--¡Córcia, si sospecho!.,. Y no lo digo por la viuda, aunque mujer es

de laberintos y tapujos y de un vivir como es público y notorio desde

que le faltó el marido y paece que le cayeron las Indias en casa, según

lo que se peripone y redondea, cuando, en pura equidá, debiera andar á

la limosna, sola y sin bienes como se ve... Más poder tiene que ella y

que todo hombre nació quien la mi puerta aporrea sin fegura corporal

como nusotros. Lo que con ese ultraje se busca en mi casa, no lo sé á

la presente; pero tocante á quien me le hace... ¡córcia si lo sé! Y lo

sé, porque lo he visto... ¡lo he visto con estos mesmos ojos!... Y al

auto de ello, vos diré que en una de las noches de los tamborilazos, no

teniendo pecho para abrir la puerta, subíme al sobrao, y por un ujero

de la ventana miré hacia el Campo de la Iglesia, por si descubría á

alguno que corriera hacia acá, cuando veo encima de ese murio viejo

que pega con el mi corral, y mira que mira hacia mí, un perrazo blanco

y negro, que no miento si digo que era tan grande como el toro de la

cabaña. Á la otra noche, el mesmo perro en el mesmo sitio... y siempre

que hay garrotazos en la mi puerta, el perro en el murio. ¿Qué hace

allí ese perro, córcia? ¿Qué perro puede ser ese? ¿Qué ha de ser ese

perro sino _ella mesma_?

--Y ¿quién es ella mesma?--preguntáronle.

--¡Pus la Rámila, córcia... la Rámila! Pondría las dos orejas á que es

ella. Y si miento ú no miento, ha de saberse pronto, porque tengo en el

magín una idea... que se verá en su día... Y no digo más, ¡córcia!

Apuró don Baldomero el último trago de la sosiega, y dijo á Tablucas:

--Pues yo te daría un consejo... si estás en tus cabales cuando oyes

los linternazos á la puerta y ves el perro en el murio.

--Lo oigo y lo veo como á usté á la presente; y lo oyen y lo ven la

mujer y los hijos. ¡Ojalá no lo viéramos ni lo oyéramos pizca!

--Pues mi consejo es que hables poco de ello y que sigáis cerrando la

puerta al anochecer... por si acaso te baldan de un garrotazo. Por de

pronto--añadió don Baldomero cogiendo la baraja que estaba sobre la

mesa,--vamos tú y yo á meter mano á estos dos valientes, en un partido

á la flor; y eso te distraerá un poco.

--Hasta el anochecer y no más, ¡córcia!--replicó Tablucas;--porque en

cerrando la noche, no será el hijo de mi padre quien pase junto al

murio.

--Yo te aseguro que estando conmigo--díjole don Baldomero,--nada malo

han de hacerte las brujas: soy un puro amuleto de los pies á la cabeza.

Aceptóse de buena gana el desafío por el Sevillano y Chiscón, á quienes

tenía muy suspensos el relato de Tablucas, y se dió comienzo á la

partida.

Es cosa averiguada que aquella noche, por indicación del jándalo, en

lugar de ir el de Rinconeda á casa de Catalina por la calleja contigua

al murio, como de costumbre, se dieron ambos un paseo, _para tomar el

aire_, por la barriada opuesta; y desde allí, rodeando mucho, llegó á

su casa el Sevillano, admirado, por primera vez en su vida, de lo que

ladraban los perros en Cumbrales en cuanto anochecía, y siguió Chiscón,

solo y relinchando, en busca del norte de sus pensamientos.

