la forma rectangular y se llamaba en Cumbrales _Campo de la Iglesia_,
la taberna, con su corro de bolos á la trasera, encajado entre cuatro
paredillas que se saltaban de un brinco, y éstas y el corro encerrados
en sendas hileras de añosos álamos que amparaban del sol en verano á
los jugadores, y no los privaban de su dulce calor en las breves tardes
del invierno. Otro lado, de los mayores, al Mediodía, le formaban,
aunque con muchas sobras de terreno, las casas consistoriales y la
escuela pública; y los dos restantes, al Saliente y al Norte, huertos
y corrales de la barriada principal, que tenía tres salidas á la plaza
por este último lado.
Por una de estas callejas, la de en medio, entró Pablo. Anduvo muy buen
trecho entre muros y vallados, aquéllos entretejidos de yedra, y éstos
erizados de bardales, y llegó á desembocar en un _campuco_, á modo de
plazoleta, cuyos dos frentes estaban ocupados por sendas portaladas
que parecían gemelas: tan idénticas eran entre sí. Cada una de estas
portaladas daba ingreso á un corral espacioso, en el que se alzaba una
casa grande, de larga solana y amplísimo soportal de grueso poste en el
centro; cuadras adyacentes, cobertizos inmediatos, huerta al costado,
y todo lo de rigor y carácter en estas viviendas de _ricos de aldea_,
tantas veces descritas por esta pluma pecadora.
Pablo se acercó á la portalada de la derecha, cerca de la cual
desembocaba la calleja que había seguido; y antes de poner la mano en
el contrahecho barril del picaporte, abrióse el postigo y apareció en
el hueco una muchacha como unas perlas. Negros eran sus ojos, dulces
é insinuantes; la tez morena; el rostro oval y un tanto aguileño; la
frente, sin _flequillos_ ni otros pingajos de la moda, tersa y bien
delineada, perdíase en lo más alto entre flotantes ondas lustrosas de
una cabellera tan negra como los ojos y las pulidas cejas; los labios,
húmedos, un poco gruesos y no tan apretados que no dejasen entrever dos
filas de dientes blanquísimos y menudos. Sobre los hombros redondos
llevaba una pañoleta roja, de largos flecos, prendida sobre el curvo
seno con un broche que á la vez aprisionaba un manojito de malvas de
olor y pencas de albahaca. Una sencillísima bata de percal de largos
pliegues la envolvía el gallardo cuerpo sin oprimirle ni desfigurarle.
Asombróse Pablo al verla, y exclamó, mirándola de hito en hito:
--¡Ana!... ¿qué milagro es éste?
--¿Dónde está el milagro?--respondió Ana mirando á Pablo también y
remedando su asombro con un expresivo gesto entre risueño y burlón.
--En andar tú por aquí--repuso el mozo con la sinceridad inocentona que
le era peculiar; y añadió con la misma:--¡Si te viera tu padre!...
--¡Pues atúrdete, Pablo!--exclamó Ana con picaresca solemnidad:--de su
parte vine.
--¡De su parte?
--Como te lo digo.
--Pero ¿á qué viniste?
--¿Á qué venía otras veces? Á ver á mi padrino, á ver á tu madre, á
ver á María... y á verte á tí, simplón,--añadió Ana, tirándole á la
cara una hoja de malva, que había tenido entre sus labios, después de
quitarle el rabillo con los dientes.
Pablo no hizo más caso de la hoja que de los mosquitos que zumbaban en
el aire. Verdad es que tampoco Ana tomó á pechos la indolencia de Pablo.
--No te creo--insistió éste.--Cuando ha habido monos entre tu padre y
el mío, jamás han acabado de repente.
--Y ¿quién ha dicho que hayan acabado así esta vez?
--Tú, cuando vienes á vernos de parte de tu padre.
--Es verdad que vengo; pero con su cuenta y razón, hijo.
--Eso es otra cosa.
--¡Vaya si lo es!... Y en prueba de ello, escucha. Esta mañana me dijo
mi padre, paseándose á lo largo de la sala: «¡Estos genios, Ana, estos
genios!...» y como yo sé, por experiencia, que por ahí comienza él
siempre á reconocer las flaquezas del suyo y á buscar la paz... ¿Sabes
tú, Pablo, por qué había guerra ahora entre tu padre y el mío?
--No por cierto, Ana.
