--¡Zi no hubiera tú largao tanta zoga!...--replicóle el Sevillano.

--Verdá es--dijo el otro,--que por ansia de asegurarla mucho, bien

puede haberse escapao la ocasión. Eso ha de verse luégo; que tal está

el particular, que no deja más espera.

Era Chiscón hombre poco palabrero en cosas que le llegaban á lo vivo;

y después de decir esto, no quiso que allí se hablara más del asunto;

pero continuó viendo y observando.

Cuando cesó lo más recio de la bulla, porque los gaznates se cansaron

de gritar, comenzaron los dichos y los relatos á entretener á la

gente. Se apuntó algo sobre si entraría ó no entraría _el facioso_ en

Cumbrales; pero la mitad de los oyentes no creían en la existencia de

él, y la otra mitad daba el riesgo por fraguado en la imaginación del

ocioso don Valentín; por la cual este asunto dió poco entretenimiento.

Pero salió á relucir la tribulación de Tablucas, ¡y esta materia sí que

absorbió los sesos á la gente!

Por lo que allí se dijo, desde que nosotros vimos á Tablucas en

la taberna de Resquemín, el asunto del perro no había mejorado un

punto, si es que no andaba peor: los mismos garrotazos á la puerta

en anocheciendo, y el propio animal en el murio en cuanto alumbraba

la luna; la viuda asegurando que nada oía ni veía de ello á tales

horas; la familia _embrujada_ llenando de cruces puertas y ventanas

de día, y tiritando de miedo por la noche; algunos vecinos de la

barriada encerrándose en casa al ponerse el sol, _por si acaso_; muchos

otros del lugar, recelosos de todo perro desconocido, y, lo que más

importaba, el pobre Tablucas sin hora de sosiego para trabajar la

herencia que traía entre manos, y dar en el quid de una dificultad que

no podía vencer en la máquina que imaginaba para pinchar _lumiacos_.

Uno de la deshoja aseguró que, pasando una noche á su casa por delante

de la de Tablucas, oyó los tamborilazos; que, mirando por una rendija

de la portalada, creyó ver una persona que se metió corriendo en casa

de la viuda; pero que de perro en el murio, no vió pizca. Un viejo que

esto oyó, dijo mal de aquella mujer, y mezcló en los supuestos al hijo

de don Valentín.

--¡Jos!--exclamó otro de los oyentes,--eso, ya pa con tocino, tío

Pamplingue... Por ahí no va el agua de los tamborilazos.

--No vos diré que vaya--repuso el viejo.--Dicho es que vos dije por lo

que dicen; que yo, ni entro ni salgo. Porque tamién se dijo si en cá

de Tablucas se fisgoneaba mucho lo que pasaba en cá de la su vecina; y

bien pudieran, á modo de escarmiento, y pa cerrar los ojos á éste y al

otro... Pero tocante á lo del murio, ¡eso pasma de too!

Sobre lo del murio, no faltó quien dijo que podría consistir (según

parecer del señor cura) en unos cantos gordos que había á medio caer en

el lomo del paredón; los cuales cantos, vistos desde casa de Tablucas

y alumbrados por la luna, á poco que el miedo hiciera de por sí, bien

pudieran parecerse á un perro muy grande. Respondióse á esto que el

tal perro se veía á unas horas y á otras no; á lo que replicó el

sustentante (también por boca ajena) que eso consistía en que la luna

no siempre alumbraba por el mismo lado, y que «según era el punto de

alumbre, así resultaba la fegura.»

Se desechó este supuesto y cuantos se apuntaron allí fundados en lo

hacedero, y acomodables á las leyes del sentido común; y cátate, pío

lector, con éstas y con otras tales, á la pobre tía Rámila _sobre el

tapete_. Ya para entonces había descendido la montaña de panojas lo

suficiente para que todos los deshojadores pudieran verse las caras,

aunque algo turbias y de lejos; y una sola conversación entretenía

á todos los circunstantes, esforzándose mucho la voz. ¡Horrores se

contaron allí de la bruja! Apenas hubo persona en el desván que no

la debiera algún agravio y que no la hubiera _visto_, en tal ó cual

forma extraña, después de cometida la fechoría; y unánime estuvo la

gente aquélla en declarar que era punto menos que herejía el mimo con

que se la trataba en casa de don Pedro Mortera (aquí se bajó mucho la

voz), donde se le daba entrada franca, y tentar á Dios manosearla como

la manoseaba la señorita María, que tanta hermosura tenía que perder.

