--¡Cátalo ahí!--exclamó Nisco, sudando de congoja y medio turulato.

--Pues á eso quería yo venir á parar--añadió la joven, como si se

gozara en la angustia del aldeano.--¿Es decir que porque ahora ves algo

que antes no has visto, deseas valer más de lo que valías?

--¡Eso, eso!--gritó aquí el mocetón, rojo, cárdeno y amarillo, todo á

la vez.

--Pues mira tú cómo la gente se equivoca en la mitad de lo que

piensa--añadió María, esgrimiendo ya con verdadera saña, contra el

acorralado galán, las armas de su travesura, que aunque no eran muchas,

en el desapercibido é inerme muchachón causaban heridas tremendas:--yo

te creía el mozo más feliz de Cumbrales, con una novia tan hermosa como

Catalina; tan conveniente para tí...

Estas palabras fueron para Nisco un golpe en mitad de la nuca. Tardó en

volver del atolondramiento en que cayó; pero volvió al fin, remilgóse y

dijo:

--Relative á este punto, crea usté que hay sus mases y sus menos.

--Ya lo supongo por lo que has hecho; pero precisamente en eso que has

hecho está lo que no se comprende. Catalina es la mejor moza de la

comarca.

--Esa fama tiene,--respondió Nisco con desdén.

--Y bien merecida. Cuéntanla muy enamorada de tí.

--Bien pudiera ser,--dijo el rústico galán, con una sonrisilla vanidosa

en que se pintaba la alta idea que de su propio valer tenía el hijo de

Juanguirle.

Sonrióse también María, y continuó:

--Es rica entre las de su clase.

--No diré que no lo sea.

--Tiénenla por hacendosa.

--Pshe...

--Y es lista y de mucho juicio.

--Podrá ser.

--Pues si todo eso es Catalina, ¿dónde puedes haber visto tú cosa que

más valga ni que más te convenga?

Otro golpe en la nuca para Nisco.

--Onde está quien más vale que Catalina--logró decir el mozo,--bien lo

sé yo. Si me conviene ú no me conviene más que _la otra_, también lo

sé... Si se me dirá que sí ú se me dirá que no... ahí está el ite de la

cosa; porque, hablando en verdá, si la merezco ú no la merezco, caso es

de pleitearse mucho.

--Eso prueba, Nisco, que has puesto los ojos muy en alto.

--Confieso que sí; pero sin culpa mía, porque los ojos se van detrás de

lo que apetecen, sin pedirle al hombre su parecer. Lo que decir puedo

es que, desde que ví eso tan alto, ando buscando el modo de subir allá,

siquiera para decir «aquí estoy» en la solfa en que debe decirse; cosa

que al presente no sé... ¡que si lo supiera!...

Interesábale tanto á la joven la conversación en que se había empeñado

con el bueno de Nisco, que ya no cosía. Apoyando sus brazos en la

almohadilla que sobre sus rodillas tenía, jugueteaba con la tijera

y mordía una hebrita de seda, cuyo extremo suelto asomaba húmedo

entre sus labios frescos y rojos; miraba al mozo con no disimulada

curiosidad, y estudiaba en él las impresiones que iba causándole el

interrogatorio á que le tenía sometido; interrogatorio que acaso no

hallen del todo verosímil las damas del _mundo elegante_ (si entre

ellas las hay con el mal gusto de leerme), la crítica superficial

y cuantos desconocen el modo de ser de estas gentes montañesas. En

pueblos como Cumbrales, se sabe en cada casa lo que ocurre en las

demás; y en salones como el de don Pedro Mortera, donde la familia cose

y habla y reza, muy á menudo se oyen relatos harto más insubstanciales

y pesados que la amorosa cuita del hijo del alcalde; porque allí van

los pobres á llorar las suyas; los atropellados á pedir consejos... y

más de una vecina á remendar la saya ó á que le corten una chaqueta

ó le escriban una carta para el hijo ausente. Además, los unos son

colonos de la casa, otros han servido en ella, y todos se codean en la

iglesia, en la calle ó en el concejo. De esta mancomunidad de intereses

y de afectos, nace la íntima cohesión, algo patriarcal, que existe

entre todas las jerarquías de un mismo pueblo; cohesión que, no por

ser fecunda en ingratitudes, rencillas y disgustos, deja de existir en

lo principal, afirmada en el inquebrantable respeto de los de abajo á

los de arriba, y en la cordial estimación de éstos á los de abajo. Así

se explica que María, con su genio _parado_, poco expansiva, y corta y

desconfiada en su trato con gentes extrañas y de su esfera, aun sin el

estímulo de la _segunda intención_ que algún malicioso pudiera suponer

en ella, se mostrase tan animosa y confiada con Nisco, á quien, además,

estaba viendo en su casa desde que éste era muchacho.

