el pelo escaso y rubio, los ojos azules y sombreados por largas cejas,
nariz puntiaguda, labios delgados y pálidos, y sobre el superior un
bigote cerdoso, entrecano y sin guías, por estar escrupulosamente
recortado encima de aquel contorno de la boca. Tal era, en lo físico,
don Juan de Prezanes. Pulquérrimo en el vestir, jamás se hallaba
una mancha en su traje, siempre negro y fino, escotado el chaleco,
blanquísima y tersa la pechera de la camisa, de cuello derecho y
cerrado bajo la barbilla, y de largos faldones la desceñida levita;
traje que se ponía al levantarse de la cama y no se quitaba hasta el
momento de acostarse.
En tal guisa se paseaba, cuando fué su amigo á verle, desde su gabinete
(dormitorio y despacho á la vez, como lo demostraban una cama y avíos
de limpieza en el fondo de la alcoba, y afuera una regular librería,
mesa de escribir, sillones, etc.) hasta el extremo opuesto del contiguo
salón, espacioso, limpio y decorosamente amueblado.
No esperaba á su amigo, y se inmutó al verle allí. Don Pedro, como si
nada hubiese pasado entre los dos, díjole con su aire campechano:
--Te agradezco en el alma tu deseo de verme, y aquí estoy para
servirte, Juan.
Éste, sin dejar de pasearse, respondió con voz poco segura:
--Acto es, Pedro, que me obliga y te honra; pero la verdad ante
todo: yo no te he llamado á mi casa; te pedí una entrevista donde tú
quisieras.
--¿Te pesa que haya venido?
Detúvose en su paseo el hombre que era un manojo de nervios, miró á
su amigo y compadre con ojos que lanzaban chispas, y dijo, ronco y
tembloroso, dándose una manotada sobre el angosto pecho:
--¡Te juro que no!
--Pues entonces, sobran los reparos, Juan, y, si un poco me apuras,
toda explicación entre nosotros; porque donde habla el corazón, calle
la boca.
Y en esto, don Pedro, con los brazos entreabiertos, cortaba el camino
y seguía con la vista á su amigo, que había vuelto á sus agitados
paseos.
--Entiendo tu deseo y ardo en el mismo--repuso éste desviándose y
esquivando las miradas y los brazos de su compadre;--pero no es tiempo
todavía.
--Pues si el corazón lo pide y Dios lo manda, ¿qué te
detiene?--respondió don Pedro, dejando caer los brazos, desalentado y
triste. Luégo añadió con honda amargura:--¡Parece mentira, Juan, que
cosas tan leves nos conduzcan á situaciones tan graves!
--Nada es leve para el amor propio ofendido... Somos de esa hechura, y
no por culpa nuestra.
--Pero tenemos una razón para domar las demasías del carácter.
--Prueba es de ello que te he propuesto una reconciliación... y por
cierto que no se te ha ocurrido á tí otro tanto.
--De mi casa huíste sin haberte ofendido nadie en ella; te encerraste
en la tuya y te negaste á toda comunicación con nosotros, que te
queremos... que os queremos más que á la propia sangre.
--Toda la vida hemos andado así, Pedro.
--Pues esa triste experiencia me ha enseñado que el mejor remedio
contra tus arrechuchos es dejar que se te pasen. Por pasado dí el
último cuando me llamaste, y á tu lado vine con los brazos abiertos.
¿Por qué me niegas los tuyos?
--Porque los reservo para después que hablemos y nos entendamos.
--¿Dudas de la lealtad de mi corazón?
--Dudara antes de la del mío, Pedro; mas entra en mis intentos que esta
avenencia que hoy deseo y te propongo, se afirme en algo más que en el
olvido de las pequeñeces pasadas... Ven, y sentémonos.
Entraron los dos compadres en el gabinete; sentáronse frente á frente
con la mesa entre ambos, y dijo así don Juan, manoseando al mismo
tiempo una plegadera de boj que halló á sus alcances:
--Sin ciertas diferencias que nos dividen y nos separan á cada momento,
tú y yo, en perfecta y cabal armonía, pudiéramos hacer grandes
beneficios á Cumbrales.
--Ese es el tema de mi eterno pleito contigo, Juan.
--Sí; pero no se trata ahora de puntillos del carácter, de la cual
dolencia todos padecemos algo, Pedro amigo, aunque no lo creamos así,
sino de puntos de mayor alcance y entidad; puntos en los que pudiéramos
ir tú y yo muy acordes aun dentro de nuestras continuas desavenencias,
verdaderas nubes de verano.
