Le envuelven por los flancos y la espalda espesos cajigales

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la

utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han

normalizado a la grafía de mayor frecuencia.

* Se ha respetado la falta de emparejamiento de los signos de

admiración e interrogación, por ser un rasgo de estilo del autor.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos

que, en el original impreso, carecen de ellas.

OBRAS COMPLETAS

DE

D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA

OBRAS COMPLETAS

DE

D. JOSÉ M. DE PEREDA

de la Real Academia Española

Tomo X

EL SABOR DE LA TIERRUCA

TERCERA EDICIÓN

MADRID

VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO

1906

_Es propiedad del autor._

[Ilustración]

JOSÉ M. DE PEREDA

Y ahora que estamos solos, impaciente lector, en la antesala de un

libro, esperando á que se nos abra la mampara del primer capítulo, voy

á hablarte de aquel buen amigo, cuyo nombre viste, al entrar, estampado

en el frontispicio de este noble alcázar de papel en que por ventura

nos hallamos. Y no voy á hablarte de él porque su fama, que es grande,

aunque no tanto como sus méritos, necesite de mis encomios, sino porque

me mueve á ello un antojo, tenaz deseo quizás, ó más bien imperioso

deber, nacido de impulsos diferentes. El motivo de que haya escogido

esta ocasión ha sido puramente fortuito y no ha dependido de mí. Desde

hace mucho tiempo tenía yo propósito de ofrecer á aquel maestro del

arte de la novela un testimonio público de admiración, en el cual se

vieran confundidos cariño de amigo y fervor de prosélito. Cada nueva

manifestación del fecundo ingenio montañés me declaraba la oportunidad

y la urgencia de cumplir el compromiso conmigo mismo contraído; luego

los quehaceres lo diferían, y por fin, solicitado de un activo editor,

que incluye en su Biblioteca el último libro de Pereda, veo llegada la

mejor coyuntura para decir parte de lo mucho que pienso y siento acerca

del autor de las _Escenas Montañesas_; acepto con gozo el encargo, lo

desempeño con temor, y allá va este desordenado escrito, que debiera

ponerse al fin del libro, pero que, por determinación superior, se

coloca al principio, contra mi deseo. Ni es prólogo crítico, ni

semblanza, ni panegírico: de todo tiene un poco, y has de ver en él

una serie de apreciaciones incoherentes, recuerdos muy vivos, y otras

cosas que quizás no vienen á cuento; pero á todo le dará algún valor

la escrupulosa sinceridad que pongo en mi trabajo y la fe con que lo

acometo.

Veo que te haces cruces, ¡qué simpleza! pasmado de que al buen

montañés le haya caído tal panegirista, existiendo entre el santo y

el predicador tan grande disconformidad de ideas en cierto orden. Pero

me apresuro á manifestarte que así tiene esto más lances, que es mucho

más sabroso y, si se quiere, más autorizado. Véase por dónde lo que se

desata en la tierra de las creencias, es atado en los cielos puros del

Arte. Esto no lo comprenderán quizás muchos que arden, con _stridor

dentum_, en el Infierno de la tontería, de donde no les sacará nadie.

Tal vez lo lleven á mal muchos condenados de uno y otro bando, los unos

encaperuzados á la usanza monástica, otros á la moda filosófica. Yo

digo que _ruja la necedad_, y que en este piadoso escrito no se trata

de hacer metafísicas sobre la gran disputa entre Jesús y Barrabás.

Quédese esto en lo más hondo del tintero, y _á quien Dios se la dió,

Cervantes se la bendiga_.

Andando.

Conocí á Pereda hace once años, cuando había escrito las _Escenas

Montañesas_ y _Tipos y paisajes_. La lectura de esta segunda

colección de cuadros de costumbres impresionó mi ánimo de la manera

más viva. Fué como feliz descubrimiento de hermosas regiones no

vistas aún, ni siquiera soñadas. Sintiéndome con tímida afición á

trabajos semejantes, aquella admirable destreza para reproducir lo

natural, aquel maravilloso poder para combinar la verdad con la

fantasía, y aquella forma llena de vigor y hechizo, me revelaban

la nueva dirección del arte narrativo, dirección que más tarde se

ha hecho segura é invariable, obteniendo al fin un triunfo en el

cual ha llevado su iniciador parte principalísima. Algunos de tales

cuadros, principalmente el titulado _Blasones y talegas_, produjeron

en mí verdadero estupor y esas vagas inquietudes del espíritu que

se resuelven luego en punzantes estímulos ó en el cosquilleo de la

vocación. Es que las obras más perfectas son las que más incitan,

por su aparente facilidad, á la imitación. Luego viene, como diploma

más alto de su mérito, la inutilidad del esfuerzo de los que quieren

igualarlas, y tratándose de aquélla y otras obras de Pereda, hay que

darles á boca llena, y sin género alguno de salvedad, el dictado de

_desesperantes_. Son de privilegio exclusivo, y... ¡ay del infeliz que

ponga la mano en ellas! No le quedarán ganas de volverlo á hacer.

Como iba diciendo, la lectura de estas maravillas, después de la

admiración que en mí produjo, infundióme un deseo ardiente de conocer

el país, fondo ó escenario de tan hermosas pinturas. Suponía en él

la misma originalidad, la propia frescura, gracia y acento de las

_Escenas_, y figurábame que así como éstas no tienen rival, aquél

no debía de tener semejante en el ramo de países. Esto me llevó á

Santander: el simple reclamo de un prosista fué primer motivo y

fundamento de esta especie de ciudadanía moral que he adquirido en la

capital montañesa.

En la puerta de una fonda ví por primera vez al que de tal modo

cautivaba mi espíritu en el orden de gustos literarios, y desde

entonces nuestra amistad ha ido endureciéndose con los años y

acrisolándose ¡cosa extraña! con las disputas. Antes de conocerle,

había oído decir que Pereda era ardiente partidario del absolutismo,

y no lo quería creer. Por más que me aseguraban haberle visto en

Madrid, nada menos que figurando como diputado en la minoría carlista,

semejante idea se me hacía absurda, imposible; no me cabía en la

cabeza, como suele decirse. Tratándole después, me cercioré de

la funesta verdad. Él mismo, echando pestes contra lo que me era

simpático, lo confirmó plenamente. Pero su firmeza, su tesón puro y

desinteresado, y la noble sinceridad con que declaraba y defendía sus

ideas, me causaban tal asombro y de tal modo informaron y completaron á

mis ojos el carácter de Pereda, que hoy me costaría trabajo imaginarle

de otro modo, y aun creo que se desfiguraría su personalidad vigorosa

si perdiera la acentuada consecuencia y aquel tono admirablemente

sombrío. En su manera de pensar hay mucho de su modo de escribir:

el mismo horror al convencionalismo, la misma sinceridad. Otra

circunstancia hace excepcional su proselitismo, y la exime de las

censuras á que vive expuesta toda opinión radical en nuestros días: me

refiero á su preciosísima independencia, que le aisla de los manejos de

todos los partidos, incluso el suyo.