Volviendo ahora al interrumpido diálogo, sépase que á la vehemente,

apasionada y casi dramática exclamación del romántico hijo de

Juanguirle, contestó María, mirándole de hito en hito:

--También ese propósito es juicioso y no deja de favorecerte mucho; y

tanto podías estirarte tú, que á poco que ella se bajara...

--¿Cree usté que se bajaría?--preguntó Nisco anheloso, corriéndose una

silla más hacia la joven.

--Hombre, de todo se ha visto en el mundo--contestó María, parándole

con el fulgor de sus ojos rasgados.--Pero se me figura á mí que para

que ella se baje todo lo que es necesario, y por mucho que lo desee,

hay un inconveniente muy grande y muy difícil de vencer para tí. Puede

creer _esa persona_ que te llevan hacia ella miras interesadas. Esto,

por de pronto. Después... y aquí está lo grave, Nisco: si dejaste de

la noche á la mañana á Catalina, que tanto vale y tanto te quería,

¿cómo haces creer á... _esa otra persona_ que la quieres más que á

Catalina?

Aplanó al mozo este argumento. Meditó unos instantes, y replicó:

--La verdá es que si no se me cree por mi palabra ú no se me mandan los

imposibles, para que, haciéndolos yo, se vea la buena ley del querer...

Sonrióse María y atajó al mozo de esta manera:

--Te advierto, Nisco, que nos hemos colocado en el peor de los casos

imaginables. Bien pudiera ella no reparar en tales tropiezos; y eso

nadie lo sabrá mejor que tú que la conoces. Todo depende del carácter y

de los humos que tenga esa señora... porque yo creo que es una señora,

por la altura en que la has puesto.

--¡Vaya si lo es, caramba!--exclamó Nisco, con una delectación

indescriptible.

--Y... ¿la has hablado alguna vez?--preguntóle María con un poquillo de

cortedad.

Aquí le entró á Nisco el hormigueo de otras veces; volvió á ponerse

tricolor, volteó el sombrero entre las manos, se atusó luégo el pelo,

carraspeó mucho, y dijo al fin, con voz ronquilla y destemplada, porque

el corazón le daba en el pecho cada porrazo que le aturdía:

--¿Que si la he hablado!... Muchas veces... miento: ninguna... es

decir, para que el diablo no se ría de la mentira: hablarla _de veras_,

una sola.

--Pues mira, ya es algo eso. Y ¿qué cara te puso cuando la hablaste de

veras?

--¡Como el sol de los cielos, porque así es la suya!

--¿Dijístele algo de lo que deseabas?

--Yo creo que sí... ó puede que no, aunque pretender, pretendílo; pero

le entran á uno en esos trances tales congojas y malenconías, y unos

trasudores, y siéntense unas ansias en el pecho, y pónense unas telas

en los ojos, que por aquí va el hombre con la palabra, y por allá va el

su pensamiento.

--Con tal que ella te entendiera... ¿sabes tú si te ha entendido?

Trocóse en fuego la timidez de Nisco, y respondió impetuoso:

--Diera este brazo por saber que sí; que tal me miraron sus ojos y tal

me habló con su boca, que luceros de la noche y sinfonías de la gloria

me parecieron. ¡Qué señales fueran mejores de que lo alto se abajaba!

--¿Conózcola yo, Nisco?

--¡Como al mesmo personal de usté!

--Pues, hombre, para lo poco que falta ya, dime quién es.

Quedóse aquí Nisco como quien ve visiones, con los ojos encandilados,

la boca abierta, cárdeno el semblante y creo que hasta sin pulsos.

En esto se oyó ruido en el corredor, y Ana y Pablo entraron en la sala

un instante después. Ana llegó á ver la escena tal como quedó á la

última palabra de María. Pablo, al reparar en su amigo, le preguntó:

--¿Me esperabas, eh?

--No... sí... digo, creo que no.., es decir, puede que sí,--respondió

Nisco.

--¡Hombre, parece que estás atolondrado! Pues mira--añadió Pablo

mientras Ana y María se abrazaban y salían juntas al balcón,--perdona

por esta tarde, que estoy muy ocupado, y vuélvete á la noche un rato,

como de costumbre... si quieres.