--Pues tampoco yo. ¡Como estos nublados vienen tan á menudo, tan de
repente y tan sin motivo!... Siempre que trata de explicármelos, me
dice lo mismo: que tu padre es duro de frase, que le contraría, que le
acosa y que, por conclusión, le injuria... ¡á él, que va siempre con
el compás en la lengua y el corazón en la mano!... No te diré que en
lo primero no yerre; pero puedo jurar que en lo segundo dice la pura
verdad. Ello es que el buen señor toma estos lances como cuestión de
honra; que los toma cada quince días, y que siendo capaz de dejarse
desollar vivo por el bien de todos y cada uno de vosotros, se aisla,
se encierra, no come, no duerme, y hasta la sombra de esta casa le
estorba como el mayor enemigo... y lo peor del caso es que yo tengo que
seguirle el humor. Fortuna que ya todos nos conocemos, porque la maña
es tan vieja como tu padre y el mío... ¿En qué estábamos antes, Pablo?
--En que mi padrino te dijo esta mañana...
--Es verdad. Me dijo: «¡Estos genios, Ana, estos genios!...» Hay que
advertir que, tres días hace, tuvo carta del marqués de la Cuérniga, el
cual señor no suele escribirle sino cuando le necesita; y es también
de saberse que después de recibir la carta ha hablado dos veces con
_Asaduras_, señales todas, Pablo, de nuevas borrascas, pero también de
que á mi padre le convenía intentar una reconciliación con el tuyo.
Ello es que con esta sospecha y las palabras que le oí, apretando,
apretando, obliguéle á declarar que estaba dispuesto á hacer las paces
de cualquier manera, y que quería verse con tu padre, si éste se
prestaba á recibirle. Tomé el asunto á mi cargo, vine aquí, hablé con
tu padre, abracé á María y á tu madre, charlé con ellas hasta quedarme
sin saliva en la boca... en fin, hombre, viví en una hora lo que había
penado en quince días.
--¿Y mi padre?
--Tu padre, diciéndome: «pues por mí no ha de quedar,» tomó el
sombrero y se fué á mi casa.
--¿Y en qué paró la entrevista?
--Eso es lo que yo no sé, porque mi padrino no ha vuelto todavía, y
hace más de dos horas que está con el tuyo.
--¡Siempre lo habrán puesto peor que estaba!
--Me lo voy temiendo; y por eso me largo á enmendarlo en lo que
pueda. ¡Ay, qué genios, Pablo! No, pues yo te aseguro que de hoy en
adelante no he de pagar culpas ajenas. ¿Riñen? Que riñan. Vosotros y
yo tan amigos como siempre. ¿No es cierto? Á buena cuenta, ya tengo
el desahogo que acabo de darme. ¡Ay, Pablo! no me cabía ya más en el
corazón... Porque yo le doy esta cruz al más valiente, y á ver cómo la
lleva.
--La verdad es, Ana, que no se creerían esas cosas á no verlas. ¡Dos
familias que tanto se quieren, vivir en perpetua enemistad por un
quítame esas pajas! Malo por lo que á uno le duele, malo por el bien
que no se hace, y peor por el escándalo que se da.
--¡Los genios, Pablo, los genios!
--Dí el genio, Ana... porque el de tu padre es insufrible por
quisquilloso y aprensivo.
--¡Ingrato! ¡Bien haya lo que te quiere!
--Y bien sabe Dios cómo se lo pago. Por eso me duelen tanto estas
cosas, Ana.
--¡Pues qué diré yo de mí, Pablo? Tú, al fin, cuando vienen estas
borrascas, esparces al aire libre la parte que te toca de ellas, y
dentro de tu casa tienes con quién hablar, con quién reir... Yo no
tengo nada de eso; ni siquiera el recurso de disculparos, porque se
toman las disculpas á parcialidad, y lo pongo peor. Hay que dejar la
tormenta que se desahogue por sí ó por obra de una casualidad que á
veces tarda un mes en presentarse; y, en tanto, soledad y cárcel... y
paciencia; porque, al cabo, él es quien es, y bueno y cariñoso hasta
tal extremo, que yo no sé qué le atormenta más en sus arrechuchos, si
el dolor de la supuesta ofensa, ó la pesadumbre de vivir sin trato
con los que le han ofendido. ¿No te parece, Pablo, que debiéramos
conjurarnos todos contra esa mala costumbre?... Que se alborotan
ellos... Pues nosotros como si tal cosa: yo á vuestra casa, y vosotros
á la mía.
--Ya se ha intentado ese medio alguna vez.
--Pero sin arte, Pablo, y sin resolución: al primer bufido de mi padre,
no se os ha vuelto á ver por allá.
