del excusao... Y ya que me haces hablar, diréte que bien poco había
que fiar de tus quereres, cuando, por volver yo la espalda, estás dando
cara á otro... y de Rinconeda, para mayor inominia.
--Es verdad: uno de allá me pretende desde que tú me dejaste, y hasta
sé que va á pedirme.
--Pues dile que sí, y con eso tendrás todo lo que necesitas. Yo no he
de ponerte pero, que fenecida eres por lo que me toca.
Este brutal alarde de desdén produjo en Catalina el efecto de una
puñalada.
--Lo que yo necesito, Nisco, para mi venganza--contestó, con los ojos
arrasados en lágrimas,--son dos corazones, ó no haber querido nunca con
el que tengo.
Y como, al hablar así, la ahogaran los sollozos, se llevó el delantal á
la cara y apoyó el hermoso busto contra la pared.
Nisco intentó decir algunas palabras en disculpa de lo que tan mal
efecto produjo en Catalina; pero no acertando á coordinar una mala
frase de consuelo, cortó por lo sano largándose á buen andar.
No se sabe, á punto fijo, á dónde iba Catalina cuando se encontró con
Nisco; pero está fuera de duda que, no bien le perdió de vista en la
solemne ocasión mencionada, retrocedió presurosa, y, andando, andando,
llegó á una casita, punto más que choza, baja, muy baja, pobre, muy
pobre, arrimada, como de misericordia, al paredón más alto de unas
ruinas antiquísimas, sin dueño conocido, que poco á poco se iban
desmoronando, hacia el extremo occidental de Cumbrales.
Fuera de la casuca, junto á su puerta entreabierta, y sentada en un
canto arrimado á la pared, estaba una vieja, flaca y apergaminada,
acabando de remendar, á duras penas, por falta de vista y de pulso, un
refajo negro con hilo blanco teñido en el sarro de una sartén que en el
suelo yacía boca abajo.
En uno de mis libros he dicho yo que no hay en la Montaña una aldea
sin su correspondiente bruja. Pues la vieja de quien voy hablando era
la bruja de Cumbrales. Temida de los más y aborrecida de muchos, raro
era el día sin quebranto para la pobre mujer: unas veces por que con
sus artes no hacía los imposibles que se le pedían; otras porque se
la creía causante de todo lo malo que acontecía en el lugar. Así es
que vivía de milagro, porque lo era, y grande, vivir, como ella, de
limosna, con semejante fama, tantos años encima y tales tratamientos.
¡Qué diferente vida la que pasó con su marido! Entonces trabajaban unas
tierras, tenían una vaca y moraban en buena casa en el mejor de los
barrios. Alternaban en todo trato lícito y honrado con sus convecinos,
y hasta eran, él por lo diestro en _encambar_ carros, y ella por lo
famosa en preparar el lino, muy solicitados y bien retribuídos de las
gentes. Pero, á lo mejor de la vida, acabóse la del hombre, de la noche
á la mañana; y ya bien entrada en años la mujer, sola y sin valimiento,
tuvo que dejar la poca labranza que trabajaba y buscar un agujero en
qué albergar el achacoso cuerpo, hasta que la última enfermedad le
abriera la sepultura. Halló la casuca solitaria que la muerte de otro
pobre, tan pobre y desvalido como ella, había dejado abandonada; y allí
se metió con el mísero ajuar que le quedaba. Mientras pudo trabajar,
como obrera ganaba la borona que comía; pero agobiáronla los achaques,
y tuvo que vivir de limosna. En la Montaña no se muere nadie de hambre:
esto es sabido y probado, porque el más miserable parte un mendrugo con
el vecino que carece de él; pero ni en la Montaña ni en región alguna
del mundo, engorda la limosna á quien de ella vive, por abundante que
sea. Hay siempre en el corazón humano fibras indómitas á prueba de
virtudes, y raro es el bollo regalado que no produce un coscorrón al
hambriento.
Como según el tiempo iba pasando íbase la buena mujer enflaqueciendo,
y sólo se la veía en el lugar para pedir limosna en casa de don Pedro
Mortera ó en la de don Juan de Prezanes, para ir á misa cada día de
fiesta, ó de paso para la villa, á donde hacía también sus excursiones
á menudo; y como no se concibe entre las gentes campesinas una mujer
vieja, flaca y encorvada, sola, pobre y taciturna, sin tratos con el
demonio, cata á la de mi cuento, de la noche á la mañana, bruja _con
todas sus consecuencias_, sin lo que el supuesto no tendría maldita la
gracia. Dieron en morirse muchas gallinas en aquel entonces y en faltar
otras del gallinero, alguien vió plumas junto á la choza de la pobre
mujer; y esto bastó para que, creyendo á la bruja aficionada al averío,
la llamaran las gentes de Cumbrales la _Rámila_; el cual mote le quedó
por nombre... también _con todas sus consecuencias_.