Dicho esto, quiero añadir que Pereda es, como escritor, el hombre más

revolucionario que hay entre nosotros, el más anti-tradicionalista, el

emancipador literario por excelencia. Si no poseyera otros méritos,

bastaría á poner su nombre en primera línea la gran reforma que ha

hecho, introduciendo el lenguaje popular en el lenguaje literario,

fundiéndolos con arte y conciliando formas que nuestros retóricos más

eminentes consideraban incompatibles. Empresa es ésta que ninguno

acometió con tantos bríos como él, y en realizarla todos se quedan

tamañitos á su lado. Una de las mayores dificultades con que tropieza

la novela en España, consiste en lo poco hecho y trabajado que está

el lenguaje literario para reproducir los matices de la conversación

corriente. Oradores y poetas lo sostienen en sus antiguos moldes

académicos, defendiéndolo de los esfuerzos que hace la conversación

para apoderarse de él; el terco régimen aduanero de los cultos le priva

de flexibilidad. Por otra parte, la prensa, con raras excepciones, no

se esmera en dar al lenguaje corriente la acentuación literaria, y de

estas rancias antipatías entre la retórica y la conversación, entre

la academia y el periódico, resultan infranqueables diferencias entre

la _manera de escribir_ y la _manera de hablar_, diferencias que son

desesperación y escollo del novelista. En vencer estas dificultades

nadie ha adelantado tanto como Pereda: ha obtenido maravillosas

ventajas, y nos ha ofrecido modelos que le hacen verdadero maestro

en empresa tan áspera. Cualquiera hace hablar al vulgo, pero ¡cuán

difícil es esto sin incurrir en pedestres bajezas! Hay escritores que

al reproducir una conversación de duques, resultan ordinarios: Pereda,

haciendo hablar á marineros y campesinos, es siempre castizo, noble

y elegante, y tiene atractivos, finuras y matices de estilo que á

nada son comparables. Por esto, por sus felicísimos atrevimientos en

la pintura de lo natural, es preciso declararle porta-estandarte del

realismo literario en España. Hizo prodigios cuando aún no habían dado

señales de existencia otras maneras de realismo, exóticas, que ni son

exclusivo don de un célebre escritor propagandista, ni ofrecen, bien

miradas, novedad entre nosotros, no sólo por el ejemplo de Pereda, sino

por las inmensas riquezas de este género que nos ofrece la literatura

picaresca.

Frente al natural, Pereda tiene una energía de asimilación que asusta.

Los contornos y tintas que ve, las particularidades que escudriña,

los conjuntos y efectos totales que sorprende, maravilla son que nos

revelan en él como un poder milagroso. En _Los hombres de pró_, en las

páginas culminantes de _Don Gonzalo González de la Gonzalera_ y _De

tal palo, tal astilla_, se muestran en toda su riqueza la facultad

observadora, la invención sobria y fecunda, el culto de la verdad, de

donde resultan los caracteres más enérgicamente trazados, y el diálogo

más vivo, más exacto y humano que es posible imaginar.

Otra cosa. Pereda no viene nunca á Madrid. Para conocerle es preciso

ir á Santander ó á su casa de Polanco, donde vive lo más del año,

entre dichas domésticas y comodidades materiales que le añaden, como

literato, una nueva originalidad á las demás que tiene. Es un escritor

que desmiente, cual ningún otro de España, las añejas teorías sobre la

discordia entre la riqueza y el ingenio. Por no dejar hueso sano al

convencionalismo, le ha perseguido y destrozado hasta en esa rutina

cursi de que el escritor es un sér esencialmente pobre. Así, en ninguna

parte se conoce tan bien á nuestro buen príncipe montañés, como en

aquellos hospitalarios estados de Polanco, residencia placentera y

cómoda, asentada en medio de la poesía y de la soledad campestres,

entre los variados horizontes y los paisajes limpios y puros de aquella

hermosa costa, que con su ambiente fresco y su templada luz parece

ofrecer al espíritu mayor suma de paz, más dulces recreos que ninguna

otra región de la Península.

Y el buen castellano de Polanco, sectario del absolutismo y muy deseoso

de que resucite Felipe II para que vuelva á hacer sus gracias en el

gobierno de estos reinos, es el hombre más pacífico del orbe, de

costumbres en extremo sencillas, de trato amenísimo, llano y familiar,

que podría derechamente llamarse democrático. Á veces imagino que, por

trazas del demonio, la Humanidad pierde el sentido, que el tiempo se

desmiente á sí mismo y nos hallamos de la noche á la mañana en plena

situación absolutista. Llevando adelante la hipótesis, imagino que al

autócrata se le ocurre una cosa muy natural, y es elegir para primer

gobernante al hombre de más ingenio de su partido. Tenemos á Pereda de

ministro universal. Pues ya podemos hacer lo que se nos antoje, porque

de seguro no nos ha de chamuscar ni el pelo de la ropa, y viviremos en

la más dulce de las anarquías.

