El camino derecho para ir á la villa desde Cumbrales, es por encima

de Rinconeda; pero es mucho más blando y placentero el del valle, y

éste usan las gentes de Cumbrales mientras las lluvias del invierno

no reblandecen el suelo de las praderas y le hacen intransitable en

algunos sitios las pozas y los pantanos. Este camino tomaron, en la

susodicha ocasión, por la Cajigona abajo, Ana, María y Pablo, con dos

mozas de carga, bien trajeadas, rozagantes y frescotas, antes que el

sol llegara al fin del primer cuarto de su diaria carrera. Caminaban

los cinco en ringle, porque el sendero era angosto y en los prados

sentían los pies la frescura y humedad del rocío, aún no seco por el

sol que aquel día andaba á la greña con las nubes. Como los bajos de

Ana y da María se mojaban al rozarse con la yerba, y para que esto no

sucediera era preciso levantarlos, y levantándolos se descubrían los

_altos_ del parlanchín y menudo zapato, y algo más que los arranques de

la fina y estirada media, Pablo, que iba detrás de Ana, con un pretexto

mal urdido por ésta, pasó á la cabeza de la fila.

Mientras así caminaban, por todos los senderos que desde el pueblo

iban á parar al que nuestros amigos seguían, bajaban gentes con el

mismo rumbo que ellos. Por lo común, mujerucas con la cestilla al

brazo ó el saco lleno sobre la cabeza. Unas pasaban de largo después

de saludar muy atentas, y otras se agregaban al grupo de las señoras:

charlatanas insufribles, aduladoras sin medida, ó torpes y encogidas

hasta la tartamudez. De las primeras era la _Cotorrona_, alta, seca y

acartonada, alegre sin ser risueña, y relatora incansable de lo suyo,

de lo ajeno y de otro tanto más. Nunca perdió un mercado, y jamás se

supo á qué iba á ellos, con una cesta colgada del brazo izquierdo

y cubierta con un refajo tirado sobre el hombro. Nada compraba ni

vendía, aunque todo lo sobaba y ponía en precio; pero dejar de tomar

á la salida, en una taberna de su devoción, el pucherete de potaje y

dos cuartos de queso... antes faltaría el pedazo de borona para «el su

hombre.»

Esta mujer se puso detrás de Ana, y comenzó á despotricar sin que nadie

se cuidara de ayudarla ni de contradecirla. En ocasiones dejaba la

tarea, no para descansar, sino para meterse donde no la llamaban; como

verbigracia:

--Alevante un poco más, doña Ana, que le arrastra entovía la randa por

la herba... ¡Jos! no me mirara yo tanto en su caso, que, por cierto

vida mía, bien tiene que locir... ¡Vaya, que quien ve esa cinturica,

tan fina que se puede abarcar con la llave de la mano, y esos pies

de cañamón en dulce, no pensara que tan rollizas las tenía, hija!...

Dígote que onde menos se piensa... Bendito Dios, ¡cómo rejunde el buen

sustento!... Y no me dejará doña María por mentirosa, aunque esa más á

la vista lleva la rebustez. ¡El Señor las conserve tan majas y locías

para salú propia y bien de los caballeros que tengan la suerte de

merecerlas!

Sonreíase Ana, bajaba María las faldas hasta los pies, y carraspeaba

Pablo. Tornaba luégo la Cotorrona á rajar con la lengua famas y

caudales; terciaba de vez en cuando en el empeño alguna de las mujeres

pegadizas; y de este modo se habló allí de cuantas gentes pasaban al

mercado; de lo que llevaban, de lo que traerían, de lo que dejaban

en casa, de la cosecha, del ganado, del Ayuntamiento, de _lo del

perro_, y, por último, de las «malas almas» de Rinconeda, cuyas mieses

comenzaban á pisar á la sazón las murmuradoras y sus taciturnos y

aburridos oyentes. Pablo, en tanto, espantaba las mansas bestias que

pastaban cerca del camino, para que nada temieran las dos jóvenes, ó

las ayudaba á saltar esta zanja ó aquel vallado; tareas en que el mozo

disimulaba mal el gusto con que oprimía la mano ó ceñía la cintura de

la hija de su padrino.