No era Catalina de las más supersticiosas del lugar, ni, en su opinión,
tan mala la bruja como las gentes creían: sobraba entendimiento á la
buena moza para no tragar los absurdos vulgares como pan bendito; pero
faltábale instrucción y era aldeana, y, por ende, llegaba hasta dejar
las cosas en «veremos,» lo cual era rayar muy alto en la materia.
Quiero decir con esto que al acercarse á la Rámila, impávida y
resuelta, iba tan lejos de tenerla por santa, como por confidente del
demonio.
Llevábala á casa de la bruja, no la reflexión, sino un vértigo del
espíritu, obra del reciente choque de su pasión generosa con el
desdén brutal de Nisco. Sentía el dolor de la herida en lo más hondo
del corazón, y buscaba algo que debía de haber para calmarle, aunque
fuera el triste placer de la venganza. Sospechaba, pero no conocía, la
verdadera causa del desvío de su novio, é ignoraba qué le dolía más, si
el recelo de que otra mujer se le llevara, ó el temor de perderle ella;
qué era lo que con mayor urgencia necesitaba, si reconquistar el bien
perdido, ó hacer que _la otra_ no le adquiriera para sí. En cualquiera
de estos casos, ¿cómo, cuándo y por qué camino, si no tenía otra luz
para orientarse en el abismo en que se hallaba que el notorio desvío
del ingrato? Filtros, adivinaciones, sortilegios, hechicerías por arte
del diablo, noticias ciertas, consejos sanos por modo lícito y natural,
y, en último extremo, ocasión de desahogo del pecho acongojado, casi
en el secreto de la confesión... Todo esto, ó mucho ó algo de ello,
podía encontrarse en la choza de la Rámila; y por eso iba Catalina
al antro de la bruja; y por eso, cuando se halló delante de ella, no
supo explicar lo que quería. Al último, refirió la historia de sus
desventuras, que es por donde debió de haber empezado. Lloró mucho, y
la Rámila la dejó llorar hasta que ya no hubo lágrimas en sus ojos ni
quejidos en su pecho.
[Ilustración]
[Ilustración]
IX
LAS PRIMERAS CHISPAS
Quien haya visto el mar después de un temporal deshecho, tenderse en
la playa, rumoroso y ondulante, lamiendo manso lo que antes azotó
iracundo, y trocados en arrullos sus bramidos, tendrá una idea del
estado de don Juan de Prezanes, horas después de la borrasca que el
lector presenció. En el fondo de aquella alma, transparente como el
más limpio cristal, no se descubría un solo rencor. Remordimientos
y heridas, sí. Remordimientos, porque su buen sentido, libre de
las cadenas de la pasión, decíale que para defender su derecho no
había necesidad de enfurecerse como él se enfurecía, dando con ello
monstruosas proporciones á lo que de suyo era, en sus comienzos,
pequeño y baladí, y rebajando lastimosamente el nivel de su propia
dignidad. Hasta concedía, cierto derecho á su amigo para desaprobar
sus viejas alianzas con determinadas gentes, porque á la vista estaban
los muchos males qué habían producido al pueblo, y los grandes
disgustos que á él le habían acarreado, sin un solo beneficio; pero
nada más que _cierto derecho_: no en la amplitud en que su compadre
se le tomaba y le comprendía. Y por aquí andaba el punto doloroso.
Grabadas estaban en su memoria palabras de acero que, en el calor de
la disputa, se le habían lanzado al corazón, sin respeto alguno á la
honradez de sus intenciones ni á la _enfermedad_ de su temperamento,
causa eficiente de los arrebatos á que de continuo se entregaba, contra
sus deseos y propósitos.