No sé por qué me figuro que la firmeza de las ideas de Pereda, bien

analizada, resultaría más afecta al orden religioso que al político,

y no sé, no sé... pero casi podría afirmar que gran parte de aquella

intolerancia mordaz, de aquella flagelante y despiadada inquina contra

ciertas instituciones, desaparecería si el espíritu de nuestro autor

no estuviera enviciado y como engolosinado en la observación de los

infinitos tipos de ridiculez que sabe ver y calificar como nadie;

tipos que él atribuye, con ingeniosa parcialidad, al sistema político

dominante en todo el mundo, y que en realidad aparecen contenidos en

él por lo mismo que el tal sistema abarca la porción más grande de la

sociedad... Eso sí, hombre que tenga en grado más alto la facultad de

ver lo cómico y todos los grados de la ridiculez de sus semejantes, no

creo que exista ni aun que haya existido. Posee perspicacia genial,

vista milagrosa y olfato sutil que le permiten penetrar hasta donde

no puede hacerlo la grosera observación de la mayoría. Y luego que

descubre la pobre víctima, allí donde menos se pensaba, la coge en

la poderosa zarpa, juega con ella cruel, la destroza, la arroja al

fin hecha pedazos. Ejemplos de esta sátira implacable se hallan en

sus celebrados libros _Los hombres de pró_ y _Don Gonzalo_, novelas

de costumbres políticas, en que la energía de la pintura llega hasta

lo sublime, y el espíritu de secta hasta la ferocidad; obras en que

el autor ha puesto toda la irritación de su temperamento y todo el

vigor de sus ideales extremados. Y no es fácil ni lógico juzgar estos

acabados modelos de novela política con un criterio inspirado en ideas

de prudencia, que vendría á encerrar la inspiración del artista dentro

de límites mezquinos. Creo que las obras citadas no pueden ser de otra

manera que como son. Así salieron, cruelmente sarcásticas y guerreras,

de la mente de su autor, y con el ambiente de la imparcialidad

perderían todo su vigor y encanto. Por lo demás, la intolerancia que

tanto avalora y vigoriza el potente ingenio de Pereda, suele desarmarse

en el seno de la amistad; en esos coloquios, sostenidos á lo largo

de un prado ó por los ángulos y curvas de sombría calleja, con algún

huésped de Polanco, allí donde parece no pueden llegar los ecos de

la batalla empeñada por ésta ó la otra idea, de esas que al fin y á

la postre, implantadas ó no, modifican poco las partes positivas de

nuestra existencia. Fácil es en estos coloquios, en que el espíritu

parece más expresivo que la palabra, sorprender en el buen campeón

algo de cansancio por tantas y tan crudas batallas como ha reñido en

el terreno más escabroso de todos, que es el de las letras. Y sin

esfuerzo de conjeturas, sino por la lógica misma de las cosas, se viene

á comprender que teniendo Pereda su familia, sus libros y sus amigos,

no se le importa una higa de lo demás.

Ignoro la edad de mi amigo, y me falta con esto el primer dato para su

biografía. Para su retrato me faltan colores. Sólo puedo decir que es

hombre moreno y avellanado, de regular estatura, con bigote y perilla,

de un carácter demasiadamente español y cervantesco. Posee un retrato

suyo, buena pintura y gentil cabeza, con valona y ropilla, al cual es

necesario dar el tratamiento de _usarcé_. Tratándose de temperamentos

nerviosos, hay que postergarles á todos para dar diploma de honor al

de mi amigo, á quien frecuentemente es preciso reprender como á los

niños, para que se le quiten de la cabeza mil aprensiones y manías. Hay

quien le dice que todas estas _ruineras_ son pretexto de la pereza, y

se le receta para curarse una medicina altamente provechosa para el

médico, es decir, que se tome medio millar de cuartillas y que nos haga

una novela. Recuerdo una temporada en que dió en la flor de que se iba

á caer en medio de la calle, y salía con precauciones mil y temores

muy graciosos. Sus amigos le recetaban que se pusiese al telar. No

quería ni á empujones hacerlo; pero tanto se bregó con él, que el feliz

término de todo aquel desconcierto nervioso fué la encantadora novela

_De tal palo, tal astilla_.

Para concluir. Es Pereda un hombre harto de bienestar, privilegiado

sujeto en quien concurren dones altísimos como su poderoso ingenio, que

le hace figura de primera magnitud en las letras españolas, su bondad y

nobles prendas, y todo lo demás que ensancha y florea el camino de la

vida. Por tener tan variados tesoros y ninguna pena, suele preocuparse

de pequeñeces, y las contrariedades del tamaño de piedrecillas se le

agrandan como montaña que obstruye el paso. Cualquier contratiempo

en la impresión de sus libros, la tardanza de un editor ó, _pinto el

caso_, la falta de cumplimiento del compromiso de un amigo, le hacen

cavilar, y ponen en apretadísima torsión todo el cordaje de aquella

incansable máquina de sus nervios.

Por eso, si el no haber escrito estas líneas antes de ahora es causa

de que tú, desesperado lector, no hayas podido gustar antes este libro

campesino y esencialmente montañés, _El sabor de la tierruca_, flor

la más pura quizás del ingenio de Pereda, á tí antes que á él pido

perdón, aunque ambos hayan rabiado igualmente por culpa mía. Y no

siento yo la tardanza, sino que no haya acertado á decir todo lo que sé

sobre el originalísimo escritor y maestro incomparable que ha trazado

á la novela española el seguro camino de la observación natural. Su

influencia en nuestra literatura es de las más grandes que ha podido

haber, y la señalarán en toda su extensión el tiempo y la venidera

infalible justicia de las categorías literarias. Muchos le deben todo

lo que son, y algunos más de lo que parece. Si este escrito pudiera

ser largo, algo más diría yo que la brevedad me obliga á dejar de la

mano; cosas que tal vez no sean necesarias por ser sabidas de todo

el mundo, pero que yo quisiera indicar, porque sin indicarlas no me

quedo satisfecho. Y es que hablando de Pereda y subiéndole hasta donde

alcanzan mis fuerzas de sectario apologista, siempre me parece que no

le enaltezco bastante, y quisiera volver á emprender de nuevo la tarea

hasta ponerle más alto, más alto y donde debe estar.

B. PÉREZ GALDÓS.

MADRID, abril de 1882.

[Ilustración]

EL SABOR DE LA TIERRUCA

[Ilustración]

I

EL ESCENARIO

La cajiga aquélla era un soberbio ejemplar de su especie: grueso, duro

y sano como una peña el tronco, de retorcida veta, como la filástica de

un cable; las ramas horizontales, rígidas y potentes, con abundantes y

entretejidos ramos; bien picadas y casi negras las espesas hojas; luégo

otras ramas, y más arriba otras, y cuanto más altas más cortas, hasta

concluir en débil horquilla, que era la clave de aquella rumorosa y

oscilante bóveda.

Ordinariamente, la cajiga (roble) es el _personaje_ bravío de la selva

montañesa, indómito y desaliñado. Nace donde menos se le espera: entre

zarzales, en la grieta de un peñasco, á la orilla del río, en la sierra

calva, en la loma del cerro, en el fondo de la cañada... en cualquiera

parte.

