--Paréceme, señor don Rodrigo--respondió don Juan sin ambajes,--que

le ha sobrado la razón á mi compadre siempre que se ha resistido á

aliarse á nosotros para luchar en el poco limpio terreno á que le

hemos llamado; porque, sean cuales fueren las ventajas del sistema

nuevo, sistema que ni usted ni yo hemos tenido en cuenta para maldita

de Dios la cosa al lanzarnos á las luchas de que se trata, ni él

discute ni ha discutido jamás, es lo cierto que el papel que hacemos

nosotros agitando estos pueblos y ensañándonos, por satisfacer míseras

venganzas, en infelices desvalidos, sólo porque triunfe (digámoslo

aquí donde nadie nos oye) un aventurero farsante y desagradecido, como

el marqués de la Cuérniga ó el barón de Siete-Suelas, es mucho menos

honroso que el de mi compadre metido en su concha y resistiéndose á

ayudarnos en esta obra... verdaderamente inicua; creo, en fin, señor

don Rodrigo, que, por este lado, la cuenta que haya de dar á Dios

nuestro amigo, será mucho más corta que la nuestra.

--Pshe... mirada la cuestión desde ese punto de vista... pero

considerando que son _males corrientes_, más diré, _indispensables_,

y que, si nosotros no los causamos, alguien los ha de causar, la cosa

cambia mucho de aspecto.

--El mal, señor don Rodrigo, mal es siempre y donde quiera; y causarle,

jamás será obrar bien. Nosotros le causamos muy á menudo, ergo...

--Y pensando así, ¿cómo está usted siempre á mi lado y enfrente de su

amigo?

--Por el condenado amor propio, por el tesón, por la soberbia, que

ofuscan y enloquecen; por lo que se llama _sostener la bandera_...

por estar demasiado hecho á esa moral de sofismas y acomodamientos.

Pero esto no impide que, cuando pasa la fiebre, luzca la verdad en mi

razón y diga yo lo que siento, como lo digo ahora. ¡Ay, don Rodrigo,

cuánto ganaríamos usted y yo en la opinión pública y en reposo y en

tranquilidad de conciencia, si desde ahora nos resolviéramos á dar un

puntapié á las aspiraciones de algunos caballeros como el que fué causa

de ciertos párrafos de esa carta de usted; de la tempestad que éstos

levantaron en mi corazón, y del riesgo á que me expusieron; y, unidos

los tres, nos consagráramos á hacer el bien de estas gentes mientras se

presentaba un hombre honrado que tomara, _á la fuerza_, el cargo penoso

que tantos vividores _solicitan_! No creo que éste hiciera por sí solo

grandes cosas allá arriba; pero tampoco haría daño, que es bastante

hacer; viviríamos aquí en paz, y, sobre todo, nosotros habríamos

cumplido con nuestra obligación. Hablo, señor don Rodrigo, con la

autoridad de mis desengaños, y, como quien dice, con el pensamiento de

nuestro ya más que amigo, don Pedro Mortera. ¡Dichoso él que ha tenido

fuerza de voluntad bastante para no poner nunca en contradicción sus

obras con sus ideas!

--Á la cuenta, señor don Juan, está usted muy dispuesto á pasarse á los

reales de su amigo y consuegro... si es que no se ha pasado ya.

--Cosa es, don Rodrigo, á que no puedo responder en este instante;

pero, visto lo que ocurre, ni á usted ni á mí nos estará ya muy bien

reñir con él y acariciar á Asaduras, que pretende...

--Sí, sí... ya recuerdo. La pretensión es grave, ciertamente, y

parecería mal... pero se me ha puesto en el caso de luchar á todo

trance... ¡y como soy tan caballero!... Por eso se lo indiqué á usted

para que le sirviera de gobierno; que, por lo demás... ¡Esta influencia

desdichada de que estoy revestido!... Créame usted, señor don Juan,

que daría lo que no es decible por ser un personaje obscuro... En fin,

el asunto es de meditarse, y veremos de conducirle de manera que yo

no falte á lo que debo á mis compromisos ni á lo que exigen, de un

caballero como yo, las nuevas circunstancias que me ligan con ustedes.

Poco más se habló entonces entre don Rodrigo Calderetas y don Juan de

Prezanes. Despidiéronse con más cortesía que afecto; montó la gran

persona en el caballejo que le había traído, flaco y peludo, pero con

mucha placa y majos pespuntes en los arreos; agachó la cabeza al salir

de la portalada, aunque ni con vara y media llegaba su reluciente

sombrero á la viga que servía de dintel, y arreó hacia la villa por la

calleja inmediata.