Hablóse después de otras brujas, y de las maldades de las brujas, y de

todos los remedios conocidos contra todas las brujas del mundo, y se

fué á parar, por fin y remate, á que lo de los tamborilazos á la puerta

de Tablucas, y lo del perro del murio contiguo á su corral, era obra de

la Rámila... porque no podía ser otra cosa.

En esto, ladró el mastín de don Pedro Mortera en la garita de la

corralada, y, casi al misma tiempo, se oyó en el desván un grito de

espanto:

--¡Ayyy!

Y un segundo después:

--¡Ahí... le tenéis! ¡Que vos come!

Estos gritos los daba el Sevillano. El primero se le escapó del pecho

porque, desde que tanto se hablaba en Cumbrales de lo del murio, le

levantaba en vilo el inesperado latir de los perros. El segundo le dió

para borrar el mal color del otro; y como todo se concebía en aquel

valiente menos el miedo, celebróse la ocurrencia por los circunstantes

(saturados de relatos y comentos de brujas en figura de canes) después

de haberse estremecido de horror, aunque no tanto como el Sevillano

que, del primer respingo, se alzó dos jemes sobre la greña de Chiscón,

el cual, puesto de pie, le sacaba un palmo.

No pasó de aquí el incidente, porque, deshojada la última panoja de la

pila, y siendo á la sazón muy corrida la media noche, subieron, detrás

de Pablo, los sirvientes de la casa con sendos garrotes repletos de

castañas cocidas, humeando todavía, más una gran _botija_, capaz de

seis azumbres, llena de aguardiente. Repartió Pablo las castañas con

una caldereta, y tres veces anduvo la rueda sin un tropiezo. No así

el que escanciaba el aguardiente, puesto que halló uno en cada moza

soltera, sabe Dios si por aborrecerlo todas; con lo que tocó á más á

las casadas y á los hombres, pues no quedó gota en la botija.

Y vuelta entonces á los cantares, mientras comenzaba el desfile;

cantares alusivos á todos y cada uno de los señores de la casa,

presentes junto al arranque de la escalera del desván, pagando, aunque

soñolientos y decaídos, con sonrisas y ademanes, pues las palabras no

se hubieran oído, los saludos de la gente que se marchaba con estruendo

y temblor de todo el edificio.

¡Y en el corral cantares, y en la calleja relinchos y más cantares!

Nisco salió solo; Catalina, con la gente de su barriada; y como en

todas ellas se armó ruido, alborotáronse los perros que, aun sin que

nadie los hurgue, no cierran boca en toda la noche; muchos valientes

volvieron á pensar en lo del murio, y el Sevillano se agarró de Chiscón

y no le soltó hasta la puerta de su casa, pues todo aquel trayecto

hubo de necesitar, por las trazas, para convencerle de que no debía de

acompañar en público á Catalina, después de lo visto, hasta hablar con

ella en debida forma.

Cuando el de Rinconeda tomó por la vega el camino de su lugar, solo

y casi á tientas, porque no había luna aquella noche, aún llegaban á

sus oídos los moribundos ecos de alguna balada, el cansado latir de

los perros alborotados, y hasta el alegre cantar de más de un gallo

madrugador.

Chiscón entonces soltó un relincho que repitieron todos los ecos de la

vega; y ningún otro ruido turbó ya la negra soledad de su camino, sino

el triste, lento y remoto gemir del cárabo en el monte, y el bufar de

una lechuza que pasó volando hacia el campanario de Cumbrales.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVII

LA DERROTA

El domingo siguiente, después de misa, hubo en el local de la escuela,

debajo de la sala consistorial, una _concejada_ como no se había

visto en todo el año. Sabíase de qué se iba á tratar en el concejo

de aquel día, y faltaron contadísimos vecinos. Don Valentín llegó

de los primeros, apenas se oyó el tran, tran, tran de las campanas.

Juanguirle, rodeado de sus concejales, ocupó la presidencia en el

sitial del maestro; manifestó el objeto de la reunión, y hasta aventuró

un discursillo encareciendo las ventajas de las _derrotas_, mientras

las gentes, como sucedía en Cumbrales, no supieran dar á las mieses

destino mejor, desde noviembre á marzo; invocó, en apoyo de su parecer,

la ley de la costumbre, tan vieja allí como el mundo (pues no había

prueba de lo contrario), y sometió el caso al acuerdo, que había de ser

unánime, de sus administrados, para dar así debido cumplimiento á lo

mandado «arriba.»

