No se entienda por esto que daba Nisco por perdidas sus esperanzas;

pues bien sabe Dios que aún las mimaba y las consentía, porque el

esencial fundamento de ellas no había padecido, que él supiera,

menoscabo alguno. Pero era indudable que en la senda de flores que

recorría había topado con un tropiezo de mucha cuenta. Las palabras de

Pablo fueron claras y terminantes; y esto era muy grave, no tanto por

ser de quien eran, cuanto por estar muy puestas en razón. Así le dolían

á él en lo más hondo de su vanidad; así las recordaba y exprimía á cada

instante, y muy especialmente cuando se miraba al espejillo colgado

debajo del _cuarterón_ de su ventana; como si no comprendiera entonces,

aunque lo temiera mucho, que aquéllos sus rizos pegados á las sienes,

el mirar blando de aquéllos sus ojos negros, aquélla su belleza toda,

en fin, con el saber adquirido, por su voluntad, y el buen querer de

su corazón, no eran alas bastantes para volar hasta el sol que había

contemplado cara á cara sin deslumbrarse. Desde el suceso del cierro

(más de ocho días), tres veces nada más había estado en casa de Pablo,

y otras tantas se habían visto y hablado los dos en la calle; pero en

la calle y en casa, Pablo no era el amigo íntimo y afectuoso de antes:

hallábale Nisco frío, reservado y lacónico hasta la sequedad; y como

ignoraba los verdaderos motivos de este cambio, achacábale á lo que más

temía; y esta aprensión le abrumaba el espíritu, porque para ayuda de

sus males, ¡se conjuraban contra él tantos elementos!...

Saliendo la última vez de casa de Pablo, mustio y compungido, porque,

como en las dos anteriores, halló á su amigo reservado y serio, cerrada

la puerta de la sala y los pasadizos desiertos, topó, cerca de la

portalada, con la Rámila que iba á entrar por ella.

--¡Hola, guapo mozo!--díjole la vieja, al notar que no le gustaba el

encuentro.--No pensé que eras tú de los que temen.

--¡Temer yo!--respondió Nisco de mala gana.--¿Por qué había de temer

cosa alguna?

--Eso es señal de que no la has hecho. Ya sabes: quien no la hace...

--¡Ya se ve que no la he hecho!

--¿Estás muy seguro de ello, Nisco?

--No recuerdo haberla ofendido á usté.

--¡Otra, bobo!... si no se habla de mí. Si de mí se hablara, igual

fuera una de más que de menos. Me han hecho tantas, que ya no reparo.

Pero bien pudieras habérsela hecho á otros.

--¡Á naide!

--¿Ni siquiera á Catalina, santuco de Dios?

--¡Dale otra más!... ¡Mire usté que es tema, puño!--dijo Nisco

machacándose con los suyos cerrados las caderas.--Y á usté ¿qué le

importa? y por último, usté ¿qué sabe?

--¿Pues no he de saberlo? ¿No ves que soy bruja, tocho?... El que me

importe ó no, ya es distinto, y sobre esto no reñiríamos en ningún

caso; pero te importa á tí, y, porque te importa, te voy á contar un

cuento.

Nisco no sabía á qué santo encomendarse en aquel trance, ni sobre qué

pie echar el cuerpo para descansar mejor, en el desasosiego que le

consumía. Para cortar por lo sano, trató de largarse; pero la vieja se

le atravesó delante, y, á mayor abundamiento, le agarró por las solapas

de la chaqueta y le dijo muy seria:

--¡Escúchame... ó te muerdo!

Tembló Nisco al oir aquella amenaza en tal boca, y respondió,

resignándose á la fuerza:

--¡Pero acabe pronto!

