le ha sobrado la razón á mi compadre siempre que se ha resistido á
aliarse á nosotros para luchar en el poco limpio terreno á que le
hemos llamado; porque, sean cuales fueren las ventajas del sistema
nuevo, sistema que ni usted ni yo hemos tenido en cuenta para maldita
de Dios la cosa al lanzarnos á las luchas de que se trata, ni él
discute ni ha discutido jamás, es lo cierto que el papel que hacemos
nosotros agitando estos pueblos y ensañándonos, por satisfacer míseras
venganzas, en infelices desvalidos, sólo porque triunfe (digámoslo
aquí donde nadie nos oye) un aventurero farsante y desagradecido, como
el marqués de la Cuérniga ó el barón de Siete-Suelas, es mucho menos
honroso que el de mi compadre metido en su concha y resistiéndose á
ayudarnos en esta obra... verdaderamente inicua; creo, en fin, señor
don Rodrigo, que, por este lado, la cuenta que haya de dar á Dios
nuestro amigo, será mucho más corta que la nuestra.
--Pshe... mirada la cuestión desde ese punto de vista... pero
considerando que son _males corrientes_, más diré, _indispensables_,
y que, si nosotros no los causamos, alguien los ha de causar, la cosa
cambia mucho de aspecto.
--El mal, señor don Rodrigo, mal es siempre y donde quiera; y causarle,
jamás será obrar bien. Nosotros le causamos muy á menudo, ergo...
--Y pensando así, ¿cómo está usted siempre á mi lado y enfrente de su
amigo?
--Por el condenado amor propio, por el tesón, por la soberbia, que
ofuscan y enloquecen; por lo que se llama _sostener la bandera_...
por estar demasiado hecho á esa moral de sofismas y acomodamientos.
Pero esto no impide que, cuando pasa la fiebre, luzca la verdad en mi
razón y diga yo lo que siento, como lo digo ahora. ¡Ay, don Rodrigo,
cuánto ganaríamos usted y yo en la opinión pública y en reposo y en
tranquilidad de conciencia, si desde ahora nos resolviéramos á dar un
puntapié á las aspiraciones de algunos caballeros como el que fué causa
de ciertos párrafos de esa carta de usted; de la tempestad que éstos
levantaron en mi corazón, y del riesgo á que me expusieron; y, unidos
los tres, nos consagráramos á hacer el bien de estas gentes mientras se
presentaba un hombre honrado que tomara, _á la fuerza_, el cargo penoso
que tantos vividores _solicitan_! No creo que éste hiciera por sí solo
grandes cosas allá arriba; pero tampoco haría daño, que es bastante
hacer; viviríamos aquí en paz, y, sobre todo, nosotros habríamos
cumplido con nuestra obligación. Hablo, señor don Rodrigo, con la
autoridad de mis desengaños, y, como quien dice, con el pensamiento de
nuestro ya más que amigo, don Pedro Mortera. ¡Dichoso él que ha tenido
fuerza de voluntad bastante para no poner nunca en contradicción sus
obras con sus ideas!
--Á la cuenta, señor don Juan, está usted muy dispuesto á pasarse á los
reales de su amigo y consuegro... si es que no se ha pasado ya.
--Cosa es, don Rodrigo, á que no puedo responder en este instante;
pero, visto lo que ocurre, ni á usted ni á mí nos estará ya muy bien
reñir con él y acariciar á Asaduras, que pretende...
--Sí, sí... ya recuerdo. La pretensión es grave, ciertamente, y
parecería mal... pero se me ha puesto en el caso de luchar á todo
trance... ¡y como soy tan caballero!... Por eso se lo indiqué á usted
para que le sirviera de gobierno; que, por lo demás... ¡Esta influencia
desdichada de que estoy revestido!... Créame usted, señor don Juan,
que daría lo que no es decible por ser un personaje obscuro... En fin,
el asunto es de meditarse, y veremos de conducirle de manera que yo
no falte á lo que debo á mis compromisos ni á lo que exigen, de un
caballero como yo, las nuevas circunstancias que me ligan con ustedes.
Poco más se habló entonces entre don Rodrigo Calderetas y don Juan de
Prezanes. Despidiéronse con más cortesía que afecto; montó la gran
persona en el caballejo que le había traído, flaco y peludo, pero con
mucha placa y majos pespuntes en los arreos; agachó la cabeza al salir
de la portalada, aunque ni con vara y media llegaba su reluciente
sombrero á la viga que servía de dintel, y arreó hacia la villa por la
calleja inmediata.
