Así llegaban al cierro, verdadero muestrario de cultivos; vasta

extensión de terreno, labrado en la sierra inmediata al monte, bien

soleado y circuído de un vallado con hondo foso, y erizado de una

espinera blanca, recia y tupida, que en la primavera, cargada de

flores, parecía un muro de nieve. Allí ensayaba Pablo sus atrevimientos

de cultivador cuando estaba en el pueblo; y desde que era mozo y tan

pronto como se acentuaron en él estas aficiones, nunca dejó de hacer

una escapada desde la Universidad, con mucha complacencia de su padre,

en la estación conveniente á sus propósitos; pues no era imposible,

durante el curso universitario, acomodar las exigencias de las

principales labores agrícolas á los días de vacaciones.

Cómo volaba el tiempo para Pablo mientras estaba allí metido con Nisco

examinando el cierro planta á planta y yerba á yerba, ponderando

esto y lamentándose de aquello, lo uno porque respondía fielmente á

sus imaginaciones, y lo otro porque le había producido un desengaño,

lo comprenderá el lector sin que yo se lo explique en largas

consideraciones, que habrían de fatigarle, y á mí también. Y ahora le

advierto que si digo todo lo que dicho queda en el presente capítulo,

de los entusiasmos campestres de Pablo, no es porque yo me imagine que

le sientan bien á un mozo de su edad estas formalidades precoces, pues

bien sabe Dios que con ellas solas y sin las muchachadas por que le

reprendió su padrino, y la sencillez y noble despreocupación de que nos

ha dado muestras, más apto le juzgara para zagal de un idilio cursi,

que para personaje de una novela realista; dígolo para que, teniéndolo

en cuenta el que leyere, dé toda la significación que le corresponde

á la actitud en que, al día siguiente de haber refrescado la familia

de don Pedro Mortera en casa de don Juan de Prezanes, sin detrimento

de la buena armonía, Pablo y su amigo, que no se habían visto desde la

antevíspera, caminaban hacia el cierro del monte.

Iban el uno en pos del otro, lentamente y pensativos. Pablo tronchando

yerbas y flores con una varita que llevaba en la mano, y Nisco, con

la chaqueta al hombro y el sombrero sobre las cejas, arrollando y

desarrollando maquinalmente con sus índices una hoja de maíz. Pasaron

junto á un maizal en que habían hozado puercos muy recientemente, y ni

una palabra arrancó á los caminantes el suceso; más adelante hallaron

á una familia _cogiendo_ una heredad, cosa que nadie pensaba hacer

todavía en la vega, y ni siquiera se cansaron en preguntar si el maíz

aquél se cogía por _tempraniego_ ó para secarlo en el horno... Aunque

vieran cuervos picoteando las panojas, y maíces tronzados ó seturas

entornadas, señales de haber entrado bestias en la mies, y tal cual

prado todavía con el pelo de agosto, seco, podrido y ya sin jugos...

nada, nada les ofrecía motivo para una sola pregunta, ni los sacaba de

sus tenaces meditaciones.

Databan éstas, que no eran tristes por cierto, de la misma fecha. Las

de Pablo nacieron del consejo que le dió su padrino delante de Ana;

las de Nisco, de su conversación con María. Desde entonces andaban los

dos camaradas como pareja de palominos atolondrados. Pablo, como quien

despierta de un sueño agradable y se deleita en armonizar ideas no muy

acordes, y en grabar en la mente imágenes fugaces y confusas; Nisco,

viendo y palpando cuadros de bulto, con luz de colores y auras de

tomillo y malva rosa.

Entraron en el cierro sin hablar palabra, y con el mismo silencio

llegaron al punto más alto de él... y allí se sentaron _subter viridi

fronde_, quedando ante su vista el panorama de Cumbrales y lo mejor

de su vega. Llenóse Pablo los ojos de aquel hermoso espectáculo, y

el pecho de aquellos aires puros y fragantes, y no dejó Nisco de dar

pruebas de que también sabía sentir la hermosura de la naturaleza.

Diólas primero mirando con avidez aquí y allá, á pesar de sus

cavilaciones; y, por último, rompiendo á hablar de esta manera:

--Lo que se recrea el hombre con visualidades como ésta, es mucho de

todo, Pablo.