Crece con mucha lentitud; y como si la inacción le aburriera, estira y

retuerce los brazos, bosteza y se esparranca, y llega á viejo dislocado

y con jorobas; y entonces se echa el ropaje á un lado y deja el otro

medio desnudo. Jamás se acicala ni se peina; y sólo se muda el vestido

viejo, cuando la primavera se le arranca en harapos para adornarle

con el nuevo; le nacen zarzas en los pies, supuraciones corrosivas

en el tronco, musgo y yesca en los brazos, y se deja invadir por la

yedra, que le oprime y le chupa la savia. Esta incuria le cuesta la

enfermedad de algún miembro, que, al fin, se le cae seco á pedazos, ó

se le amputa con el hacha el leñador; y en las cicatrices, donde la

madera se convierte en húmedo polvo, queda un seno profundo, y allí

crecen el muérdago y el helecho, si no le eligen las abejas por morada

para elaborar ricos panales de miel que nadie saborea. Es, en suma,

la cajiga, un verdadero salvaje entre el haya ostentosa; el argentino

abedul, atildado y geométrico, y el rozagante aliso, con su cohorte de

rizados acebos, finas y olorosas retamas, y espléndidos algortos.

Pero el ejemplar de mi cuento era de lo mejorcito de la casta; y como

si hubiera pasado la vida mirándose en el espejo de su pariente la

encina, parecíase mucho á ella en lo fornido del cuerpo y en el corte

del ropaje.

Alzábase majestuoso en la falda de una suavísima ladera, al Mediodía,

y servíale de cortejo espesa legión de sus congéneres, enanos y

contrahechos, que se extendían por uno y otro lado, como cenefa de la

falda, asomando sus jorobas mal vestidas y sus miembros sarmentosos,

entre marañas de escajos y zarzamora.

Más fino lo gastaba el gigante, pues asentaba los pies en verde y

florido césped, y aun los refrescaba en el caudal, siempre abundante

y cristalino, de una fuente que á su sombra nacía, y que el ingenio

campesino había encajonado en tres grandes lastras, dejando abierto el

lado opuesto al que formaba la natural inclinación del terreno, para

que saliera el agua sobrante y entraran los cacharros á llenarse de la

que necesitaban.

Al otro lado del tronco, no más distante de él que la fuente, habíase

cavado ancho y cómodo peldaño, capaz de seis personas, que la

fertilidad natural del suelo revistió bien pronto de verde y mullido

tapiz. Desde aquel asiento, lo mismo que desde la fuente, podía la

vista recrearse en la contemplación de un hermoso panorama; pues, como

si de propio intento fuese hecho, la faja de arbustos se interrumpía

en aquel sitio, es decir, enfrente de la cajiga, de la fuente y del

asiento, un gran espacio.

En primer término, una extensa vega de praderas y maizales, surcada de

regatos y senderos: aquéllos arrastrándose escondidos por las húmedas

hondonadas; éstos buscando siempre lo firme en los secos altozanos. Por

límite de la vega, de Este á Oeste, una ancha zona de oteros y sierras

calvas; más allá, altos y silvosos montes con grandes manchas verdes y

sombrías barrancas; después montañas azuladas; y todavía más lejos, y

allá arriba, picos y dientes plomizos recortando el fondo diáfano del

horizonte.

Subiendo sin fatiga por la ladera, y á poco más de cincuenta varas

de la fuente, de la cajiga y del asiento, se llega al borde de una

amplísima meseta, sobre la cual se desparrama un pueblo, entre grupos

de frutales, cercas de fragante seto vivo, redes de camberones, paredes

y callejas; pueblo de labradores montañeses, con sus casitas bajas,

de anchos aleros y hondo soportal; la iglesia en lo más alto, y tal

cual casona, de gente acomodada ó de abolengo, de larga solana, recia

portalada y huerta de altos muros.

Á su tiempo sabrá el lector cuanto le importe saber de este pueblo, que

se llama _Cumbrales_. Entre tanto, hágame el obsequio de subir conmigo

al campanario, en la seguridad de que no ha de pesarle la subida. Y

pues acepta la invitación, vamos andando.

Ya estamos en el porche de la iglesia. ¿Te llama la atención

el pórtico? Es bizantino: hay muchos como él en la Montaña. Lo

restante del templo es _trasmerano_ puro, y á retazos y por obra de

misericordia. Entremos en él. Pobreza como afuera, y el mal gusto

propio de la rustiquez de estas gentes. La Virgen con bata, lazos y

papalina; un Santo Cristo, no mala escultura, con zaragüelles; los

soldados de la Pasión, con botas y gregüescos; junto al Sagrario,

ramos de papel dorado; y en las columnas de los altares, no malos

ciertamente, litografías colgadas. (La intención ve Dios más que las

obras.) Un coro postizo, labrado á hachazos, y una mala escalera para

subir á él; desde el coro, otra, de dos tramos y al aire, para subir al

campanario. Valor... ¡y arriba! Ya llegamos.

La altura del observatorio nos permite examinar el paisaje en todas

direcciones. ¡Hermoso cuadro, en verdad! La meseta llega, por el Oeste,

á la zona de sierras, y con ellas se funde cerrando la vega por este

lado. En el recodo mismo que forman la meseta y la sierra al unirse,

hay otro pueblo, recostado en la vertiente y estribando con los pies en

aquel extremo de la vega.

El nombre le cae á maravilla: _Rinconeda_.

Le envuelven por los flancos y la espalda espesos cajigales y

castañeras, que hacia la parte de Cumbrales se desvanecen en la faja

de arbustos ya descrita. Al Este, mengua la meseta, declina suavemente;

y cargada de caseríos, huertos y solares, se agazapa y desaparece

en el llano de la vega, la cual continúa en rápida curva hacia el

Noroeste, con su barrera de montañas, bajas y redondas desde Oriente

á Norte. Entre las _barriadas_ de Cumbrales, _llosas_ abrigadas; en

el suave declive occidental de la meseta, brañas, turbas y junqueras;

y en la llanura, otra vez prados y maizales, y el río, que, corriendo

de Poniente á Levante, los recorta y hace en el valle un caprichoso

tijereteo, mientras se bebe en un solo caño los varios regatos que

vimos deslizarse al otro lado de la vega. Más allá del río y de las

mieses, sierras y bosques; entre ellos y sobre los cerros cultivados,

pueblecillos medio ocultos, en alegre anfiteatro, y caseríos dispersos;

y por límite de este conjunto pintoresco y risueño, las montañas que

vuelven á crecer y cierran la vasta circunferencia al Oeste, donde

se alzan, en último término, gigantes de granito coronados de nieve

eterna, como diamante colosal de este inmenso anillo.