Apenábale el dolor de estas heridas, hechas sobre frescas cicatrices,
y, por lo mismo, doblemente dolorosas; pero curábalas con la reflexión
de que otras tales había causado él en la batalla; con el bálsamo del
perdón implorado por su contendiente, y con la esperanza de que la
reciente reyerta sería la última entre él y el amigo á quien más quería
en el mundo. _Pero_, hecha entre los dos la definitiva liquidación de
agravios, y vuelto cada cual á su tienda, que no se le obligara á él
á dar el primer paso en la nueva y edificante vida que ambos habían
de hacer en adelante. Era él el más desgraciado, el más solo y el más
ofendido de los dos, y no podía arraigar la reconciliación en el fondo
del alma, si se cimentaba en tan palmaria injusticia. En cambio, si,
libre y espontáneamente, su amigo, ó cualquiera de la familia de su
amigo, diera ese paso decisivo, ¡con qué ansia le saldría al encuentro
y le recibiría en sus brazos, y firmaría entre ellos, con el olvido de
todos los agravios, eternas y venturosas paces!
Así pensaba, arrimado á la mesa de su despacho, y en la palma de la
mano reclinada la descolorida frente, mientras Ana, sentada á su lado
y leyéndole los pensamientos (porque los hombres como don Juan de
Prezanes, no solamente son niños toda la vida por su afición á las
cosas pequeñas, sino por su propensión á meditar á voces), le prometía
lo que él deseaba y mucho más.
--Por si te equivocas--llegó á responder su padre,--bueno será que
hagas el sacrificio de acompañarme esta tarde. La soledad es mala
consejera, hija mía.
Lo que en rigor buscaba don Juan al tener á Ana toda la tarde á su
lado, era el convencimiento de que si alguno de la otra casa iba á
visitarle, lo haría por iniciativa propia, no por sugestiones, y quizá
ruegos, de su hija, quien, hablando en rigor de verdad, en lo tocante á
que se cumplieran sus promesas, no las tenía todas consigo.
En esto apareció Pablo en el corral, y á don Juan de Prezanes, al
verle, se le escapó del pecho un rugido de gozo.
--¿Lo ve usted!--le dijo Ana sin disimular el grandísimo que ella
sintió al mismo tiempo.
No podía, en aquella ocasión, enviarse al abogado de Cumbrales emisario
más de su gusto. Sin embargo, recibió al mozo con estudiada seriedad.
¡Hasta en los menores detalles son niños los hombres quisquillosos!
--¡Ya es hora de que le veamos á usted por acá, señor don Pablo!--dijo,
respondiendo al saludo cordial del joven.
--¡Como, á veces, no sabe uno en qué peca más!...--replicó éste.
--Como andaban ustedes de monos--añadió Ana,--habrá creído Pablo que no
estaba el horno para rosquillas.
--Cabalmente,--dijo Pablo con la mayor sinceridad.
--¿Es decir--repuso don Juan con mal disimulada vehemencia,--que, por
tu gusto, me hubieras visitado alguna vez?
--Pues como de costumbre: todos los días.
--¿De manera que al verte hoy á mi lado, sin miedo de que este ogro te
devore, debo suponer que, en tu concepto, esos monos ya no existen?
--Justo y cabal.
--Y ¿quién se lo ha dicho á usted, caballerito?--preguntó aquí don
Juan de Prezanes, dejando traslucir, en la mal fingida dureza de la
pregunta, el propósito que ésta envolvía.
--¿Quién podía decírmelo sino mi padre?--contestó Pablo sencillamente,
mientras Ana iba con anhelante mirada del uno al otro interlocutor.
--¿Luego su señor padre de usted--continuó don Juan,--no se opone á que
se me haga esta visita?
--Como que traigo el encargo de brindarle á usted á tomar chocolate con
él... digo, si no le queda á usted algún resentimiento...
--¡Qué cosas tiene tu padre, hombre!--exclamó el nervioso abogado,
llenando todo su pecho de aquella especie de aura bienhechora
que esparcía en la estancia el recado de su amigo.--Yo no tengo
resentimientos con nadie, y mucho menos con vosotros... ¡Vayan al
diablo, si es preciso, _esas cosas_ que no me interesan dos cominos
y tan malos ratos me dan! Armonía con todos y sosiego en el hogar,
Pablo: esto es vivir; que no está uno contento de sí mismo mientras se
halle en guerra con los demás. Con que raya por debajo, y no volvamos á
hablar del asunto.
Así comenzó á entregarse don Juan de Prezanes á la pasión de regocijo
que le solicitaba rato hacía, creyendo á salvo ya todos los fueros de
su amor propio. ¡Cuántas veces se había hallado en idéntica situación!