Nada respondió éste, y añadió el otro:

--Pues cuando uno tiene en sus adentros algo enternecida la entraña,

por estimación á otra persona que le quita el sueño, dígote que cosa

es que pasma cómo la ves onde quiera que pones los ojos, ni más ni

menos que si la llevaras en ellos. Así es que resulta que esa persona,

sin estar delante de tí en cuerpo y alma, es á modo de luz que te lo

alumbra todo... Entiéndolo yo tal, sólo con las feguraciones de un bien

querer... porque no cabe en lenguas ni en papeles lo que uno viera, en

salva la ocasión presente, si en manos de uno estuviera aquello que

apetece ó que puede apetecer, por convenirle.

Calló Nisco porque se enmarañaba y perdía entre estas metafísicas, y

acaso también porque Pablo parecía estar más atento que á escucharle, á

contar los varazos que se daba en sus piernas estiradas sobre el campo.

Tras otro rato de silencio, soltó Nisco, de repente y á quemarropa,

esta pregunta á su amigo:

--¿Por qué no te casas con Ana, Pablo?

Con la cual pregunta sintióse el mozo tocado en lo más profundo del

alma; sacudió el letargo en que yacía, enrojeciósele el semblante, y

respondió, entre contrariado y satisfecho:

--¡También tú, Nisco?

--No pensé que naide me hubiera cogido en el dicho la

delantera--replicó éste.--Siempre entendí que eso debía de ser; vino

á cuento ahora, y te lo dije. Por las trazas, ¿otros más que yo te han

cantado la mesma solfa?

--¡Muchos!--respondió Pablo con la mayor sinceridad.

Sólo á Nisco se lo había oído en el mundo; pero hacía cuarenta y ocho

horas que se lo estaba aconsejando el corazón, y el pobre mozo pensaba

que no le hablaban las gentes de otra cosa.

--Y ¿qué es lo que te para--volvió á preguntarle Nisco,--siendo cosa

tan hacedera y conveniente?

--Ya trataremos de eso en tiempo y sazón,--respondió Pablo, mostrándose

poco dispuesto á continuar hablando del mismo asunto.

Pasado otro ratito de silencio, dijo Nisco tímidamente:

--Pues, hombre... ya que de eso no, bien pudiéramos tratar de algo que

se le asemeja, respetive... á otra persona. ¿Paécete, Pablo?

--Tú dirás,--respondió éste con escaso interés.

Se le bajó el color á Nisco entonces; empañósele la voz un tantico,

señales de que iba á acometer arriesgada empresa, y habló así:

--Amigo eres mío, ú no le tengo en el mundo; un sentir me enternece

de un tiempo acá, y contigo le quiero tratar como corresponde. Si,

llegado el caso, el sentir te ofendiere, cuenta que no te le dije, y

perdona... pero considera que si de él te hablo ahora, es porque ya no

me cabe en la entraña.

Con este exordio se despertó un poquillo la curiosidad de Pablo. Miró

éste á su amigo, y díjole para animarle:

--Veamos qué es ello, señor enamorado.

--Bien sabes tú--prosiguió Nisco,--que hay un decir que dice que la

primera vez que se quiere es cuando se quiere de veras... Pues yo te

puedo asegurar que ese decir es una mentira muy gorda. Quise yo á...

esa probe muchacha que está loca por mí, y antojóseme que aquello y

no más era lo que había que ver en el mundo. Paecíanme de mieles sus

palabras, soles sus ojos, el mesmo cielo su cara, y su cuerpo, estampa

de la gracia andando; pero, hablando con verdá, aunque todo esto me

paecía, ni me quebrantaba el apetito ni me quitaba el dormir... como

ahora me pasa con esto otro, Pablo; que tal es, que no puedo con ello.

Yo nunca tuve este desgano que me añuda el pasapán; ni este temblor de

allá dentro, que me engurruña y apoca; ni este acabarme en sospiros día

y noche; ni esta congoja del arca, como tengo de antayer acá, sin hora

de sosiego.

--¿Desde anteayer lo tienes, Nisco?--preguntóle su amigo.

--¡Desde antayer, Pablo; desde antayer lo tengo!

--¡Malos vientos corrieron ese día!--dijo Pablo sonriendo.

--¡Ni aunque hechizos los trajeran!--respondió Nisco sin penetrar la

intención de su amigo.--Desde entonces es cuando ni el sueño me busca,

ni el pan me sabe, ni el trabajo me _rejunde_[2]... Tal me pasa, Pablo;

tal te cuento, y el por qué sabrás también, si no te ofende.