El discurso alcanzó la aprobación del concejo, exceptuando á don

Valentín, que se levantó airado de su asiento para llorar los males

de la patria y los peligros de la libertad. Puso todo este lacrimoso

cuadro enfrente de la criminal indolencia de sus convecinos,

«amenazados día y noche por el azote afrentoso del perjuro,» y concluyó

diciendo:

--_Do ut des._ ¿Queréis derrota? Dadme ayuda; prestadme recursos para

rechazar la invasión del déspota ó morir con gloria en la batalla. Á

este precio tendréis mi voto, sin el cual no se pueden abrir las mieses

de Cumbrales.

Tomóse esta actitud de don Valentín en muy diversos sentidos. Quién la

aplaudía entre burlas y cháchara; quién, menos paciente, denostaba al

veterano y al concejo que hacía caso de semejantes chapucerías. Los que

así se expresaban eran los más; y ya el debate iba tomando mal aspecto

para don Valentín, cuando Juanguirle, haciendo valer su autoridad,

restableció el orden y el silencio, y dijo así:

--No hay que acelerarse, ¡voto al chápiro verde! ni sacar las cosas

de su quicio natural, para entenderse las personas. El señor don

Valentín se queja del poco aprecio que aquí se hace de esos amenículos

de política que le quitan á él el sueño de un tiempo acá; pero hay

sus más y sus menos respetive al caso, y se tocará el punto en su día,

con su cuenta y razón de pulso y patriotismo. Lo que ahora importa y

aquí nos reúne, es lo de la derrota; y sobre este particular, estamos,

gracias á Dios, en la mejor conformidad todos los presentes.

--¡Menos yo!--gritó don Valentín.

--Así se ha entendido aquí, ¿no es cierto?--dijo el alcalde, paseando

una mirada maliciosa por todo el concejo.

--¡Cierto!--respondió éste á una voz.

--¡Repito que no!--volvió á gritar don Valentín, estrujando entre sus

manos el enfundado sombrero.--¡Yo me opongo á que se abran las mieses

este año!

--En vista de tal conformidad--dijo el impasible alcalde,--se acuerda

la derrota y se levanta la sesión.

--¡Protesto contra esta infracción de la ley!--vociferaba el

veterano.--¡Invoco mis derechos de vecino libre... de ciudadano

español! ¡Viva la libertad!... ¡Exijo que mi protesta conste en el acta

para acudir en queja á donde se me oiga!

¡Como si callara! La algarabía de la desordenada muchedumbre ahogó su

voz temblorosa y descompuesta; y, á mayor abundamiento, las campanas

comenzaron á tocar _á derrota_.

Aún no había cesado la sonata en el campanario, cuando se oyó otra más

recia y atronadora en todas las callejas del lugar: mezcla de bramidos,

cencerradas, silbidos y jujeos. Nadie había soltado aquella mañana sus

ganados, en espera del acuerdo concejil que las campanas publicaban ya

con sus sonoras lenguas por todos los ámbitos de Cumbrales.

Desaparecieron como por encanto los portillos y seturas de las mieses;

y cada una de las brechas resultantes fué vomitando en la vega el

ganado á borbotones, en abigarrada y pintoresca mezcla de especies,

sexos, edades y tamaños: la mansa oveja y el retozón becerro; la

cabra arisca y el perezoso buey; la dócil burra y la gentil novilla;

la sosegada vaca, el inquieto potro de recría y el toro rozagante.

Tras el ganado y por el lado de la Cajigona, que vuelve á ser nuestro

observatorio, apareció la gente que lo había conducido, y mucha más

que se le fué agregando; pero la parte juiciosa de ella no pasó de los

bordes de la meseta. Los muchachos, armados de sendos palos, terminados

en gruesa y curva cachiporra, se lanzaron mies abajo, silbando al

vacuno, apaleando á las burras, ladrando á las ovejas y espantando á

los potros con gritos y aspavientos. Pero no era necesaria tan ruidosa

excitación para que las inofensivas bestias dieran al traste con la

formalidad; pues no bien sus pezuñas hollaron el blando suelo de la

mies, toda la extensión de la vega les pareció poco para campo de su

regocijo.

