la cabeza las garras, y con las garras el azote. Por eso todo era
estrago y fragor en torno suyo. Silbaba furioso en huecos y rendijas,
bufaba en los arbustos, bramaba en los callejones, y en las arboledas
rugía; y, en ocasiones, hasta las campanas lanzaban solas desacordes
sonidos, con pavor de los fieles que se guarecían en la iglesia.
Á lo lejos, un rumor incesante, como el del mar cercano en noche
tormentosa: aquí, el crujir de la rama desgajada ó del tronco que se
quiebra; allí, el estruendo de la pared que se derrumba, ó el zumbido
del bardal que se agita desesperado y extiende sus greñas espinosas,
buscando de qué asirse para que no le arranquen de la tierra que le
nutre; y como complemento del cuadro, una luz tétrica y sulfúrea
iluminándole; la atmósfera, sofocante y enrarecida, sin sus alegres
y naturales pobladores, ocultos á la sazón Dios sabe dónde, llena de
objetos raros é inconexos: tallos de maíz, hojas maceradas, polvo,
astillas... y guijarros.
Con frecuencia terminan estos huracanes con una _virazón_ rápida al
Noroeste, ó _galerna_: remedio mucho peor que la enfermedad; pues si
no llega á ésta en la fuerza del empuje, la aventaja en estragos, por
el agua demoledora que trae consigo; pero cuando el Sur es estacional,
como en el caso de que se trata aquí, concluyen sus furores por
cansancio, y el silencio y la inmovilidad reemplazan al fragoso
desconcierto.
Tal sucedió en Cumbrales al rayar el mediodía. ¡Qué triste cuadro
contemplaron entonces los ojos! El Campo de la Iglesia y las corraladas
estaban cubiertos de menudo escombro, ramas, cascos y hojarasca.
No había árbol en el pueblo sin quebraduras ó cicatrices; algunos,
arrancados de cuajo; otros, hendidos; los arbustos, lacios, desgreñados
y con el follaje en esqueleto... Pero cuando la gente fué abriendo poco
á poco las puertas de sus hogares, y salió de la iglesia la que en ella
había estado encerrada, ¡válgame Dios, qué aspavientos los suyos y
qué puestos en razón eran! Por de pronto, cada uno se echó á examinar
los propios quebrantos, y luégo á compararlos con los del vecino. Y
aconteció lo que siempre que se reparten desventuras: cayeron las
mayores sobre los que podían menos; por lo que se llevó don Valentín
el premio gordo de esta desastrosa lotería. Ninguna casa fué tan
castigada como la suya: perdió la chimenea, medio alero, una ventana y
la cerradura del estragal, amén de alcanzarle su parte, y no pequeña,
del común revoltijo de los tejados.
Es sabido que la mitad del vecindario de Rinconeda estuvo contemplando
el desastre de Cumbrales durante la furia del huracán, agazapado
al socaire del cerro adyacente, y aun se afirma que palmoteaba
aquella gente levantisca cada vez que un árbol se tronchaba ó caía
una chimenea. Esto se corrió por Cumbrales á la hora de calmarse el
viento; y fortuna fué que se tomara por cierta la noticia, pues con la
indignación que produjo en el lugar, se mató la pesadumbre que cada
cual sentía por los recientes descalabros.
--¡No les faltaba más--decían todas las bocas de Cumbrales,--que venir
esta tarde á provocarnos! Pues ¡como vengan!...
Y jurando echar hasta las asaduras en el trance, volcaron todos la
puchera mal sazonada; y con el último bocado entre los dientes, subióse
cada cual á su tejado á reparar lo más perentorio, por si la turbonada
que se iba formando hacia el Saliente, acababa en aguaceros antes de la
noche.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXIII
GRIEGOS Y TROYANOS
Continuaban la calma sofocante y el cielo cargado de nubes como
peñascos, con unas intermitencias de sol que levantaba ampollas;
los desperfectos del Sur, en tejados y cerrajas, iban poco á poco
reparándose, y hasta se consolaban las gentes, unas á la fuerza y
otras como podían; pero no se olvidaba un punto la anunciada invasión
de los de Rinconeda; y hacia el camino de Rinconeda miraban todos los
ojos de Cumbrales desde huertas, callejas y tejados, y á voces de
Rinconeda sonaban todos los rumores en los oídos de la gente de arriba.
Odiosa era siempre una provocación semejante... ¡pero en aquel día!...
¡después de las devastaciones del huracán, apenas encalmado!...
--¡Pues como vengan!...