--En dos palabras te despacho--dijo sonriéndose la vieja; y añadió en

seguida:--Amigo de Dios, éste era un mozo soltero, con pocos bienes de

fortuna, pero amañado y trabajador que pasmaba. Pasábase lo más del día

en el monte cortando varas de avellano para hacer en su casa zonchos

y adrales, que vendía en ferias y mercados; trabajaba además un poco

de tierra prestada, y tenía una vacuca en aparcería. Así iba tirando

el hombre de Dios, con los calzones remendados y no muy llena la

barriga, pero en buena salud y muy contento, porque no había conocido

cosa mejor. Pues, señor, que estando un día en el monte y en lo más

espeso de él, porque en lo más espeso se jallan siempre los buenos

avellanos, corta esta vara y corta la otra, cátate que oye tocar el

_bígaru_[3] ajunto á sí mesmo, y de un modo que gloria de Dios daba el

oirle. Y oyendo tocar el bígaru tan cerca, y no viendo por allí pastor

que pudiera hacerlo, fuése detrás del son; y yéndose detrás del son,

apartaba las malezas; y apartando y apartando, llegó á un campuco muy

majo, donde vió el bígaru solo arrimado á una topera grande y sonando

sin parar. Pues, señor, qué será, qué no será, acercóse á la topera,

y vió que en el borde mesmo de ella y con las patucas metías en el

ujero, estaba sentao un enanuco, menor que este puño cerrao, y que este

enanuco era el que tocaba el bígaru. Viendo el enanuco al mozo, deja de

tocar y dícele:--«¿Qué hay, buen amigo?--Pues aquí vengo,» respondió el

otro, «por saber quién tocaba tan finamente; pero si es que estorbo, me

volveré por donde vine.» Á lo que volvió á decirle el enanuco:--«¡Qué

estorbar ni qué ocho cuartos, hombre!... sépaste que para que tú

vinieras he tocado yo.» Pues, amigo de Dios, que en éstas y otras,

métense en conversación el enanuco y el mozo, y cuéntale el mozo al

enanuco todos los trabajos de su vida. Y contándole todos los trabajos

de su vida, dícele el enanuco al mozo:--«Pues, amigo, de todo eso era

yo sabedor y noticioso; y porque lo era, te llamé para preguntarte

qué deseas en premio de tu hombría de bien.» Á lo que respondió el

mozo:--«Con que fuera mío lo que á renta y en aparcería llevo, y dos

tantos más para vivir sin esta fatiga del monte, que es la que me

quebranta, creyérame el más rico del lugar y no envidiara al rey de las

Indias.--Pues tendrás lo que deseas, si eso te basta,» dijo el enanuco.

Y volvió á responder el mozo:--«Me basta, y hasta me sobra, si bien se

mira, lo que hasta hoy he tenido y el mal uso que haría de cosa mejor,

por desconocerla.» Con que, amigo de Dios, cátate que le dice en esto

el enanuco:--«Coge de esta tierra que ves junto á mí, y échatela en el

pañuelo.» Asombróse el mozo, porque pensó que el enanuco se burlaba de

él, y tornó á decirle el enanuco:--«Cógelo, hombre, sin recelo, que de

ello tengo yo llenos los mis palacios, á los que se va por este ujero

en que estoy.» Por si era ó por si no era, el hombre sacó del seno el

moquero, y echó en él una buena _mozá_ de aquella tierra, y añudó

luégo los picos. Y díjole entonces el enanuco:--«Ahora, vete á casa, y

cuando te acuestes, pon debajo de la almohada esa tierra, según está

en el pañuelo. Al despertarte mañana, verás si te he engañado.» Pues,

señor, que lo hizo como se lo mandaron; y ¡quién te dice á tí que, al

despertar al otro día con el sol, abre el pañuelo, y ve que la tierra

se ha convertido en ochentines y onzas de oro!... ¡más de mil había

entre unos y otras! Como que el pobre zonchero pensó enloquecer de

alegría. Pues, señor, que, entrando en su quicio poco á poco el mozo,

empezó á echar sus cuentas: tantos carros de tierra así; tantos asao;

tantas reses de esta clase; tantas de la otra; el carro de tal modo;

