--Hombre, enemigo dije por lo que á la vista está en la ocasión

presente y lo que ha estado en otras tales. La verdá es que, si vamos

á hilarlo muy delgado, bien pudiera quebrarse entre los dedos. ¿En qué

manifiesta corresponder á la buena amistá que usté le guarda? En casos

como el presente, no le ayuda; en otros parecidos, le combate á muerte;

si usté dice que blanco, allí está él para sostener que es negro, hasta

en los puntos de menor cuantía; y si á creer vamos lo que rutan las

gentes, no tienen ustés día de paz completa, por oponerse á todo su

genio mandón y riguroso. Yo no diré que esto sea tirria y mal querer

hacia usté, como algunos lo aseguran, porque en tales adentros no debo

meterme; pero el demonio me lleve si tiene trazas de sentir cariñoso ni

de buena intención.

--...

--No fué tal mi ánimo, señor don Juan: he respondido á un reparo que se

me ha hecho, y nada más.

--...

--Cierto; pero don Rodrigo me dice que se lo proponga á usté; usté

me llama á su casa; vengo y se lo propongo... De modo y manera que,

apurando las cosas, lo feo de la propuesta no está en ella ni en mí,

sino en el oficio que usté trae y de sí lo da.

--...

--¡No es insolencia, señor don Juan, sino la verdá pura!

--...

--Eso es muy distinto: en su casa, usté es el amo, y en su derecho está

al plantarme en el corral; pero entiéndase que si usté no me hubiera

llamado, yo no hubiera venido. Y con esto me largo, que también yo

tengo casa, donde soy amo y señor... y no debo nada á naide.

* * * * *

Por último, llegó don Valentín; y tras un largo discurso, enderezado

á probar el deber en que se hallaban los hombres libres de resistir á

todas horas y en todos terrenos «al perjuro, que de nuevo manchaba el

suelo de la patria con su planta inmunda,» se expresó así:

--Hay más relación de la que usted se figura entre servir yo al

candidato de ustedes, y ayudarme ustedes en la empresa que me quita

el sueño. Yo soy esclavo de mis principios políticos, y á ellos

ajusto los actos de mi vida civil. Entra en mi conciencia política la

ejecución del plan que traigo entre manos; y ayudando á los hombres que

me ayuden, cumplo con mi deber, porque sirvo á mi causa, á la causa

de la libertad, que es la causa de la patria; y, por consiguiente,

obro con arreglo á mi conciencia. Yo bien sé, señor don Juan, que la

empresa es peliaguda y de riesgos; pero se intenta siquiera; se ponen

los medios; y, al último, si no se vence en ella, se muere con honra.

Y es peliaguda la empresa, porque no es fácil despertar en estas

gentes embrutecidas ciertos sentimientos delicados, con los cuales

hacen proezas otros pueblos y hasta vencen los imposibles; pero también

sé quién tiene la culpa de ese embrutecimiento ignominioso en que

vegetan nuestros desdichados convecinos... ¡vaya si lo sé! Aquí, señor

don Juan, tiene más arraigo de lo que á usted se le figura la causa

del perjuro; aquí conozco yo á un pudiente que, so capa de no querer

meterse en barullos de política, sirve en grande á la de su devoción,

y quizá conspira en la obscuridad de sus escondrijos misteriosos;

quizá él y los esbirros negros que le ayudan, afilan hoy el puñal con

que á usted y á mí ha de herirnos mañana el brazo del tirano que se

guarece ahora un poco más allá de esos montes. No tengo necesidad de

decir á usted quién es ese pudiente, rémora de todo progreso liberal en

Cumbrales.

--...

--No me ciega la pasión ni me engañan los ojos que han envejecido

mirando de qué pie cojean los hombres; y ciegos deben ser los de la

malicia de usted si no han visto mucho de lo que yo digo.

--...

--Eso que usted me responde honra mucho á su corazón; pero deja los

supuestos como estaban. El señor don Pedro Mortera no es trigo limpio,

ni, hablando en plata, tan leal amigo de usted como usted lo es suyo.