* * * * *
Al día siguiente dijo Pablo á Nisco:
--Me caso con Ana.
--Es de razón--contestó Nisco,--y para bien sea por muchos años. ¡Buen
personal te llevas!... y de tu comenencia es, como en su día te dije.
--También se casa María.
--¿Tu hermana!
--Mi hermana.
--Con que... ¡tu hermana María!... ¿Y así, tan de porrazo?
--Tan de porrazo no, puesto que son amores viejos.
--¡Amores viejos!... ¡Naide lo diría! Y ¿con quién se casa, si se puede
saber?
--Con un hijo de don Rodrigo Calderetas.
--¿El de la villa?
--El de la villa.
--Vamos, con un caballero fino y pudiente... Tal para cual, como el
otro que dijo... El oro con la seda. Eso debe de ser, por lo visto...
Pues por muchos años, Pablo; y si otra cosa no mandas por ahora...
--Vete con Dios, Nisco, y anímete el ejemplo.
--¿Á qué, Pablo?
--Á casarte con Catalina.
--Es verdad; tal para cual: esa es la ley. ¡Ojalá no se faltara nunca á
ella... ni con el pensamiento!
--Bien te la prediqué un día, y te atufaste.
--Era hablar por hablar... ¿Y nosotros, _por eso_, tan amigos como
siempre?
--¿Y cuál es _eso_?
--_Eso_ es, Pablo, el casarte tú ahora.
--¡Qué bolonio eres, hombre!: más amigos que nunca; y á cuenta de ello,
démonos un abrazo... ¡Aprieta, Nisco!... ¡Qué demonches! tienes la mano
fría y la cara algo pálida.
--Pshe... pamplinas del arca, motivao á que estoy en ayunas...
--Por lo demás, Nisco, igual que antes... en todo lo que no esté reñido
con el nuevo estado, se entiende. Si quieres continuar las lecciones...
--¡Lecciones!... Para lo que valgo y soy, creo que ya he aprendido en
tu casa... todo lo que es menester. Con que, adiós, Pablo.
--Adiós, Nisco.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXI
PRÓLOGO DE UN DRAMA
Chiscón, porque le corrían costas en el pleito, no se descuidó en
rematarle cuanto antes.
Volvió á Cumbrales al otro día, cerca ya del anochecer; y después de
reforzar el ánimo con unos tragos en la taberna de Resquemín, donde le
dijeron que Tablucas acababa de marcharse para meterse en casa antes de
que llegara la noche, fuése á la de Catalina. Cabalmente, al entrar él,
estaba toda la familia reunida, porque acababa de cenar.
Sin exordios ni tanteos, no bien se acomodó en el taburete cerca de
la _perezosa_, cargada aún con los cacharros vacíos y los codos de la
gente de casa, declaró sus honradas intenciones y expuso el inventario
de sus caudales. La respuesta fué breve y terminante: se agradeció
mucho la voluntad; pero se desestimó el propósito.
Chiscón, que no podía llamarse á engaño, porque á nada obliga en la
Montaña á una moza soltera el abrir de noche la puerta al mozo que así
lo desea para hablarla delante de la familia al amor de la lumbre, de
los cuales términos él no había pasado allí, tragóse las calabazas
sin meterse en más indagaciones; se despidió como pudo, y volvió á la
taberna donde le esperaba el Sevillano. Llegó el hombre, que ahumaba, y
pidió á Resquemín una azumbre de lo blanco para apagar el incendio.
Conoció el Sevillano dónde le dolían á su amigo las quemaduras, puso
el dedo sobre las llagas, bramó el doliente; y hablando, hablando, y
bebiendo, bebiendo, desfogóse el de Rinconeda á sus anchas, pero sin
decir pizca de verdad. Puso á Catalina y á toda su casta para pelar;
fingió haber sido en él chanza y pasatiempo lo que á tales injusticias
le arrastraba; supuso que se había negado á ser paño de las lágrimas
vertidas por los desdenes de Nisco; pintó en la moza los deseos, y en
él el desaire; y creyendo que por esta senda arriba se encaramaba muy
alto, dió en despotricar por el estilo á medida que bebía y entraban
gentes en la taberna.
Al otro día todo el pueblo era sabedor de lo charlado allí por Chiscón,
que, después de dormir la mona y las pesadumbres, verdaderas lenguas
de sus descomedimientos, apenas se acordaba de otra cosa que de las
calabazas recibidas.
