Una de estas lavanderas, que era, valiéndonos de cierta expresión a la
moda, una pollita muy simpática, volvía un día, al anochecer, de lavar
en el río los lacrimosos pañuelos de la Princesa.
En medio del camino, y muy distante aún de las puertas de la ciudad, se
sintió algo cansada y se sentó al pié de un árbol. Sacó del bolsillo una
naranja; y ya iba a mondarla para comérsela, cuando se le escapó de las
manos y empezó a rodar por aquella cuesta abajo con singular ligereza.
La muchachuela corrió en pos de su naranja; pero mientras más corría,
más la naranja se adelantaba, sin que jamás se parase y sin que ella
llegase a alcanzarla en la carrera, si bien no la perdía de vista.
Cansada de correr, y sospechando, aunque poco experimentada en las
cosas del mundo, que aquella naranja tan corredora no era del todo
natural, la pobre se detenía a veces y pensaba en desistir de su empeño;
pero la naranja al punto se detenía también, como si ya hubiese cesado
en su movimiento y convidase a su dueño a que de nuevo la cogiese.
Llegaba ella a tocarla con la mano, y la naranja se le deslizaba otra
vez y continuaba su camino.
Embelesada estaba la lavanderilla en tan inaudita persecución, cuando
notó al fin que se hallaba en un bosque intrincado, y que la noche se le
venía encima, oscura como boca de lobo. Entonces tuvo miedo, y rompió en
desconsoladísimo llanto. La oscuridad creció rápidamente, y ya no le
permitió ni ver la naranja, ni orientarse, ni dar con el camino para
volverse atrás.
Iba pues, vagando a la ventura, afligidísima y muerta de hambre y
cansancio, cuando columbró no muy lejos unas brillantes lucecitas.
Imaginó ser las de la ciudad; dio gracias a Dios, y enderezó sus pasos
hacia aquellas luces. Pero cuán grande no sería su sorpresa al
encontrarse, a poco trecho y sin salir del intrincado bosque, a las
puertas de un suntuosísimo palacio, que parecía un ascua de oro por lo
que brillaba, y en cuya comparación pasaría por una pobre choza el
espléndido alcázar del _Rey Venturoso_.
No había guardia, ni portero, ni criados que impidiesen la entrada, y la
chica, que no era corta, y que además sentía el estímulo de la
curiosidad y el deseo de albergarse y de comer algo, traspasó los
umbrales, subió por una ancha y lujosa escalera de bruñido jaspe, y
empezó a discurrir por los más ricos y elegantes salones que imaginarse
pueden, aunque siempre sin ver a nadie. Los salones estaban, sin
embargo, profusamente iluminados por mil lámparas de oro, cuyo perfumado
aceite difundía suavísima fragancia. Los primorosos objetos, que en los
salones había, eran para espantar por su riqueza y exquisito gusto, no
ya a la lavanderilla, que poco de esto había disfrutado, sino a la
mismísima reina Victoria, que hubiera confesado la relativa inferioridad
de la industria inglesa, y hubiera dado patentes y medallas a los
inventores y fabricantes de todos aquellos artículos.
La lavandera los admiró a su sabor, y admirándolos se fue poco a poco
hacia un sitio de donde salía un rico olorcillo de viandas muy suculento
y delicioso. De esta suerte llegó a la cocina; pero ni jefe, ni
sota-cocineros, ni pinches, ni fregatrices había en ella; todo estaba
desierto, como el resto del palacio. Ardían, no obstante, el fogón, el
horno y las hornillas, y en ellos estaban al fuego infinito número de
peroles, cacerolas y otras vasijas. Levantó nuestra aventurera la
cubierta de una cacerola y vio en ella unas anguilas; levantó otra y vio
una cabeza de jabalí desosada y rellena de pechugas de faisanes y de
trufas; en resolución, vio los manjares más exquisitos que se presentan
en las mesas de los reyes, emperadores y papas: y hasta vio algunos
platos, al lado de los cuales los imperiales, papales y regios, serían
tan groseros, como al lado de estos un potaje de judías o un gazpacho.
Animada la chica con lo que veía y olía, se armó de un cuchillo y de un
trinchante, y se lanzó con resolución sobre la cabeza de jabalí. Mas
apenas hubo llegado a ella, recibió en sus manos un golpe, dado al
parecer por otra poderosa e invisible, y oyó una voz que le decía, tan
de cerca que sintió la agitación del aire y el aliento caliente y vivo
de las palabras:
--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!
Se dirigió entonces a unas truchas salmonadas, creyéndolas manjar menos
principesco y que le dejarían comer; pero la mano invisible vino de
nuevo a castigar su atrevimiento, y la voz misteriosa a repetirle:
--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!
Tentó, por último, mejor fortuna en tercero, cuarto y quinto plato, pero
siempre le aconteció lo propio; así tuvo con harta pena que resignarse a
ayunar, y se salió despechada de la cocina.