--...

--¿En qué me fundo?... Y ¿quién mejor que usted puede saberlo? ¿En

qué le ha servido? ¿De qué apuro serio le ha sacado á usted cuando

se ha visto con el agua al pescuezo en sus peleas electorales? ¿Qué

testimonio público ha dado jamás de que es capaz de hacer por usted...

lo que por él está usted haciendo ahora: defenderle?

--...

--Cierto: nunca ví que delante de él le ofendiera á usted nadie; pero

igual hubiera sido, porque casos se han dado, según cuentan... y yo me

entiendo.

--...

--Repito, señor don Juan, que obra usted como un caballero al

expresarse así, y me callo, puesto que lo desea, aunque con el

sentimiento de no quedar convencido; pero otra vez será. Por de pronto,

conste, en abono de mi conducta, que, hablando de la enfermedad, no

podía yo menos de investigar las causas de ella. Para concluir, señor

don Juan: ¿qué hay de mi pleito?

--...

--Eso no es decir nada.

--...

--Bien conozco que usted solo muy poca cosa puede hacer; pero si no se

da el primer paso siquiera...

--...

--Pues una cosa parecida respondo yo: veremos, señor don Juan, veremos;

y según sea el amparo que usted me preste hoy, así será el auxilio que

le dé yo mañana. Ya sabe usted dónde vivo; perdonar el mal rato... y

hasta cuando usted quiera.

* * * * *

El mismo demonio no dispusiera mejor un plan para sacar de quicio á

don Juan de Prezanes, que saboreaba con avidez las relativas dulzuras

de las _nuevas_ paces hechas con su compadre y amigo. Don Rodrigo

Calderetas, Asaduras, don Valentín, personajes inconexos entre sí, por

educación, por ideas, por aficiones, y, sin embargo, unánimes los tres

en considerar á don Pedro Mortera enemigo solapado del quisquilloso

jurisconsulto. ¡Y se lo contaban á éste sin reparo! ¡Qué de cosas no

sabrían cuando tales insinuaciones se les escapaban de los labios!

Así es que al bueno de don Juan le chisporroteaba el cerebro en cuanto

se quedó solo y se puso á meditar.

--¡Y sea usted dócil--exclamó de pronto dando un puñetazo sobre la

mesa y apartando, de un puntapié, la silla en que estuvo sentado;--y

humíllese usted y, en bien de la paz, olvide heridas y agravios, y

bese la mano que ha de darle la puñalada en el corazón! ¡Y todavía

seré yo el lobo indomesticable, y él el apacible y manso cordero!...

¡Hipócrita!... ¡Bribón! Pero yo te aseguro que no has de salirte ahora

con la tuya. Lucharé sin punto de sosiego, por lo mismo que estas

luchas te incomodan; y venceré, para que veas que ni te temo ni te

necesito... ¡Si yo no voy á tener otro remedio que hacer al fin una

barbaridad!

En esta tensión estaban sus nervios cuando topó con don Pedro Mortera,

en uno de los paseos vertiginosos á que se había entregado en la sala.

[Ilustración]

[Ilustración]

XX

EMOCIONES FUERTES

Á tiempo llegas, ¡vive Dios!--bramó el jurisconsulto, trémulo y erizado.

--¿Ya estás con la mosca, hombre?--respondió don Pedro, parándose junto

al hueco de la puerta.--¿Dónde demonios la cogiste? ¿Por qué te pica

ahora?

--¡Y tienes el candor de preguntármelo!

--¿Es decir que yo debo saberlo?

--Debieras presumirlo, cuando menos.

--¿De manera que estamos como estábamos?

--Así lo quieres tú y así sucede... ¡y así sucederá, mientras los

hombres no lleven, como yo, la conciencia en la palma de la mano, y

escritos en la frente sus pensamientos!

--Todo eso me huele, Juan, á que has dado suelta á los tuyos, y

te andan á calabazadas en la mollera. ¡Que nada te aprovechen los

escarmientos y nada te enseñe la experiencia!...