[Ilustración]

[Ilustración]

XII

MEDIAS TINTAS

Bueno estuvo el agasajo aquél!... ¡bueno de veras!... Primeramente,

conservas de guindas y ciruelas claudias, queso de Flandes y miel

de abejas; después, chocolate con _sobadas_ de manteca y bollos de

Mallorca; y para endulzar el agua, azucarillos de color de rosa. De

todo había en la despensa, gracias á Dios. De lo uno, porque abundaban

los frutales y los _dujos_[1] en la huerta, y las vacas de leche en los

establos de don Pedro Mortera; y las manos de su señora (y aprovecho

esta ocasión para decir que se llamaba doña Teresa Coteros, cepa de

lustre en la Montaña), así como las de su hija, se pintaban solas para

entender en ese ramo de golosinas. De lo demás y otro tanto, como la

villa estaba cerca, nunca faltaba en casa la necesaria provisión.

[1] Colmenas.

Repito que estuvo bueno, ¡bueno de veras! el agasajo, servido en amplia

mesa, en mitad de la sala. Pero ¡bien le hizo los honores y le ponderó

el complacidísimo don Juan de Prezanes!

--¡Buen punto de dulce!--decía al probar el de guinda.--En este ramo,

Ana, tienes que bajar la cabeza delante de tu madrina: no llegas á

ella... ¡y eso que lo haces bien! En cambio, no hay repostero que

entienda las compotas como tú.

--Pues mira cómo te equivocas--respondió su comadre:--ese dulce es obra

de María.

--¿Sí? Pues es señal de que la discípula va á dar quince y raya á la

maestra. Sea enhorabuena, muchacha.

Al tomar luégo chocolate, exclamó, después de olerlo y de probarlo:

--¡Soberbio!... Esto es _de tres hervidas_, como mandan los

inteligentes: el chocolate ha de _subir_ tres veces en la chocolatera;

luégo un poquito de reposo, y á la jícara en seguida... Dame un par de

rebanadas de ese pan tostado, Pedro... y esa mantequilla fresca para

untarlas... ¡Cosa exquisita!

--El apetito que tú tienes, Juan--díjole su compadre,--y los buenos

ojos con que lo miras todo. ¡Eso sí que es exquisito!

--No te diré que no, Pedro; que con el ánimo atribulado, suelen los

estómagos ser melindrosos. Pero no por eso deja de ser bueno lo que lo

es, como esto que yo alabo... Arrima hacia acá esos bollos de Mallorca,

Teresa, que esponjas de miel deben ser para el chocolate... ¡Bien á

mano los tenías, mujer, para regalarme hoy con ellos!

--Ayer se hicieron, Juan,--respondió doña Teresa arrimando la

canastilla llena de bollos á su compadre.

--¡Mira qué á tiempo!

--¡Ésta sí que es obra de María!--exclamó don Juan de Prezanes

saboreando parte de uno, mojado en chocolate.

--Pues cabalmente los hizo mi madre--respondió, riéndose, María:--lo

mismo que las sobadas.

--¡Superior estaba también la que he comido!

--Torpe andas hoy, Juan, en tus presunciones--díjole don Pedro Mortera

con socarronería;--y esa torpeza no es disculpable en un jurisconsulto

viejo, que debe tener buena nariz para todo.

--Cierto es eso, Pedro amigo; pero ¡hace tanto tiempo que dejé el

oficio!... Sin embargo, no he olvidado el principio fundamental de la

recta justicia: _Suum cuique tribuere_; en virtud del cual, doy á tu

mujer la enhorabuena que pensaba dar á María. Conste que te felicito,

Teresa.

Y así por el estilo. Á todo lo cual callaba Pablo y no decía Ana mucho

más que su amiga, que también callaba. Verdad es que don Juan de

Prezanes no dejaba meter baza á nadie, porque hablaba por todos.