* * * * *

Al día siguiente dijo Pablo á Nisco:

--Me caso con Ana.

--Es de razón--contestó Nisco,--y para bien sea por muchos años. ¡Buen

personal te llevas!... y de tu comenencia es, como en su día te dije.

--También se casa María.

--¿Tu hermana!

--Mi hermana.

--Con que... ¡tu hermana María!... ¿Y así, tan de porrazo?

--Tan de porrazo no, puesto que son amores viejos.

--¡Amores viejos!... ¡Naide lo diría! Y ¿con quién se casa, si se puede

saber?

--Con un hijo de don Rodrigo Calderetas.

--¿El de la villa?

--El de la villa.

--Vamos, con un caballero fino y pudiente... Tal para cual, como el

otro que dijo... El oro con la seda. Eso debe de ser, por lo visto...

Pues por muchos años, Pablo; y si otra cosa no mandas por ahora...

--Vete con Dios, Nisco, y anímete el ejemplo.

--¿Á qué, Pablo?

--Á casarte con Catalina.

--Es verdad; tal para cual: esa es la ley. ¡Ojalá no se faltara nunca á

ella... ni con el pensamiento!

--Bien te la prediqué un día, y te atufaste.

--Era hablar por hablar... ¿Y nosotros, _por eso_, tan amigos como

siempre?

--¿Y cuál es _eso_?

--_Eso_ es, Pablo, el casarte tú ahora.

--¡Qué bolonio eres, hombre!: más amigos que nunca; y á cuenta de ello,

démonos un abrazo... ¡Aprieta, Nisco!... ¡Qué demonches! tienes la mano

fría y la cara algo pálida.

--Pshe... pamplinas del arca, motivao á que estoy en ayunas...

--Por lo demás, Nisco, igual que antes... en todo lo que no esté reñido

con el nuevo estado, se entiende. Si quieres continuar las lecciones...

--¡Lecciones!... Para lo que valgo y soy, creo que ya he aprendido en

tu casa... todo lo que es menester. Con que, adiós, Pablo.

--Adiós, Nisco.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXI

PRÓLOGO DE UN DRAMA

Chiscón, porque le corrían costas en el pleito, no se descuidó en

rematarle cuanto antes.

Volvió á Cumbrales al otro día, cerca ya del anochecer; y después de

reforzar el ánimo con unos tragos en la taberna de Resquemín, donde le

dijeron que Tablucas acababa de marcharse para meterse en casa antes de

que llegara la noche, fuése á la de Catalina. Cabalmente, al entrar él,

estaba toda la familia reunida, porque acababa de cenar.

Sin exordios ni tanteos, no bien se acomodó en el taburete cerca de

la _perezosa_, cargada aún con los cacharros vacíos y los codos de la

gente de casa, declaró sus honradas intenciones y expuso el inventario

de sus caudales. La respuesta fué breve y terminante: se agradeció

mucho la voluntad; pero se desestimó el propósito.

Chiscón, que no podía llamarse á engaño, porque á nada obliga en la

Montaña á una moza soltera el abrir de noche la puerta al mozo que así

lo desea para hablarla delante de la familia al amor de la lumbre, de

los cuales términos él no había pasado allí, tragóse las calabazas

sin meterse en más indagaciones; se despidió como pudo, y volvió á la

taberna donde le esperaba el Sevillano. Llegó el hombre, que ahumaba, y

pidió á Resquemín una azumbre de lo blanco para apagar el incendio.

Conoció el Sevillano dónde le dolían á su amigo las quemaduras, puso

el dedo sobre las llagas, bramó el doliente; y hablando, hablando, y

bebiendo, bebiendo, desfogóse el de Rinconeda á sus anchas, pero sin

decir pizca de verdad. Puso á Catalina y á toda su casta para pelar;

fingió haber sido en él chanza y pasatiempo lo que á tales injusticias

le arrastraba; supuso que se había negado á ser paño de las lágrimas

vertidas por los desdenes de Nisco; pintó en la moza los deseos, y en

él el desaire; y creyendo que por esta senda arriba se encaramaba muy

alto, dió en despotricar por el estilo á medida que bebía y entraban

gentes en la taberna.