--Tienes razón, Pedro: nada me enseña la experiencia... ¡tanto me

cuesta creer en la falsedad de los hombres! ¡Y cuánto disgusto me

ahorrara si más escarmentado fuera: si de una vez para siempre cortara

por lo sano é hiciera un deslinde en el campo de _ciertas_ intimidades!

--Como la nuestra, ¿no es eso? Mira, Juan: el pensar á voces, como tú

piensas y quieres que piensen los demás, tiene la contra, amén de otras

muchas, de que se hacen públicos los pensamientos ruines, como esos

que, por las trazas, me consagras ahora. Por fortuna, te conozco muy á

fondo; y, porque te conozco así, te los perdono, sin usar del derecho

que me das, pensando mal de mí, para preguntarte por la causa de ello.

¡Qué hermoso manicomio fuera el mundo, tan lleno de hombres aprensivos,

si todos pensáramos á voces, como tú lo deseas!... Pero dejemos esto

ahora.

--No he de dejarlo, ¡vive Dios! que me interesa mucho ponerlo en claro.

--Corriente, Juan; pero como yo no he venido á tratar de ese punto,

aplázalo siquiera hasta que yo te diga á qué vine; y, entre tanto,

piensa de mí cuantas maldades quieras.

Esto dicho por don Pedro Mortera, detuvo á su amigo que por delante de

él pasaba muy agitado; asióle del brazo y le introdujo en el gabinete;

á todo lo cual se prestó el jurisconsulto como una máquina, pero una

máquina cargada de pólvora y erizada de mechas encendidas entre espinas

de acero. Cuando estuvieron encerrados los dos compadres, dijo de muy

mala gana don Juan de Prezanes, continuando allí sus paseos:

--¿Á qué tantos misterios? ¿Qué es lo que tienes que decirme?

--Que merecías que no te lo dijera, por obcecado y

cascarrabias,--respondió don Pedro Mortera.

--¿Puedes decirme á qué has venido, sin provocar nuevos

altercados?--repuso don Juan, desentendiéndose de la chanza de su amigo.

--He venido--respondió don Pedro,--á pedirte la mano de Ana para mi

hijo Pablo.

No es dado á la rudeza de mis pinceles pintar con exacto parecido

la impresión que estas palabras causaron en el jurisconsulto de

Cumbrales. El corazón, el cerebro, los nervios, cuanto en su sér había

de inteligente y sensible, se conmovió al mismo tiempo por muchos y

diversos modos. Lo inesperado del caso; la vehemencia de su amor á

Ana; las prendas de Pablo, á quien quería como á un hijo; la alegría

reflejada en el noble rostro de su compadre; las ruines sospechas con

que él le ultrajaba un momento antes; el inmenso beneficio con que le

brindaba el enemigo supuesto, y la mal probada lealtad de los amigos

que con tan negros colores se le pintaban; la inquebrantable entereza

del uno; las sospechosas veleidades de los otros; lo que le estaba

pasando entonces; lo que le había pasado toda su vida; su soledad de

siempre; el abrigo y el amor de una familia para en adelante, cuando

el frío de la vejez le amenazaba con sus rigores y sus tristezas...

¿quién sabe lo que aquel hombre vió en un solo instante, á la luz de un

relámpago de su cerebro tempestuoso!

Tembló de pies á cabeza; pensó que le faltaba suelo donde pisar, ó que

el techo se le desplomaba encima; trocóse la fiereza de su semblante en

mansa dulzura, y apenas halló voz en su garganta para decir á su amigo,

volviéndose hacia él rápidamente:

--Á ver, hombre... á ver... Hazme el favor de repetirme las... _eso_,

¡eso que me has dicho!

Sonrióse don Pedro, que estudiaba grado á grado la transformación de su

compadre, y le complació así:

--Que te pido la mano de tu hija Ana para mi hijo Pablo.

--Jesús, María y José!