Y esto decían todas las bocas de Cumbrales.
Pero subieron Cerojas y Lambieta al campanario con otros camaradas que
lo tenían por costumbre; hartáronse de repicar á vísperas... y nada.
Tocáronse luégo las tres campanadas al rosario; acudió la gente, llegó
el señor cura, rezóle y hasta _echó_ su poco de plática sobre la paz y
concordia entre los pueblos cristianos; acabóse la piadosa tarea, que
duró tres cuartos de hora... y nada. Se desocupó la iglesia; quedáronse
en el porche, murmurando, las mujerucas á ese manjar aficionadas;
agrupáronse de cuatro en cuatro, á la sombra de las tapias fronteras al
corro del baile, las viejas, acurrucadas en el suelo, á jugar el ochavo
á la _brisca_ ó al _mayor punto_; avanzó la gente moza; resonaron las
panderetas recién templadas; arrimáronse al calorcillo del baile muchos
de los mozos aficionados, y los restantes, entre los que estaban Pablo
y Nisco, entraron en la bolera; sentáronse los viejos mirones en las
paredillas; oyóse la voz alegre de las cantadoras acometer la tarea con
la tradicional y obligada copla
Para espenzar á cantar,
licencia tengo pedida,
al señor cura, primero,
y á la señora Josticia.
Dió principio también el baile; rifaban ya las viejas sobre si se vió
ó no se vió, si se hizo ó no se hizo la prohibida seña del _as_ ó del
_tres_ del palo del triunfo; alzóse regocijada gritería en el corro de
bolos por haber hecho Nisco un emboque á la segunda bolada; correteaban
Bodoques por aquí, Lergato por allí y Lambieta por el otro lado,
reclutando muchachos para jugar á la cachurra en la mies, silbando unas
veces, voceando otras y estorbando siempre... en fin, que el corro,
lleno, como quien dice, de bote en bote, se había normalizado ya...
y nada. Los de Rinconeda no venían, y los de Cumbrales llegaron á no
pensar en ellos: como que el cura se fué á rezar vísperas, y el alcalde
á dormir un rato.
Así estaban los ánimos cuando se presentó Cabra á todo correr por el
camino alto de Rinconeda.
--¡Ahí vienen!--gritó cerca del corro de bolos.
Produjo la noticia mucha efervescencia en hombres y mujeres; tanta, que
los juegos cesaron y el baile se suspendió.
--¡Eso es una cobardía!--gritó un mozo encaramándose en la pared de
la bolera y dirigiéndose á los dos corros.--¡Si vienen, que vengan!
¿Pensáis que vos van á comer? Pus lo que hagan haremos... yo, por mi
parte.
Gustó la arenga, aprobóse, serenáronse los espíritus y continuaron los
juegos y el baile, interrumpidos más por curiosidad que por miedo, á mi
entender.
En esto, apareció el enemigo en la ancha calleja por donde había venido
Cabra. Era una muchedumbre de hombres y mujeres: como una romería que
se trasladara de un punto á otro. Provocación como ella no se conocía
en la historia del odio tradicional entre ambos pueblos. Uno á uno,
tres á tres, ocho á ocho, hasta doce á doce, se habían pegado infinidad
de veces los de Rinconeda con los de Cumbrales, allí en Rinconeda
y en todas las romerías en que se habían encontrado, porque esto
era de necesidad; pero invadir un pueblo entero al otro pueblo, con
premeditación y á sangre fría, pasaba con mucho la raya de todas las
previsiones.
Venían delante una ringlera de mozas, dos de ellas con panderetas, y
traían en medio á Chiscón con ramos en el sombrero y en los ojales
de la chaqueta, y un gran lazo de cintas en la pechera de la camisa.
Parecía un buey destinado al sacrificio en el ara de un dios pagano.
Esto ya era un dato para creer que la función era de desagravio y en
honor del Hércules de Rinconeda. El cual traía un palo, de _los de
pegar_, debajo del brazo: otro dato; y también lo era el verse algunos
garrotes más entre la turba, toda de gente moza, que seguía á la
primera fila. Si esto no era venir en son de guerra, dijéralo el más
lerdo. Pero se notó que abundaban mucho las mujeres en aquella tropa, y
que no todos los hombres eran igualmente temibles; se echó una ojeada
al corro de bolos y al Campo de la Iglesia, y se vió que, llegado el
caso, podía librarse la batalla con buen éxito. Por supuesto que las
mozas de Cumbrales, al ver la actitud provocativa de las de Rinconeda,
no acababan de hacerse cruces con los dedos. «¡Mosconazas!...