Á la parte de allá de la sierra que domina y asombra á Rinconeda,

está la villa, de la cual se surten los pueblos que vemos, de lo que

no sacan del propio terruño. Enfrente, es decir, á este otro lado y

allende las montañas, está la ciudad. Hay más de seis leguas entre

ésta y la villa. Por último, detrás de esa gran muralla del Norte se

estrella el Cantábrico, camino de la desdicha para la mitad de la

juventud de esos pueblos, tocada de la manía del oro, que se imagina á

montones al otro lado de los mares.

En la aldea en que nos hallamos abundan los viejos, anochece más tarde

y amanece más temprano que en el resto de la comarca. Hay alguna razón

física que explica lo primero por las mismas causas de lo segundo;

es decir, por lo elevado de la situación del pueblo. Pero es el caso

que los naturales de él han querido hacer de estas ventajas un título

preeminente, así como de ser sus mozas excelentes cantadoras, y sus

mozos, amén de apuestos, incansables bailadores, y diestros, sobre

toda ponderación, en tocar las _tarrañuelas_; y como acontece que en

el pueblo que está situado en el rincón de la vega, entre ésta, la

sierra y la vertiente de la meseta, anochece á media tarde, menudean

las tercianas, cantan las mozas como jilgueros y son los mozos grandes

jugadores de bolos y muy capaces de alumbrar una paliza al lucero del

alba, cátate que las dos aldeas vecinas viven siempre como el gato y

el perro, en perpetuo desafío, en constante provocación y en continua

burla. Porque, para colmo de contrariedades, las campanas de arriba

son grandes y sonoras, al paso que las de abajo son chicas y están

rajadas; en el pueblo en que nos hallamos hay dos casas de señores

pudientes; en el otro no hay una siquiera; las mieses de Cumbrales

son extensas, ricas y bien soleadas; las de Rinconeda, frías y

pequeñas; Cumbrales se administra por sí mismo, y tiene su alcalde,

sus regidores, su juez municipal y su escuela pública, en toda regla;

Rinconeda no tiene más que un pedáneo, porque es pobre fracción de un

municipio cuya capital está dos leguas de lejos; su cabaña, si no ha

de salir en verano del término propio, va cuando la llaman y á donde

la llevan los que mandan en la confederación; al paso que la de arriba

tiene su puerto, sus pastores, su toro y sus perros, y va y vuelve en

días y horas fijos. ¡Y cómo va y cómo vuelve! Rozando casi las barbas

de los vecinos de abajo, silbando los pastores, latiendo los perros y

cencerreando el ganado, de intento voceado y apaleado entonces para

que las reses corran y se atropellen, y de este modo sacudan de lo

lindo los cencerros. Tómanlo á provocación los de Rinconeda, y vénganse

propalando la especie de que ese lujo y otros tales hacen gastar al

pueblo autónomo lo que no tiene, y vivir en perpetua trampa, como señor

de pocas rentas y mucha _fantesía_.

Como Cumbrales está tan alto, no bien el _ábrego_ (viento del Sur)

arrecia, andan las tejas por las nubes y las chimeneas por los

suelos, mientras los vecinos de Rinconeda, amparados del viento por la

sierra, dicen (según la fama) sobándose las manos y pensando en los de

arriba:--«¡Hoy sí que vuelan _aquéllos_!» Pero cesa el Sur y comienza

á llover á mares, y son verdaderas cascadas las laderas de la meseta y

de la sierra, con lo cual cada calleja del otro pueblo es un torrente,

y una isla cada casa; y dice la gente de arriba, acordándose del dicho

tradicional y malicioso de los de abajo:--«Esta vez _los_ barre el

agua, por _peces_ que sean.»

Así anda todo encontrado y á testarazos en estas dos aldeas vecinas,

llenas, por lo demás, de gentes honradísimas, trabajadoras y

apreciables. Pero si entre los inquilinos de una misma casa hay

puntillos y rivalidades que encienden á menudo las iras y los odios,

¿qué mucho que suceda esto mismo y algo más entre dos pueblos

montañeses que viven, como quien dice, en la misma escalera, y son de

un mismo oficio y de la propia casta, y sólo se diferencian en que el

uno tiene un palmo más de tela que el otro en el faldón de la camisa?

Y con esto, descendamos del campanario, pues he dicho bastante más de

lo que pensaba y hace falta en el presente capítulo, y volvamos á la

cajiga, que no á humo de pajas comencé por ella el relato; mas no sin

advertir que se la llama en Cumbrales _la Cajigona_, lo mismo que al

sitio que ocupa, que á la fuente y que al asiento á ella cercanos; es

decir, que «agua de la Cajigona» se llama á la de aquel manantial;

«vamos á la Cajigona» dicen los que se encaminan á sentarse á la sombra

de ella, y «prados de la Cajigona» se denominan los que la circundan.

[Ilustración]

[Ilustración]

II

Á MODO DE SINFONÍA

Comenzaba el mes de octubre; parecía el fresco retoño de la vega tapiz

de terciopelo, y las ya amarillas panojas se oreaban en los maíces

despuntados, dentro de la seca envoltura, que chasqueaba y crujía como

estrujado papel al secar sobre ella el calor del sol el rocío de la

noche. Andaba rayano el mediodía; inmóvil estaba el follaje mustio,

mal adherido á las ramas; podían contarse los árboles en el monte, por

lo cercanos que los fingía la vista, y el cielo, como barrido de nubes

en lo alto, las tenía amontonadas hacia el horizonte, revueltas las

blancas con las negras, las nacaradas y las rojas.

Las témporas de San Mateo habían _quedado de Sur_; y, según el

almanaque montañés, así debía seguir el tiempo hasta las de Navidad; lo

cual vendría de perlas para secar el maíz y las castañas y asegurar

una excelente _pación_ á los ganados al _derrotarse_ las mieses. Y el

pronóstico se iba cumpliendo hasta entonces. Estaba, pues, el día como

de Sur en calma: bochornoso y pesado. No es de extrañar que á aquellas

horas gustara la sombra como en el mes de agosto.