--¿Tanto te asombra la pretensión, Juan?... ¿Es posible que jamás te

haya pasado esa idea por las mientes?

--Jurara que no, Pedro... y no porque el caso esté fuera de lo natural

y hacedero, y no sea, además, bueno y conveniente para todos...

quizá, si me apuras, sea Pablo el único hombre que yo juzgue digno de

ser el marido de Ana; pero está mi vida tan empapada en disgustos y

contrariedades; estoy tan avezado á la obscuridad de las penas y á los

quebrantos del espíritu, que ni soñando ven mis ojos cuadros de color

de rosa. Así es que ahora, con eso que me dices, tan de improviso, tan

de repente, tan inesperado y en tan especial ocasión, parece que salgo

de una pesadilla horrenda y entro en la vida regular de los hombres

libres y de los padres venturosos... ¡Ay, Pedro!... ¡Dios os lo pague!

Y aquel desdichado, siervo del más tirano de los temperamentos, y

condenado al suplicio de arrastrar su corazón por todas las asperezas

de la vida, lloraba como un niño.

--¡Qué demonches, hombre!--decía, entre puchero y puchero, á su amigo,

que le contemplaba con cariñoso interés:--¡mire usted que es raro

este efecto que me ha causado la noticia!... Te extrañará mucho, ¿no

es verdad, Pedro?... Nada, somos así, y perdona la debilidad... Pues

mira, hombre, me hace mucho bien acá dentro esta sacudida. Y dime, ¿qué

piensan ellos del proyecto?... ¿están de acuerdo?

--¡No han de estarlo?

--¡Picaronazos!... Pero ¿de cuándo acá, hombre?

--Sospecho que desde que eran así de chiquitines.

--¿Y no se han acordado hasta ahora de decirlo?

--Por las trazas, no han caído en ello hasta ahora. Hoy me lo ha

declarado Pablo, y hoy te lo cuento á tí.

--Y ¿qué dice tu mujer á eso?... ¿Qué dice María?

--Lo que digo yo; lo que piensas tú: que si á ellos no se les hubiera

ocurrido, debiera ocurrírsenos á nosotros.

--¿Se te ocurrió alguna vez á tí, Pedro?

--¡Yo lo creo, Juan!

--Y ¿por qué no lo dijiste?

--Porque prefería que se anticiparan ellos, como se han anticipado.

--¿Y si no se anticipaban?

--Están en la flor de la juventud, y había mucho tiempo por delante.

--¡Para tí, que eres feliz; no para mí, que corre siempre lleno de

pesadumbres!

--¿Esperas que este suceso te libre de ellas?

--De muchas sí, Pedro. La soledad fué siempre el mayor de mis males,

no lo dudes. Yo hubiera sido otro hombre con la casa llena de familia

y la conciencia cargada de obligaciones. La de no hacer desgraciada á

mi mujer fué freno que domó los ímpetus de mi temperamento; y el amor

y la abnegación con que ella pagaba el sacrificio, llegaron á hacerme

hasta venturoso. La muerte me arrebató este bien cuando empezaba á

saborearle... y volví á verme solo.

--¡Solo!... ¿Y tu hija, hombre de Dios?

--Precisamente nace el mayor de mis tormentos del celo heróico con que

está consagrada á mí; porque ¿qué derecho tengo yo para echar sobre

sus hombros la misma cruz que le tocó en suerte á su madre? ¡Vivir

por ella, mirarse en sus ojos, y hacerla desgraciada! ¿Habrá tortura

mayor para el corazón de un padre? Y si hoy en la noticia que me traes

columbro yo la dicha de Ana para el resto de sus días, ¿qué mucho que

en esa visión se deslumbre mi alma, y lo publiquen sin reparo mis ojos

y mi lengua?

Trémulo estaba entonces don Juan de Prezanes, y gruesos lagrimones le

corrían por la pálida faz. Mirábale conmovido su compadre, y le dijo:

--¿Te parece bien que hables del caso á tu hija estando yo delante?

