pronto, partieron sendas rebanadas de pan; luégo las subdividieron en
transparentes lonjas que remojaron en el caldo de las escudillas, y,
por último, se tomaron la sopa resultante, que á néctar debió saberles,
por lo que la pulsearon antes de paladearla. Tras este refuerzo al
desmayado estómago, un trago de vino y dos castañeteos de lengua, don
Valentín volcó la olla en la tartera, que encogollada quedó de potaje,
sobre el cual cayeron, en las tres últimas y acompasadas sacudidas
que al cacharro dió el héroe, sabedor de lo que dentro había y no
acababa de salir, dos piltrafas de carne y una buena ración de tocino.
Sirviéronse y engulleron copiosa cantidad de bazofia, y, tras ella,
casi todo el tocino. De carne, no quedó hebra.
Ni una palabra se había cruzado todavía entre el padre y el hijo,
hasta que, limpios los respectivos platos y apurados por tercera vez
los vasos, dijo don Valentín, tras un par de chupetones á los pábilos
del bigote, y arrojando sobre la mesa una llave que guardaba en el
bolsillo de su chaleco:
--Sácalo tú.
Y con ella en la mano, fuése don Baldomero á una alacena que en el
mismo salón había, embutida en la pared, y tomó de sus negras entrañas
un plato desportillado que contenía como hasta tres cuarterones de
queso pasiego, duro y con ojos, señal de que ni era fresco ni era bueno.
Antes de hincar en él las mandíbulas (pues es averiguado que, desde
mucho atrás, no quedaban en ella ni raigones), exclamó el veterano,
entre iracundo y plañidero, y como si continuara una serie no
interrumpida de graves meditaciones:
--En verdad te digo que el hombre degenera de día en día, y que se
acaban por instantes aquellas virtudes que hicieron del español, en
otros tiempos, el modelo de los caballeros sin tacha. Ya no hay fe en
los principios, ni verdadero amor á la patria, ni entusiasmo por la
libertad.
Don Baldomero tragaba y sorbía, y nada respondió á su padre. ¡Estaba
tan hecho á oirle cantar aquella sonata!
Don Valentín, mientras paladeaba el primer trozo de queso que se había
llevado á la boca en la punta del cuchillo, continuó así:
--Digo y sostengo que no es de liberales de buena casta regalarse el
cuerpo como nosotros, ni comer pan á manteles, mientras el faccioso
tremola en el campo el negro pendón de la tiranía. ¿No es esto el
evangelio?
--Bien podrá ser--respondió el otro, mascando á dos carrillos;--pero
paréceme á mí que tendría más fuerza de verdad predicado antes de comer.
--¿Quieres decirme--saltó don Valentín,--que también yo me duermo en
las delicias de Capua? ¿Quieres darme á entender, hombre sin vigor ni
patriotismo, que no sé predicar con el ejemplo? Pues chasco te llevas,
que, aunque viejo, todavía arde en mis venas la sangre que triunfó en
Luchana; y bien sabes tú que si esta mano rugosa no esgrime el hierro
centelleante en el campo del honor, no es culpa mía, sino de la raza
afeminada y cobarde que me rodea y me oye, y se encoge de hombros, y se
ríe de mi ardimiento, y se burla de los ayes de la patria roída por el
cáncer del absolutismo.
Aquí don Valentín, devorando el último de los pedazos en que había
dividido su ración de queso, arrastró hacia el centro de la mesa el
plato que tenía delante; y después de beber de un sorbo, temblándole
la mano y la barbilla, el tinto que en su vaso quedaba, y de plantarle
vacío y con estruendo sobre el mantel, continuó de este modo, llevando
la diestra al bolsillo interior del casaquín:
--Pero yo no he de faltar á mi deber, aunque el mundo entero prevarique
y toda carne corrompa su camino; yo he de insistir, mientras aliento
tenga, en que cada cual ocupe su puesto y lleve su ofrenda al templo de
la libertad. Soy hijo del siglo; he bebido su esencia; me he amamantado
en sus progresos (al hablar así reapareció su diestra empuñando una
petaca de suela y un rollo de hojas de maíz); y si hay hombres á
quienes ofende la luz de nuestras conquistas y seduce la parsimonia
estúpida de los viejos procedimientos, yo no soy de esos hombres.
