Hubo, en época muy remota de esta en que vivimos, un poderoso Rey, amado
con extremo de sus vasallos, y poseedor de un fertilísimo, dilatado y
populoso reino, allá en las regiones de Oriente. Tenía este Rey inmensos
tesoros y daba fiestas espléndidas. Asistían en su corte las más
gentiles damas y los más discretos y valientes caballeros que entonces
había en el mundo. Su ejército era numeroso y aguerrido. Sus naves
recorrían como en triunfo el Océano. Los parques y jardines, donde solía
cazar y holgarse, eran maravillosos por su grandeza y frondosidad, y por
la copia de alimañas y de aves que en ellos se alimentaban y vivían.
Pero ¿qué diremos de sus palacios y de lo que en sus palacios se
encerraba, cuya magnificencia excede a toda ponderación? Allí muebles
riquísimos, tronos de oro y de plata, y vajillas de porcelana, que era
entonces menos común que ahora; allí enanos, jigantes, bufones y otros
monstruos para solaz y entretenimiento de S. M.; allí cocineros y
reposteros profundos y eminentes, que cuidaban de su alimento corporal,
y allí no menos profundos y eminentes filósofos, poetas y
jurisconsultos, que cuidaban de dar pasto a su espíritu, que concurrían
a su consejo privado, que decidían las cuestiones más arduas de derecho,
que aguzaban y ejercitaban el ingenio con charadas y logogrifos, y que
cantaban las glorias de la dinastía en colosales epopeyas.
Los vasallos de este Rey le llamaban con razón _el Venturoso_. Todo iba
de bien en mejor durante su reinado. Su vida había sido un tejido de
felicidades, cuya brillantez empañaba solamente con negra sombra de
dolor la temprana muerte de la señora Reina, persona muy cabal y hermosa
a quien S. M. había querido con todo su corazón. Imagínate, lector, lo
que la lloraría, y más habiendo sido él, por el mismo acendrado cariño
que le tenía, causa inocente de su muerte.
Cuentan las historias de aquel país que ya llevaba el Rey siete años de
matrimonio sin lograr sucesión, aunque vehementemente la deseaba, cuando
ocurrieron unas guerras en país vecino. El Rey partió con sus tropas;
pero antes se despidió de la señora Reina con mucho afecto. Esta,
dándole un abrazo, le dijo al oído:--No se lo digas a nadie para que no
se rían si mis esperanzas no se logran, pero me parece que estoy en
cinta.
La alegría del Rey con esta nueva no tuvo límites, y como todo le sale
bien al que está alegre, él triunfó de sus enemigos en la guerra, mató
por su propia mano a tres o cuatro reyes que le habían hecho no sabemos
qué mala pasada, asoló ciudades, hizo cautivos, y volvió cargado de
botín y de gloria a la hermosa capital de su monarquía.
Habían pasado en esto algunos meses; así es que al atravesar el Rey con
gran pompa la ciudad, entre las aclamaciones y el aplauso de la multitud
y el repiqueteo de las campanas, la Reina estaba pariendo, y parió con
felicidad y facilidad, a pesar del ruido y agitación y aunque era
primeriza.
¡Qué gusto tan pasmoso no tendría S. M. cuando, al entrar en la real
cámara, el comadrón mayor del reino le presentó a una hermosa princesa
que acababa de nacer! El Rey dio un beso a su hija y se dirigió lleno de
júbilo, de amor y de satisfacción, al cuarto de la señora Reina, que
estaba en la cama tan colorada, tan fresca y tan bonita como una rosa de
Mayo.
--¡Esposa mía!--exclamó el Rey, y la estrechó entre sus brazos. Pero el
Rey era tan robusto y era tan viva la efusión de su ternura, que sin más
ni menos ahogó sin querer a la Reina. Entonces fueron los gritos, la
desesperación y el llamarse a sí propio animal, con otras elocuentes
muestras de doloroso sentimiento. Mas no por esto resucitó la Reina, la
cual, aunque muerta, estaba divina. Una sonrisa de inefable deleite se
diría que aún vagaba sobre sus labios. Por ellos, sin duda, había volado
el alma envuelta en un suspiro de amor, y orgullosa de haber sabido
inspirar cariño bastante para producir aquel abrazo. ¡Qué mujer
verdaderamente enamorada no envidiará la suerte de esta Reina!