El domingo siguiente se presentó en el corro de Cumbrales; y como
lo valiente no quita lo cortés, algo también por vía de memorial
indirecto, y mucho por alarde para desautorizar dichos y murmuraciones,
invitó á bailar á Catalina; pero ésta, que tenía buena memoria y muchos
agravios que vengar del mocetón de Rinconeda, le soltó á la cara
un no redondo, seco y frío... y gracias que no le soltó además una
desvergüenza.
Pareciéronle á Chiscón, por ser públicas, estas segundas calabazas
más duras de tragar que las primeras; pero tragólas mal de su grado,
aunque no sin bascas y trasudores; y fingiendo una serenidad que no
tenía, apartóse de Catalina y acudió á otra moza con la pretensión.
Como había sido tan mirado y visto el desaire, y en casos tales á nadie
le gusta recoger lo que otro desecha, la moza invitada desairó también
á Chiscón; dirigióse éste en seguida á la de más allá... y lo mismo, y
así, de moza en moza, recorrió toda la fila el de Rinconeda, llevando
tal carga de calabazas, que le abrumaron; con lo que perdió la poca
serenidad que le quedaba y se largó de allí como perro con maza; mas
no sin decir antes, con su voz de trueno, vuelto el airado rostro hacia
la gente:
--¡Yo vos aseguro que he de bailar aquí mesmo, hasta que me digáis que
lo deje!
Para el siguiente domingo tenía dispuesta la juventud de Cumbrales una
_magosta_, precisamente en una castañera que lindaba con el término de
Rinconeda.
Como la castañera estaba soltando el fruto de puro sazonado, y era de
la pertenencia de varios vecinos de Cumbrales que tenían hijos mozos,
autorizóse á éstos para que ofrecieran un sabroso regodeo á toda la
gente joven con las castañas que se _sacudieran_ de los árboles, en vez
de hacer la magosta con las compradas á escote, como ordinariamente
acontece. De este modo tendría la fiesta un aliciente más en los lances
de la sacudida, y una ventaja de consideración el ser la fruta regalada.
Aquel día, después del rosario, no quedaron en el corro de Cumbrales
más que las viejas jugando á la brisca, y unos pocos hombres en la
bolera; todo lo demás se fué en alegre romería, después de hacer los
mozos el necesario acopio de vino, y de proveerse también de un par de
recias y larguísimas varas, camino de la castañera.
Una vez allí la gente, varazo á esta rama, varazo á la otra, desde el
suelo si la vara alcanzaba al fruto, ó desde la cruz del castaño si
los erizos estaban muy altos; apañando esta moza las castañas sueltas;
_descachizando_ la otra los erizos con los tacones de los zapatos y con
mucho tiento para no reventar lo que guardaba la espinosa envoltura;
acopiando escajos secos unos mozos; avivando en lugar conveniente
dos mozas de las más amañadas la mortecina lumbre; templando otras á
su calor los flojos parches de las panderetas, y mordiendo todos y
todas, por un lado, las acopiadas castañas para que no reventaran en
el fuego, con peligro de los cercanos ojos; canturriando unas aquí,
relinchando otros allá, locuaces los más y risueños todos, el campo de
la castañera, abrigado del aire y del sol por las anchas, espesas y
bajas copas de los árboles, parecía un hormiguero en el ir y venir de
la gente, y una pajarera en lo ruidoso y pintoresco del conjunto.
Acabóse el vareo y el acopio; trocóse la lumbre tímida en voraz
hoguera, y ésta, á su vez, en descomunal brasero; hízose en él con
una estaca honda sima; llenóse de castañas; volvieron á unirse los
bordes candentes; y mientras se dejó al cuidado de personas de juicio
é inteligencia la delicada tarea de revolver las ascuas y de sacar las
castañas que fueran asándose, pero sin quemarse, en lo que estriba
toda la dificultad del caso, la gente de sobra hizo corro más abajo,
sonaron las panderetas, y comenzó el baile, que es la salsa de todas
las fiestas aquí... «y en Valladolid,» anden en ellas el percal de
á peseta y el paño burdo, ó triunfen la seda turgente y el frac
diplomático. La misma raza con diferente librea; la propia carne con
distinto pelo.