--Ni á tí por acá, Ana.
--Porque me dejáis sola enfrente del enemigo, ¡caramba! Pero ayudadme
un poco y veréis cómo le venzo y hasta hago imposibles esas guerras
que me acaban... ¡me acaban, Pablo! Por eso quiero que ésta sea la
última; y lo será, ó perezco en ella... Con que hazme el favor de no
entretenerme, y déjame pasar, que estoy perdiendo un tiempo precioso.
--Pues rato hace, Ana, que tienes despejado el camino; y por donde te
agarro yo, el diablo me lleve.
Miróle Ana por debajo de las cejas, fruncidas por efecto de una sonrisa
burlona en que envolvió toda su hermosa y picaresca faz, y le tiró con
otra hoja de malva que había arrancado poco antes del ramillete del
pecho.
--Hijo, ¡qué peste eres también... á tu modo!--dijo al mismo tiempo.
Y recogió los pliegues delanteros de su falda con ambas manos; y, ágil
y esbelta, partió hacia su casa, atravesando el campuco como diz que se
deslizan las ninfas sobre las ondas del lago.
Pablo, sin darse por entendido de este hecho ni de aquel dicho, entró
en el corral y cerró la portalada. De modo que cuando Ana llegó á la
suya no tuvo en qué satisfacer la curiosidad que le hizo volver la
cabeza hacia la portalada de enfrente, y quedaron allí perdidas, por
falta de recibo, una mirada y una sonrisa que se hubieran disputado á
estocadas los galanes de Lope y Calderón.
Como su padre andaba aún fuera de casa, Pablo, antes de subir á ella,
quiso darse una vuelta por las cuadras, á la sazón punto menos que
vacías. Sólo dos parejas de bueyes y algunos ternerillos había al
pesebre. El resto del ganado, pocos días antes llegado del puerto,
andaba al pasto en el monte al cuidado del pastor del lugar, que lo
recogía por la mañana y lo entregaba al anochecer. La disposición de
aquellas cuadras era obra del magín de Pablo, y acuerdo suyo también
el régimen á que en ellas estaba sometido el ganado. Natural era la
satisfacción que el mozo sentía, viéndole tan gordo y lozano, en
pasarle la mano por el lomo, en llamar á cada bestia por su nombre,
en increpar duramente á la que no comía hasta limpiar el pesebre, y
en confundirla con el ejemplo de la que no dejaba en el fondo ni la
_grana_. Pues ¿y los becerrillos? Horas se pasaba con ellos rascándoles
el testuz y dándoles palmaditas en la cara. ¡Y cómo se arrimaban ellos
á él, y le miraban con sus ojazos bonachones, y se iban adormeciendo
poco á poco con el cosquilleo y presentando la cerviz para que también
se la rascara; y después las orejas, y luégo el pescuezo, y vuelta al
testuz y á la cara! Y cuando se cansaba Pablo, la mimosa bestezuela
le golpeaba suavemente con la cabeza, le lamía las manos y tornaba á
presentarle la cerviz. Lo cierto es que, fuera del corderillo, no hay
otro animal de faz más atractiva ni que más se haga querer.
Mientras nuestro mozo se entregaba á estos entretenimientos, arriba
aguardaban su madre y su hermana, con la mesa puesta y haciendo labor
cerca de ella, el resultado de la entrevista de los dos compadres;
lance que las tenía sumidas en graves aprensiones, bien reflejadas en
el desasosiego de que ambas estaban poseídas.
Sentábale á maravilla esta inquietud á la joven, cuyo nombre ya
conocemos por boca de Ana; pues daba viveza y grande expresión á su
fisonomía, de ordinario, aunque bella por lo correcta y frescachona,
mansa y serena, como esas noches de verano sin rumores, sin frío
ni calor, que se contemplan con gusto, pero en perfecto reposo
del espíritu y del cuerpo. Sus ojos negros, más meditabundos que
habladores, brillando á la sazón con vivo fuego sobre el rosado
cutis, y sus labios húmedos, graciosamente contraídos, pregonaban
interiores batallas, señal de que en aquel lago apacible también
cabían agitaciones y tempestades. Representaba la edad de Ana, y con
la sencillez de ésta vestía, aunque no con tanto donaire, porque éste
no es obra de las perfecciones plásticas y esculturales que abundaban
en María acaso más que en Ana, sino de un misterioso equilibrio de
proporciones y de sensibilidad entre el alma y el cuerpo, don de la
naturaleza que no se adquiere por conquista.