Nisco, que necesitaba aire fresco, despidióse y salió de la sala hecho

un palomino. Junto á la escalera halló á don Juan de Prezanes que subía

con su compadre, el cual llamaba á su mujer á voces para avisarle

la llegada del amigo. Cerca de la portalada alcanzó el mozo á don

Valentín, que iba á salir también. El veterano, mientras zarandeaba el

casaquín y se sonaba las narices con ímpetu, gruñía y murmuraba. Nisco

le oyó decir con ira, mientras levantaba el picaporte del postigo:

--¡Sabandijas!... ¡Servilones!...

No fué Nisco en derechura á su casa: estuvo oreándose la cabeza y

los pensamientos largo rato por brañas y callejos. Pasando por una

encrucijada, vió venir á Catalina. Irguióse altivo al emparejar con

ella, y observó que traía la cara más risueña y el andar más resuelto

que horas antes.

Y díjole la moza al cruzarse con él:

--¡Híspete, pavo, que ya te pelarán!

Á lo que respondió Nisco, mirándola por encima del hombro:

--Taday... ¡probeza!...

[Ilustración]

[Ilustración]

XI

APUNTES PARA UN CUADRO

Bien corrida era ya la media tarde cuando despertó don Baldomero,

porque fué Sidora á levantar la mesa y le dió en la cara con el mantel

al echársele debajo del brazo. Incorporóse el hombre lentamente,

bostezando mucho y con grande clamoreo; se desperezó á sus anchas, lió

un cigarro y le encendió sin dejar de estremecerse ni de bostezar entre

chupada y chupada. Salió después del caserón, y, paso á paso, llegó á

la taberna, café de los holgazanes desidiosos de aldea.

Junto á la enrejada ventana, por donde el tabernero despachaba á los

parroquianos vergonzosos, había una mesa de basto tablero, y alrededor

de ella, sentados, hasta tres personajes que voy á presentar al lector,

porque debe conocerlos. Vestía el uno un traje entre andaluz y de la

tierra (ancha faja de estambre negro á la cintura, calañés, chaleco

desceñido, y en mangas de camisa); andaría rayando con los treinta

y cinco años; y como aún era _mozo soltero_, presumía de apuesto

sin serlo cosa mayor; ostentaba en la cara anchas patillas negras;

miraba gacho y hablaba ceceoso y lento, más por alarde que por natural

disposición. Había estado, de mozo, en Andalucía, como tantos otros

coterráneos suyos; y era casi el único resto del antiguo _jándalo_, de

los que volvían á caballo, entre rumbo y alamares, escupiendo por el

colmillo y, á creer lo que ellos mismos aseguraban, sembrando el camino

real de pañuelos de seda y onzas de oro.

No le dió á éste gran cosa la vanidad por ese lado: en cambio, su

boca era una carnicería, hablando, mientras acariciaba con la mano el

cabo de una navaja que siempre llevaba asomando por el ceñidor, de la

gente que él había despachado al otro mundo, no más que por tocarle

con el codo al pasar, ó por no dejarle la acera libre, ó por mirar

dos veces seguidas á la mujer que por él se moría. Con esto, con no

trabajar nada, con frecuentar demasiado la taberna y con amenazar

en voz sorda, marcando mucho la sonrisa, al lucero del alba á cada

paso, llegó á hacerse temible en Cumbrales, aunque no hay memoria de

que nadie le viera cumplir una pizca de lo mucho que ofreció en su

vida, ni siquiera tomar parte en las serias contiendas de que fueron

causa sus baladronadas impertinentes, en corros y romerías. Pretendió

á todas las buenas mozas de Cumbrales, y de todas recibió calabazas;

apechugó después con la que quedaba, y ocurrióle lo mismo. Desde

entonces se hizo protector de las mozas de Rinconeda, y esto acabó de

desacreditarle en su pueblo. Llamábanle el _Sevillano_, y nadie le

podía ver en Cumbrales, pero ninguno se atrevía á decírselo á la cara.

