III

Una de estas lavanderas, que era, valiéndonos de cierta expresión a la

moda, una pollita muy simpática, volvía un día, al anochecer, de lavar

en el río los lacrimosos pañuelos de la Princesa.

En medio del camino, y muy distante aún de las puertas de la ciudad, se

sintió algo cansada y se sentó al pié de un árbol. Sacó del bolsillo una

naranja; y ya iba a mondarla para comérsela, cuando se le escapó de las

manos y empezó a rodar por aquella cuesta abajo con singular ligereza.

La muchachuela corrió en pos de su naranja; pero mientras más corría,

más la naranja se adelantaba, sin que jamás se parase y sin que ella

llegase a alcanzarla en la carrera, si bien no la perdía de vista.

Cansada de correr, y sospechando, aunque poco experimentada en las

cosas del mundo, que aquella naranja tan corredora no era del todo

natural, la pobre se detenía a veces y pensaba en desistir de su empeño;

pero la naranja al punto se detenía también, como si ya hubiese cesado

en su movimiento y convidase a su dueño a que de nuevo la cogiese.

Llegaba ella a tocarla con la mano, y la naranja se le deslizaba otra

vez y continuaba su camino.

Embelesada estaba la lavanderilla en tan inaudita persecución, cuando

notó al fin que se hallaba en un bosque intrincado, y que la noche se le

venía encima, oscura como boca de lobo. Entonces tuvo miedo, y rompió en

desconsoladísimo llanto. La oscuridad creció rápidamente, y ya no le

permitió ni ver la naranja, ni orientarse, ni dar con el camino para

volverse atrás.

Iba pues, vagando a la ventura, afligidísima y muerta de hambre y

cansancio, cuando columbró no muy lejos unas brillantes lucecitas.

Imaginó ser las de la ciudad; dio gracias a Dios, y enderezó sus pasos

hacia aquellas luces. Pero cuán grande no sería su sorpresa al

encontrarse, a poco trecho y sin salir del intrincado bosque, a las

puertas de un suntuosísimo palacio, que parecía un ascua de oro por lo

que brillaba, y en cuya comparación pasaría por una pobre choza el

espléndido alcázar del _Rey Venturoso_.

No había guardia, ni portero, ni criados que impidiesen la entrada, y la

chica, que no era corta, y que además sentía el estímulo de la

curiosidad y el deseo de albergarse y de comer algo, traspasó los

umbrales, subió por una ancha y lujosa escalera de bruñido jaspe, y

empezó a discurrir por los más ricos y elegantes salones que imaginarse

pueden, aunque siempre sin ver a nadie. Los salones estaban, sin

embargo, profusamente iluminados por mil lámparas de oro, cuyo perfumado

aceite difundía suavísima fragancia. Los primorosos objetos, que en los

salones había, eran para espantar por su riqueza y exquisito gusto, no

ya a la lavanderilla, que poco de esto había disfrutado, sino a la

mismísima reina Victoria, que hubiera confesado la relativa inferioridad

de la industria inglesa, y hubiera dado patentes y medallas a los

inventores y fabricantes de todos aquellos artículos.

La lavandera los admiró a su sabor, y admirándolos se fue poco a poco

hacia un sitio de donde salía un rico olorcillo de viandas muy suculento

y delicioso. De esta suerte llegó a la cocina; pero ni jefe, ni

sota-cocineros, ni pinches, ni fregatrices había en ella; todo estaba

desierto, como el resto del palacio. Ardían, no obstante, el fogón, el

horno y las hornillas, y en ellos estaban al fuego infinito número de

peroles, cacerolas y otras vasijas. Levantó nuestra aventurera la

cubierta de una cacerola y vio en ella unas anguilas; levantó otra y vio

una cabeza de jabalí desosada y rellena de pechugas de faisanes y de

trufas; en resolución, vio los manjares más exquisitos que se presentan

en las mesas de los reyes, emperadores y papas: y hasta vio algunos

platos, al lado de los cuales los imperiales, papales y regios, serían

tan groseros, como al lado de estos un potaje de judías o un gazpacho.

Animada la chica con lo que veía y olía, se armó de un cuchillo y de un

trinchante, y se lanzó con resolución sobre la cabeza de jabalí. Mas

apenas hubo llegado a ella, recibió en sus manos un golpe, dado al

parecer por otra poderosa e invisible, y oyó una voz que le decía, tan

de cerca que sintió la agitación del aire y el aliento caliente y vivo

de las palabras:

--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!

Se dirigió entonces a unas truchas salmonadas, creyéndolas manjar menos

principesco y que le dejarían comer; pero la mano invisible vino de

nuevo a castigar su atrevimiento, y la voz misteriosa a repetirle:

--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!

Tentó, por último, mejor fortuna en tercero, cuarto y quinto plato, pero

siempre le aconteció lo propio; así tuvo con harta pena que resignarse a

ayunar, y se salió despechada de la cocina.