* * * * *

Media hora después de anochecido, Ana y María estaban en un rincón de

la solana, embutida entre los dos cortafuegos, muy salientes, de la

fachada. El aire continuaba siendo seco y pesado, y no había que temer

daños del relente. Ana se mecía sobre los pies traseros de una silla,

apoyando las puntas de los suyos diminutos en los gruesos y torneados

balaustres del balcón, para guardar el equilibrio, cuando no descansaba

reclinando la silla contra la pared. María, sentada á su lado,

contemplaba la luna, redonda y resplandeciente como un disco de oro

bruñido, en el no muy ancho lugar que los nubarrones le dejaban libre

en el cielo; y aun allí no imperaba á su antojo sobre las tinieblas de

la noche, pues de vez en cuando empañaban sus fulgores pardos crespones

que el viento llevaba por delante en la senda que recorría en el

espacio. Estaban envueltas en sombra las montañas, y sólo las del Sur

perfilaban sus crestas gallardamente sobre un fondo diáfano y luminoso.

Rato hacía que las dos jóvenes callaban. De pronto Ana, cuyo carácter

alegre y travieso no la permitía hacer largas amistades con el

silencio, exclamó contemplando también la luna:

--Mírala, mujer, qué rechonchaza y papujona sale ahora. ¡De qué buena

gana la daba un par de carrilladas en aquellos mofletes! Asomando entre

las nubes, me recuerda la cara de tía Pepa Tortas, cuando se quita la

muselina.

María se echó á reir, y preguntó á su amiga:

--¿De veras hallas en la luna cosa que se parezca á un rostro humano?

--Yo no he visto eso en otras lunas que las pintadas en el calendario,

María; pero, forzando un poco la imaginación, se distingue algo como

nariz...

--Pues yo no veo sino un rimero de manchas...

--Justo, lo que ven los muchachos de Cumbrales: una vieja sentada

encima de un coloño de espinos. Estaba robándolos de noche, y, en

castigo, la sorbió la luna.

--Así dicen.

--Por bien poco se atufó esa señora... ¡Si el robo hubiera sido de un

bolsillo de onzas siquiera!...

--¡Esta sí que no es ilusión, Ana!... Mira aquella nube amarillenta y

sola, á la derecha de la luna. ¿Has visto cosa más parecida á un león

agazapado?

--Algo tiene de eso, efectivamente... Pero si á ver vamos, mira estas

pardas de la izquierda: yo veo en ellas un caballo á escape, y otro á

su lado mordiéndole las crines; y detrás, un rebaño... no sé de qué; y

hasta los pastores con sus palos...

--¡Ave María purísima! Yo no veo señal de esas cosas.

--Pues yo sí, y no me asombran, que, aun sin subir tan arriba, se ven

otras mucho más raras. Aquí abajo, en Cumbrales mismo, hay mujer que

á su amiga ¡qué digo amiga! á su hermana, le oculta el sentir de su

corazón.

--¿Volvemos á lo de antes, Ana?

--Sí, señora... ¡y mucho que vuelvo! porque eso no se hace. ¡Tener

ya envejecido, como quien dice, un amor en el pecho, y necesitar yo,

su amiga y confidente, sacarle con tenazas lo poco que he llegado á

saber!...

--Y ¿qué adelantaríamos, Ana, con que yo te hubiera dado cuenta de todo?

--Lo que se adelanta siempre en esos casos: por lo menos, hablar de

ello á menudo.

--Un imposible. ¡Buen asunto para nuestras conversaciones!

--Se habla sobre el mejor modo de vencerle.

--Como yo sé que no le he de vencer...

--Pues se la riñe á usted por haberse metido en tales honduras á tontas

y á locas.

--Cuanto más se manosea una herida, más duele: es preferible hacer lo

que yo hago, considerando la mía incurable: tratar de olvidarla en

silencio.

--Pero, María--dijo aquí Ana acercando más su silla á la de su

amiga,--hablando con toda formalidad, ¿será posible que los síntomas

que vengo observando en tí algún tiempo hace, y las pocas palabras que

he podido arrancarte, acusen real y verdaderamente una enfermedad de

tal naturaleza?

--¿De qué naturaleza?--preguntó María sorprendida.

--Me has asegurado que jamás tu padre aprobaría esa elección que has

hecho...

--Y es la verdad.

--Porque hay entre él y esa persona poco menos que un abismo.

--Cabal.