--Sospecho á dónde vas á parar con ese preámbulo; y si las sospechas no
mienten, el asunto es ya viejo entre los dos. De todas maneras, déjate
de rodeos y dime en crudo qué es lo que pretendes de mí.
--Viejo es, en efecto, entre nosotros dos el asunto de que voy á
hablarte, y del cual no te he hablado años hace por respetos que te son
notorios; pero de poco tiempo acá, ofrece el caso aspectos de gravedad
que antes no ofrecía, y esto me obliga á quebrantar mis propósitos. Á
la vista está que de día en día crece el encono entre los bandos en que
están divididos este pueblo y los limítrofes.
--Lo que á la vista salta, Juan, es que se detestan y se persiguen
á muerte los capitanes de esos bandos. Los pobres soldados no hacen
otra cosa que lo que se les manda ó les exige el deber... ó la triste
necesidad.
--Lo mismo da lo uno que lo otro.
--Precisamente es todo lo contrario, puesto que el día en que los jefes
dejen de ser enemigos, volverán los subalternos á ser hermanos.
--Á ese fin quiero yo ir á parar, Pedro.
--¿Por qué camino, Juan?
--Por el más breve y llano. Ayúdame con todas tus fuerzas en la batalla
electoral que se prepara, y el triunfo es nuestro en todo el distrito.
--¿Y después?
--¡Después!... ¿Quién ignora lo que sucede después de un triunfo en
tales condiciones?
--Tú lo ignoras, Juan, pese á tu larga experiencia.
--Gracias por la lisonja.
--Pues es el mejor piropo que puedo echarte en este momento. Si te
dijera yo que el verdadero botín de esas batallas era el cebo que te
llevaba á ellas, no creyera, como creo, que en esto, cual en otras
muchas cosas, la pasión te ciega y el corazón te engaña.
--¡Á mí?
--Sí, y además te vende. Y en prueba de que no me equivoco, voy
á decirte lo que verdaderamente hoy te apura y acongoja. Desde
que candorosamente te pusiste al servicio de ciertos amigotes de
campanillas, tomando sus adulaciones y embustes por sinceridades, has
luchado á su favor en esta comarca con varia fortuna, según que los
intrigantes de por acá te han ayudado ó te han combatido. Las últimas
campañas han sido terminadas muy á tu gusto, porque no te han faltado
auxiliares de fama y de empuje, fuera y dentro de este municipio.
No conozco al pormenor la actitud en que hoy se hallan tus aliados
forasteros; pero me consta que tu vecino _Asaduras_, el enredador
electoral más sin vergüenza de la comarca, se ha pasado al enemigo
con armas y bagajes; y te has dicho, como en parecidas ocasiones:
«Si Pedro me ayudara con todas sus fuerzas, mi triunfo era infalible;
y triunfando yo, no solamente conseguiría el objeto principal de la
batalla, sino que ponía el pie en el pescuezo á ese pícaro desleal.»
--Y ¿qué mal habría en ello?--exclamó aquí con voz airada don Juan,
doblando como un espadín la plegadera entre sus dedos convulsos.
--Ninguno, ciertamente--replicó don Pedro con entereza.--El mal está
en que las cosas hayan venido á parar ahí; en que tú, hombre honrado,
independiente, bueno y generoso, pactaras alianzas con esa canalla, y
que entre todos hayáis convertido á Cumbrales en feudo desdichado de
dos aventureros.
--¡Pedro!... ¡Pedro!--gritó aquí don Juan de Prezanes, incorporándose
lívido en el sillón y haciendo crujir la plegadera.--¡No empecemos ya!
¡De esos á quienes llamas aventureros, el uno siquiera, por amigo mío,
merece tu respeto!
--¡Amigo tuyo!... ¡Merecedor de mi respeto! ¡El marqués de la Cuérniga,
ayer traficante en reses de matadero, concursado cien veces, marrullero
y tramposo, y de la noche á la mañana, y Dios sabe por qué, título de
Castilla y diputado á Cortes!...
--¡Pedro!... ¡Pedro!...
--¡Amigo tuyo... porque te escribe y te adula cuando te necesita, como
te escribía y te adulaba también el otro personaje de alquimia, el
barón de Siete-Suelas, su digno competidor en el distrito, hoy amparado
por el pillastre Asaduras!... ¡Amigo tuyo!... ¿En qué lo ha demostrado?