Volvió luego a recorrer los salones, donde reinaba siempre la misma

misteriosa soledad y donde el más profundo silencio parecía tener su

morada, y llegó a una alcoba lindísima, en la cual sólo dos o tres

luces, encerradas y amortecidas en vasos de alabastro, derramaban una

claridad indecisa y voluptuosa, que estaba convidando al reposo y al

sueño. Había en esta alcoba una cama tan cómoda y mullida, que nuestra

lavandera, que estaba cansadísima, no pudo resistir a la tentación de

tenderse en ella y descansar. Iba a poner en ejecución su propósito, y

ya se había sentado y se disponía a tenderse, cuando en la parte misma

de su cuerpo con que acababa de tocar la cama, sintió una dolorosa

picadura, como si con un alfiler de a ochavo la punzasen, y oyó de nuevo

una voz que decía:

--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!

No hay que decir que la lavanderilla se asustó y afligió con esto,

resignándose a no dormir, como a no comer se había ya resignado; y para

distraer el hambre y el sueño se puso a registrar cuantos objetos había

en la alcoba, llevando su curiosidad hasta levantar las colgaduras y los

tapices.

Detrás de uno de éstos descubrió nuestra heroína una primorosa

puertecilla secreta de sándalo, con embutidos de nácar. La empujó

suavemente, y cediendo la puerta, se encontró en una escalera de

caracol, de mármol blanco. Por ella bajó sin detenerse a uno como

invernáculo, donde crecían las plantas y las flores más aromáticas y

extrañas, y en cuyo centro había una taza inmensa, hecha, al parecer, de

un solo, limpio y diáfano topacio. Se levantaba del medio de la taza un

surtidor tan gigantesco como el que hay ahora en la Puerta del Sol, pero

con la diferencia de que el agua del de la Puerta del Sol es natural y

ordinaria, y la de éste era agua de olor, y tenía, además, en sí misma

todos las colores del iris y luz propia, lo cual, como ya calculará el

lector, le daba un aspecto sumamente agradable.--Hasta el murmullo que

hacía esta agua al caer tenía algo de más musical y acordado que el que

producen otras, y se diría que aquel surtidor cantaba alguna de las más

enamoradas canciones de Mozart o de Bellini.

Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de

aquella armonía, cuando oyó un grande estrépito y vio abrirse una

ventana de cristales.

La lavandera se escondió precipitadamente detrás de una masa de verdura,

a fin de no ser vista y poder ver a las personas o seres, que sin duda

se acercaban.

Éstos eran tres pájaros rarísimos y lindísimos, uno de ellos todo verde,

y brillante como una esmeralda. En él creyó ver la lavandera, con

notable contento, al que era causa, según todo el mundo aseguraba, de la

pertinaz dolencia de la __Princesa Venturosa__. Los otros dos pájaros no

eran, ni con mucho, tan bellos; pero tampoco carecían de mérito

singular. Los tres venían con muy ligero vuelo, y los tres se abatieron

sobre la taza de topacio y se zambulleron en ella.

A poco rato vio la lavandera que del seno diáfano del agua salían tres

mancebos tan lindos, bien formados y blancos, que parecían estatuas

peregrinas hechas por mano maestra, con mármol teñido de rosas. La

chica, que en honor de la verdad se debe decir que jamás había visto

hombres desnudos, y que de ver a su padre, a sus hermanos y a otros

amigos, vestidos y mal vestidos, no podía deducir hasta dónde era capaz

de elevarse la hermosura humana masculina, se figuró que miraba a tres

genios inmortales o a tres ángeles del cielo. Así es, que sin

ruborizarse, los siguió mirando con bastante complacencia, como objetos

santos y nada pecaminosos. Pero los tres salieron al punto del agua, y

pronto se vistieron de elegantes ropas.

Uno de ellos, el más hermoso de los tres, llevaba sobre la cabeza una

diadema de esmeraldas y era acatado de los otros, como señor soberano.

Si desnudo le pareció a la lavanderilla un ángel o un genio por la

hermosura, ya vestido la deslumbró con su majestad, y le pareció el

emperador del mundo y el príncipe más adorable de la tierra.

Aquellos señores se dirigieron en seguida al comedor y se sentaron en

una espléndida mesa, donde había tres cubiertos preparados. Una música

sumisa e invisible les hizo salva al llegar y les regaló los oídos

mientras comían. Criados, invisibles también, iban trayendo los platos

y sirviendo admirablemente la mesa. Todo esto lo veía y notaba la

lavanderilla, que sin ser vista ni oída, había seguido a aquellos

señores, y estaba escondida en el comedor detrás de un cortinaje.

Desde allí pudo oír algo de la conversación, y comprender que el más

hermoso de los mancebos era el Príncipe heredero del grande imperio de

la China, y los otros dos, el uno su secretario y el otro su escudero

más querido; los cuales estaban encantados y transformados en pájaros

durante todo el día, y sólo por la noche recobraban su ser natural,

previo el baño de la fuente.

Notó, asimismo, la curiosa lavandera que el Príncipe de las esmeraldas

apenas comía, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se

mostraba melancólico y arrobado, exhalando a veces delo más hondo del

hermosísimo pecho un ardiente suspiro.

Cuentos y diálogos · 第 9 / 55 题