[2] Me luce.

--Vamos por partes--dijo Pablo, conteniendo á su amigo que iba

animándose por instantes.--Supongo que esa mujer que tales impresiones

te causa, valdrá más que Catalina.

--¡Qué tiene que ver!...

--Será más guapa...

--¡Qué tiene que ver!...

--Más rica...

--¡Qué tiene que ver!

--Vamos, una medio señora.

--Medio ¿eh?... ¡Tan señora como la que más!

--Y ¿quiérete como tú la quieres?

--Eso es lo que yo no sé á punto fijo, Pablo.

--Pero ¿lo sospechas?

--Barruntos y feguraciones tengo, que bien pudieran engañarme. Por eso

quiero hablar contigo y oir tu paecer.

--Pues voy á dártele en seguida.

--¡Si no te he relatado el caso!

--No lo necesito... ni lo deseo,--dijo el mozo, muy formal.

Si receló algo que no le hizo gracia, jamás se supo; pero es averiguado

que habló al hijo de Juanguirle de este modo:

--Nunca te pregunté, Nisco, por qué dejaste á Catalina; pues nunca me

hablaste de ese asunto, y á mí no me gusta meterme donde no me llaman.

Ahora me llamas, y te lo pregunto. ¿Por qué la dejaste?

--Porque me gustó _la otra_ más que ella,--respondió Nisco sin titubear.

--Pues eso es una mala partida, y, además, un mal negocio para tí. Así

lo entiendo y así te lo digo. Tú, con tu chaqueta, tus rizos y tus

labranzas, con el hacha en la mano ó bailando en el corro en mangas de

camisa, eres un mozo como no hay otro en estos lugares; pero échate

encima de repente una levita y arrímate á una señora, y hasta los

muchachos te correrán; porque todo esto que has aprendido y antes no

sabías, si te levanta mucho sobre los de tu condición, te deja todavía

á cien leguas de lo que pretendes. Doy por hecho que una dama como

la que sueñas te elevara á su altura de la noche á la mañana, porque

hay gustos para todo: ¿qué ibas ganando en ello, valiendo, donde te

ponían, mucho menos que tu mujer? Y yo creo, Nisco, que el matrimonio

en que el marido no sabe guardar su puesto, es mal matrimonio; y el

puesto se guarda valiendo el marido más que la mujer, es decir, siendo

rey y señor de su casa, no sólo por más fuerte, sino por más entendido

en cuanto les rodee en la esfera que ocupen ambos. Cuanto más tenga la

una que aprender del otro, más se ufanará con él y más alta se pondrá

en la consideración de las gentes. Pues dame el caso á la inversa, y

verás á los dos en la picota de la zumba; porque esa es la ley... y

así debe de ser. Y si esto sucede aun siendo la mujer y el marido de

una misma alcurnia y de idéntica educación, ¿qué no sucederá cuando,

además de ignorante, él es tosco destripaterrones, y ella una dama

culta y discreta? Y ¿cómo la mujer que comienza por avergonzarse en

público de las groserías de su marido, no ha de concluir por perderle

la estimación, y hasta por aborrecerle en secreto? Pues á todo esto

se expone, á mi entender, quien intenta lo que tú, de golpe y porrazo

y sin limpiarse antes las costras del oficio, rodando mucho por el

mundo y calándose los hábitos de señor por sus pasos contados. Éste es,

Nisco, mi parecer.

Con las alas del corazón lacias y caídas le recibió el presuntuoso hijo

del alcalde, que mayores alientos aguardaba de su amigo. ¡Y esa que

Pablo sólo conocía hasta entonces el pecado! ¡Qué no se le ocurriera si

también le fuera conocido el nombre de la pecadora!

Guardóle Nisco en lo más recóndito de su memoria, y callóse como un

muerto.

No por verle mudo y abatido se ablandó Pablo, que era la misma

sinceridad. Antes bien, tomó el punto donde le había dejado, y añadióle

estas palabras:

--Por supuesto, que tú no estás enamorado.

--¡Que no?--exclamó Nisco casi haciendo pucheros.

--No--insistió Pablo.--El amor necesita algo en qué fundarse, y aquí

no hay más base que el viento de tu cabeza. Eres presumido; eres

ambicioso; antojósete que venían las cosas por el camino de tus

deseos... y eso es lo que hoy te atolondra: la hinchazón de tu vanidad,

por una ganga entre cejas. Ni más ni menos. ¡Y por esa majadería, que

no pasa de un sueño tonto, dejas á Catalina!