Al otro día todo el pueblo era sabedor de lo charlado allí por Chiscón,

que, después de dormir la mona y las pesadumbres, verdaderas lenguas

de sus descomedimientos, apenas se acordaba de otra cosa que de las

calabazas recibidas.

El domingo siguiente se presentó en el corro de Cumbrales; y como

lo valiente no quita lo cortés, algo también por vía de memorial

indirecto, y mucho por alarde para desautorizar dichos y murmuraciones,

invitó á bailar á Catalina; pero ésta, que tenía buena memoria y muchos

agravios que vengar del mocetón de Rinconeda, le soltó á la cara

un no redondo, seco y frío... y gracias que no le soltó además una

desvergüenza.

Pareciéronle á Chiscón, por ser públicas, estas segundas calabazas

más duras de tragar que las primeras; pero tragólas mal de su grado,

aunque no sin bascas y trasudores; y fingiendo una serenidad que no

tenía, apartóse de Catalina y acudió á otra moza con la pretensión.

Como había sido tan mirado y visto el desaire, y en casos tales á nadie

le gusta recoger lo que otro desecha, la moza invitada desairó también

á Chiscón; dirigióse éste en seguida á la de más allá... y lo mismo, y

así, de moza en moza, recorrió toda la fila el de Rinconeda, llevando

tal carga de calabazas, que le abrumaron; con lo que perdió la poca

serenidad que le quedaba y se largó de allí como perro con maza; mas

no sin decir antes, con su voz de trueno, vuelto el airado rostro hacia

la gente:

--¡Yo vos aseguro que he de bailar aquí mesmo, hasta que me digáis que

lo deje!

Para el siguiente domingo tenía dispuesta la juventud de Cumbrales una

_magosta_, precisamente en una castañera que lindaba con el término de

Rinconeda.

Como la castañera estaba soltando el fruto de puro sazonado, y era de

la pertenencia de varios vecinos de Cumbrales que tenían hijos mozos,

autorizóse á éstos para que ofrecieran un sabroso regodeo á toda la

gente joven con las castañas que se _sacudieran_ de los árboles, en vez

de hacer la magosta con las compradas á escote, como ordinariamente

acontece. De este modo tendría la fiesta un aliciente más en los lances

de la sacudida, y una ventaja de consideración el ser la fruta regalada.

Aquel día, después del rosario, no quedaron en el corro de Cumbrales

más que las viejas jugando á la brisca, y unos pocos hombres en la

bolera; todo lo demás se fué en alegre romería, después de hacer los

mozos el necesario acopio de vino, y de proveerse también de un par de

recias y larguísimas varas, camino de la castañera.

Una vez allí la gente, varazo á esta rama, varazo á la otra, desde el

suelo si la vara alcanzaba al fruto, ó desde la cruz del castaño si

los erizos estaban muy altos; apañando esta moza las castañas sueltas;

_descachizando_ la otra los erizos con los tacones de los zapatos y con

mucho tiento para no reventar lo que guardaba la espinosa envoltura;

acopiando escajos secos unos mozos; avivando en lugar conveniente

dos mozas de las más amañadas la mortecina lumbre; templando otras á

su calor los flojos parches de las panderetas, y mordiendo todos y

todas, por un lado, las acopiadas castañas para que no reventaran en

el fuego, con peligro de los cercanos ojos; canturriando unas aquí,

relinchando otros allá, locuaces los más y risueños todos, el campo de

la castañera, abrigado del aire y del sol por las anchas, espesas y

bajas copas de los árboles, parecía un hormiguero en el ir y venir de

la gente, y una pajarera en lo ruidoso y pintoresco del conjunto.

Acabóse el vareo y el acopio; trocóse la lumbre tímida en voraz

hoguera, y ésta, á su vez, en descomunal brasero; hízose en él con

una estaca honda sima; llenóse de castañas; volvieron á unirse los

bordes candentes; y mientras se dejó al cuidado de personas de juicio

é inteligencia la delicada tarea de revolver las ascuas y de sacar las

castañas que fueran asándose, pero sin quemarse, en lo que estriba

toda la dificultad del caso, la gente de sobra hizo corro más abajo,

sonaron las panderetas, y comenzó el baile, que es la salsa de todas

las fiestas aquí... «y en Valladolid,» anden en ellas el percal de

á peseta y el paño burdo, ó triunfen la seda turgente y el frac

diplomático. La misma raza con diferente librea; la propia carne con

distinto pelo.