¿Qué favores te ha hecho?
--Cuantos le he pedido, ¡vive Dios!
--Es verdad: obra de su poder y de tu deseo son las crueles venganzas
consumadas aquí en infelices campesinos que, al seros desleales en la
lucha, acaso les iba en ello el pan de sus familias; favores suyos son
también las ratas que habéis metido en la administración municipal, y
los esfuerzos que aún se hacen para echar á presidio lo único honrado
que en ella nos queda.
--¡Voto á tal--rugió aquí don Juan de Prezanes (y le echó redondo)
haciendo crujir la plegadera,--que esto ya pasa la raya de todas las
conveniencias!
--Á los hombres como tú, Juan--añadió don Pedro imperturbable,--y
á los niños, hay que decirles la verdad desnuda; y tú eres un niño
tesonudo y obcecado, porque la sensibilidad te roba el entendimiento,
y la pasión te deslumbra. Tú no harías el daño que haces, pues eres
bueno y honrado, si no tuvieras quien te azuzara y pusiera las armas
en tus manos. Ni siquiera te excusa la ignorancia ó la perversidad de
los caciques del otro tiranuelo, que á su vez hacen lo mismo. ¡Lo
mismo, Juan! porque en estos desdichados lugares, las venganzas y las
tropelías se cometen por riguroso turno; y éste es el favor que debe
Cumbrales á sus representantes. Ellos son los toros de la fábula; el
distrito, el charco de pelea; y nuestros pobres convecinos, las ranas
despachurradas. Y ¿para qué esos sacrificios incesantes? Para provecho
y regalo de dos farsantes vividores, caídos aquí como en tierra de
conquista. ¿Cuáles son sus títulos para representarnos en Cortes?
¿Quién los ha llamado? ¿Quién los conoce en el distrito sino por la
huella desastrosa que dejan á su paso por él? ¡Y quieres que yo te
ayude en esta obra de iniquidad! ¡Y eso lo pretendes cuando la nación
entera arde en guerras y escisiones, y hay un campo de batalla á las
puertas de nuestros pobres hogares! ¡Nunca, Juan, nunca!
Ya comprenderá el lector que con mucho menos que esta andanada,
soltada á quemarropa y en mitad del pecho, había sobrado para que
echara chispas el hombre más cachazudo, cuanto más el irritable y
eléctrico don Juan de Prezanes. El cual, trémulo y desencajado, antes
que su amigo dijera la última palabra, ya había convertido en hilachas
la plegadera entre sus manos. Sudaba hieles y parecía una pila de
rescoldo. No le cabía en la estancia; al revolverse en ella nervioso y
desatentado como fiera enjaulada, tumbaba sillas á puntapiés, y con
el aire de sus faldones agitados, volaban los papeles sueltos de la
mesa. Rugió, golpeóse las caderas con los puños cerrados, mesóse el
ralo cabello con las uñas, amagó apóstrofes fulminantes, injurias...
hasta blasfemias, y ¡caso inaudito en él! ni á una sola palabra, de
la tempestad de frases iracundas que bramaba en su pecho, dieron
salida sus labios. Devorábalas á medida que á borbotones acudían á su
boca; y aquella plenitud de furia comprimida, la denunciaban sus ojos
inyectados de sangre y el temblor de todas sus fibras. Causaba espanto
el bueno de don Juan de Prezanes. Felizmente no duró mucho tiempo la
peligrosa crisis, porque también obra milagros la voluntad; y la del
letrado de Cumbrales fué en aquella ocasión heróica sobremanera.
Cuando, después de este triunfo, logró algún dominio sobre sus nervios
desconcertados en la batalla, arrojó por la ventana la plegadera hecha
una pelota; se enjugó el sudor con el pañuelo; dió algunas vueltas,
relativamente sosegadas, en el gabinete, y, por último, se dejó caer
en el sillón, apoyando los codos sobre la mesa y la cabeza entre las
manos. Momentos después se encaró con su amigo, que no apartaba los
ojos de él, y le dijo con voz enronquecida, pero no destemplada:
--Has venido á esta casa en busca de una reconciliación intentada
por mí, y juro á Dios que no he de darte hoy motivos de nuevas
desavenencias, como tú no las busques. Pero conste, y muy recio,
que si las antiguas quedan en pie, no es por culpa de tu irascible,
irreconciliable y rencoroso amigo, sino por la tuya, manso, razonable y
dulcísimo Pedro.
