Refieren las crónicas que vamos extractando que, terminado ya aquel
opíparo y poco alegre festín, el Príncipe de las esmeraldas, volviendo
en sí como de un sueño, alzó la voz y dijo:
--Secretario, tráeme la cajita de mis entretenimientos.
El secretario se levantó de la mesa y volvió de allí a poco con la
cajita más preciosa que han visto ojos mortales. Aquella en que encerró
Alejandro la _Iliada_ era, en comparación de ésta, más chapucera y pobre
que una caja de turrón de Jijona.
El Príncipe tomó la cajita en sus manos, la abrió y estuvo largo rato
contemplando con ojos amorosos lo que había en el fondo de ella. Metió
luego la mano en la cajita y sacó un cordón. Lo besó apasionadamente,
derramó sobre él lágrimas de ternura y prorrumpió en estas palabras:
¡Ay cordoncito de mi señora!
¡Quién la viera ahora!
Colocó de nuevo el cordón en la cajita, y sacó de ella una liga bordada
y muy limpia. La besó, la acarició también y exclamó al besarla:
¡Ay linda liga de mi señora!
¡Quién la viera ahora!
Sacó, por último, un precioso guardapelo, y si mucho había besado cordón
y liga, más le besó y más le acarició aún, diciendo con acento
tristísimo, que partía los corazones y hasta las peñas:
¡Ay guardapelo de mi señora!
¡Quién la viera ahora!
A poco el Príncipe y los dos familiares se retiraron a sus alcobas, y la
lavanderilla no se atrevió a seguirlos. Viéndose sola en el comedor, se
acercó a la mesa, donde aún estaban casi intactos los ricos manjares,
los confites, las frutas y los generosos y chispeantes vinos; pero el
recuerdo de la voz misteriosa y de la mano invisible la detenían, y la
obligaban a contentarse con mirar y oler.
Para gozar de este incompleto deleite, se acercó tanto a los manjares,
que vino a ponerse entre la mesa y la silla del Príncipe. Entonces
sintió, no ya una, sino dos manos invisibles que le caían sobre los
hombros oprimiéndola. La voz misteriosa le dijo:
--Siéntate y come.
En efecto, se bailó sentada en la misma silla del Príncipe; y, ya
autorizada por la voz, se puso a comer con un apetito extraordinario,
que la novedad y lo exquisito de la comida hacían mayor aún, y comiendo
se quedó profundamente dormida.
Cuando despertó, era muy de día. Abrió los ojos, y se encontró en medio
del campo, tendida al pié del árbol donde había querido comerse la
naranja. Allí estaba la ropa que había traído del río, y hasta la
naranja corredora estaba allí también.
--¿Si habrá sido todo un sueño? dijo para sí la lavanderilla. Quisiera
volver al palacio del Príncipe de la China para cerciorarme de que
aquellas magnificencias son reales y no soñadas.
Diciendo esto, tiró al suelo la naranja para ver si le mostraba
nuevamente el camino; pero la naranja rodaba un poco, y luego se detenía
en cualquiera hoyo o tropiezo, o cuando el impulso con que se movía
dejaba de ser eficaz. En suma, la naranja hacía lo que hacen de
ordinario, en idénticas circunstancias, todas las naranjas naturales. Su
conducta no tenía nada de extraño ni de maravilloso.
Despechada entonces la muchacha, partió la naranja y vio que por dentro
era como las demás. Se la comió, y le supo a lo mismo que cuantas
naranjas había comido antes.
Ya apenas dudó de que había soñado.--Ningún objeto tengo, añadió, con
que convencerme a mí propia de la realidad de lo que he visto; mas iré a
ver a la Princesa y se lo contaré todo, por lo que pueda importarle.