No afirmaré que lo hiciera en demostración de su aserto; pero es la
verdad que, mientras tales cosas decía, raspaba con su cortaplumas una
de las hojas de maíz por ambas caras, y la recortaba cuidadosamente
hasta dejarla reducida al tamaño de un papel de cigarro. Púsose á liar
uno, y en tanto, seguía declamando de esta suerte:
--No hay modo de convencer á estos zafios destripaterrones, de que
la ley del progreso impone deberes, lo mismo que la ley de Dios...
Y el progreso es fruto natural de la libertad, y la libertad padece
persecuciones en el presente momento histórico... y el honor de los
padres es el honor de los hijos; y donde padece la libertad, sufre
el progreso; y si muere la una, acábase el otro... Pero la libertad
es inmortal, porque Dios puso el sentimiento de ella en el corazón
de los hombres; y siendo la libertad inmortal, el progreso no puede
morir; pero pueden padecer... padecen ¡vive Dios! padecen; y padecen
desdoro, porque el perjuro, el vencido en Luchana, los combate otra
vez; y por el solo hecho de combatirlos, los afrenta... y el campo de
batalla está á las puertas de nuestros hogares indefensos; indefensos,
porque no hay patriotismo en ellos; y porque no le hay, se desoye mi
voz que le invoca á cada instante, y sin cesar llama á la lid contra el
pérfido... Pero yo no cejaré en mi empresa; yo levantaré el honor de
Cumbrales peleando solo contra el tirano, si solo me dejan al frente de
él, cuando profane este suelo con su planta inmunda. La muerte de un
hombre libre lava la ignominia de un pueblo de esclavos. ¡Infelices!
Ignoran que, en las corrientes del progreso, quien no va con ellas es
arrollado y deshecho. Por eso mi voz es desoída aquí... por eso, en
cuanto á los más, costra grosera del pobre terruño; y en cuanto á los
menos, ¿qué excusa podrá salvarlos cuando la patria les pida cuenta de
su conducta sospechosa? Sospechosa, sí, porque no todo es trigo limpio
en Cumbrales, ¡vive el invicto Duque! Aquí también hay fósiles de los
tiempos bárbaros; seres incomprensibles para quienes el tiempo no pasa,
ni instruye, ni reforma, ni inventa, ni demuele. ¿En qué se conocería
que vivimos en el siglo de la luz y del progreso, si ellos fueran los
llamados á dirigir las corrientes de las ideas; si junto á esa raza
obscurantista y retrógrada, no se alzara la de los hombres como yo?
Cuando hubo dicho esto y liado el cigarro, púsole en la boca,
restregóse las palmas de las manos para sacudir el polvillo del tabaco
adherido á ellas, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
--¡Sidora!... ¡la chofeta!
Y Sidora acudió con la única que debía quedar en el siglo; venerable
joya de metal de velones, con sus dos mangos torneados, tintos en
almazarrón.
Dejó la moza el braserillo clásico sobre la mesa, y marchóse,
llevándose la olla vacía y la tartera con las sobras del potaje; y como
ya no había qué comer ni qué beber á sus alcances, don Baldomero cogió
la petaca de su padre, tomó de ella el tabaco necesario, y sin replicar
ni siquiera prestar atención á lo que el veterano iba diciendo, hizo
un cigarro con papel de su propio librillo, encendióle en las ascuas
mortecinas de la chofeta, y comenzó á fumarle muy sosegadamente, entre
eructos y carraspeos.