Acabáronse las praderas y comenzaron los callejos, muy ásperos aunque

cortos; pero no calló un punto la Cotorrona, por más que Ana lo intentó

muchas veces. Después de los callejos, la sierra, donde el camino

se arrastra entre brezos y matorros. Allí necesitaron Ana y María

abrir las sombrillas, porque comenzaba el sol á calentar. Breve fué

la subida, pues la sierra no es larga; y estar en lo alto de ella es

estar en la villa, porque ya se la ve abajo, con la cabeza reclinada

en la falda del monte, tendida en la linde del valle de que es dueña y

señora; valle quizá el más hermoso de toda la Montaña, regado por el

mismo río que hemos visto pasar al Norte de Cumbrales.

Ana y María, en un impulso que es instintivo en las mujeres en

semejantes casos, antes de comenzar á bajar la sierra, que espeso monte

es por aquella vertiente, se arreglaron el cabello y los pliegues de

la falda, como dama que llega á la puerta de un salón de baile, y se

detuvieron un buen rato, no tanto para orearse y descansar, como para

deshacerse de la molesta compañía de la Cotorrona.

Quedáronse al fin solas con Pablo y las dos fámulas, y así entraron en

la villa por aquel arrabal, hasta donde llegaba el reflujo del hervor

que se oía más adentro; reflujo de gentes dispersas y errabundas que

iban y venían sin derrotero fijo, entre casas desperdigadas y medio

campesinas todavía.

Andando, andando, las casas iban uniéndose y enfilándose unas con

otras, el gentío espesaba y los rumores crecían, hasta que se llegaba

al foco de la ebullición, verdadero mar de cosas y de gentes, con

sus bramidos sordos y su agitación incesante. Este mar estaba en la

plaza, vastísimo espacio circuído de grandes edificios con espaciosos

soportales de arcos de sillería. ¡Lo que había sobre aquel encachado

suelo! El cestuco de patatas; el taleguillo de harina; los nabos

de Reinosa; los limones de Cóbreces; las _calladas_ del Puente;

la triguera de chiribías; la banasta de manzanas; el queso de las

Cabeceras; el celemín de _fisanes_; las tres parejas de pollos; las dos

docenas de huevos... Todas estas menudencias y otras infinitas, delante

de los vendedores, acurrucados en el suelo en apretadas hileras.

Después, en espacios más anchos, los zapatos de Novales; las abarcas

de Carmona; los yugos y _prisiones_ de Cieza; los montes de pan en

roscos, en cruz y en tortas; los calderos y trébedes de Balmaseda; los

puestos de baratijas, como dedales de acero, alfileteros de latón,

navajas de poco más ó menos, cordones de estambre y gargantillas de

cristal; las montañas de pimientos _morrones_ y _choriceros_; los

corderos en capilla, quiero decir, atados de pies y manos, jadeantes,

con los ojos revirados y la punta de la lengua fuera de la boca, ora en

el suelo, ora danzando en el aire sopesados por el comprador; las ollas

y cazuelas de barro; las cestas de mimbre; los garrotes de Peñamellera;

la vasija valenciana; amoladores y zapateros ambulantes; gallineras de

Asturias... y demonios colorados; y entre todo ello, los compradores

y curiosos yendo y viniendo, oprimidos, casi prensados, guardando

el equilibrio, bregando sin cesar y ayudándose unos á otros para

avanzar un paso en el continuo atolladero de contrarios oleajes, más

irresistibles que por su fuerza, por su ruido ensordecedor y mordicante.

Publicábase á gritos la mercancía; á gritos se regateaba, y á gritos

se la ofrecían más barata desde otro puesto al comprador indeciso; á

gritos se pedía paso donde, contra toda ley, no le había; á gritos se

quejaba quien no podía apartarse á un lado por falta de terreno para

moverse; á gritos se saludaban las gentes, y á gritos se citaban,

y á gritos se entendían; el ferretero tocaba con el martillo una

_palillera_ sin fin sobre la mayor de sus sartenes; cacareaban los

gallos; gemían los cabritos amontonados; gruñían los cerdos que

pasaban, á rempujones, del mercado de los de su especie desdichada;

resonaban las panderetas probadas por mozas de buena mano, y los

dalles, heridos contra las piedras; roznaba el paciente burro del

pasiego, atado á un pilar de los soportales, libres sus lomos por

entonces de la carga que su dueño publicaba á voces un poco más allá;

sonaban las campanillas de un puesto de ellas, sacudidas una á una

por el aldeano que buscaba un par bien acordado, cuando no zarandeaba

con toda su fuerza un collar cargado de esquilones... ¡que es lo que

hay que oir!; chirriaba el eje del carro que pasaba cargado de maíz;

aullaba el perro perseguido á puntapiés por el queso robado ó el pan

mordido; cantaba el ciego al son de la ronca gaita, y el lazarillo

al de su pandereta, herida á puñetazo seco; sonaba el martillo del

herrador, y el mazo del hojalatero... y, en fin, la campana del reló

cuando callaban las de la iglesia.