¡Válgame Dios, qué triscar el suyo y dar corcovos y sacudir el rabo!

¡Qué mugir los unos, y relinchar los otros, y balar aquestos, y

rebuznar por allí, y bramar por el otro lado! ¡Qué embestir los chicos

á los grandes, y hacerse éstos los temerosos y los débiles por chanza y

pasatiempo! ¡Qué revolcarse los burros, y galopar los potros sin punto

de sosiego, como si el lobo los persiguiera! ¡Qué derramarse por la

cuesta abajo el compacto rebaño, y entrar en la cañada, largo, angosto

y serpeante, verdadero río de lana tomando la forma de su lecho! ¡Qué

gallardearse á lo mejor el becerrillo negro con humos de toro, junto

á la apuesta novilla, y escarbar el suelo, y bajar la cabeza, y mirar

en derredor con fiera vista, y hacer la rosca con el rabo, sin qué ni

para qué, puesto que ningún rival le disputaba el campo! ¡Qué perder el

tiempo en estos alardes que no eran agradecidos ni siquiera observados!

Hasta el manso y trabajado buey olvidaba su esclava condición, sus años

y sus fatigas, para tomar parte en el general holgorio con tal cual

amago de corcovo mal hecho y aun ciertos asomos de galanteo á la vaca

de su vecino.

Á todo esto, ni pensar en pacer seria y formalmente. Se tiraba un

bocado al fresco retoño de la hondonada, pasando de largo; y otro, más

lejos, á la _paulina_ de la heredad; y luégo otro, de refilón, al verde

de una regatada; y así se andaba y se probaba todo sin fijarse en nada,

creyendo acaso que lo desconocido era más sabroso que lo ya probado.

Faltaba el tiempo para recorrer la blanda y fragante alfombra de la

vega; y el loco y desacorde vocerío y el sonar incesante de esquilas y

cencerros, enardecía las bestias y túvolas sin juicio ni sosiego cerca

de una hora.

Calmados los ímpetus poco á poco, los sesudos bueyes humillaron la

cabeza sobre el elegido terreno para pacer de veras y á qué quieres

estómago; trocóse en manso lago, sobre este prado ó aquella heredad,

cada rebaño que antes fué torrente de ovejas; enderezóse el burro,

harto de revolcarse, y sin sacudirse la basura, ahogó los últimos

suspiros, roncos y desconcertados, entre cogollos de helechos

arrancados á la sombra de una mimbrera terminal; los potros, dejando

de correr, cruzaron de dos en dos los enjutos cuellos, se _espulgaron_

á dentelladas y por largo rato... y todo movimiento fué cesando en la

vega, hasta que no se oyó en ella otro ruido que el sonoro y acompasado

de las esquilas y los cencerrillos de las bestias, que los movían al

pacer blanda y sosegadamente.

Entonces se retiró á paso lento, con los brazos cruzados y la pipa

en la boca, el último de los espectadores que habían contemplado el

descrito cuadro desde lo alto de la meseta por el lado de la Cajigona,

seguro de que, al anochecer, su ganado, sin otro conductor que el

natural instinto, estaría á pie firme y rumiando á la puerta del

establo ó á la del corral, esperando á que se la abrieran.

En tanto, los muchachos dispersos por la vega fueron reuniéndose en

pandillas; una de las cuales, la más numerosa y apta para el lance de

que se trataba, se posesionó de la vasta y limpia pradera que comenzaba

pocas varas abajo de la Cajigona.

Pasaban de veinte los muchachos, cada cual con su _cachurra_ (el

palo de que antes se habló); todos descalzos, los más de ellos en

mangas de camisa, y no eran los menos los que llevaban al aire la

cabeza, trasquilada de medio atrás hasta el pescuezo. Á esta sección

pertenecían, como cabos de ella, _Birriagas_, largo, chupado y pálido,

muy reñidor y no cobarde; _Cabra_, incomparable salteador de huertas

y robador de manzanas; tan ducho y hábil, que distinguía de noche, y

sin catarlas, las _carretonas_ de las _piqueras_; _Bodoques_, corto

de resuello y gordo, pero fuerte; seco de palabra y de muy respetado

consejo; _Lergato_ (lagarto), sutil y marrullero para escaparse sin

una desolladura de donde sus camaradas dejaban tiras del pellejo;

_Lambieta_, goloso y desdentado; y, por último, _Cerojas_, así llamado

por dos lobanillos negros que tenía en la cara y comenzaron á asomarle

poco tiempo después de haberse dado una panzada de las llamadas

_bruneras_, en el huerto de Asaduras.