--¡Dale con esa... miseria!--gruñó Nisco despechado y nervioso.

Cargóse Pablo de veras, y le enderezó estas razones:

--¡Miseria Catalina!... ¡la mejor moza del pueblo! ¡tan rica como tú!

¡honrada como la que más!... ¿En qué la aventajas, meleno? ¿Dónde

habría matrimonio más igual ni más lucido? ¿Dónde te vieras tú más

honrado, más en tu puesto, más rey y señor de tu casa, que siendo

marido de Catalina, que se miraría en tus ojos y te adivinaría los

pensamientos? Y ¿qué otra cosa necesitas tú, con la cuna en que

naciste, la educación que tienes y el oficio que traes, para no

envidiar ni al rey en su trono?... Yo no sé adular, Nisco.

--¡Bien se te conoce, paño!--respondió éste, de muy mal humor.

--Tú lo has querido.

--Es verdá; pero no lo conté tan amargo.

--Por tu bien lo dije como á mí me sabe.

--Se agradece el deseo, Pablo; pero... cada uno es cada uno... y yo me

entiendo.

--Pues buen provecho te haga lo que te espera, si oyes más á tu vanidad

que á mis consejos.

Y con esto se acabó la conversación. Levantóse Pablo, imitóle Nisco; y

ambos, después de dar una vuelta maquinal por el cierro, sin hablarse

palabra, volviéronse á Cumbrales, mudos también: pensativo, pero no

triste, el uno; acongojado, lacio y gemebundo el otro.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIV

POR LO FINO

Pablo contaba uno á uno los días que iban corriendo sin que

desapareciera la extraña impresión que le había causado aquella palabra

prosáica y vulgar, dicha por su padrino delante de Ana, y observaba,

con asombro, que cuanto más tiempo corría, más honda se le grababa

dentro de su corazón. Arrastrábanle fuerzas invencibles y desconocidas

hacia el objeto de sus nuevas ansias; y, al hallarse á su lado, antes

crecía que se calmaba la singular anhelación de su espíritu. Porque Ana

no era entonces la traviesa y desengañada amiga de otras veces, que le

entretenía, sin cautivarle, con donaires y zumbas en casto y fraternal

abandono. Parecía haber perdido el atrevimiento, ó, cuando menos, la

confianza; y á menudo encomendaba á sus ojos tímidos empresas que

debían acometer los labios. Estas miradas, al hallarse en el camino

con las de Pablo, producían choques magnéticos, que repercutían en el

corazón del sencillo mozo y se revelaban en Ana enrojeciendo sus tersas

mejillas, y aquel color era para Pablo algo como fuego en que iba

fundiéndose poco á poco el hielo de sus pasadas frialdades.

Cuando transcurrió una semana y vió el hijo de don Pedro Mortera

que estos fenómenos continuaban en progresión creciente, declaró de

gravedad el caso. El cual tenía para él dos aspectos muy distintos:

risueño el uno, y desagradable el otro. Risueño, porque, desde la

altura á que se había elevado su espíritu, descubría espacios y

horizontes que jamás había contemplado con los ojos del sentimiento.

Encantábale el espectáculo por nuevo y por bello, y de aquel mundo

quería hacer, y hacía desde luégo, la patria y el paraíso de su alma.

Pero este mismo arrobamiento, tan dulce y sabroso, le alejaba del mundo

de la realidad y de sus viejas tendencias y aficiones; de activo,

fuerte y despreocupado, transformábale en muelle, débil y caviloso;

extrañábanle las personas de su trato, y él mismo se consideraba

desarraigado y sin apego dentro del hogar y en el seno de la familia.

Éste era el aspecto desagradable del caso.

Pero el mozo se arreglaba mal con las situaciones complejas y con los

caminos enmarañados; quería, aunque fuera escabroso, suelo firme y

luz para caminar; considerábase á obscuras y en una senda erizada de

obstáculos inextricables; no podía retroceder, porque la vehemencia

misma de sus deseos le había cortado la retirada, y entróse por

derecho, resuelto á llegar pronto á donde se viera claro y se pisara en

firme.

Buscó á Ana, y la dijo en cuanto estuvo á su lado y sin testigos:

--¿Qué es esto que me sucede desde el día en que tu padre, delante de

tí, me aconsejó que me casara?