Don Valentín continuó un buen rato todavía declamando contra la poca fe
liberal de los tiempos, hasta que reparó en su hijo, de quien se había
olvidado en el calor de su fiebre patriótica; y al verle dormilento y
distraído, alzóse de la silla, y díjole en tono admirativo y corajudo:
--¡Hombre, parece mentira que seas sangre de mi sangre, y que no se te
despierte ese espíritu holgazán... por respeto siquiera al nombre que
llevas y que, en mal hora, te pusieron en la pila, en memoria del héroe
ilustre con quien vencí en Luchana! ¡Sorda y ciega sea esta imagen de
él que nos preside; que á trueque de que no vea lo que eres ni oiga lo
que te digo, consiento en que ignore la fe que le guardo y el altar que
tiene en mi corazón!
Por toda réplica, y mientras don Valentín miraba el retrato,
descubriéndose la cabeza calva, su hijo hundió los brazos en los
bolsillos del pantalón, estiró las piernas debajo de la mesa, cargó el
tronco sobre el respaldo hasta dar con éste y con la nuca en la pared,
y así se quedó, arrojando por las narices el humo de la colilla que
tenía entre los labios.
El veterano le miró con ira despreciativa; volvió á cubrirse la cabeza,
y salió á cumplir con lo que él llamaba su deber, después de empuñar
un grueso roten, que estaba arrimado á la pared en un rincón de la sala.
Momentos después roncaba don Baldomero con la apagada punta del cigarro
pegada al labio inferior.
[Ilustración]
[Ilustración]
VII
MÁS ACTORES
De una persona que tiene estrabismo, dicen las gentes aldeanas de por
acá que _enguirla_ los ojos, ó simplemente que enguirla; y se llama la
acción y efecto de enguirlar, _enguirle_. Ahora bien: Juan Garojos,
hombre bien acomodado, trabajador, de sanas y honradas costumbres,
alegre de genio y con sus puntas de socarrón, era un poco bizco; y como
en esta tierra, lo mismo que en otras muchas, no bien se columbra el
defecto en una persona, ya tiene ésta el mote encima, á Juan, desde que
andaba á la escuela, dieron en llamarle Juan _Enguirla_; algunos, Juan
_Enguirle_, y todos, al cabo de los años, _Juanguirle_, con el cual
nombre se quedó por todos los días de su vida.
Pues este Juanguirle, un poco bizco, bien acomodado, honradote,
chancero y socarrón, más cercano á los sesenta que al medio siglo,
y alcalde de Cumbrales al ocurrir los sucesos que vamos relatando,
hallábase en el portal de su casa, de las mejores del lugar entre las
de labranza, con cercado _solar_ enfrente, para lo tocante á forrajes
y legumbres en las correspondientes estaciones, sin perjuicio de la
cosecha del maíz á su tiempo (pues á todo se presta la tierra bien
administrada, máxime si amparan sus frutos contra las injurias y
demasías del procomún, cercados firmes y el ojo del amo, alerta y
vigilante), y el corral bien provisto de rozo y junco para las _camas_,
y de matas y tueros para el hogar la socarreña accesoria, capaz también
del carro y su armadura de quita y pon, la sarzuela y los adrales, un
tosco banco de carpintería, el rastro y el ariego y muchos trastos
más del oficio, que no quiero apuntar porque no digan que peco de
minucioso, aunque tengo para mí que, en esto de pintar con verdad,
y, por ende, con arte, no debe omitirse detalle que no huelgue, por
lo cual he de añadir, aunque añadiéndolo quebrante aquel propósito,
que debajo de la _pértiga_ dormitaba un perrazo de los llamados _de
pastor_, blanco con grandes manchas negras, y que en el corral andaba
desparramado un copioso averío, buscándose la vida á picotazos sobre el
terreno que escarbaba.
Volviendo á Juanguirle, añado que estaba en mangas de camisa,
canturriando unas seguidillas á media voz, pero desentonada, mientras
pulía el asta que acababa de echar á un dalle; obra de prueba que pocos
labradores son capaces de ejecutar debidamente. Raspaba el hombre con
su navaja donde quiera que sus ojos veían una veta sobresaliendo, y
luégo aproximaba á sus ojos la más cercana extremidad del asta; y
tocando el _pie_ del dalle en el suelo, enfilaba una visual por los dos
puntos extremos; y vuelta después á raspar, y vuelta á las visuales, y
vuelta también á probar su obra, empuñando las _manillas_ y haciendo
que segaba.