Duró el baile hasta que las castañas se asaron. Entonces se sentaron
en rueda mozos y mozas, y comenzó á circular la bota para remojar las
castañas, que se repartieron á sombrerada por concurrente. Amenizábase
el regodeo con dichos y risotadas, y se tiznaba la cara con pellejos
quemados al que se distraía un instante; en el cual empeño, condición
especial de las magostas, eran las mujeres las más tercas.
Así se andaba allí, tan pronto sorbiendo como mascando, como
limpiándose la cara con el delantal ó la manga de la camisa, cuando
apareció Chiscón en la magosta, por el lado de Rinconeda. No se supo
nunca si fué casual ó de intento la llegada del calabaceado mocetón,
y á nadie agradó verle allí tan de improviso; pero como saludó muy
atento, se le brindó con lo que había. Tomó, por no desairar la
oferta, una castaña, y se llevó á los labios la bota de vino; y debió
infundirle ánimos la cortés acogida, porque, en vez de seguir su
camino, se sentó con los de Cumbrales.
Terminado el refrigerio, _se enterró la bruja_[4] entre las ya tibias
cenizas de la lumbre, y volvió á comenzar el baile. Cada moza fué
_sacada_ por un mozo, y el de Rinconeda se quedó entre los pocos
desparejados que miraban; pero se tocó _á lo alto_, y entonces, al
amparo de la costumbre, que es ley en muchos casos, y en tales como
aquél, indiscutible, _echó fuera_ al mozo que bailaba con Catalina,
creyendo el testarudo que así no eran posibles las calabazas; pero se
equivocó. La esquiva moza se plantó en firme en cuanto le tuvo delante,
y en seguida le volvió la espalda. Sintió Chiscón el golpe en lo más
vivo, y para disimular sus efectos, echó fuera al mozo que le seguía
por la izquierda. También entonces se le plantó la moza. Atolondrado ya
por la ira y el despecho, siguió fila abajo empeñado en hallar pareja;
pero sólo halló desaires en todas partes.
[4] Enterrar la bruja es dejar una castaña oculta entre la
ceniza, no sé por qué ni para qué; pero es detalle de carácter en
las magostas.
Reventóle al fin la corajina del pecho, y dijo, dispuesto á todo:
--¡Quisiera conocer al que tiene la culpa de esto!
Á lo que respondió Catalina con gran serenidad:
--Pues arráncate la lengua con que me agraviastes.
--¡Arrancara yo--repuso el otro, lívido de rabia,--la que te fué con la
impostura!
--Muchas son entonces las impostoras.
--¡Pues todas las arrancara yo, si las conociera!
--Con arrancar la tuya se acababa la peste.
--¿Hay quien se atreva á hacerlo entre los presentes?... ¡Pues venga á
echarla mano!--dijo Chiscón, irguiendo su colosal escultura y sacando
luégo fuera de la boca un palmo de lengua, ancha, gruesa y roja como la
de un caballo.
Acercósele un mozo de Cumbrales, y le respondió:
--De lo que te pasa, á naide culpes en ley de josticia: que seas
valiente, no se te ha negado; pero que, con sólo decirlo, llegues _á
campar_ aquí, no lo sueñes nunca. Por el corazón se mide á los hombres
y no por la estampa, y corazón no falta al más ruín de los presentes.
De fiesta estamos y en nuestra casa; en ella entrastes y se te brindó
con lo que había; de lo demás, tuya es la culpa por no escarmentar
cuando debistes. Si buscas guerra, mal haces, que, sobre no ser justa
ahora, á tí te conviene menos que á nosotros.
--Y eso que me cuentas--preguntó Chiscón al templado mozo, con burlona
sonrisa,--¿es amenaza ú caridá?
--Esto que te cuento--respondió el otro,--es riflisión de hombre de
bien y de enemigo leal.
En tanto platicaban los dos así, Catalina reunió el cotarro y consiguió
en cuatro palabras ponerle en marcha hacia Cumbrales.
--Vámonos, Braulio--dijo con resped al pasar junto al mozo que hablaba
con Chiscón:--deja esa peste que te mancha.
Obedeció Braulio; y tan á punto, que quedaron sin respuesta las últimas
palabras que enderezó al de Rinconeda.
En un instante se vió éste solo en la castañera. Irritóle más aquel
nuevo desaire que recibía, y gritó mirando á los que se marchaban:
--Vos prometí el domingo bailar en el corro de Cumbrales hasta
cansarvos... ¡Pos hoy vos lo juro por la luz que me alumbra!