--¡Vaya si me parece!... y va á ser ahora mismo.

Salió, diciendo esto, y llamó á Ana desde la puerta. No debía andar

muy lejos ni muy ajena á lo que se trataba en el gabinete de su

padre, porque llegó á él en seguida y muy turbada. La enteró éste de

lo que ocurría, y se turbó más; pero se repuso pronto, porque no era

su turbación hija de lo inesperado ni de lo desagradable. Respondió

serena al obligado interrogatorio á que se la sometió, y aun traspuso

los ordinarios límites, dando un poco de suelta á su corazón, alentada

por el regocijo que leía en la cara de su padre. Después dijo así,

volviendo á ser dueña de su genio alegre y travieso:

--Bien está todo; pero le falta la salsa que ha de hacerlo más sabroso;

y esta salsa--añadió encarándose con su padrino,--va á ser de cuenta de

usted.

--Pues tenla por segura--respondió don Pedro muy risueño,--si es cosa

hacedera en mi cocina.

--¡Vaya si lo es!--repuso Ana.--Pero así y todo, mírese usted mucho

antes de comprometerse.

--Hija mía--dijo don Pedro fingiéndose más preocupado de lo que

estaba:--me vas metiendo en cuidado, ¿Qué demonio de salsa puede ser

esa?

--Oiga usted la receta... pero á condición de que si, como usted dijo,

es hacedera, no ha de faltar en mi boda. ¿Se acepta la condición?

--¿Y si no la acepto?--preguntó á su vez don Pedro.

--Si usted no lo acepta--respondió Ana muy seria,--no hay boda.

--¡Demonio!--exclamaron aquí los dos compadres; y añadió don Pedro:--Á

tales amenazas, hija mía, no hay otro remedio que ceder. Con que venga

la receta.

--Pues la salsa de mi boda--dijo entonces Ana,--ha de ser la boda de

María.

Esta vez fué don Pedro Mortera quien se quedó hecho una estatua,

mientras don Juan de Prezanes, entre curioso y admirado, le contemplaba

con las cejas muy levantadas, la boca entreabierta y las manos cruzadas

atrás.

--¡La boda de María!--repitió don Pedro sin salir de su sorpresa.--Pero

¿cómo?... ¿con quién?

--Con un novio que tiene... ¡y muy apuesto y muy guapo!

--¡María un novio! ¿Desde cuándo, mujer?

--Hace más de dos años, padrino.

--¡Y sin saber yo una palabra!... ¡Imposible!

Soltó aquí la carcajada don Juan de Prezanes, y dijo á su compadre:

--Á la zorra, candilazo... ¿Pensabas ser en tu casa más lince que yo en

la mía? Pues chúpate esa.

--¡Qué lince ni qué demonio, hombre! si todo esto es una broma de tu

hija. ¿No es verdad, Ana?

--No, señor, que es la pura verdad,--respondió ésta muy seria; y á

continuación refirió cuanto el lector sabe del caso, pero sin decir

quién era el padre del mancebo de la villa.

Asombrábase cada vez más don Pedro Mortera, y dijo al terminar Ana su

relato:

--Pues si tan honrado, tan bello y tan rico es el pretendiente, ¿por

qué tiene mi hija por imposible mi consentimiento?

--¡Pues ahí verá usted!... ¡Como si el reparo fuera cosa del otro

jueves!

--Pero ¿qué reparo es ese, Ana?... ¡Acaba, por Dios, de una vez!

--Las pocas simpatías que hay entre usted y el padre del novio... ¡Como

si los hijos tuvieran la culpa de las flaquezas de los padres!

--Apostamos algo á que... ¿Quién es ese padre, Ana?

--Don Rodrigo Calderetas.

Al oir esto, se santiguó don Juan de Prezanes y volvió la cara para que

su compadre no le viera reirse.