Cuando se convenció de que el asta no tenía pero, echó una seguidilla
casi por todo lo alto; y acabándola estaba en un calderón mal
sostenido, cuando el perro comenzó á gruñir sin levantarse, y se le
presentó delante don Valentín Gutiérrez de la Pernía. Saludó al alcalde
en pocas palabras, y en otras tantas, pero regocijadas y en solfa, fué
respondido.
--Le esperaba á usté hoy, señor don Valentín,--díjole en seguida
Juanguirle, volviendo á retocar el asta aquí y allá con la navaja.
--Eso quiere decir que llego á tiempo--contestó el otro.--Y ¿por qué me
esperabas hoy?
--Porque, salva la comparanza, es usté como el rayo: tan aína truena,
ya está él encima.
--Luego ¿ha tronado hoy, á tu entender?
--Y recio, ¡voto al chápiro verde! Y muy recio, señor don Valentín;
¡tan recio como no ha tronado en todo el año! Desde que me levanté y
fué antes que el sol, no he oído otra cosa en todo el santo día...
Como que si uno fuera á creerlo según suena, cosa era de encomendarse
á Dios. El _menistro_ (con perdón de usté) que fué con un oficio mío
á Praducos, por lo resultante de los ultrajes de ellos en el monte de
acá, entendió que le cortaban el andar; y, por venirse por atajos y
despeñaderos, llegó sin resuello y aticuenta que pidiendo la unción.
De la pasiega no se diga, que hasta el cuévano trajo esta mañana
encogollado de supuestos al respetive, y entre ésta y el otro, y el de
aquí y el de allá, que lo corren y avientan, y que dale y que tumba
y que así ha de ser, hasta los pájaros del aire cantan hoy la mesma
solfa. De modo y manera que yo me dije: ó don Valentín es sordo, ó no
tarda en darse una vuelta por acá, al auto de lo de costumbre.
--En efecto--respondió don Valentín:--en día estamos de grandes
noticias; y esto me hace creer que no te hallaré, como otras veces,
mano sobre mano.
--¡Mano sobre mano, voto á briosbaco y balillo!... ¿Y esto que tengo
entre ellas? ¿Parécele á usté muestra de gandulería? Antayer era
castaño de pie, que se curaba en el sarzo del desván; hoy está donde
usté le ve, con el pulimento del caso. ¡Y que vengan los más amañantes
del lugar y le pongan peros! Esto no es echar cambas, señor don
Valentín, á golpe de mazo y corte usté por donde quiera: esto es obra
fina, de espiga y mortaja... y punto menos que sin herramienta, porque
de un clavijón hice un vedano á fuerza de puño.
--Ya sé que te pintas solo para lo tocante al oficio; pero yo no vengo
hoy á visitar á Juan Garojos, sino al señor alcalde de Cumbrales, para
preguntarle qué medidas ha tomado en vista de las noticias que corren.
--Pues el alcalde de Cumbrales, señor don Valentín, cumple con su deber.
--¿De qué modo?
--Dejando esas cosas como Dios las dispone, y no metiéndose en
andaduras que pueden costarle al pueblo muchos coscorrones. Ya sabe
usté que es viejo mi pensar al respetive.
--Pues para ese viaje no necesitábamos alforjas, mira.
--En las que yo le he pedido á usté me ajoguen, señor don Valentín. Y,
por último, usté, que no piensa en otra cosa, debe de saber lo que hay
que hacer, lo que puede hacerse, y hasta cómo se hace.
--¡Eso pido, Juan, eso pido! Pero ¿quién me oye? ¿quién me ayuda?
¿quién me sigue?
--Pero usté, y vamos por partes, ¿qué es lo que teme?