Tratábase de un desafío á la cachurra, ó á la _brilla_, como también

se dice; juego que se inaugura y cesa con las derrotas, porque sólo en

las praderas de la mies puede jugarse, y vociferaban y se revolvían

los muchachos de la pandilla sobre quién debía de _arrimarse_ á quién

para equilibrar con el posible acierto las fuerzas beligerantes. Hízose

al cabo lo que propuso Bodoques, y quedó la tropa dividida en dos

bandos, figurando en el uno Birriagas, Lergato y Cabra, y en el opuesto

Bodoques, Cerojas y Lambieta, con sus respectivos soldados de fila. Se

echaron _pajucas_ entre Bodoques y Cabra, y tocóle la mano al primero;

el cual, como tonto, eligió para _brillar_ la cabecera alta del prado

en que se hallaba la patulea.

Sacó luégo del bolsillo una bola de madera, del tamaño de una pelota;

requirió su cachurra, que era de acebo con _porro_ macizo y á la veta,

y se fué á ocupar su puesto. Los demás muchachos se escalonaron prado

abajo en dos filas paralelas, cara á cara, á la distancia de dos

cachurras próximamente. Los últimos, y en el último tercio del prado

y bastante lejos de sus camaradas respectivos, se situaron, frente á

frente, Cabra y Cerojas. Entonces puso Bodoques la bola de madera, ó

sea la _catuna_, ó la _brilla_ (que de ambos modos se llama), encima de

una topera, previamente _amañada_; se escupió las palmas de las manos;

empuñó con las dos el extremo de la cachurra, y gritó con toda su voz,

sin dejar de hacer la puntería á la catuna:

--¡Brilla va!

Á lo que respondió Cabra, su contrario, poniéndose en guardia:

--¡Brilla venga!

Y replicó Bodoques:

--¡_Al_ que rompa una pata, que la mantenga, y si no, que la venda!

Dicho lo cual, hizo unas rúbricas en el aire con la cachurra, y

¡plaf!... allá fué la brilla, rápida y zumbando, por encima de los dos

ejércitos en expectativa.

Corrieron debajo de ella siguiéndola, y Cerojas se dispuso á socorrerla

con su cachurra para _pasarla_ sin que tocara el suelo; pero erró el

golpe por ir muy alta; y Cabra, más sereno, dejándola perder fuerza

y altura, la recogió en el aire y á su gusto, y la volvió de un

cachiporrazo hasta muy cerca de la topera de donde había partido. Dos

varas más, y pierden el juego los de Bodoques. Pero andaba éste muy

alerta; la tomó con su cachurra apenas tocó el suelo, y la volvió al

medio del prado. Como iba rastrera entonces, cayeron sobre ella las

cachurras á manojos; y entre ruidoso machaqueo y discordante vocerío,

tan pronto subía la catuna como bajaba. Hubo un instante en que más de

diez cachurras la sujetaron contra el suelo, no queriendo nadie que su

enemigo la arrastrara á su terreno. Entonces Bodoques, que era forzudo,

tiró con brío, y un poco al sesgo, un cachurrazo al montón; y mientras

la brilla salió rápida del atolladero, las cachurras saltaron como si

las volara una mina; y cuál de ellas machacó la nariz del propietario;

cuál la espinilla del colateral; otra levantó en la frente chichones

como el puño, y alguien se quedó, tras de contuso, desarmado. Hubo,

por ende, ayes y por vidas de dolor, amenazas y protestas; y lo de

_soldado en tierra no hace guerra_, fué invocado por ambos ejércitos

en apoyo de sus conveniencias respectivas. Mas como en la porfía no se

lograba siquiera el armisticio, y entre tanto el juego continuaba más

abajo con varia suerte, poco á poco, mitigándose los dolores de los

contusos, fueron los ánimos entrando en caja; y aunque renqueando unos

y palpándose otros los coscorrones, cada cual se arrimó á su bando y

continuó con nuevo empeño la partida, que, al cabo, ganó la gente de

Bodoques, metiendo la catuna en la heredad con que lindaba la cabecera

baja del prado.