Preguntó á Pablo muchísimas cosas, sin orden ni concierto, mientras se
paseaba á lo largo de la estancia; y su ahijado, muy cerquita de Ana,
tan pronto contemplaba la labor que ésta tenía entre manos, como miraba
las nubes por la ventana abierta. Llegando á preguntarle por la vida
que traía, respondió el mozo en breves palabras, porque era escasa la
materia y á la vista estaba en todo el lugar. Á lo que dijo don Juan de
Prezanes:
--Pues mira, hombre: si he de decirte lo que siento, tratándose de un
muchacho de tus condiciones, no me gusta ese modo de vivir. Bueno que
tomes apego á las faenas del campo; bueno, en fin, que trates de ser
un labrador hecho y derecho, pues que en eso has de venir á parar,
según las trazas; pero en lo demás... en lo demás, Pablo, deseara
yo que anduvieras con mucho tiento. Quiero decir que guardaras las
distancias un poco más de lo que las guardas. Estás llamado á ser, por
tu posición, la persona principal de Cumbrales, y esta circunstancia
te impone ciertos deberes. Conviene que estas gentes te vean, pero á
tiempo y no á todas horas y en todas partes; que te traten, pero que no
te manoseen, si mañana han de tenerte en algo y ha de aprovecharles tu
importancia; que los aventajes en todo lo bueno, pero que no intentes
igualarlos en lo que pueda desautorizarte á sus ojos. Natural es que
juegues á los bolos cada día de fiesta con los mozos de tu edad; pero
no lo es tanto que bailes á su lado con las mozas en las romerías,
y mucho menos que te agregues de noche á sus rondas y parranderas.
Bien sé yo que á los años hay que darles lo que es suyo, y que aquí
no se halla otra cosa mejor que eso para lo que pide la mocedad; pero
considera que hay que estar á las duras y á las maduras, y que las
duras de esos pasatiempos pueden ser muy graves para tí, sobre todo si
tratas de buscar el desquite. Cuando menos, esas costumbres tienen de
malo el que su centro natural es la taberna; y en la taberna, Pablo,
siempre hace un desdichado papel la levita.
Ana atajó aquí á su padre, temerosa de que el mozo se resintiera de la
homilía que le estaban enderezando, y dijo á éste en el tono zumbón que
tan bien sentaba á la traviesa joven:
--No dirás, Pablo, que, para improvisado, es malo el sermón de tu
padrino.
--¡Sermón no!--saltó don Juan, apresurado.--¡Líbreme Dios de meterme
en esas honduras!... ¡y cuando aún me rasco los coscorrones de uno
muy amargo! No, hijo mío; no te predico ni trato de molestarte: digo
sencillamente lo que siento, porque te quiero mucho y ha venido á
pelo. Y con esta advertencia, y ya que lo tengo entre los labios, he de
decirte, para concluir, que no me disgusta Nisco, el hijo del alcalde:
es mozo de juicio, aunque pudiera ser menos presumido y valdría más;
pero ¿por qué es tan amigo tuyo? De un tiempo acá, no os separáis.
Ya sé que sois camaradas de la infancia; pero me parece demasiada
intimidad la que os une para lo diversas que son vuestras educaciones.
Lo probable es que se te pegue á tí su tosquedad, y no á él tu cultura.
--Pues ¡vea usted lo que son los juicios humanos!--respondió
Pablo, mientras Ana atendía al diálogo con vivísima curiosidad,
particularmente desde que su padre había nombrado al hijo de
Juanguirle.--Precisamente porque se le pegue eso que usted ha llamado
mi cultura, anda Nisco tan cerca de mí un tiempo hace.
--Asegúranlo por ahí--dijo Ana con malicia;--y es raro el caso.
--Pues yo le encuentro lo más natural del mundo--replicó Pablo.--Nisco
es un mozo trabajador y muy despierto, harto más inteligente en su
oficio que la cáfila de zopencos que le critican. Acompañábame al
cierro del monte; me enseñaba lo que yo no sabía, y me ayudaba, y me
ayuda, con su inteligencia, y hasta con sus brazos, en aquellas faenas
que están á mi cuidado exclusivo desde que el cierro se roturó.
Escribía mal y leía peor, porque no le enseñaron otra cosa. Andando en
mi casa y descansando en mi cuarto muy á menudo, vió libros sobre la
mesa y quiso que le leyera algunos. Eran cuentos agradables; gustáronle
y deseó saber leerlos como yo se los leía, para penetrarlos mejor;
después deseó también soltarse en la escritura, y comencé á darle
lecciones de uno y de otro con mucho gusto, porque yo observaba el
muy grande con que él las recibía. Y así estamos. No llegará á ser
nunca gran pendolista ni un lector de nota, porque el oficio que trae
es incompatible con esos primores; pero adelanta, se sujeta mucho,
despiértanse en él aficiones y gustos superiores á su condición, y esto
es muy recomendable; y, sobre todo, padrino, Nisco es lo mejor del
pueblo para los fines que usted me predica, y á Nisco me agarro.