¡Tarasconas!...» ¡Cómo las ponían, entre cruz y cruz! Pero lo que acabó
de elevar la indignación á su colmo, fué ver al Sevillano entre los
invasores... ¡Con ellos venía el _Opas_, el _don Julián_ de Cumbrales!
Pasó la procesión por delante de la bolera, cantando las mozas y con
una en cada brazo Chiscón, y llegó al Campo de la Iglesia, donde hizo
alto y relinchó de firme. Pablo dejó entonces de jugar y se encaramó en
la paredilla, mirando hacia allá. Estaba algo pálido y muy nervioso.
Nisco no apartaba de él la vista, y la gente de la bolera miraba tan
pronto á Nisco como á Pablo. Ya nadie sabía allí cuántos bolos iban
hechos ni á quién le tocaba birlar. En esto, cesó también el baile,
porque Chiscón se empeñó en que habían de sentarse las cantadoras de
Rinconeda donde estaban las de Cumbrales. Oyéronse voces de riña.
Chiscón, después de dejar sentadas á sus cantadoras junto á las
del pueblo (pues éstas no quisieron levantarse y él no cometió la
descortesía de obligarlas á hacerlo), volvióse á colocar á los suyos
en el mismo terreno en que acababan de bailar, y aún estaban, los de
Cumbrales. Con esto creció el vocerío y Pablo bajó de la paredilla;
llegóse á las cantadoras de Rinconeda y las preguntó secamente:
--¿Venís de guerra?
--De paz venimos,--respondieron las mozas.
--Pues no toquéis entonces, que tocando están quienes deben, y corro
hay aquí para que bailen todos, si se trata de divertirse en paz.
--¡Á tocar se va!--dijo, en esto, un mozo de Rinconeda, mirando airado
á las dos mozas increpadas por Pablo.
Las dos mozas se dispusieron de nuevo á tocar.
--¡Pues no se toca!--dijo Pablo, blanco de ira.
Y hablando así, arrancó las dos panderetas de las manos en que estaban,
y rompió los parches sobre sus rodillas.
¡Cristo mío, la que en seguida se armó allí! Pero Pablo, que ya la
esperaba, porque de un modo ó de otro tenía que venir, con las rotas
panderetas en las manos, la cabeza erguida, la boca entreabierta,
el pecho anhelante y lívida la tez, examinó el campo con una mirada
rápida, y la clavó firme sobre Chiscón que corría hacia él apartando la
gente como el oso los matorrales. Estremecióse el joven un momento,
arrojó los aros, dió dos pasos hacia el gigante que podía desbaratarle
entre sus brazos de roble, y le recibió con una puñada en la jeta, y
tal puntapié en la barriga, que el oso lanzó un bramido y necesitó
todas sus fuerzas bestiales para no desplomarse como torre socavada.
Nisco, que no había perdido de vista á Pablo, en cuanto le vió enfrente
de Chiscón saltó como un corzo desde la bolera al campo, sin tocar
la paredilla, y voló hacia su amigo; pero le salió al encuentro un
valentón del otro pueblo, y fuéronse á las manos. Creció con esto la
bulla; saltaron detrás de Nisco los jugadores de bolos; salieron los
hombres que estaban en la taberna; encontráronse con otros del bando
enemigo, y la lucha se trabó en todas partes con la prontitud con que
se inflama un reguero de pólvora. Acudieron al vocerío las mujerucas
del portal de la iglesia, y las viejas que jugaban á la brisca, y los
muchachos que correteaban por las inmediaciones, y se llenó de gente el
campo, desde el corro de bolos hasta el extremo opuesto.
Toda aquella masa, al principio inquieta, nerviosa y movediza, fué
enrareciéndose poco á poco, aquietándose y buscando los puntos más
elevados y menos peligrosos, mientras los combatientes, en grupos
enmarañados, forcejeaban, iban, venían, se bamboleaban, alzábanse y se
agachaban; de manera que todo este conjunto de actores y espectadores
parecía embravecido torrente encajonado de pronto en recios é
insuperables muros.