la casa de cuál otro... Y cátale en poco tiempo con unas labranzas

de lo mejor y unos ganados que tenían que ver; bien comido y bien

trajeado, y con buenas onzas sobrantes al pico del arca; motivao á lo

que las mejores mozas le persiguieron, echándole memoriales con los

ojos. Y bien lo merecía, que, no por ser buen mozo y rico, dejaba de

ser trabajador y honrado, como cuando era pobre. Pero, amigo de Dios,

cátate que un día se le antoja ver un poco de mundo, cosa que jamás

había visto, y plántase en la ciudad, de golpe y porrazo. ¡Él que allí

se ve entre tanta gala y señorío!... ¡Madre de Dios!... ¡Aquéllas

sí que eran mozas, con sus vestidos de seda y sus abanicos y sus

lazos de crespón y sus caras de rosa de mayo! ¡Aquéllos sí que eran

mozos, con sus casacas de paño fino, sus borlajes de oro y sus botas

relucientes! ¡Y qué vida la suya! Éste á caballo, aquél en coche; el

otro de brazalete con la señora; paseo abajo, paseo arriba; comedia

aquí, valseo allá; buena mesa, muchos sirvientes y gran palacio...

vamos, que vivir así y vivir en la gloria, pata. De modo y manera, que

volvió el mozo á su pueblo pensando ser la criatura más desgraciada

del mundo. Volviendo así á su pueblo, cogió _duda_ á la borona, dió en

aborrecer el trabajo, y los días enteros se pasaba pensando en aquello

que había visto y en ser un caballero de los más regalones; y pensando

de esta manera, quería una dama por mujer, y no había que mentarle

las mozas de su lugar, que todas le parecían poco para un personaje

como él. Pues, amigo de Dios, que abandonó las labranzas por entero,

y tuvo que comer de lo agorrao, mientras le andaba cierta idea en el

majín, que no se atrevía á poner por obra; pero cátate que no tuvo otro

remedio que ponerla, porque lo agorrao iba á acabarse, y él no estaba

por volver á trabajar las tierras que tenía en abandono. Un día unció

los bueyes al carro, puso en él media docena de sacos vacíos, y arreó

hacia el monte; y arreando hacia el monte, llegó al sitio que buscaba;

y llegando á aquel sitio, oyó sonar el caracol del enanuco; y oyéndole

sonar, se acerca al enanuco y le dice:--«Hola, buen amigo: pues yo

venía á darle á usté las gracias por el favor que me hizo tiempo atrás,

y á pedirle otro nuevo, si no ofende.--¡Qué ha de ofender, hombre!»

respondió el enanuco. «En siendo cosa que yo pueda, pide con libertad.»

Alegrósele el corazón al mozo, y tornó á decir al enanuco:--«Pues yo

deseara llenar estos sacos que traigo aquí, de la misma tierra que

usté me dió la otra vez.--Todo este campo es de ella,» respondió el

enanuco; «con que así, cava donde quieras y llénalos á tu gusto. No te

olvides de ponerlos esta noche cerca de la cama para abrirlos en cuanto

despiertes al amanecer.» Y con esto, metióse el enanuco por el ujero á

los sus palacios; con lo cual quedóse solo el mozo; y cava, cava, en

un periquete llenó de tierra los sacos, y se volvió á casa con ellos

más contento que unas pascuas. Llegó la noche, acostóse, durmió poco

con la brega que traía en el majín, y al amanecer ya estaba el mozo más

listo que las liebres; y estando más listo que las liebres, pensaba en

abrir un pozo muy hondo para guardar tantas onzas como iban á salir de

aquellos sacos; y pensando en esto, los abrió; y abriéndolos... ¡hijo

de mi alma!... no encontró en ellos más que la tierra que había cavao

en el monte. Quedóse en la agonía el pobre hombre; y quedándose así,

llegó á consolarse cavilando que, mirando bien las cosas, con lo que

ya tenía de antes le bastaba; y cavilando esto, fué al cajón donde

guardaba las pocas monedas sobrantes... ¡y tierra eran también como

la de los sacos!... ¡y tierra los papeles de sus compras! Fué á la

cuadra... ¡y montones de tierra los bueyes!... ¡y montones de tierra el

ganado que pagó con el dinero del enanuco! No quedaba allí otra bestia

que la vaca en aparcería. Reparó entonces en la casa, y vió que era

la misma en que él vivía cuando era pobre zonchero: á la puerta había

un coloño de varas y unos adrales á medio hacer. Gimió y golpeóse, el

venturao; y al monte fué á contar su desgracia al enanuco; pero el

enanuco le dijo:--«Eso que te pasa, no puedo remediarlo yo: quien por

mi mano te dió la riqueza que has menospreciado, te dice ahora por

mis labios que la miseria en que vuelves á verte es el castigo que da

Dios á los cubiciosos que quieren pasar de un salto, y sin merecerlo,

de zoncheros bien acomodados, á caballeros poderosos.» Y colorín

colorao... ¿Qué te paece del cuento, Nisco?