--¡Que vengan!... ¡que entren!
--¡Que vengan!... ¡que entren! Pues tal día hará un año. ¡Vea usté qué
ajogo! Por aquí entrarán y por allí saldrán... ú _viste-berza_.
--¡Bravo, señor alcalde! ¿Y el honor? ¿y el deber?
--El honor y el deber á salvo quedan, señor don Valentín; que naide
está obligado á imposibles que rayan en locuras; y locura fuera, y
hasta tentar á Dios, lo que usté pretende. Dejándolos venir, cuestión
será de quitarles el hambre y abrirles el pajar para que se tiendan
y maten el cansancio; pero cerrarles el paso es abrirnos todos la
sepultura en los escombros del lugar. Con que tonto será quien al
escoger se engañe.
--¡Que así se exprese la primera autoridad del pueblo!... ¡el
representante del gobierno constituído!
--La primera autoridad del pueblo ha cumplido con la ley dando los
hombres que se le han pedido. Allá está la flor y nata de Cumbrales:
parte de ella no volverá. Al rey serví en su día; y si hoy tengo el
hijo en casa, buen por qué me cuesta. ¿Qué más quieren? ¿qué más debo?
¿Mando, por si acaso, en alguna plaza fuerte? ¿Son quiénes cuatro
viejos y un puñado de mozos que los amparan por deber natural, y sin
más armas que el horcón y las trentes, para hacer cara á quien tiene la
guerra por oficio?
--Cuando la libertad peligra, señor alcalde, no se cuentan los
enemigos... ¡Numancia!... ¡Zaragoza!
--Mire usté, don Valentín, no entiendo mayormente de historias; pero
en lo tocante á tener ó no cada uno el alma en su lugar, que venga el
moro ú que vuelva el francés... y hablaremos. Hoy por hoy, en saldo y
finiquito, hermanos somos todos; la mesma lengua hablamos; á un mesmo
Dios tememos...
--Juan, no están tus entendederas en armonía con la gravedad de los
acontecimientos ni con el valor de mis advertencias patrióticas; pero
habiéndote en el único lenguaje que penetras, te diré que al son que
me toquen he de bailar; como os portéis conmigo ahora, he de portarme
con vosotros mañana. No tardará en presentarse una ocasión en que el
parecer de uno solo valga más que la conformidad de todos los restantes
del pueblo. Ese parecer puede ser el mío: acuérdate del año pasado.
Asaduras fué el causante del conflicto, que, al cabo, se conjuró;
pero yo no soy Asaduras, ni estoy, como él, supeditado á nadie que me
obligue á desdecirme cuando una vez empeño mi palabra.
--¿Lo dice usté por el caso de la derrota?
--Por eso mismo.
--¡Bah! señor don Valentín, usté no tiene punto de comparanza con
Asaduras, y no se meterá usté donde él se metió sin qué ni para qué.
Además, usté no es labrador ni ganadero.
--Pero lo son mis aparceros y colonos.
--No es igual; pero aunque lo fuera, ya nos entenderíamos, que usté no
es hombre que intente el daño del vecino sólo por el aquél de hacerle.
--¡Verás qué chasco te llevas, Juan!
--Que no me le llevo, señor don Valentín. ¡Si le conoceré yo á usté!
Además, en lo tocante á lo solicitado por usté, todo lo respondido
por mí es pura chanza y fantesía de palabra... Si esa libertad llega
á verse aquí en trance de muerte, ya sabremos sacarla avante. Para
eso nos bastamos usté y yo, y á todo tirar, Asaduras y Resquemín. Uno
en este portillo, dos en el de más allá y el otro en el campanario...
¡pin! ¡pan! ¡pun! cuatro tiros hacia aquí, cuatro hacia allí, boca
abajo el faicioso... y se acabó la guerra.
Como si le hubiera picado un tábano, salió corralada afuera don
Valentín al oir estas palabras de Juanguirle. Celebró éste con fuertes
risotadas el efecto de su chanza, y continuó raspando el asta del
dalle.
