V.

Mientras acontecían, en sueño o en realidad los poco ordinarios sucesos

que quedan referidos, la __Princesa Venturosa__, fatigada de tanto llorar,

estaba durmiendo tranquilamente, y aunque eran ya las ocho de la mañana,

hora en que todo el mundo solía estar levantado y aun almorzado en

aquella época, la Princesita, sin dar acuerdo de su persona, seguía en

la cama.

Muy interesante juzgó, sin duda, su doncella favorita las nuevas que le

traía, cuando se atrevió a despertarla. Entró en su alcoba, abrió la

ventana y exclamó con alborozo:

--Señora, señora, despertad y alegraos, que ya hay quien os traiga

nuevas del pájaro verde.

La Princesa se despertó, se restregó los ojos, se incorporó y dijo:

--¿Han vuelto los siete sabios que fueron al país sabeo?

--Nada de eso, contestó la doncella; quien trae las nuevas es una de las

lavanderillas que lavan los lacrimosos pañuelos de V. A.

--Pues hazla entrar al momento.

Entró la lavanderilla, que estaba ya detrás de una puerta aguardando

este permiso, y empezó a referir con gran puntualidad y despejo cuanto

le había pasado.

Al oír la aparición del pájaro verde, la Princesa se llenó de júbilo, y

al escuchar su salida del agua convertido en hermoso Príncipe, se puso

encendida como la grana, una celestial y amorosa sonrisa vagó sobre sus

labios, y sus ojos se cerraron blandamente como para reconcentrarse ella

en sí misma y ver al Príncipe con los ojos del alma. Por último, al

saber la mucha estima, veneración y afecto que el Príncipe le tenía, y

el amor y cuidado con que guardaba las tres prendas robadas en la

preciosa cajita de sus entretenimientos, la Princesita, a pesar de su

modestia, no pudo contenerse, abrazó y besó a la lavanderilla y a la

doncella, e hizo otros extremos no menos disculpables, inocentes y

delicados.

--Ahora sí, decía, que puedo llamarme propiamente la Princesa

Venturosa. Este capricho de poseer el pájaro verde no era capricho, era

amor. Era, y es un amor, que por oculto y no acostumbrado camino, ha

penetrado en mi corazón. No he visto al Príncipe, y creo que es hermoso.

No le he hablado, y presumo que es discreto. No sé de los sucesos de su

vida, sino que está encantado y que me tiene encantada, y doy por cierto

que es valiente, generoso y leal.

--Señora, dijo la lavanderilla, yo puedo asegurar a V. A. que el

Príncipe, si mi visión no es un sueño vano, parece un pino de oro, y

tiene una cara tan bondadosa y dulce que da gloria verla. El secretario

no es mal mozo tampoco; pero al que yo, no sé por qué, le he tomado

afición, es al escudero.

--Tú te casarás con el escudero, replicó la Princesa. Mi doncella, si

gusta, se casará con el secretario, y ambas seréis mandarinas y damas de

mi corte. Tu sueño no ha sido sueño, sino realidad. El corazón me lo

dice. Lo que importa ahora es desencantar a los tres pájaros mancebos.

--¿Y cómo podremos desencantarlos? dijo la doncella favorita.

--Yo misma, contestó la Princesa, iré al palacio en que viven y allí

veremos. Tú me guiarás, lavanderilla.

Ésta, que no había terminado su narración, la terminó entonces, e hizo

ver que no podía servir de guía.

La Princesa la escuchó con mucha atención, estuvo meditando un rato, y

dijo luego a la doncella.

--Ve a mi biblioteca y tráeme el libro de _Los Reyes contemporáneos_ y el

_Almanaque astronómico_.

Venidos que fueron estos volúmenes, hojeó la Princesa el de Los Reyes, y

leyó en alta voz los siguientes renglones:

«El mismo día en que murió el Emperador chinesco, su único hijo, que

debía heredarle, desapareció de la corte y de todo el imperio. Sus

súbditos, creyéndole muerto, han tenido que someterse al Kan de

Tartaria.»

--¿Qué deducís de eso, señora? dijo la doncella.

--¿Qué he de deducir, respondió la __Princesa Venturosa__, sino que el Kan

de Tartaria es quien tiene encantado a mi Príncipe para usurparle la

corona? He ahí por qué aborrezco yo tanto al Príncipe tártaro. Ahora me

lo explico todo.

--Pero no basta explicarlo; menester es remediarlo, dijo la lavandera.

--De ello trato--añadió la Princesa--y para ello conviene que al

instante se manden hombres armados, que inspiren la mayor confianza, a

todos los caminos y encrucijadas por donde puedan venir los correos que

envió el Príncipe tártaro al Rey su padre, para consultarle sobre el

caso del pájaro verde. Las cartas que trajeren les serán arrebatadas y

se me entregarán. Si los mensajeros se resisten, serán muertos; si

ceden, serán aprisionados e incomunicados, a fin de que nadie sepa lo

que acontece. Ni el Rey mi padre ha de saberlo. Todo lo dispondremos

entre las tres con el mayor sigilo. Aquí tenéis dinero bastante para

comprar el silencio, la fidelidad y la energía de los hombres que han de

ejecutar mi proyecto.

Y efectivamente, la Princesa, que ya se había levantado y estaba de bata

y en babuchas, sacó de un escaparate dos grandes bolsas llenas de oro, y

se las dio a sus confidentas.

Éstas partieron sin tardanza a poner en ejecución lo convenido, y la

__Princesa Venturosa__ se quedó estudiando profundamente el _Almanaque

astronómico_.

Cuentos y diálogos · 第 11 / 55 题