Cuanto puede parecerse una rama al tronco de que procede, se parecía
nuestra joven á su madre, _señora de aldea_, sana y bien conservada,
sin afeites ni aliños exagerados; antes bien, peinada y vestida con tal
sencillez y modestia, que sólo en lo pulido de su cutis, señal de que
éste andaba lejos de las injurias del trabajo al aire libre, revelaba
la jerarquía. Verdad es ésta de la sencillez y modestia en el ordinario
arreo, propia no sólo de las señoras de labradores ricos montañeses,
sino también de las damas de alto copete, si son muy apegadas al
terruño natal. Digámoslo en honra de la Montaña y de las montañesas.
Poco hablaban madre é hija; y eso poco en frases breves entre largos
espacios de silencio, para apuntar una sospecha ó fundar una esperanza.
El tema era siempre el mismo: lo que tardaba el ausente y lo que podía
significar la tardanza.
Al cabo, se oyeron pasos en la escalera y apareció Pablo en la sala,
y poco después, su padre. Representaba éste, y yo sé que los tenía,
más de cincuenta años; no era muy alto, pero fornido y sano; de rostro
abierto y noble; limpio y frescote y bien afeitada la espesa y recia
barba; corto, áspero y muy apretado aún el pelo gris de su cabeza;
lento y bien aplomado en el andar; los brazos un tanto arqueados; las
manos anchas, musculosas y entreabiertas; la voz sonora, varonil y bien
entonada; el traje holgado, de buen género, pero de modesta corte.
--Vamos á comer, que harto habéis aguardado,--dijo al entrar, mientras
su mujer y su hija se levantaban á recibirle. Y no dijo más por
entonces, ni en su semblante pudieron leer nada las curiosas miradas de
su familia.
Se sirvió la sopa; sentóse el patriarca á la mesa; bendíjola, según
costumbre, después de ocupar cada cual su puesto; y andábase muy cerca
ya del clásico estofado, cuando aquél refirió en compendio lo que el
curioso lector hallará más adelante con los debidos pormenores.
[Ilustración]
[Ilustración]
IV
PELOS Y SEÑALES
Pedro Mortera y Juan de Prezanes, vástagos de las dos familias más
ricas y antiguas de Cumbrales, ligadas siempre por amistoso vínculo,
¡caso raro en este país de quisquillas y reconcomios! Juan de Prezanes,
repito, y Pedro Mortera, eran inseparables camaradas. Pero Juan
era suspicaz, impetuoso y avinagrado de genio, y Pedro cachazudo y
reflexivo. Éste, en sus juegos infantiles, gustaba de lo seguro y
fuerte; aquél de lo más fácil, siempre que fuera nuevo, breve y vario:
el uno era muy inclinado á los trabajos rústicos y á los esparcimientos
campestres; el otro á fisgonear murmuraciones y á comentar dichos de
las gentes: Pedro era todo observación y método; Juan sentimiento,
nervios y palabra. Sólo se parecían ambos muchachos en la bondad del
corazón y en estar siempre dispuestos á dar la pelleja el uno por el
otro; así es que jamás hubo avenio entre ellos en cuestiones de gusto,
y se pasaron lo mejor de la infancia refunfuñando, cuando no á la
greña, pero queriéndose mucho.
Juntos fueron después á estudiar á la ciudad; juntos vivieron en ella,
y al mismo estudio se dedicaron. Pedro se cansó de los libros á los dos
años, y se volvió á su pueblo. Juan continuó los estudios, y fué á la
Universidad y llegó á ser abogado. Pedro, en Cumbrales, se consagró á
la labranza con verdadera afición, y mejoró mucho la hacienda que, ya
mozo, heredó de su padre. Juan, huérfano también poco después de volver
de la Universidad, y sin las aficiones de su amigo, puso en renta las
tierras que cultivaba su padre, y en aparcería los ganados que halló
en las cuadras (parte mínima de los bienes que heredó), y abrió en
Cumbrales su estudio, por no aburrirse.
Fuera de los de la villa, no había otro abogado que él en toda la
comarca; de manera que bien pronto le sobraron los negocios y las
desazones. Las desazones, porque cada contrariedad le producía una
mayúscula; y las contrariedades, verdaderos gajes de su oficio,
menudeaban á maravilla, y su carácter, lejos de mejorar con los años,
cada día era más vidrioso y quebradizo.