El personaje que estaba enfrente de él en la mesa era un mocetón

hercúleo, de mucha y enmarañada greña, y sobre ella, tirado de

cualquier modo, un sombrero negro de anchas alas. Estaba despechugado

y dejaba ver un cuello robusto, unido al abovedado pecho por un istmo

de pelos cerdosos, entre músculos como cables. No era fea su cara,

pero tampoco atractiva, aunque risueña. Pecaba algo de sucia, y no

eran sus ojos garzos todo lo grandes ni todo lo pulcros que fuera de

desear. La barba, no muy bien afeitada, y el pelo, tenían un color mal

determinado, entre rubio y negro, matiz que daba una feísima entonación

al rostro; el cual, sin haber en él reflejo alguno de maldad, acusaba

cierta grosería de instintos que repugnaba. Pues este mocetón, también

en mangas de camisa y con la chaqueta al hombro, era el famoso

_Chiscón el de Rinconeda_, gran amigo del Sevillano de Cumbrales, y

pretendiente de Catalina desde que Nisco la había dejado. Tenía algunos

bienes, y era trabajador cuando quería; pero mucho más dado á zambras y

bureos, y un apaleador de gran fama.

El tercer personaje era un pobre hombre, de edad incalculable á la

simple vista, anguloso y acartonado, encogido y bisunto.

Aunque cargado de familia, tenía horror al trabajo duro del campo, y

se había propuesto hacerse rico de sopetón; para lo cual contaba con

dos elementos importantísimos: su ingenio y la manía de las herencias

gordas _de la otra banda_. De su ingenio eran producto multitud de

artefactos, para los que había pedido, con mal éxito, privilegio de

invención ó cincuenta mil duros al Estado. El más ingenioso de sus

inventos, y por el que revolvió la provincia entera hasta conseguir

que el ministro de Fomento examinara el prodigio, fué un cepo para

cazar topos en el instante en que estos minadores sempiternos arrojan

la tierra sobre el prado; pero se tocó el inconveniente de que era

preciso adivinar dónde iba á formarse la topera para colocar allí el

aparato y juzgar de su utilidad, y no hubo ocasión de tratar del punto

_secundario_ que se mencionaba en la breve _memoria_ del autor, ó

sea el millón y medio que éste pedía por el invento, aunque con la

obligación de construir uno á sus expensas para las necesidades del

Gobierno de la nación. En estos ensayos empleaba la mayor parte del

tiempo que pasaba en casa, serrando listones y tabletería que atrapaba

aquí y allí, aviniendo y combinando pedazos, fuerzas y resistencias.

Diéronle, por esto, el nombre de _Tablucas_, y con él se le llamaba y á

él respondía, casi olvidado ya del verdadero.

No por estas atenciones descuidaba el asunto de las herencias, que

todos los días le daba no poco que hacer. Siempre tenía una ó dos

entre manos. Referían los periódicos que un archimillonario había

muerto en el Japón, supongamos; contábanselo á él los que ya le

conocían el flaco, ó lo inventaban, ó llegaba un pobre á la puerta y le

decía:--«Y ello ¿habrá algo de cierto en eso que se corre al auto de

unos treinta millones que están depositaos en el Gubierno de arriba,

por no conocerse á los herederos del montañés que los dejó al morir

en el Pirul, de Padre Santo, rey... ú cosa así?» En cualquiera de los

casos preguntaba Tablucas:--«¿Está ese pueblo en _la otra banda_?»

Contestábanle siempre que sí; y ya no necesitaba saber más.

Hubo en su familia un individuo que sobre el año 20 pasó á las Américas

y de cuyo paradero no volvió á saberse nunca; y en todos los ricos,

muertos abintestato en _la otra banda_, es decir, en América, en la

China... en cualquier punto remoto de la tierra, llamárase aquél como

se llamara, veía Tablucas á su pariente, rebuscando su genealogía,

cotejando fechas y acumulando supuestos é imaginaciones. Colocado

ya sobre el rastro del asunto, como él decía, consultábale con los

licurgos callejeros de Cumbrales; después con los abogados de veras;

luégo con el cónsul de la nación en que había muerto el pariente, y,

por último, trataba de entenderse con el ministro de Estado. Á todo

esto, llenándose los bolsillos de papelucos con nombres de personajes,

respuestas vagas de este agente ó del otro alcalde, y de fes de

bautismo, sin que faltara la del ignorado pariente, y arreglando en

su imaginación la historia de tal modo, que el más sutil se quedaba

perplejo al oirla. Todo esto le costaba dinero, viajes y molestias

sin número; pero vendía gustoso el mendrugo de su familia, y jamás le

cansaban las idas y venidas, ni le desalentaban desengaños ni malas

razones. Así, hasta que se moría otro millonario, y dejaba, por seguir

á éste, el rastro del anterior, exclamando al emprender la nueva

campaña, alegre y regocijado:--«¡Bien dije yo siempre que _por este

lado_ había de venir la herencia!»