Duró el baile hasta que las castañas se asaron. Entonces se sentaron

en rueda mozos y mozas, y comenzó á circular la bota para remojar las

castañas, que se repartieron á sombrerada por concurrente. Amenizábase

el regodeo con dichos y risotadas, y se tiznaba la cara con pellejos

quemados al que se distraía un instante; en el cual empeño, condición

especial de las magostas, eran las mujeres las más tercas.

Así se andaba allí, tan pronto sorbiendo como mascando, como

limpiándose la cara con el delantal ó la manga de la camisa, cuando

apareció Chiscón en la magosta, por el lado de Rinconeda. No se supo

nunca si fué casual ó de intento la llegada del calabaceado mocetón,

y á nadie agradó verle allí tan de improviso; pero como saludó muy

atento, se le brindó con lo que había. Tomó, por no desairar la

oferta, una castaña, y se llevó á los labios la bota de vino; y debió

infundirle ánimos la cortés acogida, porque, en vez de seguir su

camino, se sentó con los de Cumbrales.

Terminado el refrigerio, _se enterró la bruja_[4] entre las ya tibias

cenizas de la lumbre, y volvió á comenzar el baile. Cada moza fué

_sacada_ por un mozo, y el de Rinconeda se quedó entre los pocos

desparejados que miraban; pero se tocó _á lo alto_, y entonces, al

amparo de la costumbre, que es ley en muchos casos, y en tales como

aquél, indiscutible, _echó fuera_ al mozo que bailaba con Catalina,

creyendo el testarudo que así no eran posibles las calabazas; pero se

equivocó. La esquiva moza se plantó en firme en cuanto le tuvo delante,

y en seguida le volvió la espalda. Sintió Chiscón el golpe en lo más

vivo, y para disimular sus efectos, echó fuera al mozo que le seguía

por la izquierda. También entonces se le plantó la moza. Atolondrado ya

por la ira y el despecho, siguió fila abajo empeñado en hallar pareja;

pero sólo halló desaires en todas partes.

[4] Enterrar la bruja es dejar una castaña oculta entre la

ceniza, no sé por qué ni para qué; pero es detalle de carácter en

las magostas.

Reventóle al fin la corajina del pecho, y dijo, dispuesto á todo:

--¡Quisiera conocer al que tiene la culpa de esto!

Á lo que respondió Catalina con gran serenidad:

--Pues arráncate la lengua con que me agraviastes.

--¡Arrancara yo--repuso el otro, lívido de rabia,--la que te fué con la

impostura!

--Muchas son entonces las impostoras.

--¡Pues todas las arrancara yo, si las conociera!

--Con arrancar la tuya se acababa la peste.

--¿Hay quien se atreva á hacerlo entre los presentes?... ¡Pues venga á

echarla mano!--dijo Chiscón, irguiendo su colosal escultura y sacando

luégo fuera de la boca un palmo de lengua, ancha, gruesa y roja como la

de un caballo.

Acercósele un mozo de Cumbrales, y le respondió:

--De lo que te pasa, á naide culpes en ley de josticia: que seas

valiente, no se te ha negado; pero que, con sólo decirlo, llegues _á

campar_ aquí, no lo sueñes nunca. Por el corazón se mide á los hombres

y no por la estampa, y corazón no falta al más ruín de los presentes.

De fiesta estamos y en nuestra casa; en ella entrastes y se te brindó

con lo que había; de lo demás, tuya es la culpa por no escarmentar

cuando debistes. Si buscas guerra, mal haces, que, sobre no ser justa

ahora, á tí te conviene menos que á nosotros.

--Y eso que me cuentas--preguntó Chiscón al templado mozo, con burlona

sonrisa,--¿es amenaza ú caridá?

--Esto que te cuento--respondió el otro,--es riflisión de hombre de

bien y de enemigo leal.

En tanto platicaban los dos así, Catalina reunió el cotarro y consiguió

en cuatro palabras ponerle en marcha hacia Cumbrales.

--Vámonos, Braulio--dijo con resped al pasar junto al mozo que hablaba

con Chiscón:--deja esa peste que te mancha.

Obedeció Braulio; y tan á punto, que quedaron sin respuesta las últimas

palabras que enderezó al de Rinconeda.

En un instante se vió éste solo en la castañera. Irritóle más aquel

nuevo desaire que recibía, y gritó mirando á los que se marchaban:

--Vos prometí el domingo bailar en el corro de Cumbrales hasta

cansarvos... ¡Pos hoy vos lo juro por la luz que me alumbra!