En esto salió del cuarto del portal, pieza de carácter en las casas
montañesas, un mozo como un trinquete: recién peinado, bien vestido,
aunque no de gala, y con los zapatos, sobre medias de color, ajustados
al empeine con cordones verdes. No tenía tacha el mancebo, en lo
tocante á lo físico: buena estatura, hermosa cabeza y artística
corrección en las demás partes de su cuerpo; pero en el modo de llevar
el sombrero, en lo artificioso del peinado y en la forzada rigidez de
sus miembros al moverse dentro del vestido del cual parecía esclavo más
que dueño, muestras daba de ser, con exceso, presumido y fachendoso.
--No hay como tú, Nisco--díjole Juanguirle.--Hoy domingo, mañana
fiesta: ¡buena vida es ésta!
--Gana de hablar es, padre, cuando sabe usté que á la hora presente
tengo bien cumplida mi obligación. La ceba dejo en el pesebre, y las
camas listas para cuando venga del monte el ganao. De leña picá, está
el rincón de bote en bote.
--No lo dije por tanto, hombre; sino que, como te veo tan dao al zapato
nuevo y al pelo reluciente de un tiempo acá, en días de entre semana...
--Voy con Pablo al cierro del monte.
--Por eso creía yo que sobraba la fantesía del vestir. ¡Para los
tábanos que han de mirarte allá!...
--Pero entro antes en su casa... y ya ve usté...
--Antes y después, Nisco. Lléveme el diablo si no vives más en ella que
en la tuya. Pero, en fin, si aprendes de lo que no sabes y ensalza el
valer de la persona... ¡Mira qué alhaja, hombre!
Dijo, y al mismo tiempo puso el dalle en manos del mancebo. Éste echó
sobre el asta varias visuales, hizo también como que segaba, y, por
último, arrimó el trasto á la pared, con la guadaña en lo alto. Marcó
un punto con el _callo_ sin mover el asta, y haciendo centro con el
extremo inferior de ésta, describió un arco hacia la derecha. La punta
del dalle pasó entonces por la marca hecha con el callo.
--¡En lo justo, Nisco, en lo justo! Bien visto lo tengo.
--Ni menos ni más,--respondió solemnemente Nisco, entregando el dalle á
su padre con todos los honores debidos al mérito de la obra.
--Ahora--añadió el alcalde,--voy á picarle, y luégo á segar un garrote
de verde; y si no me le siega el dalle de por sí solo, te digo que no
vale mi sudor dos anfileres.
Con lo cual se marchó Nisco á casa de Pablo; y momentos después, medio
tendido en el suelo, sobre las melenas de uncir los bueyes; apoyado el
tronco sobre el codo del brazo izquierdo; el extremo del asta sobre
la rodilla levantada, y el filo del dalle deslizándose, al suave
empuje de la mano izquierda, por encima del yunque clavado en tierra,
canturriaba una copla el bueno de Juanguirle, al compás del tic, tic de
su martillo, sin acordarse más del cargo que ejercía en el pueblo ni de
la visita de don Valentín, que del día en que le llevaron á bautizar.
[Ilustración]
[Ilustración]
VIII
ÉGLOGA
Caminando Nisco de su casa á la de Pablo, como las callejas eran
angostas y sombrías y convidaban á meditar, andando, andando, meditaba
y acicalábase el mozo, pues á ambas cosas era dado, como soñador
y presumido que era; y ¡vaya usted á saber por dónde volaba su
imaginación mientras se atusaba el pelo con la mano, y observaba la
caída de las perneras sobre los zapatos, y estudiaba aires y posturas,
sonrisas y ademanes!