--¡Bien vuelta, muchacho!--contestó don Juan hecho unas
castañuelas;--lo cual no quita que el pobre mozo, por el camino que va,
se queda tan lejos de ser hombre culto, como de las labranzas de su
padre; y ¡entonces sí que le tocó la lotería! De modo que tampoco es
Nisco lo que te conviene para mucho tiempo.
--Pues usted dirá,--repuso Pablo, con una formalidad tan noblota, que
hizo reir á don Juan y á su hija.
--¿Es cosa resuelta--preguntó el primero,--que abandones la carrera que
seguías en la Universidad?
--Resuelta.
--Pues entonces, ¿qué demonio te diré yo, hombre? Si has de vivir
perpetuamente en Cumbrales; si á la edad que tienes no sacas de
tí mismo recursos para hacer la vida entretenida y llevadera, sin
necesidad de tocar los extremos peligrosos de que antes te hablé; y si,
á pesar de estos inconvenientes, has de ocupar con el decoro debido
el puesto que aquí te corresponde, sólo veo un medio de conseguirlo:
cásate.
¡Cosa rara! Ana, que seguía con la vista á su padre mientras hablaba
así, no bien oyó su última palabra, se puso roja como una amapola,
bajó la cabeza sobre la labor, y no encontraba postura cómoda en la
silla. Cuanto á Pablo, sin duda porque no había otra mujer que Ana
allí, volvió los ojos hacia ella... y rojo se puso también al choque
de su mirada curiosa con la turbada y eléctrica de la hermosa joven.
¡Singular efecto de una palabra vulgar y prosáica! Ni siquiera tuvo
el color de la malicia, puesto que don Juan de Prezanes, cuando la
pronunció, estaba arrimado á la ventana y mirando maquinalmente las
nubes del horizonte.
Al volverse luégo hacia Pablo en demanda de su respuesta, ya era éste
dueño de sí.
--Con que ¿qué te parece mi proposición?--dijo al mozo.
--Que tiene mucho que estudiar... y que _se estudiará_,
padrino,--respondió Pablo con singular firmeza.
--Así me gustas, ahijado; y de tal modo, que si te decides por la
afirmativa, me brindo á ser tu padrino de boda... Entre tanto, basta,
si os parece, de conversación, y vamos á tomar ese chocolate que me
ofrecen en tu casa. Créeme que tengo grandísimos deseos de ver á tu
madre y á tu hermana, pobres víctimas inocentes de nuestras majaderías.
Dispúsose Ana á complacer á su padre; y con tal apresuramiento y tan
de buena gana, por lo visto, que al recoger los avíos de costura en
su primorosa canastilla, por cada cosa que guardaba ¡ella á quien
jamás igualaron prestidigitadores en destreza y agilidad! dejaba caer
media docena. Mas allí estaba Pablo, que se desvivía con desusado afán
por recogerlas en el aire y ponerlas en las blancas y finas, pero
desatinadas, manos de la azorada joven.
[Ilustración]
[Ilustración]
X
LOS HUMOS DE NISCO
Nisco llegó á casa de Pablo después que éste había entrado en la de don
Juan de Prezanes. Subió el hijo de Juanguirle sin llamar, como era su
costumbre, derecho al cuarto de su amigo. Al pasar por delante de la
puerta de la sala, oyó que le decían desde el fondo de ella:
--Pablo ha salido.
Era la voz de María. Conocióla el mozo, retrocedió dos pasos y se
colocó en el hueco de la puerta, sombrero en mano, enfrente de la
joven, que cosía sentada cerca del balcón.
--En ese caso--dijo Nisco algo atarugado y después de hacer una
exagerada reverencia,--me marcharé.
--Si no quieres esperarle...--añadió María, respondiendo á la
reverencia con una sonrisa.
--Pues le esperaré, _ya que usted se empeña_,--replicó Nisco. Y se
sentó, con mucho tiento y grave parsimonia, en la silla más cercana.
María volvió á sonreirse, y continuó cosiendo.