Las últimas palabras de esta amenaza se perdieron entre el son de
las panderetas y el cantar y el gritar desaforados de la gente de la
magosta, que se largaba hacia su pueblo, mientras el sol trasponía el
horizonte entre celajes de púrpura.
Desde el siguiente día comenzó á circular por Cumbrales el rumor de
que los de Rinconeda pensaban armar una que fuera sonada contra sus
sempiternos enemigos. Los rumores crecieron durante la semana; el
jueves se dijo que se trataba de una invasión de los mozos de abajo,
para dar una batalla á los de arriba en el mismo Cumbrales; el
viernes se contó que vendrían mozos y mozas en son de romería á bailar
en el Campo de la Iglesia, y, por último, el sábado pudo asegurarse
que al día siguiente habría de todo en el pueblo; es decir, baile en
competencia y palos por remate. De todo ello tendría la culpa Chiscón,
aconsejado por su amigo el Sevillano.
Bajo estas impresiones desagradables, y al arrullo del Sur, que bufaba
sordamente en las rendijas de las puertas y ventanas, se durmió aquella
noche el vecindario de Cumbrales.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXII
ENTREACTO RUIDOSO
Los que madrugaron al otro día (y cuenta que en Cumbrales se levanta
al alba la gente) vieron que, mientras el sol salía embozado en
crespones de escarlata, sobre las lomas del Sur relucía, fulguraba el
celaje, como si fuera lago de cristal fundido; lago con islotes de
nácar y grumos de oro; á trechos, ondas purpúreas, blancas vedijas
inalterables, y _rabos de gallo_ más efímeros, sobrenadando; y
por riberas y marco en toda la redondez de este espacio, moles de
negras y plomizas nubes amontonadas. Entre una y otra mole, densas
brumas cenicientas, valles fantásticos de aquellas raras montañas
que se prolongaban, en contrapuestos sentidos, en forma de ásperas
cordilleras. En lo más alto del cielo, tenues veladuras rotas; luégo
el éter purísimo hasta el horizonte del Norte, donde el celaje era
cárdeno, mate y estirado, como una inmensa lámina de acero sin bruñir.
El aire era tibio y pesaba tanto sobre el ánimo como sobre el cuerpo;
ni una hoja se movía en los árboles, ni una yerba en los campos; la
vista y el oído adquirían un alcance prodigioso; las tintas de las
montañas, más que calientes, parecían caldeadas; los contornos y
relieves flotaban en un ambiente seco y carminoso que, acortando las
distancias, engrandecía las moles; y el silbido del pastor y el sonar
de las esquilas del ganado, llegaban claros y perceptibles al oído
desde los cerros del Mediodía.
Cuando en la Montaña amanece entre estos fenómenos de la naturaleza,
todo montañés sabe qué viento va á reinar aquel día; y entonces se
llama al espacio brillante rodeado de nubarrones, _el agujero del
ábrego_[5].
[5] Los campesinos montañeses, los de la región central, por lo
menos, llaman ábrego al viento del Sur.
Y por allí salió este caballero, en la ocasión de que se trata, dos
horas después de amanecer.
Salió blando, sosegado y apacible, y como de recreo por el campo de sus
hazañas, jugueteando con el humo de las chimeneas, las mustias y ya
escasas hojas de los árboles, las yerbecillas solitarias de los muros
y las sueltas y errabundas pajas de la vega... Lo que haría cualquier
cefirillo de tres al cuarto. En Cumbrales no levantaba el polvo de las
callejas, ni movía las puertas entornadas, ni siquiera los pliegues de
un refajo ni los picos de una muselina.
Así es que el señor cura tocó muy tranquilo á misa mayor, y luégo
las tres campanadas para los perezosos; y la iglesia se fué llenando
de gente que nada temía y sólo se quejaba del «bichorno, poco al
consonante de la bajura del mes que iba corriendo.»
Con esta tranquilidad en los espíritus y sin alterarse la de la
naturaleza, comenzó la misa gorjeada y solemne.
Pero no había llegado el _Credo_ á la mitad, cuando las chanzas
comenzaron á enardecer á la fiera; y la tramó con las ramas tenaces,
los matorrales espesos y las ventanas cerradas, que, siquiera, le
ofrecían alguna resistencia. Mas si doblegaba á las unas y bamboleaba á
los otros, las ventanas no cedían ni le franqueaban el paso.