--Por mi culpa no, Juan, puesto que no me niego ni me he negado jamás á
una estrecha alianza contigo.
--¡Si pensarás que han pecado de turbias tus recientes palabras?
--El que yo me niegue á ser instrumento de cuatro intrigantes, no es
resistirme á ayudarte con alma y vida á hacer algo bueno por el pueblo
en que nacimos. Mas para esto es indispensable que, en lugar de ir yo á
tu terreno, vengas tú al mío.
--¡Y cata ahí el puntillo montañés!--replicó don Juan con nerviosa
sonrisa.--¡Ay, Pedro, qué ciego es quien no ve por tela de cedazo!
--Juzga lo que quieras, Juan, de mis intenciones: á mí me basta saber
que son honradas; pero entiende que no lucharé jamás á tu lado, sino
para exterminar de Cumbrales á esos intrusos tiranuelos; empresa tan
fácil como necesaria y benéfica. Cien veces te lo he dicho: unámonos
para arrancar la administración de este pueblo de las manos en que
anda años hace; entreguémosla á los hombres de bien; hagamos porque
no lleguen á pleito las cuestiones del lugar, y fállense en terreno
á donde no alcance la mano del Estado ni se dejen sentir influjos de
la política; guerra á muerte á los caciques, si alguno queda rezagado
entre nosotros; y cuando por este camino llegue Cumbrales á ser dueño
absoluto de lo que en justicia le pertenece, yo mismo abriré sus
puertas á los merodeadores. La posesión de sí mismos hace cautos á los
hombres; y si alguno es tan inocente que aun con los ojos abiertos cae
en las redes tendidas, quéjese de su torpeza, pero no de su desamparo.
Muy necio tiene que ser el que desconozca que le engaña quien se le
brinda con el remedio de todos sus males, como charlatán de feria, para
desempeñar un cargo que, ejercido á conciencia, más es cruz de suplicio
que ocasión de prosperidades. ¿Crees, Juan, que, pensando así, puedo
rechazar tus planes por la pueril satisfacción de que tu aceptes los
míos?
--Puedo creer... creo, que te ciega una pasión, como tú crees que
otra me ciega á mí. ¡Vaya usted á saber quién de los dos es el más
apasionado!
--Aunque así sea y no valgan nada las razones que me has oído, mi
ceguedad no daña á nadie.
--Lo cual quiere decir que la mía es muy nociva.
--Te he demostrado que sí.
--¡Mira, Pedro, que no se dispone dos veces de la paciencia!
--No he sacado yo á relucir este asunto malhadado. Tú me has impuesto
mi complicidad en vuestros planes, como condición de nuestras paces
alteradas por una chapucería. Yo no he hecho otra cosa que responderte.
--¡Hiriéndome en lo más vivo!
--Así se receta contra las malas costumbres, Juan; y esa en que estás
encenagado por una aberración de tu buen sentido, es causa perenne
de grandes desdichas para cuantos te rodean. Mi deber es decirte la
verdad, y te la digo.
Por algo decía don Juan de Prezanes que no se dispone de la paciencia
dos veces seguidas. Yo soy de su parecer, y además creo que á los
hombres del temperamento del abogado de Cumbrales, no les conviene
tragar la ira cuando esta mala pasión forcejea en sus pechos y busca
las válvulas de escape; porque no hay ejemplo de que esta metralla haya
llegado á digerirse en ningún estómago, por recio que sea; y puesto que
es de necesidad el desahogo, preferible es que éste ocurra á tiempo y
sazón, á que acontezca fuera de toda oportunidad, como en el presente
caso. El irascible jurisconsulto, que había conseguido dominar la
furia de su temperamento irritado cuando su compadre le puso á bajar
de un burro, perdió los estribos y dió en los mayores extremos de
insensatez, por una bagatela; por aquello de las «malas costumbres.»
Oyólo el desdichado, clavando las uñas en el tablero de la mesa y los
ojos chispeantes en los impávidos de su compadre, que bien pudiera no
haber pegado tan fuerte.
--¡Malas costumbres!... ¡encenagado en ellas!--repetía don Juan con voz
cavernosa, y los pelos de punta y la faz desencajada.--¡Y, sin embargo,
yo soy el díscolo, y el procaz, y el quisquilloso, y el descomedido!...