--Pues en ese abismo es donde se pierde mi curiosidad, María; que

aunque todos los abismos convienen en ser «negros é insondables,» según

la fama (yo no he visto ninguno todavía), debe haberlos más y menos

espantosos... y hasta más y menos necesarios; y tales riesgos pueden

existir para tí al otro lado del tuyo, que mi padrino haya obrado como

un sabio al ponértele delante.

--Muchas gracias por el consuelo, Ana.

--No te lo dije por mortificarte, María, y perdóname... pero escucha.

Hay matrimonios, llamados imposibles, por discordancias de caracteres

entre las dos familias interesadas; por diversidad de ideas religiosas

ó políticas; por notable desequilibrio en los bienes de fortuna ó en

la honra personal; por diferencia de alcurnias; y, por último, los hay

que, además, son ridículos, y si me apuras, grotescos, por no concordar

los novios ni en caudales, ni en jerarquía, ni en educación. Con

franqueza, María, ¿cuál de estos casos es el tuyo?

Á lo cual dijo María con calor:

--¿Me prometes, si te lo confieso, responderme con la misma franqueza á

las preguntas que yo te haga después?

--¿Sobre asunto parecido?--preguntó Ana.

--Idéntico,--respondió María.

Sonrióse aquélla y dijo:

--¡Qué más quisiera yo, hija mía, que tener algo de eso que contarte!

--No trates de curarte en sana salud.

--Te contaré hasta mis _aprensiones_: ¿quieres más?

--Eso me basta. Trato hecho, y empiezo á cumplir mi compromiso... es

decir, á responder á tu pregunta.

En esto se oyó vocear á don Juan de Prezanes, que con sus compadres y

Pablo continuaba charlando, á obscuras, en la sala. Sobresaltóse Ana,

más por lo especial del sonido que por la fuerza de la voz, y dijo á

María interrumpiéndola:

--Se me antoja que no ha de ser muy duradera esta reconciliación si se

dejan los genios á su albedrío. No va á haber otro remedio, María, que

armar un pronunciamiento entre nosotras.

--¿Qué temes ahora?--preguntó María.

--Escucha á mi padre.

La voz de éste era recia y destemplada entonces.

--Ya que el diablo ha metido aquí la pata--decía,--echando sobre la

mesa la envenenada manzana de la sempiterna cuestión de los genios

dulces ó amargos, déjese á cada cual defender el suyo en buena lid, que

hablando se entiende la gente, y no metiéndose los dedos por los ojos,

¡caramba! Yo no pretendo ser mejor que nadie; pero tampoco me conformo

con que otros presuman de ser mejores que yo. La forma no importa dos

cominos: el fondo es lo que hay que mirar; justamente lo que menos se

mira y se respeta en el mundo. Estoy cansado de oir: «don Fulano...

¡gran sujeto!... persona muy atenta, muy fina, incapaz de faltar

á nadie;» y todo porque don Fulano jamás dijo una palabra más alta

que otra, y tiene siempre una sonrisa en los labios... hasta cuando

despluma á su vecino, ó vende la amistad jurada por un puñado de dinero

ó por cosa que lo valga. Pues al contrario: «¡don Perengano!... ¡no se

le puede aguantar; es un grosero, una fiera!» porque don Perengano se

tasa en lo que vale y no engaña al mundo con sonrisas falsas.

--Te sales ya del carril, Juan--dijo entonces don Pedro.--Bueno es que

el hombre lleve el corazón en la mano; pero en lo puramente genial, hay

que irse con mucho tino; hay que contenerse, que dominarse un poco...

--Justamente, Pedro. Pero que no se eche toda la carga al irascible;

que empiecen por contemplarle algo los que saben de qué enfermedad

padece; que no le irriten; que no le puncen; que le concedan siquiera

lo que en justicia se le debe... Y esto me trae á la memoria un ejemplo

de todos los días. Cuatro personas se ponen á jugar, por pasar el

tiempo. Tres de ellas son de las llamadas _de mucha correa_. Pierden,

y permanecen serenas, inalterables, atentas, finas y comedidas en

todo: lo mismo que cuando ganan. La otra persona es un hombre de los

míos: nervioso, irritable, sulfúrico. Tócale perder á él y comienza á

descomponerse, y acaba por ser, real y verdaderamente, inaguantable...