Tomábanla con notoria complacencia, sentados en el banco de la

Cajigona, dos sujetos: mozo el uno, en la flor de la juventud,

sombreado el rostro lozano por un bigotillo negro y brillante, con

el pelo de su cabeza, á la sazón descubierta, también negro y recio

y corto; la frente angosta y no mal delineada; la boca fresca y no

grande; los dientes blanquísimos y apretados; los ojos un tanto

asombradizos y curiosos, como de persona impresionable que se estima

en poco. Correspondía á la cabeza el cuerpo gallardo, y había soltura

y gracia en todos sus ademanes y movimientos. Vestía un traje holgado,

no cortado seguramente por el sastre de la aldea; y como el calor le

molestaba, había deshecho el leve nudo de la corbata y soltado el botón

del cuello de la camisa, por cuya abertura se entreveía su rollizo y

blanco pescuezo, sin barruntos de nuez ni asomo de costurones.

El otro personaje no se le parecía en nada. Estaba marchito y ajado,

más que por la edad, por la incuria y el desaseo, que se echaban de

ver en su barba mal afeitada, en su ropa sucia, en sus uñas negras, en

su camisa deshilada y en sus dedos chamuscados por el cigarro. No era

su rostro desagradable; pero se reflejaba en él un espíritu dormilón y

perezoso.

Este tal, quedándose con la apagada colilla del cigarro entre los

labios, llegó á decir al joven, que recorría con los ojos cielo, montes

y campiña:

--¿Con que al fin, ahorcaste los libros?

--Sospecho que sí,--respondió el mozo, recostándose en el campestre

respaldo sobre el lado izquierdo, y poniéndose á arrancar maquinalmente

con la diestra, yerbas y flores.

--Has obrado como un verdadero sabio,--añadió el otro.

--¿Por qué?

--Porque nada hay que estorbe tanto como el saber.

--¡Caramba! me parece mucho decir eso.

--Pues es la verdad pura. No concibo el ansia de saber, por mera

curiosidad.

--¡Oh! pues yo sí.

--¡Mucho!... ¡y has arrojado los libros por la ventana!

--No tanto, señor don Baldomero.

--¡Cosa que más se le parezca!...

--Dejar los estudios, no es tomarlos en aborrecimiento.

--Tampoco en estimación, amigo Pablo.

--Pero como dice usted que el saber estorba...

--Y lo repito; y aun te añado que el deseo de saber no es otra cosa, en

mi concepto, que un afán que hay en las gentes de meterse en lo que no

les importa.

Asombróse el joven; miró al nombrado don Baldomero, y atrevióse á

responderle, no muy seguro de tener razón, pero sí de decir lo que

sentía:

--No creo yo, ni creeré nunca, que el saber sea un estorbo: antes

admiro y reverencio á los hombres que saben; pero me conozco ¿está

usted? y porque me conozco, sé que no he nacido para sabio ni para

mucho menos.

--Luego te estorban los libros.

--No, señor: me estorban los que me daban en la Universidad; me estorba

la Universidad misma, porque cada hombre nace con sus inclinaciones, y

las mías no van hacia ese lado. Por lo demás, yo he estudiado mucho,

créame usted, don Baldomero, ¡muchísimo! Me he pasado noches en claro

y semanas en vilo, porque, al cabo, tiene uno amor propio; y, gracias

á estas faenas, no he perdido el tiempo, es decir, he ganado todos los

cursos; pero esto no es estudiar ni aprender, ni siquiera aprovechar el

tiempo.

--Ergo la borrica tiene sabañones.

--Ni asomo de ellos, señor don Baldomero... digo, créolo yo así; y

verá usted por qué. Yo tenía condiscípulos que parecían cortados para

aquella carrera: sueltos de palabra, finos de entendimiento... ¡me

embobaba escuchándolos, y me aturdía viéndolos bullir y revolverse y

cautivar los ánimos! Serán grandes jurisconsultos; brillarán en el

foro; escribirán libros; irán á las Cortes... y hasta serán ministros,

sí, señor, porque lo valen y lo merecen; pero estas prendas las da

Dios, y á mí no me alcanzó ninguna de ellas en el reparto; y no

alcanzándome, me gusta que las luzca el que las tiene; y, aunque las

admiro, no las envidio, por lo mismo que me conozco... Mire usted,

hombre, no es vanidad; pero creo que no se me altera el pulso si me

hallo cara á cara con el lobo en un callejo del monte; y entro en

cátedra, y tiemblo delante del profesor; colgado de la última rama

con una mano, y con el hacha en la otra, desmocho una cajiga, si es

preciso, sin que me asuste la altura ni el trabajo me fatigue; y entre

mis compañeros de clase soy torpe, encogido y flojo; en las calles

tropiezo con los transeuntes y los coches, y el ruido y el movimiento

me marean, y las casas enfiladas me entristecen, en el teatro me duermo

y en la posada me ahogo; y en la posada, y en la calle, y en el

teatro, y en la cátedra, yo no pienso en otra cosa que en Cumbrales,

y en cuanto hay en Cumbrales, y en esta cajiga, y en este banco, y en

esta sombra, y en esta fuente...

--Justo: en la _vita bona_.

--¡Le digo á usted que no! Lo que sucede es que esta cajiga, y este

banco, y esta fuente y cuanto los ojos ven desde aquí y pueden abarcar

desde lo alto del campanario, lo tengo yo metido en el alma, con la

rara condición de que cuanto más me alejo de ello, más hermoso lo

veo... En fin, hombre, hasta oigo las campanas de la iglesia, y huelo

el hinojo de estas regatadas. ¿Quiere usted más?

--¡Coplas, coplas, hojarasca... poesía huera!