Á lo más angosto de la calleja llegaba, punto extremo de la parte recta
de ella, paso á paso, mira que te mira el propio andar y soba que te
soba el pelo, cuando topó cara á cara con Catalina, la moza más apuesta
y codiciada de Cumbrales. Pareja tan gallarda como aquélla, no podía
hallarse en diez leguas á la redonda. Si él era el tipo de la gentileza
varonil y rústica, ella era el modelo correcto de la zagala ideal de
la égloga realista. Y, sin embargo, á Nisco no le gustó el encuentro,
y hasta le salió á la cara el desagrado en gestos que devoraron los
negros y punzantes ojos de Catalina.
Con voz no tan firme como la mirada, dijo al mozo, cuando le vió
delante de ella vacilando entre echarse á un lado para dejar el paso
libre, ó detenerse para cumplir con la ley de cortesía:
--Si fuera la calleja tan ancha como el tu deseo, bien sé que los mis
ojos te perdieran de vista ahora.
--Supuestos son esos, Catalina--respondió Nisco de mala gana,--que
pueden venir... ú no venir al caso.
--Hijo, lo que á la cara salta, de corrido se lee.
--Si á ese libro vamos, de tí pudiera yo decir lo mesmo, Catalina.
--Abierto le llevo, es verdad; pero no leerás en él cosa que me afrente.
--Ninguna ventaja me sacas al auto.
--Eso va en concencias.
--La mía está como los ampos de la nieve.
--Entonces, ¡Virgen santa!--exclamó Catalina llevándose hasta la boca
las manos entrelazadas,--¿qué color tienen los corazones falsos y
traidores?
--Si por el mío lo preguntas, cuenta que te equivocas,--respondió
Nisco fingiendo mal el aplomo que le faltaba.
--¡Con que me equivoco? ¡Con que tu corazón no es falso? ¡Con que no se
apartó del mío de la noche á la mañana?
--Ninguna escritura habíamos firmao tú y yo.
--¿De cuándo acá necesita escrituras el querer con alma y vida,
trapacero y engañoso! ¿Qué más escritura que el sentir de la persona!
Desde que sé pensar, para tí ha sido día y noche el mi pensamiento:
cortejantes me rondaron sin punto de sosiego... bien sabes tú que
ninguno fué capaz de quebrantar la mi firmeza; y si la cara me lavaron
á menudo por vistosa, por ser yo prenda tuya no tomé á embuste las
alabanzas. Bienes tiene mi padre que han de ser míos: no dirás que por
cubicia de los tuyos te perseguí. Señor fuiste de mi voluntad; y con
serlo y todo, nunca en mi querer vistes obra que no fuera honrada y en
ley de Dios... ¿Qué mejor escritura de mi parte! Y si no me engañabas
cuando tanta firmeza me prometías, ¿por qué hace tiempo que de mí te
escondes? Y si para mirarme á mí te puso Dios los ojos en la cara, como
tantas veces me dijistes, ¿por qué no cegaron desde que no me miran? Si
para mí eras en el porte la gala de Cumbrales, ¿para quién son ahora
las prendas con que te emperejilas hasta para ir al monte?
Agobiado parecía Nisco bajo este capítulo de cargos; y, sin duda por no
tener su causa buena defensa, sólo pudo contestar, atarugado y de muy
mala gana, estas palabras:
--Hay mucho que hablar al auto, Catalina.
--¡Mucho que hablar!--repuso Catalina entre admirada y afligida.--¿Para
cuándo lo dejas, falso? ¿Qué menos consuelo has de darme que la razón
de lo que has hecho!
--Ahora voy muy de prisa... Mañana ú el otro...
--Sí, vete, fachendoso; vete á tomar aires de señorío, que han de
caerte como arracada en oreja de mulo. ¡Ay, Nisco! no le pido á Dios
más sino que sea verdad lo que se corre.
--¿Qué se corre?--preguntó Nisco más colorado que un tomate.
--No quiero decírtelo, porque no te acabe de sofocar el sonrojo, que ya
cerca le anda.
--¡Yo no tengo nada que me abichorne, sépastelo!
--Si tienes ó no, el tiempo lo dirá, y allá te espero.
--Pues vete asentándote ya.
--¡Sube, sube, que chimeneas más altas han caído!