Tanteóle por las buhardillas, donde las había; y se encontró con que
las más de ellas tenían los postigos clavados desde que estaban allí;
quiso también entrar en la iglesia, y hasta logró apagar los cirios de
los primeros _tajos_; pero le cerraron la puerta apresuradamente. Con
estas contrariedades se fué embraveciendo poco á poco, y tornó á las
ventanas con propósito de desquiciarlas metiéndose por las rendijas.
Metióse, forcejeó y se hartó de dar bufidos de coraje; pero no logró
su intento. En venganza, con las ramas de los frutales de los huertos,
azotó las viviendas de sus dueños. Entonces conocieron éstos que la
cosa iba de veras; y los que no lo habían hecho todavía, se trancaron
por dentro á llave y palanca. Esta actitud equivalía á un reto; y el
enemigo, rugiendo amenazas, se retiró á sus antros, como para acabar
de pertrecharse. La calma y el silencio volvieron á reinar en la
naturaleza; pero por pocos momentos.
Cuando reapareció el monstruo, temblaron hasta los más valientes.
Sordos mugidos le precedían; y, á su paso, humillaban los árboles
las erguidas copas; alzábase el polvo en remolinos; las puertas se
estremecían en sus quiciales, y el día se quedó á media luz parda
y traidora. Comenzó la batalla. ¡Qué estruendo!... ¡qué empuje!...
¡qué acometidas aquéllas! Algunas chimeneas vacilaron, y más de un
alero crujió, soltando la carcoma de la vejez al choque de la furia;
las puertas más firmes lanzaban gritos de agonía; las podridas ramas
de las vetustas higueras saltaban hechas pedazos; en los manzanos
tremolaba el muérdago desarraigado, como triste gallardete con que
demanda auxilio el desmantelado buque; lloraban escombros las humildes
socarrenas sobre sus regazos de ortigas, y chasqueaban y se conmovían
los empingorotados tejadillos de las altivas portaladas.
En medio de su ferocidad imponente, el viento tenía caprichos
verdaderamente pueriles: recogía las hojas dispersas en solares y
callejos, y las arrinconaba donde mejor le parecía, en un solo montón:
encrespábale, revolvíale, alzábale del suelo, y en rápido y sonoro
remolino, subíale muy alto; allí le cernía, le ensanchaba, le encogía,
le alargaba, dejábale descender nuevamente; y cuando le tenía en el
suelo, dispersaba de un soplo todas las hojas, que desaparecían detrás
de los vallados, en los fosos y entre los bardales; volvía á reunirías
al instante sacándolas de sus escondrijos, y tornaba á amontonarlas y
á cernerlas, á subirlas y á bajarlas, y á darles libertad otra vez, y
otra vez á recogerlas. Con el polvo hacía diabluras: nubes espesas,
diáfanas neblinas, mangas y espirales. Desconchaba los lomos de los
muros revocados, y desnudaba á los viejos de sus vestiduras de yedra.
Tras estos juegos y aquellas violencias, que no eran más que un tanteo
de fuerzas y un ensayo de batalla, las tablas dejaron de estremecerse
y las rendijas de silbar; callaron los gemidos de los árboles, y sólo
se oyó un rumor, á modo de jadeo, hacia la vega, como si sobre ella y
los montes vecinos se hubiera tendido el monstruo á descansar. De vez
en cuando se agitaban un poco las ramas, y el polvo y las esparcidas
hojas se revolvían en el suelo. Diríase entonces que tenían cara las
viviendas y los muros y los árboles, y que en ellas se pintaba el dolor
de lo pasado y el espanto de lo que aún les esperaba. ¡Qué acongojado
aspecto ofrecían aquellas casas con los ojos cerrados, y aquellos
árboles contraídos y tiritando!
La tregua fué breve, y la embestida que le siguió, con el estruendo de
cien batallas, espantosa.
En algunos embates parecía el viento macizo, y entonces resonaban sus
golpes como cañonazos; y cada golpe de éstos producía un desastre: lo
firme oscilaba, lo vacilante caía; las tejas se encrespaban, hervían
en los tejados, como si diablillos danzaran debajo de ellas; y en la
casa donde la puerta saltaba de sus pernos, barría el huracán muebles
y vasares; y al buscar salida por la cumbre, removía las tablas del
desván y derrengaba los cabrios. ¡Con qué astucia rastreaba los suelos
y husmeaba los hogares, buscando una chispa que llevarse al pajar para
regalarse con el espectáculo de un incendio!