Pero ¿por qué? Por la falta de consideración de los demás. Lo que

pierde es insignificante; y no es esto lo que le irrita. Acaso sea él

el más desinteresado de todos; quizá, fuera de allí, sea un manirroto

para el dinero, al paso que los otros tres den primero un diente que

un ochavo. Pero á las primeras señales de su inquietud, comenzaron los

señores «de mucha correa» á dejar de tenerla para él; á irritarle con

gestos de desagrado, con sonrisas de burla ó con palabras acres; hasta

que, en fuerza de avivarse el fuego, llegó éste á la pólvora y voló la

santabárbara.

--Pero ¿por qué el irascible no se contiene antes de dar ocasión á que

sus compañeros, con razón sobrada, comiencen á renegar de él?

--Porque no puede: lisa y llanamente porque no puede. Cuando «los

hombres de correa» pierden, no ven más sino que no ganan, que _se les

niega el naipe_ y que se levantarán de la mesa con unos reales menos de

los que tenían en el bolsillo cuando se sentaron. Esto es todo lo que

ven y esto es todo lo que _sienten_: nada de lo que siente y ve el otro.

--¿Qué puede ver y sentir ese otro, que más valga en el juego, aunque

sea éste por mero pasatiempo?

--¿Qué puede ver y sentir? Un infierno de cosas y de impresiones. Ve,

por de pronto, convertirse para él en leyes infalibles lo que para

otros son coincidencias insignificantes. Por ejemplo: que las cartas

sin valor que recibe y le hacen perder las bazas, son del palo de oros

cuando da Fulano, ó del de copas cuando da Mengano; que siempre que

éste enciende un cigarro ó el otro enreda con las fichas, le ganan

á él un resto, ó le dan codillo, ó le acusan las cuarenta; que cada

vez que Zutano se sonríe mirándole, le sacan uno á uno, y arrastrados

ignominiosamente, los pocos triunfos que había podido adquirir... en

suma, cada peripecia del juego parece fatalmente subordinada á un plan

de la enemiga suerte. Jurara entonces que las figuras de la baraja,

tendidas sobre la mesa, adquieren vida y movimiento, y que se burlan de

él con sus caras ridículas y contrahechas. Pero hay algo más irritante

aún que todo esto; y es una especie de diablillo que lo va señalando

con el dedo para que nada pase inadvertido; diablo sin color ni formas,

pero perfectamente visible á los ojos del espíritu excitado y vibrante.

Toda esta infernal conjuración asedia sin descanso al jugador de mi

ejemplo; y esto es lo que le incomoda y le saca de quicio; esto es

lo que le ensoberbece y descompone, no los tres míseros ochavos que

pierde en la partida; esto es, en fin, lo que no toman en consideración

los hombres de «mucha correa» que le acosan en vez de ayudarle, no

á ganar, que absurdo fuera entre contrarios, sino á vencer á los

conjurados, con un poco de tolerancia y de afabilidad. ¡Valiente hazaña

consuman los que de nada se quejan porque nada les duele! En cambio,

quien tiene por naturaleza un manojo de cuerdas sonoras, ¿qué mucho

que, cuando se le hiere, vibre alguna de ellas! Lo asombroso fuera

lo contrario. Luego no se ha de buscar en él sólo el remedio contra

ciertas desafinaciones de su temperamento, sino también en la prudencia

de quienes se le acerquen y le traten.

--No me parece del todo mal esta teoría--dijo don Pedro,--aunque

algunos reparos se me ocurren en favor de las gentes cachazudas que

juegan para divertirse y no para ejercitarse en la faena espinosa de

conjurar las demasías de un compañero atrabiliario; pero ¿á qué viene

toda esa cuestión aquí?