En los soportales alzábanse, sobre improvisados mostradores,

cordilleras de paños y bayetas de todos los imaginables colores, y

había detrás de los mostradores tiendas atestadas de los mismos géneros

y otros sin número; y en cada calle de las que partían de la plaza,

tiendas y más tiendas, y hasta en los rincones de los edificios mal

alineados; y más lejos, otro mercado donde los granos y frutos de

muchas especies entraban por miles de fanegas y de arrobas; y más lejos

todavía, y en adecuado lugar, otro mercado de bestias de cerda; y lo

mismo que en la plaza principal, en los soportales, en las tiendas, en

las calles y en los otros mercados, gente y más gente, y ruido y más

ruido.

Quisiera yo que el lector de ultrapuertos no tomara á broma esta

pintura que le borrajeo de un pueblo montañés, que es, en España, quizá

el primero entre los de su modesta categoría. Esto por lo que hace á

su rápido crecimiento; pues si se mira su belleza _externa_ y la del

paisaje que le circunda, es aún más difícil hallarle competidor.

Volviendo al asunto, digo que muy buen rato antes de mediodía,

comenzaron á verse en el mercado las damas de la villa, en elegante

arreo, husmeando los puestos de la plaza, con su cortejo de galanes

de punta en blanco. Mirábanlos de reojo y con recelosa curiosidad los

caballeretes de los pueblos, que braceaban en aquel mar, un tanto

desaliñados y polvorientos á causa de la fatiga y estrago del camino, y

dejábanse mirar los de la villa con piadosa complacencia, seguros de su

importancia incomparable.

Á María, corta de genio y muy desconfiada de su valer, la acoquinaban

las actitudes de aquel encopetado señorío, ante el cual, á pesar de su

lozana frescura y de su intachable atavío, se creía fea, desgarbada

y mal vestida. Ana, por el contrario, dejándose llevar de su natural

franco y abierto, parecía complacerse en excitar la curiosidad por

el gusto de vencerla con su mirar valiente, que sabía hacer burlón y

desdeñoso sin esfuerzo y muy al caso. Cuanto á Pablo, no hay para qué

decir lo que se aburría y mareaba entre el barullo, sin curarse más de

lo que pasaba ante sus ojos, que de las coplas de Calaínos.

Ya, para entonces, estaban las cestas repletas, y hasta colgaban de

las asas, por fuera, muchas cosas que dentro no cabían; pero no había

que pensar aún en volverse á Cumbrales. Necesitaban antes dar una

vuelta por la villa y un vistazo á los otros mercados; porque cuando

de ellos se vuelve á casa, los que no han estado allá hacen muchísimas

preguntas; y es bueno saber entonces á cómo iban las alubias, y el maíz

y las patatas, y los cerdos de cría y los de matanza, para responder á

todos.

Y brujuleando así entre calles, vió Ana que por la acera de enfrente

venía un mozo muy guapo y apuesto; que este mozo miraba mucho á María;

que María se puso encendida como la grana, y que el mozo, no muy dueño

de sí, anduvo, al cruzarse con ella, atarugado y confuso, amagando

palabras que no pronunció y saludos que no hizo. Siguieron los de

Cumbrales calle adelante, y el mozo los acompañó con la vista; y como

María, al doblar la esquina, mirara hacia atrás con el rabillo del ojo,

clavóse el hombre en aquella especie de anzuelo, y siguió desde lejos á

María. Al cabo se arriesgó; y en la primera parada que hicieron los de

Cumbrales, acercóse, al amparo del barullo; saludó muy cortés, y habló

á María sin misterios ni dengues y como si fuera la cosa más natural

del mundo; por lo que Pablo no paró mientes en ello. Pero Ana sí, y

hasta distrajo á Pablo y logró que, durante el paseo por la villa,

María y el galán apuesto se despacharan á su gusto.

Al salir para Cumbrales, preguntó Pablo á María, después de contestar

al reverente saludo con que el mozo se despidió:

--¿Quién es _ese_?

Á lo que contestó María con mucha serenidad:

--Pues _uno_ de aquí, que me conoce.