Por lo demás, aunque frecuentaba mucho la taberna, no era gran

bebedor, y rara vez se emborrachaba. Hablar de sus máquinas y enseñar

los papeles referentes á la millonada que estaba para caerle, era su

pasión predominante fuera de casa.

Detrás del mostrador estaba, llenándole de cuentas con tiza, Resquemín,

el tabernero, hombre bien engrasado, algo viejo y de áspero y

avinagrado humor.

Sobre la mesa, entre los tres personajes descritos, había, además de un

jarro con su correspondiente vaso, una ociosa baraja, algo parecida,

por lo resobada y maltrecha, á aquélla con que Pedro Rincón y Diego

Cortado ganaron al arriero de la venta del Molinillo doce reales y

veintidós maravedís, si no me engaña la memoria.

Ociosa, como he dicho, estaba la baraja, acaso porque faltaba un pie

para un partido á la flor de cuarenta; pero no lo estaba tanto el vaso,

que á menudo andaba de mano en mano y de boca en boca, colmado del

tinto que oportunamente escanciaba Chiscón, quien, por las trazas, era

el que convidaba allí.

Andaba éste en tentaciones de pedir á Catalina á la hora menos pensada;

visitábala por las noches, en presencia de toda la familia, pues este

favor no se niega jamás en ninguna cocina montañesa, y gustábale

mostrarse rumboso ante la gente de Cumbrales, por lo que esto pudiera

servirle de recomendación á los ojos de su novia, que, dicho sea de

paso, no se los ponía de resistencia, aunque sólo con el disculpable

propósito de encender resquemores en el pecho de Nisco. Tomaba Chiscón

la buena acogida por donde más le halagaba, y proponíase abreviar los

procedimientos, por lo que pudiera ocurrir. De esto se había hablado

algo aquella tarde entre él y el Sevillano, que con sus consejos y

protección le ayudaba, y hasta acababa de brindarse al de Rinconeda

para _limpiarle_ de estorbos el camino, si por estorbo tenía á Nisco

todavía. Cabalmente había sido el hijo de Juanguirle el causante de

que Catalina no le diera cara cuando él la pretendió. Y bien sabe Dios

que si Nisco le hizo desalojar la calleja más que á paso, fué porque

él no llevaba encima _la herramienta_, y el otro comenzó á ventear el

garrote. ¡Si le tendría ganas el Sevillano! Agradecióle el brindis

Chiscón, pero desechó el servicio por innecesario.

En esto llegó Tablucas, que no habló de sus máquinas ni sacó los

papeles de su pleito. Traíale últimamente muy preocupado y absorto otro

asunto harto excepcional y perentorio; y por esta herida respiraba

solamente, y de esto hablaba en todas partes, y de esto habló allí

entonces tan pronto como se sentó y le pellizcaron la lengua Resquemín

y el Sevillano, que ya conocían el conflicto.

--De lejos todos somos valientes--decía el hombre de los inventos y de

las herencias, respondiendo á las chanzas de los otros;--pero allí vos

quisiera yo ver, ¡córcia! allí, en la soledá de la noche, clamando la

familia aterecía de espanto; y tamborilazo va y tamborilazo viene á la

puerta. ¡Vos digo que aquello levanta en vilo!...

Aquí estaba el asunto cuando entró en la taberna don Baldomero.

Arrimóse al lado libre de la mesa, sentóse perezosamente, y dijo,

después de dar entre dientes las buenas tardes:

--Resquemín... la _sosiega_.

El tabernero tiró de pronto la tiza contra la pared, púsose en jarras,

y moviendo á uno y otro lado la cabeza, sin apartar de don Baldomero

los ojos de gato irritado, comenzó á decir con su voz atiplada:

--Me paece á mí, ¡jinojo! que el día menos pensao le va á _resquemar_

á alguno el mote en la asadura; porque ¡jinojo! si piensan que yo soy

guitarra para dejarme tocar de todo chafandín que á bien lo tenga, ya

estáis aviaos... ¡Porque ¡jinojo! cuando á mí se me sube el tufo á la

cabeza, soy tan hombre como el que más!... ¡Y no digo más!... ¡Y ésta y

no más!... ¡Pues no faltaba más!... ¡Jinojo!

--¡Ingrato! ¡mal tabernero!... ¡Después que te lo digo para adularte,

me riñes todavía?

Á esta chanza socarrona del impasible don Baldomero, replicó Resquemín

hecho una lumbre:

--¡Yo no necesito las adulaciones de usté ni de naide, jinojo!...