Ya no se oían voces allí, ni amenazas; ni se veía el garrote
describiendo rápidas curvas en el aire, porque (justo es declararlo)
los de Rinconeda arrojaron los suyos cuando vieron inermes á los de
Cumbrales; no brillaba, ni brilló antes, el acero homicida, porque
este arma vil no se conoce en los honrados campos montañeses, si algún
descastado no la usa á traición, muy raras veces. Sólo se percibían
sordos ronquidos, jadeos de la respiración, desgarraduras de camisas
y, de vez en cuando, un _cuajjj_ despatarrado, como odre henchido que
revienta de pronto: era que un luchador caía de espaldas en el suelo,
debajo de su adversario; el cual no abusaba de la ventaja adquirida:
no hería á su enemigo, ni siquiera le golpeaba en sitio peligroso;
conformábase con tenerle allí como crucificado, y con responder á sus
ronquidos y amenazas con sordos y mortificantes improperios; alguna vez
se oía también el estampido ronco de un puñetazo sobre un esternón de
acero... y poco ó nada más se oía; porque, tocante á los espectadores,
ni se movían ni chistaban: allí se estaban todos con los ojos
encandilados y el color de la muerte en el semblante; los muchachos,
royéndose las yemas de los dedos; las mujeres, con la boca abierta, y
los viejos dando mandíbula con mandíbula.
Harto claro se vió que las mozas de Rinconeda no contaron con todo lo
que estaba pasando, al ir á Cumbrales como fueron; y por verse tan
claro en la sorpresa y dolor que mostraban, no cayeron sobre ellas las
hembras de Cumbrales y se libró de ser un verdadero campo de Agramante
aquel Campo de la Iglesia.
Si un luchador, al levantar la cabeza, mostraba la faz ensangrentada,
alzábase en los contornos un rumor de espanto y de indignación al mismo
tiempo; y entonces alguna voz clamaba por la Justicia. ¡La Justicia!
¡Á buena puerta se llamaba! Tres concejales, el pedáneo y el alguacil
estaban enredados en lo más recio de la pelea, brega que brega, no
para poner paz, sino porque eran ellos de Cumbrales y los otros de
Rinconeda; el juez municipal, que al empezar la batalla se hallaba en
la taberna (cuya puerta trancó por dentro Resquemín, dicho sea de paso,
en cuanto quedó desocupada), se escondió en el pajar... con el sobrante
de la jarra que tenía entre manos; y por lo que hace al alcalde
Juanguirle, ya sabemos que se fué á dormir la siesta poco después de
salir del rosario.
Á todo esto, los plúmbeos nubarrones se iban desmoronando en el cielo,
y extendían su zona tormentosa, cárdena y fulgurante, hasta la misma
senda que recorría el sol en su descenso; y cuando un rayo de él
lograba rasgar los apretados celajes y caía sobre los entrelazados
grupos de combatientes, relucía el sudor en los tostados rostros
manchados de sangre y medio ocultos bajo las greñas desgajadas de la
cabeza; y cual si aquel rayo, calcinante y duro, fuera aguijón que les
desgarrara las carnes, embravecíanse más los luchadores allí donde el
cansancio parecía rendirlos, y volvía la batalla á comenzar, lenta,
tenaz y quejumbrosa.
Ya sabemos dónde luchaban Pablo y Chiscón; que éste era grande y
forzudo, y cómo recibió su primera embestida el valeroso mozo de
Cumbrales, que si no era tan fuerte como su enemigo, tenía, en cambio,
la agilidad de la corza y el temple del acero. Así saltaba, hería y
se cimbreaba. Eran los dos luchadores el ariete poderoso y la espada
toledana. Huir de los brazos hercúleos de Chiscón era todo el cuidado
de Pablo; y entre tanto, golpe y más golpe sobre el gigante. Reponíase
éste apenas del aturdimiento que le causaba un puñetazo en la boca, y
ya tenía otro más recio en las narices; con lo que el salvaje, poco
acostumbrado á aquel género de lucha, bramaba de ira; y bramando,
esgrimía las aspas de su cuerpo, y cuanto más las agitaba, más se
perdían sus derrotes en el espacio, más se quebrantaban sus bríos y
más espesos caían sobre su cara, llena ya de flemones, ensangrentada
y biliosa, los golpes de su ágil adversario. Pero necesitaba éste
terminar de algún modo aquella lucha desigual y expuesta, y tras ese
fin andaba rato hacía. No bastaba aturdir al atleta; era preciso
derribarle, vencerle. Al cabo, logró plantarle un par de puñetazos
entre mejilla y ceja; y con esto y otro puntapié hacia el estómago al
humillar el bruto la cerviz, quedóse éste como Polifemo cuando Ulises
le metió por el ojo el estacón ardiendo. Entonces se abalanzó Pablo á
su cuello de toro; hizo allí presa con las manos, que tenazas parecían;
sacudióle dos veces, y á la tercera, combinada con un hábil empuje
de la rodilla, _acaldó_ en el suelo al valentón de Rinconeda. Fragor
produjo esta caída; pero no por el choque de las armas, como cuando
caían los héroes de la Iliada, sino por el peso de la mole y el crujir
de los pulmones y costillas. Cayó el gigante con el rostro amoratado y
medio palmo de lengua fuera de la boca, porque Pablo, sin aflojar la
tenaza de sus dedos, se encaramó á su gusto sobre el derribado coloso.