Por la índole misma de su profesión, se puso en contacto con nuevas
gentes y nuevas cosas; y como sus ímpetus geniales le llevaban siempre
mucho más allá de sus propósitos, necesitando ancho terreno y fuertes
aliados para vencer en los grandes apuros de sus batallas, dejóse
arrastrar fácilmente de los que le brindaron con aquellas ventajas,
y que, en rigor, iban buscando su legítimo influjo en la comarca, al
precio de unas cuantas lisonjas bien aderezadas.
De este modo llegó á ser don Juan de Prezanes un cacique de gran empuje
en el distrito, y un enredador de dos mil demonios; pues, conocido el
flaco de su carácter, no solamente lograron los seductores interesarle
con alma y vida en todo linaje de intrigas, sino hacerle creer que era
capitán y bandera á la vez, cuando, en substancia, no pasaba de ser la
mano del gato, menos que soldado de filas en aquella tropa de polillas
del bien público.
Que estas cosas y otras de parecido jaez sacaban de quicio á su
verdadero y único amigo, no hay para qué decirlo; ni son de mencionar
tampoco las tempestades que las cuerdas advertencias de don Pedro
Mortera producían en el ánimo del impetuoso don Juan de Prezanes. Era
éste, como todos los hombres irreflexivos y apasionados, enemigo mortal
de la verdad cuando la hallaba enfrente de sus flaquezas; no por
ser la verdad, sino por ser obstáculo. Los temperamentos como el del
abogado de Cumbrales, desbordados torrentes, embravecidos huracanes, no
se detienen con frenos ni con barreras. El halago y las contemplaciones
los calman alguna vez; la resistencia los espolea siempre. Son una
enfermedad que tiene sus manifestaciones en esa forma necesaria y
fatal; y esa enfermedad no ha de curarla el enfermo, sino los que le
tratan. En el ordinario comercio de la vida creen poner una pica en
Flandes los que hallan una fórmula, á modo de ley social, por la que
deben regirse los hombres que quieran tener derecho al pomposo título
de _gentes de buena educación_. ¡Qué sandez tan triste! ¡Como si todos
los hombres hubiéramos sido moldeados en una misma turquesa y con el
barro en iguales dosis y calidades! ¡Como si el alfilerazo que apenas
ensangrienta la epidermis de uno, no fuera en otro puñalada que penetra
hasta el corazón!
Métome sin permiso del lector en estas honduras fisiológicas, porque
por ellas andaba muy á menudo don Juan de Prezanes buscando la razón y
la justicia, ó, cuando menos, la disculpa de sus arrebatos geniales,
y al mismo tiempo la sinrazón, y hasta la falta de caridad con que
su amigo don Pedro Mortera le contrariaba; en lo cual don Juan de
Prezanes se equivocaba en más de la mitad, porque su amigo nunca le
contrarió sin grave causa ni por el vano afán de que valiera la suya
á todo trance; pero era demasiado crudo en sus verdades, terco en
sostenerlas, socarrón _aliquando_ y mordaz en ocasiones; y en esto no
eran infundadas las quejas del irascible jurisconsulto.
Con notorios intentos de asegurarle mejor y de chupar sus caudales,
lograron sus comilitones de allende hacerle el favor (¡el único que lo
fué de veras!) de una señorita pobre, que por casualidad salió buena
y honrada y hacendosa, y hasta supo, durante dos años de matrimonio,
dulcificar las ingénitas acritudes de su marido, y hacerle placentera
la vida del hogar. No duró más su dicha, porque Dios se llevó á mejor
destino la causa de ella, dejando en cambio al triste viudo una niña,
que recibió el nombre de Ana de su padrino don Pedro Mortera. Dos meses
antes se había bautizado un hijo de éste (cuyas bodas anduvieron muy
cercanas á las de su amigo) con el nombre de Pablo, siendo padrino don
Juan de Prezanes.
Tan diversa como sus genios fué la suerte de ambos amigos en el
matrimonio, pues cuando el del abogado se deshacía con la muerte del
único sér capaz de regir y dominar aquel carácter desdichado, el de don
Pedro Mortera era bendecido con un nuevo fruto. Pero Dios, que da la
llaga, da también la medicina; y Ana, la niña huérfana, tuvo una madre
cariñosa en la madre de Pablo y de María, y en estos niños dos hermanos
con quienes vivía más que con su padre. Cuanto á éste, confundió en
un solo amor, pues había para todos en su corazón de fuego, á Ana y á
la familia de su amigo. Pero sus tempestades nerviosas menudeaban á
medida que se dilataba el radio de sus afectos íntimos; porque, como él
decía, «cada punto de contacto me produce una desolladura; y cuanto más
cordiales son los unos, más dolorosas son las otras.»