Siempre sobresaltan á las jóvenes preguntas de esta clase, aunque

las esperen; y Ana, con ser tan animosa y resuelta de ordinario, no

solamente se sobresaltó al oir la de su amigo, sino que se vió en

grandes apuros para contestar, entre latidos del corazón y desmayos del

espíritu, estas pocas palabras:

--Pues ¿qué te sucede, Pablo?

Verdad es que, aunque sabía muy bien de qué se trataba, no debía

responder mucho más que esto.

--Sucédeme--añadió Pablo,--que desde aquel instante parece que me he

transformado de pies á cabeza; que no soy lo que antes era; que miro

y veo de otro modo, y siento en otra forma... en fin, Ana, que me

desconozco. ¿Qué pasó allí?... Yo recuerdo que te miré, y jurara que

lo hice sólo por curiosidad; que tú me miraste también, y que las

dos miradas se encontraron; que tus ojos, que nunca fueron cobardes,

huyeron entonces, y huyendo siguen, de los míos; que de aquel choque

repentino resultó algo, á modo de luz, con la que yo ví acá dentro,

en lo más hondo y obscuro de mí mismo, cosas que jamás había visto ni

pensado, y sentí lo que nunca había sentido. Al propio tiempo, aquella

luz, y tú, y mis ojos, y los tuyos, y mi corazón, y mis pensamientos...

y el aire que nos rodeaba, y el cielo que se distinguía... todo era una

misma cosa; cosa que yo no podía explicar, porque era más de sentirse

con el alma que de verse con el entendimiento. Apartéme de tí, y el

encanto no se deshizo; pero noté que viéndote como eres, pintada en

mi memoria, daba el mayor regalo á mis deseos. Desde entonces acá, en

cuanto miran mis ojos sólo á tí ven; y si el campo y el aire y el sol

me recrean, es porque todo lo contemplo con el ansia que siento, sin

cesar de sentirla, de verte y de oirte. Esto no me pasaba á mí antes:

yo te conocía y te trataba, como te conozco y te trato ahora, y tú eras

la misma que eres. ¿En qué consiste esta mudanza?

Se deja comprender que Ana oyó toda esta parrafada, ruborosa y un

tanto conmovida, y que, llegado el caso de responder á la ociosa

pregunta final, lo hizo del modo más sencillo, natural y elocuente:

clavando los ojos tímidos en Pablo y callándose la boca.

--¿No lo sabes?--añadió el impetuoso y sencillote galán.--Pues lo mismo

que ahora, me miraste aquel día, y la misma luz había en tu mirada.

¿Sientes, al mirarme, lo que siento yo, Ana?... ¿Ó es que tus ojos

queman, sin abrasarte?

Sonrióse la joven y preguntó á su vez:

--¿Nunca habías pensado en mí hasta ahora, Pablo?

--Sí que he pensado, Ana; pero sin ser esclavo de esos pensamientos.

Cavilando hoy en lo que he sido, en fuerza de asombrarme de lo que soy,

acuérdome de que, en mis ausencias, era tu pensamiento el que más me

asaltaba en ciertos actos de la vida: por ejemplo, si me ponderaban

una mujer por aguda ó por hermosa, contigo la comparaba para calcular

lo mucho que le faltaba para valer lo que decían; si algo me robaba

la atención por nuevo ó por divertido, lamentábame de que tú no lo

vieras también; si un trapo de moda caía con gracia en el cuerpo de una

elegante de fama, pensaba yo lo mucho más que luciría en el tuyo... y

así por este orden. Pero después se borraba el recuerdo con otros bien

distintos. En fin, que, sin dejar de quererte mucho, pensaba yo que te

quería... como quiero á mi hermana, supongamos. ¡Pero esto otro es muy

distinto!

--Y si estuviera en tu mano la elección--preguntóle Ana,--¿con qué te

quedarías, Pablo? ¿con esto que hoy te asombra y desasosiega, ó con lo

que ayer sentías, muy tranquilo?

--¿Quién deseará cegar, Ana?

--¡Y dices eso y lo sientes, y no sabes lo que es?

--Sí: lo sé, Ana, lo sé... es decir, sé cómo lo llaman las gentes en el

mundo: lo que ignoro es por qué lo siento ahora y no lo sentía antes;

por qué bastó una palabra casual para que del encuentro de dos miradas

que tantas veces se habían encontrado sin conmoverse, se produjera en

mí cambio tan raro y pronto.