Las últimas palabras de esta amenaza se perdieron entre el son de

las panderetas y el cantar y el gritar desaforados de la gente de la

magosta, que se largaba hacia su pueblo, mientras el sol trasponía el

horizonte entre celajes de púrpura.

Desde el siguiente día comenzó á circular por Cumbrales el rumor de

que los de Rinconeda pensaban armar una que fuera sonada contra sus

sempiternos enemigos. Los rumores crecieron durante la semana; el

jueves se dijo que se trataba de una invasión de los mozos de abajo,

para dar una batalla á los de arriba en el mismo Cumbrales; el

viernes se contó que vendrían mozos y mozas en son de romería á bailar

en el Campo de la Iglesia, y, por último, el sábado pudo asegurarse

que al día siguiente habría de todo en el pueblo; es decir, baile en

competencia y palos por remate. De todo ello tendría la culpa Chiscón,

aconsejado por su amigo el Sevillano.

Bajo estas impresiones desagradables, y al arrullo del Sur, que bufaba

sordamente en las rendijas de las puertas y ventanas, se durmió aquella

noche el vecindario de Cumbrales.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXII

ENTREACTO RUIDOSO

Los que madrugaron al otro día (y cuenta que en Cumbrales se levanta

al alba la gente) vieron que, mientras el sol salía embozado en

crespones de escarlata, sobre las lomas del Sur relucía, fulguraba el

celaje, como si fuera lago de cristal fundido; lago con islotes de

nácar y grumos de oro; á trechos, ondas purpúreas, blancas vedijas

inalterables, y _rabos de gallo_ más efímeros, sobrenadando; y

por riberas y marco en toda la redondez de este espacio, moles de

negras y plomizas nubes amontonadas. Entre una y otra mole, densas

brumas cenicientas, valles fantásticos de aquellas raras montañas

que se prolongaban, en contrapuestos sentidos, en forma de ásperas

cordilleras. En lo más alto del cielo, tenues veladuras rotas; luégo

el éter purísimo hasta el horizonte del Norte, donde el celaje era

cárdeno, mate y estirado, como una inmensa lámina de acero sin bruñir.

El aire era tibio y pesaba tanto sobre el ánimo como sobre el cuerpo;

ni una hoja se movía en los árboles, ni una yerba en los campos; la

vista y el oído adquirían un alcance prodigioso; las tintas de las

montañas, más que calientes, parecían caldeadas; los contornos y

relieves flotaban en un ambiente seco y carminoso que, acortando las

distancias, engrandecía las moles; y el silbido del pastor y el sonar

de las esquilas del ganado, llegaban claros y perceptibles al oído

desde los cerros del Mediodía.

Cuando en la Montaña amanece entre estos fenómenos de la naturaleza,

todo montañés sabe qué viento va á reinar aquel día; y entonces se

llama al espacio brillante rodeado de nubarrones, _el agujero del

ábrego_[5].

[5] Los campesinos montañeses, los de la región central, por lo

menos, llaman ábrego al viento del Sur.

Y por allí salió este caballero, en la ocasión de que se trata, dos

horas después de amanecer.

Salió blando, sosegado y apacible, y como de recreo por el campo de sus

hazañas, jugueteando con el humo de las chimeneas, las mustias y ya

escasas hojas de los árboles, las yerbecillas solitarias de los muros

y las sueltas y errabundas pajas de la vega... Lo que haría cualquier

cefirillo de tres al cuarto. En Cumbrales no levantaba el polvo de las

callejas, ni movía las puertas entornadas, ni siquiera los pliegues de

un refajo ni los picos de una muselina.

Así es que el señor cura tocó muy tranquilo á misa mayor, y luégo

las tres campanadas para los perezosos; y la iglesia se fué llenando

de gente que nada temía y sólo se quejaba del «bichorno, poco al

consonante de la bajura del mes que iba corriendo.»

Con esta tranquilidad en los espíritus y sin alterarse la de la

naturaleza, comenzó la misa gorjeada y solemne.

Pero no había llegado el _Credo_ á la mitad, cuando las chanzas

comenzaron á enardecer á la fiera; y la tramó con las ramas tenaces,

los matorrales espesos y las ventanas cerradas, que, siquiera, le

ofrecían alguna resistencia. Mas si doblegaba á las unas y bamboleaba á

los otros, las ventanas no cedían ni le franqueaban el paso.