Volvió luego a recorrer los salones, donde reinaba siempre la misma
misteriosa soledad y donde el más profundo silencio parecía tener su
morada, y llegó a una alcoba lindísima, en la cual sólo dos o tres
luces, encerradas y amortecidas en vasos de alabastro, derramaban una
claridad indecisa y voluptuosa, que estaba convidando al reposo y al
sueño. Había en esta alcoba una cama tan cómoda y mullida, que nuestra
lavandera, que estaba cansadísima, no pudo resistir a la tentación de
tenderse en ella y descansar. Iba a poner en ejecución su propósito, y
ya se había sentado y se disponía a tenderse, cuando en la parte misma
de su cuerpo con que acababa de tocar la cama, sintió una dolorosa
picadura, como si con un alfiler de a ochavo la punzasen, y oyó de nuevo
una voz que decía:
--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!
No hay que decir que la lavanderilla se asustó y afligió con esto,
resignándose a no dormir, como a no comer se había ya resignado; y para
distraer el hambre y el sueño se puso a registrar cuantos objetos había
en la alcoba, llevando su curiosidad hasta levantar las colgaduras y los
tapices.
Detrás de uno de éstos descubrió nuestra heroína una primorosa
puertecilla secreta de sándalo, con embutidos de nácar. La empujó
suavemente, y cediendo la puerta, se encontró en una escalera de
caracol, de mármol blanco. Por ella bajó sin detenerse a uno como
invernáculo, donde crecían las plantas y las flores más aromáticas y
extrañas, y en cuyo centro había una taza inmensa, hecha, al parecer, de
un solo, limpio y diáfano topacio. Se levantaba del medio de la taza un
surtidor tan gigantesco como el que hay ahora en la Puerta del Sol, pero
con la diferencia de que el agua del de la Puerta del Sol es natural y
ordinaria, y la de éste era agua de olor, y tenía, además, en sí misma
todos las colores del iris y luz propia, lo cual, como ya calculará el
lector, le daba un aspecto sumamente agradable.--Hasta el murmullo que
hacía esta agua al caer tenía algo de más musical y acordado que el que
producen otras, y se diría que aquel surtidor cantaba alguna de las más
enamoradas canciones de Mozart o de Bellini.
Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de
aquella armonía, cuando oyó un grande estrépito y vio abrirse una
ventana de cristales.
La lavandera se escondió precipitadamente detrás de una masa de verdura,
a fin de no ser vista y poder ver a las personas o seres, que sin duda
se acercaban.
Éstos eran tres pájaros rarísimos y lindísimos, uno de ellos todo verde,
y brillante como una esmeralda. En él creyó ver la lavandera, con
notable contento, al que era causa, según todo el mundo aseguraba, de la
pertinaz dolencia de la __Princesa Venturosa__. Los otros dos pájaros no
eran, ni con mucho, tan bellos; pero tampoco carecían de mérito
singular. Los tres venían con muy ligero vuelo, y los tres se abatieron
sobre la taza de topacio y se zambulleron en ella.
A poco rato vio la lavandera que del seno diáfano del agua salían tres
mancebos tan lindos, bien formados y blancos, que parecían estatuas
peregrinas hechas por mano maestra, con mármol teñido de rosas. La
chica, que en honor de la verdad se debe decir que jamás había visto
hombres desnudos, y que de ver a su padre, a sus hermanos y a otros
amigos, vestidos y mal vestidos, no podía deducir hasta dónde era capaz
de elevarse la hermosura humana masculina, se figuró que miraba a tres
genios inmortales o a tres ángeles del cielo. Así es, que sin
ruborizarse, los siguió mirando con bastante complacencia, como objetos
santos y nada pecaminosos. Pero los tres salieron al punto del agua, y
pronto se vistieron de elegantes ropas.
Uno de ellos, el más hermoso de los tres, llevaba sobre la cabeza una
diadema de esmeraldas y era acatado de los otros, como señor soberano.
Si desnudo le pareció a la lavanderilla un ángel o un genio por la
hermosura, ya vestido la deslumbró con su majestad, y le pareció el
emperador del mundo y el príncipe más adorable de la tierra.
Aquellos señores se dirigieron en seguida al comedor y se sentaron en
una espléndida mesa, donde había tres cubiertos preparados. Una música
sumisa e invisible les hizo salva al llegar y les regaló los oídos
mientras comían. Criados, invisibles también, iban trayendo los platos
y sirviendo admirablemente la mesa. Todo esto lo veía y notaba la
lavanderilla, que sin ser vista ni oída, había seguido a aquellos
señores, y estaba escondida en el comedor detrás de un cortinaje.
Desde allí pudo oír algo de la conversación, y comprender que el más
hermoso de los mancebos era el Príncipe heredero del grande imperio de
la China, y los otros dos, el uno su secretario y el otro su escudero
más querido; los cuales estaban encantados y transformados en pájaros
durante todo el día, y sólo por la noche recobraban su ser natural,
previo el baño de la fuente.
Notó, asimismo, la curiosa lavandera que el Príncipe de las esmeraldas
apenas comía, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se
mostraba melancólico y arrobado, exhalando a veces delo más hondo del
hermosísimo pecho un ardiente suspiro.