Yo me futro en ellas ahora y siempre; y en usté... y en todos los

presentes... y en el mundo entero, ¡jinojo! que no estoy aquí para

recreo de naide, sino por el mío, ¡jinojo!... Y el día que me dé la

gana, dejo el oficio, ¡andando! que para eso tengo posibles... Y si me

da el real antojo, echo todos estos trastos á la calleja, ¡rejinojo!...

y si me apuran un poco, lo hago ahora mismo... ¿ve usté este vaso? ¿le

ve usté bien? Pues éste es el caso que hago yo de este vaso... (Y no le

rompió.)--¿Ve usté esta botella? ¿la ve usté bien? Pues éste es el caso

que hago yo de esta botella. (Y la dejó donde estaba.) ¡Á mí con esas,

jinojo!... ¡Si soy yo más hombre!... ¡Con burlas á mí!... Valiérales

más á algunos pagar á menudo las cuentas; que á fe que la hay con más

renglones que la letanía de los Santos, ¡jinojo! Y no digo de quién,

porque no me da la gana: por eso... ¡Y no hay más que eso!... ¡Y sobra

con eso!... ¡Jinojo!...

Después abrió los bastidores de un armarillo, y volvió á cerrarlos,

y tornó á abrirlos, y al cabo cogió un vaso pequeño, le llenó de

aguardiente y se lo llevó á don Baldomero.

--Aquí está la sosiega--dijo plantando el cortadillo en la mesa.--Y

¡jinojo!--continuó,--naide se extrañe de que el hombre se remonte un

poco á lo mejor... porque no es uno de peña, ¡jinojo!... Y buenas son

las chanzas, pero no tanto que ofendan. Tanto me estimas, tanto te

aprecio. ¿No está esto en ley?... ¡Pues vívase en ley!... ¡Esa es la

ley... jinojo!

Así era aquel hombre.

Chiscón y el Sevillano, sin hacerle maldito el caso, seguían

comentando, medio en serio y medio en broma, los relatos de Tablucas.

--La primera vez--dijo éste, cuando calló Resquemín,--pensé que era

algún vecino que llamaba con apuro. Salí corriendo, abrí la puerta...

y ná, por más que miré aquí y allí. Pregunté á la viuda... porque ya

sabéis cómo está la mi casa... desde aquí se ve enfilá con el esconce

de la iglesia: tal como aquí está ella, y pegante por la derecha la de

la viuda de Pedro Jelechos; en un mesmo portal... puerta con puerta,

vamos. Pregunté á la viuda, y díjome que ni ella había llamao ni había

oído porrazo alguno. Un bardalón tremendo rodea por detrás las dos

casas... por allí no puede saltar naide á los huertos, ni tiempo tuvo

de esconderse en ellos después de llamar, porque yo abrí tan aína

como oí los golpes, y el corral no tiene más salida que la portalá;

las tapias son muy altas, y en el corral no se vió alma viviente, ¡y

eso que la luna alumbraba de firme! Bueno. Á la otra noche, estábamos

cenando, y ¡plun! de repente, ¡zas! á la puerta. ¡Cristo mío, qué

tamborilazos! ¡Naide probó más bocao allí! En esto se oye una voz, como

de alma en pena, que dice por el ojo mesmo de la llave:--«¡El que salga

afuera en toa la noche, ó quiera saber quién llama, perece!...» Quedéme

patifuso, y entendí que la mujer y los hijos fenecían de temblor. ¡Como

no saliéramos, córcia!...

--¿Y á la otra noche?--preguntó el Sevillano, que no apartaba la vista

de los ojos de Tablucas.

--Á la otra noche--continuó éste,--ná, porque arreció el ábrego... ¡y

esto me da á mí mucho que cavilar! ¿Hay juriacán ó negrura? Ni un soplo

se oye allí. ¿Hay sosiego y luna clara? Pus ¡leña á la puerta! De modo

y manera que, por unas ó por otras, de mi casa no sale una mosca tan

aína como anochece... Y esta vida traigo dos semanas hace... ¡Decíme

vusotros, córcia, si tal vida se puede aguantar!

Don Baldomero, en tanto, fumaba, sorbía alguna que otra vez, y parecía

no dar la menor importancia al relato de Tablucas.

Preguntóle Chiscón si sospechaba de alguien, y respondió el atribulado

personaje:

El sabor de la tierruca · 第 6 / 19 段