Años andando, fueron Ana y María á un colegio, y Pablo, á quien don
Juan amaba como á un hijo, comenzó á estudiar también; con lo cual el
nervioso jurisconsulto se vió tan contrariado, solo y aburrido, que
cerró el bufete para no abrirle más. ¡Ni el demonio podía aguantarle
entonces! pues, para ayuda de males, su alianza con los trapisondistas
de marras fué estrecha como nunca, y el campo de sus batallas vasto
y revuelto á maravilla, porque los públicos acontecimientos así lo
dispusieron.
Pesaba la influencia de don Pedro Mortera, por hacienda y méritos
personales de éste, sobre media comarca, es decir, tanto como la de
don Juan de Prezanes y sus auxiliares juntos; pero, hombre sesudo y
de buen temple, veía con honda pesadumbre el uso que hacía su amigo
de las huestes que por necesidad le seguían al combate, y á qué
móviles obedecía; y ociosos fueron cuantos esfuerzos se tantearon para
obligarle á que tomara parte en las batallas que iban poco á poco
desorganizando y corrompiendo la comarca.
--Contigo--decía el testarudo labrador á don Juan de Prezanes,--contigo
y para hacer el bien de este pueblo, cuando quieras y á donde quieras.
Con esos vividores intrigantes, que te están chupando hasta la honra,
jamás.
Entre los llamados «vividores intrigantes» contaba don Pedro Mortera á
un señor de la villa, que había sido siempre muy amigo suyo, el cual
señor, por hinchazones de vanidad, no tuvo reparo en ser allí delegado
perpetuo de todos los poderes para sostener, _de cualquier modo_, la
causa de los que le servían en tres leguas á la redonda, por lo que don
Pedro Mortera no quiso más tratos con él, pues creía, y con fundamento,
que son peores que los tunos sus cómplices y encubridores.
Pues hasta este señor, don Rodrigo Calderetas (por lo demás, «gran
persona y muy caballero»), descendió de su Olimpo en la crítica ocasión
atrás citada, y cuando nada habían podido conseguir ruegos ni huracanes
del jurisconsulto para tratar de sacar á don Pedro Mortera de su
desesperante retraimiento, «del cual podía depender hasta la suerte
de la patria.» ¡Á buena parte iba la «gran persona» con sensiblerías
cursis! Don Pedro no cambió de actitud. Don Juan de Prezanes tocó
el cielo con las manos, y el caballero de la villa le sopló al oído
que su amigo y compadre era un desafecto á la situación, retrógrado,
obscurantista... y _sospechoso_. Ya por entonces era moda en España
tener por sospechoso á todo hombre formal apegado á la tranquilidad
y al sosiego. Apoyó el dictamen de la «gran persona» todo su estado
mayor, y don Juan de Prezanes, que en su sano juicio se pagaba muy poco
de matices políticos, en la fiebre del despecho tragó la insinuación
maliciosa, y no negó la posibilidad del pecado. En honor de la verdad,
no por ello dejó de querer entrañablemente á su amigo, ni volvió á
hablarle más del asunto de la alianza; pero la actitud impasible de don
Pedro y la repulsa consabida, causa fueron, aunque sorda y disimulada,
de muchas y muy repetidas desavenencias entre los dos amigos,
provocadas por las vidriosidades del jurisconsulto.
Pasó así mucho tiempo, y al cabo de él volvieron á Cumbrales Ana
y María hechas dos señoritas primorosas. Desde entonces el genio
abierto y animoso de la primera fué el bálsamo que calmó, ya que no
llegara á curar, los desabrimientos y esquiveces de su padre, y el
mejor lazo de unión entre las dos familias, tan á menudo aflojado
por las intemperancias nerviosas de don Juan de Prezanes. Pablo,
cuando se hallaba en el pueblo, contribuía en gran parte á aquellas
reconciliaciones; pues con su sencilla bondad sabía llegar al alma de
su padrino sin lastimarle, en lo cual consiste el secreto resorte con
que se rigen y gobiernan esos temperamentos desdichados.
Y ahora tenga el lector la bondad de pasar al capítulo siguiente, en el
cual acabará de conocer, tratándolos de cerca, á estos dos personajes,
y sabrá lo que ocurrió en la entrevista que, en compendio, refirió en
la mesa don Pedro Mortera.
[Ilustración]
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V
ENTRE COMPADRES