--¡Justo!... ¡lo que yo iba sospechando!--exclamó don Pedro Mortera

apretando los puños.--Pero ¿qué demonio ha hilado esta madeja en que me

estáis enredando? y, sobre todo, y aun suponiendo que yo fuera capaz de

ser consuegro de un hombre semejante; que yo olvidara lo que olvidar

no puedo; que yo no viera lo que tengo delante de los ojos, ¿qué hay

aquí hasta ahora sino el antojo de dos mozuelos? ¿qué pasos se han dado

ante mí para que yo, sin desautorizarme, pueda... ni siquiera darme por

entendido de lo que ocurre?... ¿Ó se trata de humillarme hasta el punto

de que yo vaya á ofrecer mi hija al mequetrefe que la galantea, quizá

por pasatiempo?

--En todo eso se ha pensado, padrino--respondió Ana con la más

hechicera gravedad,--y todo está de manera que sólo falta el

consentimiento de usted.

--Y ¿quién lo ha arreglado así, señora medianera?--preguntó don Pedro,

que á duras penas contenía la risa á que le incitaba la cómica seriedad

de su ahijada.

--Yo--respondió ésta.

--¡Ave María Purísima!

Don Juan de Prezanes no pudo más aquí, y soltó una carcajada que duró

un buen rato.

--¡Te digo--exclamó después,--que es el mismo demonio esta muchacha!

--Pues el asunto es más serio de lo que parece, ¡caramba!--dijo don

Pedro, verdaderamente alarmado.--Á ver, Ana, á ver... ¡Dime, con toda

formalidad, lo que has hecho; qué lío es ese en que me habéis metido!

--No hay tal lío, padrino, sino la cosa más natural del mundo.

Previendo yo lo que sucede, y compadecida de la situación de María,

la aconsejé que aceptara la oferta que su novio la había hecho de

hablar del caso á su padre. Si en éste hallaba oposición, ¿á qué seguir

adelante? y si, por el contrario, le parecía bien, ¿por qué ocultárselo

á usted? Pues habló el pretendiente; y como halló buena acogida en su

padre, que no se atreve á dar ese paso que usted echa de menos, porque

teme ser mal recibido, y como yo sé todo esto _porque debía saberlo_, á

usted se lo cuento ahora. ¿Hay nada más natural... ni mejor conducido,

aunque no debiera decirlo yo? Además--añadió Ana, viendo que su padrino

se paseaba inquieto y cabizbajo, sin replicar una palabra, y que la

incitaba su padre con los ojos á continuar el asedio:--no es sólo

el bien de María lo que me ha movido á echar sobre mí el empeño de

_arreglar_ este asunto. Tiene él más alcance de lo que parece. Usted y

mi padre andan siempre á la greña porque mi padre se mete más de lo que

debiera en esos enredos que arman el barón de Siete-Suelas, el marqués

de la Cuérniga y otros tales que de eso viven, y está á matar con don

Rodrigo Calderetas, porque don Rodrigo Calderetas también se mete en

esto mismo... y en otro tanto más. Es de creer que cuando usted y mi

padrino sean todos unos, por... por _eso_ que se ha arreglado hoy, mi

padre tire más para los suyos que para los ajenos, y se acabe entre

usted y él ese motivo tan viejo de discordias y desazones. Pues que se

casa María con el hijo de don Rodrigo Calderetas, buen señor, por lo

demás, y amigo de usted en otro tiempo: cátele usted ya de la familia

y poniendo sus muchas influencias en el fondo común, para bien de

estas pobres gentes, y á los barones y marqueses en manos de Asaduras,

que es lo mismo que decir que no volverá á saberse de ellos en diez

leguas á la redonda de Cumbrales. ¿Le parece á usted, padrino, de poca

importancia el casamiento de María, aunque sólo se le mire por este

lado?

Continuaba paseando don Pedro, mirábale anheloso don Juan, y también

quedaron sin respuesta estos razonamientos de Ana, que estaba muy lejos

de chancearse al exponerlos. ¿Labraron algo en el ánimo de don Pedro

Mortera? No pudo saberse por entonces, porque Ana no consiguió arrancar

á su padrino otras palabras que éstas, dichas al despedirse poco

después:

--Hija mía, la salsa que te he ofrecido lleva demasiada sal y pimienta

para comprometerme yo desde ahora á preparártela; pero con esa salsa

ó sin ella, no faltará Dios de tus bodas, ni María dejará de ser tan

feliz como merezca serlo.