--¡Y eso te asombra, Pablo?

--¡No ha de asombrarme?

--Oye un ejemplo. Sobre un hogar frío hay un montón de ceniza: pasas

delante de él una y cien veces, y nada ves allí que la atención te

llame. De pronto, hace la casualidad que las cenizas se remuevan, y

aparece el fuego que ocultaban... ¿Lo entiendes?

--¿Luego tú crees que yo llevaba conmigo el fuego, y que la palabra de

tu padre aventó las cenizas que le cubrían?

--Eso mismo.

--Pero el que brilló después en tus ojos, ¿dónde estuvo primero?

--¡Qué más te da, si le había?

--Pero no te sorprende el hallazgo.

--Porque tenía que suceder... porque le esperaba.

--Y ¿por qué le esperabas?

--Porque... porque Dios es justo y bueno.

--Mira--dijo aquí el mozo, echando el resto,--hablemos ya para

entendernos de una vez: esto que yo siento, es amor, no tiene duda; y

empiezo á comprender que es verdad lo que de él cuentan los enamorados:

bien correspondido, da la vida; pero también es puñal que mata si no

halla esa correspondencia... ¿Siéntesla tú en el pecho, Ana?

Cruda fué la pregunta, y harto excusada, por cierto; pero ya se habrá

notado que á Pablo le gustaba mucho que le pusieran los puntos sobre

las _ii_, y Ana no tuvo otro remedio que responder clara, precisa y

terminantemente, según el sentir de su corazón; sentir tan viejo en

ella, por las trazas, como las ya fenecidas indiferencias de Pablo; con

lo que éste se encalabrinó hasta el punto de que quiso hacer público el

suceso y llevar las tramitaciones por la posta.

--No tanto, Pablo--díjole Ana entre chanzas y veras,--que no por andar

de prisa se llega primero. Nadie nos corre ahora; y no te vendrá mal

un noviciado, aunque sea breve. No siempre se logra el fuego de que

antes hablábamos: muchas veces se muere á poco de haberse descubierto.

Cuida mucho el tuyo; y cuando estemos seguros de que no ha de apagarse,

yo te avisaré. Reparte el tiempo entre ese cuidado y tus quehaceres y

diversiones, _lícitas_, se entiende; mucho juicio... y apártate allá

ahora y haz que te paseas, que llega tu padrino.

Desde aquel día ya supo á qué atenerse Pablo; penetró en los laberintos

que le obstruían la senda, y halló la luz que echaba de menos; y sin

descender con la fantasía del Olimpo á que le habían elevado sus

nuevas impresiones, volvió á ser en Cumbrales el amigo de Nisco, el

jugador de bolos, el cultivador del cierro, el amante incansable de la

naturaleza y de las costumbres de su país... todo, menos el concurrente

á zambras y bureos, como alguna vez lo fué, según nos dijo su padrino,

en ocasión bien señalada para esta parejita de nuestros personajes. Es

decir, que la pasión de Pablo dejó de ser impetuoso torrente, é iba

transformándose en manso, rumoroso y cristalino arroyo (como dicen los

poetas), con harto gusto y complacencia de Ana, que fundaba en el amor

firme y arraigado de aquel noble mancebo todas las aspiraciones de su

vida.

[Ilustración]

[Ilustración]

XV

VERDADES AMARGAS

¡Qué distintas de las de Pablo corrían las horas para Nisco! Aquellos

pensamientos, dulces como las mieles, altos y relucientes como el

sol y la luna, que saboreaba y entreveía el hijo de Juanguirle, sus

dejos tenían ya de la ruda amarga en que el desengañado amigo los

había empapado al hundirlos en la charca terrena y prosáica de sus

consejos sesudos. Ya no arrullaban los sueños del presumido mozo dulces

sinfonías, ni visiones de palacios de oro, donde reinas y emperatrices

le vestían y le calzaban, duques eran sus mayordomos, y marqueses sus

criados. Muy de continuo sentía el cencerreo del ganado en la vecina

cuadra, y en sus espaldas los duros bodoques del mal tundido colchón

de su pobre lecho; realidades de la vida más poderosas ya que las

encantadas imaginaciones de otros días bien cercanos.

El sabor de la tierruca · 第 8 / 19 段