Y no se habló más del caso. Pero andando monte arriba, quedóse Ana muy

roncera, hasta arrimarse á María, que iba detrás de todos; y mientras

Pablo trepaba á largos pasos y le seguían jadeando las dos mozas, con

las cestas sobre la cabeza, dijo aquélla á su amiga:

--¿Tiene algo que ver... _ese que te conoce_ con el abismo de que

hablábamos tú y yo en cierta ocasión?

--¿Por qué me lo preguntas?--preguntó, á su vez, María.

--Porque lo sospecho. ¿Quién es?

--Hijo de don Rodrigo Calderetas.

--Pues cata el abismo, y no me digas más.

--¿Abismo te parece á tí también, Ana?

--Hablo por tu boca... pero mayores los hay en el mundo: como uno que

yo me temí. ¡Qué barbaridad! ¿Dónde tenía yo el entendimiento?

--¿Pues qué pensaste, Ana?--preguntó María con viva sorpresa.

--Nada, hija, nada; sino que á veces, tal se ensartan las casualidades

y tales visos toman de verdad, que llega uno á ver hasta bueyes que van

volando.

--Cierto--dijo María sonriéndose:--por una sarta así, llegué yo, en una

ocasión, á sospechar de tí algo parecido; sólo que á mí me duró menos

la sospecha, aunque no me la quitaste con razones como la que tú acabas

de descubrir: bastóme un poco de reflexión.

--Pues entonces estamos en paz en ese extravagante pensamiento... ¡qué

tiene que ver! Y ahora, dime, ¿dónde conociste á _ese que te conoce_?

--En la villa.

--Ya; pero ¿cuándo?

--Cuando vine con mi madre, dos años hace, á pasar unos días en casa de

aquellos parientes suyos que se volvieron á Asturias poco después.

--Y ¿cómo os habéis arreglado para continuar lo comenzado entonces?

--Por cartas.

--¡Hola!... ¿Por el correo?

--¡Virgen María!... ¡Quién me lo mandara! Á la mano.

--Y ¿por qué mano, inocente de Dios?

--Por la de la Rámila.

--¡Miren la cordera que no teme á las brujas!... ¡Vaya si supo poner el

secreto en lugar seguro! ¡Y no pensaste, criatura sin malicia, que á

negocio en que anda la mano del diablo no puede ayudarle Dios?

--¿Créesle desesperado, Ana? Dime la verdad, sin zumbas.

--¿Estás segura tú de que... _ese que te conoce_ te quiere como se debe?

--Sí, porque yo he impedido que se acerque á mi padre.

--¿Por qué lo has impedido?

--Por la guerra en que está el suyo con él. ¡No se pueden ver, Ana!

--¡Bah! Cosas de tu padre.

--Pero ¿qué piensas tú del caso?

--Que le dejes de mi cuenta.

--¡Mira que está muy obscuro!

--Yo le sacaré á la luz.

--¿Con qué, Ana?

--Con otro caso menos difícil. Verás cómo se enredan los dos; y hasta

puede llegar el tuyo á ser causa de grandes bienes para todos.

--¿Qué caso es ese?

--Delante de los ojos le has tenido y no le has visto. Pero, en fin, ya

te lo explicaré cuando deba. Ahora, chitón, que nos esperan Pablo y las

muchachas allá arriba.

Acabaron de subir la cuesta; descansaron todos un rato en la loma;

y sin otros sucesos que dignos de narrar sean, llegaron media hora

después á Cumbrales, sanos y contentos, cada cual á su modo, aunque

un tanto despeadas y correosas las fámulas, y algo polvorientas y

rendidas, pero muy guapas, las señoras.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIX

RETAZOS

En esto, don Rodrigo Calderetas escribió una carta á don Juan de

Prezanes, en la cual carta decía, entre otras cosas, la gran persona:

«Menester será que redoble usted la vigilancia y active los trabajos

en ese terreno, porque no hay momento que perder. El Barón no sosiega

un punto y revuelve los imposibles. El Marqués confía en sus buenos

amigos, entre los que, con justicia, le cuenta á usted, y así me lo

dice. Para mantener las filas apretadas y reclutar soldados nuevos, no

le duelan á usted larguezas del género consabido: aquí estoy yo para

cuanto ocurra, y detrás de mí, lo que usted sabe, que puede y manda y

no deja mal á sus amigos, por nada ni por nadie. Lo verá quien dude y

le sirva, si, como otras veces, es preciso, por el bien del Estado,

saltar por encima de ciertas consideraciones y respetos. En estas

batallas no hay otro remedio que ser un poco duro de corazón con el

enemigo tenaz. Dígame qué exigencias presentan esos auxiliares, para ir

formando poco á poco el expediente, llamémosle así, que he de elevar á

donde ha de ser despachado con las debidas recompensas y los necesarios

escarmientos.