[3] Caracol marino.

--Pues no me paece cosa mayor--respondió Nisco, que había estado

escuchándole con la boca abierta.--Pero, valga ó no valga, ¿por qué me

le cuenta usté aquí?

--Cuéntotelo aquí, porque, como dijo el otro, aquí te cojo y aquí

te mato; y cuéntotele también, por si conociste tú al zonchero, ú á

persona que se le ameje siquiera en los humos de la chimenea.

--¡Yo no conozco ni he conocido á naide de esas señas!

--Pues yo sí, Nisco. Yo conozco á uno, amejao al zonchero en las

infladuras de la vanidá; un mozo que, por tener de todo, tuvo una novia

como unas perlas, que por él se moría y por él se muere.

--¡Bah, bah!--dijo aquí Nisco clavándose en la alusión de la

vieja.--¡No me venga con coplas!

--No son coplas éstas--replicó la Rámila impertérrita:--son verdades

como puños, que te importan más que á mí. Hace ya mucho que andas

caminando hacia el monte con los sacos vacíos en el carro; y te salgo

al encuentro para decirte que te vuelvas, porque sé lo que te aguarda

si los llenas como el zonchero. Aquellos tesoros no son para tí,

probe tonto, que guardados están para quien mejor los merece. Buenos

los tienes en tu casa; vuélvete á cuidarlos, que tierra será para tí

el mejor de todos ellos, si la cubicia llega á descubrírsete como al

otro. Yo sé que hoy te quiere Catalina más que antes te quiso; pero

también sé que no te querrá así el día en que tú seas la rechifla de

Cumbrales. Y ahora vete con Dios y perdona el poste; pero no olvides el

cuento de _El zonchero cubicioso_, que has de agradecérmelo.

Con lo que la Rámila se entró en la corralada de don Pedro Mortera, y

Nisco tomó el camino de su casa, mustio y contrariado... y voy á lo

que decíamos de los elementos conjurados contra los planes de este

mozo: no bien abocó al estragal, encaróse con él Juanguirle, que iba á

salir á _picar_ leña en la accesoria, y le echó un trepe que ardía. En

conclusión le dijo:

--¡Por vida del chápiro verde, que no sé qué te hiciera para quitarte

ese hipo de monja en viernes!... Pues mira que si con guantadas se

curara, ya tenías un par de ellas encima. ¡Dígote con los hombres

de ahora, voto á briosbaco y balillo! Si tienes un pesar, dile ó

revienta... Si son chapucerías de desjuiciado, acuérdate de que eres

hijo de un hombre de bien. El demonio me lleve si yo sabía la menor

cosa hasta que tu madre me lo dijo esta tarde, por haberlo aprendido

ella en el río. Contábate, como yo, con los cinco sentidos puestos en

la muchacha, que, en ley de verdá, vale más que tú; cuando salimos

con que... ¡por vida del chápiro verde! resulta que no hay nada de lo

dicho, porque el fachendoso del hijo mío hace una eternidá que volvió

las espaldas. El porqué, tú lo sabrás: yo no le sé ni le sabe tu

madre; y en la muchacha no consiste, que así lo juró cuando tu madre

topó con ella al volver de lavar y la habló del caso, porque debía

hacerlo. De nada te acusa más que de ausencia; por leal se afirma, y

con llorar se venga. Esto la ensalza, si juró verdá, y á tí te honra

poco, Nisco... y á mí no mucho, que tu padre soy. Si el serlo te

encoge para hablar conmigo de esos particulares, no se los calles á

tu madre cuando venga de la mies y te busque la lengua... porque ha

de buscártela y con mucha razón. Lo que yo te digo es que, inocente ó

culpado, vuelvas á tus cabales y cumplas con tu deber, que no tienes

rentas para hacer vida de señor manido entre cristales... ¡Y en qué

tiempo, voto al chápiro! cuando asoma la _cogedera_ y más brazos se

necesitan en casa, y cuando me veo con una zancadilla á cada vuelta que

doy en el Ayuntamiento. Porque has de saberte que hasta de las locuras

de don Valentín se quiere sacar partido por la gente que allí me han

puesto para que tu padre caiga en la trampa, ya que no quiere cerrar

los ojos á sus fechorías... porque aquello, hablando en claridá, es

una ladronera consentida... Pero ¡voto á briosbaco y balillo! ¡yo les

juro que á la sombra mía no las han de urdir allí mientras tu padre sea

alcalde!

Y se fué á su quehacer el bueno de Juanguirle, de muy mal humor, cosa

que le acontecía rarísimas veces en la vida. Pero Nisco era testarudo;

y por más que el mundo entero pareciera empeñado en meterle por los

ojos lo que sus ojos no querían ver, lo que tenía entre cejas allí

había de estarse mientras no se lo arrancara _quien_ allí se lo había

puesto.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVI

UNA DESHOJA

Con la _secura_, que no cesaba por seguir el tiempo al Sur, las mieses

se pusieron hechas una bendición de Dios, y en la última semana de

octubre no quedaba una caña de alubias sin _pelar_ en las heredades,

y las panojas, bien granadas y bien secas, iban á desprenderse ellas

solas de los maíces, si muy pronto no las amontonaban sus dueños en el

desván. Pero ¡con poco mimo las observaban éstos uno y otro día, para

dejarlas expuestas á la voracidad de los cuervos, ó á los riesgos del

temporal que podía presentarse á la hora menos pensada! ¡El fruto de

tantas fatigas, el pan de todo el año!

Aún no había espirado el mes, cuando comenzaron á invadir la vega, por

todas sus _portillas_, carros con altos adrales; y cada familia en

su heredad, pela aquí, pela allí; panojas al garrote y _garrotados_

de panojas á los carros; de vez en cuando, sube que sube los adrales,

según iban llenándose las teleras; después, los _calabazos_ encima

de las panojas y en el _payuelo_ de la pértiga, y hala para casa, á

campo travieso, primero, tirando los bueyes dentelladas furtivas al

retoño ajeno; y después, por la cambera, canta que canta el eje, untado

con tocino; y ya en el portal el carro, allá va la carga de panojas

arrastrada con las trentes sobre los garrotes, tan pronto llenos como

subidos al desván, al hombro del mocetón ó sobre la cabeza de su

hermana: en una pila el maíz, y aparte los calabazos; de éstos, los

duros y _berrugones_ á un lado, para la olla; y á otro, los blandos y

aguachones, para los cerdos.

En poco más de una semana se cogieron todas las mieses, y aún sobraron

días para dar una pasada con el dalle á los prados viciosos, y para

_sacudir_ muchos castaños y recoger los entreabiertos erizos, pues los

muchachos empezaban á derribarlos del árbol á pedradas, y más de una

_magosta_ habían hecho ya con las castañas cosechadas así.

Todas estas faenas eran de ver en una casa como la de don Pedro

Mortera, donde los frutos entraban en grandes cantidades. ¡Qué ir y

venir de carros y de obreros! ¡Qué cantar en aquel corral los ejes,

y vocear los carreteros, y sonar las panojas como fuelles de papel al

deslizarse unas sobre otras en los adrales, y después como truenos

lejanos, al caer por la rabera en el garrote; y el acompasado pisar,

escalera arriba y abajo, de los que las llevaban al desván! ¡Y qué

pilas se iban formando en él, clase por clase; porque el maíz de unas

heredades era de grano redondo, y el de otras de _diente de perro_! Y

cuando el desván se llenaba, la misma actividad y el propio ruido en el

vasto granero de la accesoria del corral, donde ya estaba la cosecha de

alubias oreándose.