El Rey probó el mucho cariño que le tenía, no sólo en vida de ella, sino
después de su muerte. Hizo voto de viudez y de castidad perpetuas, y
supo cumplirle. Mandó componer a los poetas una corona fúnebre, que aun
dicen que se tiene en aquel reino como la más preciosa joya de la
literatura nacional. La corte estuvo tres años de luto. Del mausoleo que
se levantó a la Reina sólo fue posteriormente el de Caria un mezquino
remedo.
Pero como, según dice el refrán, no hay mal que dure cien años, el Rey,
al cabo de un par de ellos, sacudió la melancolía, y se creyó tan
venturoso o más venturoso que antes. La Reina se le aparecía en sueños,
y le decía que estaba gozando de Dios, y la Princesita crecía y se
desarrollaba que era un contento.
Al cumplir la Princesita los quince años, era, por su hermosura,
entendimiento y buen trato, la admiración de cuantos la miraban y el
asombro de cuantos la oían. El Rey la hizo jurar heredera del trono, y
trató luego de casarla.
Más de quinientos correos de gabinete, caballeros en sendas cebras de
posta, salieron a la vez de la capital del reino con despachos para
otras tantas cortes, invitando a todos los príncipes a que viniesen a
pretender la mano de la Princesa, la cual había de escoger entre ellos
al que más le gustase.
La fama de su portentosa hermosura había recorrido ya el mundo todo; de
suerte que, apenas fueron llegando los correos a las diferentes cortes,
no había príncipe, por ruin y para poco que fuese, que no se decidiera a
ir a la capital del _Rey Venturoso_, a competir en justos, torneos y
ejercicios de ingenio por la mano de la Princesa. Cada cual pedía al Rey
su padre armas, caballos, su bendición y algún dinero, con lo cual al
frente de una brillante comitiva, se ponía en camino.
Era de ver cómo iban llegando a la corte de la Princesita todos estos
altos señores. Eran de ver los saraos que había entonces en los palacios
reales. Eran de admirar, por último, los enigmas que los príncipes se
proponían para mostrar la respectiva agudeza; los versos que escribían;
las serenatas que daban; los combates del arco, del pugilato y de la
lucha, y las carreras de carros y de caballos, en que procuraba cada
cual salir vencedor de los otros y ganarse el amor de la pretendida
novia.
Pero ésta, que a pesar de su modestia y discreción, estaba dotada, sin
poderlo remediar, de una índole arisca, descontentadiza y desamorada,
abrumaba a los príncipes con su desdén, y de ninguno de ellos se le
importaba un ardite. Sus discreciones le parecían frialdades, simplezas
sus enigmas, arrogancia sus rendimientos y vanidad o codicia de sus
riquezas el amor que le mostraban. Apenas se dignaba mirar sus
ejercicios caballerescos, ni oír sus serenatas, ni sonreír agradecida a
sus versos de amor. Los magníficos regalos, que cada cual le había
traído de su tierra, estaban arrinconados en un zaquizamí del regio
alcázar.
La indiferencia de la Princesa era glacial para todos los pretendientes.
Sólo uno, el hijo del Kan de Tartaria, había logrado salvarse de su
indiferencia para incurrir en su odio. Este Príncipe adolecía de una
fealdad sublime. Sus ojos eran oblicuos, las mejillas y la barba
salientes, crespo y enmarañado el pelo, rechoncho y pequeño el cuerpo,
aunque de titánica pujanza, y el genio intranquilo, mofador y orgulloso.
Ni las personas más inofensivas estaban libres de sus burlas, siendo
principal blanco de ellas el Ministro de Negocios extranjeros del _Rey
Venturoso_, cuya gravedad, entono y cortas luces, así como lo
detestablemente que hablaba el _sanscrito_, lengua diplomática de
entonces, se prestaban algo al escarnio y a los chistes.
Así andaban las cosas, y las fiestas de la corte eran más brillantes
cada día. Los Príncipes, sin embargo, se desesperaban de no ser
queridos; el _Rey Venturoso_ rabiaba al ver que su hija no acababa de
decidirse; y ésta continuaba erre que erre en no hacer caso de ninguno,
salvo del Príncipe tártaro, de quien sus pullas y declarado
aborrecimiento vengaban con usura al famoso ministro de su padre.