¡y tú el varón justo y prudente y sabio... el caballero sin tacha! ¡Ira
de Dios! ¡Malas costumbres! ¡Encenagado en ellas!--tornó á repetir,
entre roncos bramidos, mientras se incorporaba derribando el sillón
y se hacía pedazos en el suelo una salbadera de vidrio.--¡Y eso me
lo vienes á decir á mi casa, cuando te brindo en ella con la paz!...
Y ¿quién eres tú? ¿qué títulos, qué poderes son los que tienes para
atreverte á tanto, hipócrita, mal amigo! Si lo que te propongo no
te agrada, confórmate con no aceptarlo; ¡pero no me injuries, no me
hieras! ¿Ó tienen razón los que me dicen que eres de la cepa de los
tiranos?... ¡Sí, vive Dios! Cuando late en el pecho un corazón honrado
y se sienten en él los dolores ajenos, no se dan las puñaladas, no se
ultraja á nadie á sangre fría, como tú me has herido y ultrajado hoy...
y ayer, y siempre... ¡bárbaro! ¡Y quieres paz y buscas la armonía!
¿Cómo han de ser duraderas entre nosotros, si los más nobles impulsos
de mi corazón se estrellan siempre contra tu intolerancia brutal!
Porque me odias, porque me detestas. Y me odias y me detestas, porque
soy mejor que tú, porque valgo más que tú; y valgo más que tú, ¡porque
en una sola fibra de mi corazón hay más nobleza que en todo tu sér,
henchido de soberbia, de vanidad y de hipocresía!
Ni una palabra dura respondió don Pedro Mortera á esta primera
explosión de ira de su compadre; pero éste nunca se colocaba en tales
alturas sin despeñarse después, ciego y loco, entre torbellinos de
improperios y desvergüenzas. ¡Qué cosas dijo á su impasible amigo!
Porque una vez enredado en aquella infernal batalla, ya no reñía sólo
por el punto en cuestión: en la mente volcánica del jurisconsulto
fueron eslabonándose recuerdos de supuestos agravios, hasta los
más remotos del tiempo de su niñez; y caldeados al fuego de su ira
diabólica, arrojábalos en palabras, como lava de un cráter y en
testimonio de una vida de abnegaciones y martirios.
Trazas llevaba de no cesar la erupción en todo el día, cuando se
presentó Ana despavorida y presurosa porque había oído las voces
desde el corral. ¡Empresa peliaguda fué para la joven hacerse oir de
su padre, desconcertado, lloroso y balbuciente! Pero lo consiguió al
fin. Dueña de aquella brecha, minó con el arte de su larga y triste
experiencia, y supo llegar hasta el corazón del pobre hombre, que acabó
de rendir todos sus bríos á los halagos de su hija.
Entonces volvió don Pedro á ofrecerle sus brazos.
--Si te ofendieron--le dijo--algunas de mis palabras, sin tal intento
salidas de mis labios, harto te han vengado las que después me has
dirigido. De todas suertes, yo te las perdono con todo mi corazón.
Jamás de él te he arrojado, en él vives; lee en el tuyo, Juan, y
acábense de una vez para siempre estas reyertas que nos matan.
Don Juan de Prezanes, desfogadas ya sus iras, estaba más para
sentir que para hablar; y tal vez á esta excusa se agarró su genio
quisquilloso para no dar el brazo á torcer todavía, aunque Dios sabe si
en el fondo del alma lo deseaba.
Así lo comprendió Ana; y mientras su padre se sentaba desfallecido y
pálido, hizo una seña á su padrino, y díjole al mismo tiempo en voz
alta:
--Este asunto corre ya de mi cuenta; y bien sabe mi padre que yo nunca
dejo las cosas á medio hacer.
Con esto, se volvió á consolar al atribulado, y salió don Pedro
Mortera, harto más pesaroso que complacido.
[Ilustración]
[Ilustración]
VI
DON VALENTÍN
La casa á que llegó don Baldomero después de separarse de Pablo,
estaba situada en lo más desabrigado, al vendaval de la barriada de la
Iglesia. Era grande y vieja, sin portalada; con una accesoria, que en
mejores tiempos había cumplido altos destinos, á un costado; al opuesto
un nogal medio podrido, y en la trasera un huerto lóbrego.
