Cinco días habían pasado desde el momento en que tuvo lugar la escena
anterior. La Princesa no había llorado en todo ese tiempo, causando no
poco asombro y placer al Rey su padre. La Princesa había estado hasta
jovial y bromista, dando leves esperanzas a los Príncipes pretendientes
de que al fin se decidiría por uno de ellos, porque los pretendientes se
las prometen siempre felices.
Nadie había sospechado la causa de tan repentina mudanza y de tan
inesperado alivio en la Princesa.
Sólo el Príncipe tártaro, que era diabólicamente sagaz, recelaba, aunque
de una manera muy vaga, que la Princesa había recibido alguna noticia
del pájaro verde. Tenía, además, el Príncipe tártaro el misterioso
presentimiento de una gran desgracia, y había adivinado por el arte
mágica, que su padre le enseñara, que en el pájaro verde debía mirar un
enemigo. Calculando, además, como sabedor del camino y del tiempo que en
él debe emplearse, que aquel día debían llegar los mensajeros que envió
a su padre, y ansioso de saber lo que respondía éste a la consulta que
le hizo, montó a caballo al amanecer, y con cuarenta de los suyos, todos
bien armados, salió en busca de los mensajeros referidos.
Mas aunque el Príncipe tártaro salió con gran secreto, la Princesa
Venturosa, que tenía espías, y estaba, como vulgarmente se dice, con la
barba sobre el hombro, supo al instante su partida, y llamó a consejo a
la lavanderilla y a la doncella.
Luego que las tuvo presentes, les dijo muy angustiada:
--Mi situación es terrible. Tres veces he ido inútilmente a tirar la
naranja debajo del árbol, desde donde la tiró la lavanderilla; pero la
naranja no ha querido guiarme al alcázar de mi amante. Ni le he visto,
ni he podido averiguar el modo de desencantarle. Sólo he averiguado, por
el _Almanaque astronómico_, que la noche en que la lavanderilla le vio,
era el equinoccio de primavera. Acaso no sea posible volver a verle
hasta el próximo equinoccio de la misma estación, y ya para entonces el
Príncipe tártaro me le habrá muerto. El Príncipe tártaro le matará en
cuanto reciba la carta de su padre, y ya ha salido a buscarla con
cuarenta de los suyos.
--No os aflijáis, hermosa Princesa--dijo la doncella favorita;--tres
partidas de cien hombres están esperando a los mensajeros en diferentes
puntos para arrebatarles la carta y traérosla. Los trescientos son
briosos, llevan armas de finísimo temple, y no se dejarán vencer por el
Príncipe tártaro a pesar de sus artes mágicas.
--Sin embargo, yo soy de opinión--añadió la lavandera--de que se envíen
más hombres contra el Príncipe tártaro. Aunque éste, a la verdad, sólo
lleva cuarenta consigo, todos ellos, según se dice, tienen corazas y
flechas encantadas, que a cada uno le hacen valer por diez.
El prudente consejo de la lavandera fue adoptado en seguida. La Princesa
hizo venir secretamente a su estancia al más bizarro y entendido general
de su padre. Le contó todo lo que pasaba, le confió sus penas, y le
pidió su apoyo. Éste se le otorgó, y reuniendo apresuradamente un
numeroso escuadrón de soldados, salió de la capital decidido a morir en
la demanda o traer a la Princesa la carta del Kan de Tartaria y al hijo
del Kan, vivo o muerto.
Después de la partida del general, la Princesa juzgó conveniente
informar al _Rey Venturoso_ de cuanto había acontecido. El Rey se puso
fuera de sí. Dijo que toda la historia del pájaro verde era un sueño
ridículo de su hija y de la lavandera, y se lamentó de que, fundada su
hija en un sueño, enviase a tantos asesinos contra un Príncipe ilustre,
faltando a las leyes de la hospitalidad, al derecho de gentes y a todos
los preceptos morales.
--¡Ay hija!--exclamaba--tú has echado un sangriento borrón sobre mi
claro nombre, si esto no se remedia.
La Princesa se acongojó también, y se arrepintió de lo que había hecho.
A pesar de su vehemente amor al Príncipe de la China, prefería ya
dejarle eternamente encantado a que por su amor se derramase una sola
gota de sangre.
Así es que enviaron despachos al general para que no empeñase una
batalla; pero todo fue inútil. El general había ido tan veloz, que no
hubo medio de alcanzarle. Entonces aún no había telégrafos, y los
despachos no pudieron entregarse. Cuando llegaron los correos donde
estaba el general, vieron venir huyendo a todos los soldados del Rey y
los imitaron. Los cuarenta de la escolta tártara, que eran otros tantos
genios, corrían en su persecución trasformados en espantosos vestiglos,
que arrojaban fuego por la boca.
Sólo el general, cuya bizarría, serenidad y destreza en las armas rayaba
en lo sobrehumano, permaneció impávido en medio de aquel terror harto
disculpable. El general se fue hacia el Príncipe, único enemigo no
fantástico con quien podía habérselas, y empezó a reñir con él la más
brava y descomunal pelea. Pero las armas del Príncipe tártaro estaban
encantadas, y el general no podía herirle. Conociendo entonces que era
imposible acabar con él si no recurría a una estratajema, se apartó un
buen trecho de su contrario, se desató rápidamente una larga y fuerte
faja de seda que le ceñía el talle, hizo con ella, sin ser notado, un
lazo escurridizo, y revolviendo sobre el Príncipe con inaudita
velocidad, le echó al cuello el lazo, y siguió con su caballo a todo
correr, haciendo caer al Príncipe y arrastrándole en la carrera.
De esta suerte ahogó el general al Príncipe tártaro. No bien murió, los
genios desaparecieron, y los soldados del _Rey Venturoso_ se rehicieron
y reunieron a su jefe. Este esperó con ellos a los enviados que traían
la carta del Kan de Tartaria, y que no se hicieron esperar mucho tiempo.
Al anochecer de aquel mismo día volvió a entrar el general en el palacio
del _Rey Venturoso_ con la carta del Kan de Tartaria entre las manos.
Haciendo un gentil y respetuoso saludo, se la entregó a la Princesa.
Rompió ésta el sello y se puso a leer, pero inútilmente: no entendió una
palabra. Al _Rey Venturoso_ le sucedió lo mismo. Llamaron a todos los
empleados en la interpretación de lenguas, que no descifraron tampoco
aquella escritura. Los individuos de las doce reales academias vinieron
luego y no se mostraron más hábiles.
Los siete sabios, tan profundos en lingüística, que acababan de llegar
sin el ave fénix, y que _por ende_ estaban condenados a morir, acudieron
también; mas, aunque se les prometió el perdón si leían aquella carta,
no acertaron a leerla, ni pudieron decir en qué lengua estaba escrita.
El _Rey Venturoso_ se creyó entonces el más desventurado de todos los
reyes; se lamentó de haber sido cómplice en un crimen inútil, y temió la
venganza del poderoso Kan de Tartaria. Aquella noche no pudo pegar los
ojos hasta muy tarde.
Su dolor fue, con todo, mucho más desesperado, cuando al despertarse al
otro día muy de mañana supo que la Princesa había desaparecido,
dejándole escritas las siguientes palabras:
«Padre, ni me busques, ni pretendas averiguar adonde voy, si no quieres
verme muerta. Bástete saber que vivo y que estoy bien de salud, aunque
no volverás a verme hasta que tenga descifrada la carta misteriosa del
Kan y desencantado a mi querido Príncipe. Adiós.»