Para deshojar tanta panoja, se necesitaban muchos días y mucha gente,

y esta tarea la inauguraba don Pedro con una _deshoja_ pública,

digámoslo así, en el desván de la casa, por seguir una costumbre jamás

interrumpida en ella, ni en otras muchas del lugar. De esta costumbre

clásica de la vida campestre montañesa he hablado yo en otro libro; mas

no ha de impedirme esta consideración, que no deja de ser atendible,

dedicar unas cuantas pinceladas á aquella deshoja de don Pedro Mortera,

siquiera por el enlace que tuvo con los descosidos acontecimientos de

este insubstancial relato.

No se tasaba el número ni la calidad de las personas para entrar allí;

y en la noche de que hablo, antes de las ocho, pasaban de cincuenta,

jóvenes las más y de buen humor, las que estaban sentadas en el suelo

alrededor de una montaña de panojas. Para alumbrar este cuadro no

bastaba un farol, y había hasta tres, colgados en otros tantos postes;

y aun así no se lograba más que barrer un poco las tinieblas hacia los

fondos interminables del desván, donde se _veían_, apretadas y negras,

debajo de las deprimidas vertientes del tejado.

Menudeaban los cantares de las mozas; respondían los mozos con sus

baladas lentas y cadenciosas; relinchaban, entre balada y cantar,

los que sabían hacerlo con recio pulmón y adecuado gaznate; reíase

acá, murmurábase allá; y, en tanto, las panojas deshojadas caían en

los garrotes como lento pedrisco; y la montaña del centro descendía,

socavada poco á poco, mientras crecía sin cesar la cordillera de hojas

que iba formándose por detrás de la gente; desocupábanse á menudo

los garrotes llenos, en un espacio despejado en conveniente lugar;

y el ruido que aquellas cascadas de panojas producían al caer sobre

el sonoro tablado, ruido semejante al de un tren de artillería en

calles mal empedradas, era como el _bajo_ del incesante é infernal

desconcierto... Y cuenta, lector filarmónico, que esto del desconcierto

lo digo acordándome de lo fino de tu oreja; que, por lo que toca á

las de aquella rústica gente, por muy grata y sabrosa reputaban la

baraúnda.

De nuestros conocidos, veíanse en la deshoja (estilo de revistero de

salones) á Catalina, Nisco, el Sevillano y Chiscón, Pablo entraba y

salía á menudo, porque su padrino y Ana estaban de tertulia en la sala

con motivo de la solemnidad de la noche, solemnidad tormentosa, pero,

al cabo, solemnidad, en que los buenos amigos debían tomar parte para

tener por un lado aquellas largas horas de barullo y desgobierno.

Repito que Pablo hacía frecuentes visitas á la deshoja, porque aquella

noche le solicitaban dos impaciencias á cual más poderosa: al lado

de Ana, la de ver lo que pasaba en el desván; y en el desván, la de

volverse al lado de Ana.

Yo no sé si fué la malicia ó la casualidad ó el diablo quien lo

dispuso; pero es lo cierto que Catalina y Nisco estaban sentados hombro

con hombro, y enfrente de ellos, Chiscón y el Sevillano. Nisco, que no

soltaba la murria que le partía, había ido á la deshoja «por ser cosa

de Pablo,» y porque no hubiera tenido racional disculpa su ausencia de

allí aquella noche. Entró en el desván con su amigo, disimulando el

gusanillo que le roía; tomó puesto á la casualidad en medio del barullo

revuelto al comenzar la deshoja, y ¡cuáles no serían su asombro y su

despecho, viendo que cuando él posaba las asentaderas en el suelo,

hacía otro tanto á su lado Catalina con las suyas. Cambiar de puesto,

era escandalizar; pretender que la moza cambiara, una impertinencia

insostenible. Resignóse y propúsose tapar con máscara risueña y

jubilosa, la corajina que le hervía en el pecho.

Al principio todo fué bien, salvo algún codazo que otro que Catalina

le daba, lo cual era inevitable, porque los brazos de la moza eran

argadillos, según lo que se movían, cogiendo, deshojando y despidiendo

panojas sin cesar con las manos, y el terreno no sobraba alrededor

de la pila; pero se fué encrespando la bulla; sonaron los primeros

relinchos; comenzaron los cantares, y ya se podía echar un párrafo á

media voz con un adyacente, sin ser oído de los demás.