--¡Pues me gusta la pregunta!--repuso don Juan de Prezanes.--¿He sido

yo, por ventura, quien la ha traído?... ¿Ó piensas que me mamo el

dedo... que no penetro lo que _se me quiere decir_?

--Por el amor de Dios, Juan, ¡no empecemos!

--¿Lo ve usted!... Ya voy yo á pagar los vidrios rotos.

--¡Te digo que no!

--¡Te digo que sí!

En este punto el altercado, entró Ana en la sala.

--Tiene razón mi padre--dijo muy formal y resuelta:--parece que se

complace todo el mundo en llevarle la contraria. No es él quien ha

sacado á relucir esa endiablada cuestión.

--Sí, hija mía, sí--añadió don Juan con nerviosa ironía:--sí he sido

yo, el insufrible, el energúmeno de tu padre. Aquí todos son buenos,

mansos é inofensivos... Ya lo ves: hasta tu madrina calla como una

muerta, señal de que también ella me quiere endosar el mochuelo... Y es

natural, ¡como yo tengo la culpa!... De todo, ¡de todo lo malo la tengo

yo, hija mía! Aquí no oirás otra cosa.

--Pero ¿qué quieres que haga yo, Juan--dijo doña Teresa muy

apenada,--si en cuanto comenzáis á hablar de eso ya me tiemblan las

carnes! Lo que de buena gana haría, si pudiera, es poneros una mordaza

algunas veces, como ahora.

--Con dar la razón al que la tiene, no se agravia á nadie y se evita

que las cuestiones se caldeen,--observó don Juan de Prezanes.

--Pues figúrate que fué Pedro quien sacó la conversación...

--Yo no me he acordado de semejante cosa, ¡caramba!--saltó con presteza

el aludido.

--Pues ni fué usted ni fué mi padre--dijo Ana.--Sépase de una vez la

verdad: quien la sacó fué Pablo.

--¡Si no he desplegado los labios hace media hora!--respondió el mozo

desde un rincón de la sala.

--Pues sería yo... ó el diablo, que es lo más seguro--añadió Ana,

incomodada de veras.--¡Vea usted qué delito tan grave para que tanto

nos empeñemos en sacudirnos de él! Tengan todos un poco de tolerancia,

y verán cómo no pasan de lo justo las porfías.

--Por ese lado iban precisamente mis quejas,--exclamó don Juan.

--Pues se quejaba usted con muchísima razón,--repuso su hija.

--Lo cierto es--dijo Pablo, tal vez respondiendo más á sus recónditos

pensamientos que á las palabras que oía,--que no bien comienza á

sonreirle á uno un poco el corazón, ya tiene el nublado encima.

--Pues por esta vez al menos--contestó Ana,--no han de faltarte brisas

que le esparzan... y le esparcerán... Ea, ¡ya le esparcieron!

Y como al decir esto se iluminara repentinamente la sala con los rayos

de la luna, que reaparecía sin estorbos enfrente de las puertas del

balcón, añadió con suma gracia, señalando al astro refulgente de la

noche, mientras fijaba sus ojos picarescos en su padrino:

--¿Quién es el guapo que se atreve á desmentirme?

Celebró don Pedro con recias carcajadas la felicísima coincidencia,

y aplaudiéronla los demás, excepto don Juan de Prezanes, que tuvo

que morderse los labios porque no le _desautorizara_ la risa que le

retozaba en ellos.

--Y ahora--prosiguió Ana,--sepan ustedes, si es que mi padre no lo ha

dicho, como lo temo, que este santo que hoy se celebra aquí, tiene

octava; en virtud de lo cual el señor don Juan de Prezanes invita á

ustedes á tomar chocolate mañana en su casa, donde espera demostrarles

que si en rumbo y en despensa hay quien le aventaje, á nadie cede en

cariño y buen deseo. ¿No es esto lo que usted pensaba decir, padre?

