos edificios, como los palacios reales, el templo de Belo y la
famosa torre de Nemrod, que constaba de ocho pisos, de más de doscientas
varas de alto el primero. Desde la cima de esta torre, que parecía tocar
la bóveda celeste, presumían tratar los sabios antiguos con los dioses,
secretas inteligencias o genios que mueven los astros. Aunque tan
distantes aún, y de un modo confuso, creíamos ya percibir las colosales
figuras esculpidas y pintadas en las paredes exteriores de palacios y
templos; aquellos toros con cabeza de hombre y aquellos hombres con
cabeza de león; aquellos próceres y aquellos guerreros, ceñidos los
riñones de talabartes, de que se enamoraron Oala y Oliba. El sol
reflejaba desde Oriente sobre los gigantescos edificios y sobre las cien
puertas enormes de la ciudad, que eran de bronce dorado. El resplandor
que despedían deslumbraba los ojos. El Eufrates y el Tígris,
serpenteando y heridos también por los rayos del sol que rielaba en sus
ondas, se asemejaban a dos cintas de oro en fusión que formaban un lazo.
Los batidores se habían adelantado a anunciar mi llegada. De repente
vimos levantarse en la extensa y fértil llanura, entre las huertas,
jardines y verdes sotos, por donde estaba abierto el camino, una
nubecilla blanca que se iba agrandando. Luego vimos una mancha oscura
que se movía hacia nosotros. Poco después llegó a todo correr uno de mis
batidores a decirme que Nanar se acercaba a recibirme con numerosa
comitiva. En esto la mancha oscura se había agrandado en extremo, y
empezamos a oír distintamente el son de los instrumentos músicos, el
relinchar de los caballos y el resonar de las armas. Notamos, por
último, el resplandor del oro y de la plata, el lujo de las vestiduras y
la magnificencia de los que a recibirnos venían.
Hice entonces que el cochero aguijase los caballos, y pronto estuve
cerca del Rey Nanar, que venía en un soberbio palanquí de bambú, sándalo
y nácar, sostenido por doce gallardos mancebos. El Rey bajó del
palanquín y yo del carro, y nos saludamos y abrazamos con mutua
cordialidad.
La túnica del Rey era de tisú de oro, bordada de seda de mil colores. En
el bordado se representaban todas las flores del campo y todos los
pájaros del aire y todas las estrellas del éter. Llevaba el Rey una
tiara no menos estupenda, ajorcas y brazaletes, y por zarcillos dos
redondas perlas, del tamaño cada una de un huevo de perdiz.
Su cabellera le caía en bucles perfumados sobre la espalda, y la barba
formaba menudísimos rizos, artística y simétricamente ordenados. Su
vestido y su persona despedían delicada fragancia. A pesar de mi
severidad, no pude menos de admirarme de la finura del Rey Nanar, y
confesé, allá en mis adentros, que era la persona más _comm'il faut_ que
había yo tratado en mi vida.
El Rey me alojó en su alcázar, me dio fiestas espléndidas, y me distrajo
de tal suerte que casi me hizo olvidar el objeto de mi misión. Ya
teníamos un concierto, ya un baile, ya una cena por el estilo de la que
dio Baltasar muchos años después. Yo no me atrevía a preguntar al Rey
qué había hecho de Parsondes. Yo no comprendía que un señor tan
excelente, que agasajaba y regalaba a los huéspedes con aquella
elegancia y cortesanía, hubiese dado muerte o tuviese en duro cautiverio
a mi querido maestro.
Por último, una noche me armé de toda mi austeridad y resolución, y dije
a Nanar, en nombre del Rey mi amo, que en el momento mismo iba a decir
dónde estaba el virtuoso Parsondes, si no quería perder el reino y la
vida. Nanar, en vez de contestarme, hizo venir al punto a todas las
bayaderas y cantatrices que había en el alcázar: se entiende que fuera
del recinto, harén o como quiera llamarse, reservado a sus mujeres. Las
tales sacerdotisas de Milita pasaban de novecientas, y eran de lo más
bello y habilidoso que a duras penas pudiera encontrarse en toda el
Asia. Las muchachas llegaron bailando, cantando y tocando flautas,
crótalos y salterios, que era cosa de gusto el verlas y el oírlas. Yo me
quedé absorto. Nanar me dijo, y aquí fue mayor mi estupefacción:
--Ahí tienes al santo Parsondes en medio de esas mujeres. Parsondes,
ven acá y saluda a tu antiguo discípulo.
Salió entonces del centro de aquella turba femenina uno que, a no ser
por la barba, hubiera podido confundirse con las mujeres. Traía pintadas
las cejas de negro, de azul los párpados, a fin de que brillasen más los
ojos, y las mejillas cubiertas de colorete. Estaba todo perfumado, su
traje era casi tan rico como el del Rey, su andar afeminado y lánguido;
de sus orejas pendían zarcillos primorosos; de su garganta un collar de
perlas; ceñía su frente una guirnalda de flores. Era el mismo Parsondes,
que me echó los brazos al cuello.
--Yo soy, me dijo, muy otro del que antes era. Vuélvete, si quieres, a
Susa, pero no digas que vivo aún, para que no se escandalicen los magos,
y para que sigan teniendo un ejemplo reciente de santidad a que
recurrir. Nanar se vengó de mi ruda y desaliñada virtud haciéndome
prisionero y mandando que me enjabonasen y fregasen con un estropajo.
Después han seguido lavándome y perfumándome dos veces al día,
regalándome a pedir de boca, y obligándome a estar en compañía de todas
estas alegres señoritas, donde he acabado por olvidarme de Zoroastro y
de mis austeras predicaciones, y por convencerme de que en esta vida se
ha de procurar pasarlo lo mejor posible, sin ocuparse en la vida de los
otros. Cuidados agenos matan al asno, y nadie lo es más que quien se
mezcla en censurar los vicios de los otros, cuando sólo le ha faltado la
ocasión para caer en ellos, o cuando, si en ellos no ha caído, se lo
debe a su ignorancia, mal gusto y rustiqueza.
Las manos me puse en los oídos para no oír semejantes blasfemias en boca
de aquel sabio admirable. Desesperado y rabioso estaba yo de verle
convertido en _bon vivant_, con sus puntas y collar de bribón
desvergonzado; mas para evitar habladurías escandalosas, determiné
aconsejar al colegio de los magos que siguiese sosteniendo que Parsondes
había subido al empíreo, y que siguiese venerando su imagen, sin
descubrir nunca, antes negando rotundamente, que Parsondes vivía con las
bailarinas de Babilonia, en el alcázar de Nanar.
En esto desperté de mi sueño y me volví a encontrar en mi pobre casita
de esta corte.
--Creo, añadía nuestro amigo al terminar su cuento, que con menos
riqueza y a menos costa pueden los Nanares del día seducir a los
Parsondes que zahieren su inmoralidad y sus vicios, movidos, no de la
caridad, sino de la envidia. Los que no estén seguros de la propia
virtud y entereza de ánimo han de ser, pues, más indulgentes con los
Nanares. ¡Desdichado aquel que hace alarde de virtud sin tenerla
probadísima!
¡Dichoso aquel que la practica y calla!