Esta ocasión aprovechó Catalina para decir á Nisco, con la cara y el

acento de la misma sátira en persona:

--Vaya, que estarás, en el punto en que te hallas y pegante á esta

probeza, como si las tablas te quemaran el detrasero... Pues ¡cómo ha

de ser, hijo! yo no tengo la culpa.

Nisco respondió, con la risa del conejo:

--Se está uno aquí, porque le da la gana, que estar se sabe en lugar

más alto cuando al caso viene.

--Y porque no mientes ahora--replicó Catalina,--dije yo lo dicho... ¡no

faltaba más! Basta mirarte, hijo, sin saber lo que se sabe, para ver

que este puesto no es el tuyo. La probeza aquí, como San Pedro en Roma;

pero la gente fina, como tú, á la sala con los señores.

--¡No sería la primera vez!

--¡Ya se ve que no!... ¡Y como que á la presente te estarán echando de

menos! Tonto serás, Nisco, en perder la ganga por este cumplido que

naide te agradece.

--¡Cada uno á su hacienda, Catalina!

--Vamos, que con lo grandona que va á ser la que te espera, no te

vendrá mal un mayordomo... ¡Vaya que fué estrella la tuya, hombre!

--¡No escomencemos!

--¡El diantre tiene cara de condenao!... ¡Mira que tendrás que ver, del

brazalete de una señora tan pudiente y tan fina, coleando la casaca por

esas callejas!... Oiréis la misa ajunto el altar mayor... ¡Jesús y los

santos del cielo no me falten en mis últimas!... Otra lotería como ella

nunca cayó en Cumbrales.

Amoscóse más Nisco, y respondió á esta burla:

--¡Te digo que no escomencemos... y que no traigas en boca á quien de

tí no se alcuerda!...

--¡Ni de tí tampoco, fanfarrias!--saltó Catalina con reconcentrado

veneno, aunque bien disfrazado con sonrisas falsas para que los

circunstantes no le conocieran.--Como no comas otro pan que el que por

ahí te venga, buenas tripas vas á echar hogaño. Toma surbia con solimán

de lo fino, y maja terrones por recreo, que eso es regalo para un

descastao y fachendoso baldragas como tú... ¿No te dije yo que cuanto

más subieras mayor sería la costalada? Pues ya te la estás arrascando

días acá... Aunque piensas que no miro, bien te veo con el moco lacio,

contando los morrillos de las callejas. ¿Diéronte portazo? ¡Bien lo

merecías! ¡Toma estudios ahora y date vientos de señorío, mondregote,

que más arriba está quien manda, para hacer josticia seca!

Nisco recibió todo este metrallazo á la oreja, sin poder contestarle á

su gusto, porque la ira le cegaba ya y temía dejarse arrastrar de ella

en aquel sitio. Dominóse como pudo, y remató el altercado amenazando á

Catalina con un desaire en público, si no enfrenaba la lengua. Temió

la moza y callóse... por entonces, porque su boca fué un alfiler para

Nisco mientras duró la bulla en el desván.

Y aconteció también que, como la una y el otro siempre que hablaban se

sonreían, aunque de muy mala gana, Chiscón, que no los perdía de vista

un instante, tomó al pie de la letra aquel falso regocijo; creyóle

señal de una reconciliación, y vió, por ende, su pleito en riesgo

grave. Así lo entendió también el Sevillano; por lo que se brindó de

nuevo á _despachar_ el estorbo, si al de Rinconeda le convenía este

atajo para llegar más pronto al fin de su jornada.

--Me dió á mí ya que cavilar--dijo Chiscón,--lo que pasó al respetive

del sitio. Con ella vine, á mi vera estaba aquí, presentóse allá él;

y cuando pensé que me sentaba arrimado á ella, ya la ví onde la ves

ahora. Pues la puerta me abrió; que no, nunca me dijo... pero esto no

lo entiendo.

El sabor de la tierruca · 第 9 / 19 段