--¡Si parece mentira lo que se ve desde lejos, mirando hacia la

tierruca con los ojos del corazón! Si es en abril y mayo, jurara que

veo á mis convecinos arando en la vega, ó moliendo los terrones con

los cuños del rastro, ó cubriendo los surcos después de la siembra;

si es en junio, cuando ya verdeguea el maíz sobre el fondo negro de

la heredad, que oigo los cantares de las salladoras, y que las veo en

largas filas, con el sombrero de paja, la saya de color y en mangas de

camisa. ¡Pues dígote en agosto! Los maíces con pendones ya, y entre

maizal y maizal, los segadores tendiendo la yerba del prado, con sus

colodras á la cintura, y las obreras deshaciendo el _lombío_ con

el mango de la rastrilla, ó atropando con ella la yerba oreada, y

amontonándola en hacinas... y luégo entrar el carro con sus horcas y

dobles teleras; y horconada va y horconada viene; la moza de arriba,

acalda que te acalda, y otras, desde abajo, peina que te peina la

carga con la rastrilla; y la carga, sube que sube y crece que crece,

hasta que debajo de ella no se ven ni el carro ni los bueyes; y eche

usted las tres cordadas, y arrímese al testuz de las bestias, ahijada

en mano, y lléveme á pulso aquella balumba por cuestas y callejones

sin entornarla; y _empayémela_ usted con aquella porfía entre el que

descarga la yerba y el hormiguero de gente que la toma al boquerón

del pajar, y la lleva hacia dentro y la acalda, sin que pelo quede de

una horconada al boquerón cuando otra nueva viene del carro; porque

ignominia fuera para los que empayan, no dar abasto al descargador.

Pues que avanza octubre y se coge el maíz; y deme usted las deshojas,

y tómate la siega del retoño, y el derrotar las mieses... ¡como si

lo tuviera delante, don Baldomero; lo mismo que si lo tocara con las

manos, veo yo todo esto y mucho más en cuanto me alejo de aquí! Lo

veo, lo palpo... y lo huelo; porque no me negará usted que, en punto á

olores, éstos del campo de Cumbrales parece que vienen de la gloria.

--¡Echa, hijo, echa, que ya te vas enmendando! Túvete antes por poeta,

y ahora me pareces loco, si es que ambas cosas no andan siempre en una

pieza.

--¡Poeta y loco por lo que le cuento á usted?

--¿Y qué es lo que me cuentas, ¡oh Pablo amigo! sino lo que se lee en

coplas y romances de gentes desocupadas y soñadoras?

--Será que no me he explicado yo bien. ¡Si uno supiera decir todo lo

que siente y del modo que lo siente!

--¡Para el demonio que te escuchara entonces! Desengáñate, Pablo: por

muchas vueltas que des á esas pinturas, no pasan de hojarasca, y, en

substancia, haraganería pura.

--¡Cáspita! eso sí que no... digo, paréceme á mí. Andaría usted cerca

de la verdad, si todas esas cosas me entusiasmaran á ratos, ó en los

libros, ó vistas desde mi casa, muy arrellanado en el sillón; pero

usted sabe muy bien que no hay faena de labranza ni entretenimiento

honrado aquí, en que yo no tome parte como lo pueda remediar, y que

tengo cinco dedos en cada mano como el labrador más guapo de Cumbrales;

y ha de saber desde ahora, si antes no lo ha presumido, que quisiera

perder el poco respeto que tengo á la levita de la casta, para hacer

muchas cosas que hoy no hago por el qué dirán las gentes. Si esto es

afán de holganza, holgazán soy sin propósito de enmienda; pero sea lo

que fuere, esto es lo que me gusta, y para ello me creo nacido; con lo

cual vuelvo al tema de antes: que no me estorban los sabios. Ni ellos

sirven para la vida del campo, ni yo para la del estudio; porque Dios

no ha querido que todos sirvamos para todo. Cada cual á su oficio, pues

no le hay que, siendo honrado, no sea útil; y útiles y honrados podemos

ser, ellos en el mundo con la pluma y la palabra, y yo en Cumbrales con

mis tierras y ganados... y en Cumbrales me quedo; porque mi padre, que

nunca quiso hacerme sabio á la fuerza, piensa como yo, tiene amor á sus

haciendas, y no le pesa que otro se encargue de administrarlas bien

cuando él no pueda atenderlas... Y aquí tiene usted todo lo que hay

acerca del particular.

Calló el joven, dicho esto; y cuando ya no había al alcance de su mano

derecha flores ni yerbas que arrancar, cambió de postura en el asiento;

recorrió vega y horizontes con la vista, y comenzó á golpear con las

rodillas, estiradas las piernas, las manos y el sombrero que metió

entre ellas. No había hablado para porfiar ni para convencer, sino para

decir lo que sentía, y le tenía sin cuidado lo que pudiera replicarle

don Baldomero.

El cual, después de rascarse la cabeza por debajo del sombrero, que

quedó ladeado, lanzó de un soplido la colilla que saboreaba rato hacía

entre sus labios, tendióse sobre la nuca después de envolverla en sus

manos entrelazadas, y exclamó:

--¡Música celestial!

Pablo se encogió de hombros, y continuó devorando con los ojos cielo,

montes y llanuras.

--Y nada más que música--continuó el otro;--porque si admito que te

animan propósitos de trabajo y no de holganza, y te cambio el apodo de

poeta por el de guapo chico, lejos de probarme, en cuanto has dicho,

que el saber vale para algo, has demostrado lo contrario con lo que has

hecho.

--Pues no sé explicarme mejor,--dijo Pablo.

--No lo haces del todo mal para los años que tienes--replicó don

Baldomero.--La dificultad está en la cosa misma, que por sí es

indefendible. Y si no, dime, ¿qué demonios de tajada saca el mundo con

que un sabio le diga, después de estarse despistojando veinte años,

encorvado detrás de un telescopio: «Yo veo en el cielo una estrellita

más que ustedes?...» Pues á mí me sobran más de la mitad de las que hay

en él á la vista... y á tí también, Pablo. Que va á aparecer un cometa

el mes que viene... Pues ya le veremos cuando aparezca; y si no hemos

de verle, ¿de qué sirve el anuncio? Que el sol pesa tantos millones

de quintales... Pues dele usted memorias. Que si Aristóteles dijo ó

Platón sostuvo, ó que si el pensamiento antes ó si la palabra después,

ó viceversa; y allá van pareceres, y disputas... y linternazos... ¿No

es esto sandio, y ridículo y estúpido? Pues vengamos á lo práctico, á

lo que se llama _ciencias de primera necesidad_: la física, la química,

la mecánica... ¡afán, como te dije al principio, de meternos en todo

lo que no nos importa! Que se acostumbre el hombre á vivir con lo que

tiene á sus alcances, y verás cómo no se le da una higa por toda esa

batahola de conquistas científicas con que tanto se pavonea el presente

siglo.

--¿De manera que usted está por el tapa-rabo?--dijo Pablo.

--Lo que estoy es cada día más satisfecho de no conocer el tormento de

la curiosidad; y bien sabes que predico con la fe de la experiencia.