¡Qué tristes son en una aldea esos viejos testimonios de fenecidas
prosperidades campestres! Tristes, porque al contemplarlos los ojos del
sentimiento, más que las piezas herrumbrosas y dislocadas que tienen
delante, ven la máquina activa que ya no existe. ¡Cuánto más alegre
la miserable choza entre laureles y zarzas, con el becerrillo atado
al tosco pesebre y una pollada picoteando en las goteras del corral,
que el silencioso palación de abolengo, con las cuadras enjutas y
encanecidas por desuso, y el pajar en esqueleto! La primera es la vida
risueña, que no está reñida con la pobreza; el segundo es la muerte,
ó, cuando menos, la decrepitud con todos sus achaques, tristezas y
desalientos.
Tal aspecto ofrecía la casa de que vamos hablando.
Abrió don Baldomero el entornado portón del estragal, y tomó escalera
arriba por una de peldaños que yesca parecían por lo carcomidos
y esponjosos. Ya en el piso, entró en un salón de negro tillo de
viejísimo castaño abarquillado y con jibas; el techo era de viguetería
pintada de barro amarillo, y de las no muy blancas paredes pendían un
retrato de Espartero, en lugar preferente, y en los secundarios una
Virgen de las Caldas y un plano de Jerusalén; todas estas estampas en
marcos con chapa de caoba, deslucida por el polvo de los años y la
incuria de sus dueños.
Á lo largo de aquel salón, gesticulando y hablando solo al mismo
tiempo, paseábase un hombre no muy alto, seco, moreno verdoso y algo
encorvado; pero ágil todavía, á pesar de sus muchos años. Comenzando
á describirle por la cúspide, pues no había un punto en todo él de
desperdicio para el dibujante, digo que la tenía coronada por un
sombrero de copa alta, con funda de hule negro; seguía al sombrero
una cara pequeñita y rugosa, cuyos detalles más notables eran los
ojos verdes y chispeantes, como los del gato; las cejas blancas y
erizadas; la nariz un poco remangada y gruesa, y debajo, á plomo de las
ventanillas, sobre una boca desdentada, dos mechas cerdosas, separadas
entre sí, formando lo que se llama, vulgar y gráficamente, _bigote de
pábilos_. Las quijadas y la barbilla sustentábanse en las duras láminas
de un corbatín militar de terciopelo raído, dentro de las que se movía
el flácido pescuezo, como el del grillo entre su coraza. Vestía el
singular personaje pantalón de color de hoja seca, corto y angosto
de perneras y con pretina de trampa; chaleco azul, cerrado, con una
fila de botones de metal amarillo, hasta la garganta, y, por último,
casaquín, de cuello derecho, con narices en los arranques de las aletas
traseras, ó faldones rudimentarios, prenda que fué muy usada, hasta
no há mucho tiempo, en la Montaña, por los señores de aldea. El de
quien vamos hablando no se la quitaba de encima jamás, acaso por los
vislumbres marciales que despedía, combinada con estudio con el chaleco
cerrado, el corbatín de terciopelo y el sombrero con funda.
Ya habrá adivinado el lector que se trata del héroe de Luchana, don
Valentín Gutiérrez de la Pernía, de quien nos ha dado algunas noticias
su hijo don Baldomero, en el banco de la Cajigona.
No se cruzó un triste saludo, y estoy por asegurar que ni una mirada,
entre uno y otro personaje; pero movidos ambos de un mismo pensamiento,
acercáronse á una mesa que estaba arrimada á la pared y con una de
sus alas levantada. Sobre el menguado y no limpio mantel, tendido
encima, había una botella, dos vasos, otros tantos platos con los
correspondientes cubiertos (de peltre, si no mentían las apariencias),
una escudilla sobre cada plato, un cuchillo de mango negro, y como dos
libras de pan en media hogaza, no de flor ni del día. Ni don Valentín
se quitó el sombrero forrado de hule, ni su hijo el hongo roñoso; y no
había cesado aún el clamoroso crujir de las sillas arrastradas sobre el
áspero suelo, cuando se llegó á la mesa, á mucho andar, una mocetona
desgreñada y en soletos, con una tartera de barro entre las manos, y en
la tartera la olla humeante y lacrimosa.
Arrimándose la moza á don Valentín, acomodó la cobertera de modo que no
quedara más que un resquicio en la boca del ollón; entornóle sobre la
escudilla, y la llenó de caldo, soplando al mismo tiempo y sin cesar
la escanciadora, para que torcieran su rumbo los cálidos vapores que
subían en espesa columna vertical. Cuando hubo hecho lo mismo al lado
de don Baldomero, puso la olla sobre la tartera en el centro de la
mesa, y se largó á buen paso hacia la cocina, como diciendo:--Ahí queda
eso, y allá os las compongáis.