Nisco, con el sombrero en la diestra y ésta sobre la rodilla,
atusándose el pelo con la otra mano... no tuvo por entonces más que
decir; pero, en cambio, clavó la vista de sus ojos negros, un tanto
dormilones, en María; y largo rato estuvo como hechizado, viendo
aquellas manos, blancas y rollizas, pasar y repasar la aguja, y estirar
la seda para afirmar la puntada; el brillo de aquel abundoso pelo
negro; la transparencia de aquel cutis de rosa; la luz de aquellos ojos
húmedos, y, en suma, el palpitar, apenas perceptible, de toda aquella
riqueza escultural, á cada movimiento del ágil brazo.
Digo yo que todas estas cosas contemplaría Nisco, porque, según la
expresión que brillaba en sus ojos, más bien parecía sorber con ellos á
la joven que mirarla. De vez en cuando echaba ésta una ojeada firme y
serena al mozo; y entonces el hijo del alcalde de Cumbrales no cabía en
la silla.
Iban así corriendo los minutos, y Pablo no venía ni se marchaba
Nisco, ni entre éste y María se cruzaba una palabra. Don Pedro estaba
en el portal en plática con don Valentín, que había ido á visitarle
«por un motivo muy urgente,» al decir del veterano; y su señora
andaba disponiendo el agasajo con que habían de celebrarse las paces
consabidas, si don Juan aceptaba la invitación que se le había hecho.
De manera que los actores de la sala no podían esperar de afuera
incidentes que rompieran la monotonía de la escena: tenían que romperla
ellos mismos, si no la hallaban muy divertida.
Quizá pensando así, dijo, al cabo, María mientras examinaba el largo
pespunte que acababa de hacer, deslizando la tela entre los dedos de
sus manos:
--Y ¿cómo vamos de lecciones, Nisco? ¿Adelantas mucho?
Ya ve el lector que no podía decirse menos que esto tras un espacio tan
largo de silencio.
--No tanto como yo quisiera,--respondió Nisco mal y á trompicones, por
lo mismo que tenía empeño en responder al caso y con voz bien afinada.
Faltábale el hábito de hablar con señoras y bajo cielo-raso, y esto
ofrece gravísimas dificultades cuando se trata de soltar de pronto
la voz, una voz ajustada al diapasón de la naturaleza agreste, en un
centro reducido y sonoro y delante de una dama á quien se desea agradar.
María, sin fijarse gran cosa en los desentonos de Nisco, volvió á
decirle:
--Es algo rara esa afición que te ha entrado de pronto á esas cosas.
--Rara, ¿eh?--contestó el mozo, más atrevido ya y menos
desaplomado.--¿Cree usté que es rara? Pues quizaes lo sea, si bien se
mira... y quizaes no, por otra parte.
--Ahora sí que no lo entiendo, Nisco,--díjole María riéndose muy de
veras.
--Pues yo le diré á usté--añadió el mozo muy animado con la regocijada
actitud de su interlocutora.--Para el oficio que traigo, no es
mayormente al auto el pulimento que deseo en el porte y genial de la
persona, si uno ha de estar de sol á luna, fijo en la brega del campo,
sin más aquél de cubicia que lo que tiene á la vera; pero si, pinto el
caso, al hombre, por su luz natural ú roce con quien la tenga, no le
basta eso solo... y quiere, es un decir, quiere... vamos, valer algo
más de lo que vale, bien séase por la fantesía del valer ú por tomar
alas con qué volar un poco... porque sienta allí dentro... vamos, quien
se lo mande, como el otro que dice... en fin, señorita, el saber no
ocupa lugar; y yo quisiera, si no ofendo, saber algo más de lo que sé,
por valer algo más de lo que valgo.
--Bien pensado está todo eso--replicó María muy afable;--pero algún
motivo especial habrá para que tan de repente te haya entrado ese deseo.
--Pues ya se lo he dicho á usté; y si es cierto el refrán de «no con
quien naces, sino con quien paces...»
--¿Luego tu frecuente trato con Pablo es la causa de todo?
--Puede que lo sea,--respondió Nisco, contoneándose en la silla y
atusándose mucho el pelo.
--Pero ¿cómo ese deseo no te ha asaltado hasta ahora, siendo así que á
mi hermano le tratas desde niño?
Con esta pregunta le entró al mozo tal hormigueo, que en un buen rato
no le dejó sosegar.
--Consiste eso, señorita--logró responder al fin, aunque á
tropezones,--en que los tiempos, al respetive que corren, van
cambeando... y, por otra parte, los ojos de la cara no lo ven todo de
un golpe.
--¿Es decir que los tuyos han visto, de poco acá, algo que no habían
visto antes?