--Cabalmente--respondió de muy buena gana don Juan, que no había

pensado en semejante cosa.--Sólo que con la conversación...

--Se le fué á usted el santo al cielo--concluyó Ana.--Eso sucede

siempre que se habla de lo que no viene al caso. Y con esto, si ustedes

no disponen otra cosa, nos retiramos mi padre y yo, que ya es hora.

Marcháronse, en efecto, tras una cordial despedida; y con marcharse

estos personajes, se acabó el asunto del presente capítulo.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIII

LAS ALAS DE CERA

Cuando Pablo y Nisco iban al cierro, su paso por las mieses de la vega

era una continua observación y un incesante comentario.

--¡Lo que puede la desidia!--exclamaba, por ejemplo, el primero,

delante de un prado con matorros y mimbreras.--Tres años hace no

más que nació el primer escajo aquí. Con la punta de la navaja pudo

arrancarse entonces: hoy da que rozar para medio día lo que se ve, y

en una semana no desencasta los raigones el azadón. ¡Coja usted buena

yerba así! Ni más ni menos que el que le sigue. ¿Te acuerdas de lo que

era ese prado cuando le compró su dueño? La palma de la mano daba tanta

yerba como él. Mírale hoy hecho una hermosura por beneficiársele mucho

y á tiempo. Está visto que no hay tierra mala bien administrada, ni

buena dejada en abandono... Después (yo no sé si tú has reparado en

ello alguna vez): tal es la finca, tal es su dueño; según ella está de

cultivo, así anda él de calzones.

--Lo que yo no acabo de entender--decía Nisco un poco más adelante,--es

por qué esta tierra, que es buena de por sí, ha de perderse por la

charca que tiene en medio, cuando con una sangría, por la parte de

abajo, saldría lo que daña, sin llevarse la frescura que beneficia.

--¿Sabes de quién es la finca?--preguntábale Pablo.

--¡No he de saberlo?

--Pues sabiéndolo, ¿de qué te admiras, hombre? Su dueño es de los

que ciegan de buena gana porque otros no vean. Esa sangría tiene que

hacerse en el prado que le sigue y que peca de secano. Con las aguas

que aquí sobran, ganaba mucho el otro, y hasta los de más abajo; y este

hombre prefiere segar espadañas, juncos y rabos de zorra en agosto, en

vez de yerba superior, á que el vecino la obtenga mediana por la virtud

del riego regalado... Pues ¿qué diremos de esta heredad que hoy no da

un garrote de panojas, en maíces tísicos, cuando antes era un granero

de punta á cabo? Aprendió una vez el testarudo de su dueño que la cal

es buena para las tierras, y, sin averiguar otra cosa, cuanta cal

adquiere desde entonces, á la heredad con ella. Así la está abrasando,

el pedazo de bárbaro, con lo mismo que, mezclado en las debidas

proporciones, le produciría buenas cosechas.

--¡Qué quieres tú! No saben más.

--Pero saben reírse de quien les dice que se equivocan, como éste

se rió de mí cuando le dije cómo debía hacerse uso de la cal, y en

qué clase de tierras... ¡Buena va este año la heredad grande de tu

padre!... ¡Vaya un bosque de maíces!... ¡Y qué muestra de _faisanes_!

--Milagros del abono, Pablo.

--Poca calabaza: así me gusta. Es fruto sin substancia y roba mucho á

la tierra.

--Pero _campa_ en la heredad.

--Eso sí: gusta ver la planta, cargada de hojas como paraguas,

arrastrarse larga, larga, dejando enredado acá un miembro y allá el

otro, hasta poner al sol la cabeza sobre el retoño de la linde. Pero

decía un médico viejo, á quien yo conocí, que de todas las calabazas

del mundo no sacaría el mejor químico un adarme de substancia; y á esto

me atengo. Fruto que no alimenta, ¿de qué sirve en la heredad, sino de

estorbo?

El sabor de la tierruca · 第 7 / 19 段