II

Aconteció, pues, que la Princesa, en una hermosa mañana de primavera,

estaba en su tocador. La doncella favorita peinaba sus dorados, largos y

suavísimos cabellos. Las puertas de un balcón, que daba al jardín,

estaban abiertas para dejar entrar el vientecillo fresco y con él el

aroma de las flores.

Parecía la Princesa melancólica y pensativa y no dirigía ni una palabra

a su sierva.

Ésta tenía ya entre sus manos el cordón con que se disponía a enlazar la

áurea crencha de su ama, cuando a deshora entró por el balcón un

preciosísimo pájaro, cuyas plumas parecían de esmeralda, y cuya gracia

en el vuelo dejó absortas a la señora y a su sirvienta. El pájaro,

lanzándose rápidamente sobre esta última, le arrebató de las manos el

cordón, y volvió a salir volando de aquella estancia.

Todo fue tan instantáneo que la Princesa apenas tuvo tiempo de ver al

pájaro, pero su atrevimiento y su hermosura le causaron la más extraña

impresión.

Pocos días después, la Princesa, para distraer sus melancolías, tejía

una danza con sus doncellas, en presencia de los Príncipes. Estaban

todos en los jardines y la miraban embelesados. De pronto sintió la

Princesa que se le desataba una liga, y suspendiendo el baile, se

dirigió con disimulo a un bosquecillo cercano para atársela de nuevo.

Descubierta tenía ya S. A. la bien torneada pierna, había estirado ya la

blanca media de seda, y se preparaba a sujetarla con la liga que tenía

en la mano, cuando oyó un ruido de alas, y vio venir hacia ella el

pájaro verde, que le arrebató la liga en el ebúrneo pico y desapareció

al punto. La Princesa dio un grito y cayó desmayada.

Acudieron los pretendientes y su padre. Ella volvió en sí, y lo primero

que dijo fue:--«¡Que me busquen al pájaro verde... que me le traigan

vivo... que no le maten... yo quiero poseer vivo al pájaro verde!»

Mas en balde le buscaron los Príncipes. En balde, a pesar de lo

mandado por la Princesa de que no se pensase en matar al pájaro verde,

se soltaron contra él neblíes, sacres, gerifaltes y hasta águilas

caudales, domesticadas y adiestradas en la cetrería. El pájaro verde no

pareció ni vivo ni muerto.

El deseo no cumplido de poseerle atormentaba a la Princesa y acrecentaba

su mal humor. Aquella noche no pudo dormir. Lo mejor que pensaba de los

Príncipes era que no valían para nada.

Apenas vino el día, se alzó del lecho, y en ligeras ropas de levantar,

sin corsé ni miriñaque, más hermosa e interesante en aquel _deshabillé_,

pálida y ojerosa, se dirigió con su doncella, favorita a lo más frondoso

del bosque que estaba a la espalda de palacio, y donde se alzaba el

sepulcro de su madre. Allí se puso a llorar y a lamentar su suerte.--¿De

qué me sirven, decía, todas mis riquezas, si las desprecio; todos los

Príncipes del mundo, si no los amo; de qué mi reino, si no te tengo a

ti, madre mía; y de qué todos mis primores y joyas, si no poseo el

hermoso pájaro verde?

Con esto, y como para consolarse algo, desenlazó el cordón de su vestido

y sacó del pecho un rico guardapelo, donde guardaba un rizo de su madre,

que se puso a besar. Mas apenas empezó a besarle, cuando acudió más

rápido que nunca el pájaro verde, tocó con su ebúrneo pico los labios de

la Princesa, y arrebató el guardapelo, que durante tantos años había

reposado contra su corazón, y en tan oculto y deseado lugar había

permanecido. El robador desapareció en seguida, remontando el vuelo y

perdiéndose en las nubes.

Esta vez no se desmayó la Princesa; antes bien se paró muy colorada y

dijo a la doncella:--Mírame, mírame los labios; ese pájaro insolente me

los ha herido, porque me arden.

La doncella los miró y no notó picadura ninguna; pero indudablemente el

pájaro había puesto en ellos algo de ponzoña, porque el traidor no

volvió a aparecer en adelante, y la Princesa fue desmejorándose por

grados, hasta caer enferma de mucho peligro. Una fiebre singular la

consumía, y casino hablaba sino para decir:--Que no le maten... que me

le traigan vivo... yo quiero poseerle.

Los médicos estaban de acuerdo en que la única medicina para curar a la

Princesa, era traerle vivo el pájaro verde. Mas ¿dónde hallarle? Inútil

fue que le buscasen los más hábiles cazadores. Inútil que se ofreciesen

sumas enormes a quien le trajera.

El _Rey Venturoso_ reunió un gran congreso de sabios a fin de que

averiguasen, so pena de incurrir en su justa indignación, quién era y

dónde vivía el pájaro verde, cuyo recuerdo atormentaba a su hija.

Cuarenta días y cuarenta noches estuvieron lo sabios reunidos, sin cesar

de meditar y disertar sino para dormir un poco y alimentarse.

Pronunciaron muy doctos y elocuentes discursos, pero nada

averiguaron.--Señor, dijeron al cabo todos ellos al Rey, postrándose

humildemente a sus pies e hiriendo el polvo con las respetables frentes,

somos unos mentecatos; haz que nos ahorquen; nuestra ciencia es una

mentira: ignoramos quién sea el pájaro verde, y sólo nos atrevemos a

sospechar si será acaso el ave fénix del Arabia.

--Levantaos, contestó el Rey con notable magnanimidad, yo os perdono y

os agradezco la indicación sobre el ave fénix. Sin tardanza saldrán

siete de vosotros con ricos presentes para la reina de Sabá, y con todos

los recursos de que yo puedo disponer para cazar pájaros vivos. El fénix

debe de tener su nido en el país sabeo, y de allí habéis de traérmele,

si no queréis que mi cólera regia os castigue aunque tratéis de evitarla

escondiéndoos en las entrañas de la tierra.

En efecto, salieron para el Arabia siete sabios de los más versados en

lingüística, y entre ellos el Ministro de Negocios extranjeros, sobre lo

cual tuvo mucho que reír el Príncipe tártaro.

Este príncipe envió también cartas a su padre, que era el más famoso

encantador de aquella edad, consultándole sobre el caso del pájaro

verde.

La Princesa, en el ínterin, seguía muy mal de salud y lloraba tan

abundantes lágrimas, que diariamente empapaba en ellas más de cincuenta

pañuelos. Las lavanderas de palacio estaban con esto muy afanadas, y

como entonces ni la persona más poderosa tenía tanta ropa blanca como

ahora se usa, no hacían más que ir a lavar al río.

Cuentos y diálogos · 第 8 / 55 题