--Envíame á Pablo en seguida,--le dijo don Juan de Prezanes,

despidiéndole con un abrazo en la puerta de la escalera.

Cuando volvió á la sala, dió otro más apretado á su hija que le

esperaba allí. ¡Cuánto le dijo en aquella caricia, con las lágrimas de

sus ojos y los latidos de su corazón!

--¿Cree usted que va vencido?--le preguntó Ana, secándose las mejillas

cuando la emoción la permitió hablar.

--¡Y cómo no, hija mía, en una causa tan injusta como la suya, y con un

enemigo como tú?

* * * * *

Tres días después de estas ocurrencias recibió don Juan de Prezanes la

visita de don Rodrigo Calderetas.

Era este personaje no muy alto, bien contorneado, aparatoso de traje

y apostura, de blanca tez, teñido bigote, muy afeitado el resto de la

barba, tersas, pulcras y cerradas tirillas, y gran cadena de reló.

Iba de casa de don Pedro Mortera, y le preguntó su amigo don Juan,

apenas le hubo saludado:

--¿Y el asunto?

--Como era de esperarse--respondió la «gran persona;»--porque no vine

yo á ofrecer ninguna puñalada al señor don Pedro Mortera, amigo mío.

--Lo sé muy bien, señor don Rodrigo; pero como no andaban ustedes en la

mejor armonía, bien pudiera haber surgido alguna dificultad...

--Efectivamente; pero cuando se trata del bien de los hijos... ¡Mostró

el mío tal empeño en que se diera este paso!... Cierto que don Pedro es

una persona apreciabilísima, respetable y de gran posición; que su hija

es bella y digna, en todos conceptos, de un esposo como el que yo la he

ofrecido y ella ha aceptado, con regocijo de toda su familia; regocijo

que yo juzgo sincero y cordial, no menos que la cortés acogida que me

ha hecho mi antiguo amigo... aunque hubiera querido yo verle un poco

más expansivo, más... en fin, como en otro tiempo; pero ¡ya se ve! hay

que aparentar cierto... pues; porque el puntillo... Esto no obsta para

que yo me prometa grandes ventajas para todos de esta alianza entre dos

familias tan importantes, ó mejor dicho, entre tres, puesto que, según

acaba de decírseme allí, el joven Pablo, hermano de María, se casa

con la hija de usted... por lo que le felicito con toda cordialidad;

de manera que este doble enlace nos une á usted, á don Pedro y á mí,

íntima y estrechamente... Y á propósito: ¿conserva usted cierta carta

que le escribí pocos días hace?

Sonrióse don Juan de Prezanes, y respondió:

--No le apene ese cuidado, que yo nunca archivo documentos de esa

especie... por lo que pueda suceder.

--Aplaudo la previsión--repuso don Rodrigo;--pero no entienda usted

por mi pregunta que estuviera yo alarmado ni mucho menos; aunque

creo recordar que apunté en esa carta ciertas sospechas que yo tenía

del señor don Pedro... Ya se ve: ¡se ensartan á veces de tal manera

los sucesos! ¡parecen tan fehacientes los informes! ¡apremian de tal

modo las circunstancias! ¡llegan á tan alto mis conexiones políticas!

¡solicitan mi cooperación fuerzas tan egregias y tan invencibles, y soy

yo tan caballero, señor don Juan, tan caballero!... Por otra parte,

este don Pedro Mortera ¡tiene un carácter tan inflexible, tan apegado

á sus convicciones, tan refractario á los procedimientos usuales en

estas manifestaciones del nuevo sistema político que gloriosamente nos

rige!... En fin, él se entenderá. Á usted ¿qué le parece?

El sabor de la tierruca · 第 12 / 19 段