No muy lejos de Pablo andaba Nisco, que tampoco peleaba al uso de la
tierra, como su adversario quería; es decir, pecho á pecho y brazo á
brazo, con variantes de zarpada y mordisco, sino á puñetazo seco y
á rempujón pelado; mas no procedía así porque su contrario fuera más
fuerte que él, pues allá se andaban en brío y en tamaño, sino porque
en el hijo de Juanguirle obraban la vanidad y la presunción lo que
en Pablo la necesidad aquel día. Es de saberse que hasta para luchar
á muerte era vanidoso y presumido el demonio del muchacho aquél. Así
se le veía rechazar á su enemigo con un golpe seguro y meditado, y
aprovechar la breve tregua para atusarse el pelo y acomodar el sombrero
en la cabeza. Sus brazos, antes de herir con el puño, describían en
el aire elegantes rúbricas, y no tomó actitud su cuerpo que no fuera
estudiada. Parecía un gladiador romano. Estaba un poco pálido y se
sonreía mirando á las muchachas que le contemplaban. Otras veces
recibía con las manos la embestida del enemigo; le sujetaba por los
brazos, le zarandeaba un poco, y después le despedía seis pasos atrás;
y vuelta á componerse el vestido, á colocarse el sombrero, á sacudirse
el polvo de las perneras y á sonreir á las muchachas, entre las que
estaba Catalina, á tres varas de él, anhelosa, conmovida y siguiendo
con la vista, y en la vista el alma, todos sus ademanes y valentías.
Cuando una sonrisa de las de Nisco era para ella, parecía decirle la
gallarda moza con los ojos:--«¡Ánimo, valiente! que en cuanto las
fuerzas y la serenidad te falten, aquí estoy yo para morir á tu lado
defendiendo tu vida.» ¡Era digno de estudio y de admiración aquel bravo
mozo! En su cara risueña, y mientras se acicalaba, entre embestida y
sopapo, se leían claramente estos pensamientos:
--«No quiero mal á este enemigo; no tengo empeño en causarle daño;
peleo con él porque soy de Cumbrales y él es de Rinconeda, y para que
vea que ni le temo ni es capaz de vencerme... pero que no me toque en
el pelo de la ropa. ¡Eso sí que no lo tolero yo!»
Al fin apareció por el lado de la iglesia el bueno de Juanguirle, á
quien había ido á despertar Cerojas. Subió á lo más alto de la peña,
recorrió con la vista azorada el campo de batalla, y se llevó ambas
manos á la cabeza; luégo pateó y se lamentó y se mesó las greñas.
Algunos espectadores se le acercaron encareciéndole la necesidad de que
la lucha terminase; y la digna autoridad, sin hacer caso de consejos
que no necesitaba, alzó el sombrero hasta donde alcanzaba su diestra,
bien estirado el brazo después de ponerse sobre las puntas de los pies,
y gritó así, con toda la fuerza de sus pulmones:
--¡Alto!... ¡á la Josticia!... ¡á la Ley!... ¡á la Costitución!... ¡al
mesmo Dios, si á mano viene; que, á falta de otro mejor, á la presente
su vicario soy en este lugar!... ¡Ténganse, digo, los de Cumbrales!...
¡Respeten mi autoridad los de Rinconeda!... ó si no... ¡voto al chápiro
verde!...
Como si callara. Volvió á patear el digno alcalde, y cambió de sitio,
y tornó á mesarse los pelos. Dos mozos de Rinconeda, que no habían
hallado con quién pelear, ó no lo habían intentado con gran empeño, le
miraban de hito en hito.
--¡Á la Ley!... ¡Á la Costitución!... ¡Á la Josticia!--volvió á gritar
Juanguirle.
--¡Á la Josticia!... ¡Á la Costitución!... ¡Á la Ley!--repitieron
algunas personas consternadas, recomendando así á los combatientes las
amonestaciones de la autoridad.
La misma desobediencia.