Mi padre, que todo lo funda en la ley del progreso porque estuvo

en Luchana con Espartero, tuvo el mal acuerdo de gastar su paga de

retirado y las rentas de su hacienda, en darme la carrera de abogado,

porque tenía gran empeño en hacerme hombre de pluma y de palabra, para

luchar por la causa de la libertad en el campo de las ideas, después de

haber vencido él á la tiranía en el de batalla; pues no hay quien le

saque de que entre el Duque y él, solitos, vencieron al «perjuro.» En

vano le dije lo mismo que te he dicho á tí, y hasta le rogué que no me

sacara de estos andurriales para meterme en aventuras que no cuadraban

con mi carácter. Tuve que obedecerle; y á empujones y de mala gana,

llegué á tener el título de abogado: como si me hubieran dado una copla

de á dos cuartos. Si las causas eran feas, no me encargaba de ellas por

repugnancia; si eran dudosas, porque no quería calentarme los cascos

buscando una razón que no me importaba dos cominos; y si el derecho

estaba claro, proponía un arreglo entre las partes para ahorrarnos

tiempo, desvelos, honorarios y disgustos. Con este sistema me

desacredité en un año; borréme de la matrícula por falta de negocios,

y diéronme, á ruegos de mi padre, la secretaría de este Ayuntamiento.

Tampoco debí de hacerlo muy bien en este cargo, porque á los diez y

ocho meses me le quitaron, so pretexto, no mal fundado, de que no había

en los libros municipales una sola acta escrita desde que estas cosas

corrían de mi cuenta. ¡Si vieras, Pablo, qué feliz soy desde entonces,

es decir, desde que, libre de todo cuidado, como el ollón patrimonial,

y visto y fumo con lo poco que le sobra en su bolsa verde al héroe de

Luchana! Y como éste se ha convencido de que yo no nací para otra cosa,

y le acompaño sin serle muy gravoso, déjame vivir así, «ni envidioso

ni envidiado,» como dicen que dijo un fraile poeta.

--Corriente; pero usted se halla bien así porque ese es su genio, y

otros, porque le tienen distinto, no podrían con la vida que usted trae.

--Pues eso es, Pablo amigo, lo que yo no comprendo; es decir, que el no

hacer nada ni pensar en nada ni apurarse por nada, pueda ser incómodo

á ninguna persona que tenga sentido común. Ahí tenemos ahora, á dos

pasos de nosotros, las partidas carlistas: gentes hay en este pueblo

que aseguran haber oído los tiros á la parte de allá del monte, y

acaso tengan razón. Que vienen, que no vienen; que pasarán ó que no

pasarán por aquí; que son muchos, que son pocos; que cobardes, que

valientes; que buenos, que malos; que si triunfan, que si corren; y

todo se vuelve indagar y preguntar; y aquí temores, y allá esperanzas,

y acullá porfías, y en todas partes la curiosidad y el ansia. ¿Y para

qué, señor? Españoles somos todos, y á quien Dios se la diere, San

Pedro se la bendiga. Que gane Juan ó que gane Diego, de mí no se ha de

acordar nadie para sentarme á la mesa. Pues dejemos rodar la bola; y

cuando pare, ella, por la cuenta que le tiene, nos dirá en dónde. ¿Á

quién aprovecha la saliva que se gasta en disputas y el sueño que roban

miedos y desazones? ¡Pues dígote mi padre! ¡Qué vida la suya, Dios

eterno, desde que se armó de nuevo la guerra civil! ¡Qué invocar al

Duque y á los manes de Riego y del Empecinado! ¡Qué bruñir el espadón

de Luchana, y soñar con tajos y mandobles al perjuro, y renegar de los

años que le amarran al hogar cuando la patria peligra y el faccioso

bravea! ¡Y qué de ponerme á mí de mal hijo y de mal patriota porque me

río de sus afanes y me duermo tan tranquilo al son de los cañonazos!

Ahora le ha dado por revolver el pueblo para ponerle en armas, por

si el caso llega. Hoy anda hecho una pólvora con las bolas que han

corrido. ¡El demonio es el entusiasmo de la curiosidad!

En esto se oyó la campana mayor de la iglesia.

--Al mediodía tocan ya,--dijo Pablo levantándose.

--Pues cata á mi padre volcando la puchera,--respondió don Baldomero,

sacudiendo su pereza y poniéndose de pie.

Y ambos, jugueteando Pablo con el sombrero y dándose aire con él, y don

Baldomero con el suyo echado sobre una oreja y las dos manos hundidas

hasta cerca de los codos en los rasgados bolsillos del pantalón,

tomaron el sendero cuesta arriba. Á la mitad de ella se dividía éste en

dos, formando una Y.

En el vértice del ángulo dijo Pablo, que iba delante, volviendo un poco

la cara hacia don Baldomero:

--Que aproveche.

--Lo mismo digo,--respondió el otro.

Y Pablo tomó por el lado derecho, y don Baldomero por el izquierdo,

porque sus respectivas casas estaban en opuestos extremos de un mismo

barrio del lugar.

[Ilustración]

[Ilustración]

III

ALGO DEL ASUNTO

Alzábase la iglesia de Cumbrales sobre un tumor del terreno, ó

montículo de roca viva, mal cubierto de menuda y fragante vegetación,

que, á modo de manta de pobre, roída y desgarrada á trechos, por los

agujeros y desgarraduras dejaba asomar las que pudieran llamarse

coyunturas del peñasco. Era éste de suave y bien entendido acceso por

todas partes, y ocupaba el centro de una llanura, especie de plaza

circundante, cruzada de camberas y senderos que partían el rústico

suelo en caprichosas porciones geométricas. De éstas, unas estaban

pobladas de árboles, no muy corpulentos, pero de ancha copa; otras,

las de mayor relieve, adornadas de espesas cenefas de zarzas y saúco,

y todas ellas tapizadas de fino y apretado césped, sobre el cual

descollaban, aquí y allá, la menta silvestre, el enano poleo, la malva

bienhechora y el desabrido cardo. Hubiera sido este pintoresco espacio

algo como lo que hoy se llama un _parque á la inglesa_, con caminos

menos ásperos y pedregosos, y sin las ortigas y jaramagos que hacían

ingrato y peligroso al tacto lo que seducía y enamoraba á los ojos.

El sabor de la tierruca · 第 1 / 19 段