Como el que gana es el que tiene derecho á brillar, y brilla desde el

mismo sitio en que ha ganado, las dos hileras de combatientes cambiaron

de terreno al brillar Bodoques; es decir, que jugaba prado arriba la

que antes había jugado prado abajo, y viceversa.

Tal es el juego de la cachurra, ó brilla, que dura en la Montaña

tanto como la derrota. El lector ha visto que se reduce á pasar la

catuna de un lado á otro del terreno elegido. Para impedir que el

contrario lo consiga antes por su banda, hay mil ardides con que los

muchachos prueban su destreza; engaños lícitos, algo parecidos á los

de que se valen los jugadores de pelota. Todo es permitido allí menos

la intrusión de un jugador en el terreno del contrario. Cuando tal

acontece, se le apercibe con estas palabras: _á tu tierra, que te pego

un palo_; advirtiendo que el terreno de cada cual está bien determinado

siempre por las cachurras mismas en ejercicio, frente á frente y porro

con porro. Pero, por lo común, si la partida está muy empeñada, se

prescinde del apercibimiento y, á buena cuenta, se larga el palo en la

espinilla ó en los nudillos del pie desnudo.

Juego, en fin, de lo más higiénico y entretenido, si no fuera por las

quiebras que lleva aparejadas, de piernas, dientes y otras no menos

integrantes y estimadas porciones del jugador.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVIII

EL SECRETO DE MARÍA

Los mejores mercados de la villa (porque en la villa se celebra uno

cada semana) son los del _maíz nuevo_. En ese tiempo no hay pobres en

el país, y cada cual acude á aquel concurridísimo centro de riqueza á

proveerse de lo que no tiene, con un poco de lo que menos necesita. Al

calorcillo de esta animación, hormiguean los tratantes y las mercancías

de mil especies; y unidos todos estos estímulos á la suavidad de la

temperatura, la belleza del lugar y la abundancia de las vías de

comunicación, acontece que cada mercado es entonces una fiesta en que

toman mucha parte las gentes desocupadas del contorno.

En Cumbrales no abundan las distracciones para personas de la condición

social de Ana y María; por lo cual aprovechaban éstas la del mercado,

muy á menudo, especialmente en otoño. Y no se crea que iban á la

villa entonces con el único fin de recrearse: llevaban los bolsillos

bien repletos, amén de una interminable lista de _cosas_, en un papel

ó en la memoria; en la cual lista había de todo, desde el manojo de

chiribías, hasta la vara de raso; desde la palangana de loza, hasta

la resmilla de papel de cartas; desde la madeja de seda para bordar,

hasta el bombasí para un refajo; desde la libra y media de queso

pasiego, y el molinillo del chocolate, y el paquete de azucarillos, y

las zapatillas de alfombra, y las tres libras de arroz, y la cerraja

para el armario, y el vidrio para el _cuarterón_ de tal ventana, etc.,

etc., hasta el lienzo para los calzoncillos de don Juan ó de don Pedro,

ó el tartán para el vestido de invierno de doña Teresa. Para conducir

este revoltijo de especies inconexas, acompañaban á las jóvenes sus

respectivas fámulas de mayor empuje, con sendas cestas de mimbre

pelado, de dos asas, á la cabeza, sobre el _rueño_ de colores, bien

guarnecido de picos pespunteados. Las leyes del bien parecer no exigían

otro acompañamiento que éste á dos señoritas que iban al mercado; pero,

á mayor abundamiento, Ana y María solían llevar el amparo de doña

Teresa, ó el de don Pedro, ó el de don Juan, y vez hubo de ir los tres

juntos; pero una, nada más. Y vamos al caso.

Después de los sucesos referidos en los últimos capítulos; cogidas y

derrotadas las mieses y comenzadas las deshojas donde había mucho que

deshojar, y hasta desgranado el maíz donde éste era el pan y la moneda

de la casa; hechos dos tórtolas Ana y Pablo, y no tan regocijada, pero

sí muy animosa, María, acordaron los tres ir juntos al mercado el

primer día que le hubiera en la villa, si el tiempo no se entornaba; y

como el tiempo no se entornó, el acuerdo llegó á cumplirse.

El sabor de la tierruca · 第 10 / 19 段