»Nos está haciendo mucho daño el diablejo de Asaduras. Háblele, óigale

y _cómprele_, _pida lo que pidiere_. No habría necesidad de recurrir

á estos extremos, que parecen un tanto reñidos con la sana moral,

si ese amigo de usted y que tanto lo fué mío cuando yo no me había

resuelto aún á sacrificar mi reposo y mi hacienda al bien de este

país desventurado, que va hundiéndose en el abismo por las ruindades

y atrevimientos injustificados de cuatro ambiciosos intrigantes; si

ese amigo, repito, no llevara tan lejos su tesón y sus escrúpulos. Él

se entenderá... y yo también le entiendo. Sí, amigo mío, le entiendo;

y aunque me duela decírselo á usted, me consta, con nuevos datos, que

no solamente es desafecto á las instituciones que todos veneramos,

sino que también trabaja sordamente contra ellas y contra los que las

apoyan, sin exceptuar _á los amigos y compadres_... Téngalo usted muy

en cuenta, pues le interesa mucho; que á no interesarle tanto, no se

detendría en estos enojosos pormenores un caballero como yo.

»Traigo entre manos el asunto del alcalde, única persona que no es

nuestra en ese Ayuntamiento; mas para quitarle se necesita envolverle

en una maraña cualquiera, que sirva de pretexto á la causa que se le

forme. El secretario se ha comprometido á desempeñar satisfactoriamente

ese _ligero_ preliminar, con la insignificante condición de que se

aprueben ciertas partidas de las cuentas municipales que aún andan por

allá en tela de juicio. Cuento con la aprobación solicitada, y, por

tanto, doy por destituido al alcalde, pues no cabe dudar de la destreza

y buenas agallas del secretario. No se olvide que este alcalde es

obra de don Pedro Mortera, que no tuvo reparo en librar una verdadera

batalla contra usted, que guerreaba por Asaduras. Recuérdoselo á

fin de que no se pare en cualquier escrúpulo de amistad que pudiera

asaltarle la conciencia, cuando se resuelva, como lo deseo, á ayudar al

secretario en sus propósitos. En la penuria en que se nos quiere poner,

no debemos desperdiciar ni las migajas.

»Por eso le recomiendo mucho también la pretensión del amigo don

Valentín, con cuya falanje no podemos contar con seguridad á la hora

presente. Ya sabrá usted que ese respetable veterano tiene empeño en

que se apruebe y se ejecute ahí su plan de defensa contra el enemigo,

en el caso probable de que éste intentara entrar en Cumbrales. El tal

don Valentín vino á verme esta mañana y me explicó minuciosamente el

proyecto. Parecióme complicado, costoso y de éxito infalible; pero se

queja el valiente veterano de que nadie le presta atención ahí, y teme

no hallar los elementos que necesita para realizar sus patrióticos

fines. Atribuye él en gran parte esta frialdad de sus convecinos á la

influencia reaccionaria de cierta persona que no quiero nombrar porque

no crea usted que me complazco en indisponerle con ella, complacencia

que no cabe en el corazón de un caballero como yo; pero muy bien

pudiera no equivocarse don Valentín. Lo cierto es que éste no votará á

otro candidato que al de las gentes que le ayuden en la empresa, ó no

votará á nadie si nadie le ayuda á él. Por demás comprendo que no es

grano de anís lo que desea y necesita, y que hasta tiene sus puntas de

locura la ocurrencia; pero no hallo inconveniente en que se le preste

atención y se haga algo en muestra del buen deseo. Lo cierto es que

nosotros, los liberales de orden y de arraigo, no estamos bien con

las manos cruzadas delante de los criminales acontecimientos que son

causa de los desvelos de don Valentín, y juzgo que un alarde bélico de

Cumbrales contra el obscurantista rebelde, sería del mejor efecto en

el país; sobre todo, si lográramos eslabonar con ese noble y patriótico

sacudimiento, la candidatura de nuestro amigo el marqués de la Cuérniga.

»Como usted comprenderá, señor don Juan, yo no hago otra cosa que dar

la voz de alerta y aconsejar lo que, en mi pobre juicio, debe hacerse;

á ustedes toca lo restante, puesto que les interesa más que á mí el

buen éxito de la batalla. Así cumplo con mi deber; y crea usted que no

es leve esa cruz que arrastro. ¡De qué buena gana se la cediera á los

que envidian mi legítima importancia en el país! Porque, después da

todo, los pueblos son ingratos, y me pagan con perfidias y deslealtades

los sacrificios que hago por ellos.»