--¡Á mí los de josticia!--insistió el alcalde, gritando.--¡Á mí los
que estén por el sosiego!... ¡Déjalo ya, Bastián!... ¡suelta tu parte,
Braulio!... ¡Debajo le tienes!... ¡sin camisa y machucado está!... ¿Qué
más quieres?... ¿Qué más queréis los de Cumbrales por esta vez?... ¿No
me oís?... ¿No vos entregáis?... ¡Voto á briosbaco y balillo, que se han
de acordar de mí los peces de Rinconeda! ¡Ellos son los rebeldes á la
autoridad!... ¡á la Ley!... ¡á la Costitución!... ¡Viva Cumbrales!
Oído esto por los de Rinconeda, dijo uno de ellos al alcalde,
encarándose con él y tirando al suelo al mismo tiempo la chaqueta que
tenía echada sobre el hombro izquierdo:
--¡Pus nos futramos en Cumbrales, en la ley y en usté que la representa!
--¡Hola, chafandín pomposo!--le replicó Juanguirle, volviéndose al
atrevido y echando el sombrero hacia el cogote, con un movimiento
rápido de su cabeza.--¡Con que todo eso sois capaces de hacer?... Pues
mírate tú, hombre: paso lo de mi persona, y no riñamos por lo de la
Ley; ¡pero relative á lo de Cumbrales, mereciera ser yo de Rinconeda si
no me pagaras el agravio!
Y con esto se fué sobre el mozo, y le alumbró dos sopapos. Contestó
el de Rinconeda; quiso ayudarle el que le acompañaba; impidióselo un
espectador de Cumbrales, y agarráronse también los dos; con lo que se
animó bastante por aquel lado el campo de batalla.
Al mismo tiempo llegó don Valentín á todo correr, con los pábilos
erizados, la gruesa caña al hombro y el sombrero bamboleándosele en
la cabeza. Acometió valeroso al primer grupo, y no pudo desenredarle;
acometió al segundo, y lo mismo; buscó de varios modos el cabo de
aquella enmarañada madeja, y no dió con él. Al último, subióse á la
altura donde había predicado el alcalde, y desde allí gritó:
--¡Nacionales!... digo, ¡convecinos!... ¡Es una mala vergüenza que
mientras el perjuro amenaza vuestros hogares, malgastéis las fuerzas
que la patria y la libertad os reclaman, en destrozaros como bestias
enfurecidas!... ¡Convecinos!... basta de saña inútil... de valor
estéril... ¡guardadlo en vuestros corazones para el enemigo común!...
¡daos el fraternal abrazo... y seguidme después!... ¡Yo os llevaré
á la victoria!... ¡yo os devolveré á vuestros hogares, coronados de
laurel!... ¡Os lo aseguro yo!... ¡yo, que vencí en Luchana!
Mientras así hablaba don Valentín, llegó por el extremo opuesto don
Pedro Mortera buscando á su hijo.
--¡Pablo!--gritó con voz de trueno, cuando estuvo junto á él.--¡Qué
haces!
Y Pablo, como movido por un resorte, se incorporó de un brinco al
oir la voz que le llamaba, y dócil acudió á ella; pero sin perder de
vista á Chiscón, que, al librarse del suplicio en que le había tenido
como clavado el valiente joven, se alzaba á duras penas, derrengado y
maltrecho, con la faz cárdena y monstruosa. Sentía el vencimiento como
una afrenta, y más pensaba en meterse donde no le viera nadie, que en
buscar un desquite en buena ley; en buena ley, porque es de advertir
que el coloso de Rinconeda no era traidor ni capaz de una villanía,
aunque, por efecto de su rudeza, no se ahogara con escrúpulos de otro
género; era, en suma, de los que querían, llegado el caso,
«Jugar en injusto juego;
pero jugar lealmente.»
No creyó don Pedro Mortera cumplido su deber con tener á Pablo
apaciguado y junto á sí; quiso también pronunciar el _quos ego_ de su
respetabilidad indiscutible sobre aquel mar embravecido. Pronuncióle
más de una vez, pero no adelantó nada. Este fracaso amilanó á los
angustiados espectadores; y más se amilanaron cuando vieron tan
desobedecido como don Pedro, al señor cura, que llegó inmediatamente.
--¡Esto es obra del mismo demonio!--dijo entonces una voz desconsolada.
¡Del mismo demonio!... No necesitaron oir más cuatro sujetos de los
desocupados, para ponerse de acuerdo en un instante y echar á correr
hacia la casuca de la Rámila.