Tanteóle por las buhardillas, donde las había; y se encontró con que

las más de ellas tenían los postigos clavados desde que estaban allí;

quiso también entrar en la iglesia, y hasta logró apagar los cirios de

los primeros _tajos_; pero le cerraron la puerta apresuradamente. Con

estas contrariedades se fué embraveciendo poco á poco, y tornó á las

ventanas con propósito de desquiciarlas metiéndose por las rendijas.

Metióse, forcejeó y se hartó de dar bufidos de coraje; pero no logró

su intento. En venganza, con las ramas de los frutales de los huertos,

azotó las viviendas de sus dueños. Entonces conocieron éstos que la

cosa iba de veras; y los que no lo habían hecho todavía, se trancaron

por dentro á llave y palanca. Esta actitud equivalía á un reto; y el

enemigo, rugiendo amenazas, se retiró á sus antros, como para acabar

de pertrecharse. La calma y el silencio volvieron á reinar en la

naturaleza; pero por pocos momentos.

Cuando reapareció el monstruo, temblaron hasta los más valientes.

Sordos mugidos le precedían; y, á su paso, humillaban los árboles

las erguidas copas; alzábase el polvo en remolinos; las puertas se

estremecían en sus quiciales, y el día se quedó á media luz parda

y traidora. Comenzó la batalla. ¡Qué estruendo!... ¡qué empuje!...

¡qué acometidas aquéllas! Algunas chimeneas vacilaron, y más de un

alero crujió, soltando la carcoma de la vejez al choque de la furia;

las puertas más firmes lanzaban gritos de agonía; las podridas ramas

de las vetustas higueras saltaban hechas pedazos; en los manzanos

tremolaba el muérdago desarraigado, como triste gallardete con que

demanda auxilio el desmantelado buque; lloraban escombros las humildes

socarrenas sobre sus regazos de ortigas, y chasqueaban y se conmovían

los empingorotados tejadillos de las altivas portaladas.

En medio de su ferocidad imponente, el viento tenía caprichos

verdaderamente pueriles: recogía las hojas dispersas en solares y

callejos, y las arrinconaba donde mejor le parecía, en un solo montón:

encrespábale, revolvíale, alzábale del suelo, y en rápido y sonoro

remolino, subíale muy alto; allí le cernía, le ensanchaba, le encogía,

le alargaba, dejábale descender nuevamente; y cuando le tenía en el

suelo, dispersaba de un soplo todas las hojas, que desaparecían detrás

de los vallados, en los fosos y entre los bardales; volvía á reunirías

al instante sacándolas de sus escondrijos, y tornaba á amontonarlas y

á cernerlas, á subirlas y á bajarlas, y á darles libertad otra vez, y

otra vez á recogerlas. Con el polvo hacía diabluras: nubes espesas,

diáfanas neblinas, mangas y espirales. Desconchaba los lomos de los

muros revocados, y desnudaba á los viejos de sus vestiduras de yedra.

Tras estos juegos y aquellas violencias, que no eran más que un tanteo

de fuerzas y un ensayo de batalla, las tablas dejaron de estremecerse

y las rendijas de silbar; callaron los gemidos de los árboles, y sólo

se oyó un rumor, á modo de jadeo, hacia la vega, como si sobre ella y

los montes vecinos se hubiera tendido el monstruo á descansar. De vez

en cuando se agitaban un poco las ramas, y el polvo y las esparcidas

hojas se revolvían en el suelo. Diríase entonces que tenían cara las

viviendas y los muros y los árboles, y que en ellas se pintaba el dolor

de lo pasado y el espanto de lo que aún les esperaba. ¡Qué acongojado

aspecto ofrecían aquellas casas con los ojos cerrados, y aquellos

árboles contraídos y tiritando!

La tregua fué breve, y la embestida que le siguió, con el estruendo de

cien batallas, espantosa.

En algunos embates parecía el viento macizo, y entonces resonaban sus

golpes como cañonazos; y cada golpe de éstos producía un desastre: lo

firme oscilaba, lo vacilante caía; las tejas se encrespaban, hervían

en los tejados, como si diablillos danzaran debajo de ellas; y en la

casa donde la puerta saltaba de sus pernos, barría el huracán muebles

y vasares; y al buscar salida por la cumbre, removía las tablas del

desván y derrengaba los cabrios. ¡Con qué astucia rastreaba los suelos

y husmeaba los hogares, buscando una chispa que llevarse al pajar para

regalarse con el espectáculo de un incendio!

El sabor de la tierruca · 第 13 / 19 段