Horas después que la carta, llegó Asaduras á casa de don Juan de

Prezanes.

No describo á este personaje, porque no me le tachen de parecido

á cierto Patricio Rigüelta, pariente suyo muy cercano, por parte

de padre; la cual semejanza, después de todo, no tendría nada de

particular, pues la da el oficio de ambos, ó, por mejor decir, la

naturaleza, que produce ciertos hombres formados ya para ejercerle con

fruto y lucimiento.

Y hablando el tal Asaduras con don Juan de Prezanes, llegó á decir de

esta suerte:

--Mucho me alegro de que se resuelva usté á abrir la mano (cosa que

hasta el presente no ha querido hacer, por lo cual el asunto no ha

pasado entre ambos á mayores) para que se vea y se cuente lo que hay

en ella; pues, á mi modo de ver, éste es el camino único por donde

las gentes de bien llegan á entenderse... Pues yo, señor don Juan,

voy á decirle á usté en lo que estimo la ayuda que con tanto empeño

me busca para el marqués de la Cuérniga, y mucho me alegrara de que

el precio no le pareciera subido, porque, en rigor de verdá y tanto

por tanto, mejor quisiera servirle á usté, que es, como quien dice,

de casa, que á ningún otro forastero de los que trabajan la partida

al barón de Siete-Suelas... Son corazonás de la nobleza de uno, que

no se pueden remediar. La tierra jala siempre á los suyos... y vamos

al caso. No es usté ignorante, señor don Juan, de que yo pretendí, en

tiempo legal, los terrenos que cercó junto al monte el señor don Pedro

Mortera. Era más pudiente que yo; subiólos en remate hasta donde él

solo era capaz de alcanzarlos, y quedóse con ellos... hemos de ser

justos, en buena ley. Pero yo no los perdí nunca la que les tuve, ni

se la perderé en los días de mi vida, porque los ojos me llevan al

mirarlos hechos un jardín. ¡Qué cierro, señor don Juan!... Pues ese

cierro es lo que yo pido por servirle á usté en esta ocasión... Ya veo

que usté se asombra, y es natural si se mira el caso por derecho; pero

déjeme acabar. Están en regla los decumentos del remate; todo se hizo

como la ley manda; pero yo le aseguro que si usté me ayuda á mover á

estos concejales que son de usté, antes de ocho días no conoce aquel

expediente la madre que le parió; se hace una denuncia á tiempo; la

apoya don Rodrigo, que ya está en autos; se manda abrir el cierro; se

encausa al Ayuntamiento que engañó á la Administración con decumentos

_falsos_; se vuelve á sacar á remate del modo que yo diré, y, sin que

pasen tres semanas, el cierro es mío.

--...

--¡No se enfade, por Dios, señor don Juan! que, en postre y finiquito,

ésta es una proposición como otra cualquiera. Si no gusta, tan amigos

como siempre; pero no se olvide que yo no me comprometí á decir cosa

que á usté le agradara, cuando usté me brindó á proponer lo que me

pareciera más conveniente. Y ahora oiga otra condición que tengo que

poner todavía; y eso, porque soy muy leal y juego siempre limpio: he de

estar en posesión buena y bastante de ese cierro, quince días antes de

las elecciones. Si usté me sirve al tenor de lo expuesto, de usté seré

con todas mis fuerzas; si no, cumpliré honradamente mis compromisos

con el señor Barón, que, si no me da el cierro, porque no puede, como

_otros_ podrían, sabe corresponder rumbosamente con los amigos con

aquello que está á sus alcances.

--...

--¡Pero, hombre, no se alborote usté así por cosas de tan poco momento!

--...

--¡De poco momento, sí, señor!

--...

--¡Anda, hijo, anda! ¡Con que en lugar de ponerme por mote Asaduras,

debieron haberme sacado las mías?... Pues mire usté: olvido de buen

aquél esa ofensa, por la gracia que me hace lo otro de que si guerrea

contra don Pedro, es sólo por tesón de que no valga la suya; y que tan

aína como él le conceda una pizca de razón en lo que usté hace, con él

se irá á donde él quiera llevarle.

--...

--¡No, no!... ¡ya veo que le pone usté cerca de los santos del cielo; y

mucho deben valer esas alabanzas en boca de un enemigo!

--...

El sabor de la tierruca · 第 11 / 19 段